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Un joven vaquero cristiano llevaba
todos los días sus vacas a beber a la pequeña laguna de Añavieja,
situada en la actual provincia de Soria, lugar en el que solía
coincidir con una joven pastora de ovejas. Entre ambos surgió, cosa
natural, el amor. Y no es nada extraño, por lo tanto, que Sebastián,
el muchacho, quisiera obsequiar a la joven, regalándole un vaso
tallado en hueso, una colodra, que él mismo había trabajado con
mimo valiéndose de una navaja y del asta de una de sus vacas.
Un mal día, el zagal, no se sabe cómo,
perdió su vacada y, apremiado por el miedo al amo y por la necesidad
de ponerse a salvo, huyó hacia la ciudad de Tarazona, encontrando
trabajo en la casa de un rico labrador mozárabe. Había cambiado el
cayado por la azada con la que cultivaba las tierras de su nuevo
señor.
Fue así como una mañana, cuando
regaba las huertas de su amo con agua del Selcos, notó que algo,
envuelto en una masa cenagosa, dificultaba el paso del agua. Cogió
la azada para remover el barro y liberar al agua retenida y su sorpresa fue enorme cuando, en el
fango que motivaba la obstrucción, apareció la colodra que había
regalado a Justina, su amada. Aquel hecho venía a demostrar que el
agua que manaba en el nacedero de San Juan venía directamente desde
Añavieja, por debajo del imponente Moncayo.
Conocieron lo ocurrido las autoridades
moras de Tarazona y, temiendo que si se enteraban de ello los
castellanos pudieran cortar el agua a la ciudad, apresaron al
muchacho y lo encerraron en la mazmorra. Podía ser tan grave aquello
que decidieron enmudecer al zagal, de modo que el walí ordenó que
fuera ahorcado.
Los mozárabes de Tarazona, enterados
de lo ocurrido, promovieron grandes disturbios: la ciudad vivió días
de una agitación que no dejó de crecer. Sólo volvieron las aguas a
su cauce cuando Justina —tras solicitar audiencia al walí y
tomando precauciones para que no le sucediera lo que a Sebastián—
le amenazó con divulgar el origen de las aguas, pues ella conocía
la verdad.
La valentía de la muchacha surtió
efecto y el walí tomó medidas para congraciarse con los mozárabes,
de modo que la paz volvió a la ciudad.
[Soria García, Miguel A., Tarazona y
su comarca, mi tierra, págs. 221-222.]
113. APARICIÓN DE UN FALSO ALFONSO I (SIGLO XII. ZARAGOZA)
Corrían tiempos en los que el reino de Aragón se hallaba inmerso en una pacífica minoría de edad de su rey Alfonso II, tutelado por su madre doña Petronila —la hija del rey monje—, cuando un hecho verdaderamente singular vino a turbar ese sosiego sobre todo entre el pueblo, por otra parte bastante crédulo y ávido de noticias sobre los componentes de la monarquía, institución siempre algo distante e inaccesible.
Lo cierto es que poco a poco se fue corriendo la desconcertante noticia de que Alfonso I el Batallador —que para todo el mundo había fallecido tras la triste derrota de Fraga ante los musulmanes— no sólo estaba vivo sino que había sido visto en público en repetidas ocasiones y en lugares diversos. En efecto, un hombre desconocido comenzó a aparecer a los ojos de todos diciendo que era el mismísimo Batallador.
Entre el pueblo hubo quienes, por razones e intereses muy diversos, quisieron dar crédito a un personaje que, con ciertos artificios, logró algunos adeptos. Como la memoria del añorado Batallador era todavía venerada entre los aragoneses, sobre todo entre los más ancianos, todos quisieron ver en él a aquel que decía ser, máxime cuando era capaz de hablar de hechos concretos y hazañas que los oyentes recordaban perfectamente e incluso dar razones convincentes de ciertos linajes y familias.
