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domingo, 28 de junio de 2020

CAPÍTULO VI.


CAPÍTULO VI.

De la venida de los Cartagineses a España.

Aunque llamadas de los tesoros de España vinieron las naciones y gentes que queda dicho, hicieron en ella poca estada, y si dejaron poblaciones y edificios hechos para su morada, fue con poca, ni hallamos de ellos memoria notables en los escritores; solo de los fenicios leemos haberse quedado y hecho fuertes en la isla de Cádiz, y porque no hallaban traza ni los naturales les permitían vivir en tierra firme, se valieron de la capa de religión pora engañarles, por lo mucho que conocían de piedad en esta nación. Inventaron haberles parecido en sueños Hércules, y dicho que su voluntad era se le edificase un templo: permitiéronselo los naturales en el lugar donde hoy está Medinasidonia; y aunque la permisión era para un templo, pero el edificio tuvo más de fortaleza que de casa de devoción, y desde ella corrían aquella tierra y talaban el campo. Conocieron los españoles que aquel era más cueva y reparo de salteadores y enemigos, que templo de devoción; y no pudiendo sufrir tantos agravios como cada día recibían de ellos, tomaron las armas y dieron sobre los fenicios en ocasión que estaban descuidados, venciéronlos, y tomáronles todo lo que tenían. Los que escaparon se recogieron al templo de Hércules, con confianza que, por ser casa de religión, sería como a tal venerada; pero el deseo de venganza era tal, que le pusieron fuego y echaron por tierra aquel edificio, y aunque fuese templo de aquel dios, no perdonaron a los que en él se habían recogido. Con estas persecuciones salieron todos de la tierra firme, y se pasaron a aquella isla de Cádiz, con pensamientos de desamparar del todo a España; pero antes de salirse de allá, intentaron de hacer saber a los cartagineses, sus amigos y parientes, lo que les había sucedido, rogándoles vinieran a valerles y vengar las injurias habían hecho los españoles al dios Hércules de quien eran todos muy devotos, y no dejasen esta ocasión, pues siendo su venida para vengar el desacato a su dios no sería juzgada por codicia, sino por acto de religión. Los cartagineses, que nunca pudieron entrar en España, ya por haber hallado sobrada resistencia en los naturales, que les echaron de ella con gran rigor, ya por haber tenido aprietos en sus tierras, y disensiones civiles, y guerras con los vecinos (que obligaron a todas las armadas tenían por estos mares a volver a Cartago y socorrer aquella ciudad y república, que perecía del todo), estimaron esta ocasión, y enviaron por respuesta a los fenicios, que se entretuviesen como mejor pudiesen, mientras se apercibía una poderosa armada que en breve había de venir a España. Esta llegó a Cádiz el año 236 de la fundación de Roma; y luego corrieron los africanos toda la tierra, y saquearon todas las naves de los españoles que hallaron, y levantaron fortalezas en los lugares más cómodos, desde donde con mayor comodidad pudiesen correr la tierra; pero los españoles les resistieron de suerte, que
