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martes, 26 de octubre de 2021

X. UNA AGALLA DE CIPRÉS.

X.

UNA AGALLA DE CIPRÉS. 

X.  UNA AGALLA DE CIPRÉS.


Dale que dale! Malditas sean las campanas, y el primero que fundió bronce para construirlas. 

- Buen badajo hubiera hecho en la famosa de Huesca el bárbaro de cuya mollera salió tal engendro. 

- Dichosa Stambul! quién pudiera enviarte un cargamento de nuestros campanarios en cambio de una remesa de tus serrallos

- Con sus odaliscas y todo. 

- Esto se da por sobreentendido, Alfredo. Brava especulación fuera si nos llegasen vacíos. 

- Dale! Pues señor, esta noche no hay que esperar interrupción, ni treguas, ni intermitencia, ni pausa, ni... 

- Música más deliciosa! Ni el gong de los chinos. Apuesto mis orejas a que las de Midas serían incapaces de resistirla.

- Ello es que no existe mal alguno que no lleve entreverado algún bien de más o menos cuantía. En la actualidad pudiéramos exclamar: Bienaventurados los sordos

- (Porque ellos no oirán majaderías,) dijo para sus adentros uno que fuera del corro estaba oyendo la conversación. 

- Lo que es. Hoy por hoy tomaría con las dos manos una sordera, como si dijéramos, provisional o interina. 

- Y aunque fuese dando dinero encima, añadió Alfredo. 

- Por mi parte me contentaría de poder cerrar mis oídos con siete candados. 

- Pues hay más que atiborrarlos de algodón, o tapiarlos con cera como los compañeros de Ulises

- Si tanto pudo en ellos el riesgo de las sirenas, qué no haría la realidad de ese atroz campaneo

- Estoy por las sirenas: vengan estas, y abajo las campanas

Merced a estos y otros insípidos chistes, con visos y pretensiones de epigramáticos, mataban el tiempo tres o cuatro mozalbetes sentados alrededor de una mesita, cubierta de tazas vacías y frascos de diversos licores, mientras el melancólico tañido de todas las campanas, como un coro de estentóreas voces, hacía un simultáneo llamamiento a la piedad de los fieles excitándoles a rogar por las almas de sus antepasados. Sucedía esto la víspera del día de difuntos; razón por la cual tan escasamente concurrido se hallaba aquel café, que fuera de los jóvenes indicados no había en el salón más que un caballero algo maduro ocupando la mesa inmediata. Parroquiano indefectible, abonado a prueba de vientos y de lluvias, de truenos y de relámpagos, cotidiano como el pan, y callado como un turco, era tan puntual en sus horas de entrar y salir del café, que habiéndolo observado uno de los concurrentes dijo: Este hombre es un reloj. - De arena, añadió Alfredo, y desde entonces con este mote solían designarle. Porque si bien los rasgos de su noble al par que severa fisonomía eran suficiente aguijón de la curiosidad, poca cosa acerca de él se había averiguado. La inventiva de los ociosos acumulaba suposiciones que al fin y al cabo venían a tierra como faltas de solidez y fundamento. Lo único que se sabía era que todas las mañanas acudía a la misma iglesia, todas las tardes al mismo solitario paseo, y al cerrar de la noche se le veía un rato en el café, donde sentado en el mismo puesto, pedía la misma taza y copa, y entre sorbo y sorbo fumaba un rico habano, sin trabar relaciones con nadie ni mezclarse en conversación alguna. Inferíase de aquí que era un hombre excéntrico y huraño con sus puntas de insociable, exacto como un instrumento de matemáticas, y metódico como un tratado de filosofía. Por lo demás la gallardía de su persona, la viveza y expresión de su mirada, y los marcados lineamientos de sus facciones, singularmente provistas de una belleza varonil, daban claro a entender que en sus mocedades estuvo dotado de pasiones vivísimas, sostenidas por el vigor de su carácter, por los atractivos de su figura, y por la fogosidad y energía de su temperamento. 

Sentado con cierta negligencia en el ángulo más retirado del café, y medio envuelto en la azulada gasa que tejían las sucesivas espirales del humo de su cigarro, no perdía sílaba de la conversación que los jóvenes, sin recatarse de él, continuaban a sus anchuras. 

- Sabéis, exclamó uno, que si ahora tuviese a mano un clerizonte, con una sencilla pregunta iba a meterle en calzas prietas? De qué diablos puede aprovechar a los muertos el romper de este modo la cabeza a los vivos? 

- Y sabe V. ya, de qué puede aprovechar a los vivos cuanto les traiga a la memoria el recuerdo de los muertos

Esta brusca interpelación con que el desconocido, sin preámbulo alguno, se entrometía en el coloquio, cosa tan ajena de sus costumbres y de la cual ningún otro ejemplo se conocía, causó tal extrañeza en aquellos jóvenes, que se quedaron como cortados y mirándose unos a otros, sin saber con qué términos ni en qué tono responder a ella. 

- Caballero, balbuceó el interpelado al cabo de algunos momentos. 

- Supongo que no van a ofenderse Vds. de la libertad que me he tomado. 

- De ningún modo. Es V. muy dueño, replicó el primero ya más animado; pero no podrá menos de convenir con nosotros que es muy cargante, muy destemplada, muy fastidiosa la serenata que nos están dando. 

- A no ser que le parezca a V. música celestial por serlo de tejas arriba? añadió otro de los interlocutores. 

- Es música que si no halaga los oídos despierta los afectos. ¡Cuántas sonatas de célebres maestros aspiran en valde a lograr tal resultado! 

- Perdóneme V. la franqueza, saltó Alfredo, que era el que más presumía de chistoso. ¿Es V. por ventura fundidor o sacristán? 

- Ni lo uno ni lo otro, respondió el desconocido con una amable sonrisa que dio más alas a sus contendientes. 

- Pues no siéndolo es extraño que se haga V. el abogado de las campanas. 

- Y no sólo de las campanas sino de las funestas ideas que excita su clamoreo. ¿Le parece a V. que tan de sobra están en la vida los ratos alegres para que todavía hayan de buscarse medios artificiales de entristecernos? 

De los pueblos cultos deberían desterrarse, a mi entender, todas estas cosas que producen sensaciones repugnantes. ¡Qué afán de contrariar las leyes de la naturaleza, en una época en que la civilización, la ciencia, las artes y la industria se muestran tan solícitas para complacerla! 

- Ya sé que la ciencia echa mano a todos sus recursos para prolongar la vida, y la civilización trata de alejar cuanto sea posible el pensamiento de la muerte; pero es preciso confesar que la muerte se está burlando de la civilización y de la ciencia. 

- Pues entonces, dijo otro de los jóvenes; no hay más sino que cada quisque tenga al canto un monaguillo que le susurre al oído el Hermano morir tenemos de los trapenses. 

Cuando el señor llegue a ministro va a echarnos un proyecto de ley para que todo hijo de vecino cave su sepultura en el jardín, o construya un sarcófago en el desván de su casa. 

- Paréceme que el asunto no se presta tanto a las bromas. Las campanas con su lenguaje simbólico...

- Para lenguaje simbólico el de un reloj de arena. 

A esta inesperada ocurrencia de Alfredo respondió una estrepitosa carcajada de sus compañeros, quienes trataron luego de reprimirla para que no se trasluciera su maliciosa descortesía. 

- No comprendo esta hilaridad, porque de veras no atino con el chiste, continuó después de una breve pausa el desconocido. Decía que las campanas, el reloj de arena, ya que el señor lo ha indicado, y mil otras cosas, quizás pequeñas y de ningún momento, por los usos a que la tradición las ha consagrado, por las aplicaciones que de ellas ha hecho la sociedad, por lo que han intervenido en las alegorías de los poetas, por lo que representan, por lo que recuerdan, en fin por la sola ley de asociación de las ideas, están dotadas de un lenguaje simbólico en que muchas veces no paramos la atención por lo mismo que es vulgar y conocido. Y ya que tocamos esta materia, si Vds. me lo permiten... 

- Caballero, si V. se propone echarnos un sermón nada diré en cuanto al tiempo; pero en cuanto al lugar me permitirá V. la observación de que es muy poco a propósito. 

- No me creo autorizado para tanto, ni he de caer en la inconveniencia de trasformar en púlpito una mesa de café. Me limitaba a referir una historia

- Una historia! esto es otra cosa, exclamaron todos a la vez. 

