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jueves, 14 de marzo de 2019

Libro XVIII

Libro XVIII.





Capítulo primero. Del
asiento y poderío de la ciudad de Barcelona.






Mostró bien
el Rey (por lo que en el precedente libro concluimos) tener su
espíritu del todo puesto en Dios, y en acabar la empresa de la
tierra santa: pues no fueron parte carne y sangre de tantos hijos y
nietos para divertir su santo fin y propósito de proseguirla. Y así
despedido de ellos, no paró en Zaragoza: ni en otra parte del camino
hasta llegar a Barcelona, para poner en orden la armada, y juntar el
ejército: dejando las cosas del gobierno de los Reynos bien
concertadas antes de su partida. Fue pues muy grande el concurso de
gente de todas partes, además del ejército, que vinieron a esta
ciudad, no solo de procuradores y síndicos de las ciudades y villas
Reales de los tres Reynos para ayudar con su extraordinario servicio
a los gastos de esta empresa: pero de muchos otros, que por solo ver
al Rey, y el aparato del armada, y municiones de guerra, se
congregaron de toda España: mas ni fue de menor maravilla ver la
mucha hartura de vituallas y el cumplimiento de alojamientos que para
todos hubo en la misma ciudad de Barcelona. Por lo cual, y ser esta
una de las más insignes ciudades de España, será bien que digamos
algo de su asiento y origen, de su maravillosa traza y bien labrados
edificios, junto con su gran poder, y valor de ciudadanos, y mucho
más de la ejemplar concordia de ellos para lo que toca al beneficio
y conservación de su Repub. La cual fue antiguamente llamada
Fauencia (Colonia Iulia Augusta Faventia Paterna Barcino) pero venida a poder de los Cartagineses la llamaron
Barcino: por los del bando y parcialidad Barcina que vinieron de
Carthago a regirla. Pero destruidos los Carthagineses y su ciudad
asolada, los Romanos la redujeron (
reduzieron)
en colonia con el mismo nombre, y con esto va fuera todo lo que de su
nombre después se ha comentado y fingido por algunos, pues se llama
hoy día Barcelona. Y es de las bien trazadas, y mejor edificadas
ciudades que haya otra. Porque está hecha como media luna, atajada
por el mar al oriente, extendida sobre una espaciosa llanura a las
raíces de un monte alto que da en la mar, y sirve de atalaya, para
descubrir de bien lejos las naves y bajeles que a ella vienen, al
cual llaman Monjuhi, que significa monte de Ioue, o Iupiter: o porque
en él solían antiguamente los gentiles sacrificar a Iupiter dios de
las riquezas, que las estiman tanto y guardan mejor en esta ciudad
que en otras: o porque la gente de ella es muy Iovial en sus
regocijos, y de más suave trato que la mediterránea de Cataluña,
que de si es saturnina y triste, y que el vengar las injurias es su
alegría. De este monte se puede bien decir que vale de padre y madre
a la ciudad: pues no solo con su oposición al mediodía la defiende
del excesivo calor que padecería, y que con el atalayar le avisa del
bien o mal que por la mar le viene: pero también la ha como parido
de sus entrañas: pues nació toda de la pedrera del monte, sin
disminución de él, en tanta copia, que amontonada ella, sin duda
que haría otro mayor monte por si sola. Y así por ser edificada de
tan excelente piedra que se endurece en el edificio, son las casas,
templos, palacios y edificios públicos, con su muy torreada muralla,
de lo más bien labrado, y fuerte que pueda ser otro. Con esto y
estar de todas armas y artillería gruesa muy abastecida, es hoy
sobre cuantas ciudades hay en España más puesta en defensa. También
es muy alegre su campaña y harto fructífera: aunque su mayor
abundancia de mercaderías le entra por el mar que bate su muralla:
y
así por las continuas entradas y salidas de bajeles con nuevas
gentes que vienen de cada día, y por lo que la vista y contemplación
del mar a todos mucho alegra, su mayor regalo y recreo es la marina.
Puesto que no hay puerto seguro sino playa abierta por toda ella:
pero se halla tan honda que se quiso antiguamente formar muelle allí,
y en fin se pueden los bajeles asegurar mejor que en cualquier otra
playa. De aquí le vino ser su trato de mar muy poderoso y extendido:
señaladamente después que cesó el de Tarragona, por las guerras y
destrucción de los Moros que pasaron por ella (según que en el
precedente libro quinto se ha largamente referido) que por esto se
trasladó toda la negociación de mar a Barcelona. De suerte que así
por los grandes aparejos de ataraçanales, como de maderamiento, y
los demás pertrechos que produce de si la tierra, los ciudadanos por
mandato de sus Reyes, se dieron tanto a hacer todo género de navíos,
y más de galeras, hasta ponerlas a punto de navegar y pelear con
ellas, que como colonias las han siempre enviado por el mediterráneo
adelante, para representar su renombre y fuerzas en diversas partes.
Lo que se puede muy bien apropiar a esta ciudad, y decir de cuantas
armadas ha echado en mar y proueydo así de armas y soldados, como de
remeros y xarzias, que otras tantas ciudades ha edificado: porque las
armadas gruesas por mar, son otro que unas muy fuertes y bien regidas
ciudades, o verdadero retrato de muy concertadas Repub. y no solo
esperan a los enemigos, pero también los van a buscar y sacar de sus
casas, como se prueba por los grandes efectos que con ellas los
mismos ciudadanos y gente Catalana han hecho por mar en servicio de
sus Reyes. Por ser gente de si muy belicosa y hecha de tal compás
que cuanto más rehúsa de ser pechera en la hacienda: tanto más a
las necesidades y hechos de armas de sus Reyes suelen prontamente
acudir con sus personas y vidas. De manera que por estas, y otras
muchas comodidades y cumplimientos de valor y poder que esta ciudad
siempre tuvo, meritoriamente llegó a exceder a muchas otras en el
pacífico y seguro estado de gobierno que de si tiene: no tanto por
su buen asiento y fortificado muro, cuanto por su mucha religión y
buen gobierno, que de la sobriedad y gran concordia de los ciudadanos
nace en ella. Pues dado que ellos con ellos entre si sean gente
desapegada: pero en lo que toca a fidelidad con sus Reyes, y común
defensa de la patria (como gente de pocas palabras) no hay
Lacedemonios que más liberal y determinadamente empleen sus vidas,
por la conservación de ella. Pues como llegase el Rey y fuese muy
bien recibido de la ciudad y ejército, quiso luego reconocer la
armada que poco antes mandó poner en orden, y como la halló tan
bien provista así de vituallas, como de remeros y todo género de
armas: no solo alabó mucho la diligencia y solicitud del proveedor:
pero se maravilló extrañamente de la sobrada riqueza y poder de la
ciudad, así para hacer y poner en el agua la armada, como para
proveerla con tanta prontitud de cuanto menester era.















Capítulo II. Como el Rey pasó a Mallorca, y cogido el servicio de
ella, con el magnífico presente que Menorca le hizo, se volvió a
Barcelona.






Estando ya
aprestada el armada, mandó el Rey llamar algunos Prelados y señores
del Reyno para dejar las cosas del bien asentadas, por haber de ser
la jornada larga y la vuelta dudosa. Lo cual concertado y proueydo
como convenía, entretanto que acababan de llegar algunas compañías
de infantería de Aragón, y de lo mediterráneo de Cataluña, se
metió en una galera muy bien armada, y con otro bergantín para ir
descubriendo en delantera, pasó con muy buen tiempo a remo y a vela
en treinta horas a Mallorca, por visitar la Isla y proveerse de
algunas cosas necesarias para la armada. Como llegase al puerto de la
ciudad y saltase en tierra impensadamente, entrando en ella se holgó
muy mucho de verla tan ampliada, y como de nuevo edificada:
señaladamente con las obras del gran Templo, de la fortaleza, y
fortificación del puerto, que se levantaban muy magníficos, y
estaban ya bien adelante. Tuvo también a muy grande maravilla, y
como de la mano de Dios, que ni el Rey de Túnez ni los demás de la
África con tan continuos viajes y empresas de guerra que hacían
contra España por la Andalucía, nunca hubiesen intentado la
conquista de la Isla, ni aun de las otras vecinas: para que de aquí
se entienda, cuanta fue la opinión y estima que hubo de este sabio y
valeroso Rey, y cuanto el respeto y temor que los Moros de África le
habían concebido, pues no con armas, sino con sola la fama de
diligente y belicoso, pudo defender sus Reynos Isleños, y que los
viesen de paso, mas no llegasen a ellos sus enemigos. De manera que
reconocida la ciudad con alguna parte de la Isla y pedido servicio
para la jornada de Jerusalén, le sirvieron con cincuenta mil sueldos
de plata, y por ellos les hizo el Rey iguales gracias como si fueran
de oro. Y alabó no solo el amor y fidelidad que a su persona tenían,
pero mucho más la buena diligencia y solicitud que en la guarda y
conservación de la ciudad e Isla mostraban. Estando en esto llegó
el gobernador y oficiales Reales de Menorca con un riquísimo y
magnífico presente de mil vacas que le hacía la Isla. El cual
dieron los moros de ella en señal de su fidelidad y servicio muy de
buena gana. Estimó esto el Rey en tanto para la provisión de la
armada, que mandó al gobernador tratase muy bien a los Moros de la
Isla, y de su parte les agradeciese mucho el buen servicio que le
habían hecho. Puestas mil vacas en tres naves y cuatro
taridas
se volvió con todo ello a Barcelona.











Capítulo III. Como vuelto el Rey a Barcelona hizo reseña de la
gente y se embarcó, y de la gran tormenta que se levantó en
comenzando a navegar.






Aprestada ya
la flota de treinta naves gruesas y XII galeras, con otros muchos
bergantines y fragatas, y llegada toda la infantería, se embarcaron
ochocientos hombres de armas con tres caballos para cada uno, con los
Almugauares de a caballo, y la demás gente de a pie, que fue fama
llegaban a veinte mil infantes, y que con don Fernán Sánchez su
hijo, y los señores de título, y barones que le seguían y otros
caballeros, sería toda la gente de a caballo hasta mil y
dociétos.
Acabados de ajuntar todos, el Rey con los prelados y señores del
Reyno tuvo consejo, en el cual se nombraron los que quedaban para
gobierno del Reyno, y pues el Rey tenía ya hecho su testamento y la
repartición de sus Reynos y señoríos en sus dos hijos don Pedro y
don Iayme ya príncipes jurados, y que los dejaba con ellos por lo
que del podía suceder yendo en una jornada tan peligrosa y dudosa,
les rogaba tuviesen toda buena alianza con ellos: pues así volviendo
sano y salvo de esta jornada, como perdiendo en ella la vida para
ganar la del cielo, allá y acá tendría siempre cuenta con ellos.
Venido el día de la embarcación, luego por la mañana oída misa,
el Rey con algunos principales del Reyno como era costumbre
recibieron el santísimo sacramento, y lo mismo haciendo cada uno de
los soldados se embarcaron. Entró con ellos el Obispo de Barcelona,
y el Sacristán de Leryda que después fue Obispo de Huesca, con
muchos sacerdotes para ministrar los sacramentos a los del ejército.
Y como fuese entrada del Otoño, cuando ya cesan las calmas y los
vientos son más reforzados, mandó el Rey que luego por la mañana
se hiciesen todos a la vela: puesto que el tiempo no era del todo
hecho. Mas no hubieron navegado cuarenta millas costeando hasta
llegar en alta mar, cuando al anochecer, por correr levante, y no
haber podido salir todas las naves juntas, determinó por consejo de
Ramón Matquet principal piloto, volver a Barcelona, para recoger
toda la armada, y llevarla delante si: la cual con el viento
contrario que se levantó de medio día abajo, había dado en la
playa de Ciges cerca de Barcelona hacia el mediodía. Y con una sola
galera que halló delante la ciudad, de paso recogió las naves, y
hecha reseña de nuevo, dio a Fernán Sánchez el cargo de general
del armada. El siguiente día no con muy buen tiempo partieron de
Ciges, y llegaron a vista de Menorca: a donde pensando poder tomar
puerto, súbitamente se levantó tan grande tempestad y contrariedad
de vientos entre levante y tramontana que los echó a la mar y trajo
a riesgo de perderse por querer resistir al tiempo con el recelo que
tenían de dar en Berbería (
Berueria).
Además que se reforzaron los vientos de tal manera que causaron
grande tempestad y borrasca con tanta oscuridad, que pasaron largos
cuatro días con sus noches que ni se vio sol, ni luna, ni estrellas
en el cielo. Y así perdido el tino con la oscuridad y con los recios
encuentros de las olas, no pudiendo ya regir los gobernalles de las
naves, se alejaron las unas de las otras por no venir a encontrarse y
perderse del todo: de las cuales parte tuvieron firme, y por no
perder al Rey se sujetaron a muy grande peligro, parte fueron del
todo forzadas hacerse a lo largo y seguir la capitana de Fernán
Sánchez que siguió su camino para Jerusalén como adelante diremos.
Mas el Rey, que en comenzando la tormenta se pasó a la nave de Ramón
Marquet, comenzó a ser muy importunado por los de la misma nave, y
también por los Pilotos de las otras con los capitanes y soldados,
que a voces nombraban al Rey, y se le allegaban suplicando con
lágrimas se apiadase de ellos, y que volviesen atrás: pues cesando
la tramontana, se había opuesto el lebeche tan reforzado que doblaba
la tormenta y los ponía en mayor peligro. Lo mismo encarecía
Marquet con sus marineros, porque veían crecer la tempestad de punto
en punto y era tan espantosa su furia, que no parecía tormenta de
vientos sino furor del cielo airado contra los navegantes. Allende
que ya las demás naves o habían perdido el timón, o rompido el
mástil, y las velas, además de hacer agua todas, y los caballos del
Reyq iban en aquella nave ya echados a la mar, y se podía creer ser
lo mismo de los que iban en las otras.










Capítulo IV. Como porfiando el Rey de pasar adelante contra la
opinión de los Pilotos, el Obispo de Barcelona le persuadió diese
lugar al tiempo, y tomase puerto.







Como todavía Marquet con
todos los marineros representasen al Rey el grandísimo peligro en
que estaba puesta la armada, por lo que está dicho, y de cansados ya
casi ninguno hiciese su oficio, antes bien todos desamparasen la
nave, con todo eso confiando el Rey que amainaría la tempestad,
procuraba animarlos, diciendo que Dios en cuyo servicio iban, y los
ángeles sus ministros eran con ellos, que implorasen su auxilio
porque aunque fluctuasen no perecerían. Pero como la tempestad
creciese, recurrieron al Obispo de Barcelona todos los marineros de
la nave Real con el piloto para que persuadiese al Rey diese lugar se
tomase puerto donde pudiesen: porque la nave había hecho mucha agua,
y realmente se iban a fondo, y que le significase era la
determinación de todos ellos que por la salvación de su Real
persona, le perderían el respeto, y tomarían la primera tierra que
pudiesen. Oído esto el Obispo con el Sacristán y Teólogos que
venían en la misma nave se juntaron, y fueron a encerrarse con el
Rey en la cámara de popa, y el Obispo le habló de esta manera.
Ciertamente (Rey y señor nuestro) que ni es de cristiana virtud, ni
de constancia heroica, mas antes sabe a crueldad inhumana, que
viéndonos en tan manifiesto peligro queráis ser tan pertinaz en el
navegar, que ni de toda la armada, ni de nosotros, ni de vos mismo
tengáis compasión ni piedad alguna. Sino que queréis vos solo
contra la opinión de los que lo entienden usurparos el gobierno de
la mar, sin considerar cuan otro es al de la tierra, y el uso del
pelear cuan diferente uno de otro: pues no salen contra nosotros
escuadrones de gente armada, no hombres contra hombres, sino vientos,
lluvias, y truenos, relámpagos, rayos, torbellinos, y todas las
tempestades juntas son las que hechas un cuerpo caen y dan sobre
nosotros: a las cuales, no con fuerza de armas, sino con solo volver
las espaldas, y huir de ellas es lícito resistir, y sin perder
honra, hurtarles el cuerpo: pues no hay cosa de mayor arte en el
navegar, no pudiendo tomar puerto, que seguir la tempestad: ni de
mayor sabiduría y discreción, que a los vientos, a quien no podemos
mandar, si son del todo contrarios, obedecer, y si nos echan a
tierra, mayormente a la propia (como ahora vemos) correr con ellos a
rienda suelta. Que ni hay porqué estar solícito, ni con el ánimo
suspenso, por lo que dirán, dejando la empresa: porque esta más es
de Dios que vuestra: ni por vos señor ha sido, sino solo por el
nombre de Cristo, y para ensalzamiento de su santa religión y fé
católica comenzada. Pero como veamos que esta se nos estorba con tan
horrible y espantosa tormenta, y tempestades de mar y cielo: las
cuales ni se levantan, ni mueven sin la voluntad divina: por ventura,
o no es grata, ni accepta a Dios nuestro Señor esta empresa, o para
en otro tiempo, con más comodidad se os reserva el acabarla. Por
tanto no tengáis señor cuenta con lo que será, sino con la
necesidad presente y urgente: y para que no llevéis vos solo la
culpa de tan miserable pérdida y muertes de tantos y tan
esclarecidos capitanes y soldados, sino que más presto a vos, a
nosotros, y a todos salvéis la vida, mandad a los pilotos tomen el
primer puerto que la misericordia divina nos deparare: para que en la
tierra, y no en la mar podáis con más libertad y tranquilidad de
ánimo determinaros en lo que más conviene.













Capítulo V. Que convencido el Rey por las razones del Obispo mandó
a los pilotos tomasen puerto, y como apartados, de súbito cesó la
tormenta, y de las causas porque no volvió a navegar.






Como el Obispo
acabó su razonamiento, luego fueron con el Rey el Sacristán con los
Teólogos y religiosos, y con lágrimas le encargaron la conciencia y
suplicaron lo mismo. Fue cosa milagrosa, que en el punto que comenzó
el Rey a ablandar su pecho y pertinacia, comenzó también a amainar
la tempestad y tormenta. Y al tiempo de medio día, deshechas las
espesísimas tinieblas que lo cubrían todo, se descubrió el sol, y
repentinamente parece que se abrió el cielo, y descubrieron tierra:
y la nave del Rey y otras con el favor divino aportaron a la
provincia de Narbona al puerto de Aguasmuertas: pero se levantó un
viento de tierra que les impidió la entrada, y las echó en el
puerto de Adde más cerca de Narbona. A donde el siguiente día
desembarcó el Rey, y en poniendo el pie en tierra, se fue para la
iglesia de nuestra señora de Valverde, donde hizo infinitas gracias
a nuestro señor y a su bendita madre, por haber librado a él y a
los suyos de tan terrible tempestad, y restituido los a tierra firme.
Después volviendo los ojos a la mar viéndola tan reposada y mansa,
pensó de volver a ella: pero como entendió que de toda la flota que
de Barcelona saliera, apenas había con él aportado la mitad, y
aquella quedase tan quebrantada y rota de la tempestad pasada, que
por maravilla había naves ni galeras, que fueron las más mal
libradas, que no se hallasen, o con las velas rotas, o con el mástil
(
mastel)
y antenas quebradas, o caído el timón y que por aliviarlas no
hubiesen echado a la mar los caballos, y máquinas, con los demás
instrumentos de guerra. Allende desto, que ni de la otra mitad de la
flota sospechase otro que el mismo trance y fortuna de la suya:
determinose en dar lugar al tiempo y por entonces no volver a
navegar, sino diferirlo para otro más oportuno, cuando reparada la
armada sería más fácil la empresa. Luego llegó a él, el Obispo
de Magalona en cuyo distrito estaban, y el hijo de Ramó Gaucelin
principal barón de aquella tierra, los cuales proveyeron al Rey y a
los suyos de vituallas y lo demás necesario para rehacerse del
trabajo pasado, con mucha abundancia. Lo cual el Rey les agradeció
mucho, y se partió para Mompeller que estaba muy propinquo de allí,
a donde se detuvo algunos días para que tomasen huelgo los suyos, y
se reparase la flota.















Capítulo VI. Del discurso que hizo la otra mitad del armada que
llevaba don Fernán Sánchez, como llegó a Jerusalén, y volviendo
por Sicilia fue armado caballero por el Rey Carlos.