les hicieron retirar, matando muchos o los más de ellos, y tomándoles una fortaleza de las que habían edificado. No pensaban hallar tanta resistencia los cartagineses, y conocieron que si no tomaban asiento y confederación con los naturales, todos perecerían, y les era mejor trabar amistad y asentar paz con ellos, y en el entretanto fortificarse y enviar por mayores fuerzas a Cartago, para apoderarse de España; con esto pidieron paz a los españoles, que por gente sencilla y pacífica, no cayeron en el engaño y malicia de aquellos forasteros, y así se la otorgaron y dejáronles vivir en la tierra, sin sospecha alguna de lo que después veremos.
Con esto el poder de los cartagineses crecía de cada día, así por eI descuido y negligencia de los nuestros, como por la astucia y engaño de aquellos; y como ya aborrecían a los fenicios, sin mirar que eran sus amigos y aliados, y que les habían llamado y traído a España, sembraron discordias entre ellos y los antiguos isleños, afeándoles que tolerasen que, sin dar parte a ellos del mando, se quedasen los fenicios con él, y usurpando todas las riquezas de la tierra, se quedasen con ellas, tratando a los naturales poco menos que si fueran esclavos. No pudieron sufrir los fenicios los malos oficios y tercerías de los cartagineses; tomaron las armas, y hallándolos descuidados, vengaron muy bien las ofensas que habían recibido. Quisieron hacer lo mismo los cartagineses; pero no fueron poderosos, y así buscaron paces y volvieron a hacer amistad con los fenicios, hasta que el senado de Cartago les socorriera, que aún tardó algunos días; pero a la postre les envió cuatro naves, y en ellas novecientos soldados sacados de las guarniciones de Sicilia, que quisieron, antes de llegar a España, desembarcar en las islas de Mallorca; pero los isleños les recibieron con sus hondas y piedras, y con un granizo de ellas les maltrataron de manera, que les forzaron a retirarse a la marina, y aún a desancorar y sacar las naves a alta mar; y arrebatados de la fuerza de los vientos, llegaron a Cádiz. Con la venida de estos quedaron los cartagineses muy poderosos, y los fenicios acobardados: enviaron después a España a Safon hijo de Asdrúbal, capitán cartaginés, que tuvo tal maña con los españoles y les supo tan bien obligar, que levantaron tres mil soldados para defender a los cartagineses de cualquiera
que les osara ofender, y con el favor de la gente española, acometieron los mauritanos e intentaron otras empresas, y a la postre, después de varios tratos y conciertos, quedaron tan poderosos en España, que empezaron a tratarse como dueños y señores de ella, y a usar con los naturales como si fuesen súbditos y siervos, sin hacer caso de los fenicios, que estaban retirados y medrosos. Para librarse de estos nuevos enemigos, pidieron los españoles socorro a Alejandro Magno, cuyo valor y hazañas admiraban al mundo (1: Orosio, lib. 3., c. 20. ); y él escuchó de buena gana al embajador, que, según dice Orosio, era un español llamado Maurino, y le ofreció su favor; pero antes de poner por obra el ofrecimiento (que) había hecho, murió a los treinta y tres años de su edad (vaya, como Jesusico), y así quedaron desconfiados del favor que aguardaban de aquel príncipe. No fue muy grata a los cartagineses esta embajada, porque sabían que era contra ellos; pero disimularon por entonces el castigo, por estar ocupados en otras guerras que les daban harto cuidado en la isla de Sicilia.

