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martes, 26 de octubre de 2021

XII. UN LECHO DE ESPINAS.

XII.

UN LECHO DE ESPINAS. 

Toda la tarde había llovido, y apenas transitaba nadie por la puerta antigua del Muelle. En el cuarto destinado al comandante de la guardia se hallaban reunidos varios oficiales y un capitán retirado, que solía detenerse allí un ratito al concluir su cotidiano paseo. Hombre ya maduro, alto de talla, enjuto de rostro, de bigote entrecano, y con una afluencia de palabras que podía dar quince y falta al hablador más impertérrito, gustaba de referir las cosas con todos sus pelos y señales. Más que un velón encendido, y colocado sobre una mesa de pino cubierta de bayeta verde, alumbraba la vasta, desnuda y destartalada pieza una respetable cantidad de troncos y astillas que ardían sucesivamente en la chimenea. Aunque reducido el número de las sillas era mayor que el de los oficiales; pero ninguna estaba desocupada, porque estos, inclinando cada cual la suya y apoyando el respaldar en la pared, hacían descansar en otra los tacones de sus botas. Así medio echados y envueltos en la densa atmósfera que producía el humo de sus cigarros, arrastraban penosamente una conversación que no salía del estrecho círculo acostumbrado. Poco a poco se fue animando: desaparecieron las preguntas frívolas, las respuestas de cajón y las interjecciones de ripio. Empezó a discutirse si el valor es una cualidad física o moral, si es absoluta o relativa, si procede del temperamento o de la reflexión, si presenta fases contradictorias o si es consecuente en todas ocasiones, y cada cual aducía en favor de su opinión observaciones propias, ejemplos vulgares y anécdotas más o menos conocidas. 

El retirado tomó la palabra, y después de algunas frases preliminares habló así: No quiero meterme en estas honduras; pero, supuesto que viene el caso, voy a referiros un hecho de cuyos pormenores estoy seguro de ser la única persona bien enterada. Y lo más particular y curioso es que el lance tuvo origen y comienzo en este mismo sitio; y a presencia de una reunión como esta de la cual yo también formaba parte.

Al oír este sencillo exordio que preparaba los ánimos a un relato de nuevos o misteriosos acontecimientos, los circunstantes movieron sus sillas, les dieron mayor inclinación, cruzaron sus piernas una sobre otra, y acomodando el cuerpo a todo su sabor so dispusieron a prestar la atención más profunda y religiosa.

Después de una breve pausa el retirado continuó. 

Habéis leído en los papeles públicos la gloriosa muerte del capitán Bustamante, ocurrida hace poco en las Provincias, donde parece que la guerra civil va a ser una guerra larga y encarnizada. Yo la admiro porque ha sido la muerte de un héroe, y la siento porque es la muerte de un amigo. Vosotros, no le conocisteis; pero sabiendo como ha muerto no podéis poner en duda su valor y bizarría. 

Era una figura atlética, con una musculatura de hierro, y en cuanto a destreza en el manejo de las armas podía dar lecciones al mismo Carranza. Hallábase aquí de teniente de caballería cuando yo lo era de infantería en el regimiento que guarnecía esta plaza. Mí coronel le apreciaba muchísimo, y Bustamante, prevalido de este afecto, obsequiaba a su hermana Carolina. Todos le creíamos correspondido, pero cierto día, en este mismo sitio, nos dijo que había moros en la costa. Hicímonos cruces, soltamos la carcajada al decirnos que estaba celoso del capitán Valdivia. Parecíanos el absurdo más absurdo que podía caber en la mollera de un enamorado. Carlos Valdivia servía en mi regimiento, era un santurrón, un encogido, un huraño: su aspecto, su continente era más de fraile que de soldado. Nosotros le llamábamos “el capitán cogulla." En su vida había oído silbar una bala, y generalmente era tenido por cobarde. Nadie sabía en qué fundaba este juicio, ni nadie se había tomado el trabajo de rectificarlo. Así es que todos le profesábamos una aversión decidida, aunque velada por la urbanidad y cortesía. 

Una de las últimas tardes del mes de octubre estábamos reunidos aquí una porción de amigos. Bustamante nos hablaba de sus cuitas amorosas, si bien no podía llegar a persuadirse de que sus celos tuviesen verdadero fundamento. 

Estaba más inquieto que irritado, y mitad por broma, mitad por pasión, nos propuso un medio, que nada tenía de ingenioso, para humillar o dar una lección a Valdivia. Como iba a ser una diversión para nosotros lo aprobamos sin discusión ni cortapisas. Estaba la tarde hermosísima, y a poco rato vimos a Valdivia que salía a dar un paseo con un paisano amigo suyo, Bustamante le llamó indicándole que tenía que decirle dos palabras, el paisano se despidió, y Valdivia entró aquí saludando cortésmente. Nadie le devolvió el saludo, nadie se movió, nadie le ofreció un asiento. Todos aparentábamos estar engolfados en una conversación la más frívola e insignificante. El oficial de guardia apoyaba sus talones en una silla, y Bustamante se entretenía haciendo dar rápidas vueltas a otra que giraba sobre un pie. Valdivia se sentó sobre la mesa. En el marco de la chimenea había una bandejita con habanos: todos fumábamos y nadie ofreció uno a Valdivia; pero él con toda calma sacó su petaca y se puso a fumar un cigarrito de papel. Cruzábanse palabras sin ton ni son: de un asunto baladí pasábamos a otro del mismo calibre; pero en todos afectábamos la misma animación. Tres cuartos de hora duró esta maniobra. Qué papel tan desairado hacía para nosotros el tal Valdivia! Cómo nos burlábamos interiormente de su paciencia! Nunca nos lo hubiéramos figurado tan cobarde o tan cachazudo. Al cabo se levantó y dijo: 

- Señor de Bustamante, me habéis llamado para decirme alguna cosa. Estoy a vuestras órdenes. 

- De veras? Y qué tengo yo que deciros? 

- Vos lo sabréis. 

- Pues señor, se me ha olvidado. 

- Sois flaco de memoria. Me habéis hecho perder el sol, pero me pasearé a la sombra. 

- Si por mi culpa habéis perdido algo estoy pronto a daros una satisfacción. 

- Cuando no la pido es claro que no la necesito. 

- No tan claro: tal vez no la pedís por no arriesgaros a que os la den.

- Señor de Bustamante me estáis provocando sin haberos dado pie para ello. 

- Si examinaseis vuestra conciencia tal vez encontraríais algún pecadillo oculto. 

- Mi conciencia de nada me reprende delante de los hombres. 

- Pues si tan limpia la lleváis, cómo es que tenéis tanto miedo a la muerte? 

- A la muerte? os aseguro que no la temo. Es muy probable que más miedo le tengáis vos? 

- Señor de Valdivia, exclamó el teniente dando con el pie un golpe en el suelo, estas palabras encierran un doble sentido. Ahora soy yo quien pide una satisfacción. Ya sabéis cómo se arregla esta clase de negocios: vos mismo dictaréis las condiciones.

Valdivia se puso reflexivo.

- La primera, dijo, es que aplacéis para de aquí a tres días esta provocación.

Titubeó un poco Bustamante, y luego dijo: Concedido.

- La segunda... ¿tendréis valor para admitir la segunda?

- Vive Dios que me estáis insultando!

- Tendréis valor para poneros a mi disposición durante algunas horas de uno de esos tres días, y seguirme a donde yo fuere, e imitarme en lo que yo hiciere?

- Aunque sea arrojarme de cabeza desde el campanario de la Catedral.

- Corriente. Señores, hasta la vista.

- Qué diablos de farsa será esta? exclamó el que estaba de jefe de día.

- Qué contará hacer en ese extraño plazo? preguntó uno.

- Escaparse, fingirse enfermo, dar parte al coronel, qué sé yo? le contestó otro.

- De todos modos está perdido a los ojos de Carolina, dijo Bustamante para sí.

Habían pasado ya dos días completos sin que Valdivia diera el menor indicio de cuáles podían ser sus intenciones. Se le había visto en los actos de servicio puntual, sereno e indiferente como en otra ocasión cualquiera. En su rostro se leía la calma de su espíritu, calma incomprensible para los que conocían la gravedad de sus compromisos. Bustamante a fuerza de esperar con impaciencia las imprevistas escenas de aquel drama se fastidió de su lentitud y se dijo a sí mismo: «veremos»; pero su orgullo se resentía de no poder adivinar lo desconocido, y experimentaba una irritabilidad nerviosa que en valde trataba de ocultarnos. Todas sus chanzas de aquellos dos días fueron pesadas: todas sus bromas sarcásticas y punzantes. Estaba de malísimo humor. Atronado del continuo clamoreo de las campanas las maldecía como si nunca las hubiese oído.

Serían sobre las once de la noche cuando sonó un golpe en la puerta de su posada: sobrecogióle un poco, pero logró disimular completamente su emoción a los ojos de Valdivia quien después del saludo le dijo:

- Espero no tendréis inconveniente en venir conmigo:

- Adonde? fue la palabra que se le vino a los labios y que estuvo a pique de caerse de ellos; pero rehaciéndose luego la retiró como si fuera una blasfemia y la sustituyó diciendo: ni el más mínimo. Es preciso tomar armas?

- Traigo? Pero si preferís las vuestras a las mías...

- Cualesquiera me bastan, que no es el acero sino el brazo lo que importa.

Valdivia calló. Embozados en sus capotes, bajaron los dos, atravesaron algunas calles, y abriéndoles el postigo de esta misma puerta salieron fuera de la ciudad.

Seguían dando la vuelta a sus muros. La ciudad que poco antes gemía, chillaba, mugía con cien lenguas de metal, la ciudad que poco antes ensordecía los vientos con sus lúgubres clamores, imitaba entonces el silencio de los difuntos. Era un silencio más imponente que el no interrumpido cañoneo de una sangrienta batalla. Bustamante echaba menos el ruido que tanto le incomodara aquella tarde. Su imaginación estaba fija en esta pregunta: adónde vamos? 

pero no se atrevía a traducir en palabras su pensamiento. Quería distraerse, o al menos (aloménos) aparecer distraído. Trataba de entablar alguna conversación frívola, y no sabía por dónde empezar: probaba a silbar alguna contradanza, y todas sus reminiscencias musicales se habían evaporado. 

De pronto le asaltó esta idea, si se tratará de hacerme caer en una zalagarda?

Necio de mí que no llevo conmigo más que mis puños! A poco rato le dijo Valdivia con toda sencillez y espontaneidad: Vos camináis a la ligera y yo cargado, si tuvieseis la complacencia de llevar la caja de mis pistolas... y se la entregó. La respiración de Bustamante fue como la del náufrago que consigue sacar fuera del agua su pecho y cabeza.

- Vive Dios, exclamó después, que ya comprendo. Pues, señor, la cosa es grave, mucho más grave de lo que podía esperarse. Ni el diablo lo hubiera soñado. Pero a mí nada me arredra. Aquí se trata nada menos que de un duelo de noche y sin testigos. 

- Testigos nunca faltan, replicó Valdivia. Vos lleváis en vuestra conciencia el vuestro, como yo el mío. Y además hay un Dios que es testigo imparcial para entrambos. 

- Sermonicos a mí? Pues si para esto me habéis hecho dejar el abrigo de la cama, medrados estaremos. Sería un lance curioso! 

Valdivia callaba. Tentaciones le vinieron a Bustamante de apostrofarlo con el apodo de capitán cogulla; pero comprendió en seguida que insultarle en aquellos momentos sería dar indicios de flaqueza. Prosiguió su camino un buen trecho y deteniéndose de golpe le preguntó. 

- Y estas pistolas? 

- Están cargadas. 

- Y si ahora retrocediese dos pasos, y cogiendo una os descerrajase un tiro? 

- Confío en que vuestro honor no os dejaría acoger tan mal pensamiento, y confío en que Dios tampoco os permitiría realizarlo. 

- Ese hombre es todo un valiente, dijo Bustamante para sí: su aspecto nos ha engañado a todos. Es un rival tanto más temible cuanto más digno. Oh! el negocio es serio, porque si no me desbanca. 

En eso vieron brillar a lo lejos una luz que se acercaba lentamente. Era un hombre que les salía al encuentro, que sin hablar palabra dejó en manos de Carlos un farolillo y una cosa de hierro, desapareciendo en seguida como un personaje de fantasmagoría. La aventura se complicaba de una manera misteriosa en la imaginación de Bustamante. 

Así llegaron a las puertas del cementerio. Carlos abrió la verja de hierro con la llave que había recibido, la entornó después de haber los dos entrado, depuso el farolillo al pie de una piedra sepulcral, y saliendo fuera del andén se introdujo en el áspero terreno labrado a sulcos. Su compañero le seguía maquinalmente y ambos se detuvieron al borde de una zanja. Tenían a sus pies dos hoyas iguales y contiguas, cavadas a lo largo de un mismo sulco, y recientemente abiertas como lo indicaban el olor y la humedad de la tierra. Esta situación presentaba bastante analogía con la que ha creado Walter Scott en su novela El Monasterio. Valdivia y Bustamante eran un nuevo Alberto Glendinningun nuevo Piercie Shafton. Lo real y conocido hacía aquí el papel de lo maravilloso; pero no era menos tétrico e imponente. Valdivia estaba cruzado de brazos, Bustamante sentía escalofríos, y juró en su corazón de sofocar toda emoción de terror y sorpresa, de no dejar traslucir ni el más leve síntoma de cobardía. 

- Voto al diablo, exclamó dirigiéndose a su antagonista, que os habéis tomado una molestia inútil si pensabais intimidarme como un chiquillo. Creéis que soy alguna mujer para que los cementerios me espanten? A mí no me dan más que asco y repugnancia. Con todo ese aparato teatral, qué os habéis propuesto? No falta sino un coro de frailes o de sepultureros para hacer la escena más divertida. Pensáis que voy a figurarme que ha de poblarse esto de fantasmas, y que he de echar a correr y abandonaros el campo? Estáis completamente equivocado. Aquí nada ni nadie ha de interrumpirnos. Vamos a ver las condiciones del desafío. 

- Valdivia contestó con toda calma y sosiego. Ni he admitido vuestro desafío, ni os provoco a ningún combate sangriento. Habéis supuesto que yo temía a la muerte, y os he contestado que acaso más la temíais vos. Nos hallamos a punto de hacer la experiencia. El más cobarde, o si queréis, el menos valiente de los dos será el primero que atraviese aquella verja. Yo no temo a la muerte porque estoy familiarizado con ella. La he visto muchas veces cara a cara aunque no sea en los campos de batalla. Es una amiga que suele visitarme en un rincón del templo o en mi gabinete de estudio. También nos encontramos al aire libre, a cielo abierto. Vos creéis que solamente se la puede ver al reflejo de un acero o al resplandor de un fogonazo; pero yo la veo en el sol que traspone la montaña, en la nube que se evapora, en la flor que se marchita, en la hoja que el viento arrebata: yo la veo en esta incesante descomposición de lo que existe para dar lugar al renacimiento de lo que ha de existir. La he visto muchas veces y por eso ya no me causa miedo. La suya es una fealdad a que mis ojos están habituados. No me hace temblar con sus amenazas, porque confío en sus promesas: sé todo lo que puede quitarme, y sé también todo lo que puede añadirme. 

Dejóse oír entonces la primera campanada de las doce. Un estremecimiento involuntario a manera de relámpago recorrió el cuerpo de Bustamante que exclamó casi gritando. 

- Pero, en fin, qué pretendéis? 

- Una cosa muy fácil y hacedera, que nos echemos cada uno en su hoya respectiva, que nos tendamos embozados en nuestras capas, y que por espacio de tres horas, sólo tres horas, permanezcamos en ella tranquilos. 