- Sin duda será una historia propia de este día, lúgubre, romántica,  espasmódica, horripilante. (nota: varios textos de Tomás Aguiló son del romanticismo. Hay muchos autores españoles y extranjeros representantes de esta época literaria o este movimiento literario; citaré sólo dos: Gustavo Adolfo Bécquer, Edgar Allan Poe. Pueden comparar sus escritos, tanto prosa como poesía, con los textos de este libro.)

Edgar Allan Poe, corv, chapurriau


- Una historia de aparecidos, con sus llamas de fósforo y su ruido de cadenas

- Vamos a tener el Convidado de piedra con veinte y cuatro horas de anticipación.

- Nada de todo esto: es una historia más sencilla y más moderna. 

- Mejor que mejor, atención amigos. 

Y encendiendo todos un nuevo puro se pusieron a escuchar con religiosa atención. 

Yo... dijo el desconocido, y deteniéndose un breve rato como para coordinar sus ideas, volvió a decir: Yo tenía un amigo, un amigo intimo, de cuya veracidad estoy tan seguro que me atreviera a prestar un juramento sobre su palabra, con el mismo descanso con que lo prestaría apoyado en el testimonio de mis ojos. Ni su nombre, ni su patria hacen al caso: llamémosle Federico, que lo mismo da este nombre que otro cualquiera. Hallábase en la flor de su juventud, envidiado de muchos, y viendo a muy pocos sobre quienes pudiese recaer su envidia. Pródiga con él había andado la naturaleza, y su brillante posición en la sociedad no le dejaba razón alguna de quejarse. Mozo, rico, de gallarda apostura y no vulgar despejo, reunía todas las prendas que hacen agradable el comercio de los hombres y cautivan la atención del otro sexo. En el concepto del mundo rayaba en el apogeo de la felicidad humana. Dotado de un corazón inflamable con suma facilidad y no menor vehemencia, recorría los senderos floridos del amor, cogiendo cuantas rosas lisonjeaban su vanidad o estimulaban su codicia, sin que se lo estorbasen miramientos humanos ni respetos de más elevada jerarquía. Su fuerza de voluntad, impulsada por un temperamento de fuego, arrollaba cuantos obstáculos se le oponían, pasándoles por encima con el mismo desembarazo de un jinete, que huella los cadáveres de los enemigos que su lanza ha derribado. 

Por su desgracia, o mejor por su fortuna, Federico vino a enamorarse perdidamente de una mujer hermosísima que, si bien compartía su violenta pasión, resistía a sus multiplicadas instancias, agarrándose con la desesperación de un náufrago a las reliquias de su virtud tan duramente combatida. Era esta la esposa de un antiguo amigo de Federico, hombre de alguna más edad, que habiendo hecho un casamiento ventajoso residía la mayor parte del año en una solitaria quinta, distante ocho leguas de la capital de provincia donde tuvieron lugar los sucesos que voy refiriendo. El conde, que este título debía a su mujer, entregado al mejoramiento de unas tierras que acrecentaban su patrimonio, vivía con ella, ya que no embriagado con los transportes de una pasión ardiente, habituado al menos a la calma de una regular armonía, sin que el menor recelo de una infidelidad posible viniese a turbar la paz de sus hogares. Ajeno a toda sospecha de que le cercase el menor riesgo, ningún cuidado había puesto en rodearse de precauciones. Como el muchacho de la fábula dormía sobre la fresca yerba a la orilla del precipicio; pero quizás tampoco le hubiera valido el estar despierto si la Providencia no hubiese velado por él. Porque Federico tenía tanto de sagaz como de emprendedor, y si bien es verdad que metido en una intriga amorosa no le hubiera arredrado el escándalo, también lo es que tomaba con todo esmero sus medidas a fin de impedir que sobreviniesen lances desagradables, y se conducía de manera que siempre quedaban en salvo las apariencias. Nunca había hecho alarde de calavera, y para dar valor a sus triunfos no necesitaba el ruido del aplauso ajeno. Caminaba derecho a su objeto con un aire de estudiada indiferencia, prefiriendo los senderos más tortuosos si eran los más ocultos, y entonces, si puede pasar esta metáfora, diré que ni el indio más perspicaz hubiera distinguido las huellas da sus mocasines. Para quien no le conocía a fondo Federico era una persona tan leal como inofensiva. 

Y uno de los que no le conocían a fondo, de los que ignoraban la historia de sus aventuras, y la fogosidad de sus pasiones era el conde que tan alejado vivía del teatro de sus hazañas. A la solitaria quinta situada en la frondosa y apacible ladera de una montaña no llegaban los sordos rumores que esparcen las auras de las grandes poblaciones, y este silencio monacal no dejaba de ser bastante fastidioso para la condesa que, sobrado joven e inexperta, lamentaba como perdidos en la soledad los atractivos de su hermosura, y echaba (de) menos la vida de animación y de bullicio de la cual fueron mentido presagio sus riquezas y nacimiento. Así cuando Federico llegó por casualidad a la quinta, no sólo se alegró mucho el conde por estrechar de nuevo entre sus brazos a un antiguo amigo, empeñándose en que había de pasar con él unos días, sino que también se regocijó en extremo la condesa, viendo en ello un acontecimiento que iba a proporcionarle ratos de honesta distracción de que tan sedienta se hallaba. 

Lo primero que hizo Federico fue cuidar de que no se trasluciese en su rostro ni en sus palabras la fuerte impresión que causaba en su pecho la singular hermosura que tan sin pensarlo había descubierto. Porque si bien se le encendía el corazón nunca se le desvanecía la cabeza. El amor en él era una gran calentura, pero sin delirio. Así el conde confiado como un niño insistió en que prolongase su permanencia, y le cobraba por instantes mayor afecto, y le refería el estado de sus negocios, y le daba cuenta de sus proyectos agrícolas, y sobre todo le dejaba a sus anchuras con sobra de espacio para ver a la condesa, y admirar sus gracias, y entretenerla con pláticas sabrosas, en que al principio una discreta galantería estaba tan bien entretejida de picantes anécdotas y epigramáticos chistes, que en ellas no hubiera hecho hincapié el ánimo más suspicaz y receloso. Poco a poco en las frivolidades de una conversación amena se entremezclaron cuestiones metafísicas acerca del amor, reflexiones sobre la insustancialidad de los placeres bulliciosos, calculadas lisonjas, poéticos idilios a la soledad de los campos, lamentos sobre el vacío del corazón, de tal suerte que antes de que la condesa llegase a advertirlo ya tenía el pie enredado en el lazo que tan hábilmente se le había tendido. Y no es que este lazo se le hubiese preparado a sangre fría, por mero capricho, por puro pasatiempo: Federico se había herido profundamente con el arma misma que blandía. En sus ilusiones de amante fabricábase a tontas y a locas un porvenir extraño, renunciaba francamente a sus anteriores devaneos, reconocía en su nueva pasión algo de más duradero, y ya no concebía la vida sin el amor de la condesa. Si por un momento la presencia del conde venía a echarle en rostro los preliminares de su alevosía, excusábase con la fatalidad, este Dios de los ilícitos amores. No tardó en quitarse del todo el antifaz; pero la condesa, que ya se había confesado el extravío de sus ideas y afectos, ni se atrevía a retroceder ni quería adelantar en su camino. Quería creerse infeliz, no culpable. Perjura en el corazón temía que le saliese al rostro la vergüenza de su perjurio. Federico repetía sus instancias: la condesa lloraba, pero no cedía. Entonces el astuto amante, adiestrado en esta clase de aventuras, tomó pretexto de lo primero que le vino a mano, fingió un rompimiento, juró un eterno olvido, y se marchó de improviso a la ciudad, no ratificando en su interior el solemne Adiós que sus labios proferían.

