Siguiendo con la ruta que se había trazado por el Somontano y el Pirineo (Barbastro, Graus y Aínsa), Vicente Ferrer, algo avanzado ya el verano de 1415, fue a parar a tierras de Benabarre. Como en el resto del recorrido, familias enteras, entre enfervorizadas y curiosas, acudieron a oír su palabra. No había camino por el que no llegaran a Benabarre, casi en peregrinación, los habitantes de todos los pueblos aledaños.
En esta ocasión, el fraile dominico se trasladó un día desde Benabarre al cercano Mas de la Pudiola, una de las muchas masadas que hay diseminadas por toda la comarca. Allí fue recibido con grandes muestras de cariño y respeto por sus masoveros, que le sentaron complacidos a comer a su mesa. Cuando al cabo del rato intimaron un poco, Vicente Ferrer les pidió que, en recuerdo de aquella corta pero entrañable visita, cambiaran el nombre que desde siempre había tenido la masada por el de Mas de Ferrer.
Lo meditaron sus dueños y por eso se le conoce hoy así.
Este curioso suceso no hubiera dejado de ser una mera anécdota si doscientos setenta y cuatro años después, es decir, en 1689, en vísperas del día de san Vicente, no hubiera fallecido la entonces dueña del mas, doña Felipa de la Casa, devotísima del santo.
Decidieron trasladar el cuerpo de esta mujer desde la que había sido su morada hasta el convento de Nuestra Señora de Linares de Benabarre. Durante la media hora de camino y más de cuatro horas que duró el oficio, ardieron de veinticinco a treinta hachones. Cuando todo terminó, viendo que los hachones permanecían casi intactos los pesaron. Su peso era el mismo que cuando los sacaron de la bodega.
Sin duda alguna, el santo valenciano había intervenido en hecho tan portentoso.