CAPÍTULO V.


CAPÍTULO V.

Vienen diversas gentes a España, llamadas de las grandes riquezas que descubrieron los incendios de los montes Pirineos, y lo que padecieron los naturales de ella.

Pasado el trabajo que Dios había enviado a la mísera España, y regada aquella con las lluvias abundantes que vinieron del cielo, fue ocasión que gran muchedumbre de gente extranjera viniera a poblarse en ella, acordándose de la prosperidad que en tiempos pasados habían visto en los fértiles campos de ella, y de la gran riqueza de que esta
provincia abundaba. Vinieron pueblos enteros, y cada cual tomaba aquella parte de tierra que entendia ser mejor para la comodidad de los ganados o para la labor de la tierra:
vinieron entonces muchas familias de los mismos españoles que se habían salido en el tiempo de la seca, y cobraron lo que habían dejado cuando se salieron de ella; y entraron también los Celtas (1: Plinio, lib. 3, c. 1.), Egipcios, Milesios, Lidios, Tracios, Rodios, Troyanos, Cipriotas, Fenicios, Persas, Carios, Lesbios, Focenses y otras muchas gentes que dejaron varias fundaciones de pueblos y ciudades, que traen los autores de las historias generales de España. Al principio que estas gentes y naciones entraron en España, sucedió aquel incendio tan nombrado de los Pirineos, que algunos atribuyen a descuido de ciertos pastores; otros que fue acaso para quemar los árboles y matorrales con intento de desmontar y romper los campos, para que se pudiesen cultivar y habitar, y apacentar en ellos los ganados. Este fuego lo encendieron sobre lo último de ellos, no temiendo el daño que después sucedió, y fue, que la llama prendió de tal arte, que muy gran trecho de las montañas ardieron muchos días, y con la calor demasiada se rompieron las peñas de los valles y recuestos, y echaban de sí tales ondas y grupadas de fuego, que no se puede imaginar cosa más espantable y temerosa. Vióse de la mayor parte de España el incendio, y pocas provincias hubo en ella de donde no se divisasen las llamas o la calina, con toda la sobra de su calor; y no solo se quemaron los árboles y las piedras, yerbas y verdura, sino también las venas de los metales escondidos en el corazón y entrañas de aquellos montes, porque se derritieron a todas partes con grandes arroyos de plata, y corrieron desde lo más alto a lo más bajo de aquellos montes con abundancia maravillosa, forzados del ardor excesivo, y penetró por los mineros adentro; y a la fama de tal suceso acudieron muchas de las dichas naciones a gozar de la riqueza de este reino, que era tanta, que se puede comparar con lo que se saca de las Indias; porque si en aquellas tierras se han hallado en su principio pedazos de oro en mucha abundancia, lo mismo sucedió en España en estos siglos; y por eso dijo Plinio (Lib.3.c.3): Argenti et auri tota ferè Hispania scatet; y Apiano, referido por Marineo Sículo, dice: Hispania quoque, terra ferax auri et argenti, gemmarum ac metallorum: y Lucio Floro, al fin del cuarto libro, hablando de ella, dice: Natura regionis circa se omnis aurifera, minisque ef chrysocollae et aliorum colorum ferax: y Estrabon (1: Lib. 3. ), De Situ orbis, libro tercero, dice: Montes extant auri et argenti, habentes indaginem, quam metalleam nuncupant; y de aquí es llevar los ríos de Noguera Pallaresa y Segre arenas de oro, por estar llenas de él las entrañas de los Pirineos, que son aquellos montes de donde salen estos ríos que traviesan el condado de Urgel.
Este incendio de los Pirineos fue muy notorio a los antiguos autores, y Aristóteles hace memoria de él (2: Arist. De Mirabilibus Ausculta. ), diciendo: «dicen que en España quemaron los pastores en ciertos tiempos los montes, y que se calentó con el fuego de tal manera la tierra, que se derritió la plata; y como sobreviniesen terremotos, hiciéronse grandes grietas en la tierra, y por ellas cogieron mucha cantidad de plata, de la cual tuvieron grandes provechos los vecinos de Marsella.» Y Diodoro Sículo lo refiere (3: Lib. 6., Bibliothe. cap. 9. ), diciendo: «los montes que llamaron Pirineos son superiores a otros en longitud y altura, porque desde el mar del mediodía, (midi francés) hasta el océano