Llegada la
mitad de la flota con la persona del Rey al puerto de Adde (como está
dicho) la otra mitad que pudo resistir a la tempestad, siguiendo la
nave de don Fernán Sánchez, con la de Ximen de Urrea, pasaron
adelante, porque se alargaron con la tormenta hacia la costa de
Berbería y navegaron entre ella y Cerdeña, y Sicilia y por la costa
de
Cádia
y Chipre hasta que llegaron a Acre villa y puerto de la Palestina no
lejos de Jerusalén: donde fueron con grande alegría recibidos del
gran Maestre de Rodas que allí estaba, y de otros Cristianos que
como tuvieron nueva de su llegada, vinieron de Jerusalén a verlos,
con estar muy maltratados de todo auxilio. Mas como la villa
estuviese desguarnecida y sin defensa, propinca a otra que poco antes
habían combatido los Turcos y tomado por fuerza de armas, pareció
que no era seguro esperarlos allí, ni emprender de pelear con ellos
siendo tan pocos los del armada y estar tan fatigados de las
tormentas pasadas. Y porque se iban ya allegando los Turcos al puerto
para hacer presa en ellos determinaron de volverse a las naves, y
buscar al Rey por el mismo viaje que trajeron. De manera que
partiendo el trigo y vituallas que traían con el gran Maestre y
Cristianos, y animándolos mucho para que confiasen en la venida del
Rey que sería allí presto con toda la armada a librarlos, salieron
del puerto y se volvieron sin descubrir en ninguna parte gente ni
socorro de los Tártaros, ni del Emperador Paleologo, y sin esperar
más pasaron a vista de Chipre y Rhodas tocando en la Asia menor. De
ahí (
ay)
a vista de Candia, tomando la
derota
por junto al Zante llegaron a Sicilia y costeando y doblando los
cabos de la Isla aportaron en Palermo ciudad principal y la mayor y
más fortificada de la Isla, a donde solía ser la residencia de los
Reyes. Como se hallase a la sazón allí el Rey Carlos de Angeu que
venció poco antes, y mató al Rey Manfredo (como arriba contamos) y
entendiese que un hijo del Rey de Aragón era allí aportado, salió
al puerto a recibirle y le hospedó con grande honra y aparato, y le
entretuvo algunos días tratándole muy espléndidamente como quien
era. De donde se le aficionó tanto Fernán
Sachez
que le pidió por merced le armase caballero, porque se honraría
mucho en recibir este favor de su mano. Lo hizo Carlos de muy buena
gana, y celebró en ese día aquel oficio con extraña suntuosidad y
pompa. Puesto que todas estas prendas de amor y amistad tan de presto
dadas y tomadas entre los dos fueron ocasión de mayor odio y
discordia entre Fernán Sánchez y el Príncipe don Pedro su hermano
que como sucesor de Manfredo su suegro le hizo después cruel guerra
y le ganó a Sicilia y aun en Fernán Sánchez puso las manos como
adelante se dirá.















Capítulo VII. De las fiestas y suntuosísimos regocijos que el Rey
de Castilla hizo en Burgos a las bodas del Príncipe su hijo y de los
muchos Príncipes que se hallaron en ellas con el Rey don Iayme.


Partió el Rey de
Mompeller para Cataluña y de allí sin detenerse pasó a Zaragoza a
donde halló un embajador del Rey de Castilla su yerno que le dijo,
como el Rey su señor había sabido de su gran tormenta de mar y
tempestad pasada y también de su vuelta a salvamento, de lo cual él
y la Reyna se habían infinitamente alegrado, y hecho gracias a
nuestro señor por ello, y porque tanto más deseaban gozar de su
vista, le suplicaban que para solazarse y aliviarse del trabajo
pasado, tuviese por bien de venir a Burgos a dar su bendición al
Príncipe don Fernando su nieto, y hallarse en las bodas que había
de celebrar con doña Blanca hija del Rey Luys de Francia. Donde se
habían de hallar juntos el Príncipe su hermano que la traía,
acompañado de muchos Prelados y grandes de Francia. Y don Eduardo
Príncipe de Inglaterra casado con doña Leonor hermana del de
Francia, y con ellos el Marqués de Monferrat de Italia, con los
embajadores de los electores del Imperio de Alemaña, que a la sazón
eran llegados con la nueva de su elección en Rey de Romanos. Lo cual
oído por el Rey se alegró extrañamente, y se puso luego en camino
para hallarse en la fiesta, llevando consigo algunos principales
señores del Reyno puestos muy en orden para salir a las justas y
torneos y las demás fiestas de la boda. Pasó por Tarazona, y de
allí a Ágreda, donde fueron sus primeros desposorios con doña
Leonor, y a donde le esperaba el Rey don Alonso, y continuando su
camino llegaron juntos a Burgos, a donde habían llegado ya todos los
nombrados, ni faltó don Alonso señor de Mesa y Molina tío del Rey
don Alonso, juntamente con los hermanos don Fadrique, don Manuel, y
don Felipe el que casó con doña Cristina hija del Rey de Noruega:
los cuales para estas bodas disimularon sus rencores e hicieron como
treguas en la guerra de pasiones que con don Alonso tenían.
Postreramente llegó el Príncipe don Pedro el cual igualando con el
Rey su padre en grandeza y majestad de personas excedían a todos los
demás Príncipes y representaban bien lo que eran. Luego tras él
llegaron los demás hermanos don Iayme Príncipe de Mallorca y don
Fernando señor de Ixar, y don Fernán Sánchez que llegaba de
Jerusalén. Asimismo acudieron a la fiesta don Iayme y don Pedro
hijos de doña Teresa, porque muerta doña Violante no era tan viva
la pasión del Rey y don Pedro contra ellos, mas ya se veían y
trataban. También se halló presente don Sancho el Arzobispo de
Toledo que les dijo la misa, con todos los demás Prelados y grandes
de Castilla. Los cuales fueron todos con sus criados, gente y
caballos espléndidamente aposentados y proueydos de toda cosa con
abundancia, que fueron las mayores cortes y junta de Príncipes que
Burgos jamás en si tuvo. Se celebraron las bodas solemnísimamente
con la mayor alegría y magnificencia que jamás se vieron otras, a
causa del grande concurso. Acaeció que celebrada la misa Eduardo
Príncipe de Inglaterra quiso ser armado caballero por mano del Rey
don Alonso, juntamente con don Fernando su hijo el novio de las
bodas. También recibieron de mano de Eduardo la misma dignidad los
hermanos de don Fernando con don Lope Díaz de Haro señor de
Vizcaya. Estas bodas después de oída la misa y tomada la bendición
del Rey aguelo, y padre don Alonso, se entretuvieron y solemnizaron
con fiestas de justas, torneos, cañas, juegos, espectáculos, toros
y otros muchos regocijos, por espacio de medio año, desde la
primavera al otoño. Porque siendo (como dicen) Burgos de verano
fría, no hubo ningún exceso de calor para impedir el continuo y
encendido ejercicio de tantas justas y torneos con los demás juegos
que en todo aquel tiempo hubo. Y lo que más fue de maravillar es que
en todo este tiempo a ninguno de los convidados se le ofreció
necesidad, ni ocasión para haber de dejar la fiesta por volver a sus
casas. Mostrose don Alonso en esta jornada con los extranjeros y
suyos más largo y magnífico que cuantos Príncipes hubo en la
Europa. Y acabada la fiesta se despidieron unos de otros con mucho
gusto y contentamiento de todo haciendo muchas gracias al Rey de
Castilla porque los enviaba tan obligados a celebrar la perpetua
memoria de su tan extraño poder y magnificencia.













Capítulo VIII. De las quejas que los grandes de Castilla dieron al
Rey don Iayme de don Alonso su yerno por su maltrato, y como se
muestra no ser aptos para gobierno los hombres muy especulativos.






Mas porque lo
digamos todo, señala el Rey en su historia como algunos de los
grandes de Castilla mientras duró la boda y fiestas, le hablaron muy
en secreto y dieron grandes quejas del Rey don Alonso, porque se
trataba con todos inicua y soberbiamente, sin ningún respeto ni
deferencia de personas en el gobierno del reyno, como si fuera de
Moros, y que se había tan desmesuradamente con algunos, que no solo
los tenía muy enajenados de su devoción y servicio, pero muy
movidos a juntarse todos y echarle del Reyno: tantas eran las
ocasiones que de cada día les daba, para llegar a esto, y aun de
pasar más adelante. Y cerca desto le descubrieron algunas
particularidades de agravios y desafueros tales, que al Rey le
parecieron bien dignos no solo de fraterna, pero de muy pronta
enmienda, so pena que se había de perder don Alonso por querer mucho
saber, y falta de no conocerse. Porque fue este Rey entre todos
cuantos hubo en Castilla antes y después doctísimo en diversidad de
ciencias, señaladamente en Astrología, pues como antes dijimos,
compuso en esta ciencia altísimamente las tablas que llaman
Alfonsinas, para gran uso y compendio de la misma ciencia. Pero
cuanto más él se dio a la especulación de los cursos del Sol y de
la Luna con los planetas, y en poner los ojos en el movimiento e
influencia de los cielos, tanto más vino a perder la consideración
y cuidado de las cosas terrestres, y como a perder las riendas del
regimiento y gobierno de sus Reynos y de la Repub. Porque siempre
estuvo con el ánimo
agenado
de ella, y así del mucho tratar con la velocidad y mutación de los
cielos y discursos de planetas, vino a salir el más inconstante,
vario, difícil e impaciente hombre del mundo, a imitación de los
Alquimistas, que de tratar tanto con el azogue que es inconstante,
voluble y que nunca está quedo, quedan con los ojos y cabeza
temblando como azogados, que dicen. De donde los tales puestos en el
regimiento de las cosas humanas y terrestres, que son tardas y
pesadas, es necesario que las tengan en poco, y como por afrenta el
aplicarse a ellas: y así es imposible darse a los negocios sino con
mucha dificultad y extrañeza, porque son como huéspedes y
peregrinos en ellos. De manera que ni conocen con quien tratan, ni
tienen el respeto que a cada uno en el tratar deben: sino que
aborreciendo todo negocio como enemigo formado de su tan amado ocio y
contemplación, de tal suerte aborrecen a los negociantes, que dan
toda ocasión para ser aborrecidos de ellos. Oyendo pues el Rey las
justas causas de los grandes, por tener muy bien experimentada la
inconstancia de don Alonso creyó muy de veras lo que se refería del
y de sus cosas, pero con todo eso les respondió, guardasen toda
fidelidad y obediencia a su Rey, porque confiaba habría mejoría y
enmienda en sus cosas. Y despidiéndose con mucha gracia de todos, y
de la Reyna su hija y nietos, se partió de Burgos acompañado del
mismo don Alonso hasta Tarazona.















Capítulo IX. De la fraterna con tres buenos consejos que dio el Rey
a don Alonso para bien gobernar, y estar siempre en gracia y amor de
sus vasallos.






Partido el Rey
de Burgos, habiendo ya salido antes de él don Pedro con los demás
hermanos cada uno para donde el Rey les había ordenado, quedando con
solo don Alonso que quiso acompañarle hasta Tarazona, pareciole con
la ocasión del camino, por lo que le amaba, siendo tan conjunto suyo
y padre de sus nietos, darle algunos buenos documentos, como avisos
necesarios para su buen regimiento y del Reyno. Y así le advirtió
prudentísimamente y con buen modo, de cuatro principales vicios en
que pecaba don Alonso con que perturbaba todo su gobierno, añadiendo
a cada uno su virtud contraria, para que como buen médico, según la
enfermedad así se le representase el remedio. Lo primero que no
tuviese odio ni
rancor
contra sus vasallos porque esta era cosa propia de tiranos, si no
quería ser más aborrecido que temido, y nunca llegar a ser amado de
ellos. Porque este rencor y odio callado, no viene sino de haber
tentado algunas cosas malas en el pueblo, y por no ir acompañadas de
honestidad y continencia, no haber salido con ellas. Y como no hay
cosa que más refrene a los pueblos que ver a los Reyes refrenarse a
si mismos: así para la propia seguridad y descanso cumple no
aborrecerlos ni con inicuas obras exasperarlos. Lo segundo que de los
tres estados de que está compuesta la Repub. Ecclesiásticos
señores, y pueblo, ya no pudiese con todos (aunque esto sería lo
mejor) al menos estuviese bien con los Prelados, Sacerdotes y estado
Ecclesiástico. Porque en tener a estos de su parte, y aconsejarse
con ellos, autorizaría mucho sus cosas, y por su medio atraería más
a si los populares, y refrenaría la fantasía y altivez de los
grandes. Lo Tercero que los grandes nobles y caballeros es justo si
son insolentes y desacatados, sean reprendidos y castigados, pero no
ultrajados y afrentados: porque son los que mantienen el honor de la
República, son los brazos de la guerra, y fundamentos de la paz: por
los cuales siempre fueron los Reyes temidos de sus enemigos. Lo
postrero que no condenase a ninguno sin oírle primero, y guardarle
su justicia. Porque esto no solo arguye al Príncipe que tal hace de
tirano y atrevido, pero quita muy
inicamente
su crédito y autoridad, así a las leyes que son magistrados
muertos, como a los mismos magistrados que son leyes vivas.
Finalmente que se acordase que los Reyes nacieron para beneficio y
amparo de los pueblos, y que reconociese a nuestro Señor la soberana
merced que le había hecho en que siendo hombre no fuese súbdito
sino señor de innumerables hombres.









Capítulo X. Como por no
seguir don Alonso los consejos que el Rey le dio, se vio en grandes
trabajos y desamparo de todos los suyos.






Quedó
extrañamente admirado don Alonso de oír los prudentes y tan bien
deducidos avisos y consejos que el Rey (a quien hasta allí tuvo por
imperito)
le dio, y claramente conoció que ninguna de las otras ciencias, sino
de la grande experiencia que el Rey tenía de las cosas podían salir
documentos tan vivos y convenientes para el buen regimiento de sus
Reynos. Y aunque prometió de seguirlos, y observarlos pero por su
mal hábito de posponerlo todo a su ocio literario tan ajeno del
gobierno Real, aprovechó todo poco: a semejanza de las píldoras que
con la esperanza de la salud, aunque amargas se toman de buena gana,
pero el estómago, por hallarse de malos humores estragado, no puede
retenerlas y las vomita luego. Así don Alonso con su sutil y
delicado ingenio fácilmente conoció y tuvo por buenos los sanos
consejos que el Rey le dio, y como tales propuso de seguirlos: pero
en volver el Rey las espaldas, no solo los olvidó y echó de si:
sino que volviendo a su antigua costumbre y perversa condición,
cometió tales cosas de nuevo, que fue causa para que todos sus
hermanos junto con los grandes del Reyno que todos hacían un cuerpo
casi se le rebelasen, y así don Felipe su hermano, viendo el mal
trato del Rey juntamente con don Nuño Gonzalo de Lara hijo de aquel
gran don Nuño, de quien arriba hablamos, con otros muchos señores
de Castilla, y algunos síndicos de villas y ciudades reales, que se
cartearon secretamente los unos con los otros, se ajuntaron en la
villa de Lerma, y puestas las causas que para ello tuvieron de común
consentimiento de todos, juraron de rebelarse contra don Alonso, si
no desistía, y se apartaba de poner en ejecución ciertas nuevas
leyes y edictos que poco antes había hecho y mandado publicar, que
ni para su honra, ni para la utilidad de los pueblos convenía,
porque del todo se encaraban para total ruina y destrucción
(
distruycion)
de los grandes y barones del Reyno, sin perdonar a sus propios
hermanos. Por lo cual don Felipe no quiso valerse del favor del Rey
de Granada, con quien tenía estrecha amistad para recogerse a él,
sino que sabiendo las enemistades que con el Rey de Navarra tenía
don Alonso, por consejo de los grandes que se ofrecieron a nunca
faltarle, se fue para él, por hacer mayor tiro, y despecho a don
Alonso.









Capítulo XI. De la
infinidad de moros que pasaron de África en la Andalucía, y como
vino don Alonso con la Reyna su mujer a Valencia a pedir al Rey
socorro.







Por este tiempo que ya el
Rey era llegado a Valencia, se entendió como infinito número de
Moros Africanos del Reyno de Marruecos habían pasado a la Andalucía,
y que aportados en Algezira, se habían apoderado de ella y de la
villa de Bejer con hallarla muy proueyda y guarnecida de gente y
armas: también que hallándose el Rey don Alonso muy confuso con tal
nueva, viendo por una parte los de África con innumerable ejército
entrarle por sus tierras, por otra a don Felipe su hermano con los
grandes del Reyno apartados de si, y puestos en rebelársele, puso
todo su remedio y confianza en el Rey su suegro: y para tomar su
consejo, y valerse de su favor, en una tan súbita y urgente
necesidad, determinó de venir juntamente con la Reyna su mujer a
Valencia, donde el Rey estaba detenido de pasar a Cataluña por
entender en averiguar ciertas diferencias (como su historia dice) que
se habían movido entre don Guillé Escriua contador mayor del Reyno,
que llaman maestro Racional, y el Bayle general receptor de las
rentas Reales, dos de los más preminentes oficios Reales del Reyno.
Era la diferencia sobre las preeminencias y antelaciones de los dos
oficios, o dignidades que tenían, la cual diferencia compuso y
asentó el Rey publicando sentencia en favor de don Guillen. Pues
como entendió que ya don Alonso y la Reyna estaban de camino,
salioles a recibir a Buñol, una pequeña jornada de Valencia, y
haciendo allí noche todos, a causa del buen alojamiento del castillo
y pueblo, que ahora posee la ilustre familia de los Mercaderes, se
vinieron el día siguiente a Valencia, a donde fueron del Senado y
pueblo, señaladamente de toda la nobleza y caballería
suntuosísimamente recibidos: y dada vuelta por la ciudad que estaba
riquísimamente entoldada y abiertas sus ricas tiendas, fueron
aposentados en el antiguo palacio del Rey fuera de la ciudad tan
abastado de aposentos que pudo quedar allí el Rey para más
consolarse con la continua presencia de la Reyna su hija, que fue la
más amada de todas. A la cual por hacer más fiestas todos los días
que se detuvieron se pasaron en justas y torneos con otros muchos
regocijos, de que gozó mucho don Alonso, por estar hecho a pocos
cuidados. Pero como le viniesen correos de cada día con avisos de
las grandes correrías y daños que los Moros hacían por toda la
Andalucía, y el peligro en que estaban las villas y ciudades de
ella, después de haberles destruido los Moros y talado los campos,
fue necesario dejarse de fiestas y volverse con gran presteza a
Castilla, y llevarse la Reyna por ser mujer de gobierno y para mucho.
A los cuales acompañó el Rey hasta Villena, y respondiendo a la
demanda de don Alonso (que todavía tenía algo de impertinente) y
fue pedirle consejo, si movería guerra al Rey de Granada como a
receptor de los Moros de allende, le respondió, que entendiese en lo
más necesario y urgente como era echar a los enemigos, que después
sería a tiempo de vengarse de los de Granada. Con todo eso ofreció
el Rey de enviarle socorro contra los Moros, aunque don Alonso se
olvidó de pedirlo.








Capítulo XII. De los dos pueblos que el Rey fundó en el Reyno de
Valencia, de la revuelta de don Artal de Luna con los de Zuera, y
como se vio otra vez en Alicante con don Alonso, y lo que pasó con
él.






Quedó el Rey
muy descontento de los despropósitos, y poco gobierno de don Alonso
porque mostraba estar fuera del caso, y lo poco que se había
aprovechado de sus consejos. Pues al tiempo que la infinidad de
enemigos se le entraba por sus tierras se vino con la Reyna muy
despacio para Valencia como para bodas, so color de pedirle consejo
de lo que haría en tan urgente necesidad. Y a la postre le pidió
uno por otro, y se olvidó de pedir lo importante: y así conociendo
su condición, y lo poco que había de aprovechar cosa que le dijese,
se despidió de él y de la Reyna, y se volvió a Xatiua. Yendo pues
de camino pareció al Rey mandar fundar dos pueblos en dos sitios muy
cómodos: el uno en la valle de Albayda encima de Xatiua hacia el
medio día llamado Montaberner, y el otro dicho Orimbloy junto a
Denia y les dio sus términos y territorios. En este tiempo que de
vuelta de Villena el Rey se entretenía en Ontinyente que es una de
las poderosas y principales villas de las montañas del Reyno junto a
Biar, tuvo nueva de Zaragoza como don Artal de Luna, por ciertas
diferencias que tenía con los de la villa de Zuera en el término de
Zaragoza se puso con su gente en celada aguardando a los de Zuera que
salían mano armada para ir a dar sobre un pueblo de don Artal, el
cual se adelantó y dio sobre ellos, y desbaratándolos mató XXVII.
Por esto determinó luego partirse para Aragón, y llegando a
Torrellas que ahora llaman Torrijos junto a Camarena aldea de Teruel,
salió el Infante don Iayme al encuentro al Rey su padre, a pedirle
licencia para ir a Francia a concluir un matrimonio que se trataba
entre él y la Condesa de Niuers. De este don Iayme dudan algunos si
fue el legítimo hijo de doña Violante. Porque como se cuenta en el
precedente libro, poco antes se había casado con Esclaramunda hija
del Conde de Foix en la Guiayna: por donde o era ya muerta
Esclaramunda (de lo que no habla ninguna historia) o si era viva, no
podía ser este don Iayme otro que el hijo de doña Teresa, el cual
como estuviese en la tenencia de Xerica que no está lejos de
Torrijos salió al camino al Rey y le pidió favor y fuerzas para
efectuar este casamiento. Y el Rey se contentó de ello y le mandó
proveer de dinero y gente que le acompañase y honrase en esta
jornada. Llegó pues el Rey a Zaragoza, y luego mandó citar a don
Artal para ante su presencia. En este medio recibió cartas de don
Alonso de Castilla, diciendo deseaba mucho verse con él para
comunicarle ciertos negocios a los dos muy importantes, y tales que
no se podían encomendar a la pluma, que le suplicaba se viesen en
Alicante. El Rey quiso contentarle, aunque siempre pensó sería
algún movimiento de planeta y de sus acostumbradas invenciones, por
divagar, y no hacer nada de lo que bien le estuviese: y así partió
para Alicante a donde halló ya a don Alonso que le aguardaba. El
cual encerrándose con el Rey le dijo en gran secreto y en suma que
ciertos principales ricos hombres de Aragón juntados con los que en
Castilla se le habían rebelado y pasado a otros Reynos se habían
concertado con los Moros de allende y con los de Granada, para mover
guerra contra los dos, que por tanto viese lo que en tan nuevo caso
debían hacer. Mas le pidió si le parecía bien mover guerra contra
los gobernadores de las dos ciudades Málaga y Guadix: porque estos
eran los mayores
receptadores
de los moros de África, o si sería mejor fingir amistad con ellos,
y hacer guerra al Rey de Granada, como principal autor de tantos
males. No dejó el Rey de conocer la inquietud e inconstancia de
ingenio de don Alonso, y lo poco que calaba los negocios del gobierno
y de guerra: pues de no tomarlos con el valor y ánimo que se
requiere, no los acababa, y de aquí daba en otro inconveniente mayor
que tenía a todos por sospechosos. Con todo eso le aconsejó que en
ninguna manera quebrantase las treguas que había hecho con el Rey de
Granada: y a lo de la conjuración de los grandes de Aragón y de
Castilla, que quitase las ocasiones para rebelársele a sus ricos
hombres, que lo mismo haría él a los suyos, porque este era el
mejor remedio y medicina para este mal. Y para esto se acordase de
los consejos que le dio volviendo de Burgos para Aragón por el
camino, desengañándole que en su propia mano estaba el fuego y el
cuchillo, pero entretanto cada uno mirase por si: y en caso de
necesidad, que no se faltase el uno al otro.




