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martes, 23 de junio de 2020

LOS CORPORALES DE SAN JUAN DE LA PEÑA, INTACTOS

313. LOS CORPORALES DE SAN JUAN DE LA PEÑA, INTACTOS (SIGLO XV. SAN JUAN DE LA PEÑA)

LOS CORPORALES DE SAN JUAN DE LA PEÑA, INTACTOS

Es sabido a través de testimonios distintos que el viejo monasterio de San Juan de la Peña padeció varios incendios a lo largo de su dilatada historia, hasta que, por fin, el declarado una noche de 1676 obligó a los monjes pinatenses a construir el convento alto o nuevo, que quedaría vacío con las desamortizaciones del siglo XIX.

Pues bien, en el año 1494, una parte del rocoso cenobio debió padecer una de esas quemas tan difíciles de sofocar dados los medios de la época y la escasez de agua para una emergencia de esta naturaleza. Los miembros de la comunidad, tanto frailes como donados, apenas con lo puesto pudieron ponerse a salvo y tuvieron que permanecer alejados de su casa hasta que el fuego se extinguió prácticamente solo.

El fuego devorador debió afectar esencialmente a la iglesia y a la sacristía, a las que, con evidente peligro de su vida, entró y se movió entre las llamas un arriesgado monje, que logró rescatar del fuego el contenido de varias arquetas, reliquias que eran fundamentales para el monasterio puesto que contenían, ni más ni menos, los cuerpos de san Indalecio y de su discípulo Jacobo, así como los de san Voto y Félix. Las antiguas arcas de madera que los contenían ardieron con facilidad y por completo, lo cual no deja de ser un fenómeno ciertamente milagroso.

Pero más portentoso fue todavía a la vista de todos el hecho de que la pequeña y bellamente trabajada arqueta que contenía el Santísimo Sacramento fue consumida completamente por el fuego, pero no las Sagradas Formas que estaban dentro de ella, que quedaron intactas.

El monje sacó de la iglesia en llamas las hostias consagradas envolviéndolas en la cogulla de su hábito, que les sirvió de amparo y custodia hasta que trajeron de Jaca otra arqueta finamente labrada, en la que fueron depositadas en un acto solemne.

San Juan de la Peña, el centro religioso en el que naciera Aragón, se sumó así a la serie de localidades aragonesas que vivieron prodigios similares.

[Briz Martínez, Historia de San Juan de la Peña, I, cap. 47, pág. 211.
Blasco de Lanuza, V., Historias eclesiásticas y seculares de Aragón, I, lib. 5, cap. 15.
Faci, Roque A., Aragón..., I, pág. 18.]

VICENTE FERRER, PREDICADOR EN MORA DE RUBIELOS

280. VICENTE FERRER, PREDICADOR EN MORA DE RUBIELOS (SIGLO XV. MORA DE RUBIELOS)

VICENTE FERRER, PREDICADOR EN MORA DE RUBIELOS (SIGLO XV. MORA DE RUBIELOS)

Todo el mundo sabe en Mora de Rubielos y su comarca cómo, a comienzos del siglo XV, el famoso dominico valenciano —cuya opinión tanto pesara en la solución dada en Caspe tras la muerte de Martín el Humano—, visitó la villa, en la que fue recibido con enormes muestras de entusiasmo y alegría por todo el vecindario. Aunque todos querían tenerle en su casas, se decidió al final alojarlo en la mejor posada de la localidad, una hermosa mansión gótica, de la misma factura que el templo parroquial.

Aunque sólo se encontraba de paso, ante la solicitud de los vecinos —que deseaban escuchar la palabra elocuente y sabia de quien ya era considerado como un verdadero santo en vida— accedió Vicente Ferrer a complacerles y, desde una de las ventanas de la posada, convertida en improvisado púlpito, se dirigió a todos en una encendida y fervorosa plática que jamás podrían olvidar.

En medio de su arrebatado discurso, a consecuencia de la constante agitación de sus brazos, cayó a la calle el pañuelo que el orador llevaba en la mano. Al advertirlo la gente, se precipitó a cogerlo, pero no con intención de devolvérselo a su dueño, sino para conservarlo como recuerdo y testimonio de tan importante visita y visitante.

Dado el tropel de oyentes, pues la calle estaba totalmente abarrotada, no se supo quién o quiénes lo habían cogido y guardado, mas transcurridos algunos días, y una vez que el predicador valenciano había abandonado Mora, apareció el pañuelo depositado al pie del altar mayor de la iglesia colegiata, sin saber quién lo había dejado.

Comunicó el sacerdote el hecho a sus feligreses y acordaron custodiarlo en una arqueta construida al efecto, cerrada con tres llaves, como era costumbre en aquella época guardar los auténticos tesoros, y el pañuelo de un hombre considerado como santo, sin duda lo era.

[Recogida oralmente.]

Rubielos de Mora