Una imprecación terrible, hija del terror y de la extrañeza, de la indignación y del aturdimiento, iba a salir de los labios de Bustamante; pero reprimiéndose al momento dijo: 

- Ni a ligero me ganáis; pero tened entendido que de esta noche tan original como incómoda, de este cambio de un lecho mullido y abrigado por uno duro y frío, me daréis estrecha cuenta. 

Y dejando las pistolas en el suelo, con precipitado movimiento se arrebujó en su capa, y se tendió cuan largo era en su inesperada sepultura. 

- Quién me dijera que había de verme convertido en trapense? fue la primera reflexión que acudió a su fantasía; pero, qué hay que hacer? Durmamos, se decía y se repetía a sí mismo. Dormir? ¡Ah este es un deseo que en ciertos casos su misma intensidad sirve de obstáculo a su cumplimiento. Nunca el sueño había estado tan lejos de sus párpados. ¿Cómo conciliarlo teniendo la parte moral tan excitada. Nada valía cerrar los ojos, como si la obscuridad no 

fuese lo que más estaba allí de sobra. Revolvíase en su lecho de espinas con la esperanza de que cambiando de postura disminuirían su incomodidad y su desvelo. No había más que algunos minutos y ya empezó a comprender que perseguía un imposible. De buena gana hubiera dado tres años de su vida por tener a mano una fuerte dosis de opio, y la hubiera tomado aun a riesgo de envenenarse: Experimentaba un acerbo frío en los pies, y vértigos en la cabeza. 

Tendíase boca abajo y se ahogaba: volvíase de espaldas y los muros de su tumba le parecían de una altura formidable, y el pedazo de cielo que descubría, horriblemente negro y encapotado. Si al menos un plateado rayo de luna atenuase aquella lobreguez espantosa! Una piedrecilla cayó rodando cerca de él y su ruido le estremeció como si fuera el de un peñasco. Parecíale que su tumba se desmoronaba, y como que una cascada de tierra le cayese encima. 

Y de pensamiento en pensamiento vino a reflexionar que aquello sucedería alguna vez, y se imaginó cadáver. Este nuevo giro de sus ideas le dio calentura. No pudo aguantar más y se puso en pie; reflexionó empero que Valdivia podría oírlo y volvió a tenderse. Los latidos de su pecho redoblábanse con rapidez espantosa. Apretábase con los codos y mordía su capote. Asaltábanle deseos de pasar a la otra tumba y estrangular a su adversario. Pero su imaginación estaba ya encarrilada en el camino de las ideas más tétricas y funestas. Cadáver vivo entre aquella multitud de cadáveres medio corrompidos parecíale que percibía el hedor de su descomposición, parecíale que los estaba viendo bajo la capa de tierra con sus rostros pálidos y descarnados, parecíale ver los gusanos que se movían en confuso hormiguero y que oía el ruido de sus mordeduras. Una asquerosa picazón invadió de improviso todo su cuerpo: sentía el contacto frío de los gusanos que corrían por sus muslos y piernas, sentíalos que se desarrollaban lentamente sobre sus mejillas, sentíalos que iban a devorarle sus ojos. No pudo (puedo en el original) aguantar más y saltó de la tumba, y sacudió todo su cuerpo como perro lanudo que sale de un estanque, y echó a correr hacia la verja, pero el ruido de sus pasos le hizo volver en sí, tembló de que Valdivia lo percibiera y se quitó las botas. Descalzo y pisando de puntillas iba a salir por la verja; mas recordando las palabras de su adversario no se atrevió a abrirla. Empezó a vagar desatentado con una especie de delirio producido por la fiebre. Tropezaba con las elevadas lápidas sepulcrales que le parecían otros tantos espectros vestidos de blanco, y se figuraba que se movían a su alrededor y que pretendían agarrarle. Quiso huir de allí a todo trance, y a favor de un montón de tierra saltó la pared que le rodeaba. Entonces echó a correr sin reparar en que cada paso magullaba las plantas de sus pies. 

Lejos ya del cementerio sentóse para respirar libremente, para que refrescase el aire sus fatigados pulmones. Con el reposo del cuerpo se amortiguó la sobreexcitación (sobreescitación en el original) de su espíritu, y recobró algún tanto de libertad su pensamiento. Púsose a reflexionar (reflxionar): soy acaso algún supersticioso? Han de aterrarme a mí con cuentos de fantasmas y espectros? He de tener miedo a un puñado de huesos? Qué dirá Valdivia? 

Qué dirían mis camaradas si tal supieran? Y resolvió volver al cementerio, y puso en planta su resolución: pero caminaba muy lentamente, y para disculpar su lentitud decíase a sí mismo que los pies le dolían. Llegado a la verja la abrió con el menor ruido posible y anduvo a gatas (agatas) hasta el sitio en que estaba el farolillo. Notó entonces que traía algunos cigarros habanos y su corazón saltó de alegría. Tenía a mano un medio de distraerse algún tanto y pasar con menos angustia el resto de la noche. En aquella coyuntura el teniente de caballería no se hubiera deshecho de ellos por una faja de teniente general. Levantó el farolillo para encender uno y su luz iluminó de repente un nombre grabado en la humilde lápida que ante él se levantaba. Era el nombre de una pobre muchacha con quien había estado en íntimas relaciones. La infeliz seducida y pronto abandonada, a fuerza de disgustos contrajo una tisis de la que había muerto. Nadie más que Bustamante conocía aquel horrible misterio. El farolillo le cayó de las manos, y se acurrucó meditabundo. Acaso no la había llevado él a una muerte prematura? Acaso no era él un asesino? El epíteto de doncella que en la losa había leído le atarazaba el corazón. Él la había despojado furtivamente de esta cualidad con que el mundo la creía aún condecorada. El mundo se engañaba; pero su engaño era noble. Él solo había sido el villano, y ¿nadie, nadie debía pedirle cuenta de esta villanía? La justicia de Dios se le apareció tan clara, tan lógica, tan indudable, como su existencia. 

Y no es esta justicia lo que hace terrible la muerte? Es al polvo y ceniza, es a los huesos corroídos, es a la corrupción de la materia, o bien es a otra cosa a lo que tenemos miedo? Estas ideas le abrumaban, con un peso espantoso. El roce frío de los gusanos vivos no era nada en comparación de la mordedura de este gusano interior. A trueque de abandonar aquel lugar funesto Bustamante iba a sacrificar su reputación a sus remordimientos; por fortuna resonaron tres golpes en un reloj de la ciudad. Las tres! las tres! gritó con satisfacción indecible, cogió el farolillo y fue a llamar a Valdivia. Carlos estaba profundamente dormido. 

Ah! dijo para sí Bustamante, este lleva la conciencia tranquila, y por eso duerme, y por eso no teme a la muerte! 

Valdivia se levantó, se esperezó y plantándose en seguida de pie en el borde de la tumba, dijo: 

- Ahora, qué queréis de mí? 

- Me habéis hecho pasar una malísima noche, y quiero vengarme, quiero mataros. Defendeos. 

Y le entregó una de las dos pistolas. 

- Paréceme que este farolillo está mal colocado. Como no tenemos aquí maestre de campo que nos parta el sol... 

Bustamante lo cogió, lo retiró obra de veinte pasos y luego se plantó al extremo de la otra tumba. 

- Aguardad, continuó Valdivia. De todos modos la completa obscuridad cuadra mejor a las malas acciones. 

Y disparando al farolillo lo hizo añicos. 

- Ahora, añadió, arrojando la pistola y cruzando los brazos, podéis hacer fuego si tenéis corazón para ello. 

Bustamante apuntó al bulto inmóvil que distinguía apenas. La admiración triunfó de las malas pasiones. Arrojó también su pistola, extendió los brazos, fuese corriendo a Valdivia, y casi con lágrimas en los ojos: 

- Sois un valiente, le dijo, sí, sois un valiente. 

- Pues sabed que no he admitido nunca, ni pienso admitir jamás ningún desafío. 

- Y esto qué importa? Amáis a Carolina, os casaréis con ella; pero en cambio sed mi amigo. 

Terminada esta escena con un recíproco, estrecho y prolongado abrazo, disponíase a marchar y Valdivia se adelantó para salir el primero. Oyóse entonces un reloj que daba la una. Bustamante confuso, y corrido de haber medido tan mal el tiempo, de ningún modo quiso ceder a la cortesía de su nuevo amigo. 

La tarde de aquel día nos reunimos como de costumbre esperando el enlace o desenlace de aquel suceso. Bustamante tardó un buen rato: al fin le vimos aparecer pálido y desencajado. Sus ojos estaban hundidos, sus labios amoratados y acribillados por la calentura. 

- Y Valdivia? le preguntamos sorprendidos. 

- Valdivia se casa con Carolina, yo mismo he pedido su mano al coronel que a mis ruegos ha cedido. 

- Y eso? 

- Es que Valdivia es un valiente, queráis creerlo o no. 

- Y cómo lo sabéis vos? 

- Es un secreto que yo me reservo. 

Y este secreto me lo confió después a mí, añadió el retirado, como a su único y especial confidente. 

(Muy interesante el número tres en este relato. En algunos pueblos suenan los cuartos, incluso de noche, como en Beceite, mi pueblo, por lo que escuchó la 1 menos cuarto : 12:45, y creyó que eran las 3, tenían que estar 3 horas desde las 00 que sonaron estando ya en el cementerio).

lunes, 29 de abril de 2019

LAS GESTAS DEL CONDE BERNARDO DE RIBAGORZA

2.21. LAS GESTAS DEL CONDE BERNARDO DE RIBAGORZA (SIGLOS IX-X. JACA)
 
En el valle del Noguera Ribagorzana, en una pequeña ermita, se dedicaba a Dios el fraile Vicmar.
Una noche, en medio de una gran tormenta, llamaron a su puerta solitaria dos caballeros agotados, anciano uno, joven el otro. Los acogió al calor de su fuego, pero poco tardó el primero, exhausto y enfermo, en morir. Era Beltrán, fiel escudero del padre del más joven, Bernardo, hijo del conde Ramón. Ardía Bernardo en deseos de batirse con el moro, de modo que, tras enterrar a Beltrán, su guía, le preguntó al eremita dónde encaminarse para hacerlo. Éste le dirigió hacia las tierras de Jaca, donde gobernaba Galindo, hijo de Aznar.

Llegó justo en el momento en el que Acmet, un auténtico gigantón moro, atacaba con sus huestes a los cristianos, para tratar de recuperar Jaca. El conde Galindo y Acmet lucharon cuerpo a cuerpo, cayendo heridos ambos, aunque este último, demostrando su bravura, aún tuvo fuerzas para derribar y matar al vasco Zaldívar, que había acudido a socorrer al jacetano. Luego se retiró momentáneamente para reponerse y volver a atacar.

Bernardo creyó llegado el momento y no lo dudó: blandiendo su espada «Preclara» —que había ganado en combate al emir árabe Oto de Poitiers y luego heredado su abuelo y su padre— entró en batalla y desafió a Acmet, que menospreció su valor al verle tan joven. Pero, manejando el acero como un guerrero avezado, derribó y dio muerte al gigante moro, siendo aclamado en las calles de Jaca y obsequiado en el palacio de Galindo.

Quiso el conde jaqués entregar a Bernardo tierras y honores si le daba su espada, pero éste se negó. No obstante, accedería a cambio de la mano de Toda (o Teuda), su hija, de quien se enamoró nada más verla. Explicó Bernardo que su padre era conde y que su madre fue hija de Carlomagno, aunque una intriga palaciega les obligó a huir, acabando él y su escudero Beltrán en la ermita de Vicmar, de donde acababa de llegar.

Hubo matrimonio. Galindo se ciñó la espada «Preclara» y el conde Bernardo, acompañado de Toda, su esposa, recorrió victorioso las tierras que riegan los dos ríos Noguera y el Isábena.
Ribagorza comenzó a sacudirse el yugo musulmán, mientras los cristianos que luchaban con él, enardecidos por su valentía y caudillaje, cantaban y extendían por doquier las gestas de Bernardo, que fundó el monasterio de Santa María de Obarra.
 
LAS GESTAS DEL CONDE BERNARDO DE RIBAGORZA
 
 
[Iglesias Costa, Manuel, «Leyendas y tradiciones ribagorzanas. La canción del conde Bernardo», Cuadernos Altoaragoneses (13-III-1988), pág. VI.]
 
 
https://www.iea.es/catalogo-de-publicaciones
 
 
https://www.aragon.es/estaticos/GobiernoAragon/Departamentos/PoliticaTerritorialJusticiaInterior/Documentos/docs/Areas/Informaci%C3%B3n%20territorial/Publicaciones/Coleccion_Territorio/Comarca_Ribagorza/documentos_IV-3_ca36c7ff.pdf

sábado, 27 de julio de 2019

ORIGEN DE LA BARONÍA DE ESCRICHE

144. ORIGEN DE LA BARONÍA DE ESCRICHE (SIGLO XII. ESCRICHE)
 
Escriche, despoblado, Corbalán, Teruel
 
Una fiera —los más creen que un descomunal y sanguinario lobo— tenía atemorizados a todos los
habitantes del lugar de Escriche. No sólo descuartizaba a sus víctimas, sino que su piel era como el mismísimo acero, de modo que ni flechas ni espadas parecían hacerle mella pues salían despedidas.
Los caminantes que sabían de su existencia daban grandes rodeos para no atravesar tan peligrosa zona, que muy pronto quedó totalmente despoblada. La noticia se extendió por todo el reino.
 
Un día se presentó ante el rey aragonés Alfonso II —hasta quien había llegado la noticia— un
valiente guerrero diciendo que él se comprometía a dar muerte a la fiera, para lo cual tan sólo solicitaba una espada que fuera algo mejor que la suya y un gran espejo. Aunque extrañaron sobremanera las condiciones, fue aceptada su oferta.
 
El joven salió en su busca del feroz animal, sin que tardara mucho en encontrarlo. Al verlo, el monstruo
se abalanzó furioso sobre el guerrero, que lo esperó con el espejo delante, apoyado en el suelo. Cuando el bruto vio reflejado su cuerpo en el cristal, titubeó unos breves instantes, pero los suficientes para que el bravo guerrero le introdujera certeramente la espada por la boca, único lugar vulnerable del animal.
 
Muerta la fiera, renació la calma en toda la comarca. Los habitantes que habían huido atemorizados
regresaron a sus casas; la vida continuó. El rey, agradecido por tan valerosa hazaña y por el gran servicio que había prestado a la comunidad, decidió premiar al guerrero dándole en tenencia todo el territorio que pudiese recorrer en un solo día, naciendo de esta manera tan singular la que sería baronía de Escriche.

La letrilla de una jota inmortalizó
hasta hoy la gesta:
«Nadie le tema a la fiera,
que la fiera ya murió;
al revolver una esquina,
un valiente la mató».
 
 
[Alfonso Zapater, Aragón pueblo a pueblo, tomo VII, pág. 1.014.]
 
 
 
 
Alfonso Zapater Gil (Albalate del Arzobispo, 19 de julio de 1932 - Zaragoza, 30 de mayo de 2007) fue un escritor y periodista español.
 
Pasó su infancia y juventud en su pueblo natal, Albalate del Arzobispo, que compartió con Urrea de Gaén. Su producción abarca todos los géneros: novela, teatro, ensayo y poesía. Ha obtenido importantes premios literarios, entre ellos el San Jorge (en su doble vertiente de novela y poesía), Padre Llanas, Ciudad de Barbastro, Ciudad de Jaca y el nacional de teatro Miguel Hernández. En 1981 fue finalista del Premio Nadal con El accidente.​ Publicó más de treinta libros, además de obras como Aragón, pueblo a pueblo (diez volúmenes), Historia de la jota aragonesa (tres volúmenes), Tauromaquia aragonesa (tres volúmenes) y Líderes de Aragón, siglo XX (cuatro volúmenes).
 