Su estratagema dio por resultado lo que él se había propuesto. El simulacro de esa retirada a tiempo le llevó a punto de obtener la victoria que apetecía. Cansado de rogar en vano, se prometió a sí mismo que en breve sería él rogado: y así fue, bien que es preciso convenir en que la casualidad favoreció sus hábiles manejos. A los pocos días de traer en la ciudad una vida cruelmente desasosegada, pero fuertemente asida a sus esperanzas, recibió de la condesa una carta en que, a vueltas de repetidas protestas de permanecer fiel a sus deberes, se confesaba subyugada por la pasión, ponderaba los tormentos de la ausencia, y le conjuraba por todo lo más sagrado que fuese a verla, a hablarla un solo momento, que fuese aquella misma noche, puesto que el conde había salido de la quinta y no regresaría hasta la tarde del día siguiente. Con la satisfacción del cazador que ve puesta a tiro la pieza que con ardor perseguía, Federico leía una y otra vez aquellos torcidos renglones, regados de lágrimas y con trémula mano escritos, aquellas sencillas e incorrectas frases que ponían de relieve los arranques y vacilaciones, las esperanzas y desfallecimientos de una angustiosa lucha, y para sí decía: "Hemos vencido. Ella cree proponerme una capitulación honrosa, y en realidad de verdad se halla rendida a discreción." Por lo mismo sin pérdida de tiempo montó a caballo y se dirigió a la quinta, apretando el paso porque había del todo anochecido cuando la carta llegó a sus manos.

- Perdóneme V. que le interrumpa, dijo Alfredo. Ya que a V. se le ha antojado bautizar al héroe de esa hasta aquí verosímil historia, ¿por qué no le ha puesto el nombre de D. Juan que tan de molde le venía? 

- Pues llámele V. D. Juan si así le parece, que para el caso viene a ser lo mismo. 

- No viene, porque teniendo ya un D. Juan Tenorio más o menos adocenado, copia, imitación o parodia del que figura en la célebre leyenda, de presumir es que más pronto o más tarde tendremos una fantasma habladora, un espectro ambulante, un qué sé yo qué cortado al estilo de la estatua del comendador, dijo otro de los oyentes. 

- No fue la estatua del comendador lo que encontró en su camino, sino el cementerio de una aldea que estaba a sus inmediaciones, prosiguió el desconocido, añudando el hilo de su narración. Por demás fuera advertir que las ideas que entonces hervían en la mente de Federico se hallaban muy poco en armonía con las que de suyo inspiraba aquel sitio, y que en él no hubiera hecho el menor alto a no dar la casualidad de reparar en una de sus paredes interiores una gran mancha de luz, una especie de óvalo de fuego que en medio de una oscuridad completa vivamente destacaba. Picóle la curiosidad, y a pesar de la prisa que llevaba, apeóse para saber de dónde procedía aquella luz en hora tan desusada y que se resistía a toda conjetura. Pero ¿qué le iba ni venía en lo que entonces podía ocurrir en aquel cementerio? Señores, ello es verdad que no pocas veces caemos en semejantes inconsecuencias. Cedemos a pensamientos repentinos, quizás opuestos a las miras que llevamos: pensamientos intempestivos, ilógicos, que por la misma razón de serlo pudieran conceptuarse de pequeños milagros, si a este nombre no cuadrase tan mal el epíteto de pequeños. Los escritores ascéticos dicen inspiraciones divinas, llámenlo Vds. si quieren rarezas humanas, que cavando un poco tal vez coincidirían las diversas explicaciones de este fenómeno. Mas dejando intacta esta cuestión vamos a los hechos. Federico arrendó el caballo, montó una pistola, se introdujo en la mansión de los muertos y descubrió que la luz provenía de una linterna sorda abandonada en el suelo a cierta distancia del muro en que se divisaba una lápida sepulcral. Trataba de levantarla para registrar aquel sitio cuando tropezó con un bulto que sentado en una piedra, envuelto en un capote, y con la frente apoyada en la palma de la mano, estaba o durmiendo o sumergido en contemplación profunda. Al grito de ¿quién va? levantó el bulto su cabeza, y con una voz que revelaba el mayor sobresalto exclamó: 

- Federico! tú? tú aquí? 

- Conde! qué es esto? Te has vuelto loco? Qué diablos te estás haciendo? 

- Y quién te ha dicho que yo me hallaba aquí? 

- Nadie, si ha sido una casualidad. Yo iba... iba al pueblo que está a la falda opuesta de esa colina, y he visto una claridad que me ha llamado la atención. Sobre que es mucha ocurrencia venir a dormirse aquí, a esas horas, con un airecillo que dejaría patitieso a un oso blanco. 

- Yo... yo he venido... balbuceaba el conde. 

- Ya se ve que has venido; pero, a qué? a qué? Mas no, vámonos de aquí, me lo contarás todo. 

- Ah! no me arranques de este sitio. Si tú supieras... no, no conviene que lo sepas. Vete, déjame. 

- Pues mira, conde, o te vienes conmigo, o me planto aquí hasta el día del juicio. 

- El día del juicio! repitió el conde con una inflexión de voz que se parecía a la del que recibe una herida. 

- Dejémonos de pataratas y gazmoñerías. A fé que nada tiene de delicioso el aprendizaje de santo, si tal es lo que estás haciendo. Es hora de dormir en blando lecho. 

- Y crees tú que cada día, que las noches todas pueda reposar tranquilo un asesino? 

- Y dónde está? Quién es este asesino? 

- Quién? Yo. 

- Tú? Válgame la corte celestial! Por dónde andarán esos molinos de viento que se te antojan gigantes? Qué lástima de meollo si se te quedan vacías las seseras!  

- No te burles. Mis víctimas están aquí. Tal vez nos oyen, porque ellas existen todavía. Ah! si la muerte acabase con todo! si fuera del polvo no quedase nada! Mas, ello no es así. Crees tú, Federico, que unos huesos carcomidos podrían 

despertar en mi corazón tan atroces remordimientos? Tendrían ese poder oculto, ese inaudito magnetismo que a intervalos me arrastra, me obliga a venir aquí a pasar la noche en medio de una espantosa lobreguez y de un silencio más espantoso todavía?

- Pero para qué? preguntó asombrado Federico. 

- Para rogar por las almas de aquellos cuya vida en flor he segado, para implorar su perdón, pará atestiguarles mi arrepentimiento.  

- Conde, conde, qué ideas son las tuyas! Es esto superstición o simpleza? 

Mira que todavía te encuentras en tu cabal juicio; mas si no lo remedias se te va la cabeza a toda brida. No te pudras por lo que se está pudriendo. El muerto a la cava y el vivo a la hogaza. Qué diablos! eres joven, eres rico, goza de la vida...

- Y después? 

- Se te ha encasquetado el después. Después será... qué sé yo qué será? Dejémoslo para cuando llegue el caso; pero ahora explícame el motivo de esta excentricidad tan inesperada. Dime qué misterio encierra tu vida. 

Te lo diré todo. Tú eres un amigo de confianza, siéntate a mi lado y escucha.

Entonces aquel desgraciado, con frases si desnudas de corrección y aliño no de sensibilidad y energía, relató brevemente a Federico una historia de amores cuyo trágico desenlace había dado origen a esta especie de trastorno mental 

que de vez en cuando padecía. Traía clavado en su conciencia un aguijón que al removerse le desgarraba el pecho con sus atroces punzaduras, y parecíale encontrar, y encontraba en efecto, pasajero alivio derramando junto a las cenizas de sus víctimas las dolorosas lágrimas de su arrepentimiento.

Esta era la terrible expiación que más adelante se impuso para calmar los accesos de su desesperación sombría. Llevado del ardor de la juventud se había enamorado ciegamente de una señorita de aquellas cercanías, tan rica de candor y de belleza como pobre en bienes de fortuna. Al verse correspondido le prometió sinceramente el casarse con ella, abandonándose a los arrebatos del sentimiento sin reparar en la gravedad de su compromiso. Creían ambos de buena fé en la eternidad de las ilusiones, cerraron los ojos a los tristes ejemplos de la inestabilidad humana, y para saborear con mayor delicia los encantos de su pasión la rodearon con las sombras del misterio. Todas estas circunstancias bastan, señores, para que no extrañéis el que la infeliz doncella atestiguase con una lamentable debilidad su amor y su inexperiencia. La pasión del conde, que todavía no lo era, siguió por algún tiempo su curso ascendente, pero pronto empezó a declinar como el sol después del medio día; porque esto ya se sabe, tras del hervor por alcanzar, viene la tibieza por haber alcanzado. La mujer amada en tanto que resiste es una reina, luego que se rinde abdica, y transformándose en sierva se expone como tal a ser despedida. Esto es lo que aconteció con la pobre muchacha. Su amante descubrió un partido sobremanera ventajoso, y resolvió aprovecharse de las circunstancias que le favorecían. El cálculo reemplazaba a la amortiguada ilusión. Al volver la vista hacia atrás ya no veía más que un capricho juvenil plenamente satisfecho; y halagada su vanidad con la esperanza de un título, tentada su codicia con la perspectiva de la opulencia, y sobre todo deslumbrado por la admirable hermosura de la condesa, que al provocador aliciente de la novedad reunía la perfección más exquisita, ni siquiera titubeó en saltar la valla que se había fabricado con sus juramentos. Estorbábanle sus relaciones amorosas, y se decidió a romperlas completamente. La incauta joven antes que la sospecha tuvo la noticia de su desventura; su amante fue a verla por última vez, y se despidió de ella para marcharse a la ciudad sin ocultarle sus ulteriores designios. Todo estaba consumado. Un rayo que hubiese caído a sus pies no le hubiera producido un sacudimiento moral más espantoso. 

