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martes, 23 de junio de 2020

LA VIRGEN VIAJERA, ZARAGOZA, Soria

Vivía en Zaragoza, dentro de su muro de tierra, una pobre mujer, muy devota de la Virgen. Su deseo principal consistía en poseer en su casa una imagen a la que rezar, por lo que pidió a un escultor que le labrase una de alabastro. Casi todos los días acudía al taller del artista para ver cómo avanzaba en su obra hasta que logró verla casi finalizada. Era una talla hermosa, muy hermosa, tal y como ella la había soñado.

LA VIRGEN VIAJERA, ZARAGOZA, Soria


Sin embargo, un día visitaron el taller del escultor varios hombres venidos de Soria para hacerle un encargo. Vieron las obras que el artista tenía en el estudio, pero les gustó más que ninguna otra la talla que estaba labrando para la mujer zaragozana y decidieron comprársela por mucho más dinero del que la pobre señora iba a pagar y, pensando el artífice que le podría hacer otra semejante, decidió vendérsela. La imagen fue a parar, pues, a tierras de Soria.
Cuando la piadosa señora se enteró de lo ocurrido, prorrumpió en lágrimas tan sentidas y llenas de encendido fervor que ocasionó que la imagen se viniese de Soria como por arte de encanto y se apareciese a su sierva sobre un olivo cercano a su casa, rodeada de grandes luces.

Admirados los sorianos de que les faltase la imagen, viajaron de nuevo a Zaragoza, pues por medio de unos mercaderes habían oído hablar de la misteriosa aparición. Comprobaron que la imagen del olivo era la que ellos habían adquirido y solicitaron del obispo su devolución, como así se hizo, de modo que la Virgen volvió a Soria.

Las milagrosas idas y venidas se repitieron en varias ocasiones, de manera que la pobre mujer decidió buscar testigos de ello, acabando por convencer al obispo de lo que realmente estaba sucediendo. Inmediatamente, la piedad de los ciudadanos hizo que se levantara una ermita para albergar con dignidad a la que dieron en llamar virgen del Olivar, por el olivo en el que repetidamente se aparecía, aunque muy pronto se le cambiaría este nombre por el de Nuestra Señora del Milagro, en recuerdo del que en dicho templo hiciera el propio santo Domingo en 1219, momento en el que la ermita se convirtió en convento de los Predicadores.

[Faci, Roque A., Aragón..., I, págs. 28-29.]

lunes, 22 de junio de 2020

LOS CONDES DE SÁSTAGO CONSTRUYEN EL SANTUARIO DE MONLER

260. LOS CONDES DE SÁSTAGO CONSTRUYEN EL SANTUARIO DE MONLER (SIGLO XIII. SÁSTAGO)

260. LOS CONDES DE SÁSTAGO CONSTRUYEN EL SANTUARIO DE MONLER  (SIGLO XIII. SÁSTAGO)

A mediados del siglo XIII, en tierras cercanas al río Ebro, y más concretamente en los resecos e inhóspitos montes de Sástago, un hombre muy devoto de la Virgen, llamado Juan Ler, se apartó de sus vecinos y se instaló en solitario para hacer vida de penitente. Ayudándose de ramajes y barro, logró construirse una humilde choza en la que guarecerse, acondicionando en su interior una pequeña capilla para una imagen de la Madre de Dios que él mismo talló en un tronco de madera.

La contemplativa y edificante vida eremítica de Juan Ler fue poco a poco conocida por los habitantes de toda la comarca e incluso se llegó a saber de él en Zaragoza, lo que motivó que muchos cristianos devotos acudieran a visitarle en su destierro y a escuchar sus consejos.

Aquella creciente notoriedad no fue del agrado del eremita, que necesitaba paz y sosiego absolutos para dedicarse exclusivamente a la oración y la meditación, de forma que determinó marcharse a otro lugar aún más apartado y recóndito que aquel.

Se enteraron los condes de Sástago de las intenciones de Juan Ler y decidieron ir a visitarle en su choza. Hiciéronle ver que, aunque entendían las razones de su malestar, el conocimiento de su vida ejemplar entre las gentes también podía ser objeto de imitación, lo que sin duda redundaría en una expansión mayor del culto a María. Así es que le invitaron a que se quedara y le ofrecieron la construcción de un templo digno para la imagen de la Virgen, junto al que edificarían, asimismo, una pequeña y modesta vivienda para él. Las palabras de los condes convencieron a Juan, de modo que en poco tiempo se levantó el santuario prometido.

Desde aquel momento, tanto el monte como el santuario y la imagen fueron conocidos por todos con el nombre de Monler, en clarísima referencia a «monte de Ler».

[Faci, Roque A., Aragón..., II, págs. 315-316.
Bernal, José, Tradiciones..., pág. 110.
Sánchez Pérez, J. A., El culto mariano en España, pág. 266.]