En el género novelístico destacan los títulos
El hombre y el toro (Litho Arte), Siembra (Institución Fernando el Católico), El pueblo que se vendió (Bruguera), Viajando con Alirio (Planeta), Los sublevados (Model Books), El accidente (Destino), La ciudad infinita, Yo falsifiqué el Guernica, Tuerto Catachán y El regreso de Moisés.
Memorias apócrifas de Joaquín Costa (Mira Editores).
Otras de sus obras publicadas son Venezuela, paso a paso; Desde este Sinaí; Resurrección y vida de Joaquín Costa; Juan Carlos hombre, José Iranzo, el Pastor de Andorra; Hombre de tierra; Afirmación del ser y varios poemas.
 
Desde 1966 escribía una página diaria para Heraldo de Aragón, «Zaragoza al día», donde mezclaba el reportaje, la crónica, la entrevista y el comentario o la opinión. En dicho periódico permaneció hasta su muerte el 30 de mayo de 2007.
 
  • Montserrat, Concha (31 de mayo de 2007). «Alfonso Zapater Cerdán, periodista y escritor». El País.
  • «Zapater Gil, Alfonso». Gran Enciclopedia Aragonesa. 2009.
  • «Adiós a Alfonso Zapater». Heraldo de Aragón. (enlace roto disponible en Internet Archive; véase el historial y la última versión).
 
 
 


martes, 26 de octubre de 2021

XVI. EL INFANTE DE MALLORCA. 1362.

XVI. 

EL INFANTE DE MALLORCA. 

1362. 

I. 

Quien hubiese visto a mediados del siglo XIV una torre de siniestro aspecto engarzada con el palacio menor de Barcelona por medio de una antigua galería, tal vez hubiera experimentado una sensación desagradable que no le dejaría reposar en ella sus miradas. Mas, si vencido de la curiosidad, observaba el grueso de sus muros al través de su única ventana, guarnecida de espesas verjas a fuer de pestañas en el ojo de un cíclope, y su robusta puerta de encina claveteada de bronce con el doble candado que de ella colgaba, fácilmente adivinara el fin para que servía. En la época a que nos referimos, no lejos de esta puerta había además, casi a la altura de un hombre, una ventanilla ojiva, cruzada por dos barras de hierro, que daba en la galería donde algunos almogávares desparramados eran seguro indicio de que la torre estaba ocupada. Mas ¿quién era su huésped? Conocíase desde luego únicamente que pertenecía a una clase muy elevada: aquella torre era a una cárcel lo que un mausoleo a una tumba. Pero podía dudarse muy bien si aquellas bóvedas absorbían las quejas de la ambición impotente o las reclamaciones de la justicia ultrajada, si allí se sacrificaban las temerarias exigencias de algún revoltoso barón, o los legítimos derechos de algún príncipe desgraciado. La víctima estaba cubierta con el velo del misterio, y pasaban años y más años sin alzar siquiera la punta del cendal. 

Un joven de hermoso semblante, majestuosa estatura y gallardo continente respiraba en aquel encierro un aire que agostaba la flor de sus días. El sello de tristeza grabado en sus nobles y bien contorneadas facciones, aparecía más profundo al paso que se encarnaba en su corazón la pesadumbre que lo roía. Doce años y medio transcurrieron desde que se le trasladó de un campo de batalla a un pobre lecho, de aquí al fuerte castillo de Játiva, y otro suceso no le había acontecido más que el variar de prisión. 

Cuando el sol desaparece, y en lo postrero del horizonte se extinguen las últimas huellas de su luz, el tinte blanquecino que cubre el azul de los cielos, las pausadas ondulaciones de la brisa como cansada ya de respirar, el silencio de la naturaleza soñolienta, interrumpido levemente por el monótono rumor de lejanas olas, convidan al triste a saborear el sentimiento de sus penas. 

En aquella hora taciturna y descolorida, ideas también sin color, vagas e indefinidas ruedan lentamente en la fantasía, y se reúnen en melancólico grupo recuerdos confusos de lo pasado y obscuros presentimientos de un amargo porvenir. Apoyada su frente en los hierros de la ventana, tendida sobre la espalda su lacia cabellera, clavada en el horizonte su lánguida mirada, sin distraerse con el ameno paisaje que ante ella se desplegaba, recorría el desgraciado joven la tristísima hilera de sus días, y al verlos todos uniformes, todos igualmente sombríos y desconsoladores, envueltos los de más cerca en la obscuridad del calabozo, perdidos los de su infancia en la obscuridad del olvido, sentía desfallecer sus fuerzas, y dejábase caer en aquella especie de postración y anonadamiento que seca el llanto en los ojos y ahoga los suspiros en el corazón. En aquella soledad y aislamiento era muy importuna la única compañía de sus recuerdos. Todos se le presentaban con una fisonomía tan ruda como la de sus guardadores: uno empero se alzaba puro y hermoso, y a él se asía como un náufrago a una tabla que no puede salvarle. Su memoria traspasaba de un salto un período de doce años y el anchuroso espacio que ocupa un brazo del Mediterráneo. Transferíase a otra región, a una casa de campo donde fue acogido después de sangrienta y desastrosa batalla, y recordaba con un sentimiento de gratitud, la ternura, la afectuosidad y el esmero con que le fueron curadas sus heridas. Una hermosísima doncella, que reunía los atractivos más hechiceros de la juventud a su candor de niña, velaba a la cabecera de su lecho, cual pudiera hacerlo con el hermano más querido. Él no sabía si aquella esbelta criatura compartía los cuidados de su existencia con su ángel custodio, o si era este que le había aparecido bajo tan risueñas formas. Pero cuando sus enemigos le arrancaron de aquella estancia para hundirle en un calabozo, vio dos hilos de transparentes lágrimas que corrían por sus mejillas, y estas lágrimas despertaron en su pecho un sentimiento profundo que participaba a la vez de amor, de agradecimiento y de adoración. La escarcha del infortunio que había ajado todas las flores de su corazón, respetó esta quizás porque era la más hermosa, o porque ella sola equivalía a un jardín. La mano que todo se lo había destruido era impotente para borrar este recuerdo, y el infeliz joven parecía desafiar a la suerte cuando se sumergía en la contemplación del objeto real o fantástico de sus amores. Complacíase en darle un nombre sonoro que regalase sus oídos, inclinaba su cabeza como para mirarla dentro de su pecho, enviábale un suspiro cual si aguardase respuesta, y soñaba a veces una diadema sólo para que sirviese de adorno a la ondulosa cabellera de su amada. 

De repente hirió sus oídos en medio de una sonora carcajada el nombre de Mallorca. La explosión de un trueno no le hubiera sacado con más prontitud de su delicioso arrobamiento. Había cerrado ya la noche, y al volver la cabeza advirtió en su negra estancia, un gran resplandor que parecía dibujar en gigantescas proporciones el escudo de oro de un cruzado. Al pie de la ventanilla los almogávares habían encendido una hoguera, y calentándose dos de ellos platicaban amistosamente. Sin duda alguna habían pronunciado aquella palabra que le atraía como un conjuro, y acercóse luego, y reprimiendo su aliento escuchaba con la mayor atención. 

- No hay que reírse, Fortún, en Mallorca estuve, y el buen suceso de aquella jornada se debió a mi valor, o si quieres a mi sangre fría. 

- Como que para dispersar aquella bandada de cuervos se necesitase la persona de Jimeno! No dijera más el mismo Riambao de Corbera

- No eran todos cuervos. Águilas reales había también en la bandada, y agradézcase a Jimeno el que no hayan echado a volar otra vez por esos aires de Dios. 

- Es decir que las desplumaste. 

- O que las torcí el cuello. 

- Santa María de Valverde! Con que tú fuiste?... Pero no es posible. Tu casco por las mellas y remiendos se parece a una sartén vieja, y ni siquiera te lo han adornado con una pluma, aunque hubiese algunas de sobra en el rabo de un gallo. 

- En efecto, respondió Jimeno, quitándose el casco y mirándolo con cierto aire de gravedad y sentimiento. Tan mondo está como la capucha de un fraile! y a fé que no sentaría mal una cimera en el yelmo de quien asegura una corona. Pero esto se tiene uno de servir a buenos. 

- Hombre, tu lengua no perdona a los Reyes. 

- Ni mi espada tampoco. 

- Pobre príncipe! me da lástima su menguada suerte. 

- ¿Y por qué no había de morir como soldado quien peleaba como un soldado? Cuerpo de Dios! Crees tú que sus golpes de maza eran descargados por algunas manos de alfeñique? Válgame el ser más listo que un gamo. Por poco no me coge con uno de ellos y me hace saltar los sesos por las orejas. 

Pero D. Jaime no tenía ya más que tres caballeros a su lado, y un bote de lanza le derribó del caballo sin sentido. Entonces dije para mí: este Rey se ha encasquetado tan fuertemente la corona, que para arrancársela de cuajo es preciso cortarle la cabeza: y lo hice. 

- Padre mío! padre mío! 

Al mismo tiempo que resonaron estos gritos, reuniendo en un sonido los acentos del horror y de la piedad, de la indignación más violenta y de la amargura más profunda, salió por la ventanilla una mano cuyos dedos enredándose en los cabellos del almogávar semejaban las garras de un león hambriento asidas a una presa fuera de su jaula. La rojiza luz de la hoguera daba una expresión terrible a aquel semblante en que se hundían los hierros de la reja, a aquellos labios que sin cesar repetían: asesino! asesino! a aquel nervudo brazo que con vigorosos esfuerzos pretendía quebrantar en las piedras de la torre la cabeza de su enemigo. 

Fortún hubiera terminado prontamente esta escena: iba a descargar su azcona sobre aquella mano, pero al mismo tiempo oyóse el ruido de llaves y de pasos en la galería, viéronse acercar dos personas, y otro de los almogávares exclamó: el Rey. 

Acompañábale el alcaide Nicolás Rovira cuya dureza de corazón estaba en armonía con la aspereza de sus facciones. 

El Infante de Mallorca soltó su presa para no ver dos semblantes que le horrorizaban más que el del asesino de su padre. El Rey D. Pedro (IV de Aragón; el del punyalet, puñalete) le arrebatara una corona que había columbrado suspendida sobre su cuna, el alcaide hasta la esperanza de recobrarla. Aquel hombre parecía el ojo del usurpador clavado siempre en su víctima, que velaba incansable sobre ella y espiaba hasta sus menores movimientos. 

Venís a complaceros en mis padecimientos? les dijo al verles entrar en su prisión. Sobrado triste es mi vida en la soledad, no la amarguéis más con vuestra presencia. 

- Sobrino, le dijo el Rey con suave acento, como si aquella palabra no diese un colorido más negro a su violento proceder. 

- ¿Y aún osáis recordar unos vínculos que con sacrílega mano habéis roto? Sobrino llamáis al que tenéis aherrojado aquí como el más vil esclavo, como el más facineroso de vuestros reinos? La tiranía que usáis conmigo revela cuanatroz fue la injusticia que ejercisteis contra mi padre, y ¿os atreveríais a llamarle hermano? 

- Tu padre, cuando reconoció sus yerros, encontró mis brazos abiertos para recibirle, y mis labios no pronunciaron sino palabras de misericordia. 

- Pusisteis un poco de miel en el borde del vaso para que lo arrimase a su boca y sorbiese toda la hiel de que estaba lleno. Qué yerros había cometido? Pretendéis vos que un hijo crea en las calumnias que se forjan para empañar la memoria de su padre? Le rodeasteis con unos muros que se estrechaban cada día más, le atraíais como una serpiente que fascina a una avecilla, le llamabais a vuestros brazos de hierro para estrujarle entre ellos. Oh! vos sois cruel y astuto. Le cercasteis de lanzas y de traidores, y escribisteis ya su condenación en el rostro ledo y cariñoso con que le recibíais. ¿Por qué no rechazarle como enemigo, si enemigo era vuestro; o acaso os halagaba más verlo humillado que vencido? Aquel momento de debilidad en que confió su suerte al hermano de su esposa, le acarreó tamañas desdichas. Seguramente ahora pisaría el reino que el cielo le había dado, tal vez ahora os amedrentaría desde su trono. 

- Infante, tú deliras con ese trono. Nuestro abuelo el Conquistador no debía tener más que un heredero, y este soy yo. La imprevisión de tu padre remedió la de aquel sabio monarca: después de haber quebrantado los pactos de la infeudación (tratado de Perpiñán, 1279: rey de Mallorca Jaime II vasallo de Pedro III) era inútil su arrepentimiento... 

- Arrepentimiento! de qué? De haber sostenido sus derechos? Y no os arrepentís vos de una agresión alevosa? No os arrepentís de haber consumado la obra de la usurpación? 

- Él había corrido ciegamente al precipicio; si perdió en él su corona la culpa fue suya. Al menos había salvado su vida, y yo le restituí todo mi amor de hermano. Lo demás era imposible. La felicidad de un pueblo inmenso, el esplendor de la diadema de Aragón, el engrandecimiento de la cristiandad, la prosperidad misma de los mallorquines me lo impedía. Antes que el hombre es el Rey. 

- Decid más bien la ambición. Ella tiene más voz que la sangre. 

- Crees tú que haya venido aquí para escuchar reconvenciones y aun injurias? dijo el Rey, en cuyo entrecejo se percibía ya la irritación de su pecho. 

- No, no: habéis venido aquí para cerciorarme del afecto que profesabais a vuestro hermano, replicó el infante con un tono de sarcasmo y amargura. Queréis ver a su asesino? 

- Sabe el cielo cuánto ha desgarrado mi corazón aquel desastre, pero murió como un valiente en el campo de batalla. Mis tropas no vieron su espalda como la de tantos advenedizos en quienes vanamente confiaba. Yo mandé que fuese depositado cual convenía al descendiente de cien reyes, yo lloré sobre su sepulcro, y... 

- Mandásteis encerrar al hijo en una horrible prisión. 

- Basta, exclamó D. Pedro irritado. Sus dientes produjeron un leve ruido, y el mango del puñal que traía colgado en la pretina chocó con la hebilla de acero. Aún no hemos domesticado ese cachorro, dijo volviéndose a Rovira que 

permanecía mudo en aquel diálogo. 

El hábito del sufrimiento había gastado la energía de alma del infante de Mallorca D. Jaime IV, después que hubo agotado hasta sus lágrimas en tan prolongado encierro. La momentánea exaltación de sus ideas, producida por la plática de los almogávares, y la improvista llegada del causador de sus desdichas, prestaron a su lenguaje una expresión vigorosa y atrevida, en tanto que D. Pedro manifestaba la calma de un mar alterado en lo profundo, y una mansedumbre que no le era natural. Aquellos dos actores habían trocado sus papeles; pero cuando el uno parecía alzar el dique a su represada cólera con una penetrante mirada aterró a su interlocutor. La víctima recordó entonces que se hallaba inerme y maniatada delante de sus sacrificadores.

- Oh! yo no quiero más que mi libertad. Lo que tiene el más pobre de los que debían ser mis súbditos. Es tan horroroso pasar años y más años en un estrecho sitio! ser tan joven y no poder ver el mundo! sentirse lleno de vida y sofocarse con ese aire estancado!... 

- Y qué uso harás de tu libertad? 

- Ah! soy un huérfano, y aún más desgraciado que ellos. La ambición me arrebató al padre, el dolor la madre (Constanza); porque mi madre murió sin duda no de enfermedad sino de pesadumbre. Y yo no estaba a la cabecera de su lecho de muerte! Pero, me queda todavía una hermana. Correré a verla, 

la abrazaré, y... lloraremos juntos. 

- Y después? 

- Oh! 

- Mañana podrás obtenerla. 

- Qué?... Qué decís? exclamó el infante como deslumbrado por el resplandor imprevisto (improviso) de aquella idea de esperanza, que cruzó a manera de luminoso relámpago por la obscuridad de su alma. 