Pasaron algunas semanas, y el futuro conde navegaba viento en popa siguiendo el rumbo que le trazaban sus deseos, cuando se le presentó un apuesto mancebo que esforzándose en disimular su turbación y pesadumbre le dijo: 

- Me conoce V? 

- No tengo el honor. 

- Vengo a decirle que mi hermana se halla gravemente enferma.

- Como no soy médico... 

- Pero por desdicha en la mano de V. está su salud. 

- Verdaderamente es desdicha, porque me es imposible de todo punto obrar tales milagros. 

- Imposible! exclamó el joven con un acento lleno de terror y angustia. 

- No hay que desesperarse por esto, amigo mío, ella curará sin mis auxilios. 

- Y quién sino vos puede volverle su honra? Su honra que es su vida, lo entendéis, caballero? 

El pobre hermano instó, suplicó, reiteró sus argumentos, apuró todos los recursos de su elocuencia, se echó de rodillas, derramó lágrimas; pero todo en valde. Nada pudo ablandar al pérfido amante, que habiendo logrado sofocar un primer movimiento de compasión, y aún si se quiere un recuerdo de tierno cariño, parecía revestido de una coraza impenetrable a todos los tiros. Entonces en el pecho del joven la indignación se sobrepuso al dolor, y estalló en expresiones que lastimaron el orgullo de su antagonista, quien aprovechando la ocasión de dar otro sesgo a la enojosa plática, con aire ceñudo le contestó: 

- Caballero! cuando a mí no me hacen mella los ruegos, creéis que podrán intimidarme las amenazas? Si acudís al amparo de las leyes, dónde están las pruebas? Si preferís otro terreno...

- Dónde están mis armas? vais a decir. Vos conocéis su manejo, y yo no conozco más que el de los libros. Vos sois un excelente tirador, y yo un mero licenciado en jurisprudencia. Pero, porque os ha dotado Dios de fuerza en la muñeca, creéis que ha de seros lícito atropellar a débiles mujeres, a hombres pacíficos e inofensivos? No es verdad que sería un hecho heroico, después de haber ultrajado a mi infeliz hermana, dejarme a mí, su único apoyo, tendido en el campo, o lisiado siquiera para que toda la vida os agradeciese el favor de no haberme asesinado? Ah! bien lo conozco. Seguro de una fácil victoria os gustaría armar un escándalo, para que todo el mundo rastrease el motivo y llegase a ser público lo que sólo ahora vos y yo conocemos. No, no ha de ser así.

Y volviendo de repente la espalda cogió el sombrero y se marchó.

Respiró el conde, y al ver que pasaban días sin que le importunase de nuevo el mancebo, llegó a persuadirse que su hermana se había resignado a su triste suerte, y con esta convicción postiza trató de justificar su dureza y olvido. 

En cuanto a los gritos de su conciencia no tenía tiempo de oírlos embelesado con los suaves acentos de su futura. Pero al cabo de un mes hallándose en un café se le acercó el joven a guisa de aterrador espectro, y sentándose a su lado con sosegado rostro, con ademán indiferente, y con una inflexión de voz que no revelaba la menor emoción le dijo al oído: 

- Mi hermana se encuentra ya moribunda. 

- No será tanto. Sería mucha ocurrencia la de morirse por una cosa de que se tropieza con un ejemplar a cada paso. No le prometí un dote bastante crecido?  

- Oro? 

- Pues qué más quiere? 

- Vuestra mano. 

- Esto nunca. 

- Es vuestra última resolución? 

- La última. 

- Está bien. 

Comprendió el conde que aquella calma aparente era más horrible que la tempestad más deshecha, y para salir del aprieto llamó a un compañero y le dijo: vamos a echar un tresillo? 

- Con mucho gusto, respondió el otro, que era un capitán de artillería. 

- Entonces Vds. me harán el obsequio de permitirme que les sirva de tercero, saltó el letrado. 

- V. no podría menos de honrarnos con ello, repuso el capitán. 

El conde se estremeció conociendo que la buena educación no le permitía negarse a su demanda. 

Solos en un gabinete del café entablaron la partida. El joven jugaba como si a duras penas conociese las leyes del tresillo, cometiendo torpezas inexplicables que después trataba de justificar con argucias incomprensibles, y quejándose a menudo con groseras imprecaciones de la mala suerte que le perseguía. 

El capitán no veía en aquello más que ignorancia del juego, falta de mundo y sobra de apego al dinero; pero el conde, sobre quien recaían las ganancias, creía dar más en el blanco atribuyéndolo al despecho, que naturalmente debía haberle acalorado la sangre y perturbado la cabeza. Hubiera preferido perder para dispensarse de continuar la partida; pero hizo la casualidad que una vez arrastrase de espada, y el joven sirviendo con la mala, que sola se había dejado, se levantó enfurecido y despidiendo chispas de sus ojos exclamó: 

- Me está V. mirando las cartas, y, voto al diablo que no es esta la vez primera. 

- Quién? Yo? respondió el conde desconcertado con aquel apóstrofe tan imprevisto como absurdo. 

- V. ¿Cómo no ganar viendo las cartas del contrario? Se figura V. que me caliento los cascos revolviendo expedientes para que me pillen así el dinero? 

Yo no me valgo de fullerías; pero trato así a los que de ellas se valen. 

Y diciendo y haciendo cogió una baraja y la tiró al rostro de su enemigo. 

- Infame! gritó el conde fuera de sí. 

- V. me llama infame? V.? sería V. capaz de repetir esta palabra clavando sus ojos en los míos? 

El conde inclinó su vista al suelo mientras su adversario, pasando con una rápida e incomprensible transición del furor a la calma, dijo:

- El mal está hecho; pero, oiga V., yo no soy de los que se vuelven atrás. Esta noche mis testigos irán a recibir las órdenes de V. 

- Se entenderán con este caballero y un amigo suyo, dijo el conde con temblorosa voz señalando al capitán, y volviéndose más pálido que la cera. 

- Qué prisa lleva V.! dijo el capitán. 

- Le parece a V. que no hacen daño las cartas? replicó el joven. Y si son de amores! añadió después riéndose de una manera extravagante. 

- Pues si esto no tiene otro remedio, continuó el capitán, sepamos qué armas prefieren Vds. 

- El sable... el florete... dijo el conde con el tono de un sentenciado a quien diesen a escoger el género de muerte. 

- Qué sables ni qué floretes? Sería yo capaz de cogerlos por la punta. Oh! no. 

El juicio de Dios. La pistola, dijo el joven reproduciendo su siniestra carcajada. 

- Sea pues, dijo el conde con voz apenas perceptible. 

Encaminándose la mañana siguiente a un lugar solitario díjole al conde uno de sus testigos: He sabido que este joven hace quince días que desde el amanecer hasta que falta la luz, se está ensayando en el tiro de pistola, y de cada diez 

veces que dispara acierta nueve en el blanco. Es menester ir con cuidado y no pararse en chiquitas. 

Llegado al sitio mientras los padrinos arreglaban los preliminares, acercóse el joven a su adversario y le dijo: 

- Voy a pediros perdón de rodillas, voy a desdecirme públicamente de mi suposición calumniosa, voy a ser tenido por ruin y cobarde, voy a daros mi honra por la de mi hermana, si me prometéis casaros con ella. 