De donde se colige que el
Rey o por el dicho de don Alonso, o por algunos indicios que para
ello tuvo, no dejó de dar algún crédito a lo que don Alonso le
dijo, por lo que después se siguió.







Capítulo XIII. Que
condenando el Rey a don Artal de Luna, se descubrieron algunas malas
voluntades contra el Príncipe don Pedro cuyos criados tentaron de
matar a don Sancho su hermano.







Vueltos los Reyes cada uno
para su casa, maravillose mucho el Rey de su yerno don Alonso, con
ser tan letrado en varias ciencias, tener tanta falta de consejo, y
venir a ser tan sospechoso, y medroso, que no solo a los suyos, pero
aun a los extraños pusiese en sospecha de rebeldes y así comenzó a
pronosticarle todo mal successo en sus cosas. Se vino para Huesca, a
donde convocó cortes, para que por las causas allí referidas contra
don Artal así por lo hecho contra los de Zuera, como porque siendo
citado no había comparecido, se procediese contra él, y se le
hiciese cruel guerra en todas sus villas y lugares. Y para esto
acudiesen todos los que por aquella tierra recibían gajes del Rey.
Publicada esta guerra hubo tal sentimiento de ella en Aragón y
Cataluña, que comenzaron a moverse diferencias y levantarse
alborotos grandes entre los señores y barones, no tanto por don
Artal cuanto por el odio y rencor que todos tenían al Príncipe don
Pedro. Mayormente en Aragón, porque ya no de secreto, ni
disimuladamente, sino muy a la descubierta perseguía a don Fernán
Sánchez su hermano, después que volvió de Jerusalén y Sicilia: a
causa de la amistad grande que había tomado con el Rey Carlos
formado enemigo de don Pedro (como está dicho). Llegó tan adelante
este negocio que tentó diversas veces don Pedro de matar a don
Sancho: señaladamente poco antes cuando los dos se hallaron en
Burriana, a donde los criados de don Pedro, al punto de mediodía con
las espadas en las manos comenzaron a discurrir por todo el palacio,
y osaron señalar que buscaban a don Fernán Sánchez para de hecho
matarle, como sin duda lo pusieran por obra, si él no se saliera del
palacio con su mujer a más que de paso, y se pusiera en salvo. Esto
lo confirma Asclot diciendo, que el odio de don Pedro, no era tanto
por la amistad que don Fernán Sánchez había tomado con el Rey
Carlos, cuanto por haberse persuadido que don Fernán Sánchez
asegurándose con el favor y ayuda de Carlos, había prometido de
matar a don Pedro, para que más libremente y sin cuidado gozase el
Carlos de Sicilia.







Capítulo XIV. De los
muchos que favorecían a don Fernán Sánchez contra don Pedro, y del
razonamiento que contra él hizo don Fernán Sánchez ante el Rey.






Conoció
claramente don Fernán Sánchez hasta donde llegaba el odio e ira
grande que don Pedro le tenía, y que según era altivo y
determinado, no reposaría jamás hasta que le hubiese sacado del
mundo. Por eso determinó valerse del favor y ayuda de ciertos
barones de Cataluña, los cuales al tiempo que la gobernaba don
Pedro, fueron de él muy mal tratados, señaladamente por lo que
había hecho contra un caballero muy noble llamado don Guillé de
Odena al cual condenó a echarlo vivo dentro de un saco en el río, y
que muriese ahogado, que fue mayor pena de la que por ley se debía.
Con estos, y con el favor de don Ximen de Vrrea su suegro, y también
de otros a quien en días pasados, había quitado el Rey sus campos y
posesiones por haber seguido la parcialidad contraria de don Pedro,
alcanzó don Fernán Sánchez ser muy favorecido de ellos, y para eso
se conjuraron todos, y le ofrecieron de seguirle con la vida y
hacienda en esta demanda. No contento con esto don Fernán Sánchez
antes que esta conjuración se publicase, se fue para el Rey, al cual
informó de todo lo que don Pedro y sus criados habían intentado
contra él en Burriana, suplicándole como a señor y padre le
librase de las manos de quien tan a la clara le quería matar, y
mandase castigar a los traidores que ya lo querían poner por obra.
Añadiendo a lo dicho, que si siendo él señor y común padre de los
dos vivo, el hermano se atrevía a matar al hermano, qué haría
después de él muerto, y qué maquinaría contra los dos, después
de haber echado a él del Reyno, lo que por ventura maquinaba, que se
acordase de la obligación que tenía siendo común padre, de
reprimir la desenfrenada ira del un hijo contra el otro, si no quería
en un mismo día verse privado de los dos. Pues tanto y más es de
temer el hombre loco y desesperado, que el valiente y cuerdo, que
supiese que daría
cient
vidas por quitarla al que se la quería quitar. Y así le rogaba muy
humildemente por la clemencia que como a padre le obligaba: y por la
justicia que como Rey podía y debía, quitase de entre ellos tan
crueles distensiones con tan grandes daños y calamidades como de
aquí nacerían para sus propios hijos, y para todos sus Reynos, si
con tiempo, no acudía con el remedio.









Capítulo XV. De lo mucho
que el Rey sintió la discordia de sus hijos, y de las cortes de
Exea, y edictos que allí se publicaron, y sentencia contra don
Artal.







Entendido por el Rey todo
este hecho de sus hijos, quedó muy lastimado, por ver tan grandes
revueltas y discordias sembradas entre ellos, de las cuales
claramente entendió que habían de nacer abrojos de distensiones y
parcialidades entre sus vasallos y Reynos: por eso se dio toda la
prisa que pudo por apagar este fuego antes que más se encendiese. Se
partió a la hora de Murviedro para Aragón y mandó convocar cortes
en Ejea de los Caballeros, y que el Príncipe don Pedro con todos los
señores y barones del Reyno se hallasen en ellas: a donde entre
otros edictos, mandó al Conde de Pallas, y a todos los demás
señores y barones de Cataluña, que ninguno favoreciese al Conde de
Foix que tenía guerra con el Rey de Francia, con gente, ni armas, ni
hacienda. Esto lo mandó el Rey, no tanto por querer mal al Conde por
tener guerra contra su yerno el de Francia, cuanto por quitar el
estruendo y movimiento de las armas de toda Cataluña, que con
achaque de favorecer al Conde, se levantaban en la tierra. Sin esto
mandó al Príncipe don Pedro que renunciase la general gobernación
de los dos Reynos, que le había encomendado cuando se embarcó para
la tierra santa, por consejo de algunos buenos que deseaban la
tranquilidad del Reyno, junto con la seguridad de la persona de don
Pedro. Otro si mandó se publicase allí la sentencia del Iusticia de
Aragón dada en la causa de don Artal y los de Zuera: la cual fue que
en recompensa de los daños que don Artal les hizo, fuese privado de
toda su hacienda y bienes, y la posesión de ellos, por derecho de
señorío se diese a los de Zuera. Pero entendida por don Artal la
sentencia, antes que las cortes se concluyesen, con el favor e
intercesión de don Pedro Cornel hubo salvo conducto y vino a Ejea, y
se echó a los pies del Rey: suplicándole fuese perdonado de su
delito o al menos que por su benignidad Real se moderase la severidad
y rigor de la sentencia. Movido el Rey por las buenas palabras y
humildad de don Artal, y ser muy valeroso caballero por su persona, a
consejo de los señores y barones de los dos Reynos, y a juicio y
parecer de letrados, conmutó la sentencia, condenando a don Artal en
que pagase veinte mil sueldos jaqueses por los gastos, a los de
Zuera, y que por cinco años precisos fuese desterrado de todos los
Reynos y señoríos del Rey. Y a los participantes en el delito, que
fueron Lope Díaz Sentia, Ximeno Alauon, Diego Gurrea, y Pedro Ortiz,
en diez años de semejante destierro.













Capítulo XVI. De la exhortación que el Rey hizo a don Pedro por que
se confederase con don Fernán Sánchez, y de las acusaciones que
contra él puso don Pedro, y como se excusaron los grandes del Reyno
de responder a ellas.






Concluidas las
cortes de Ejea, el Rey se volvió a Valencia y pasando por Teruel,
fue por los ciudadanos principalmente hospedado: a donde teniendo en
memoria aquel magnífico presente que le hicieron para la guerra de
Murcia, como está dicho, mostró la mucha satisfacción y
contentamiento que de sus servicios, y fidelidad tenía, para
beneficarlos
en cuantas ocasiones se ofreciesen. Llegado a Valencia, mandó
convocar cortes, para los de solo el Reyno en Alzira: andando siempre
el Príncipe don Pedro desabrido contra su hermano, sin querer
obedecer al Rey por mucho que le exhortaba y rogaba se reconciliase
con él. Por lo cual el Rey en presencia del Obispo de Valencia, y de
Iayme Sarroca Sacristán de Lérida, y fray Pedro de Granada
religioso Dominicano, y de Thomas
Iumquera
(
original modificado)
principal letrado en derechos, amonestó de nuevo a don Pedro dejase
las enemistades y malevolencia que tenía con su hermano, si no
quería incurrir en la indignación de su padre, señalando a si
mismo. Mas don Pedro no por eso dejó de perseverar en su porfiada
ira, y sin responder palabra, se salió del ayuntamiento, y aquella
misma noche secretamente se fue a Alzira con solos tres caballeros
siempre con intención y ánimo de vengarse de su hermano. Entonces
determinó el Rey por todas vías de librar a don Fernán Sánchez, y
castigar a don Pedro, contra el cual, al parecer, mostraba estar muy
indignado por este caso. Sabido esto por don Fernán Sánchez no
quiso perder tan buena ocasión para más congraciarse con el Rey, y
así vino luego a Valencia, acompañado de don Ximen de Urrea su
suegro. Y llegado besó las manos al Rey haciéndole muchas gracias
por haberse querido enterar de la verdad de lo que entre él y don
Pedro pasaba, y tomar su defensión a cargo. Con todo esto le
aconsejó el Rey que mirase por si, y se volviese a Zaragoza, porque
no le tenía por seguro en Valencia. Mas luego que don Pedro supo el
sentimiento que el Rey había hecho por no haber obedecido a lo que
en presencia de tantos le amonestara porque se reconciliase con don
Fernán Sánchez, y como que prometiera con ira que le había de
castigar por su poca obediencia: y sin eso la gran audiencia que a
don Sancho había dado: determinó moderar su
desmasiado
orgullo e ira, temiendo no le sucediese al revés de lo que pensaba,
el abusar tanto del regalo y benevolencia del Rey. Y así por hacer
buena su causa delante de él y los demás de su consejo, rogó a
Ruyz Ximeno de Luna, y a Thomas
Iunqueras
sus muy íntimos amigos, a quien instruyó muy a su propósito, y dio
sus poderes para comparecer ante el Rey de su parte. Los cuales
llegados ante su Real presencia, y de don Bernad Guillen Dentensa,
don Ferriz de Liçana, que ya era vuelto en su gracia, y Pedro Martín
de Luna, propuso Thomas su embajada según estaba instruido. Diciendo
como nunca había querido el Príncipe don Pedro descubrir al Rey las
cosas tan torpes y
nefandas
que de don Fernán Sánchez sabía, antes las había tenido mucho
tiempo calladas, por ser tales, que sin grande ignominia y afrenta de
sus hermanos no podían, ni debían quedar sin castigo. Pero pues tan
de veras le apretaba tratándole de inobediente, por su descargo le
notificaba, que a don Fernán Sánchez le habían salido tales
palabras de la boca: es a saber. Que el Rey era indigno del Reyno, y
era muy pesado en su reynar. Que él mismo había intentado de matar
a don Pedro con yerbas, por si por la vía que él pretendía pudiese
suceder en el Reyno. Que había muchos principales del Reyno
cómplices y sabedores de esta traición, y que probaría todo esto
ser mucha verdad. Oídas por el Rey todas estas gravísimas
objeciones, no dejó de dar algún crédito a ellas, porque parecían
frisar, con lo que poco antes le había señalado don Alonso de
Castilla. Por donde poco se alteró de ello, ora fuese falso, o
verdadero lo que se oponía, no dejaba de infamar a los suyos.
Llamados sobre esto los señores y barones que seguían la Corte, se
apartó con ellos a un lado de la quadra: a los cuales después de
referidas las oposiciones hechas por parte de don Pedro les dijo, que
no tocaba a él, sino a ellos satisfacer y responder a ellas: pues
por lo que señalaban, no dejaban ellos de incurrir en alguna mácula
de infidelidad. A lo cual respondió don Ximen de Urrea, que no había
razón para que responder a ellas, por ser el que las decía un
ínfimo Clérigo que se las inventaba. Y si era verdad las decía,
por mandamiento de don Pedro, tanto menos eran obligados a hacerle
desdecir, por ser Príncipe jurado y sucesor en el Reyno, a quien
habían dado pleito y homenaje como vasallos. Entonces respondió el
Rey a los embajadores, daría orden como don Fernán Sánchez
satisficiese a las acusaciones opuestas, y se defendiese de ellas,
donde no, le castigaría.









Capítulo XVII. Como el
Rey fue a tener cortes a Alzira, y estando don Pedro para ir con
gente contra don Fernán Sánchez, los prelados le persuadieron a que
hiciese la voluntad del Rey.






En este medio
don Pedro se entró en Alzira siempre fabricando en su ánimo cómo
auria
a don Sancho para vengarse de él, para lo cual secretamente recogía
gente para irle a buscar, que pensaba cogerle antes que se volviese a
Aragón. Sabiendo esto el Rey determinó de ir a Alzira a tener las
cortes, y por divertir a don Pedro de tan malos pensamientos, dándole
una buena mano en presencia de los prelados y grandes que consigo
llevaba a las cortes. Pues como estuviese ya cerca de la villa, y
fuese cazando por la ribera de Xucar, descubrió a don Pedro que
acababa de pasarle en barcos con algunos de a caballo, con los cuales
se entró en la villa de Corbera. Comenzadas las cortes, a las cuales
también vino don Iayme hijo de doña Teresa, Bernardo Olivella
Arzobispo de Tarragona, y los Obispos de Valencia y Lérida, con
algunos ricos hombres de los otros Reynos, y los Síndicos de las
ciudades Zaragoza, Teruel, Calatayud y Leryda, propuso el Rey ante
todos la porfiada pertinacia de don Pedro, y su mal ánimo para con
su hermano que tan puesto estaba en hacerle guerra mortal, y como a
su despecho hacía secretamente gente contra él, y fortificaba las
villas y lugares que le iba quitando. Además de esto, que ni quería
se tratasen por vía de compromiso las diferencias que entre los dos
había, y ni de justicia, ni de amigable composición siendo
hermanos, sino que se averiguase por armas: que les notificaba todo
esto, para que le aconsejasen lo que para remedio de tan extraño
caso debía hacer, porque su ánimo era proceder con todo rigor
contra don Pedro como contra el más rebelde y escandaloso hombre del
mundo. Como oyeron esto los Prelados, y vieron al Rey tan puesto en
ejecutar su proposición, procuraron con buenas palabras aplacarle,
prometiendo toda enmienda y obediencia por parte de don Pedro, y
juntándose con ellos algunos señores de Aragón y Cataluña se
fueron a Corbera, a representar a don Pedro los daños que contra si
mismo se causaba, y lo mucho que enojaba al Rey y escandalizaba a
todos los de las cortes en mover guerra contra su propio hermano, que
más era contra su común padre que tan de veras tomaba este negocio
contra él y todo el mundo se lo alababa: que se guardase de incurrir
en la ira y maldición de su padre, porque tras ella le vendría la
del cielo. Aprovechó poco toda esta diligencia de los prelados con
don Pedro porque ni quiso creer lo que le dijeron, ni dejar de pasar
su propósito adelante, tan arraigada estaba en él la malicia contra
don Fernán Sánchez. Sabiendo esto el Rey lo sintió notablemente, y
luego salió de Alzira y se fue para Xatiua, con fin y determinación
de perseguir y proceder con todo rigor contra don Pedro y así mandó
apercibir una compañía de gente de a caballo para ir a prender a
don Pedro con fin de castigarle severamente. Sintiendo esto Andrés
de Albalate, Obispo de Valencia y viendo que con la ira del Rey se le
doblarían los enemigos a don Pedro y perdería los amigos, para que
todas sus cosas parasen en mal, si no volvía en si, y se reconocía,
volvió a verse con él a solas, hablándole ya no con blandura, sino
muy duramente, increpando gravemente su pertinacia. Mostrando como ni
era de verdadero hijo, ni de caballero, ni de Cristiano lo que hacía
en contravenir y no obedecer los mandamientos del Rey su padre, que
siempre le había sido tan propicio y favorable, que a todos los
demás hijos, por solo él había aborrecido, y que le era un
ingrato, que mirase no incurriese en mayor ira del celestial padre
que suele castigar muy rigurosamente a los hijos que
aca
baxo

son desobedientes a sus padres. Por lo cual le suplicaba y amonestaba
muy de veras se entregase en manos del Rey, y se sometiese a su
voluntad sin ningún otro concierto ni condición que le prometía de
esta manera hallaría en él muy amoroso recibimiento, y alcanzaría
del todo su perdón y gracia.
Movido don Pedro con las
amonestaciones y eficaces razones del Obispo, determinó rendirse muy
de corazón a su padre, como a la verdad ya antes había pensado de
hacerlo y con esto se fue con el Obispo para Xatiua llevando consigo
al Vicario del gran Maestre del Hospital, a quien por justa causa
(aunque no la especifica la historia) había tenido preso, sabiendo
que holgaría el Rey de verle libre. Entrando pues don Pedro con el
Obispo a su lado por palacio le siguieron todos con muy grande
alegría por ver el recibimiento que el Rey le haría, hasta que
llegó a la cámara del Rey, y en verle se le echó con grande
humildad a los pies, y le besó el derecho, y le habló con palabras
muy humildes mezcladas con lágrimas y pidiéndole perdón. El Rey le
recibió benignamente, porque era tanto el amor que le tenía, que no
bastó, ni fue parte la contumacia pasada para menoscabarlo, antes
(como adelante veremos) lo dobló conforme a lo que afirma el Cómico
que las iras entre los enamorados son causa de mayor amor.









Capítulo XVIII. De como
reconciliado don Pedro con el Rey, los dos se concordaron en
perseguir a don Fernán Sánchez, y de la muerte del Rey de Navarra,
y de doña Berenguera.