- Mañana se reunirá en la catedral un gentío inmenso, acudirán todos los barones y prelados, los nobles y el pueblo, mis hijos y tus deudos, pondrás la mano sobre los santos evangelios, recibirás la sacrosanta hostia, y me prestarás 

pleito homenaje de fidelidad y sumisión. Pedirás en alta voz que el cielo descargue sobre ti todos sus anatemas, que el infierno te persiga con todos sus furores, que la tierra no te preste asilo ni en una mísera cabaña, que la historia grave en tu frente la marca del traidor, si algún día faltares a tus juramentos. 

- Oh! no, nunca... nunca. 

- Loco! pues qué querías? 

- Quería empuñar una lanza, despertar con mis gritos a la lealtad dormida... 

- Insensato! aún conservas quiméricas esperanzas? 

- Y morir en la demanda. 

- La muerte? ella vendrá a buscarte. 

- En esa torre, no. Dejadme morir en el campo como honrado, no aquí como reo. 

- Aquí te buscará. 

- Pues si ha de venir venga alómenos pronto: la espero, dijo D. Jaime con un arranque de sentimiento en que se confundían la resignación y el despecho.

- No: tardará, vendrá a pasos lentos, y en cada uno te doblará la agonía. Vámonos Nicolás, añadió con un tono decidido. Pues se ha negado a la protección de su Rey, queda otra vez a la vigilancia de su carcelero. 

Y ambos volvieron las espaldas. 

- Tío! Tío! exclamó el desgraciado príncipe que se había postrado de hinojos a los pies de su opresor, y le abrazaba las rodillas para detenerle. Pero D. Pedro le apartó de sí con un recio empujón, y el alcaide cerró la puerta dejando al infelice medio desvanecido en las tinieblas de la noche. 

Al volver de su desmayo arrimóse de nuevo a la ventanilla, y como si esperase descubrir al matador de su padre por los indicios de una más feroz y repugnante fisonomía, examinaba con tenaces ojos la figura de sus guardadores. 

Todos le parecían igualmente horribles, igualmente capaces de tan cruel hazaña. Veíales pasearse al resplandor de la hoguera, y veía sus sombras reducirse, crecer, tomar gigantescas proporciones y agitarse en las bóvedas de la galería como una danza de espectros infernales. Uno de ellos empero permanecía sentado en el suelo y con la cabeza puesta entre las manos como si le hubiese rendido el sueño o la fatiga. Era Fortún que hablando consigo mismo se decía: Hete aquí un descubrimiento inesperado. Después de tantos años quién diablos había de presumir que este pobre príncipe viviese aún! Por tan muerto le tenía como a su tatarabuelo el Conquistador. A fé que más le valiera haber corrido la negra suerte de su padre ya que había seguido su noble ejemplo. No le han dado a beber la muerte de un trago, y le obligan a saborearla gota a gota. Malas pascuas me dé Dios si yo no prefiriera mil veces quedar tendido al sol en un campo de batalla a pudrirme en la oscuridad de este calabozo. A bien que los cerrojos de una cárcel no son tan duros de quebrantar como la losa de un sepulcro! 


II. 


Una hermosa quinta se elevaba en las cercanías de Barcelona, cuyo dueño Jaime de San-Clemente (Jaume de Sant Climent) había sido partidario acérrimo del infortunado Rey, que en los campos de Lluchmayor no pudo redimir la corona usurpada ni aun al precio de su sangre y de su vida. Los brazos de este venerable eclesiástico recogieron al Infante herido gravemente en la batalla, y él y una candorosa niña, a quien daba el título de sobrina, cuidaron con el mayor esmero del precioso vástago en que estaban cifradas todas sus esperanzas. Pero muy pronto el enemigo vencedor les arrebató aquel tesoro, y alejándose rápidamente no imprimió ni una huella en su camino: ignorábase por consiguiente la suerte del Príncipe, y el ojo más perspicaz se perdía en la densa niebla que rodeaba al objeto de sus investigaciones. 

Después de aquella sangrienta derrota, Jaime de San-Clemente había pasado a Barcelona, como para espiar en el semblante del rey don Pedro el destino de su víctima. Agrupáronse en su alrededor los pocos leales que alimentaban el mismo pensamiento de reedificar un día el trono que habían visto desplomarse. Pero el real huérfano no parecía; el cielo estaba horriblemente obscuro y no se mostraba en él la rutilante estrella que debía conducirles. San-Clemente les 

consolaba en su desamparo, respiraba en sus pechos como para sostener y avivar con su soplo el ardor caballeresco que les animaba, y exortábales a tener puesta su esperanza en el supremo Rey, que con la facilidad misma con que separaría las palmas de sus manos unidas, divide las filas de numerosos combatientes para abrir entre ellas un camino a sus escogidos. La lealtad fatigada con la tardanza apoyaba su frente en el pecho de este varón, al modo de un amante que cansado de aguardar y sin ánimo para abandonar el puesto, 

se reclina en la pared de un templo vecino. 

Fortún había sido el ángel que anunciara la feliz nueva tanto tiempo ardorosamente deseada. Reanimáronse las esperanzas de los leales, y recurrióse luego a la autoridad medianera del Pontífice para que con el escudo de su protección cubriese aquel príncipe sin valimiento, y con su voz, eco de la voz divina, quebrantase los cerrojos de su prisión. 

El papa Inocencio VI solicitaba en vano su libertad; D. Pedro oponía a sus instancias que debía comunicar con los prelados y barones de sus reinos un negocio de tamaña trascendencia, pero en su corazón estaba ya decretado el 

encierro perpetuo del Infante. Este no debía salir sino para la tumba. La sentencia era irrevocable, porque la ambiciosa política de D. Pedro la había dictado, y su orgullo resentido la autorizaba con profundo sello. La noble entereza con que D. Jaime rechazó la humillante propuesta de su tío, apagó en el pecho de este la última centella de humanidad: desde entonces la cárcel se convirtió en tortura, y el carcelero en verdugo. El Rey mandó construir un aposentillo de hierro para tener por la noche enjaulada su víctima, y entregándola a Rovira no ignoraba que podía confiar en él como Plutón en la ferocidad del Cerbero. 

El primer sol del mes de mayo tocaba al término de su carrera. Sus últimos rayos se perdían entre los florecientes rosales de un vergel, parecido a un riquísimo tapiz de cien colores que se despliega a los pies de una reina. Constanza respiraba allí su aromática brisa medio embelesada en sus deliciosos pensamientos. Dos eran los afectos que campeaban en su corazón, y ni ella misma hubiera decidido cuál era el más fuerte, activo e imperioso. Semejantes a dos avecillas que se arrullan en un nido, ninguno se envanecía de ser el primero, porque el otro no podía ser el segundo: uno empero había crecido con el tiempo, otro nacido ya grande. Cuando la niña Constanza velaba al hijo de su Rey gravemente herido en el rostro, sentía exaltarse tanto su afecto que el entusiasmo de la lealtad se abalanzaba casi hasta la esfera del amor: cuando la joven Constanza abrió su pecho a los efluvios de esa pasión vehemente, la imagen de su querido Umberto Desfonollar (de Es Fonollar, D‘ Es Fonollar; fonoll : hinojo, apellido Hinojosa) se colocó respetuosa al lado de aquella que sola desde mucho tiempo llenaba su corazón. 

Sin duda en su fondo estas dos imágenes murmuraban un misterioso diálogo, cuando lo interrumpió la llegada de San-Clemente, a quien Fortún y Umberto acompañaban. 

- Hija mía, dijo el anciano, ya se acerca la noche que ha de traernos la aurora de nuestra felicidad. El cielo ha oído por fin mis votos. Eran tan ardientes...! tan repetidos...! Bendigamos la mano del Todopoderoso que descubre una senda 

segura por entre los precipicios y malezas que la obstruyen. 

Noble guerrero, añadió volviéndose a Desfonollar, he aquí el laurel que te espera. 

- Mis sienes dejarán de latir muy presto, o serán dignas de llevar esta corona. 

Constanza en cuyos ojos de fuego y en cuya sonrisa de ángel brillaba la esperanza con todos sus atractivos, recorría de una cariñosa ojeada el bravo continente y gentil apostura del ufano doncel. Umberto, le decía, si volvieses a mi presencia como un cobarde... Oh! no... si murieses en la demanda mis lágrimas regarían tu honrosa tumba, y mis lágrimas... 

- Valen bien una vida, exclamó entusiasmado Umberto. 

- Serían por ti... y por él. 

- Cuerno de Satanás! no tendré yo quien me llore ni haga siquiera un par de muecas, si alguna maza viene a contarme las costillas. Pero no haya miedo. 

En buenas manos está el pandero. ¿No sabemos todos que allí donde no se 

acerca el lobo tal vez la zorra mete su hocico? Confianza tengo en Santa María de Valverde, y en nuestro amigo el cerrajero, que hemos de dar la vuelta por aquí sanos y salvos, antes que la luna nos muestre sus cuernos de plata, como diz que los trae en su gorra un caballero portugués. 

- Querido Umberto, si la robustez de mis brazos respondiese al valor de mi alma, no os dejaría yo sin compartir los peligros y la gloria de tan generosa empresa. Oh! quién pudiera ser hombre esta noche para ser tu compañero, y 

mujer mañana para ser tu esposa! 

- Hija mía, a nosotros nos pertenece orar solamente para que el Señor derrame la copa del desaliento en el corazón de nuestros enemigos. 

- Y a nosotros poner pie en el estribo porque es hora de colarnos en la ciudad, dijo Fortún cogiendo del brazo a Umberto, y señalando con el índice de su izquierda dos briosos caballos que en la puerta del jardín ensillados esperaban. 

- Dios os bendiga, defensores de la buena causa. 

- Amén, respondieron los guerreros arrodillados mientras el venerable eclesiástico hacía sobre ellos la señal de la cruz. San-Clemente besó tres veces en la boca al paladín, y este imprimió sus labios en la mano que le había bendecido. 

Pocos momentos después veíanse cubiertos de una nube de polvo dos jinetes a quienes seguían los ojos de Constanza humedecidos con una lágrima de ternura, de fidelidad y de amor. 

El Infante de Mallorca desde la entrevista con su tío quedó abismado en un profundo abatimiento. Sin fuerzas para resistir a la tempestad, dejábase llevar de la corriente a manera de la barquilla en que ha naufragado el piloto. La última raíz de la esperanza estaba ya seca en su corazón, y al clavar sus ojos empañados en el cielo parecía decirle: todo está aquí. Sin embargo era muy triste volverlos a la tierra para encontrarse siempre cara a cara con el áspero semblante de Rovira. Esta idea era atroz como un remordimiento. Esta visión le perseguía incesantemente como a un asesino la fantasma de su víctima: hubiérase dicho que el alcaide era su sombra si un rayo de sol penetrase por las espesas rejas de su prisión. Ni la obscuridad de la noche le libraba de semejante martirio. Cuando resonaba a lo lejos el ruido del rastrillo que caía, y el rechinido de las puertas que se cerraban, dejábase el Infante arrastrar a su jaula y acurrucábase en ella para dormir un sueño incierto y penoso; pero poco después en medio de un silencio aterrador oía los acompasados ronquidos del alcaide, y sentía la impresión horrible que causaría a una oveja descarriada el ahullido de un lobo en la caverna que a entrambos guareciese. 

En la mitad de la noche turbaron el sueño de Rovira extraños rumores. Parecióle haber oído las puertas del alcázar que se abrían. Sin su orden, y a tal hora!... 

El ruido de los pasos aumentaba en la galería, y como que allí se trabase una especie de lucha sorda en que todo el esfuerzo de los vencedores se dirigía a sofocar la respiración de los vencidos. La idea de traición asaltó su mente, y jurara haber oído aquella voz. Bastóle un momento para saltar de su lecho, armarse de pies a cabeza, embrazar un escudo, y empuñar su terrible maza. Encaminábase a la puerta de la torre cuando una llave, que no era la que solía colgar de su cinto, penetró en la cerradura, un recio empujón abrió la puerta de par en par, y algunos guerreros desconocidos se precipitaban por ella; pero el delantero quedó tendido en el umbral y los demás retrocedieron espantados. 

- En nombre del cielo, y de la justicia de sus derechos, entréganos al Rey de Mallorca, dijo Umberto Desfonollar; pero aquel a quien dirigió sus palabras no contestaba sino blandiendo una maza como si fuera un mimbre. 

Embistieron de nuevo los parciales de D. Jaime, pero en vano. La puerta había cedido para dar lugar a una muralla de hierro. 

- Por el alma de mi padre! exclamó Fortún. Está visto: a ese diablo se le antoja almorzar mañana en los infiernos. 

Pues será bueno arrearle un poco para que llegue pronto a la posada. 

Y cogiendo una ballesta cejó algunos pasos y disparóla con toda su fuerza. 

La saeta dio un silbido y se quebró la punta en la plancha de acero que revestía el escudo. 

No todos los que custodiaban al Infante habían concurrido en el trato de abrir las puertas a sus valedores, así es que en aquel momento se distinguía a la débil luz de las estrellas una lucha terrible entre los dos partidos. Veíanse arrastrar por el suelo unos bultos negros, unos monstruos de cuatro pies y cuatro manos que se retorcían de mil maneras. Los amigos de Fortún se arrojaran sobre sus compañeros que dormían, y abrumándoles con su cuerpo, y ciñéndoles con sus robustos brazos, y comprimiéndoles el pecho con sus pechos, les detenían el aliento para que no articulasen un grito que destruyera sus esperanzas; pero ellos forcejaban para desasirse, y bajo la férrea mano que les aplastaba los labios, con interrumpidos esfuerzos proferían la palabra ¡socorro! 

El alcaide rugía de cólera y empezó a vociferar. Umberto se estremeció con aquellos gritos de alarma cien veces más formidables que los golpes de su maza. Desesperado avanzó con la espada desnuda, pero antes de llegar a su enemigo solamente empuñaba la guarnición. La hoja partida en dos pedazos había caído a sus pies. 

Aquellos momentos eran horriblemente angustiosos. Al sordo estrépito de aquella lucha sombría en que los enemigos se buscaban en la obscuridad, agitándose rabiosamente como sombras de condenados, despertó el infeliz príncipe y reconoció el difícil trance en que se veía. La salvación o el patíbulo pendían de un hilo que luego luego (llugo llugo : pronte; pronto) debía romperse. El mismo pensamiento atarazaba las entrañas de sus leales servidores; y entretanto seguía la voz del alcaide que clamando traición! sobrepujaba el tumulto de la batalla como un trueno el de la tempestad. 

Perder un momento era perderlo todo. Umberto dio un salto de alegría, y cogiendo una enorme piedra rompió la reja de la ventanilla: Fortún, exclamó, acabemos de una vez, adentro. Y dicho esto teniendo apretada la daga con sus 

dientes, probó a introducirse por la ventanilla para distraer la atención del feroz alcaide. Adiós Constanza, murmuró no dudando que su arrojo debía costarle la vida. Por fortuna suya cuando Rovira advirtió un bulto que asomaba en lo interior de la torre, perdió algún tanto de serenidad temiendo ser acometido a un tiempo de frente y por la espalda. Arrebatado de ira descargó su maza sobre Umberto, pero el golpe resbaló en su casco de acero y únicamente le dejó sin sentido, le desmenuzó la cimera y le hizo saltar la daga toda bañada en sangre. Fortún y sus amigos aprovecharon aquel movimiento, y precipitándose sobre él le tendieron en tierra. Fortún tenía que vengar los duros tratamientos que recibiera el Infante, y la horrible contusión del bravo Umberto: la cabeza de Rovira, separada del tronco y rodando entre los pies de los vencedores, atestiguaba la apetecida venganza. 

- Amigos míos! generosos amigos! exclamaba D. Jaime luego que le hubieron sacado de su aposentillo, y su blanda mano se enlazaba con las duras y callosas de sus salvadores que parecían haberse calzado unas manoplas de hierro cubiertas de orín. 

Al mismo tiempo Umberto recobró los sentidos (el sentido) y a media voz exclamó: viva el Rey de Mallorca! viva, repitieron sus compañeros, y todos salieron apresuradamente. 