- Es imposible. 

- Pues entonces matar o morir. 

Aproximándose entonces a los padrinos, dijo el capitán: 

- Vamos a ver quién debe tirar primero. 

- Decídalo la suerte, se apresuró a decir el mancebo. 

- Decídalo la suerte, repitió el conde como un autómata. 

El de artillería sacó un duro del bolsillo, y el joven exclamó: Cruz. 

Y tirada al aire la moneda, el capitán miró al suelo y contestó: Cara. 

El joven se llevó la mano a la cabeza, se arrancó un mechón de cabellos, y se plantó como un poste en el punto señalado. El conde empuñó el arma fatal: temblábale el pulso, pero la inminencia del peligro prodújole una reacción bastante poderosa para afianzar el brazo, y disparó a la seña convenida. Su adversario cayó redondo como que la bala le había atravesado el corazón. 

- Fatalidad! murmuró el vencedor arrojando la pistola cual si el fogonazo le quemara la mano. 

- Ha sido una desdicha, pero os habéis batido en regla, dijo uno de los padrinos del letrado. Pobre amigo mío! Aquí no hay más sino cerrar el pico, echar tierra al asunto y meter ese cadáver en el coche para llevarlo a su pueblo, donde mi amigo, que ha muerto como Vds. saben de una apoplegía fulminante, me indicó deseaba ser enterrado. 

Así se hizo. El sangriento drama fue relegado al olvido antes de pertenecer al dominio público, y a los pocos días la abandonada joven yacía al lado de su hermano, y su pérfido amante entre los esplendores de la pompa y las emociones del placer recibía al pie de los altares la mano de la condesa. 

- Diávolo! exclamó Alfredo. Por dónde se nos ha descolgado el D. Juan Tenorio! Quién había de figurarse que tal sería este conde Dirlos, este marido agricultor con todos los síntomas de predestinado! 

- Pues ya que tan liso y llano se confesó con Federico, añadió uno de sus compañeros, es claro que este no dejaría de imponerle la penitencia que de antemano le tenía preparada. 

- Bien merecida tenía la condecoración siquiera por sus hazañas anteriores. Por mi fé que peor librados salieron de sus manos el jurista y su pobre hermana. 

Esta circunstanciada al par que trágica narración, prosiguió el desconocido, a tales horas y en tal sitio hecha, no pudo menos de impresionar vivamente a Federico. La decoración de la escena tenía por fuerza que aumentar el terror del drama. Referida por mí está muy lejos de producir una mínima parte del efecto que debió de causar el oírla de los labios mismos del protagonista. 

Bien comprendió Federico que si algún desconcierto había en el cerebro del conde, que si una extravagancia era lo que estaba haciendo, no dejaba de tener motivo con que disculparla. Comprendió que si las leyes del mundo podían absolverle, podía haber también un tribunal superior menos condescendiente que no confirmase el fallo absolutorio. Comprendió que estaría muy fuera de su lugar un tono de ligereza y de ironía, y por lo mismo con las mejores razones que supo trató de consolarle, y sobre todo de arrancarle de aquel sitio. Ofrecióse a torcer su camino, según decía, y acompañarle hasta la quinta; pero el conde repuso que no quería ir allá hasta sentirse con el espíritu más tranquilo, y que necesitando tiempo para lograrlo pasaría el resto de la noche y todo el día siguiente en la posada de un pueblo cercano, puesto que ya conocía la duración ordinaria de aquellos accesos de fiebre moral que a intervalos le atacaba. 

- Mejor que mejor, dijo para sí Federico, que no había renunciado a sus proyectos. 

Entonces el conde alzando la linterna buscó y cogió una agalla de ciprés que entregó a Federico diciéndole: 

- Toma esto. Los años que te llevo dan cierto derecho a mi amistad para tener algo de paternal con respecto a ti. Te he confiado mi historia; que a lo menos te sirva de lección y escarmiento. Si alguna vez por desdicha te ves acosado de un mal pensamiento, si te empuja alguna pasión desreglada, consulta esta pequeña nuez. Tráigate ella a la memoria no mis crímenes sino mis remordimientos. Llévala siempre contigo: escucha su lenguaje simbólico, que sin duda será la voz de tu ángel bueno. 

Federico no vio en aquello más que una puerilidad supersticiosa, y echándosela maquinalmente en el bolsillo se dirigieron ambos a una encrucijada donde cada uno tomó por diferente camino. 

Impaciente por recobrar el tiempo perdido Federico hincaba la espuela en su cabalgadura; pero su acelerado movimiento no bastaba ya para sacudir las ideas y sentimientos de diverso origen que en su mente se empujaban y revolvían. Pugnaba por fijarse en el objeto de su pasión; pero la seductora imagen de la condesa no ocupaba ya sola su pensamiento. Retratábanse en su fantasía las escenas que había oído y las que acababa de presenciar, y por más que tachase estas de exageración no podía dejar de creer en la existencia de los remordimientos. Y ¿qué significaría el remordimiento en un sistema en que se prescindiese enteramente de las verdades de un orden sobrenatural y religioso? Federico no era un incrédulo: su escepticismo no pasaba de práctico. 

En la disipación de su vida, o a causa de ella, sus creencias estaban profundamente dormidas, pero no muertas. Lo que había visto fue una especie de sacudida que las despertó. Así es que empezaron a asediarle serias consideraciones que por su misma novedad se le presentaban con mayor energía. Y para desembarazarse de ellas saboreaba de antemano los placeres que le prometían sus esperanzas. En tal sazón hubiera querido ser ateo; hubiera querido poder negar a Dios, negar la virtud, negar el alma: hubiera querido ser todo carne y hueso, pero conocía que no lo era. Trabada y encarnizada esta lucha en su interior, llegó a lo alto de una colina, y parándose un momento descubrió a lo lejos una débil luz que brillaba al través de los cristales de la cámara de la condesa. Me espera! me espera! exclamó entusiasmado. Este es mi Rubicón: Jacta est alea. Y como si creyese que arrojaría de una vez todos los pensamientos que le incomodaban arrojando la nuez que en el bolsillo tenía, sacóla con ánimo de hacerlo; al estrecharla temblóle la mano, y las palabras del conde resonaron en su memoria. 

No, dijo: no quiero desoír la voz de mi ángel bueno. Y torciendo las riendas volvióse de espaldas a la quinta, ahogó un suspiro, guardóse la nuez y clavando las espuelas en los ijares del caballo desandó su camino más que nunca cabizbajo y pensativo. 

Un acto de valor no siempre es suficiente para alcanzar una victoria completa. Federico traía dentro de sí a su enemigo, y no había bastante con un solo golpe para vencerle, para destruirle y anonadarle; a mas de que, herirle era desgarrarse con sus propias uñas el corazón. Su lucha era de todos los momentos. Si mil veces se felicitaba, también mil veces se arrepentía de haber cedido a la voz de la maldita agalla, como él decía, revolviéndose contra ella, como el perro contra la piedra que se le ha tirado; pero las escenas cifradas en ella no se despintaban de su memoria, y a favor del tiempo y de la ausencia es preciso confesar que su funesta pasión iba de vencida. Aconteció en esto que por cumplir con los deberes de su jerarquía se vio obligado a concurrir a un sarao, sin que le ocurriese la menor sospecha de que allí encontraría a la condesa. Verla, volverse de cien colores, sentir un estremecimiento nervioso en todo su cuerpo, conocer que se le abrasaban juntos el corazón y el rostro, y perder el dominio que sobre sí mismo ejercía fue todo obra de un momento. Cómo resistir a ese ataque inesperado? La hermosura de la condesa siempre deslumbradora, lo estaba entonces cien y cien veces más por la riqueza y el gusto de sus joyas y atavíos. Federico salió del salón, volvió a entrar, quiso salir de nuevo, se metió entre el concurso, entabló coloquios con sus amigos; pero sus ojos permanecían fijos en el bellísimo rostro de la condesa. La fascinación era completa. Entonces las argucias de la pasión le demostraron como acto indispensable de buena educación el acercarse a saludarla, y lo hizo, y ella le contestaba con monosílabos sin poder disimular la indignación que en su pecho hervía. Comprendió Federico que el afecto de la condesa no se había desvanecido, y esperó de nuevo su codiciado triunfo. Le pidió la primer contradanza, y ella con visibles muestras de disgusto, aunque con voz temblorosa, le dijo que estaba comprometida. Mas al pronunciar Federico las primeras palabras para despedirse, ella le dijo: Ah! no, no es esta, me equivocaba, admito el obsequio. Federico se hallaba en la gloria: creía haber pasado esta vez el Rubicón. Terminada la contradanza oyó a la condesa que en voz baja le decía: “sois un mal caballero, sé que mi carta llegó a vuestras manos, necesito explicaciones." Iba a contestar pidiendo una cita; pero cabalmente su mano rozó con el bolsillo del chaleco donde traía la agalla de ciprés, y acordándose instantáneamente de su historia dijo: "Condesa, no debemos vernos más en la tierra." Y en efecto así sucedió, saliendo Federico inmediatamente del salón del baile, a los pocos minutos de la casa, y a las pocas horas de la ciudad en que esto aconteciera. 