del septentrión, dividen a España de Francia, y también se extienden por la Celtiberia más de tres mil estados: están llenos de selvas, y refieren, que en tiempos antiguos les pusieron fuego los pastores, y se abrasaron todas estas montañas, y por esta causa se llamaron Pirineos. Durando el fuego muchos días, corrieron arroyos de plata, que compraron a vil precio después los mercaderes fenicios de los naturales de la tierra, que no conocían el valor de este metal, y lo llevaron a Grecia y Asia, y adquirieron con él hartas riquezas; y de aquí quedó a aquellos montes el nombre de Pirineos, que les dieron los griegos moradores de España, y ha durado hasta el día de hoy, porque aquella palabra pyr, en griego, significa fuego. (pyros, pirómano
Entonces quieren algunos hubiesen venido a ella el gran poeta Homero y Hesiodo, que florecieron en el año 1140 antea del nacimiento de Jesucristo señor nuestro, según Casiodoro, y lo refiere Herodoto en su vida. La venida de Nabucodonosor, rey de Babilonia, con muchos hebreos, persas y caldeos, fue por estos tiempos; y todos venían por gozar de las grandes riquezas de este reino (sojuzgando a sus naturales), que eran en tanta abundancia, que, a más de lo que he dicho, de sus riquezas dice Estrabon (Lib. 3, De Situ orbis.), que había en ella montes de oro y plata, y que causaba admiración la destreza de los españoles en beneficiar las minas de que está lleno todo el reino. Y después, hablando el dicho autor de la ventaja que hay de los metales de España a los de Francia, dice: que se hallan pedazos de oro de a media libra, sin haber necesidad de acrisolarlos, y que ha acontecido quebrar las piedras y hallar dentro pedazos de oro del tamaño y forma del pezon de una muger, como sucedió también en tiempo de los reyes Católicos en las Indias. Y en otra parte dice: que del interés de las minas había hombres que solían sacar cada tres días un talento, que, según la cuenta de Ambrosio Morales, vale seiscientos ducados de doce reales; y Posidonio, autor griego, referido por Celio Rodigino (Rodeg., lib. 10, c. 22.), ponderando estas riquezas, y hablando del incendio de los Pirineos, dice: que todos los montes y collados de España dan materia para acuñar moneda, y que quien considerare esta tierra, hallará que es un erario de tesoro y una fuente perpetua de metales, y que Pluton, dios de las riquezas, mora en sus entrañas, y más en particular en los montes de los pueblos Ilergetes; pues los ríos que de ellos salen llevan arenas de oro, dando indicio y cierta señal de lo mucho que hay escondido en el centro de ellos. De estas riquezas de España hablan las divinas letras en los Macabeos (1), diciendo: Et audivit Judas nomen romanorum, quia sunt potentes viribus, …. et quanta fecerunt in regione Hispaniae, et quod in potestatem redegerunt metalla argenti et auri, quae illic sunt, et possederunt omnem locum consilio suo, et patientia. Y Diodoro Sículo las encareció más que todos, y con grandes exageraciones; y por ser tanta la abundancia de él, era muy poco estimado de los naturales: y dice Aristóteles como cosa notable, que los antiguos fenicios navegaron a Tarteso, que era a las riberas del río Guadalquivir, y que los españoles les dieron tanta plata en trueque de aceite y otras mercaderías viles (2), que no cupo en los navíos, y así se vieron obligados, al partir, de hacer de plata todos los vasos ordinarios, hasta las áncoras de los navíos; y así tengo por indubitado, que toda aquella abundancia de oro y plata que había en Jerusalén en tiempo de Salomón, referida por la sagrada Escritura (3), toda era de España, que era la tierra más abundante de estos metales que se conocía en aquellos siglos, y no solo de esto, pero aun de pavos, dientes de elefantes y monas, que traían apuellas (aquellas) flotas; porque pudo ser que se criasen en ella entonces y abundase de estos animales, así como carecía de aceite, cosa de que ahora tanto abunda; que largo espacio de tiempo todo lo puede mudar, y así como vemos hoy acabadas y sin beneficiarse las minas, es muy verisímil (verosímil) se acabase la especie de estos animales, que tan poco conocidos y naturales son hoy en ella.