Cuando esto sucedía el Rey D. Pedro se hallaba en Perpiñán, adonde acababa de llegar después de haber salido de Barcelona y pasado algunos meses en Valencia. Este monarca activo, enérgico, infatigable parecía no tener corte ni 

residencia fija, y la inquietud de su espíritu se traducía en su continuo movimiento. Díriase que la naturaleza le había dotado de un cuerpo de hierro para que fuese digno albergue de un corazón que vencía al hierro mismo en insensibilidad y dureza.


 

III. 


Llevada a buen término su generosa cuanto arriesgada empresa, los libertadores del Infante se diseminaron por diferentes puntos, no sólo para substraerse con más facilidad a la persecución que les amagaba, sino principalmente para no infundir sospechas de la ruta que su príncipe seguía. 

La multitud y varia dirección de las huellas debía hacer perder la pista al cazador. 

Por desusado camino se dirigían tres guerreros montados en sendos bridones a la quinta de San-Clemente. Aguijad, pese a vuestra alma, decía el delantero. 

No parece sino que aguardáis a que se nos eche encima toda la jauría que a estas horas debe ya de estar ladrando en la ciudad. Pues buena hacienda hubiéramos hecho! Así os vendría a pelo entrar ahora en una danza de espadas como a mí calarme una cogulla y rezar docena y media de responsos al ánima del Cid. 

- Fortún, el golpe atroz que ha magullado mi cabeza no ha roto los nervios de mi brazo. Ah! no esperaba yo acompañaros, príncipe mío; pero quedaba con vos un soldado tan fiel como valiente. 

- Juro a Dios que a tener tiempo metía mi cabeza entre vuestro casco y la maza de aquel perro, a guisa de cocinero que echa una pierna de venado entre el tajo y la cuchilla. Sobre que ha sido aquello un porrazo descomunal. 

- Rovira era membrudo, añadió el príncipe, hubiera volteado la clava de Hércules como si fuese una honda, pero faltábale de humanidad lo que le sobraba de bravura. 

- No sé yo si este señor miércoles era hombre de pro, lo que es cierto que ni el mismo Roldán lo encajó más recio cuando se propuso rebanar de un fendiente las peñas de Roncesvalles. 

- Paréceme Fortún que te quedes algo rezagado, dijo Umberto, y si por desgracia nuestros perseguidores tomasen este camino, emboscándote por aquella ladera cubrirías nuestra retirada con esa estratagema. 


- Acertado consejo, vive Dios! exclamó Fortún. Para mí tengo que no valdrá menos vuestro ingenio que vuestra lanza cuando nuestro buen Rey tremole su estandarte en la primera colina de su querida isla. 

Los dos caballeros se adelantaban a todo escape, tuvieron empero que aflojar el paso porque aquella agitación era demasiado violenta para el príncipe. 

- Respiremos un poco, querido Umberto. Acostumbrado a la inmovilidad de una prisión me parece cabalgar por primera vez: y sin embargo en los días de mi infancia yo solo hubiera domado el potro más brioso de nuestra caballeriza. 

Ah! en este momento vuelvo a empezar la vida. Es preciso que vuelva a correr en mis venas la sangre de la juventud, es preciso añudar este día con aquel tristísimo en que desangrado y moribundo lo perdí todo, todo menos el corazón. Verdad es que me separa de él un largo periodo cuyos extremos abarca apenas la memoria; pero yo no lo he vivido. 

- ¿Qué mal nos hacen las nubes tempestuosas aglomeradas a la espalda, cuando el cielo se descubre risueño delante de los ojos? Oh! nuestro porvenir es hermoso. Paréceme vislumbrar dos coronas distintas que se balancean sobre nuestras cabezas. 

- Por ventura te han usurpado también la baronía de tus padres? 

- No: mi reino vale más que un feudo de cien castillos. Es el corazón de una mujer. 

- Umberto, tus palabras resuenan con el acento de la felicidad. Tú eres amado. ¿No es verdad que no trocarías tu guirnalda de flores por mi diadema de oro? 

- Amado! también lo sois vos, señor. Sí pusierais la mano sobre cien mil corazones los sintierais palpitar por vos. El polvo de Lluchmayor no se ha amasado con la sangre de todos los leales. Tendréis brazos que os sirvan porque no faltan pechos que os adoren.

- Sí; cien mil corazones para el Rey, y quizá ni uno solo para Jaime. ¿Y qué me importaría un corazón que no fuese el suyo? Encontrar una perla cuando se busca un diamante...! Escúchame, amigo mío. Tú has abierto las puertas de mi prisión como el ángel que libró a san Pedro del poder de Herodes, y mereces algo más que la benevolencia de un monarca a su privado. Tal vez no tenga mañana en mi compañía sino un escudero, pero ahora tengo un amigo, y respirando a su lado esta deliciosa brisa, que recoge al pasar los aromas de la floresta, siento ensanchárseme el corazón con el recuerdo de las ilusiones que mitigaban el tedio de mi vida. Oh! aquello era un panal que se destilaba gota a 

gota en una copa de acíbar. Yo no había visto más que hombres, mis ojos no habían buscado otro semblante que el de los guerreros. ¿Qué valían para mí aquellos seres cuyos brazos no eran bastante fornidos para empuñar una gruesa lanza en defensa de los derechos ultrajados de nuestra dinastía? 

Mi sangre juvenil solamente ardía para la gloria, el honor clamaba en mis oídos, la ambición devoraba mi pecho, porque creía que esta ambición hija de la justicia sería bendecida del cielo, y no lo fue. Mi infelice padre fue saludado con gritos de guerra en vez de aclamaciones, poco importaba; pero la fortuna desamparó al valor, él halló la muerte en vez del trono, y yo encontré un pimpollo de hermosísima rosa que desplegaba sus purpúreas hojas en medio de aquella balsa de sangre. Mi querido Umberto, cuando mi pensamiento se fija en aquella criatura celestial, en aquella graciosa niña que lloraba mis infortunios, me olvido de que hay un padre a quien vengar y una corona que debía ceñir mis sienes. Oh! mi tío ha sido bien cruel conmigo! tan cruel como la entumecida ola que arrebata la tabla a que el náufrago se asía. Hubiéseme dejado vivir en una choza al lado de ella! El que es feliz no anhela ser rey. Pero lejos de ella su imagen vino a consolarme. Hablábame al oído con la voz de un ángel, y yo la escuchaba todo el día, porque sus palabras eran las que apetecía mi corazón. 

Yo no sé si vive, ni quienes son sus padres, ni cuyo es su amor: hasta su nombre ignoro, pero aquella ilusión endulzaba mi existencia. Cuando las sombras caían y pesaban como una losa sobre mi alma, ella venía a derramar un suave resplandor en mis ensueños. Figurábaseme a veces que yo era un trovador y cantaba al pie de un derruido alcázar, y ella se me aparecía entre las almenas, y luego volaba en forma de mariposa y sacudiendo sus doradas alitas sobre un tomillo me decía que la siguiese, y luego se perdía por una intrincada selva cuyos árboles estaban todos en flor. Otras veces era yo un paladín armado de punta en blanco dirigiéndome a un encantado palacio en que ella estaba encerrada, porque un poderoso barón se había enamorado de su hermosura, pero fiel a mi cariño ella tremolaba un pañizuelo en sus ventanas para llamarme, y luego salía de allí un gigante horrible, y yo le vencía y el castillo quedaba deshecho en humo mientras ella estampaba sus besos en mi sudorosa frente. También me aparecía a veces como una visión celestial: sus cabellos destrenzados no eran cabellos sino hilos de oro bruñidos que ensortijados cubrían su desnuda espalda, unas sandalias de escarlata envolvían sus delicados pies, unos rapacejos sembrados de lentejuelas se entrelazaban por sus cándidas piernas como una yedra de oro revuelta en unas columnitas de alabastro, un blanco cendal escondía sus aéreas formas, y sin embargo aquella visión era purísima, semejaba la gloriosa santa Olalla cubierta con su manto de 

nieve: ella tañía un laúd y su divina armonía resonaba en mis oídos... Oh! por qué despertar entonces? Qué podía hacer en aquella torre, en que mi vista se estrellaba en sus negruzcas paredes, en que no percibía otro rumor que el de mis macilentas pisadas, sino repasar durante el día las visiones y los sonidos de la noche? Yo retorcía mis brazos y clavados mis ojos en el cielo exclamaba: 

Dios mío! Dios mío! dos coronas o ninguna. 

Entretanto en el oriente el colorido azul de los cielos tomara un brillo más hermoso, semejante al de un zafiro que el artífice ha pulido, y la luna que empezaba a mostrarse enhebrando sus nacientes rayos por el ramaje de una colina, parecía a lo lejos un arco de plata que el opulento barón dueño de aquellas cacerías colgara en el pino más erguido de sus bosques. Apeáronse los dos caballeros en el postigo de un jardín, y los brazos de San-Clemente se enlazaron en el cuello del príncipe, como los de un anciano padre que torna ver a su unigénito creído muerto en lejanos países. La alegría no encontró palabras y reventó en lágrimas. Las emociones de aquellos momentos absorbían la fruición, los recuerdos, las esperanzas, y el sentimiento que resultaba de este conjunto no puede referirse sino haciendo sílabas los latidos del corazón. Algunos minutos habían pasado cuando prorrumpió el venerable eclesiástico. Bien venido seáis mi amado príncipe, más de doce años há... Desde aquel 

infausto día, en que os arrebataron a estos brazos que sostenían vuestra desfallecida cabeza, no he dejado uno solo de rogar al cielo que alargase mi vida hasta disfrutar estos momentos... Pueda yo ahora desde un lugar más cercano al solio del Eterno implorar su clemencia para que sea colmada la protección que os dispensa. 

- Generoso anciano, mis desgracias han sido bien grandes para que yo las olvide, y recordando la hiel que estaba condenado a beber, recordaré también la mano que me ha quebrado la copa antes de apurar sus heces. Sin vuestro paternal cuidado tal vez hubiera perecido, sin vuestro constante afecto tal vez me hubiera secado en una horrible prisión. ¿Pudiera olvidar que os debo mi vida y libertad? Y tú, mi noble amigo, ven a mis brazos; aquel golpe que cayó sobre tu cabeza hubiera partido mi corazón si la Providencia no te hubiese salvado. Oh! yo no merecía tamaña fineza. La lealtad no pedía tanto; pero tu heroísmo está grabado en mi pecho, y si un día me siento en mi trono, o si el viento de la fortuna no me permite arribar a mi tierra natal, Rey o proscrito, me complaceré en leer la historia de una acción tan noble y generosa. 

El Infante se había arrojado a los brazos de Umberto y ceñía su cuello con el entusiasmo de un sincero amigo. Constanza que acudiera a besar la mano de su príncipe, y a congratularse con su amante del feliz éxito de aquella empresa, 

habíase detenido a sus espaldas para contemplar una escena cuyos interlocutores eran todos los que amaba en este mundo. Parecía aquello un misterioso drama en que se personificaban las varias especies del amor humano, y su corazón se bañaba en la confluencia de dos ríos de ternura. 

Aquel cuadro encantador en que destacaban como principal grupo su rey y su amante abrazados, que el cielo parecía acechar con los ojos de sus estrellas, iluminado por el suave resplandor de la luna, perfumado con el aliento de tantas flores, embellecido con la sonrisa de la naturaleza... Sí, sí, es verdad que hay momentos en que la felicidad es tan pura, que puede dudar uno si está en la tierra o en el cielo. 

Al soltar los brazos de su libertador volvió el Infante los ojos, y vio una mujer ricamente ataviada: una larga túnica de seda color de violeta cubría su cuerpo, flotaba en su cabeza un velo trasparente adornado de una pluma blanca, un collar de perlas rodeaba su garganta, zapatos bordados de oro escondían sus pies, y sus torneados brazos, saliendo por entre unas mangas que caían más abajo de la rodilla, cruzados sobre el pecho sostenían la rozagante cola de su 

vestidura. 

- Oh! es ella!... gritó súbitamente. Querido Umberto, es ella... ella misma!... 

- Quién...? Dios mío! Dios mío! exclamó Umberto con equívoco acento. 

El Infante retrocedió como asombrado, luego se precipitó hacia Constanza: quería abrazarla, pero se quedó arrodillado a sus pies. 

- Príncipe! exclamó la virgen, que no había salido aún de aquel dulcísimo arrobamiento. 

- Oh! sí, es ella, no hay duda, su mismo rostro, su mismo talle, su misma voz; pero cien veces más hermosa, más hechicera, más melodiosa... 

Oh! la copa de la felicidad se ha derramado sobre mi corazón. Umberto, Umberto, si estoy soñando no me despertéis. 

San-Clemente estaba absorto con aquel repentino entusiasmo, Constanza nada comprendía, Umberzo cruzó lánguidamente sus manos, inclinó la cabeza y con los ojos inmóviles sobre aquel grupo, hubiera parecido la estatua de la resignación si no fuese por su armadura de guerrero. 

- Levantaos, excelso príncipe, exclamó la doncella, cuyas mejillas coloreadas eran mil veces más bellas que las rosas que en su derredor florecían. Levantaos, yo debiera hincarme para ofreceros el respetuoso homenaje de mi apasionada lealtad, pero permitidme antes que cuelgue de vuestro cuello esta sagrada reliquia que un devoto peregrino trajera de Ultramar. Este fragmento de la cruz del Redentor es el don más precioso que me ha legado mi madre, aceptadlo como tributo del entusiasmado afecto que profesa mi corazón a su 

legítimo Rey, aceptadlo como escudo que el cielo os envía para defenderos en la arriesgada lid que vais a emprender. 

Entonces le ciñó una cadena de plata de la cual pendía un relicario engastado en pedrería que el Infante besó con ardor y reverencia. Este beso a un objeto de su culto que le entregaba su amada en medio de las aspiraciones a futuros 

combates, cifraba todos los pensamientos de aquella época, la religión, el amor y la caballería. 

- Dime quién eres, hermosa criatura, exclamó el príncipe. La primera vez que mis ojos se encontraron con los tuyos me deslumbró su resplandor. Yo te adoraba como a un ángel porque te creía tal; pero cuando tus lágrimas cayeron 

en mi rostro empecé a adorarte como a mujer. Oh! yo no había probado nunca tan halagüeñas sensaciones. Yo no pensaba que se pudiese amar a una mujer más que a su propia madre. Yo no creía que un pensamiento solo pudiese ocupar toda el alma, ni que una visión bastase a embellecer una cárcel horrorosa, ni que un ensueño nos sumergiese en una delicia inmensa... y todo esto ha sucedido...! 

Estas palabras caían como otros tantos golpes de maza sobre Umberto, y sin embargo el fiel vasallo diera todavía su sangre y su vida por el mismo que así magullaba su corazón. 

Constanza enmudecida tenía sus ojos clavados en tierra. La penetrante mirada del príncipe revelaba una pasión profunda, y la ruborosa virgen carecía de valor bastante para soportarla. Levantaos, señor, repetía, y sus labios no hallaban otra frase para continuar. 

- Bien estoy así para oír los acentos de tu amor, hermosa mía. No es verdad que tú también me amas? que tu corazón responde al mío, y que en este momento lo sientes henchido de la felicidad más pura? 

- Sí, príncipe mío, el gozo que ahora disfruto recompensaría una vida entera de infortunio y de dolor. 

- Oír estos dulcísimos acentos y no morir de placer! Pasar de la miseria suma a ese contentamiento inefable! Oh! en cuán corto tiempo he recorrido una distancia infinita! 

- Acordaos señor, le dijo acercándose el respetable anciano, que la Providencia os ha destinado un trono y... 

- Qué más trono que el de su corazón? qué más apetecible imperio que el de su mano? 

- Su mano! replicó San-Clemente asombrado, Constanza es una pobre huérfana... 