Sin embargo, entre los seniores y ricos hombres nadie creía que aquel anciano pudiera ser el mismo Batallador, por mucho que quisiera justificar su ausencia del reino por haber marchado a Asia como peregrino, interviniendo allí en múltiples batallas contra los turcos. Buena parte de esta nobleza, sobre todo la que estaba más próxima al palacio real, instó a que doña Petronila pusiera fin a aquella situación, propicia para quienes deseaban nuevas alteraciones de las que sacar provecho.
Habiéndose llegado a originar ya algunos disturbios, y hallándose en Zaragoza doña Petronila y su hijo, que pronto sería Alfonso II, ciudad donde el eco era mayor, se ordenó prender al impostor, que acabó siendo ahorcado, con lo cual de nuevo llegó el sosiego necesario.
[Zurita, Jerónimo, Anales de la Corona de Aragón, libro II, págs. 71-73.
Ubieto, Antonio, «La aparición del falso Alfonso I...», Argensola, 33 (1958), 29-33. Balaguer, Federico, «Alusiones de los trovadores al pseudo Alfonso el Batallador», Argensola, 33 (1959), 39-47.]
2.58. UN INTENTO DE RECUPERACIÓN MORA DE DAROCA (SIGLO XII. DAROCA)
Después de haber reconquistado Zaragoza, Alfonso I el Batallador tuvo que hacer frente a un importante ejército musulmán en Cutanda, donde venció. Aquella victoria significó la posibilidad de conquistar Daroca, principal enclave murado a la vera del río Jiloca, plaza que, en efecto, pasó a sus manos en 1122. Aunque una parte importante de los moros darocenses decidió quedarse en sus casas, otros optaron por el exilio, refugiándose en tierras de Molina, Cuenca o Valencia, en espera de una reacción que nunca llegó. Algunos, por fin, merodearon por la comarca formando grupos de bandoleros que dificultaban el tránsito por sus caminos. Ello hizo que Alfonso I, como medida de precaución, ordenara una vigilancia permanente de Daroca.
Entre los moros que se hallaban al acecho estaba, capitaneando un importante grupo de hombres de guerra, el jerife Omar ben Ahmed, hijo de Ahmed ben Ibrain, derrotado por Alfonso I en Cutanda. Cuando se consideró con fuerzas suficientes, se propuso la recuperación de Daroca procurándose como aliados a los moros y judíos darocenses.
Envió a Daroca a un alfaquí llamado Jahy ben Jaldum con instrucciones para, una vez en Kal’at Darawka, soliviantar a sus correligionarios, a los que conocía por haber vivido en ella durante buena parte de su vida, conviniendo en la fecha en la que Omar ben Ahmed atacaría las murallas darocenses. Pero Jahy ben Jaldum fue interceptado vestido de cristiano por una partida de jinetes darocenses quienes, tras reconocerle, lo confinaron en la zuda, de modo que no pudo llevar a cabo una parte del plan urdido por Omar ben Ahmed, desconocedor de lo que había ocurrido. Por eso, éste siguió con sus planes y, amparado en la oscuridad de la noche, cabalgó por los llanos de Gallocanta con la intención de asaltar los muros de Daroca aquella misma noche.
En la villa darocense, los centinelas se habían dormido. Pero quiso la fortuna que, ante el estruendo de las cabalgaduras moras, las ocas levantaran el vuelo asustadas, despertando con sus graznidos a los centinelas. Dada la alerta, los jinetes musulmanes —que no pudieron contar tampoco con la esperada ayuda de sus correligionarios— fueron vencidos y hechos prisioneros, descubriéndose además la misión de Jahy ben Jaldum, que fue ahorcado en la plaza. En reconocimiento a su inesperada y providencial ayuda, los darocenses incorporaron a su escudo seis ocas, en sustitución de otros tantos lirios.
[Beltrán, José, Tradiciones y leyendas de Daroca, págs. 63-66.]
Anser anser domesticus - todas las variedades de ocas domésticas procedentes de Eurasia. La oca del Ampurdán - ave procedente de la cría selectiva del ganso común salvaje en el norte de Cataluña. Se caracteriza por ser blanca y poseer un característico copete sobre la cabeza.