Esta súbita
reconciliación de don Pedro con el Rey no fue menos sospechosa a
todos, que totalmente daño para don Fernán Sánchez porque de aquel
mismo punto que el Rey vio a don Pedro, como atosigado de su veneno,
convirtió toda su ira y saña contra don Fernán Sánchez, creyendo
ser verdad todo lo que le dijo don Pedro, que a la hora se le
representaron, y vinieron a la memoria las cosas que don Fernán
Sánchez en los años pasados había intentado y maquinado contra su
Real persona en Zaragoza, cuando pidió el bouage a los Aragoneses
para la guerra de Murcia, juntándose con los señores barones y
ricos hombres del Reyno a contradecirle, haciéndose caudillo de
ellos, y formado enemigo suyo, allende de las burlas y palabras
injuriosas que contra él profirió y que no solo procuró con los
barones Aragoneses, pero aun escribió y convocó a los Catalanes
para que hiciesen formada rebelión, y pusiesen en todo riesgo su
vida y honra, que en fin no tuvo en él por entonces hijo sino cruel
enemigo. Ni tuvo por menos justificada la ira de don Pedro contra él
pues sabiendo la justa causa que don Pedro tenía para estar mal con
el Rey Carlos de Sicilia por la muerte de Manfredo su suegro, ni
había de aportar en ninguna parte de Sicilia cuando volvió del
mismo Rey, y mucho menos el armarse caballero de su mano, como está
dicho. De manera que por tantas y tan justas causas le parecía al
Rey no se serviría Dios quedasen estos delitos sin punición y
castigo, y así ni dejó de procurarlo, ni le pesó después de
hecho, como adelante mostraremos. Por este tiempo murió Theobaldo
Rey de Navarra sin dejar hijos, y le sucedió su hermano Enrrico en
el Reyno. El cual no quiso pasar por los conciertos y pactos hechos
entre Theobaldo y la Reyna doña Margarita su madre con el Rey. Cuyo
derecho no por eso dejó de ser muy firme para con el Reyno: puesto
que por entonces no determinó pedirlo por vía de armas, por tenerle
tan distraído las divisiones de sus hijos. También murió por este
tiempo en Narbona y fue allí mismo sepultada, doña Berenguera hija
de don Alonso señor de Molina, con la cual tuvo el Rey siendo viudo
conversación carnal por algunos años, tan libre, que muchas veces
(según él dice en su historia) de ningún pecado tenía porqué
hacerse conciencia sino del de doña Berenguera. Y cuando se
confesaba para entrar en batalla, otro que este no le ocurría.
Puesto que con la esperanza y palabra que había dado de casarse con
ella, no le condenaban (condennauan) del todo. Pero muerta ella como
el Rey entraba en años, no se lee haber más usado de semejante
soltura. Es cierto que no tuvo ningunos hijos de ella, por que hizo
al Rey su heredero de dos villas llamadas Felgos, y Caldela que en el
Reyno de Galicia poseía.













Capítulo XIX. Como el Rey de castilla temiendo la venida de los
moros de África pidió socorro al Rey, el cual se vio con él, y se
lo prometió y de lo que el Rey hizo en Mompeller.







En el mismo tiempo y año,
como algunos señores y grandes de Castilla movidos por las razones y
sobras que don Alonso les hacía se pasasen al Rey de Granada, y
otros al de Navarra, y también se dijese y tuviese por muy cierto
que Abienjuceff Rey de Marruecos había de pasar muy presto con
innumerable ejército a la Andalucía, escribió don Alonso al Rey
dándole aviso de todas sus calamidades así de la ida de sus
vasallos a otros Reyes, como de la venida de los Moros a sus Reynos,
y que le suplicaba para tratar el remedio de esto se viesen juntos
que acudiría luego a donde mandase. Le pesó al Rey muy
entrañablemente de ver y oír las miserias de don Alonso, y más por
ser él mismo la causa de su perdición pues con el mal tratamiento y
división que tenía con los señores, y ver que se apartaban de él
tomaban ánimo los Moros de África para pasar en la Andalucía, y a
río revuelto ponerle en los trabajos y miserias que padecía. Porque
es cierto que en ningún otro tiempo se atrevieron a pasar los Moros
de África en España tan a menudo como en este del Rey don Alonso.
Por donde respondiendo el Rey que acudiría, se vieron en la villa de
Requena en los confines del Reyno de Valencia a donde después de
pasadas muchas buenas razones entre ellos en conclusión prometió el
uno al otro que no se faltarían en tal necesidad, y que se ayudarían
con todo su poder, señaladamente contra los Moros de África
prometiendo al Rey de ir en persona en esta guerra, y con esto
después de avisarle y amonestarle sobre lo que decía hacer con los
grandes para reducirlos a su devoción, y también sobre el ejército
que debía preparar para resistir a los Moros por la Andalucía, pues
él entraría por la parte de Murcia para entretener a los de Granada
no favoreciesen a los otros, se despidieron y cada uno se volvió a
entender en lo que se había encargado para esta guerra. De manera
que vuelto el Rey a Valencia, comenzó a enviar gente de guarnición
a los confines del Reyno hacia la parte de Murcia, y él se partió
por negocios importantes para Barcelona, acompañado de algunos
señores y barones de los dos Reynos, a donde concluidos algunos,
pasó a Mompeller, y como supo las distensiones y diferencias que
había entre Philipo Rey de Francia su yerno y el Conde de Foix, y
que por ellas tenía el Rey preso al Conde, entendió en concordarlos
y librar de la prisión al Conde. Aunque para concluir esta
reconciliación, hubo de dar el Rey a Philipo ciertas villas que
junto al estado de Mompeller poseía. También hizo pregonar guerra
por toda la Guiayna contra el Rey de Granada, y contra Abenjuceff Rey
de Marruecos, y lo mismo por Aragón y Cataluña en defensión de
Castilla y del Andalucía. Mandando a todos los señores y barones
que tenían tierras y posesiones tomadas en feudo de los Reyes sus
antepasados con obligación de que en tiempo de guerra personalmente
siguiesen al Rey y a su costa le sirviesen en ella, acudiesen a
servirle en esta jornada, haciéndoles saber como él mismo en
persona se había de hallar en ella, porque ninguno excusase la
venida. Con esto mandó a Vgon de Sentapau justicia ordinario de la
ciudad de Girona principal ciudadano y de antiguo linaje en ella, que
la gente que tuviese hecha para esta jornada la enviase a Valencia.













Capítulo XX. De lo que el Rey pasó con el Vizconde de Cardona, y
como juntó su ejército y fue la vuelta de Murcia, y no pareciendo
los Moros, dejando allí buena guarnición de gente se volvió a
Valencia.







Hecho lo que dicho
habemos, se partió el Rey de Mompeller, y vino a Lérida, donde
halló al Vizconde de Cardona, al cual como le viese desocupado y
pacífico con sus vasallos, rogó mucho le siguiese en esta guerra
contra Moros, con su persona y la más gente que pudiese que le
obligaría en ello mucho. Como el Vizconde se excusase, y no con sus
trabajos pasados con sus vasallos, sino por pensar que no tenía
obligación precisa para seguir al Rey, y que estaba en su libertad
el quedarse le mostró el Rey lo contrario, y como por derecho y
obligación de feudo era tenido a seguirle. Pero con todo eso,
volviendo el Vizconde a excusarse con otros seis barones de Cataluña
que estaban allí presentes y tenían feudos Reales, determinó por
entonces disimular con ellos, por no detenerse, ni dejar de acudir
luego con el socorro al Rey de Castilla por haber entendido que el
Rey de Granada de muy confiado en el ejército que esperaba de África
con Abenjuceff había adelantado a mover guerra a don Alonso, y le
apretaba por la parte de Murcia. Por eso enderezó el Rey su ejército
hacia ella: dejando encomendado todo el gobierno de los Reynos de
Aragón y Cataluña a don Bernardo Oliuella Arzobispo de Tarragona
como a persona de grande valor y confianza para el cargo, puesto que
reservó el conocimiento de las apelaciones al consejo Real que
quedaba en Lérida. Hecho esto se fue a Valencia, y allí hizo cuerpo
y junta de toda la gente que tenía hecha en el Reyno, con la demás
que era llegada de los otros Reynos y de la Guiayna, y pasó con todo
el ejército a Xatiua, a donde acudieron todos los señores y barones
de Aragón que tenían feudos reales, con sus personas y gente, y los
que no vinieron en persona enviaron gente muy puesta en orden.
Pasando de Xatiua a Biar halló que ya eran llegados allí don Iayme
y don Pedro hijos de doña Teresa, con los otros sus hermanos,
excepto don Fernán Sánchez por no asegurarse mucho de las mañas de
don Pedro, ni de la voluntad del Rey, que sabía la había ya
trocado, y que favorecía a don Pedro. Pasó de allí a la ciudad de
Murcia con todo el ejército, a donde por los Cristianos y Moros se
le hizo solemnísimo recibimiento, y como a verdadero conquistador
del Reyno, y conservador de la patria, le hicieron la misma honra y
salva que a su propio Rey hicieran. Mas como ni los de Granada, ni
los de África, que aun no eran llegados sino pocos, moviesen guerra
contra Murcia, se detuvo allí el Rey no más de XIV días, los
cuales pasó todos en reconocer la fortaleza, y reparar los lugares
flacos de ella, parte en cazar y gozar de tan hermosa campaña. Valió
todo esto para espantar al Rey de Granada, pues en saber estaba tan
vecino el de Aragón luego despidió su ejército, y lo distribuyó
en guarniciones por toda la frontera de Murcia. Sabido esto por el
Rey, se despidió de los de Murcia, dejándolos muy animados para la
defensa de ella, asegurándoles que siempre que menester fuese sería
con ellos. Finalmente renovando las guarniciones de gente por las
fronteras se volvió a Valencia, dejando allí formado ejército por
algún tiempo hasta ver lo que harían los de Granada.













Capítulo XXI. Como estando el Rey en Alzira, llegó un embajador del
Papa para rogarle fuese al Concilio de Lyon (Leon), al cual prometió
de ir, y de lo que pasó con los Barones de Cataluña.







Como el Rey volviendo de
Murcia parase en Alzira para reconocer la villa con su fortaleza,
llegó allí fray Pedro Alcalanam de la orden de los Dominicos, de
nación Italiano, persona de grandes letras y santidad de vida, a
quien enviaba el Papa Gregorio X al Rey con embajada, diciendo en
suma, como había congregado Concilio general en la ciudad de Leon en
Francia, para tratar y determinar los tres mayores negocios que nunca
fueron en ampliación de la religión y Repub. christiana. El uno por
hacer liga de todos los Reyes y Príncipes cristianos para cobrar la
tierra santa de los infieles Turcos. El otro para reducir la iglesia
Griega con su Emperador Paleologo al gremio y consenso de la Romana,
lo tercero para admitir a la fé católica al gran Cham Emperador de
los Tártaros, con todas las tierras de su imperio, por haber sido
muchas las embajadas y ruegos que los dos Emperadores habían hecho
sobre ello a los Pontífices sus predecesores, y que de nuevo le
solicitaban por ello: prometiendo los dos que darían todo favor y
ayuda para la conquista de la tierra santa, siempre que los Príncipes
de la iglesia Latina comenzasen por si la empresa. Por lo cual le
rogaba mucho que por el servicio de Dios, y por el manifiesto
ensalzamiento de la santa fé católica que de esto se esperaba,
tuviese por bien de venir a verse con él en el Concilio para decir
su parecer y voto en tan importantes negocios, y en breve tratar
sobre lo que tocaba al negocio de la conquista. Oído esto por el
Rey, respondió que su devoción era tanta para con la santa sede
Apostólica y sus sagrados Pontífices, mayormente ofreciéndose tan
graves y tan importantes negocios al servicio de Dios y beneficio
común de toda la Cristiandad: que de muy buena gana se dispondría a
dejar todo negocio por hallarse en el sacro Concilio, y como
verdadero hijo de obediencia de la sede Apostólica hacer cuanto en
él le fuese mandado. El legado que oyó tan buena resolución y
respuesta del Rey se volvió luego muy alegre al Papa, y el Rey se
entró en Valencia: donde averiguados algunos negocios sobre el
gobierno de ella: confirmó en el oficio al gobernador que por
entonces presidía, con los demás oficiales reales en sus cargos: y
tomó de su tesoro el dinero necesario para este viaje tan principal.
Llegado a Tarragona, mandó que compareciesen ante él, el Vizconde
de Cardona, de quien se habló antes, don Pedro Verga, don Galcerán Pinos, don Guillé, y Mauleó Catalaunin, Berenguer Cardona, y
Guillen Rajadel, Barones principales de Cataluña. Los cuales poco
antes se habían excusado de seguir al Rey en la guerra de Murcia, a
efecto de castigar su contumacia y soberbia. Y así les quitó las
caballerías de honor, y privó de oficios y cargos reales.
Finalmente les hizo restituir las fortalezas y castillos, que por él
y sus Reyes predecesores les fueron encomendados: para que con esta
condición y ley, a uso y costumbre de Aragón, se encomendaban las
fortalezas, con que se restituyesen a los Reyes, si quiera las
pidiesen a buenas, o enojados, o de cualquier otra suerte. Como el
Vizconde restituyese algunas, y otras se detuviese, y los otros
Barones hiciesen los mismo, y de esto no se contentase el Rey: hubo
parecer de algunos del consejo Real esto se averiguase por fuerza de
armas: aunque por entonces pareció al Rey era mejor, disimular con
ellos, y no comenzar la guerra, por no estorbar su viaje que tenía
prometido al sumo Pontífice para el Concilio.







Fin del libro XVIII.







Libro décimo

Libro décimo.



Capítulo
primero. De los embajadores del Duque de Austria que vinieron a
ofrecer su hija por mujer al Rey, y como porque no la aceptó
murmuraron de él los suyos.




Por este
tiempo que el Rey entraba en los XXVII años de su edad, y con mayor
sosiego y tranquilidad que nunca gobernaba sus Reynos, la fama de sus
memorables hechos era tan celebrada por todas partes, que los
Príncipes y Reyes, por muy apartados y lejos de él que estuviesen,
deseaban mucho trabar amistad con él, y por vía de parentesco
perpetuarla. Mas como ni en castilla, ni en Francia, ni tampoco en
Inglaterra, hubiese hijas de Reyes, a quien solían los de Aragón
pedir por mujeres, que fuesen de edad para casar, y aunque las
hubiese, la fama del divorcio y apartamiento de doña Leonor les
hiciese esquivar el matrimonio del Rey:
valiose
desta ocasión el Duque de Austria Príncipe riquísimo, para que de
las últimas partes de Alemaña enviase sus embajadores al Rey a
ofrecerle su hija por
muger
con mayor dote que nunca Duque dio, ni Rey de Aragón, hasta
entonces, recibió en casamiento. Y así fue, que estando el Rey en
Huesca, llegaron a él los embajadores de Austria, a los cuales
recibió muy bien, y oída su embajada, y el dote que el Duque
ofrecía dar con su hija en contemplación de matrimonio, mandándoles
ricamente aposentar, y aguardar algunos días la respuesta. Luego se
puso a pensar muy a solas sobre este casamiento: porque a consultarlo
con otros, ninguno de los suyos se lo desaconsejara. Pues como
después de haberlo muy bien considerado todo, en resolución le
pareciese, que no era cosa
condecente
a Reyes, ni estaba bien a su honor y estado, igualar con dineros la
majestad Real, y casar con la que no fuese de su igual: sin dar más
parte a los suyos, llamó a los embajadores, y haciéndoles grandes
favores y mercedes, y ofreciéndose mucho al Duque, de valerle en
toda ocasión con su persona y estado, los despidió con mucha
gentileza: y en respecto del matrimonio, les dio un honesto desvío
por respuesta. Esto se lo tuvieron muy a mal los de su consejo, y más
sus íntimos y familiares, que iban por palacio murmurando dello:
pensando del casamiento, que no tanto por descontento que del dote,
ni de la
pieça
tuviese, cuanto por haber dado su fé a alguna otra: o realmente por
no querer más casarse, lo había rehusado. Lo cual le atribuían más
a vicio que a virtud, pareciéndoles que redundaba en muy grande
perjuicio de sus Reynos, y que no era justo que la sucesión dellos
pendiese de la vida de solo don Alonso su hijo único: sino que
engendrase muchos Iaymes para ser padre, o de muchos Reyes, o de
muchos, que por sus heroicas y paternales virtudes mereciesen serlo.
Trayendo, entre todos, por ejemplo al gran Rey Príamo el Troyano: al
cual alababa mucho su historia, porque tuvo cincuenta hijos, y los
XVII de su legítima mujer Ecuba: que fue producir al mundo otros
tantos pimpollos de reales, y casi divinas virtudes: para que no
faltasen muchos, que por ser tan bien nacidos mereciesen ser Reyes
entre los hombres. Y así les parecía cosa muy absurda, siendo ya su
Real persona de tan buena edad, no solo haber rehusado tan rico
casamiento como se le ofrecía: pero el haberse privado de los hijos
y sucesores legítimos, que en siete años pudiera tener, después
que se apartó de doña Leonor su mujer primera: para que a caso,
faltando don Alonso, le sucediesen los suyos, y no los extraños.












Capítulo II. De la sabia y cumplida satisfacción que el Rey dio a
sus criados, por no haber aceptado el matrimonio de la hija del Duque
de Austria.




No fueron dichas tan
a rincón las palabras de los criados del Rey, que no llegasen a sus
oídos, y le fuesen sin faltar una relatadas. De los cuales mandó
llamar a los que más aficionadamente, y con buen celo se alargaban
en esta plática: y venidos antes si les habló con su acostumbrada
afabilidad desta manera. No queráis vosotros, con vuestros mal
aplicados ejemplos distraerme del honesto, y bien considerado
propósito que de no casarme por agora tengo: ni creáis, que por
haber desechado el matrimonio que se me ha ofrecido, estoy para
siempre fuera de casarme. Pero tan poco quiero que por haber vivido
algunos años no casado, me lo atribuyáis más presto a vicio que a
virtud generosa. Pues está muy averiguado, que en ningún otro
tiempo mejor que en este me habéis visto ejercitar, en lo que como a
Rey, y como a general del ejército, en paz y en guerra me tocaba: ni
que mayores victorias y triunfos haya alcanzado de mis enemigos, que
cuando más libre me he hallado del cuidado de mujer e hijos. Mas
porque entiendo que andáis muy puestos en convencerme con los
ejemplos de Reyes: por estos mismos, y aun de los mayores Emperadores
del mundo, como de Alejandro Magno, y del gran Iulio Cesar, quiero
atajar agora vuestras razones. Pues destos vemos: que el primero
cuanto más se apartó de casarse, tanto más se empleó en la
guerra, y fue tan felice en ella, que llegó gloriosamente a tener
gran parte del mundo sojuzgado. El otro, después que repudió la
mujer, y quedó libre, demás de pensar en ella, ni en hijos, vino a
exceder tanto en las armas y disciplina militar, que se atrevió a
conquistar el sumo Imperio Romano, y salió con ello. Porque no hay
duda, sino que el amor y cuidado que se tiene de la mujer y hijos,
con la codicia de enriquecerlos más de hacienda que de gloria,
puesto que dan ánimo a los padres para emprender grandes cosas:
todavía la afición y amor carnal que hay entre ellos, embota la
lanza de los unos y los otros: pues procura muy poco el padre que el
hijo gane honra con pérdida, o peligro de la vida: ni deja tan poco
el hijo, por complacer al padre, de posponerlo todo a ella: y que
también el padre mira mucho, con no faltar al hijo la suya. Quiero
que Príamo, a quien alegáis por Rey bueno, y el más principal de
la Asia menor, fuese muy alabado, porque tuvo cincuenta hijos (obra
de naturaleza tanto como suya) no sabéis que perdió su alabanza
porque se aficionó más a uno solo llamado Paris, afeminado y
cobarde, que a todos los demás, que fueron muy esforzados y
valientes guerreros? No fue así, que con la demasiada ternura y
regalo que crió aquel, le salió tan disoluto y
avieso
que no solo fue causa, por su lujuria, de la total destrucción y
ruina de su gran ciudad y Reyno: pero de las crueles muertes de todos
sus hermanos y hermanas, hasta la de su padre y madre, que con el
mismo se perdieron? Y que por esto los historiadores y Poetas,
alabando mucho las gloriosas muertes de los otros hermanos, callaron
la deste, como de un infame, vil, y
malfinado?
No le fuera mejor a Príamo, que ningún hijo le naciera, que haber
engendrado uno para ser la miserable pérdida de todos? Porque no ha
de ser el fin de los Reyes tan puesto en casarse por dejar hijos:
cuanto en dejarlos buenos, o ningunos. En lo demás pienso haber
justamente rehusado el matrimonio de la hija del Duque de Austria,
por muy mucho dote que con ella se me haya ofrecido: porque si es, o
no, cosa
condecente
y honesta, anteponer a los casamientos Reales, los que no lo son: o
que el dinero e intereses iguale con la grandeza y dignidad Real: yo
lo dejo a vuestra discreción y juicio: pues si cuando era muchacho,
y no gozando de más estados, y señoríos de los que mi padre me
dejó, alcancé hija de Rey por mujer: agora que me hallo aventajado
en edad, poderío, y Reynos, consentiré en casamiento más ínfimo?
En verdad que no lo haré: antes porque más os aseguréis de mi
voluntad e intenciones, me apartaré tanto destos matrimonios, cuanto
escucharé de buena gana los Reales, y de ahí arriba, siempre que se
me ofrecieren. Con esto quedaron los criados muy satisfechos, y no
tuvieron que replicar: por no haber tenido espíritu profético de lo
que había de ser, y a do había de llegar la gran casa y
descendencia de Austria, que no pudo a más, de lo que agora vemos,
por gracia de nuestro Señor, en los descendientes del mismo Rey.