- También mi madre se llamaba Constanza, y ha sido reina de Mallorca. Constanza mía! para qué quiero yo un cetro sino para que tu mano hermosísima lo extienda sobre la cabeza de cien mil vasallos? 

- Mi mano señor... 

Constanza se interrumpió a sí misma. Había en su corazón una lucha inexplicable. En aquel apurado trance tenía que soltar palabras que lastimasen al príncipe o atormentasen a su Umberto, y ella hubiera dado su sangre por cualquiera de los dos. Aquel joven que desde una prisión se arrojaba a sus brazos era su rey... y era tan hermoso!... y había sido tan desgraciado!... y la amaba tanto!... podía ella cerrar sus brazos y rechazarle? pero, Umberto! aquel 

héroe tan bizarro... tan intrépido... tan generoso... a quien ella amaba tanto! Oh! sus dos afectos se habían vuelto gigantescos en aquel punto; mas no reposaban ya como dos hermanos en un lecho, peleaban sí como dos enemigos en el campo: luchaban cual si uno debiera salir vencedor, cual si uno debiera reinar solo en aquel corazón. 

- Prosigue, querida Constanza, tu boca es un panal de miel, y no destilará veneno para mí solamente. 

- Mi mano, señor, no es mía... es de Umberto. 

- De Umberto! exclamó el Infante, levantándose rápidamente como si un trueno hubiese estallado dentro del jardín. Cielos! cielos! o el colmo de la infelicidad, o el colmo de la ingratitud! Y luego abalanzándose a Umberto proseguía con acento de amargura. ¿Por qué me has salvado? 

- Decid más bien: por qué no has muerto? y entrambos seríamos felices. 

- Generoso amigo, añadió el príncipe, endulzando su voz con un tono de súplica, para ti las esperanzas más seductoras, para ti los blasones de la victoria, para ti los aplausos de la fama, para ti el brillo de la diadema... para mí la hermosura de Constanza. 

- Sois mi rey, contestó Umberto, así como es vuestra mi cabeza también lo es el laurel que debía ceñirla por haberos devuelto la libertad. 

- Oh! la historia dirá de ti, sacrificó a su rey la vida, y a su amigo el afecto más bello de su corazón. 

- Príncipe, prorrumpió el anciano mostrando en su apostura una gravedad imponente. No os entreguéis a vanas ilusiones: vuestra senda es la del trono, y debéis apoyaros en los auxilios que el cielo naturalmente depara. Unida vuestra 

mano a la de una princesa será más poderosa y fuerte para recobrar la herencia de vuestro padre. Acordaos que debéis vengarle. ¿Está muda para vos la sangre marcada todavía en las piedras que los labradores de Lluchmayor remueven con el arado, lanzando un gemido de horror y de indignación? 

Además ¿sabéis quién es Constanza? 

El tono singular de esta pregunta infundió una especie de zozobra en el pecho de la hermosa, y en el de sus amartelados caballeros. Qué significaban estas palabras? Por qué tan extraño acento? Después de una breve pausa el anciano 

prosiguió: La niña Constanza reposó únicamente en el regazo de su madre. El noble caballero a quien debía su ser no pudo abrazarla... porque era fruto de un amor ilegítimo. 

- Dios eterno! exclamaron a la vez Constanza y Umberto cubriéndose el rostro con las manos. 

- Oh! el mío es puro: puro como la luz del cielo, puro como el amor de los ángeles, puro como la belleza virginal de su semblante... Ven a mis brazos, desvalida huérfana, yo seré tu apoyo: reclinarás tu divina frente sobre mi inflamado corazón... 

- Tened a raya señor los ímpetus de juveniles pasiones, prosiguió el anciano. Mirad ese relicario y en él descubriréis un arcano y un escarmiento. En su reverso está grabado el sello de los reyes de Mallorca... Jaime III fue su padre. 

- Hermana mía!.. exclamó el Infante, y sin poderse contener se echó en los brazos abiertos de Constanza, quien como si saliera de un sueño repetía embelesada: Hermano! hermano! qué inesperada felicidad la mía! 

La llegada del almogávar interrumpió esta escena. Los rayos del sol naciente doraban la cima de la colina más elevada, y el Infante recelando la extrema agitación de su pecho, abandonó a su hermana, y entonces, cual si temiera que 

el aliento de fuego de su primer afecto empañase la ternura del fraternal cariño, exclamó: 

- Fortún, quieres seguirme? 

- Hasta los confines del mundo. 

- Correremos peligros. 

- Los que me arredren no serán los míos. 

- He salido de las garras, pero no de la jurisdicción de mi enemigo. No hay que perder (ni un) momento: es preciso salvar las fronteras. 

- Las salvaremos. Tenemos buenos caballos y brío para reventarlos. He recorrido toda la montaña, y conozco sus trochas y vericuetos mejor que las rayas de mis manos. Sé andar a la dudosa luz de las estrellas, y de día... 

- Bien sabrá descansar en una choza de paja el que ha dormido en una jaula de hierro. Comeremos el fruto de las selvas, y beberemos el agua de los arroyos. 

- Y yo, señor? preguntó Umberto. Negareis a mi lealtad el galardón de participar de vuestras penalidades y de vuestros riesgos? 

- Sería aumentarlos en vez de disminuirlos. Disfrazados de labriegos o de mercaderes, de monjes o de peregrinos, dos hombres infunden menos sospechas que un número más crecido. Además... 

- Y adonde iréis, príncipe mío? exclamó interrumpiéndole el buen eclesiástico. Adonde iréis errante, fugitivo, desamparado de vuestros súbditos... y aun de vuestros amigos. 

- A Monpeller. (Montis pesulani; Montpeller, Montpellier, Mompeller, etc)

- A Monpeller? repitió San-Clemente como asustado. No sabéis que D. Pedro se encuentra en el Rosellón? (Rossilionis; Rosselló

- Y qué importa? replicó Fortún. Juro a Dios que no es tan fino el sabueso que llegue a descubrirnos por el rastro. 

- Vuestra vida... 

- Respondo de ella, dijo Fortún. Así mi ángel custodio respondiera de mi alma en el día de las cuentas. 

- Quiero ir a Monpeller, al templo de los minoritas donde está el sepulcro de mi madre: quiero regarlo con mis lágrimas, quiero rogar allí por su eterno descanso. 

- Pocos años hace, dijo el venerable anciano, que vuestra hermana la princesa Isabel dio esta misma prueba de su filial ternura; pero ella fue recibida con la solemnidad, con la pompa debida a una reina, y salió de allí para casarse con el marques de Monferrato

- Y yo entraré desvalido huérfano en medio del silencio y de la oscuridad de la noche; mas yo saldré campeón de mis legítimos derechos para desplegar mi bandera, enristrar mi lanza y ponerme al frente de leal y aguerrida hueste. 

No anunciará mi llegada el repique de las campanas; pero a mi salida se estremecerá la tierra bajo el férreo casco de mis caballos, y ensordecerá los aires el fragor de los clarines. Aquel día revestiré la cota de malla, que es la toga viril que a mis once años ya llevaba: aquel día mi libertad será completa: aquel día volverá a comenzar mi existencia de príncipe... o al menos la de guerrero. 

El ejemplo de mi padre es mi estímulo, no mi escarmiento. Le vengaré sentándome en el trono, o cayendo en el campo de batalla. Soy su hijo, quiero ser el heredero de su corona o el heredero de su tumba. 

- Hermano mío! exclamó la ruborosa doncella juntando sus manos, y clavando su mirada en el cielo mientras dos gruesas perlas resbalaban por sus purpúreas mejillas. 

- Constanza! exclamó también el Infante cogiendo precipitadamente una de sus manos y deponiendo en ella un tierno beso. Es el primero... y el último. Por qué el destino fatal... por qué la regia cuna..? Adiós Constanza! añadió con apagado acento, soltando la mano y volviendo sus ojos arrasados de lágrimas. 

Se le había anudado la garganta, y se le desangraba el corazón como si lo hubiese herido cruel lanzada. ¿Era la evocación de tristes recuerdos, el dolor de una separación inmediata, o era ya el presentimiento de un aciago porvenir y de una muerte prematura? Sólo Dios pudiera contestar a esa pregunta. 

IV. 

Volvió la estación de los templados, largos y serenos días. Las perfumadas brisas de mayo resbalaban suavemente sobre la nueva generación de flores que tapizaba eriales y campiñas, y la estrella del Real huérfano de tal manera parecía cambiada que ni el más sutil astrólogo la hubiera conocido. Dijérase que brillaba como la luna después de prolongado eclipse, y no obstante su brillo era como el de artificial y engañosa pedrería. El que seguido de un solo escudero y envuelto en las sombras de la noche atravesaba los dominios del monarca aragonés, a guisa de bandido que sabe estar pregonada su cabeza, al cabo de un año entraba en fastuosa corte seguido de brillante cabalgata, victoreado por inmenso gentío, lisonjeado por los alardes e invenciones de un júbilo estrepitoso. No iba a tomar la posesión exclusiva de un trono; pero sí a tener la participación legítima de un tálamo regio. Parecía haber terminado su larga era de angustias y temores para principiar otra no menos agitada de proyectos y esperanzas. 

Con la evasión del Infante aherrojado en su prisión de Barcelona (castell nou) había coincidido la muerte de Luis de Taranto, y su viuda, la nieta y sucesora de Roberto el Sabio, escogió para tercer marido al que no podía ofrecerle más que la gallardía de su persona, el valor de su brazo y la gloria de su nacimiento. Altiva, caprichosa y egoísta prefirió el hijo de Jaime III al hijo del rey de Francia, pudiendo en ella más los sentimientos de la mujer que las consideraciones de la reina. Halló que cuadraba más a su varonil independencia allanarse a condescender con las aspiraciones de un príncipe desheredado que exponerse a tropezar con las exigencias de un monarca poderoso. En su nuevo enlace no buscó el equilibrio sino el predominio: quiso conservarse reina de hecho, y merced a tal designio el que llevaba una corona tan sólo de nombre llegó a ceñirse la sombra de otra corona. 

Meses hacía que estaban firmadas las capitulaciones matrimoniales, a que dieron mayor fuerza la subsiguiente aprobación y el beneplácito del que con el nombre de Urbano V acababa de sentarse en la silla de San Pedro. 

Tal vez eran duros algunos de sus pactos: tal vez el Infante en su interior lo reconocía; pero, ¿fuera político ni razonable que se mostrara sobrado descontentadizo el que no traía en arras ni siquiera el solar de un triste condado? Era poca fortuna para el príncipe errante y proscrito la de verse favorecido con la mano de la reina de Nápoles, de la que se titulaba condesa de Provenza, reina de Jerusalén y de Sicilia? No debía esperar que alcanzaría por el cariño lo que por derecho no se le concedía? No debía lisonjearse con la perspectiva de hacer del trono de Nápoles un escalón para subir a su codiciado trono de Mallorca? 

Las miras de la política y los afectos del corazón se habían mancomunado para tejer este sagrado vínculo; pero quizás tuvieron en él más parte el calor de la imaginación y la embriaguez de los sentidos. El Infante se hallaba en la flor de su edad, rayaba apenas en su quinto lustro, y la fama de su gentileza bastaba para impresionar vivamente a la que contaba con un corazón nada inaccesible a los amorosos devaneos. Ella le vencía en años; pero se gozaba todavía en el esplendor de su hermosura, de una hermosura que se había hecho célebre en todas las cortes de la cristiandad. Era la Helena de su época: la María Stuard italiana, como la apellida un escritor moderno. Al verla por primera vez su desposado sin duda no descubrió en ella el tipo sublime que había ocupado su fantasía: no era la vaporosa imagen que había venido a consolarle en su prisión de Barcelona, no era la visión celestial que le había aparecido en los jardines de San-Clemente. Juana de Nápoles no era una segunda Constanza. Faltábale su aureola virginal, faltábale aquel colorido inexplicable, aquel hechizo inmaterial, aquel suave perfume de inocencia, de candor y de pureza que transforma en hermosura de ángel la hermosura de una mujer. Era, sí, una beldad magnífica, intachable, completa: una de aquellas beldades que inflaman la sangre y subyugan la razón: que penetran como la punta de una saeta, que fascinan como la mirada de una serpiente, que enloquecen como el zumo de ciertas plantas venenosas. Jaime IV era un Ulises sobrado novel para resistir al encanto de aquella Circe. Al verla delante de sí, al ver que iba a ser dueño de aquel tesoro de humana belleza, sentíase como sumergido entre las olas de un mar fantástico, sentíase como ceñido por el ambiente de una región que participaba del infierno y del paraíso.

Iba a celebrarse la ceremonia nupcial y aglomerados a las puertas de la Basílica se estrujaban millares y millares de concurrentes que ardían en deseos de ver la suntuosa comitiva. El rumor y el movimiento de aquella muchedumbre tenían algo de semejanza con las rugientes olas de un mar borrascoso. Un trueno formidable, reiterado una y cien veces, señalaba el tránsito de los regios desposados. Las populares aclamaciones ensordecían a la par que halagaban los oídos de Jaime, que se hallaba tan fuera de sí como si le hubiesen transportado a un planeta desconocido. Cuanto distaba aquel placentero bullicio de la soledad y silencio de su prisión en Barcelona! 

A formar parte del séquito había preferido Fortún mezclarse con los espectadores, que cual si estuviesen divididos por grupos, entretejían millares de coloquios departiendo cada cual con sus vecinos. Éralo casualmente nuestro almogávar de una joven bastante bonita, y encarándose con ella le dijo: 

- Vive Dios que la Reina es linda sobre toda lindeza; pero, por lo que uno está viendo, parece que la hermosura es fruta que abunda en esa tierra. 

La muchacha a quien no disgustaba un rato de conversación entreverada de algunos chicoleos, avivándosele un poco el sonrosado color de sus mejillas, exclamó: 

- Y qué rico manto lleva! Apostaría a que nunca ha salido otro más precioso de los telares de Milán. 

- Como si solamente en Milán pudiesen hacerlos, sobrina! añadió otra mujer más entrada en años y no menos ganosa de dar ripio a la mano, para proseguir lo que ella tomaba ya como preliminares de una declaración en regla. Este señor extranjero va a pensar que en Nápoles no hay quien fabrique telas exquisitas. Pues si hasta la misma reina entiende perfectamente de labores! No has reparado el cíngulo de seda y oro que rodea su cintura? Cada borla vale una ciudad. Pues yo no extrañaría que fuese obra de sus propias manos. 

- Y ya se sabe para qué sirven los cordones que tejen sus manos, dijo entremetiéndose en la plática un hombre de elevada estatura, que por su voz y su aspecto manifestaba ser húngaro de nacimiento. 

- Para qué han de servir sino para ceñir su airoso talle? dijo Fortún. 

- O para ceñir el cuello de sus maridos y estrangularlos, que así le sucedió al primero. 

- Y queréis suponer que su esposa misma... 

- No diré que fuese el verdugo; pero al menos prestó la soga. 

- Por las barbas de mi padre! saltó Fortún, que si tratáis de mancillar la honra de la princesa que da su mano al rey de Mallorca, de un puñetazo... 

- Si no fueseis extranjero diría que pertenecéis a la facción de los Reales que tanta parte tuvo en esa horrible hazaña. 

- Los horribles sois vosotros, exclamó la tía, raza maldiciente, que infamáis con la calumnia después de habernos desollado con la rapiña. Qué necesidad teníamos de esa plaga de langostas engordadas con la substancia de nuestro suelo? Habíais venido en son de guerra para tratarnos como a país conquistado? El rey Andrés... 

- Lástima de mancebo! morir a los veinte años! 

- Era sobrado duro de cabeza. 

- Y ella sobrado blanda de corazón. 

- El húngaro quería apropiarse el mando. 

- Y la napolitana no quería compartirlo. 