(1) Macab., lib. 1, c. 8.
(2) Arist., De Mirabilibus Ausculta. in fine.
(3) Lib. 3 de Los Reyes, c. 10; y en el Paralipómenon, lib. 2, c. 9.

Todas estas venidas de gentes extranjeras no eran por amor que tuviesen a esta nuestra España y a sus naturales, sino para su provecho e interés de ellos; y así se puede considerar, qué agravios, qué opresiones, qué tiranías usarían con los naturales, porque el mejor rey, si es estraño pone en trabajo a sus estados, y cuando ame como debe a sus vasallos, siempre trae consigo ministros y privados de otros reinos, que todos son a maltratar y despojar la provincia que gobiernan, y más si no hallan en ella resistencia tal que les sirva de freno a sus ambiciones y codicias. Vímoslo en las Indias. ¡Qué de daño recibió aquella gente de los que fueron a la conquista de aquellos reinos Cuántos acabaron míseramente en el labor de las minas, sacando oro y plata y trayendo cargas de unos lugares a otros, como lo refiere fray Bartolomé de las Casas, obispo de Chiapa, (Chiapas) que cuenta cosas nunca oídas ni escritas! (Alejandro Magno fue un bonachón y campechano). Pues lo mismo pudieron nuestros españoles, señoreados de tantas y tan diversas naciones; y es cierto, que habiendo naturales de la tierra, (alguno habría antes que esos, aunque fuesen los macacos de Gibraltar) no habían ellos de trabajar en sacar las minas y beneficiar los metales que salían de ellas (hombre, hay que aprovechar las cualidades genéticas de los nietos de Noé), y es muy verisímil que muchos fenecieron sus días en aquellos insoportables trabajos (como los mineros de Asturias en el siglo XXI, o los buscadores de diamantes de África): así que, lo que les había de hacer ricos y prósperos, les hizo pobres y abatidos, mayormente, que ni ellos conocían el valor del oro y su estima, así como los de las Indias que por cascabeles, espejos, y otras bujerías semejantes daban cantidades de oro notables; y estos, sin duda trabajaron tanto en sacarlo de la tierra, que lo acabaron del todo, o se acabaron los que trabajaban las minas, pues después de salidos los romanos, no se sacaba ya cosa de consideración ni de valor, y después de la venida de los moros en ella, hasta los reyes Católicos, que descubrieron las Indias, (ellos no, un Pinzón) hubo tanta penuria en estos reinos de estos metales y de moneda, que fue necesario hallar los cornados, blancas, maravedises, ardites, dineros, pugesas, mallas y otras monedas de poco valor y precio, que usaron y aun quedan en Castilla y Corona de Aragon, donde no se contaba por escudos y ducados como ahora, sino por sueldos; así que, quien tenía mil sueldos de renta era riquísimo, cosa que hoy apenas basta para la vida y sustento ordinario de un hombre: y esta falta de oro y plata nació de la solicitud y codicia que pusieron estas naciones bárbaras y extranjeras en llevarse estos preciosos metales, y de acabarse los que los sacaban y trabajaban en ellos, como será muy contingente no suceda lo mismo en los dilatados reinos de las Indias; y después que fueron acabados los naturales de España, se valieron de esclavos; y en tiempo de los romanos estos eran los que trabajaban en esto, porque ya no se encomendaban a hombres libres, ni había quien se pusiese en tan peligroso trabajo por solo el jornal ordinario, porque el riesgo de la vida era evidente, y así solo los esclavos y forzados se ocupaban en este mortal ejercicio:
y se halla, que en las minas de Cartagena trabajaban cuatrocientos esclavos, y en esto metían a los que tomaban en la guerra, y condenaban a los que habían cometido delitos, y enviaban a ellas muchos de los santos mártires de Jesucristo señor nuestro, según vemos en todas las historias eclesiásticas, que era lo que decían dari ad metalla, y era pena muy usada, por tener muchos que sacar: y si el día de hoy no se benefician en España, es lo uno, por lo mucho que viene de las Indias, a costa y sudor de los naturales y esclavos de aquellos reinos; y lo otro, por haber faltado la mucha gente que había en España, y quedar esta provincia muy despoblada, y los delincuentes que la justicia condena y esclavos que se toman, haberse de emplear en el servicio de las galeras. Y si después de haber tantos años que este ejercicio es acabado, y quedar las minas ya perdidas, sin saberse dónde están, ni cuidar de ello los naturales, los ríos del condado de Urgel y sus pueblos ilergetes llevan aún arenas de oro, y estas con abundancia; se infiere de aquí, qué ricos y abundantes de ello serían estos pueblos en aquellos tiempos, y qué trabajos padecerían los naturales de ellos con las venidas de tantas y tan bárbaras naciones y gentes.