Capítulo III. Del casamiento que el Papa Gregorio IX concluyó para
el Rey con la hija del de Vngría, y del dote que se le ofreció, y
como se aseguraron los alimentos para doña Leonor, la cual entró en
religión.






Acabó el Rey su
razonamiento, y quedaron sus criados, como está dicho, tan
satisfechos, y admirados de oír tales y tan concluyentes razones,
que le reputaron por prudentísimo, y tan bien intencionado en sus
cosas, que parecía las consultaba con Dios, y que en todo seguía su
voluntad divina. Y así pareció que vino del cielo, lo que sucedió
por el mismo tiempo. Porque con la autoridad y mano del sumo
Pontífice Gregorio IX se concluyó otro matrimonio del Rey con doña
Violante hija de Andrea Rey de Vngria, y nieta de Pedro
Altisiodorense Emperador de la Grecia, por lo que ya antes se había
tratado dello secretamente el Rey y el Pontífice: y así tuvo luego
el Rey aviso, como era llegado a Barcelona Bartholomeo Obispo de
Cincoyglesias, y Beraldo Conde de los principales de Vngria, para
tratar dello. Los cuales prometieron a las personas que el Rey había
deputado
para escucharlos, traer en dote con doña Violante doce mil libras de
plata, con otras mil que le pertenecían del dote de su madre. Y más
doscientas libras de oro fino que le debía el Duque de Austria: con
cierta parte del Condado de Namurs en Flandes: y otros lugares, así
en Francia, como en Borgoña y Vngria que la madre le había dejado
en testamento (que de todo cobró el Rey más derechos que dineros)
demás de sus mayores dotes y esclarecidas virtudes de cuerpo y alma,
en que doña Violante excedía a todas las mujeres de su tiempo. De
manera que se hicieron los
entregos
y capitulaciones matrimoniales a los XXV de Hebrero, año de nuestra
redención 1234. Puesto que después de haberse aceptado y aprobado
por el Rey el partido, fue necesario antes que doña Violante
viniese, averiguar las diferencias que quedaban entre el Rey y doña
Leonor su primera mujer, sobre sus alimentos. Lo cual se asentó
luego en el monasterio de Huerta en Castilla: donde se halló con el
Rey de Castilla don Fernando sobrino de doña Leonor, y capitularon,
que no casándose doña Leonor, gozase por su vida de Fariza con su
fortaleza y campaña, sin disminución de lo que ya antes se le había
asignado en nombre de dote y alimentos. También que don Alonso su
hijo estuviese, y se criase con ella: con condición, que ni contra
su voluntad ni antes del tiempo y edad decente se casase. Finalmente
que a doña Leonor se le tuviese siempre respeto de Reyna. Hechos
estos conciertos Fariza fue entregada con todos sus derechos a doña
Leonor. La cual como acabase ya de perder las esperanzas de volver
con el Rey, convirtió todo su pensamiento y persona a Dios, y
edificó un suntuosísimo convento de monjas de la orden de los
Premostrenses en la villa de Almazán (
Almaçá),
no lejos de Fariza: donde pasó su vida con grande ejemplo y muestra
de santidad. Concluido del todo el divorcio, y tomado asiento en lo
de los alimentos con doña Leonor, despidiose del Rey don Fernando, y
se volvió para Zaragoza. De allí por los puertos de Iaca y santa
Christina, pasó a la Guiayna, la vuelta de Mompeller: allí tuvo la
fiesta de todos Santos, y asentados algunos negocios del estado
volvió para Cataluña a la ciudad de Lerida.











Capítulo
IV. Como doña Teresa Gil de
Vidaura,
se opuso al matrimonio de doña Violante, y como fue citado el Rey, y
por algún tiempo no pasó el pleyto adelante.






En este medio que
los embajadores andaban tratando el casamiento de doña Violante con
el Rey, o sus agentes en Barcelona, doña Teresa Gil de
Vidaura,
de quien poco antes hablamos, que fue
mujer noble, prudente, y
hermosísima, y que en estos siete años después que se hizo el
divorcio con doña Leonor, tuvo della el Rey dos hijos varones, al
primero que llamaron don Iayme, y al otro
don Pedro: como
pretendiese que el Rey le había dado su fé y real palabra de casar
con ella, luego que entendió se trataba nuevo casamiento con la hija
del Rey de Vngria, se opuso a él con grande rabia, y con efecto
procuró impedirlo. Mas porque luego vio el menosprecio con que le
oían los jueces
Ecclesiasticos,
ante quien puso el
libello,
y al Rey tan puesto en desecharla, publicaba a voces, que no como
amiga, sino como a verdadera y legítima mujer había comunicado con
el Rey, y parido hijos de él: y quería se celebrasen con toda
solemnidad las bodas de este matrimonio. De manera que ni por las
blandas y buenas palabras del Rey, ni por su indignación y amenazas,
dejaba doña Teresa de hablar muy libremente contra él, tratándole
de fementido, y otras cosas con el calor que secretamente le daban
sus parientes, y también los doctores que estudiaban su causa,
animándola para proseguirla: certificándole que si la remitía al
sumo Pontífice, ante quien se trataría con más libertad y verdad
de justicia, que o saldría con ella, o sacaría muy grandes partidos
del Rey, para todo beneficio suyo y de sus hijos. Y así fue que se
determinó de ir en persona, o envió algún su pariente, hombre
importante a Roma, para notificar su derecho al sumo Pontífice.
Puesto que se entiende, que en vida de Gregorio IX, que hizo el
casamiento de doña Violante, no se
enantó
cosa alguna: pero muerto él, de ahí a pocos años se puso el libelo
ante el Pontífice sucesor, el cual después de bien entendido el
negocio, mandó advocar (
auocar)
así la causa matrimonial, de los Obispos de España y Guiayna, a
quien fue antes por su predecesor cometida, mandando citar al Rey a
instancia y en nombre de doña Teresa, el cual fue realmente citado,
y formado el pleyto, se entretuvo que no pasó a delante por todo el
tiempo que la Reyna doña Violante vivió, por lo que adelante se
dirá más largamente.




Capítulo
V. Del Arzobispo de Tarragona que conquistó las Islas de Iuiça y la
Formentera, y de su
asiento y propiedades dellas.


Como
antes desto, andando el Rey en la conquista de Valencia, no fuese
acabada del todo la de las Islas, más de Mallorca y Menorca, y
quedasen por conquistar Ibiza (
Iuiça)
y la Formentera, que también eran de la misma conquista: don Guillen
Mongriu caballero Catalán y muy noble, Sacristán y Canónigo de la
yglesia de Girona, por entonces ya electo Arzobispo de Tarragona, y
don Bernaldo Sentaugenia gobernador de Mallorca, pidieron de merced
al Rey, les diese la conquista de las Islas de Ibiza y la Formentera,
para que ganadas, quedasen en feudo perpetuo del Arzobispo y
Metropolitana
yglesia
de Tarragona so invocación de santa Tecla. A fin que por esta vía
se frecuentase en ellas la predicación de la palabra de Dios y
enseñanza de la santa fé
catholica:
para mayor extirpación de la falsa secta de Mahoma, que en ellas
había. Respondioles el Rey que era muy contento de la demanda, y de
dar la fortaleza y villa de Ibiza en feudo perpetuo al Arzobispo y
Metropolitana iglesia de santa Tecla, de la cual él era muy devoto,
con condición que dentro diez meses se prosiguiese esta conquista:
porque de otra manera, él la quería emprender, acabada la de
Valencia. Mas porque se entienda la origen y propiedades destas dos
Islas, haremos una breve relación de lo que se contiene en ellas.
Fueron pues estas nombradas por los Griegos Pityusas, porque están
entretejidas de infinitos pinos que naturalmente produce la tierra.
La mayor, que los Romanos llamaron Ebuso, y en vulgar llaman Ibiza,
es muy conocida por toda la costa del mar mediterráneo, no solo por
su muy ancho y seguro puerto, con la villa y fortaleza, que
artificial y naturalmente están muy fortificadas: pero por el gran
trato y comercio de la sal, de la cual se provee , y gusta casi toda
la costa de Francia e Italia. Porque es tanta su abundancia cuanta se
entiende por la descripción que habemos hecho de ella en nuestros
comentarios de Sale libro fecundo. Mas aunque la Isla no abunda de
panes y otras mieses, pero en ganados mayores y menores y en bestias
montesas es muy grande la crianza que hay por toda ella, con la
cosecha de Alcaparras, sana y apetitosa ensalada. Demás que como
llave del mar Tarraconense, está puesta enfrente y a vista del
promontorio de Diana, que agora llaman cabo Martín, en el Reyno de
Valencia, para descubrir y hospedar todas las naves y bajeles que de
la España occidental pasan al oriente, o vuelven al poniente. La
otra dicha Formentera que dista muy poco de Ibiza, está desierta y
inhabitable: Aunque de trigo, que vulgarmente en lengua lemosina
dicen forment, es fertilísima, si se sembrase: de donde es llamada
la Formentera, y en Latín Frumentaria: cría, a causa de su soledad,
animales fieros, aunque no dañosos, señaladamente Asnos silvestres:
los cuales son tantos que van a manadas por la Isla, y son más
grandes y hermosos que los de tierra firme: andan mansos, porque no
ofenden a nadie, pero son intratables, y de corazón tan fieros, y
corajudos, que nunca se ha visto allegarse a los hombres, ni con
algún arte se han podido domar para servirse dellos: antes por su
melancholia
(la cual según dicen los Médicos es la
perfeta)
sienten tanto el apartarlos de la compañía de los otros, cuando los
sacan de la Isla, que se dejarán más presto morir de hambre, que
pacer
(pascer),
ni comer cosa que les den: y se ha visto ponerles fuego debajo la
barriga, y sufrirle antes que moverse de un lugar, ni sufrir carga
chica, ni grande que les echen: porque luego dan consigo en tierra:
que parece no se ha dado aun en la cuenta del servicio y uso para que
los crió naturaleza. Es la desgracia desta Isla, que con abundar de
puertos y grandes calas, de fuentes, bosques y tanta copia de pinos,
y ser naturalmente fertilísima de trigo y cebadas, son tan continuos
los corsarios Moros de África que vienen a dar carena, y a solazarse
en ella, que por ellos mucho ha quedado del todo yerma y despoblada.
Demás que ni la una, ni la otra Isla crían, ni consienten ningún
género de serpientes, ni animales venenosos. Pero lo que mucho más
admira es, que no muy lejos de ellas, al enfrente de Peñíscola, y
en derecho de Mallorca, hay una muy pequeña Isla llamada
Moncolubrer, que en Latín llaman Colubraria, y los Griegos Ophiusa,
que produce infinitas culebras, las cuales enojan mucho a los
navegantes que a ella llegan. A la cual (según Plinio, y la
experiencia que no lo niega) llevando tierra, o arena de Ibiza, y
sembrándola por ella, en el mismo punto huyen o se mueren las
culebras: y lo mismo hacen llevándolas a Ibiza, que solo el olor de
la tierra las mata.
Concedida pues la conquista para el electo de
Tarragona, se embarcó en la armada y naves del Rey, que estaban en
el puerto de Salou, y fue por general de ella don Nuño Conde de
Rosellón, que no se lo estorbó el hallarse flaco y muy cargado de
años, porque como más sabio y experto en cosas de guerra, que todos
los de su tiempo, no quiso faltar al electo en esta jornada. También
se entiende, que por su derecho, como señor de Mallorca, fue con él
don Pedro de Portugal. Ayuntados pues hasta mil y quinientos
infantes, con pocos de a caballo, partieron con buen tiempo, a acabo
de día y noche llegaron a tomar puerto a la misma villa de Ibiza, a
la media noche, con tanto recato que apenas fueron sentidos: pero en
ser descubiertos, como los de la villa, ya puestos en defensa,
creyesen que el mismo Rey que había tomado a Mallorca y Menorca,
venía en persona con la armada sobrellos, quedaron desto tan
turbados y desmayados, que solo con subir un soldado de Lerida sobre
el muro, y dar voces, victoria, victoria, sin más trato ni concierto
entregaron al electo la villa con la fortaleza, siendo de si
inexpugnable, y luego toda la Isla vino a sus manos. De manera que
mandando edificar según el orden dado por el Rey un templo en ella,
y dejando muy pocos Moros, solo para esclavos que cultivasen la
tierra y campos, la villa se comenzó a poblar de Cristianos. Fue la
señoría de la Isla dividida en cuatro porciones. La primera para el
Rey: la segunda para el Arzobispo, e iglesia de santa Tecla de
Tarragona: la tercera para don Nuño, y la cuarta para don Pedro de
Portugal. En estas dos porciones postreras sucedió por tiempo el
Rey, o porque fue sucesor en los estados de los dos, o porque las
compró dellos, y solo quedó en poder del Rey, y del Arzobispo e
iglesia de Tarragona la señoría de toda la Isla: como se
vehe
pues hoy en día tienen su parte de jurisdicción, y los diezmos de
la sal y otras rentas en ella: y que por esto toca al Arzobispo la
cura de las almas, con toda la jurisdicción eclesiástica de ella: y
con su porción para la iglesia de santa Tecla, la cual está
resumida en una dignidad del Arcidiano de sant Fructuoso, que reside
en la misma
metra politana
y tiene los
fructos
en la Isla. Finalmente pasaron a tomar posesión de la Formentera y
por estar desierta no pararon en ella.











Capítulo
VI. De la segunda salida que el Rey hizo por la ribera de Xucar, y no
pudiendo batir a Cullera, dio vuelta para la ciudad, y tomó las dos
torres de Moncada y Museros.

En tanto que pasaba
esto en Ibiza, el Rey no perdía tiempo en pasar adelante su
conquista de Valencia. Porque como hubiese tentado y descubierto el
poco ánimo de Zaen y de los suyos, cuando poco antes salió a vista
de la ciudad con banderas desplegadas hacia la ribera de Xucar, y ni
de la ciudad, ni de otra parte había venido nadie a resistirle:
determinó hacer otra salida y correrías por el campo de la marina
hacia la misma ribera. Para esto convocó a don Fernando, a don
Blasco, don Pedro Cornel, y Vrrea, y a los dos vicarios de las
órdenes del Temple y del Ospital: significándoles su ánimo, que
era correr de nuevo el campo en torno de la ciudad de Valencia. Como
fuesen todos del mismo parecer, determinaron de no ir por las Aldeas,
sino desparar en Cullera: y para mejor batirla, mandó el Rey traer
por mar de Burriana dos grandes machinas a la boca de Xucar, y se
partió juntamente con el ejército caminando orilla del mar, a vista
de la ciudad, y en dos días llegó a Cullera. Este es pueblo mediano
junto al mismo río, de muy fértil campaña, y edificado a la falda
de un monte que del otro cabo da en la mar, y estaba puesto harto en
defensa. Sacadas las machinas que las subieron río arriba, se
plantaron delante de la villa. Pero como hubiese necesidad de piedras
grandes y pequeñas para jugar las machinas, y no se pudiesen haber,
a causa de ser arenosa la tierra, ni tampoco tuviesen instrumentos
para romper las peñas del monte, dijeron los maestros de artillería
, que no había forma para batir con ellas, y así era necesario dar
en otra tierra. Pues como altercasen sobre esto, y prevaleciese el
parecer y porfía de algunos, partiose de allí el Rey con el
ejército y machinas la vuelta de Silla, que está a dos leguas de la
ciudad junto a la laguna que llaman Albufera. Como estuviese
descontento el Rey por no haber hecho algún efecto en lo de Cullera,
determinó descubrir su pecho al vicario del Temple, y a Cornel, y
Vrrea, como deseaba mucho tomar por fuerza de armas una de las dos
principales torres que estaban en la vega de Valencia a una legua de
ella, hacia poniente y septentrión: las cuales tenían los Moros en
tanto que los llamaban los dos ojos de la ciudad: por estar muy
fortificadas: y porque eran como baluartes de ella para entretener
los primeros encuentros y rebatos de los enemigos. Era la más
principal de ellas, y más bien guarnecida de gente y armas la que
llamaban de Moncada, la otra se decía Museros, distantes la una de
la otra poco menos de una legua. Propuesta la voluntad del Rey ante
los capitanes, el vicario del Ospital con otros vinieron bien en el
parecer del Rey, y por ser más fuerte la de Moncada fueron a ella.
Como entendió esto don Fernando, que siempre acostumbraba distraer
al Rey de cualquier principal empresa: dijo que en ninguna manera se
debía batir la torre, por estar muy fuerte y bien proveyda de gente
y armas, y haber menester gastar mucho tiempo en tomarla, no teniendo
vituallas, ni aparejo de tiendas con lo demás necesario para
sustentar y asegurar el campo. Demás que no era cosa prudente
capitán provocar al enemigo tan potente y vecino, no teniendo
seguras las espaldas con algún grande ejército. También el vicario
del Temple porfiaba que no convenía batir a Mócada, sino a
Torrestorres. De donde movida la contención, concluyó el Rey, que a
Moncada, y no a otra parte se había de dar la batería. Era esta
torre muy alta, muy ancha y fuerte, y no solo de vituallas y armas,
pero de muy escogidos soldados que tenía allí Zaen, estaba bien
proveyda: demás de estar cercada de sus andanas de piedras y
cestones en rededor, y bien puesta en defensa. Estando ya los
soldados para acometerla, envió el Rey a decir al capitán de ella,
le entregase la torre con cuanto en ella había, si querían salvar
las personas, o que no les perdonaría la vida. El capitán respondió
que el Rey Zaen su señor le había encomendado la torre, y que solo
a él la rendiría: pero que subiría luego a lo alto para hacerle
señas viniese a mandarse le que la diese. Oída la respuesta mandó
el Rey a los soldados que hiciesen lo suyo. Y luego en la primera
arremetida dieron con la albarrada en tierra, y entrados puestos los
escudos sobre las cabezas para defenderse de las piedras y maderos
que de la torre echaban, dieron con tanto ímpetu sobre los villanos
y soldados de guardia que estaban mezclados, que matando algunos de
ellos hicieron retirar los demás hasta dentro de la torre: la cual
bastaba para recoger otros tantos: donde confiados de la
altez
y grueso de la pared de ella, se hicieron fuertes. Pero visto por los
de dentro la gran prisa que se daban a batirla los de fuera, y que
estaba el Rey en persona sobre ellos, acudiéndoles gente de cada
hora que venía de Burriana: y que siendo avisado Zaen de lo que
pasaba, con estar tan cerca, ni les enviaba gente ni socorro para
descercarlos, determinaron el quinto día después de comenzado el
combate, de darse, sin otra condición más de salvar las vidas.
Entrados hallaron muy buena presa de gente y vituallas en ella:
porque había (como dice la historia) más de mil Moros, y valía lo
que estaba dentro cient mil besantes de Barcelona, que pasan de
veinte mil ducados: y se hallaron allí luego mercaderes que
compraron la presa, y los pagaron luego: lo que fue bien menester
para aplacar a los soldados, pagándoles justas todas las pagas que
se les debían. Con esto se abstuvieron de más saco y presa, que
toda vino a manos del Rey, el cual dio libertad a los Moros como les
había prometido, y mandó a toda prisa derribar la torre, y
assolarla
del todo, para que Zaen no volviese a rehacerla. No dejará el lector
de maravillarse mucho de la flojedad de Zaen, siendo tan poderoso de
gente (como después se verá) y teniendo al enemigo con tan poca a
las puertas de la ciudad dentro la vega, como no salió a dar sobre
él. Mas porque en el siguiente libro se mostrará, y con más
ocasión se descubrirá la causa desto: quedará por agora el
maravillarnos más de veras, de otra mayor magnanimidad y valor del
Rey: pues no contento de las primeras correrías y cabalgadas, que en
la ribera de Xucar había hecho, y de lo que se había detenido en
tomar la torre de Moncada en los ojos de Zaen: no como de paso, sino
muy de espacio se detuvo en tomar de nuevo la otra torre de Museros,
a la cual pasó luego, que está, como dijimos, a la misma distancia
de la ciudad, y rodeada de otra tanta población como la de Moncada.
Donde los rústicos tenían fortificadas su población y casas con
cestones entretejidos de palma y esparto, y detrás con sus ballestas
y lanzas para de lejos y de cerca defenderse. Luego acudieron los
nuestros con pegar a las puntas de las saetas pez y estopa (como dice
la historia) y como encendidas diesen en los cestones comenzaron a
quemarse, y echar tanto humo hacia la torre y rústicos que por no
ahogarse, o de venir ciegos a manos del enemigo, abrieron la puerta
de la torre para salir y huirse: pero acudieron los nuestros, y los
cautivaron todos, luego mandó el Rey, de los que le cupieron por el
quinto, dar LX a Guillé Sagardia caballero Catalán, uno de los
capitanes del ejército, para que rescatase de los Moros de Valencia
a don Guillen Aguilon su sobrino, que le tenían cautivo. Y así fue
redimido para mal dellos, como adelante diremos. Hecha esta presa, el
Rey se partió con todo el ejército para Teruel, y llegando a
Albentosa (
Aluentosa),
fue tanta la necesidad que tuvo de dinero, que permitió vender cien
moros, por cuya redención ofrecían (
redempcion
offrecian)
mucho dinero los mercaderes
que seguían al Rey, y los mandó dar por XVII mil besantes. Llegado
a Teruel, de allí a pocos días partió para Zaragoza.