- La Reina era la Reina, que el otro no era más que su marido. Si no hubiese sido tan rudo e imperioso, si no hubiese tenido costumbres tan groseras y áulicos tan insolentes, si no se hubiese dejado llevar tan a ciegas por los consejos de fray Roberto...

- Y eran mucho mejores por ventura los que daba a la mujer su amiga la de Catania? 

- Pobre Felipa! Qué desastrada muerte la suya! No me habléis mal de ella, que fue mi compañera. 

- Cuando se ganaba la vida jabonando sábanas y camisas. Estaba familiarizada con la espuma, y quiso crecer como ella. Pues ya sabéis ahora adonde paran al fin las lavanderas que llegan a tener privanza con las reinas. 

- Tan bárbaros suplicios, y quizás su delito no fue más que haber querido a su reina en demasía! 

- Llamáis quererla, enseñarla a dar malos pasos, y en peores caminos? 

- Siempre esas villanas imputaciones! Ignoráis que el Papa declaró a nuestra reina, inocente de la sangre de su marido? 

- Pues si llega a caer en manos del rey de Hungría, juro a Dios que no le valdrán tales declaraciones. 

- Ya sé que sois vengativos como tigres. Tenéis la sangre y las costumbres de las fieras montaraces, por eso os aborrecemos y no pudimos resignarnos a vuestro yugo. 

- Y ha sido más blando el de los Reales? Preguntádselo a las espaldas de la reina, que el de Taranto medía a su sabor como si fuesen las de una pobre hilandera. 

- Válame Dios! exclamó Fortún, y a qué país nos ha conducido la suerte! Si será verdad el proverbio de que Nápoles es no paraíso habitado de diablos? 

- Por la sangre de San Genaro! exclamaba al mismo tiempo la tía dirigiéndose al húngaro. Vuestra lengua es peor que el filo de un puñal envenenado. Si a la reina se le pudieron achacar algunos deslices... 

- Podéis llamar ligeros tropezones a lo que se llama caerse de bruces. 

- Si pudo cometer alguna imprudencia, fue porque era niña e inexperta. 

- Y ahora que se pasa de niña, también se pasa de prudente. Por sobra de esta virtud se casa sin duda con un príncipe mondo y escueto, que no ha traído siquiera ni una docena de pajes que le sirvan, ni un ciento de ballesteros que le defiendan. 

- Mejor así, y no se nos echará encima una nube de aragoneses, como hizo entonces la de rapaces húngaros que Dios confunda. 

- Mujer, si nuestros modales pasan por incultos no me parece más cortesano vuestro lenguaje. Pero tanto monta. Lo que yo aconsejaría al novio es que ande con la barba sobre el hombro, que cierre los ojos y el pico, que se entretenga con caballos, banquetes y cacerías, y deje rodar la bola en cuanto se refiera a negocios del Estado. 

- Un rey de Nápoles! saltó Fortún con acento de indignación y de sorpresa. 

- Un duque de Calabria, hermano, replicó el húngaro con sorna, así diz que lo rezan los capítulos matrimoniales. Haciendo lo que he dicho podrá ser que viva largos años. 

- Largos, podrá ser que lo parezcan; pero de fijo no serán muchos, exclamó un nuevo interlocutor que llevaba el traje de estudiante en ambos derechos. Aunque sea más ciego que Tobías, y más callado que San Juan Silenciario, lo que es morir de viejo... nequaquam. 

- Y por qué? preguntó la sobrina. Es tan arrogante mozo! 

- Os han pasado ya el aviso de cuando ha de llegarle su última hora? preguntó Fortún más que medio amostazado. 

- Su hora, no la sé, respondió el estudiante; pero puede sacarse la cuenta por los dedos. La reina Juana ha terminado su séptimo lustro, y como sé que ha de convolar a cuartas nupcias, infiero que antes de muchos años quedará viuda otra vez. Mi deducción es lógica a macha martillo, un cuarto velo supone terceras tocas, y sin difunto no hay tocas ni monjiles. Al morir el rey Luis había cumplido ya los cuarenta: bien podrá darse por satisfecho su sucesor en el 

tálamo si llega de su edad al sepulcro! 

- Por los huesos de Santa Olalla! y de dónde me saca el señor bachiller esa retahíla de dislates? 

- Si es lo más sencillo del mundo. Ni de fama siquiera habéis conocido al astrólogo provenzal, Messer Anselmo? No sabéis que leía en las estrellas como en un libro abierto? No sabéis que nunca han fallado sus vaticinios? Pues preguntándole una vez con quién se casaría la princesa Juana, que era todavía una niña, contestó: maritabitur cum alio.

- Tendría que ver si hubiese contestado cum alia! dijo el húngaro soltando la carcajada. 

- Y esto qué significa? preguntó la tía al estudiante. 

- Parad la atención en las letras de alio, y veréis como por su orden a cada una le corresponde el nombre de un marido. Andreas, Ludovicus, Iacobus. Queréis para el porvenir mejor garantía que lo pasado? 

- Cosa más admirable! exclamó aquella, ahora pues... 

- Sólo falta un nombre que empiece en O para que se cumpla de lleno la profecía. Su cuarto marido se llamará seguramente Olfo, u Olderico, u Otón. (Precisamente se casó con Otón IV de Brunswick-Grubenhagen)

Los horóscopos no mienten cuando se posee bastante ingenio para hacerlos y bastante habilidad para interpretarlos. 

- Pero nosotras, gente menuda, no debemos de tener horóscopos. Si los tuviésemos, cuánto me gustara conocer el mío! 

- Y qué te gustaría más, hermosa niña, repuso el estudiante, el anuncio del primer casamiento, o la predicción de la tercera viudez? 

- Sería un lujo excesivo, dijo la tía sonriéndose. Esto es bueno solamente para las reinas. 

- Yo no quisiera más que saber el nombre de mi futuro, replicó la muchacha, dirigiendo al soslayo una mirada a Fortún que no era del todo mal parecido. 

Pero este, cuya respetuosa adhesión al Infante, merced al continuo trato de un año, se había convertido en amistosa familiaridad y vehemente afecto, se hallaba mustio, cabizbajo y pensativo. Aquella conversación había depositado en su pecho una especie de amargo sedimento. Sus frases tenían algo de lúgubre y de siniestro, y no pocas le habían herido como puntas de alfileres dejándole un escozor indefinible. Afortunadamente cesó la plática interrumpiéndola un estrepitoso clamoreo que se levantó de golpe dentro de la Basílica misma. Eran las populares aclamaciones que respondían a la voz del arzobispo, quien al concluir los solemnes ritos, dada la bendición nupcial y celebrado el santo sacrificio, prorrumpió con el grito de: Viva la reina de Nápoles! Viva el duque de Calabria! Y pueblo y clero, damas y galanes, guerreros cubiertos de trenzada malla, y barones luciendo brocados, joyeles y plumas, todos a una voz repetían: Viva la reina de Nápoles! Viva el duque de Calabria

Jaime había permanecido al pie del altar en medio de un continuo deslumbramiento. El fausto, el esplendor, la magnificencia de aquella corte sobrepujaban de mucho a cuanto su imaginación había concebido, como quiera que la de Aragón estaba lejos de poder compararse con ella. La pompa que le rodeaba era un homenaje digno de la grandeza de Juana, y al mismo tiempo un soberbio pedestal desde cuya altura se veía, al menos en la apariencia, superior a su odiado tío, Pedro el Ceremonioso. Esta repentina adulación de su fortuna causábale una especie de vértigo del que vino a sacarle súbitamente la distinción oficial que de propósito deliberado expresaba el arzobispo. 

Herido Jaime en su vanidad, y aun en su orgullo, apretó convulsivamente la mano de Juana, y acercando los labios a su oído, le dijo: 

- Y no rey? Ni el título siquiera? 

- Rey de mi corazón y de mi mano, qué os falta para ser dichoso? replicóle ella sonriéndose, y con voz tan cariñosa como baja añadió: No olvidéis las capitulaciones. 

- Soy rey de Mallorca. 

- También soy reina yo de Jerusalén y de Sicilia. 

Enmudecido se quedó el augusto consorte comprendiendo la significación de aquel sarcasmo, que en tal momento se asemejaba al chillido de siniestro pájaro resonando en los voluptuosos jardines de Armida. La deliciosa mirada que lo acompañó no había bastado para atenuar su efecto. Jaime salió del templo, y no ciñendo la corona de oro que tanto ambicionaba, aunque sí la magnífica guirnalda de rosas que el amor le había tejido. Mas ay! que la rosa es el símbolo de las dichas fugitivas: pronto se arruga la tersura de sus hojas, pronto se marchita la frescura de sus matices, pronto se pierde en las auras la fragancia de su aroma. 

V.

Apoyando sus brazos en el antepecho de suntuosa galería, el esposo de la reina de Nápoles parecía absorbido (absorto) en la contemplación de un espectáculo que nunca por reiterado es menos admirable y deleitoso. Extendíase a su vista la tan hermosa como celebrada bahía, vasto espejo de palacios y jardines: con la serenidad de sus olas competía la transparencia del hemisferio, el sol sumergía su disco en los confines del opuesto, cruzaba la cerúlea planicie una temblorosa faja de oro, y el diáfano azul de los cielos se recamaba de fugitivos y brillantes arreboles. La tarde, una de las postreras de agosto, había sido calurosa, y qué más grata ocupación que la de aspirar la frescura de las brisas marítimas embalsamadas con las fragantes emanaciones de los vergeles inmediatos? Jaime empero no fijaba entonces su atención en el mundo exterior; vueltos los ojos hacia dentro se contemplaba a sí mismo. Repasaba sus tristes y sus prósperos días, y al melancólico recuerdo de aquellos añadía un vago descontento de los que tan bellos y espléndidos pudieran haberle parecido. Veíase elevado a una altura que tenía algo de maravillosa comparándola con el abismo de donde arrancaba, y sin embargo su satisfacción era incompleta. 

Su propia historia se le presentaba con visos de fantástica leyenda: prestábale asunto para una de aquellas trovas a que era tan aficionado, y a pesar del contraste que ofrecían no ya a su imaginación sino a su memoria, las sombras de lo pasado no hacían resaltar con toda viveza los esplendores de su presente. Faltábale todavía algo que le aparecía en sueños, que traslucía envuelto en los pliegues del porvenir, que estimulaba el ardor de sus incesantes aspiraciones. Partícipe de un trono, objeto de las caricias de una reina hermosísima, rodeado de una pompa vertiginosa, tocábase en el corazón y percibía un sonido como hueco. Jaime no se hallaba a su sabor en el apogeo de su dicha. 

Aquel día era el vigésimo quinto aniversario de su nacimiento, y como si le hubiese herido esta campanada del reloj del tiempo, sentía despertarse de nuevo en su pecho los bélicos instintos de su raza. Sonrojábase interiormente de verse como otro Annibal retenido por las delicias de Capua, y habiendo gemido so la coyunda de hierro casi se atrevía a suspirar bajo el peso de su cadena de rosas. Empezaba a sentirse fatigado de su reposo a la sombra de los mirtos, y echaba de menos la sombra de los laureles. Al cabo de tres meses palidecía algún tanto el brillo de seductoras ilusiones, a las intermitencias del amoroso delirio mezclábanse los esperezos (desperezos) de la ambición vanamente adormecida, al través del galán mancebo asomaba el heredero de una dinastía de reyes. Jaime se forjaba en su imaginación el horóscopo de su nacimiento: creía haber venido al mundo expresamente para adornar sus sienes con una diadema y no bastaba a contentarle su luminoso reflejo. La quería propia, la quería a toda costa, y sobre todas quería la de Mallorca. Llevábase la mano a la cabeza, y asaltábale cruel despecho al sentirla desnuda, y hasta desnuda del yelmo que por algún tiempo debía suplir la falta de su corona. 

Como si flotase en los aires bañada por la suave luz del crepúsculo vespertino le aparecía además la imagen de Constanza, no precisamente el retrato de su hermana, sino el tipo ideal que adoraba en su fantasía. Era la personificación de la mujer embellecida con la triple corona de la juventud, de la virginidad y de la modestia: de la mujer cuyo rostro no produce la fascinación de los sentidos sino el arrobamiento del alma, cuyo cariño no es el precio de perseverantes halagos sino la recompensa inefable del más depurado culto. Era la forma simbólica de un candor virginal envuelto en una nube de poesía, como un objeto sagrado envuelto en una nube de incienso. Mujeres como esta sí que merecerían un predominio perpetuo y exclusivo, la consagración de toda una vida, el sacrificio del trono más opulento. Mas, como había de ser ni siquiera pálido trasunto de esta visión celeste, Juana que apenas recordaba ya su tiernos abriles, que por tres veces había ceñido el velo de las desposadas, que presidía en una corte donde el progreso de la civilización había traído, como suele, el progreso de la corrupción y del libertinaje? Era sí una beldad deslumbradora; pero tres meses de consorcio habían dejado entrever que sus cualidades morales distaban mucho de corresponder a la viveza de su talento (telento en el original) y a la hermosura de su rostro. 

Jaime reconocía esa triste verdad que en cierto modo justificaba su descontento. Quejábase de su adverso destino que le había burlado con pérfida sonrisa después de perseguirle con torvo ceño. Juana de Nápoles no era la esposa cortada a medida de su corazón, y sin embargo a la santidad del vínculo indisoluble debía añadirse el lazo del más vivo agradecimiento. Este lazo le oprimía, porque le humillaba, porque le obligaba a reconocer una inferioridad que mal se avenía con su carácter altivo y pundonoroso. En vez de ser el protector era el protegido: a su esposa debía su presente elevación y la esperanza de llevar a cabo sus ulteriores designios. Sin ella se vería aún errante proscrito o desconocido aventurero: sin ella permanecieran del todo eclipsados los esplendores de su alta jerarquía: sin ella quedarían tal vez para siempre invalidados los derechos de su ilustre cuna. Y esta esposa, cuyo donaire y gentileza halagaban su vanidosa complacencia, encerraba un corazón que no 

era digno de las más profundas y tiernas simpatías! Así pues para Jaime surgía del manantial mismo de sus prosperidades un pequeño arroyo de amargura: los goces de su fortuna pesaban sobre él como una deuda, y esto enardecía su ambición siquiera por el deseo de cancelarla. 

Revolviendo esas ideas le sorprendió la llegada de su consorte, y por un movimiento no del todo espontáneo ni del todo reflexivo, le salió algunos pasos al encuentro, y besándole la mano con visos de amorosa galantería exclamó: 

- Reina mía! 

- Duque

- Siempre este maldito nombre! repuso Jaime, espirando la sonrisa de sus labios y anublando su frente repentino ceño. Toda palabra suena como deliciosa melodía al salir de vuestra boca; pero esta más que la dulzura del requiebro 

esconde la hiel del sarcasmo. Héla oído tantas veces con su hipócrita acento de irrisión en boca de barones y magnates! 

- Qué decís? 

- Pues qué, no me la echan en cara para recordarme que aquí no soy más que uno de sus iguales? Como si temieran que yo pudiese olvidarlo! 

- Iguales, y sois mi preferido? Quién es el osado que pretende colocarse al nivel de su reina? La distancia de mis súbditos a vuestra persona... 

- Es menor que la interpuesta entre mi persona y mi esposa. Creéis que para esos orgullosos barones sea yo objeto de envidia? Enfermos estarían sus ojos si les cegara mi brillo, prestado como el de la luna. Las apariencias no les engañan. Ellos poseen feudos y jurisdicciones, y qué ven en mí sino un convidado a vuestra mesa? Ellos son reyes en sus castillos, y por quién me toman a mí sino por un huésped de vuestro palacio? 

- Vuestro corazón palpita a la altura del mío. 

- Pero mi frente no puede erguirse a la altura de la vuestra. 

- Quisiérais compartir mi corona? 

- Soy hijo de reyes, y... 

