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domingo, 28 de junio de 2020

CAPÍTULO XV.


CAPÍTULO XV.

De las paces que, después de vencidos, hicieron Mandonio e Indíbil con Scipion; y de su vuelta a Roma.

a Scipion, aunque victorioso, no pasó por alto cuán dañosa podía ser a los romanos la enemistad de los príncipes y hermanos Mandonio e Indíbil; y estimando más reconciliarse con ellos, que tenerlos por enemigos, dio demostraciones de su deseo, porque así con menos temor vinieran para él. Entendido esto, unos dicen que le enviaron sus embajadores para tratar la paz, y otros que Indíbil envió a Mandonio su hermano a Scipion; y esto es lo más cierto: y llegado ante él con humilde reposo, se le echó a sus pies, y con muy concertadas razones echó la culpa de las alteraciones pasadas a la rabia y hedor de aquel tiempo, que, a semejanza de una pestilencia y contagio, habían cundido y pegádose de los reales romanos que estuvieron cabe del río Júcar a las gentes comarcanas, inficionándoles con un mismo desvarío y locura; y no era mucho de maravillar errasen los ilergetes y jacetanos, cuando los mismos reales de los romanos desatinaron; y la condición suya y de su hermano y de todos sus pueblos era tal, que darían de buena gana su vida, si era esa la voluntad de Scipion, y que si se la concedía, se doblarían los beneficios recibidos, y crecería la obligación de ser perpetuamente suyos y del pueblo romano.
Dice Livio que era ceremonia y costumbre de los romanos, muy usada en la guerra, que cuando habían de perdonar a alguno sus errores pasados y concertarse con él y tomarle por amigo, no tenerle por súbdito, ni mandarle como a tal, hasta que hubiese entregado todo cuanto de cielo y tierra, como ellos decían, de divino y humano poseía: quitábanle las armas, tomaban de él rehenes, apoderábanse de sus ciudades y de todos los templos y sacrificios de ellos, y ponían gente de guarnición que las tuviesen por los romanos; y ya entonces les tenían por sujetos y les mandaban lo que convenía. No quiso hacer nada de esto Scipion con Mandonio e Indíbil, por gran braveza de mostrar cuán en poco los estimaba, pues no curaba de asegurarse de ellos: solamente les representó lo grave de su culpa con ásperas palabras, y acabó con decir que por sus yerros merecían la muerte, mas que por merced del pueblo romano y beneficio suyo, se les otorgaba la vida, y que ni quería quitarles las armas, porque no tenía que temer en ellos, ni pedirles rehenes, porque cuando otra vez quisiesen volver a levantarse, él no había de castigar los rehenes, que ninguna culpa tenían, sino a ellos en quien estaba toda; y que ya que conocían bien la fuerza y poderío de los romanos y su clemencia y benignidad, que en su mano dejaba experimentar lo que más quisiesen. Con esto se fue Mandonio, mandándole solamente Scipion que él y su hermano diesen cierta suma de dinero, con que se pagase el sueldo a la gente de guerra.
Siendo el estado de los pueblos ilergetes el que queda referido, y quitados los cuidados que pudieran dar estos dos caballeros, si no se reconciliaran con Scipion, Magon se salió de España, porque se juzgó imposibilitado de poder cobrar lo que había perdido; y más quedando Mandonio e Indíbil vencidos, acabáronsele los alientos y esperanzas que siempre había tenido, que si los ilergetes quedaban vencedores, él volvería a su antigua prosperidad, y aun se reconciliaría con ellos; pero como todo le salió al revés, mudó de tierra, esperando también mudar de suerte y ventura. Antes de salir de España, tentó tomar la ciudad de Cartagena; pero fue vano su pensamiento: lo mismo hizo en la isla de Mallorca, y le salió de la misma manera: fue a Menorca y tomó puerto, y después de ser recibido de los isleños y hecho con ellos sus confederaciones, se salió de ella, y dejó el nombre a aquel puerto, que hoy llamamos Mahon, aunque no falta quien le da más antigua etimología. Entonces los de Cádiz, que eran los que hasta aquel punto habían perseverado en la amistad de los cartagineses, se confederaron con Scipion, de manera que no le quedó al senado de Cartago en toda España una sola almena, después de haberla poseído más de doscientos años.
Scipion, no teniendo más que hacer en España, y habiendo encomendado el gobierno de ella a Lucio Cornelio Léntulo y Lucio Manlio Acidino, con título de procónsules, se volvió a Roma con pensamientos de recibir la honra del triunfo, que era la mejor que se le podía dar, si era que el senado se lo quisiese conceder, aunque él no pensaba pedirla porque era muy verosímil se le negaría, por faltarle las circunstancias que se requerían para merecer tal honra. Lo que pasó con Scipion acerca de ella es, que antes de entrar en la ciudad de Roma, por saber los senadores, de su boca, lo que había hecho en España, se juntaron en el templo de la diosa Belona, que decían serlo de la guerra, que estaba fuera de la ciudad, en el campo Marcio. Aquí refirió todo lo que hizo en España, las batallas que había tenido, victorias que había alcanzado, ciudades y amigos que había ganado, que siendo señor y dueño de esta provincia el senado cartaginés, y teniendo en ella cuatro valerosísimos capitanes, él los había de tal manera sacado de España, que en toda ella no había quedado uno solo de aquella nación. Representóles el poder y riqueza de los hermanos Mandonio e Indíbil, la muchedumbre de pueblos y vasallos que tenían, y como quedaban amigos del pueblo romano, y que cuando no hubiera hecho otra cosa sino solo esta, era digno de triunfo, así por ello, como también por dejar la provincia quieta y sosegada y a devoción del senado y pueblo romano. Estas y otras cosas representó en el senado; pero no pudo alcanzar por ellas el triunfo que deseaba. Dióse por respuesta, que no se hallaba hasta entonces haber triunfado ninguno sin haber tenido oficio señalado en la república, como cónsul, dictador o pretor, y él no había venido a España con ninguno de estos títulos, porque su poca edad lo impedía, sino con solo nombre de capitán general; y también que él no había dejado la tierra de España en orden y concierto de provincia sujeta: y así entró en Roma con la ovación, que era menor fiesta y pompa que el triunfo. La diferencia que había de él a la ovación y cosas tocantes a los premios que solían dar los romanos a capitanes y soldados, menta muy largamente fray Gerónimo Román en sus Repúblicas.