Capítulo VII. De la muerte de don Sancho Rey de Navarra, y de las
diferencias de don Nuño con el Rey, y de la Abadía de la Real que
don Nuño fundó en Mallorca.






Por este tiempo el
Rey don Sancho de Navarra murió en Tudela de muy grande enfermedad,
y luego los Barones y grandes del Reyno, sin más acordarse del
prohijamiento y sucesión del Rey don Iayme, y de la pública fé y
juramento por ellos hecho, alzaron por Rey a Tibaldo Conde de Campaña
sobrino del muerto. Lo cual pareció al Rey, por estar tan ocupado y
puesto en otros negocios, disimular por entonces, y dejarlo para otro
tiempo, o para sus sucesores los Reyes de Aragón, que después de
haber sostenido grandes guerras y debates con los Reyes de Francia,
Castilla, y Navarra, por este Reyno, a la postre prevalecieron, y se
han quedado con él para siempre. En este mismo año de mil
doscientos treinta y cuatro, tuvo nueva el Rey estando en Zaragoza,
como el mismo Papa Gregorio IX que procuró su casamiento con la
Reyna doña Violante de Vngria, al octavo año de su Pontificado,
había canonizado por santo a su grande amigo Domingo Español
fundador y patriarca de la religión y orden de los frailes
Predicadores, por los muchos milagros que en vida y muerte había
hecho. También algunos años antes el mismo Pontífice canonizó por
santo a Francisco fundador de la religión, y orden de los menores,
que fue asimismo clarificado con muchos milagros. Tuvo el Rey destos
dos santos viviendo ellos tan grande opinión, y después de muertos
y canonizados por santos, tanta devoción, que recibió sus órdenes
y generales en sus Reynos con mucha afición, y (como está dicho
arriba en el segundo libro) mandó edificarles
monesterios
suntuosísimos, y en todas sus empresas se encomendó a ellos tan de
veras y con tanta fé, que tenía muy creydo por la intercesión
dellos haber alcanzado los prósperos successos de sus empresas. Por
este tiempo se movieron ciertas diferencias y distensiones entre el
Rey y don Nuño, sobre los condados de Cerdaña y Conflent que
poseía, con otros derechos que pretendía tener el mismo don Nuño a
ciertas villas y lugares de Cataluña, y Guiayna: así por la
sustitución del Conde don Ramón en su testamento hecha en favor del
Conde don Sancho padre de don Nuño, como por la donación que el Rey
don Alonso hizo a doña Sancha madre del mismo don Nuño, y a los
hijos que de ella y del Conde don Sancho nacerían (
nascerian).
Por parte del Rey se le pedían ciertas villas y castillos conjuntos
a Port vendre, y Condado de Rosselló, los cuales don Nuño se había
usurpado de la corona Real. Pero como el Rey fuese naturalmente
benigno, y muy agradecido, y se acordase de la gran fidelidad y
servicios muchos que don Nuño le había hecho en todas sus guerras y
empresas, demás de serle tan propinco pariente, no quiso
disgustarle, sino avenirse con él, y remitir a jueces árbitros
todas sus diferencias. Para lo cual siendo nombrados por don Nuño,
don López de Haro señor de Vizcaya, y por el Rey don Guillen de
Cervera monge, y en caso de discordia, don Hugo Monlauredon Vicario
del Temple por tercero: estando ya los árbitros reconociendo los
derechos y acciones de cada una de las partes: no quiso el Rey
aguardar que se diese sentencia sobre ello, sino que le plugo dejar a
don Nuño el señorío y posesión de aquellas villas y Castillos
junto a su Condado, y de rehacerle con dineros todos los daños y
costas que pretendía: pensando muy cuerdamente, que pues don Nuño y
su mujer eran ya muy viejos, y tenían perdida la esperanza de tener
hijos, y que muriendo ellos volvían todos sus estados y señoríos a
la corona Real, era muy bien que los gozasen en vida pacíficamente:
pues esto y mucho más se le debía a don Nuño. Porque es este
mismo, el que siendo general del ejército del Rey en la conquista de
Mallorca, acabó entre otras muchas, aquella memorable hazaña de
matar al capitán Infantillo Moro, y venció su ejército, por que
cegaron la fuente, y quitaron el agua al ejército del Rey estando
alojado a media legua de la ciudad, como en el libro sexto hemos
contado: este por ser aquel lugar muy ameno y deleitoso, muy lleno de
árboles, y de aguas con mucha frescura, y tan propinco a la ciudad,
mandó allí edificar un muy grande y suntuosísimo convento de
religiosos, con su templo bellísimo: al cual dotó de muy grandes y
ricos heredamientos, y dedicó al nombre, honor y gloria de la
sacratísima virgen y madre nuestra señora, debajo el orden y regla
de Cistels, donde él con doña Sancha su mujer muertos se mandaron
llevar a enterrar, y la intitularon la Real, con mucha razón. Porque
siendo don Nuño nacido de la casa Real, y por sus heroicos y
esclarecidos hechos muy merecedor de tal corona, bien pudo con justo
título cualquier casa que edificase llamarla Real.






Capítulo VIII. De la
venida de doña Violante de Hungría, y bodas que el Rey celebró con
ella, y del concierto hecho con don Pontio Cabrera sobre el condado
de Urgel.






Llegó por este tiempo a
Barcelona la princesa doña Violante hija del Rey de Hungría para
casar con el Rey, acompañada del mismo Obispo de Cincoyglesias que
vino antes para el concierto, y del Conde Dionisio Vngaro, con mucha
otra familia, y fue de los de Barcelona y de todo el Principado muy
espléndidamente y con grande alegría y triunfo recibida. Era moza
de XX años hermosísima, y que debajo de tanta suavidad y alegría
de rostro representaba su gran ser y majestad Real. Como el Rey tuvo
aviso de su llegada en el mismo punto partió de Huesca para
Barcelona, a donde celebró sus bodas suntuosísimamente, y fueron
con grandes fiestas de justas y torneos por los barones y grandes de
los dos Reynos que allí acudieron, con otros muchos regocijos de
juegos y danzas por el pueblo solemnizadas, con tanta satisfacción y
contento del Rey, cuanto desear podía. Porque de ver y contemplar la
extraña hermosura de doña Violante, tan acompañada de grandeza y
valor de ánimo, con discreción y prudencia, confiaba que no solo
había de tener en ella mujer para no desear otra, pero muy bastante
compañera para ayudarle a llevar us grandes trabajos en el gobierno
de sus reynos, y proseguimiento de sus conquistas. Y así la amó por
extremo, y por lo mismo fue muy querido de ella. Por donde fue tan
continua y firme la caridad y amor conyugal entre ellos, que para
todos sus reynos fueron los dos ejemplo y dechado de toda conformidad
y concordia. Venida ella, creció la rabia en doña Teresa Vidaura, y
quiso hacer nuevo sentimiento y oposición contra doña Violante:
pero fue aconsejada no tentase tal por la vida, porque la Reyna era
mujer muy valerosa, y tan señora de la voluntad del Rey, que se
juntarían los dos a perseguirla. Porque de solo haber entendido lo
que había pasado antes, cuando se trató el casamiento, y la
oposición que hizo contra ella, estaba ya muy sentida. Por esto doña
Teresa temiéndose de la ira de la Reyna, se ausentó con sus hijos
lejos de la Corte, aguardando alguna buena ocasión para salir con la
suya, como se dirá adelante. A esta sazón vino a Barcelona Poncio
Cabrera hijo y sucesor de Guerao que fue antes echado de todo el
condado de Urgel, y se quejó delante del Rey: porque como por las
capitulaciones que con su Real sello había firmado, sucediese él en
el Condado, siempre que la condesa Aurembiax muriese sin hijos:
hubiese después desto admitido y consentido se hiciesen tan inicuas
donaciones y sustituciones del Condado, en perjuicio suyo: así por
las que hizo Aurembiax en favor de don Pedro de Portugal su marido,
como por las que después hizo don Pedro en favor de su real persona.
Como fuese la queja clara y evidente para el Rey, hizo nuevo
concierto con Pontio en esta forma. Que reservándose el Rey para si
y sus sucesores la ciudad de Urgel, con todos los derechos y acciones
que Poncio como Conde podía pretender, o tener, a las ciudades de
Lerida y Balaguer, todas las demás villas y castillos, y qualesquier
derechos del Condado, quedasen en Pontio en perpetuo feudo Real para
él y sus sucesores. Y de ahí (hay) vino que el Rey y Pontio los
dos, y cada uno por si, se intitularon Condes de Urgel.











Capítulo IX. Como el Rey propuso a los de su consejo la conquista
del castillo de Enesa, y que fue aprobada por todos, y de las causas
porque Zeyt Abuzeyt se casó en Zaragoza.






Acabadas las fiestas
y el regalado tiempo de las bodas, el Rey dejó a la Reyna en
Barcelona, y por nueva ocasión que se ofreció dejó la ida de
Valencia, y tomó para Aragón el camino de Sariñena villa antigua
del Reyno en el distrito y obispado de Huesca, en donde como siempre
pensase, y estuviese intento en acabar la empresa y conquista del
Reyno de Valencia, llamó a los obispos de Zaragoza y Huesca, con
algunos señores y Barones del Reyno, y otros capitanes que seguían
la Corte. A los cuales juntos comenzó a significar su intención y
deseo, diciendo como tenía deliberado de llevar adelante la guerra y
conquista de Valencia, pues nuestro Señor le había concedido que
tan prósperamente le
succediessen
los principios de ella, teniendo ya por suyas a Morella y Burriana
dos de las más fuertes y principales plazas del Reyno, con las dos
torres de Moncada y Museros, y más por haber descubierto en la presa
de estas el poco ánimo y valor de Zaen su enemigo. Que para poder
mejor ir a cercar la ciudad, y tener las espaldas seguras: y para
destruir y talar los campos más a su salvo y provecho del ejército,
convenía tomar otra fuerza y plaza que estaba a vista de la ciudad,
que era el castillo de Enesa, o Cebolla (agora se dice el Puig de
santa María) que está en un montecillo alto cercado de otros
menores, a medio camino de Murviedro a Valencia: la cual se descubre
muy bien desde este castillo, que está a dos leguas de ella, y media
del mar, por donde puede ser fácilmente proveydo de Burriana y
Cataluña así de vituallas, como de gente y armas. De manera, que
tomada esta fuerza, el ejército se podría seguramente entretener en
ella, y de allí salir a hacer sus correrías y cabalgadas hasta las
puertas de la ciudad, así para talarle sus campos como para
mantenerse de la presa, porque con esto forzarían a Zaen, o a darse
a partido, o a salir en campaña a pelear. Lo cual él mucho, y con
razón rehusaba por miedo de la parcialidad de Abuzeyt que tenía
dentro de la ciudad: que por eso le parecía no era de perder esta
ocasión, y siendo tal el parecer dellos lo seguiría. Oída la
proposición y consulta del Rey, cuadró también a todos, que se
conformaron en seguir lo que quería, y determinaron que luego en
comenzar la primavera se partiese para Enesa: y en este medio se
hiciese gente y aderezase lo necesario para la jornada. Con esto se
partió el Rey para Teruel, donde celebró la pascua de la
resurrección del señor, y reforzó el ejército de algunas más
compañías. De allí dio la vuelta para Calatayud, por negocios de
la misma ciudad: a donde llegó don Pedro de Portugal, a quien antes
el Rey había dado las Islas de Mallorca y Menorca por su vida:
aunque ya estaba determinado de renunciarlas, sino que aguardaba se
le entregase la recompensa prometida de ciertas villas y lugares en
el Reyno de Valencia. El cual dio pública obediencia al Rey, y juró
que la misma daría a la Reyna doña Violante, y a sus hijos que el
Rey tuviese, en vida y en muerte del Rey. Hízose este juramento y
homenaje en presencia de muchos principales y barones del Reyno, y de
los Prelados, porque esto fuese más firme y valedero. De allí
asentados los negocios de la ciudad se volvió a Teruel, y confirmó
la donación que antes había hecho de las villas de Ricla y Magallón
en favor de Abuzeyt, durante su vida, prestando la misma obediencia y
fidelidad al Rey: y que prestaría la misma a doña Violante y sus
hijos: sin hacer mención alguna del Príncipe don Alonso. Porque
desde entonces comenzaron ya a sembrarse algunas discordias entre
padre y hijo. En este tiempo Abuzeyt que muchos días antes se había
hecho secretamente Cristiano, porque los moros de su parcialidad no
se ofendiesen, y dejasen de ayudarle en beneficio de los Cristianos:
como viviese muy disolutamente, haciendo algunas cosas no muy ajenas
del rito y ceremonia morisca, y otras cosas, de que mucho se
escandalizaban los catholicos: proveyó en que, con la buena
diligencia y industria del Obispo de Zaragoza, se apartase con una
principal mujer de Zaragoza, de la cual tuvo una hija que llamaron
doña Alda, esta fue después casada con don Blasco Simón caballero
Aragonés, que sucedió en la baronía de Arenos: y también en las
villas y lugares que fueron de Abuzeyt.












Capítulo X. Como Zaen fue con mucha gente a derribar el castillo de
Enesa, y como el Rey vino luego con su ejército, y llevó los
pertrechos de Teruel para edificar otros en el mismo lugar.






Estando ya el Rey de
camino para el Reyno de Valencia, acompañado de muchos señores y
barones de sus Reynos, con otros caballeros que llevaban
gajes
y tenían caballerías de honor: juntamente con las compañías de
soldados que habían hecho y enviaban las ciudades de Calatayud,
Daroca y Teruel, donde a la sazón se hallaba: le vino nueva de
Valencia, como Zaen sospechando, o que fuese avisado de la intención
del Rey, era venido con mucha gente de guerra y gastadores al
castillo viejo, y fortaleza de Enesa,y que lo había derribado y
asolado todo hasta los fundamentos, porque los Cristianos no
reparasen en aquel lugar contra la ciudad. Como esto oyó el Rey
holgó dello mucho, así por ver, que conforme a su opinión, de
entender Zaen que de tomarle aquel castillo los enemigos, se le
podría recrecer mucho mal a la ciudad, lo mandaba derribar como por
tomar dello ocasión para edificar otro de nuevo en el mismo lugar,
más fuerte, y para ponerle en mayor defensa. Para esto mandó traer
con las acémilas de Teruel (como dice su historia) los instrumentos
y maderas necesarias para levantar las paredes del: y así con todo
este aparejo se entró en el Reyno. Y pasando por junto a Xerica que
siempre estaba por Zaen, de nuevo mandó talarles las huertas y vega,
sin que saliese hombre de la villa a estorbárselo. De ahí pasó
por Segorbe sin le hacer ningún daño, porque siguiendo la
parcialidad de Abuzeyt, dio libre paso y provisión de toda cosa al
ejército. Llegando a Torrestorres, por la misma causa que a Xerica,
le mandó talar sus campos, y pasó más adelante a vista de la
fortaleza de Murviedro, llevando los escuadrones con este orden. El
primero que era de caballos ligeros llevaba don Ximen de Vrrea. En
medio iba la infantería, Postrero en retaguardia el Rey con los
hombres de armas. Pero antes que llegasen al monte de Enesa, se dijo
por el campo, y se confirmó por la relación de los adalides, como
Zaen venía con mucha caballería a Puçol, pueblo entonces pequeño
entre Murviedro y Enesa, para dar sobre la gente del Rey, el cual
luego se puso en orden, juntando los caballos ligeros con los hombres
de armas, para con todos hacer rostro al enemigo: mandando retirar la
gente de pie con el bagaje a la mano derecha hacia la montaña, donde
agora está un devotísimo monasterio de frayles Franciscos
recoletos, que llaman Valde Iesus, hasta ver en qué daría la
escaramuza. Mas luego se entendió que no era gente de Zaen, sino del
Vicario del Ospital, y de los Comendadores de Alcañiz, y Castellot,
con hasta cien caballos y dos mil infantes, y otros treinta
caballeros que estaban de guarnición en Burriana, los cuales sabida
la determinación del Rey en lo del castillo de Enesa, se habían
adelantado, y enviado muchas vituallas por mar, y ellos llegaban por
la marina hasta el enderecho de Enesa, y junto a ella a campo
travieso salían al camino real, para aguardar y servir al Rey en la
jornada. Ayuntados todos, y el Rey muy alegre de verse con tan buena
gente a su lado, y con la provisión que venía por mar, pasó al
castillo, y viéndolo por el suelo, mandó se edificase otro más
fuerte que el pasado. Dada la traza y modo del en forma triangular,
luego se puso mano sin más dilación en la obra, por tener todo el
recaudo para ella, a causa de los pertrechos que trajeron de Teruel,
y del aparato de piedras y madera que del castillo derribado hallaron
esparcida por todo el monte. Fue tanta la porfía, y afición de los
grandes y barones, señaladamente de las compañías de las ciudades,
en levantar la obra, por la parte y porción a cada uno encomendada,
que dentro de dos meses fue del todo acabada, y hecha inexpugnable.
Pusieron en ella vituallas y provisiones para cuatro meses, las que
de cada día venían por mar de Burriana, con la munición de todo
género de armas, y lo demás que convenía para dejarla muy bien
puesta en defensa. De allí comenzaban los soldados a salir cada día
haciendo sus correrías hasta la ciudad, y volviendo con tanta presa
de vituallas, que con ellas había provisión para todo el ejército,
y aun sobraba. Y como fuese tan cierta la presa, los soldados se
ponían tan adelante, que casi llegaban a batir las puertas de la
ciudad, y con esto causaban gran terror dentro de ella, y por toda la
tierra.












Capítulo XI. Del modo que el Rey tuvo para elegir por general del
ejército en guarda de Enesa a don Bernaldo Guillen dentensa.