- Jaime, por el ardiente cariño que os profeso, por la casta y legítima unión que el sacerdote ha bendecido, por los hermosos y serenos días que a vuestro lado espero, lejos de vos tan peligrosos pensamientos. No deis oídos a la sierpe que os tienta con el cebo del fruto prohibido. 

- Prohibido... cómo? dónde? 

- En el convenio que firmasteis vos, que ratificó el Pontífice, que conoce la Italia entera. Pensáis que el amor solo, sea bastante poderoso para derogarlo? 

Pocas flechas tiene en su aljaba para contrarrestar el número de lanzas que se le opondría. 

- Oposición harto injusta. Como si no cupieran en un mismo trono los que caben en un mismo tálamo! 

- Caben, sí; pero la razón de Estado circunscribe límites que el corazón quisiera indefinidos. Sois novel en este país. Aún no conocéis bien este suelo amasado con sangre de guerras extranjeras y de sediciones intestinas: aún no conocéis la índole de su plebe veleidosa, y de su nobleza turbulenta: aún no conocéis el encono de sus bandos y el satánico orgullo de sus adalides. Para imponerles mi ley es preciso a veces doblegarme a recibir la suya. ¿No veis desde esta galería la cima del Vesubio, que se muestra coronado de blancas nubes y de repente vomita fuego de sus entrañas? Mis deudos, los príncipes de mi familia que tan galantes me circuyen y festejan, mañana serían los primeros en conjurarse contra mí, en conculcar mis legítimos derechos. Ambición no les falta: no les ofrezcamos el pretexto. Gocemos de la vida al resplandor de las antorchas de Himeneo, que es harto horrible luz la que arrojan las teas de la discordia. 

Vos amáis la poesía: conocéis sin duda a los trovadores de mi hermosa Provenza; pero no tal vez las inspiraciones del Petrarca. Sublime ingenio! 

Juntos leeremos sus canciones a la sombra de los rosales, las leeremos juntos, como Francesca y Pablo la historia de Lanceloto, y émulo de su gloria imitaréis su estilo. Con qué gusto oiré de vuestros labios una canción a la dama de vuestros pensamientos! 

- Y queréis reducirme a serviros de trovador y de paje, o cuando más a ser vuestro paladín en un torneo? 

- Y tanto desplacer os causaría el serlo? 

- Misión más elevada, bien que menos deliciosa, me ha confiado el cielo. 

- Jaime, la ambición es mala consejera. Si no os hacen mella mis razones, sírvaos el desdichado Andrés de lastimoso ejemplo. Soberbio, antojadizo y testarudo tramó con el Pontífice para obtener su coronación, y... a qué recordar 

la horrible tragedia? 

- Es verdad: basta la sencilla alusión para amenaza. 

- Ingrato! haréis que me arrepienta de haberos amado. 

- Y de haberme escogido, y de haberme sacado de mi pobreza y abatimiento. 

- Mis labios no han proferido tales palabras. 

- Pero estaban quizás escritas en vuestro pensamiento. Lo sé: no montan a leve suma mis deudas. Correspondo a vuestro amor con el mío; pero fuera de esto os debo el pan y el asilo, os debo honores y placeres, el oropel del fausto que me circunda, y el ruido de las lisonjas con que me obsequian. Y con todo, o bien tengo que seros deudor de mayores beneficios, o presumo que he de retiraros mi agradecimiento. Ingrato me habéis llamado: no lo soy todavía; pero quizás no esté en mi arbitrio dejar de serlo mañana. Yo no pretendo usurparos la mitad del trono de Nápoles: lo que ambiciono es el mío, el de Mallorca. 

- Y bien? 

- Ayudadme a conquistarlo. Allí no seréis la mera esposa del rey, seréis la reina. 

- Es decir, que envíe un cartel de desafío al monarca aragonés, que declare la guerra a uno de los príncipes más poderosos de la tierra. Y ¿no prevéis lo que sucedería? Sus huestes saliendo del Rosellón se lanzarían como una inmensa manada de lobos sobre mi hermosa Provenza: sus galeras zarpando de Cerdeña apresarían mis naves, barrerían las costas, entrarían a saco villas y ciudades: su pariente de Sicilia estrechando su alianza con él me arrebataría las Calabrias, y el húngaro feroz batiendo las palmas de contento vería llegada la hora de satisfacer su ambición y su venganza. Nápoles no aceptaría impasible el gravamen de una lucha injustificada, estéril de resultados, ajena a sus intereses y a su engrandecimiento: murmuraría el pueblo, maquinarían los barones, y la facción de los Reales se sublevaría contra vos, causador de tantos desastres y ruinas, y se sublevaría contra mí, que por seguir los impulsos de la mujer habría olvidado los deberes de reina. Vos no recobraríais vuestros estados; pero en cambio yo perdiera (perdería) los míos. Jaime! Jaime! Yo también me he visto prófuga, errante, necesitada: también he tenido que estudiar en la escuela del infortunio, y por el cielo santo! que no quiero repasar tan duras lecciones. 

- Tenéis talento de sobra, y defendéis vuestra causa como si hubieseis cursado en las aulas de Padua o de Perusa: vuestra causa, que no es y debiera ser la mía! Bajo el manto de una política sagaz encubrís perfectamente vuestra timidez... o vuestra indiferencia. Habláis de los reyes de Sicilia y de Hungría que pueden dañarnos, por qué no habláis también del francés y del castellano que podrían favorecernos? 

- Porque basta a los primeros que se les ofrezca la coyuntura que anhelan, y para mover a los otros sería preciso comprar a caro precio sus favores. 

Jaime, comprendo y aplaudo los juveniles arranques de vuestro pecho: vuestra 

ambición es legítima, justos vuestros deseos; pero tratándose de ponerlos en obra no basta atender a la justicia, es preciso tomar consejo de la prudencia. 

- Y prevalida de este nombre calculáis fríamente los obstáculos, y ahogáis el generoso impulso de superarlos. Oh! no es justo que participéis de los riesgos de mi empresa cuando ni siquiera os ha tentado el aliciente de su gloria. 

Yo seré el solo caudillo, el solo responsable, el solo expuesto a los peligros de mi expedición. Os demandaba auxilios, mas no que hicierais pública ostentación de vuestra largueza. Secundad mis proyectos sin autorizarlos con vuestro sello. 

Medios ocultos no han de faltaros para que pueda yo reclutar algunos millares de advenedizos, equipar algunas taridas y galeras, proveerlas de víveres y municiones. Entonces me lanzaré a los mares fiado únicamente en Dios y en mi derecho. En tanto señaladme tres fortalezas, cuyos alcaides sean mis hechuras, donde tremole mi bandera, se alojen mis soldados, y se custodien las armas y bastimentos. 

- Y no sabéis que esta concesión me es imposible por un pacto expreso del convenio conyugal? 

- Y no sabéis que mi tío el Ceremonioso tenía una daga para rasgar humillantes pergaminos?

- Una daga con que se hería la mano sin que su propia sangre borrara lo escrito. 

- Y previenen también las estipulaciones del consorcio que no podáis regalar un puñado de monedas... o prestarlas siquiera a vuestro marido? Dadme treinta mil florines de oro, y tomaré a sueldo una de esas grandes compañías que devastan la Italia, y se lanzan al tumulto de los combates como si fuese a un banquete de bodas. 

- Por esta misma suma vendí la ciudad de Aviñón al Pontífice romano. Triste mengua a que me sometieron los rigores de mi fortuna; mas no he perdido ni el deseo, ni la esperanza de recobrarla. Y ahora cabalmente la ocasión es propicia. A la muerte de Inocencio VI mal podía presumir que su tiara le estuviese reservada el abad de San Víctor, que no cubría su humilde sayal con la púrpura cardenalicia. Pero tal era su anhelo de que el futuro Pontífice restableciera su silla en Roma que no vaciló en decir: que aceptaría gustoso la muerte si le llegaba el día siguiente de verlo efectuado. Ahora está en su mano realizar sus ardientes votos. Urbano V no olvidará la exclamación del abad Guillermo, el Papa no desmentirá al monje, y entonces ¿qué necesidad tendrá de Aviñón no siendo su residencia? De qué le serviría un territorio separado de sus dominios? Qué obstáculo ha de oponerse a que me devuelva la ciudad provenzal devolviéndole yo con usura su precio? Aspiráis a recobrar la corona de vuestros 

mayores, pues con ansias más vivas pretendo yo engastar de nuevo esa joya arrancada a mi propia diadema. Ya veis que el oro lo necesito. 

- Pues entonces no sois la fiel esposa que abraza con ardor la causa de su marido, no sois el auxiliar que a mi entender me deparaba el cielo, no sois el misterioso instrumento de su justicia; sois el obstáculo fatal, la rémora que se opone a mis designios. Habéis empezado por divorciar nuestros intereses, de quién será la culpa si llegan a divorciarse nuestros corazones? 

- Y he de permitir que os apacentéis de quiméricas esperanzas para demostraros la fineza de mi cariño? 

- Me amáis, y no os duelen mi humillación y mis agravios? Me amáis, y por temor de mancharos los dedos no os atrevéis a restañar la sangre de mis heridas? Me amáis, y pretendéis despojarme de mi último bien, la esperanza? Vos, que debíais alentarla, robustecerla, llevarla a término venturoso! Vos que debíais ser para mí la Providencia encarnada! 

- Yo no usurpo a Dios sus atributos, no me elevo a tan altas regiones, no me paseo por los países imaginarios (països catalans). Yo vivo a flor de tierra: 

en esa tierra acariciada por los rayos del sol, perfumada con la fragancia de las flores, cubierta con rica alfombra de variados matices: en esa tierra mansión de placeres, por más que digan misántropos y devotos. Y tan mal os iba en participar de ellos al lado mío? A qué ese loco empeño de hincaros una espina teniendo rosas donde escoger a manos llenas? Hay por ventura en toda la cristiandad una corte más opulenta y deliciosa que la nuestra? Donde sean más fáciles y atractivas las dulzuras de la vida? Donde rayen más alto los esplendores de la civilización? Y por una triste roca, perdida entre las aguas... 

- Así me habláis de Mallorca? Desestimáis el valor de una perla porque no excede al tamaño de una esmeralda? Ah! vos no conocéis este hermoso país (en el siglo XIX es muy común esta palabra para referirse tanto a un estado como a una zona, como se usa en Francia, ejemplo, pays d‘Oc, d‘ Hérault): 

yo lo tengo grabado en el corazón. No, nunca podré olvidarlo. 

Que lo olvidara quisierais vos, para que libre de la obsesión de este pensamiento os acompañara sonriendo en festines y cacerías! Que lo olvidara, que me resignara a la mengua de verme inicuamente desposeído, con tal que os divirtiera halagando vuestros oídos con amorosas trovas! No, no puede ser. Primero sabré desprenderme de vuestros brazos. 

- Y yo sabré reteneros en ellos, que no para prolongar mi solitaria viudez os he dado la mano de esposa. 

- También la disteis al húngaro y al de Taranto... y de mi temprana muerte podrá consolaros un nuevo esposo. 

- Mil veces ingrato! Y aliento habéis tenido para herirme así en el corazón? 

Hay otro por ventura a quien haya yo libremente escogido? Al desdichado Andrés me lo impuso la obediencia, a Luis la tiranía de azarosas complicaciones. Al primero nunca pude amarle, al segundo tuve por fuerza que sufrirle. Y de vos, único objeto de mi ardiente cariño, de vos, que habéis sido, no el ídolo de juveniles caprichos sino la grata ilusión de mi edad madura, de vos! había yo de esperar frases tan amargas? 

- No queréis darme un ejército para desembarcar en mi isla, saltaré en ella solo y envuelto en mi bandera, y entonces... si no me aclama por su rey la lealtad de mis parciales, sucumbiré a la fuerza brutal de mis enemigos. Perderé la vida, pero me sobrevivirá mi gloria. 

- Y pensáis que os dejaré partir? 

- No os pediré permiso, escaparé a uña de caballo. 

- Como si yo supiera montar solamente en las blancas hacaneas que me regala el pontífice! También suelo oprimir los ijares de fogosos alazanes. A mí no me asustan fatigas ni barrancos, y sabré reconduciros a mi mansión, desleal 

pero adorado fugitivo. 

- Pues qué, soy vuestro prisionero? 

- Lo sois, que no es tan sombría cárcel la que brilla tapizada de seda y oro, ni tan duro carcelero el que os reserva los cuidados y caricias de tierna esposa. 

Y después de inclinar levemente su cabeza retiróse la augusta consorte con afectada gravedad, como si abrigase mayor enojo del que realmente sentía. Lejos estaba de presumir que fuese ya densa nube lo que ella conceptuaba tenue y efímera neblina, y más lejos aun de sospechar que nunca renacerían ya en su conyugal horizonte la serenidad y transparencia que lo habían embellecido. 

Brillaban las estrellas en el firmamento, y Jaime al verse a solas en la galería empezó a medirla con desigual y reiterado ahínco. La tenue claridad y el silencio de la noche le ayudaban a concentrarse en sí mismo: sus ideas tomaban un tinte lúgubre en fuerza de su excitación nerviosa: aquel coloquio había exaltado gradualmente su fantasía. Y como si fuese con el intento de envenenar la llaga de su corazón, su memoria le hostigaba con el inoportuno recuerdo de la aparición de
D. Pedro en su cárcel de Barcelona. Parecíale al desgraciado príncipe que ambos coloquios estaban ligados por una fatal y misteriosa analogía. Su acaloramiento le había producido una especie de delirio, y apretando los puños hasta el punto de hincarse las uñas en la palma de la mano, con voz trémula de furor, exclamaba: Con que estoy preso? Con que he perdido nuevamente mi libertad, y será preciso recobrarla de nuevo? Preso por una ambición descastada, y preso por una política mezquina! Antes la usurpación, ahora la cobardía! Ayer mi tío, hoy mi esposa! Pues qué, me siento cautivo y no osaré maldecir mi cautiverio? Habrá de faltarme valor para romper mis grillos (grilletes)? Y que sean de oro, qué me importa? Oh! querida isla mía, si llego a estrecharte en mis brazos! 

Entró en esto Fortún que por vía de saludo le dijo: 

- Rey mío! 

- Tú solo me das ese título, tú! el único a quien yo permitiera otro mejor, el de amigo. 

- Si tal honor puede conquistarse con el afecto... 

- Oh! mi buen Fortún, exclamaba Jaime estrechándole convulsivamente la mano. Te acuerdas de cuando cruzábamos selvas y llanuras montados en briosos corceles a guisa de fugitivos? Qué suave es el aura de la libertad! 

Cómo late a su sabor el pecho que la respira! Y dime, no sentirías un placer inmenso si volvieras a pisar el suelo español? 

- País muy hermoso es el de Nápoles; pero... 

- No tanto, no tanto como el de Mallorca. 

- Pensáis en alejarme de vuestro lado? 

- De mi lado? a ti, único amigo mío? Nunca. Y qué hiciera yo entonces, rey sin vasallos, sin corona, sin..? Pero no es verdad que toda cárcel es odiosa por más que esté enlosada de mármoles y cubierta de ricos tapices? por más que la iluminen candelabros de oro y la cerquen floridos jardines? No es verdad que no es el húmedo suelo, ni el tosco muro, ni la estrecha aspillera lo que hace una prisión aborrecible? Siempre la prisión! Prisión en Játiva! prisión en Barcelona! prisión en Nápoles!... y quizás antes de tiempo la prisión del sepulcro! 

castillo de Curiel, (de Duero, Valladolid, comarca de Campo de Peñafiel)


Jaime dobló la cabeza sobre su pecho, y cruzando los brazos quedó como sumido en triste y profunda meditación. Quién le hubiera dicho entonces que todavía le faltaba otra prisión en el castillo de Curiel, (de Duero, Valladolid, comarca de Campo de Peñafiel) y que a lo mejor de sus años le encerraría un sepulcro en Soria, tan lejos del imán de sus deseos, tan lejos del sepulcro de sus antepasados!