Callaba el desconocido, y al cabo de un rato uno de los jóvenes saltó diciendo: 

- Paréceme que V. será partidario de la filosofía que admite grandes efectos como resultado de pequeñas causas? 

- No he parado mientes en la filosofía de esta historia. Si algo probase sería una vulgaridad, la del simbolismo que cabe en cosas tan pequeñas e insignificantes como esta. Y sacándola del bolsillo, echó sobre la mesa una seca y resquebrajada nuez, que cogieron y miraron aquellos jóvenes con respeto como si fuese una reliquia santa. 

- Ya lo veis, señores, continuó el desconocido, esto, prescindiendo ahora de más elevadas consideraciones, preservó a mi amigo de crueles remordimientos, o de una desgracia peor todavía, que es la de no sentirlos habiendo dado motivo para ello. 

- Y cuál es la gracia de V.? preguntó Alfredo. (Cómo se llama?)

- Blas de Valdivieso para servir a Vd.? (hay interrogante)

- Blas! nombre poco poético. Ahora comprendo... 

- Bah! ignora V. el proverbio francés: Le nom ne fait rien a la chose? repuso el desconocido a quien ya podemos llamar D. Blas, o si se quiere Federico. 

Y recogida la nuez saludó cortésmente, salió del café, y puesto el pensamiento en aquella pequeña bolita, de la que el Señor se había valido para romper su cadena de liviandades, y preservarle de nuevas y graves culpas, exclamó en su interior: Bendita sea! quia eripuit animam meam de morte, oculos meos a lacrymis, pedes meos a lapsu. 

(el autor escribe este latinajo con tildes: quia erípuit ánimam meam de morte, óculos meos à lácrymis, pedes meos à lapsu)

lunes, 25 de octubre de 2021

IV. EL VALLE DE LOS CIPRESES.

IV. 

EL VALLE DE LOS CIPRESES

IV.  EL VALLE DE LOS CIPRESES.



La serenidad y hermosura de la tarde me habían convidado a dar un largo paseo por las afueras de la ciudad, y bien que no recuerde precisamente cuáles eran los diversos pensamientos que a solas iba rumiando, sé que encerraban algo de triste y sombrío análogo al estado de mi corazón. Siempre me ha parecido que al declinar las tardes de otoño conducen a la melancolía. Con el codo apoyado en la rodilla y la cabeza en la palma de la mano descansaba un rato sentado en una piedra del camino, y en esa actitud meditabunda poco o nada tendrían de risueñas las ideas que me asaltaron. Esparramábase a mi izquierda el caserío que lleva el nombre de pequeña villa, a mi derecha escondía su tortuoso cauce el torrente que lame los muros de Palma, enfrente de mí levantaba las ásperas crestas de sus fragosas ondulaciones la sierra poblada de espesos pinares sobre la cual asomaba su limbo superior el astro del día. 
Aquella postrer mirada, aquella despedida del sol me hizo una impresión semejante a la que produce el improviso adiós de apuesta doncella en el ánimo del mancebo que al pie de los balcones deseaba prolongar su plática amorosa. 
Quizás me hubiera distraído de mis tristezas una magnífica puesta de sol, pero no hubo aquella tarde nubes doradas por los últimos reflejos, ni ráfagas de carmín y violeta cambiando por momentos sus abrillantados matices. 
Una ligera neblina se había extendido por todo el cielo, y sobre esta cenicienta gasa destacábanse a lo lejos las desnudas ramas de los almendros, formando caprichosos dibujos, parecidos a los que aparecen puliendo una con otra dos 
tersas superficies de alabastro humedecido. La soledad y el silencio empezaron a serme desagradables, y los pensamientos mismos con quienes voluntariamente me había entretenido volviéronse como aquellos huéspedes que agasajados al principio acaban por convertirse en carga molesta e importuna. Traté de regresar antes que me sobrecogiera la noche; pero, quién podrá explicarme lo que entonces me aconteció? Cómo es posible que siéndome tan conocido el camino llegase a perderme en un extraño laberinto? 
Ni sé cómo fue ni me atrevería a señalar el punto en que empezó a desviarme; pero tengo muy presente en la memoria la extrañeza que me causó el verme internado en un angosto y solitario valle. En vano era preguntarme: de qué podía depender que nunca hubiese yo descubierto, que nunca a mis oídos hubiese llegado la más leve indicación de aquel sorprendente y exótico paisaje? Era un capricho del arte, o una aberración de la naturaleza lo que efectuaba allí un cambio de escena tan completo? Por qué en vez de la grata sensación que producen los sitios aun más agrestes y sombríos, el encanto de la novedad cedía el puesto a una especie de terror indefinible? Aquel era un largo valle flanqueado de dos altas colinas, coronadas en su cumbre y cubiertas en sus faldas de infinito número de árboles, todos de una misma especie. Y estos árboles eran cipreses, que bien los conocí por el fúnebre colorido de su ramaje, por su tétrica inmovilidad y su fuerte aroma. Extendíanse en torno mío en simétricas y prolongadas calles como los almendros de amellas cercanías, o veíanse más allá revueltos y apiñados como las encinas de espeso bosque. 
Ni selváticos arbustos, ni menudo césped cubrían la aridez de aquel terreno, y sobre los troncos de los cipreses, desnudos como los pies de un esqueleto, levantábanse sus copas sombrías como las pirámides de un mausoleo. Y yo en tanto con el estupor en el alma y el azoramiento en los ojos, luchando con una sensación que se acercaba al miedo, y que en vez de acelerar entorpecía mis plantas, avanzaba por entre aquellos centinelas de la muerte, y seguía un camino semejante a los que en otros tiempos conducían a la mansión de austeros cenobitas
De pronto vi que me precedía una niña como de tres años, que tiraba de un cochecito de cartón atado con un bramante, que correteaba a trechos y a trechos se paraba, que se entretenía en coger del suelo y arrojar al aire piedrecitas. Aquel talle robusto al par que agraciado, aquellos bracitos que se movían con encantadora ligereza, aquel vestidito color de rosa, aquel sombrerito de paja... Oh Dios mío! Dios mío! - Niña, niña, exclamé con un grito desatentado, sin ser dueño de contener los rápidos latidos de mi corazón, y ella volvió hacia mí su lindo rostro, clavó en mí sus ojos azules, y echó de nuevo a correr y brincar, a tirar piedrezuelas y flores. Una de estas recogí y la besé: 
era una flor de amarillenta corola, flor sin lustre ni aroma de la que recuerdo haber visto espesas matas en un cementerio abandonado. "Aguárdame, niña, aguárdame, iremos juntos a tu madre. Oh sola felicidad mía! Y yo que soñé haberte perdido para siempre! Y yo que pensaba que Dios había descargado sobre mí el más terrible de sus castigos! Ay, cuántas lágrimas han vertido mis ojos! Cuántas cayeron ocultas en torno de mi corazón! Aguárdame, hija mía, que he de darte un tierno y regalado beso. No han sido tus caricias el más íntimo y suave goce que en este mundo he disfrutado? Qué oro bastaría para comprarlas? Qué glorias ni placeres para hacer con ellas un trueque? 
Oh loca imaginación mía que se las figuraba ya tristemente fenecidas! 
Párate un momento, hija mía, un momento no más. La alegría de encontrarte me oprime el pecho como una fatiga inmensa. No corras tanto. Vamos, niña, no seas caprichosa: te compraré dulces, todos los dulces que quieras.” 
Y así diciendo esforzábame en apretar el paso y no podía. Parecíame entonces aquel valle interminable, y anhelaba el momento de salir a una llanura despejada con la misma ansiedad que en noche borrascosa desea el marinero que despunten los primeros albores de la mañana. 
Más y más descolorida se iba volviendo la pálida luz que penetraba en aquel fúnebre recinto, de manera que en el cuerpo de mi niña apenas distinguía ya la esbeltez de sus contornos; pero su gracioso acento hería de vez en cuando mis oídos, resonando en ellos como la más pura y deliciosa melodía. Parábase a trechos, decíame sonriéndose: Papá! Papá! y cuando yo creía tenerla a mi alcance escapábase como una sombra de entre mis brazos y seguía corriendo, corriendo con infantil travesura. "Niña! así correspondes a mi ternura? Mira que me destrozas el corazón cual si fuera uno de tus juguetes. Por qué haces hoy lo que nunca habías hecho? Detente, amor mío, tesoro mío que voy a llorar lágrimas de sangre sí no consigo abrazarte. Yo no sé dónde estoy, donde me encuentro; pero te veo, te oigo, a ti, mi única delicia, mi única esperanza en los cansados días que me restan por vivir. No, no huyas de mí que te quiero tanto. Ah! que en tus pocos años no te es dado comprender ni la vehemencia de mi cariño, ni la intensidad de mi amargura! Señor! qué crimen he cometido para que me inflijáis este horrible tormento? Confieso que no os he agradecido como debía una dicha que era sobrado grande para merecerla yo." Y con estas exclamaciones interrumpidas por sollozos y por las angustias de una respiración desigual y fatigosa, seguía las huellas de la encantadora niña confiando ciegamente en que había de alcanzarla. 
Y la alcancé; pero, dónde? en un paraje igualmente desconocido que no podía distinguir bien por la obscuridad que me rodeaba. La alcancé porque ya no corría sino que estaba tendida de espaldas en el duro suelo con sus manecitas cruzadas sobre el pecho, y sus párpados cerrados cual si estuviese tranquilamente dormida. Ay de mí! su vestidito color de rosa se había trocado en un manto azul, en una túnica de muselina blanca como las alas de una paloma, y su sombrerito de paja en una corona de plateada filigrana. Y yo la miraba, la miraba sumergido en profundo abatimiento, al favor de la tenue claridad que despedían algunas estrellas. De rodillas a sus pies la miraba con doloroso ahínco, y hubiera querido pasar siglos en aquella extraña situación de consuelo y amargura. Pero el cuerpo de mi niña se iba desvaneciendo poco a poco, a semejanza de las nubes que cambian de aspecto y lentamente se evaporan. 
Y todo estaba ya a punto de desaparecer cuando resonó en mis oídos un canto de una dulzura indefinible, una música de un ritmo extraño que no podría compararlo a ningún género conocido. Era una cosa parecida a los trinos del misterioso pajarito que por espacio de trescientos años suspendió los oídos y el alma de aquel monje del desierto. Era un coro de innumerables voces en que sin confusión ni ruido se oía: Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal, y entre esas voces que me tenían como arrobado distinguía yo perfectamente la de mi niña. Pero este himno incesante se iba perdiendo, perdiendo como si se hundiera en el seno de la tierra, como el canto de una procesión de vírgenes que se aleja por los corredores de su monasterio. Oh mi Pilarcita! Oh ángel del cielo!
Un rayo de luna bajó después a iluminar aquel sitio en que continuaba yo de rodillas, y la piedra labrada que tenía enfrente me indicó ser el lugar en que un día reposarán mis ateridos huesos

