Mostrando entradas con la etiqueta hachones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hachones. Mostrar todas las entradas

martes, 23 de junio de 2020

EL MAS DE FERRER, BENABARRE

292. EL MAS DE FERRER (SIGLO XV. BENABARRE)

EL MAS DE FERRER (SIGLO XV. BENABARRE)


Siguiendo con la ruta que se había trazado por el Somontano y el Pirineo (Barbastro, Graus y Aínsa), Vicente Ferrer, algo avanzado ya el verano de 1415, fue a parar a tierras de Benabarre. Como en el resto del recorrido, familias enteras, entre enfervorizadas y curiosas, acudieron a oír su palabra. No había camino por el que no llegaran a Benabarre, casi en peregrinación, los habitantes de todos los pueblos aledaños.

En esta ocasión, el fraile dominico se trasladó un día desde Benabarre al cercano Mas de la Pudiola, una de las muchas masadas que hay diseminadas por toda la comarca. Allí fue recibido con grandes muestras de cariño y respeto por sus masoveros, que le sentaron complacidos a comer a su mesa. Cuando al cabo del rato intimaron un poco, Vicente Ferrer les pidió que, en recuerdo de aquella corta pero entrañable visita, cambiaran el nombre que desde siempre había tenido la masada por el de Mas de Ferrer.
Lo meditaron sus dueños y por eso se le conoce hoy así.

Este curioso suceso no hubiera dejado de ser una mera anécdota si doscientos setenta y cuatro años después, es decir, en 1689, en vísperas del día de san Vicente, no hubiera fallecido la entonces dueña del mas, doña Felipa de la Casa, devotísima del santo.

Decidieron trasladar el cuerpo de esta mujer desde la que había sido su morada hasta el convento de Nuestra Señora de Linares de Benabarre. Durante la media hora de camino y más de cuatro horas que duró el oficio, ardieron de veinticinco a treinta hachones. Cuando todo terminó, viendo que los hachones permanecían casi intactos los pesaron. Su peso era el mismo que cuando los sacaron de la bodega.
Sin duda alguna, el santo valenciano había intervenido en hecho tan portentoso.

[Vidal y Micó, Francisco, Historia de la portentosa vida..., págs. 231-232.]

sábado, 27 de julio de 2019

LA FUERZA DE LAS ARMAS

147. LA FUERZA DE LAS ARMAS (SIGLO XIV. SÁSTAGO)
 
LA FUERZA DE LAS ARMAS (SIGLO XIV. SÁSTAGO)
 
 
El señor de Sástago, Blasco de Alagón, y Gastón de Ayerbe, abad del vecino monasterio cisterciense de Rueda, situado junto a Escatrón, aunque a la otra orilla del Ebro, habían heredado y venían sosteniendo un largo pleito por cuestiones territoriales relacionadas con sus colindantes haciendas. Arbitrajes diversos no habían logrado acercar a las partes y el conflicto se recrudecía de cuando en cuando.
 
Corría el año 1393, en pleno Cisma de Occidente, cuando el fraile fue invitado un día a acudir al castillo
de Sástago para tratar de solventar las diferencias que les separaban. Aunque receloso, don Gastón avió sus mulas, llevando en una arqueta de madera los pergaminos que, según él, acreditaban la razón de sus pretensiones.
 
El viaje se desarrolló sin incidencias, aunque siempre observado a prudente distancia por hombres armados del conde. Una vez en el castillo, todo parecía desarrollarse en un clima tenso, pero cortés, y nada hacía presagiar el giro que iba a tomar la entrevista.
 
En efecto, los acontecimientos se desarrollaron vertiginosamente. Una vez finalizada la cena, varios
servidores del señor de Sástago iluminaron más la estancia, prendiendo varios hachones que se apoyaban en las paredes o colgaban del techo. Parecía que iba a tener lugar una fiesta en honor de su huésped.
Sin embargo, el conde, rodeado de varios oficiales de su pequeña corte, y abusando de su poder y hospitalidad, ordenó colocar en la cabeza del religioso una especie de capacete calentado al rojo vivo, a modo de mitra, mofándose del fraile, que pugnaba por deshacerse de tan mortífero instrumento.
Don Gastón, indefenso, terminó muriendo.
 
Aunque era de noche, los soldados pusieron el cuerpo inerte y sin vida del abad cruzado sobre una mula,
arreando a la bestia que, aun sin guía, puso rumbo hacia el monasterio. Al amanecer, los relinchos del bruto alertaron al fraile portero, que pronto descubrió el macabro espectáculo.
 
Los monjes protestaron ante el rey, que intentó hacer justicia, pero el conde, como solía ocurrir en estos
tiempos del Cisma, viajó a Roma, no a Avignon, como peregrino para implorar y conseguir el perdón pontificio.
 
[Beltrán, Antonio, De nuestras tierras..., III, pág. 115.]