Esperando el Rey la
oportunidad y tiempo más acertado para ir a poner el cerco sobre la
ciudad, imaginaba con grande curiosidad y ansia, a quien de los
principales capitanes que le seguían haría presidente de la nueva
fortaleza, y encomendaría la tenencia general del ejército que allí
dejaba en guarnición de ella hasta que fuese devuelta. Porque tenía
por muy cierto, que en volviendo él las espaldas, sería allí Zaen
con todo su poder para derribar la fortaleza: y aun recelaba del
ejército, en viéndole venir, no la desamparase, y se fuese. Estando
pues con grandísimo cuidado imaginando sobre ello, le vino a la
memoria don Bernaldo Guillen Dentensa, así llamado, por la Baronía
dentensa que poseía en Cataluña (que hoy son las villas de Cambrils
y Falcete con otros pueblos) por merced del Rey: cuyo tío hermano de
madre era don Guillé, hijo segundo bastardo de don Guillen de
Mompeller y de Ynes de España, de quien hablamos en el primer libro.
Porque sabía el Rey muy bien que en todo hecho de guerra, fidelidad
y consejo excedía don Guillen a todos los del campo, como lo había
muy bien mostrado poco antes en la guerra de Burriana, donde fue
herido, y dio gran muestra de su invencible valor y esfuerzo, según
arriba dijimos. Este era ido a Cataluña, y la Guiayna para hacer
gente por orden del Rey: y aunque se detenía mucho, le aguardó tres
meses más hasta que vino, dando en este medio gran diligencia en
proveer la fortaleza de vituallas y municiones, y en hacer ejercitar
la caballería, como aquella que muy presto las había de haber bien
de veras contra los Moros. Al fin llegó don Guillen, trayendo
consigo una banda de caballos ligeros muy escogidos, al cual salió
el Rey a recibir con toda la caballería, honrándole más que a
todos los de su corte y ejército, así por el estrecho parentesco,
como por acrecentarle la autoridad y respeto para con los soldados:
por tener fin de encomendarle un tan principal cargo, como tenía
pensado. Llegados a la fortaleza cenaron con mucho regocijo: mas el
día siguiente el Rey se apartó a hablar con él muy de propósito.
Y cuanto a lo primero, dice su historia, que después de haberle
reñido, porque había tardado tanto en venir, y por haber traido
aquella banda de caballos, sin haber juntamente provisto de vituallas
para mantenerlos, le fue mostrado muy despacio la fortaleza que había
edificado, en aquel mismo lugar donde Zaen derribó la otra, y las
armas y todas municiones que para su defensa había en ella puesto.
En la cual, aunque estaba asentada en monte alto y seco, había
mandado cavar una cisterna tan grande que cabían en ella cincuenta
mil cántaros de agua, y que la tenía ya llena. Mas le significó,
que su ánimo había sido de levantar aquella fortaleza en los ojos
de Zaen, y a vista de la ciudad, por asentar allí su ejército, así
para defensa y amparo de todo lo que atrás quedaba ya ganado del
Reyno, como para que de allí pudiesen los soldados hacer sus
correrías hacia la ciudad: y para reprimir las que de ella se harían
contra ellos. Esto no para más tiempo de cuanto él fuese a Aragón
a juntar mayor ejército, para volver con él a poner cerco sobre la
ciudad. Así mesmo le señaló la gente y capitanes que quería dejar
allí en guarnición y guarda de la fortaleza. Y porque de todo esto
se le había dado cuenta y razón en presencia de algunos, cuando
quiso hablar del teniente general, que había de nombrar, se
apartaron los dos, y el Rey le descubrió lo que tenía pensado sobre
ello. Diciéndole como por el grande parentesco que entre los dos
había, y por la mucha confianza que de su tan conocida fidelidad y
valor tenía, junto con su mucha platica y experiencia de guerra, se
había determinado en nombrar le por su lugarteniente general del
ejército, y presidente de la fortaleza. Porque ni tenía otro de
cuantos señores le seguían, a quien pudiese con igual seguridad
encomendar el cargo: ni a otro, que a él, quería dar la honra y
renombre, que de regirlo se le había de seguir. Que si acaso le
parecía este negocio muy arduo, y la defensa difícil, por cuanto
era necesario con muy continuas y sangrientas escaramuzas
sustentarla: por esto debía tanto más, y con mayor ánimo
emprenderla, pues con cualquier suceso que se siguiese no podía
dejar de sacar dello victoria con triunfo. Porque tomando esta
empresa, como se debía, que era por el ensalzamiento y gloria de
Cristo, y para echar sus enemigos los Moros del mundo: así como de
la victoria, quedando vivo, perpetuaría su gran fama y nombre en la
tierra: así muriendo sobre ella, alcanzaría soberano y gloriosísimo
triunfo de mártir en el cielo. Como oyó todo esto don Guillen,
según era caballero de pío y generoso ánimo, dio muchas gracias al
Rey por la buena ocasión que le daba para mostrar en esta jornada,
lo mucho que deseaba emplear todo su valor y fuerzas en servicio de
Cristo nuestro Señor, y de su Real persona. Y así recibía de muy
buena gana el cargo y defensa de la fortaleza y ejército, juntamente
con don Berenguer Dentensa su cuñado, y don Guillen Aguiló, por lo
mucho que esperaba valerse del buen consejo y fuerzas de los dos en
la tenencia. Oída la generosa respuesta y determinación de don
Guillen, quedó el Rey tan alegre y satisfecho, que con lágrimas de
placer le abrazó, y prometió de allí adelante no tendría otro
padre, ni otro segundo más íntimo y allegado suyo para el gobierno
y mandado de todos sus Reynos, que a él.











Capítulo XII. Como puesto don Guillen en el cargo de teniente
general, se partió el Rey de Enesa, y de lo que pasó de la
golondrina que se puso a criar en su tienda.






Como tuviese ya el
Rey por muy cierta la voluntad y determinación de don Guillen para
aceptar el cargo de general del ejército, y de Enesa, no le pareció
nombrarlo, ni comunicarlo por vía de consulta con los de su consejo
y capitanes, antes de ponerle en el cargo: así porque era cierto que
pocos, o ninguno de ellos lo aceptarían de buena gana, según se
tenía por más que cierta la venida de Zaen con todo su poder, y que
siendo tan flaco el ejército del Rey, y él ausente, se había de
tener a locura osar esperar tan gran fuerza de enemigos: como también
porque en oír que se trataba de dar el cargo a don Guillen, no
faltaba quien lo contradijera. Por donde sabiamente el Rey, tan
presto como le nombró, le puso en posesión, y dio el estoque y
título de general del ejército. Admiráronse mucho todos de tan
pronta, y no consultada elección: pero después de bien consideradas
por cada uno las principales partes de don Guillen, y su tan buena
prueba como había hecho en la guerra de Burriana, la aprobaron, y
tuvieron por muy acertada. Con esto determinó el Rey su partida para
Burriana, y juntamente nombró por compañeros y asistentes en el
cargo, a don Berenguer Dentesa, y a don Guillé Aguiló, a los cuales
encargó mucho el gobierno y conformidad: y que tuviesen buen ánimo,
porque sería muy presto, y con grande ejército con ellos. Pues como
para la partida se recogiese su recámara, y pusiese en orden el
bagaje, no se puede dejar de referir aquí la grande benignidad y
buena fé del Rey que con todos, así en lo poco, como en lo mucho
mostraba: según que por su historia él mismo lo cuenta. Como
levantando el Real, y alzando las tiendas que consigo acostumbraba
llevar siempre de camino, se halló que en lo alto de la tienda del
Rey, que dicen la escudilla, o arandela, había hecho su nido, y
criaba sus pollitos una golondrina ave conocida. Esto como lo dijesen
por una burla al Rey sus criados, mandó luego que en ninguna manera
tocasen el nido, ni
desparasen
la tienda, diciendo, dejadla
(dexalda)
estar queda porque esta avecita (
auezita)
es anunciadora de victoria, y pues se ha confiado en nuestra sombra y
amparo, con el mismo ha de ser defendida hasta que haya acabado de
criar y echado a volar a sus hijos. Y así mandó se quedase sin
desparar la tienda, y quien guardase a la golondrina, hasta que con
sus hijos volase (
bolasse),
y se fuese de ella.











Capítulo
XIII. De las dos naves de trigo que el Rey envió de Salou para los
del Puig, y de las cortes que tuvo en Monzón sobre la conquista de
Valencia, y de la moneda jaquesa y
morabatín
de la sal.







Llegado el Rey a
Burriana pasó a Tortosa, y de allí a Tarragona, y hallando ciertos
vaxeles en el puerto de Salou cargados de trigo para llevar a
Mallorca, mandó pagar el trigo a los mercaderes, y que le llevasen
al Puig de Enesa para el ejército. De allí partió para Huesca, y
finalmente paró en Monzón, para donde había mandado convocar
cortes. Y porque nunca proponía sino cosas honestas y útiles, así
para la religión Cristiana, como para beneficio y acrecentamiento de
sus Reynos, no faltó ninguno de los Prelados, grandes y barones, con
los síndicos de las universidades, que no acudiese a ellas, y
consintiesen en cuanto pedía. Y así por entonces no les propuso
otro, que lo mucho que deseaba acabar la guerra y conquista
comenzada, la cual con tan increíbles trabajos, gastos y peligro
suyo proseguía contra los Moros de Valencia, pues había ya llegado
a tan buen término, que desde Morella hasta las puertas de la
ciudad, que es la mitad del Reyno, quedaba por ganar poca cosa, y que
había ya dejado el ejército en lugar bien fortificado a vista de la
ciudad, y así era necesario poner cerco sobre ella. Y porque
apoderado de ella, no dudaba poder muy en breve tiempo ser señor de
la otra parte del Reyno: para que todos con él gozasen de la más
alegre,
fructífera,
y provechosa tierra del mundo: por esto les rogaba, que pues la
empresa iba tan adelante, y lo proseguido hasta allí había tan
prósperamente sucedido, le favoreciesen con sus personas y
haciendas, con la liberalidad y afición acostumbrada, para acabarla.
Y que pues los grandes y Barones de los Reynos lo hacían tan
principalmente con él, en asistirle con sus personas y gente: que
las ciudades y villas se esforzasen a continuar, y aumentar cuanto
pudiesen la gente y provisiones que le enviaban: pues no faltaría él
como nunca faltó, de emplear su propia persona, y morir por la salud
y beneficio público de sus Reynos en esta demanda. Acabada el Rey su
plática, como todos viniesen bien en otorgarle cuanto les pedía, y
de nuevo se ofreciesen de ayudarle con sus haciendas, gente y armas
muy de buena gana: determinó se otorgasen treguas a todos los
montañeses de Aragón y
cataluña
que
tenían bandos: y estaban entre si divisos, para que toda su cólera
y armas las convirtiesen contra los moros, y que ninguno le faltase
en esta guerra. Demás de esto fue requerido el Rey perpetuase y
confirmase el uso y justo peso de la moneda jaquesa por todo el Reyno
de Aragón, y las ciudades de Lerida y Tortosa, con todo su distrito:
y que todos de XIIII años arriba jurasen de hacerle valer. Porque
había tanto número y copia de ella, que no se podía reprobar, sin
muy grande daño y pérdida de muchos. De entonces quedó también en
aquellas cortes decretado para siempre, que de cualquier casa y
morada, cuya renta llegase a cien sueldos moneda jaquesa, pagase al
Rey de siete en siete años un morabatín, que agora llaman en el
Reyno de Valencia el Real de la sal y se
collecta.
Finalmente mandó a todos los que tuviesen caballerías por merced
del Rey, estuviesen en orden para siempre que se le ofreciese hacer
guerra, seguirle con sus armas y caballo,
sopena
de perdellas
.
Y porque en muchas partes de la historia se habla destas caballerías,
y es bien se sepa lo que son, y como fueron fundadas, y se
distribuían, y a que obligaban: declarar se a en el capítulo
siguiente, lo que se
collige
y entiende dellas.












Capítulo XIV. Del origen y fundación de las caballerías de honor,
y para que efecto las daban los Reyes de Aragon a los ricos hombres y
barones del Reyno.






Tiene se por cierto que
las caballerías que llamaron de honor en el Reyno de Aragon,
tuvieron su origen y principio del tiempo que los Reyes, por honra, y
como en premio de los trabajos y gastos que los barones y ricos
hombres padecían siguiendo la guerra, les daban a regir y gobernar
algunas ciudades y villas principales del Reyno, como prefecturas, o
corregimientos. Para que del estipendio y salario del gobierno se
mantuviesen, y gozasen de aquel honor de la presidencia y cargo que
regían: con obligación de acudir al Rey en tiempo de guerra, o de
enviar tantos de caballo según el provecho del cargo era. Pero como
con el tiempo atendiesen los ricos hombres en aprovecharse, y
convertir en patrimonio las prefecturas, procurando que sus hijos
sucediesen en el provecho dellas: y a causa desto anduviese el
regimiento muy descuadernado y confuso, y que poco a poco se iban
usurpando los provechos y autoridad del Rey, con gran
descontentamiento y daño de los pueblos: determinaron los Reyes, a
petición y demanda de los mismos pueblos, quitarles este yugo de
encima: cargando a cada ciudad y villa destas tantos censos, o renta
perpetua como juros, para fundar tantas caballerías, que pudiesen
con ellas dar equivalente recompensa del provecho de los cargos, a
los ricos hombres: y que gozasen dello do quiera que se hallasen: con
tal que fuesen obligados a seguir la guerra con sus personas y tantos
de caballo (como está dicho) pues por eso las llamaron caballerías
de honor, porque el provecho y renta de cada una bastaba para
mantener hombre y caballo: reteniendo el nombre de honor, por las
prefecturas y cargos de donde nacieron. Y así daban los Reyes estas
caballerías que eran muchas, a los señores y barones, y ellos las
repartían entre sus allegados, o criados, que llamaron mesnaderos.
De manera que por esta causa, en oír pregonar guerra, luego sin otro
sueldo de más, acudían al Rey todos los ricos hombres que tenían
caballerías, y con ellos sus allegados, o mesnaderos, con sus armas
y caballos: recibiendo por todo el tiempo de la guerra, cierta ración
para si y sus caballos, de la despensa del Rey. Lo cual por entonces
era gran parte para que los Reyes formasen de presto un ejército, y
que no faltase nadie, a causa de que no acudiendo con tiempo, estaba
en mano del Rey privar, ipso facto, de las caballerías al que
faltase.











Capítulo XV. Que sabido por los de Enesa venía Zaen sobre ellos le
esperaron fuera del castillo, y del razonamiento que don Guillen hizo
para animar al ejército.






En tanto que el Rey
tuvo cortes en Monzón, y se ausentó de Enesa, cobró ánimo Zaen, y
ayuntando su ejército de infantería y de a caballo desde Xatiua
hasta Onda, que está en vista de Burriana hacia la montaña, que
serían hasta cuarenta mil infantes, y seiscientos caballos determinó
de ir a dar sobre el nuevo castillo, o fortaleza que el Rey había
hecho en Enesa, para asolarla del todo, y degollar cuantos Cristianos
hallase dentro y fuera de ella. De suerte que teniendo todo el
ejército por la ciudad y arrabales alojado, se partió con todo él
una tarde
aprima
noche para que le amaneciese a vista de los enemigos, y los tomase de
sobresalto. De lo cual siendo un día antes avisado el capitán don
Guillen por sus espías, no durmió mucho aquella noche, antes se
levantó a la media, y llamó a todos los capitanes y oficiales del
ejército, y les declaró el manifiesto peligro en que estaban, por
la infinidad de gente enemiga que sobre ellos venía: que pues como
valerosos y tan fieles a su Rey, habían determinado de quedar allí
para defender hasta morir, y no desamparar la fortaleza: y con esta
confianza el Rey se les había encomendado: deliberasen si querían
salir y pelear en campo raso: o encerrarse dentro de tan flacas y
tiernas paredes de castillo, dejándose cerrar en tan angosto lugar
de tan innumerable ejército. Oídos los dos pareceres, se
encomendaron todos a nuestro señor, y a su bendita madre muy de
corazón, suplicando les alumbrase para acertar en lo mejor. Y así
de común consentimiento se determinaron de salir fuera de la
fortaleza a esperar, y pelear con los Moros. No se puede creer el
heroico esfuerzo con que se determinaron de aguardarlos. De manera
que oída la misa antes del día, y recibido por todos los capitanes
y barones el santísimo Sacramento del altar: ajuntó don Guillen
todo el ejército hacia el recuesto del castillo, y después de hecha
la reseña mandoles dar un buen refresco, para luego ponerlos en
orden para la batalla. Mas apenas comenzó a concertar los
escuadrones, cuando de lo más alto del monte comenzaron las atalayas
a dar grandes voces, señalando la infinidad de gentes que hacia la
parte de Valencia se descubrían, y aunque venían tan esparcidos por
todo el campo que cubrían el sol. Por lo cual como vio don Guillen
que los suyos en alguna manera desmayaban: puesto sobre su caballo en
medio de todos, comenzó con buenas palabras a animarlos desta
manera. Esforzados caballeros, y valientes soldados. Aunque sé muy
bien, ser cosa de hombres temer los manifiestos peligros, y la muerte
con ellos, y que no es por falta de corazón y ánimo los pocos tener
miedo a los muchos: también sé, que por el buen orden, consejo, y
esfuerzo de los pocos, han sido muchas veces vencidos los muchos.
Como se puede esto por ejemplos así de los antiguos como de los
modernos, y aun de los nuestros, muy bien y brevemente probar. Porque
entre otros, quien pudo a Jerjes (
Xerxes)
que pasó con un millón de hombres de la Asia en Europa necesitase a
que en una barquilla solo y vencido se volviese en la Asia: sino el
buen consejo de Themistocles capitán Griego, que con solos diez mil
le salió al encuentro? Quién hizo que Alejandro Magno con ejército
de solos cuarenta mil hombres venciese a Darío con otro millón de
soldados: sino el mediano y bien ordenado ejército, que en industria
y arte es superior al infinito y confuso? Pero vengamos a los
nuestros. No sabéis (no ha muchos años) que los Cristianos
españoles, con ser muchos menos, ganaron la gran batalla de Úbeda,
a las navas de Tolosa, a trescientos mil Moros que de África y de
España se ajuntaron? Muy semejantes a aquellos son, no en número,
sino en confusión y desconcierto, la muchedumbre de los que vienen
agora a pelear con nosotros: cuyo medrosísimo capitán es aquel
apocado tirano de Zaen. El cual con tan cobrado ejército nunca osó
salir a encontrar con nuestro Rey, cuando a vista de la ciudad, con
muy poca gente pasó dos veces el Turia, talando y destruyendo su
campaña. Y más que en sus ojos le tomó las dos torres de Moncada,
y de Museros que de aquí descubrís sin osar salir a defenderlas.
Por donde cuando vengo a conferir su vil y allegadizo ejército con
vuestras manos vencedoras, osaré jurar que ninguno de vosotros hay,
a quien no le sobre el ánimo y fuerzas para acometer a diez destos
en campo raso, y vencerlos. De más que vuestra querella es justísima
y santísima: porque peleáis por el ensalzamiento del nombre de
Cristo, y destrucción de la bestial secta de Mahoma. Y que por
llevar tal empresa tendréis las celestiales legiones de los Ángeles
delante, no solo para contemplar vuestras grandes hazañas, pero aun
para favorecer vuestro esfuerzo y personas: tened pues buen ánimo
caballeros de Cristo, y para salir con victoria emplead vuestras
fuerzas y valor en esta batalla. De la cual ningún mal
successo
se os
puedere
crecer, en esta jornada. Porque en este día de hoy, o venciendo
ganaréis un reyno de los más insignes del mundo, o si
murieredes
peleando, tendréis (
terneys)
el eterno y celestial Imperio con perpetua fama y gloria, por vuestro
merecido premio.






Capítulo XVI. De la
batalla campal, y milagrosa victoria que los Cristianos alcanzaron de
los Moros en el monte de Enesa.






Acabó su razonamiento el
capitán don Guillen, y de muy bien entendido que fue de todo el
ejército, comenzaron a animarse unos a otros, y poner todo su
pensamiento y confianza en Dios, por quien principalmente peleaban. Y
porque los Moros se iban acercando al monte esparcidos con fin de
asolar la fortaleza, pensando que los Cristianos huirían en solo
verlos, no se curaron de poner su ejército en ordenanza, ni en talle
de pelear, antes de dar con la fortaleza en tierra. Mas los
Cristianos les salieron al delante en la pendiente del monte a
defenderles la subida. Los moros que vieron esto señaladamente los
de Xerica, Murviedro, Liria, y Onda, que como más ejercitados en
guerra llevaban la vanguardia, acometieron a los nuestros con tanto
ánimo con la infantería cara a cara, y con la caballería por los
lados, que comenzaron bravamente a maltratarlos de manera que ya los
Cristianos se retiraban hacia la fortaleza. Lo cual visto por don
Guillen que estaba en lo alto del monte, se arrojó con la mayor
parte de la caballería sobre la infantería de los Moros que a gran
furia subían el monte arriba, y con el estrago que hizo en ellos, le
cobraron tanto temor que se retiraron, y por aquella parte comenzaron
a prevalecer los Cristianos. Pero acudió luego por el lado izquierdo
tan grande escuadrón de Moros, que dio sobre la retaguardia de los
nuestros con tanta grita y alaridos, que fueron forzados segunda vez
a retirarse hacia lo alto del monte junto a las paredes de la
fortaleza. Estando en esto súbitamente de lo más alto de ella se
oyó una voz espantable, que fue del todo el campo oída y entendida
(los Moros huyen, los Moros huyen) y como se repitiese muchas veces,
los capitanes Cristianos se recogieron en un alto de donde vieron
claramente como ya los moros comenzaban a desmayar, y peleaban
flojamente: y que desde el monte (donde fue después edificado el
templo a nuestra Señora) se iban retirando poco a poco, aunque
siempre peleando hacia lo llano. Como esto vio don Guillen de lo
alto, entendiendo que Dios era por los Cristianos, ayuntó toda la
caballería, y hecho camino con la lanza, llegó al lugar de donde
comenzaron los Moros a retirarse. Lo cual visto por los que venían
en la retaguardia donde iba Zaen, pareciéndoles que se retiraban
porque el campo era roto, comenzaron a huir, y Zaen de los primeros.
Pues como los demás que andaban por el campo derramados viesen huir
a los primeros y postreros, y que los nuestros los seguían, temiendo
no fuese por algún gran socorro de gente que a los Cristianos venía:
de la misma manera se pusieron todos en huida. Y así fue que
declarada la victoria por los Cristianos, en aquel mismo lugar do
comenzaron a huir los Moros en retaguardia, fue por memoria puesta
una Cruz de piedra sobre una ermita que hoy en día llaman la Cruz de
la victoria. Siguiendo pues el alcance los Cristianos corrieron a los
moros hasta el barranco que dicen de Carraxet, que atraviesa el
camino a media legua de la ciudad, matando y degollando muchos
dellos, sin los que huyendo cayeron unos sobre otros, y murieron
atropellados de la caballería: faltando muy pocos de los Cristianos.












Capítulo XVII. Como se vio pelear por los Cristianos el glorioso san
Iorge, y que don Guillen Aguilon se señaló mucho en la batalla.