domingo, 24 de octubre de 2021

EL VALLE DE LOS SAUCES.

III.

EL VALLE DE LOS SAUCES. 

FRAGMENTO DE NOVELA PASTORIL.

EL VALLE DE LOS SAUCES. FRAGMENTO DE NOVELA PASTORIL.


La fama del próximo casamiento de Fileno con la sin par Teolinda había atraído muchedumbre de pastores extranjeros al valle de los sauces que resonaba continuamente con alegres tañidos y amorosas canciones. El nombre de la pastora, retrato vivo de un ángel, y cifra de toda la hermosura creada, era el tema de los versos que se cantaban, y el de su querido el objeto de las lisonjas que le dirigían. Él entretanto sumergido en sus placenteras ilusiones, pisando casi el umbral de su ventura, caminaba a lentos pasos como para saborear a solas el último sorbo de la esperanza, licor exquisito que el cielo derrama para embriagar a los mortales; así es que sin apercibirse de ello vióse metido en el enmarañado bosque donde tenía su cabaña el mago Orfenio, y un terror vago e indefinible le sobrecogió de tal suerte que echó a correr para salir de aquel desagradable recinto, mejor guardado con el nombre de su dueño que con doble seto de entretejidos zarzales. Traspuesto ya el sol, la amortiguada luz del crepúsculo no hendía el espeso ramaje que a manera de toldo cubría las encrucijadas y vericuetos del bosque, cuando entre las sombras vio levantarse un bulto negro que le amedrentó, cual si se viera en campo raso acometido de hambriento lobo, y ni tuviese un arma ni un ñudoso bastón para defenderse. 

¿A dónde corres desalentado? le dijo el mago. El tiempo se precipita como un neblí sobre la garza, y la necia remonta su vuelo para encontrarle más pronto. Antes de llegar al florido vergel en que soñabas has de atravesar una selva desierta, erizada, espantosa, ¿y corres para entrar en ella? Pastor, yo puedo convertir en un ramo de ajenjos tu guirnalda de flores: no te apresures a ceñirla, porque al tocar tus cabellos se marchitará. Sin duda se te ha trascordado el día que con Leriano y Simplicio cazabais en la falda de aquel monte y visteis descarriada una cervatilla mía; ellos no se atrevieron a herirla, y tú la tiraste una flecha sin pensar que podía retroceder hasta tu corazón. Sin duda se te han trascordado algunas de tus tiernas pláticas con la zagala más bella que alumbran los rayos del sol, y yo quiero volvértelas a la memoria. ¿No recuerdas que Teolinda te dijo que yo la amaba? No recuerdas lo que me respondió? 

Que yo era viejo y áspero como la corteza de una encina, que yo era negro como las alas de la noche y feo al par de un sátiro; y vosotros reíais desatentados, sin pensar que el eco repetía vuestra risa en las concavidades de mi gruta, sin pensar que yo también debía reír alguna vez. Oh! vosotros creéis que vuestro día se acerca... el mío ha llegado. 

Estas palabras helaron de espanto el corazón de Fileno y destruyeron de un golpe todas sus ilusiones, así como un furioso pedrisco arranca en pocos momentos las yemas todas de un almendro florecido. Como la ovejuela que el zagal quiere encerrar en su aprisco, dejábase llevar Fileno del mago, que asiéndole por el brazo le conducía a su gruta. Hallábase esta en medio del bosque, espinosos matorrales formando una bóveda sombría ocultaban su boca aterradora como la de una sima cuya profundidad no ha podido sondarse, aislado descollaba ante ella un altísimo ciprés como un centinela gigantesco, y a sus pies corría por entre brezos y carrascas un bramador torrente que no muy lejos vomitaba sus aguas en un barranco. En sus cristales hizo el mago reflejar la siniestra luz de un montón de hojarasca encendida, y con voz imperiosa ordenó al pastor que mirase en ellos. Una lozana rosa parecía desplegar debajo de aquel velo transparente sus hojas de riquísimo carmín, un insecto dañino se acerca con traidora precaución, roe su tallo y la reduce a polvo en un memento. 

El pastor, que arrebatado de su hermosura por secreto impulso había sumergido su brazo para cogerla, sacó un puñado de cieno. Atroces desventuras anunciaba aquella misteriosa visión, y fueron comprendidas; mas no paró aquí su desdicha. Una extraordinaria sed le abrasaba las fauces y bebiendo de aquella agua, que estaba encantada sin saberlo, se imposibilitó de trasladar al labio la relación de suceso tan horrible, y aun de indicar con sus ojos y semblante las acerbas congojas que desgarraban su corazón. 

