La contemplativa y edificante vida eremítica de Juan Ler fue poco a poco conocida por los habitantes de toda la comarca e incluso se llegó a saber de él en Zaragoza, lo que motivó que muchos cristianos devotos acudieran a visitarle en su destierro y a escuchar sus consejos.
Aquella creciente notoriedad no fue del agrado del eremita, que necesitaba paz y sosiego absolutos para dedicarse exclusivamente a la oración y la meditación, de forma que determinó marcharse a otro lugar aún más apartado y recóndito que aquel.
Se enteraron los condes de Sástago de las intenciones de Juan Ler y decidieron ir a visitarle en su choza. Hiciéronle ver que, aunque entendían las razones de su malestar, el conocimiento de su vida ejemplar entre las gentes también podía ser objeto de imitación, lo que sin duda redundaría en una expansión mayor del culto a María. Así es que le invitaron a que se quedara y le ofrecieron la construcción de un templo digno para la imagen de la Virgen, junto al que edificarían, asimismo, una pequeña y modesta vivienda para él. Las palabras de los condes convencieron a Juan, de modo que en poco tiempo se levantó el santuario prometido.
Desde aquel momento, tanto el monte como el santuario y la imagen fueron conocidos por todos con el nombre de Monler, en clarísima referencia a «monte de Ler».
[Faci, Roque A., Aragón..., II, págs. 315-316.
Bernal, José, Tradiciones..., pág. 110.
Sánchez Pérez, J. A., El culto mariano en España, pág. 266.]