Fue tan admirable
esta victoria de los Cristianos, que realmente no puede dejar de
atribuirse a milagro, según que muy a la clara se vio, y que no
fueran bastantes fuerzas humanas, si las divinas no ayudaran a
alcanzarla. Porque se halla por testimonio de escritores fidedignos
de aquel tiempo, que el bienaventurado san Iorge mártir apareció
armado sobre un caballo blanco en aquella batalla, para quitar el
ánimo a los enemigos, y acrecentarlo a los nuestros. Y no hay duda,
sino que tan continuada y frecuentada devoción de los Reynos de la
corona de Aragón para con este santo, procedió de algún especial
favor, o visible auxilio y socorro que él hizo en esta y algunas
otras batallas. Puesto que hay mucho que maravillar, por no hallarse
en la historia del Rey mención alguna desta aparición del santo,
habiendo hecho tan larga relación de otra semejante que hizo en el
cerco y presa de la ciudad de Mallorca. La causa podrá ser por
haberse el Rey hallado presente en aquella, y en esta ausente, y
pensar que de semejantes apariciones sobrenaturales no se ha de
escribir sino lo que se ve. Pero tampoco es justo que lo que uno
calló haya de ser en menoscabo de la fé y testimonio de muchos. Por
la misma razón no se ha de pasar por alto, lo que Asclot antiguo y
principal escritor de esta historia afirma desta batalla y victoria.
La cual después del general don Guillen por la mayor parte la
atribuye al capitán don Guillen Aguilon. Del cual dice este
historiador, que con su banda de cien caballos ligeros arremetió
hacia la parte del campo donde más encendida andaba la batalla, y
los Cristianos más mal tratados, y que
rompida
aquella, y convertida sobre si la furia de los enemigos sustentó de
tal manera el ímpetu dellos, y cobraron los nuestros tanto ánimo y
fuerzas, que luego se siguió la rota y
huydo
dellos (como arriba está dicho) y se alcanzó la victoria. Mas
afirma el mismo autor, que murieron X mil Moros en cuyos cuerpos no
se halló ninguna herida. También concluye que el ejército de los
Cristianos no pasó de cien hombres de armas con otros cien caballos
ligeros, y dos mil infantes, y que el de los Moros pasó de cuarenta
mil infantes, y seiscientos caballos.











Capítulo XVIII. Que oída la nueva de la victoria, acudieron muchos
a favorecer a don Guillen, y como el Rey vino al Puig de Enesa, y
pasó a despecho de Zaen por el campo de Liria.






Como la fama de tan
insigne y milagrosa victoria se divulgó por todas partes, los de
Teruel primero que todos acudieron luego con cien caballos ligeros al
campo de don Guillen en guarda de la fortaleza, por si los Moros se
rehiciesen, y quisiesen volver sobre ella. Mas el Rey que entonces se
hallaba en Huesca, oída esta nueva tan milagrosa, no dudó de ella,
antes dio luego infinitas gracias a Cristo nuestro Redemptor, y a su
sagrada madre, y escribió a todos los Prelados de las iglesias de
los dos Reynos, y a los oficiales de las ciudades y villas Reales,
hiciesen públicas procesiones y sacrificios con
hazimiento
de gracias a nuestro Señor y a sus
sanctos
por tan increíble y milagrosa victoria. De allí convocados todos
los grandes y barones del Reyno se vino para Daroca, donde entendió
con mucha solicitud y presteza en proveer a los de Enesa, de
vituallas y de gente y armas, por que se rehiciesen de toda cosa:
pues aunque no perdieron gente ni vidas, quedaron muy destrozados, y
con muchos heridos. Paso de Daroca a Teruel, donde halló un
caballero de Mompeller que le enviaba don Guillen con cartas, para
que contase por orden, y muy por
estenso
el próspero y
felice successo
que los Cristianos tuvieron en la batalla pasada. Lo cual oyó el Rey
con grandísimo gusto y alegría, y de nuevo les envió más
provisiones con las acémilas de Teruel y de Daroca, y él se partió
para allá con cien caballos ligeros. Entrando en el Reyno llegó a
las Alcublas villa pequeña cercana a Segorbe, y a una jornada de la
ciudad: allí tuvo nueva, como Zaen avisado de la venida del Rey
había ayuntado gran número de gente de a pie y de a caballo, y era
llegado a Liria villa Real y de las hermosas del Reyno, por su
llanura y tan fructífera y extendida vega que se riega de una
bellísima fuente que allí junto nace: y está la villa a la mitad
del camino de las Alcublas a Valencia: donde había hecho alto Zaen
con fin de pelear con el Rey, y acometerle en el paso. Pero el Rey en
llegando a vista de Zaen y su gente, que los descubrió de lo alto,
entendiendo que no podía dejar de dar en mano dellos, y que
representaban ser muchos, según estaban esparcidos por la campaña:
no por eso determinó de volver atrás, ni dejar de pasar adelante,
aunque se hallaba con ejército harto pequeño. Mas enviado el bagaje
delante, por ver si se le cebarían en los Moros, para dar sobre
ellos él dejó a Liria a la mano derecha, y a banderas tendidas a
vista del mismo Zaen, siguió su camino derecho para Enesa, sin que
en el bagaje, ni en su gente osasen tocar ni acometerle los moros.












Capítulo XIX. Del recibimiento que los del Puig de Enesa hicieron al
Rey, y de las mercedes que a todos hizo, y del ardid que tuvo para
pasar los caballos por junto a Murviedro.






Como llegó el Rey
cerca del Puig de Enesa, salieron a recibirle el general don Guillen,
y don Berenguer
Détésa
y don Guillen Aguiló

los demás
capitáes
con el ejército junto al camino Real de la ciudad, del cual está
apartado el Puig un cuarto de legua hacia la marina: y hecha la salva
por los soldados, y por los de a caballo su muestra de guerra, con
una bien concertada escaramuza entre todos, fue recibido con
increíble triunfo de alegría, recibiendo el Rey a todos con la
misma: abrazando con lágrimas de placer a su carísimo tío don
Guillen, y a sus dos grandes compañeros: y dando lugar a todos los
soldados del ejército para que llegasen a él grandes y pequeños, y
le hablasen y pidiesen mercedes. Quiso luego llegar al puesto y lugar
donde fue la batalla, preguntando muy despacio, y por orden, donde
comenzó a darse, hasta donde llegaron los Moros: si tocaron en la
fortaleza: cómo, y a qué parte los hicieron retirar los Cristianos:
finalmente de donde salió la voz tan terrible que apellidó la
victoria, que así pudo entre tan grande estruendo de voces, de armas
y
atambores,
ser oída, y entendida de todo el ejército: y hasta donde se siguió
el alcance de los enemigos: que no dejo de ver y oír cosa por mínima
que fuese, de cuantas acaecieron en aquella jornada, con mucho gusto,
y continuó
hazimiento
de gracias a Cristo y a su bendita madre. Y así alabando grandemente
la proeza y valor de los tres capitanes por tan insigne hecho de
armas, mandó tener muy grande cuenta con los heridos, visitándolos,
y animándolos él mismo en persona. Y porque la mayor pérdida que
en la batalla se hizo fue de caballos, prometió, demás de otras
mercedes, a los de a caballo, que les reharía muy presto la pérdida,
y sin eso remitió a todos el Quinto que le tocaba de los despojos y
presa de los moros. Luego escribió a Zaragoza a don Ximen Perez
Taraçona mandándole comprase cuarenta caballos escogidísimos y se
los enviase a Enesa. Los cuales compró don Ximen luego en recibiendo
la carta, y se los envió cada uno con su lacayo de diestro.
Entendiendo el Rey que ya serían en Teruel a medio camino, se partió
para Segorbe a recibirlos: porque como está dicho, era tierra de
amigos, y así fue en ella muy regalado por los gobernadores que allí
tenía Abuzeyt. La cual es hoy una de las buenas plazas del Reyno,
por ser ciudad y cabeza de Obispado, bien poblada y de suave
habitación, puesta en un muy ancho y hermoso valle, cercado de
grandes montes, y poblado de muchos y muy buenos lugares: tan
abundoso de aguas así del río Palancia que pasa por medio de él,
como de las muchas fuentes que nacen de los montes: que con su riego,
y buen tempero de la tierra, produce todo género de mieses, y
frutales los más excelentes de todo el Reyno. Está en el mismo
valle a una milla de la ciudad fundado el grande y muy hermosamente
labrado
monasterio
de ValdeChristo, de la suprema y devotísima religión de los
Cartuxos, como lumbrera y espiritual amparo de todo el valle: para
reparto y sustento de los pobres de Cristo que a él acuden. Entrando
pues el Rey en Segorbe, llegaron los cuarenta caballos muy bien
tratados y traídos de diestro. Recreose mucho el Rey con la vista de
ellos, tanto que echó luego ojo a otros tantos que traían a vender
mercaderes de Aragón, y se habían acompañado con ellos. A los
cuales rogó el Rey que se los vendiesen y les consignaría la paga
sobre las rentas Reales de Zaragoza: fueron dello contentos, y hecho
su honesto precio, recibida la consignación entregaron sus caballos
que fueron cuarenta y seis: y con todos ellos dio luego al Rey vuelta
para Enesa. Pues como se fuesen acercando a Murviedro donde Zaen
tenía gente de guarnición, y estaba a su devoción, dudaron algunos
de la compañía, si proseguirían por el camino derecho junto a la
fortaleza de la villa o tomarían a la mano siniestra por el val de
Segon, para dar en el camino de la marina, desviándose de Murviedro.
Estando en este perplejo, llegose al Rey uno de los de a caballo
diciendo. Entiendo que si a vuestra Majestad Real place, será mejor
ir camino derecho junto a la fortaleza, por escudar el rodeo de la
marina: porque antes de ser descubiertos, y que la gente de guardia
se ponga en armas estaremos en salvo. Mas en caso que seamos
descubiertos tengo pensado cierto ardid, que si lo hacemos, pasaremos
más presto sin lesión alguna, y aun burlaremos de los de Murviedro.
Desta manera, que para que demos a entender que somos una compañía
de caballos ligeros le mande a cada lacayo que trae el suyo de
diestro, tomen sendas cañas largas de aquel cañaveral que vemos
junto al acequia que por allí pasa: y en una de ellas se cuelgue una
sábana (
sauana)
que parezca pendón, y suba cada uno en su caballo y alce su caña.
Porque desta suerte pareceremos de lejos en forma de escuadrón de
caballos, y pasaremos sin que ninguno ose llegar a reconocernos.
Pareció bien al Rey y a todos la invención de aquel caballero. Del
cual según opinión de algunos escritores, desciende el linaje de
los Llançoles, Barones principales del Reyno. Porque a causa de la
invención de la sábana que puso por pendón, que en lengua Lemosina
se llama llansol (
lláçol),
fue de allí adelante llamado el caballero del Llançol: y porque
también fue el mismo Alférez de este pendón. Succedio pues el
ardid como se pensó. Porque pasando con aquel orden y concierto por
junto a la fortaleza, fueron descubiertos de lo alto de ella, y
saliendo a ellos solos cinco caballos con mil peones: los cuales
hicieron luego alto, y se estuvieron mirando de lejos a los del Rey.
Y aunque los silbaron y dieron grita: pero ni les osaron acometer, ni
seguirlos, temiéndose de alguna celada, o de los que vendrían
(
vernian)
en la retaguardia. Con esto pasó el Rey adelante, y llegando a vista
de Enesa, salieron como antes a recibirle. El cual luego repartió
los ochenta y seis caballos entre los caballeros que se hallaron en
la jornada pasada, y quedaron todos muy contentos.












Capítulo XX. Como el Rey mandó edificar un templo en el lugar do
fue la batalla, y del antiguo que se descubrió debajo tierra con la
imagen de nuestra Señora.







Volviendo
el Rey otra vez a contemplar muy de propósito desde la fortaleza y
monte donde estaba alojado, el extraño y milagroso successo de la
batalla pasada, revolvió con gran gusto los ojos por todos aquellos
pasos donde se peleó: señaladamente en aquella parte do comenzaron
los Moros a retirarse poco a poco peleando, hasta que llegaron a lo
llano, donde está la cruz de la victoria: porque de allí comenzaron
a huir como se ha dicho: pareciole pues que por haber comenzado la
divina mano a ser favorable a los Cristianos en aquel monte, que es
el último y está a la parte de la ciudad, donde oída la voz
comenzaron a retirarse los moros, mandó luego edificar sobre él un
templo grande dedicado al nombre de Cristo y su bendita madre, que se
intitulase nuestra Señora del Puig (que en lengua Lemosina quiere
decir monte pequeño) con su convento para los religiosos y orden de
la Merced, que él había instituido: y así se comenzó luego a
edificar: para que por inmortal memoria de tan incomparable victoria
contra Moros, se hiciesen en él perpetuas gracias y sacrificios a
nuestro señor y a su madre gloriosísima. Puesto que algunos graves
escritores de esta
historia, traen otra nueva causa para la
fundación de este Templo en el mismo lugar donde está. Diciendo que
hecha la traza del templo fueron vistas por los que velaban y hacían
la centinela en el castillo, muchas lumbres a modo de hachas
encendidas que caían del cielo sobre aquel lugar do fue hecha la
traza: y que en cayendo se hundían debajo de tierra que no parecían
más. Y visto que esto
sucedió por algunas noches, revelaron lo
al Alcayde, y a los demás, y como fuesen cavando profundamente para
echar los fundamentos se oyó un sonido grande como retumbo de cosa
hueca: cavando más se descubrieron unas grandes paredes como de
templo que estaba metido en lo profundo de la tierra. Dentro del cual
cavando mucho más, se sintió con golpe del azadón un sonido de
metal, y luego abriendo y limpiando el lugar se descubrió una
campana grande de metal.
La cual alzada en alto, se halló debajo
de ella una tabla de mármol de dos codos en alto, y codo y medio de
ancho. En la cual estaba labrada y como esculpida una imagen de
nuestra señora que tenía a su hijo en los brazos diferentemente que
las otras, porque le tiene sobre el brazo derecho. Con la cual tabla
y campana, y otras señales tuvieron por muy cierto que en tiempo de
los Godos fue aquel templo edificado en honor y gloria de la sagrada
virgen nuestra Señora: y que los religiosos de san Benito, que en
aquel tiempo florecían mucho, fueron los que allí tuvieron su
convento y monasterio muy suntuoso. Y después con la entrada y
universal ruina y saco de conventos y templos que los Moros hicieron
por toda España, fue este destruido, y los religiosos perseguidos, y
así al tiempo de la persecución cavaron, y pusieron la campana con
la imagen debajo en aquel lugar, donde estuvo escondida 510 años,
hasta el tiempo de nuestro Rey don Iayme, el cual tomó la imagen con
grande veneración, y la puso en el nuevo templo hecho sobre el
viejo, en la capilla y altar mayor donde hoy está: y que mueve a
tanta devoción, que no solo de la ciudad de Valencia, pero de todos
los tres reynos de la corona de Aragón es con muy frecuentemente
visitada y venerada.












Capítulo XXI. Como se fue el Rey a Borriana, y luego vino don
Aguilon a pedir socorro contra Zaen, y el Rey fue a darlo, y no
siendo necesario se volvió a Burriana.



Estando ya
el Rey de partida para Burriana después de haber dejado el cargo y
aparejo para el edificio del templo a don Guillen su tío, don
Fernando que siempre, o se detenía mucho, o nunca acababa de llegar
su socorro, vino al Puig con don Pedro Cornel, y otros caballeros de
compañía. Los cuales fueron por el Rey y los demás muy bien
recibidos. Y después de haberles mostrado la fortaleza y el lugar de
la batalla, con todo lo que milagrosamente obró Dios en ella, dejó
allí la mitad del ejército con todos los aparejos y municiones de
guerra necesarios: y certificando a todos sería muy presto de
vuelta, se partió con don Fernando y Cornel para Burriana: donde
apenas fue llegado, cuando vino por mar dó Aguiló en una barca por
avisar al Rey, como Zaen teniendo ya junta toda su caballería que
tenía repartida por las villas de
Castalla
y Cocentayna, en saber que se había partido de Enesa, venía a gran
prisa a cobrarla: que para esto pedía socorro de gente el capitán
don Guillen, y por solo eso le enviaba. Pero que bastaría que don
Pedro Cornel fuese con la gente de caballo. Oído esto, el mismo Rey
se dispuso a ir allá en persona con el socorro. Y luego a la media
noche con la gente de a caballo de Teruel y otros (como dice la
historia) camino por la vía de Almenara. Y pasada ella, iba con tan
determinado ánimo para entrar en la batalla que a un caballero
Aragonés llamado López que le preguntó qué será hoy de nosotros
respondió que veremos hoy como se
cierne
y aparta el salvado de la harina. Señalando que en esta batalla se
conocería la diferencia que hay del bueno al
ruyn
soldado. Como llegaron a emparejar con Murviedro, dejándole a la
mano derecha, envió uno de a caballo que fuese al galope a descubrir
el campo, y entendiese si Zaen era ya llegado y combatía la
fortaleza, el cual fue y volvió luego, diciendo que ni Zaen era
venido, ni había sacado ejército de Valencia, ni los del Puig
tenían necesidad de socorro, que todo quedaba muy seguro. Creyeron
algunos que la venida y demanda de don Aguilon fue ruydo hechizo, y
concierto de los capitanes de Enesa, por hacer tiro a don Pedro
Cornel, por algún secreto rencor que le tenían. Pues como el Rey
oyó esto, dio gracias a nuestro señor y se volvió para Burriana
con solos XVII caballeros porque a los demás con Aguilon mandó que
se pasasen a Enesa para dar ánimo a los del ejército, y mostrarles
como estaba en orden para ser siempre con ellos.












Capítulo XXII. Del grande peligro en que el Rey se vio volviendo
para Burriana, y como se libró de él, y también de otro, la noche
siguiente.






Volviéndose el Rey
para Burriana, por entre la marina y Murviedro con solos XVII
caballeros de compañía descubrió de lejos ciento y treinta
caballeros jinetes Moros, que estaban en orden de guerra algo
apartados del camino. Entre los cuales se hallaba don Artal de Aragón
hijo de don Blasco, que andaba desterrado de Aragón, a quien el Rey
no conoció, pero fue conocido del, mas por no perder la gracia y
amistad de los moros, no se partió dellos para venir al Rey. Pues
como de los caballeros Aragoneses que iban con el Rey, sin su
licencia, uno llamado Garces con cuatro otros arremetieron sobre
ellos, y los prendieron. A los cuales hubiera luego seguido Cornel si
el Rey no le hubiera echado mano de las riendas del caballo, y le
detuviera. Por donde hallándose el Rey tan solo claramente, vio que
estaba en el mayor peligro de la vida que jamás se vio, y que si
entonces los moros le acometieran, sin duda que le prenderían.
Viendo esto Cornel envió uno de a caballo, que a rienda suelta fuese
al Puig a don Guillen, viniese volando con gente para librar al Rey
de un grande peligro. En este medio viéndose los del Rey en tanto
aprieto, tentaron de persuadirle, mientras entretuviesen con
escaramuza a los moros, se fuese a recoger con don Guillen a Enesa, y
de allí les enviase socorro. Pero cuanto más sobre esto le porfió
Pérez Pina, tanto con mayor cólera le respondió: muy en vano
trabajáis Pérez, si pensáis persuadirme a que me vaya. Porque os
hago saber estoy muy determinado (puesto que dejo a Dios haga de mí
lo que fuere servido) de no volver atrás por la vida: porque ya esta
por agora antes se ha de redimir con la muerte peleando, que
escapando con la huida. Entonces los pocos que quedaban viendo esta
determinación, tomaron al Rey en medio con fin de morir todos en su
defensa y presencia, y cerrándole animosamente los lados, estuvieron
esperando a los moros. Pero ellos, puesto que dos veces hicieron
ademán de querer arremeter contra el Rey, o porque don Artal,
conociendo al Rey, los diuertiesse, o realmente porque creyeron, que
tan pocos no hubieran esperado * espaldas seguras, y que don Guillen
estaría cerca con su gente, no osaron acometerlos, y apartándose
poco a poco por el val de Segon arriba se metieron en Almenara. Como
llegase don Guillen con su gente en aquel punto, el Rey pasó a
Burriana. De donde envió a rescatar los cinco caballeros que le
prendieron los Moros. De allí la noche siguiente pasado el río
Mijares junto a la villa de Castellón, que agora es la más insigne
de toda aquella Plana, como por la marina el camino de Orpesa, adonde
no quiso dejar de pasar a dormir aquella noche, por más que le
certificaron, como un Barón Moro llamado Abenlopez, pocas horas
antes había salteado en aquel
pinarejo
al mismo Comendador de Orpesa, y se lo llevaba cautivo. Con todo
esto, mandando ir juntos los que le seguían entró por el pinar
adelante, y llegó sano y salvo a Orpesa, que entonces era de la
religión del Ospital. Allí pasó aquella noche, y también dio
orden para el rescate del Comendador. Así mismo mandó a la gente
que allí estaba de guardia por el comendador, se tuviese gran cuenta
con aquella fortaleza, por ser cabo y plaza de las muy importantes
del Reyno. De allí partió para Vldecona, y pasó a Tortosa, donde
se detuvo algunos días , entendiendo en que se hiciese gente de
guerra por toda Cataluña para poner cerco sobre la ciudad de
Valencia.







Fin del libro décimo.