En tanto el valle de los sauces resuena con la acostumbrada alegría: el susurro de apacible risa retozando con las plateadas hojas de los álamos, de olorosos sándalos y frescos alisos: el murmullo de un cristalino riachuelo que hacía reverberar en su tersa superficie la temblorosa luz de las estrellas, como si arrastrase en su curso millares de lentejuelas: el son de las esquilas; los tiernos balidos de los corderillos jugueteando al lado de sus madres esparramadas por la vasta dehesa; el concierto de los rabeles y zampoñas qué no ahogaban los trinos de la flautilla de Leriano, émula de los ruiseñores; todo esto inunda de armonía aquel deleitoso valle, y acompaña perfectamente las amorosas pláticas de una tropa de gallardos pastores y lindísimas zagalas que sentada en el florido césped, a la redonda de un tilo corpulento coronado de festones, aguarda la venida de Fileno, para celebrar con vistosas danzas la envidiada dicha de los futuros esposos. Allí se encontraban Leriano y Simplicio al lado de Albanisa y Florela, Galafron que había desquijarrado un oso, Lausso el desdeñado de Arsía, Belisarda que le miraba con ojos tiernos, Siralvo y Fílida, Galatea la de las doradas trenzas, Cardenio que apacentaba el rebaño más numeroso, y Olimpio el corredor más ligero de aquellas cercanías. Hermosa Teolinda con sus quince abriles, sus ruborosas mejillas, su ensortijada cabellera, sus ojos respirando el fuego de un amor puro, y su pecho la candidez de una alma inocente sobresalía entre sus compañeras, como su querido se aventajaba a los demás pastores. La azulada bóveda de los cielos extendiéndose, cual inmenso cenador cubierto de una enredadera de jazmines, mostraba por flores sus luceros, y brillando en medio de ellos, la luna, tan esplendorosa como si intentara hacer olvidar la ausencia del día, representaba en el cielo una imagen de la belleza de Teolinda en la tierra. 

No tardó Fileno en llegar si bien eran sus pasos más mesurados de lo que en tal ocasión convenía; ella abrió luego sus nevados brazos para recibirle y con voz halagüeña y gentil donaire, exclamó: Otras veces el deseo ponía alas a tus pies cuando a verme venías, mas hoy no te has fatigado en correr porque tenías seguro el premio. - Premio...! repitió él. - ¿Qué, no estás contento de tu fortuna? - Fortuna...! Oh! yo no la esperaba, añadió con un acento involuntario que expresaba la satisfacción del alma en vez de acerba ironía. - ¿Y quién sino tú pudo merecerla? - Merecerla...? No, yo no merecía que el cielo me ofreciese esta copa de felicidad... Esforzábase a continuar, para quebrarla en mis labios, pero sus dientes se cerraron y no pudo articular la última frase. 

- Querido Fileno qué deliciosa va a ser la vida mía! - Vida mía! - El pecho del pastor semejaba ser de piedra hueca, y repetía con el mismo acento de ternura unas palabras que en él amargamente se hundían. Llegáronsele en esto sus amigos y dábanle el parabién de tanta dicha, muy lejos de recelar que sus felicitaciones fuesen como aquellas armas traidoras que abren mortales heridas sin sacar una gota de sangre del corazón

Horrible fuera ver el de Fileno en aquel trance: en su pecho estaba impresa una imagen de muerte cubierta empero con un cendal de oro y seda. La maravillosa virtud del ponzoñoso brebaje concentraba su inmenso dolor en el fondo de su alma, y no dejaba reflejar siquiera una huella en su fisonomía. Su rostro no era entonces más que una mascarilla que le sofocaba, pero estaba pintada en ella una expresión de inefable regocijo: semejaba un condenado revestido de una nube de gloria. Horrible fuera oírle cuando no podía pronunciar sino palabras dulces y melodiosas, al mismo tiempo que estallaban las fibras de su corazón y una corriente de hiel circulaba por sus venas. Empujado por un maligno genio a la voluptuosa danza, estrechaba la suave mano en que cifraba sus más risueñas esperanzas, y la idea de aquellos torneados dedos convertidos en áridos huesos y de aquel flexible talle en descarnado esqueleto anidaba como una ave carnicera en su fantasía. Poco después al pie del tilo descansaban entrambos: Teolinda más jovial que nunca se abandonaba sin reserva a las dulces emociones de su alegría, con infantil sonrisa atravesaba una región de luz, creía en el porvenir, soñaba en la vida, en una vida tan hermosa cuanto podían embellecerla los prestigios de la esperanza, las auroras del amor y los delirios de la juventud. Extasiado la contemplaba Fileno porque nunca le había parecido tan discreta, tan candorosa, tan hechicera. En aquel momento recordaba el triste todas sus ilusiones que como falsos amigos venían a escarnecerle en su último adiós. Mientras tanto deslizándose por entre la yerba, se acercaba cautelosamente un escorpión a los pies de la pastora, y una a una veíanse marchitas todas las flores que tocaba. Divisóle Fileno estremecido, probó a levantarse para aplastarle y estaba inmóvil como el tronco en que se había sentado, quiso gritar y estaba mudo como las flores que se marchitaban; su cabeza entonces cayó sobre el cuello de su adorada y ella creía que sus lágrimas eran de ternura. De repente callaron los pastoriles instrumentos, los que bailaban cesaron despavoridos, y algunas voces exclamaron llenas de terror: ¡el mago! al mismo tiempo dio Teolinda un grito agudísimo... Alzó los ojos Fileno y vio a lo lejos escurrirse una sombra, un cadáver entre sus brazos y un insecto venenoso a sus pies. 

A LA SOMBRA DEL CIPRÉS. TOMÁS AGUILÓ.

A LA SOMBRA DEL CIPRÉS.

CUENTOS Y FANTASÍAS

POR

D. TOMÁS AGUILÓ.

PALMA. 

IMPRENTA DE D. FELIPE GUASP, IMPRESOR REAL. 

1863.

// Nota del editor, Ramón Guimerá Lorente: Actualizo la ortografía al año 2021. No hay grandes diferencias, g : j, etc... Añado comentarios entre paréntesis y cursiva (así) // 

Libro en Kindle disponible aquí:

sombra, ciprés, Tomás Aguiló, kindle

Dos palabras al lector.

Años hace, bien que no muchos, que el título de este libro, recordando otros de su mismo género, hubiera podido servirle de recomendación; pero siendo en el día algún tanto pasado de moda no fuera de extrañar que se le tachase de anticuado. Para disculpa de esta falta, de todas maneras venial y perdonable, basta advertir que de las narraciones fantásticas o novelescas recogidas en este volumen no todas son de reciente fecha, y que se presentarían como  sueltas y desatadas sin este lazo común que les da cierta unidad a pesar de su recíproca independencia. Tampoco era para desdeñada una frase tan sencilla y breve cuando por sí sola indica el colorido general que en ellas domina. Quizás algunos, so pretexto de haber caído en desuso la literatura lúgubre y sombría, prefirieran matices más halagüeños, y algo menos de ahínco en dispertar (despertar) ciertas ideas que no suelen buscarse en libros de mero solaz y esparcimiento. 

Conocido empero el origen y las circunstancias en que salieron a luz no pocos de esos relatos, queda justificada la severidad que se les achaque. Publicábanse en días que la sociedad y la Iglesia consagran de mancomún a la memoria de los finados, y ocupando el puesto de un artículo religioso, no debían olvidar ni la ocasión en que nacían, ni el objeto que reemplazaban. Así es que en ellos campean más la imaginación y el sentimiento que la inventiva de complicados sucesos o la perspicacia de un observador sagaz y minucioso; despunta más la tendencia moral que el filosófico análisis de las pasiones o el dramático desenvolvimiento de los caracteres. Si a tan escasas dotes pude marcarlas con un sello propio, si pude realzar el atractivo de las formas con cierta originalidad en el fondo, cuestión es esta en que no debo entrometerme a juez, que lo sería incompetente. A su arbitrio fallarán mis lectores, y unos quizás me tilden por no haber seguido paso a paso las huellas de escritores eminentes, y otros quizás tengan por digno de estima el no verme afiliado a determinada escuela. Puede que haya sido imitador sin saberlo; pero de seguro no por haberlo pretendido. Marchando a solas por mi camino evito el sonrojo de quedarme muy atrás en el ajeno. 

Núñez el malo


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Imagen de Tomás Aguiló Forteza:


Imagen de Tomás Aguiló Forteza