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domingo, 28 de junio de 2020

CAPÍTULO XI.


CAPÍTULO XI.

Varios sucesos de los Romanos y Cartagineses en España: cóbranse los rehenes que estaban en poder de Cartagineses, y otras cosas notables que acontecieron en ella, y muerte de los Scipiones.

No por haber tenido los cartagineses la rota y pérdida que referimos, perdieron el ánimo ni los pueblos amigos y confederados suyos les osaron dejar y pasarse a los romanos; porque los cartagineses, como hombres astutos y sagaces y que fiaban poco del amor de los españoles, les habían tomado rehenes y llevado a Cartagena, donde les tenían en muy buena custodia, y entre otras personas de cuenta que tenían, eran la mujer de Mandonio y dos hijas de Indíbil, mozas y muy hermosas; y con tales prendas estaban muy más seguros de los pueblos y ciudades confederadas, que si les echaran a cada una mil presidios.
Después de la retirada de Mandonio, tuvieron los romanos varios sucesos en España, que cuentan Livio, Florián de Ocampo, Medino, Pujades, Mariana y otros muchos autores. Fue entonces la venida desde Roma de Publio Cornelio Scipion por capitán en España, hermano de Neyo Scipion Calvo, con treinta naves y en ellas mil ochocientos soldados romanos, con muchos bastimentos y vestidos para los soldados que estaban en España, que necesitaban de ellos. Fue asímismo la venida de Hanon, capitán cartaginés, con cuatro mil infantes y quinientos caballos para engrosar el ejército de Asdrúbal. Destruyóse del todo la población o ciudad que llamaban Cartago vieja, que es donde hoy está Villafranca del Panadés, pueblo harto conocido en Cataluña, edificado por los dos hermanos Scipionés de las ruinas de la antigua Cartago, y quitándole este nombre en odio y por borrar y perder la memoria de los cartagineses, le dieron el de Villafranca, por los muchos privilegios e inmunidades y exenciones con que la adornaron; pero no bastó esto, porque la industria humana no basta a borrar memorias viejas, si el tiempo no ayuda a tales diligencias, antes cuanto más se quiere poner olvido, más se despierta la memoria de la cosa aborrecida. ¿Quién más aborrecido entre los gentiles, que aquel Erostrato que quemó el famoso templo de Diana de Efeso, y puesto en el potro, dijo haber hecho tal incendio por perpetuar su nombre y fama? y aunque so graves penas pusieron silencio a todos, mandando que no se le nombrase, no hay hoy persona de mediocres letras que lo ignore. Barcelona, ciudad principal de España, tomó el nombre de los Barcinos, linaje cartaginés, y así era nombrada (Barcino : Barchinona : Barcinona : Barçilona, Barcelona, etc.): no quisieron los Scipiones que nombre para ellos tan aborrecido como era el de los Barcinos, se perpetuara en ciudad tan insigne; metieron en ella nuevos pobladores de Italia, llamados Faventinos, y la nombraron Favencia, y así la nombra Plinio y otros, pero no pudo durar tal nombre, antes quedó olvidado, y la ciudad se quedó con el que le dieron los cartagineses, y el poder de los romanos, que sojuzgó el mundo y dejó memoria de su valor, no fue poderoso para hacer olvidar el nombre de un pueblo, antes bien a pesar de ellos persevera el nombre y memoria del linaje y familia de su fundador. Aconteció también en estos mismos tiempos la ruina y destrucción de otra ciudad llamada Rubricada, que era del bando cartaginés, y estaba al poniente del río Llobregat (Lubricati), ora sea a la orilla del mar, ora en el lugar de Rubí, junto al monasterio de San Cugat del Vallés, del orden de San Benito. (San Cucufato o Cucufate : Sant Cugat).
Puso cerco a la ciudad de Sagunto que tan valerosamente se había defendido del poder cartaginés, y por no ser socorrida, se perdió: ésta estaba muy fortificada, y en ella había mucha riqueza, y la mayor de todas era las arras o rehenes que tenían en ella guardadas los cartagineses de los españoles sus amigos y confederados, y esta era la mejor fuerza con que tenían sujetos los más pueblos de España. La traza que tuvieron los Scipiones para tomarla fue esta: había un caballero español llamado Acedux, a quien habían encomendado la guarda de aquella ciudad, y había * aquel punto seguido el bando cartaginés, y cansado de sufrir sus violencias, quería pasarse al romano y dar libertad
a todas las personas que estaban por rehenes en aquella ciudad; porque airados los cartagineses de su mudanza, descargasen su ira sobre aquellos inocentes que estaban en su poder. Por esto se salió de la ciudad, y fue a hablar a Bostar, capitán cartaginés, que con poderoso ejército estaba en la campaña para impedir que los Scipiones no se llegaran a ella, y le dijo que convenía mucho dar libertad a los españoles, porque con aquella hidalguía obligarían a los pueblos a quedar firmes en su devoción, y les valieran en aquella ocasión que necesitaban de amparo y socorro, porque el bando cartaginés estaba algo menguado. Pareció esto bien a Bostar, y asignaron hora para salir de la ciudad, y lugar donde había de llevar los rehenes. Hecho esto, luego Acedux fue a decirlo a los Scipiones, y concertó con ellos que a la noche siguiente pusiesen guardas en el camino, y que él pasaría con rehenes, y tomarlashian, y con ellas ganarían la voluntad de toda España, restituyéndolas a sus pueblos. Con este concierto se efectuó todo puntualmente, y las rehenes fueron tomadas, y las enviaron a sus tierras, y fue muy grande la alegría de toda España, y mayor el amor que todos a los Scipiones concibieron; y era cierto que si los romanos quedaran allí donde estaban, todas las ciudades que habían cobrado sus rehenes se alzaran y tomaran las armas en su favor; mas como el invierno era cercano, contentos con lo hecho, se volvieron a Tarragona, y allá ennoblecieron aquella ciudad reedificándola con gran cuidado, y circuyéndola de fuertes murallas y torres, levantando grandes edificios y acueductos y solemnes templos que aún parecen y queda rastro de ellos, que designan que tal era aquella ciudad, cuando salió de las manos de los Scipiones.
Llegó por estos tiempos orden a Asdrúbal que, dejadas las cosas de España a Amilco, capitán cartaginés que había venido de Cartago, se pasase a Italia, porque juntado con Aníbal, los dos destruyesen la ciudad de Roma; pero a lo que Asdrúbal se partía de España, fue impedido de los Scipiones, que no muy lejos del río Ebro le salieron al encuentro y dieron batalla, cuya victoria quedó por los romanos. Esta rota fue presto remediada, porque llegó poco después de ella Magon Barcino con veinte y dos mil hombres de a pie, mil quinientos caballos, once elefantes y muy gran cantidad de plata para hacer soldados, con que quedara del todo olvidada la pérdida pasada, si no los lastimara una muy cruel peste que vino a España y mató gran número de personas, y entre ellas Hamilce, mujer del gran Aníbal, y Haspar, su hijo; y estas muertes causaron que muchos pueblos que estaban por los cartagineses, se pasaron al bando romano. En estos tiempos fue ennoblecida la ciudad de Barcelona con fuentes, cloacas y otros edificios que hicieron en ella los Scipiones, cuyos rastros aún duran. Con estas prosperidades y buena fortuna, que siempre fue compañera de estos dos hermanos, y valiéndose de los soldados y amigos que tenían en España, quisieron echar de ella a los cartagineses; pero no salió como quisieron y pensaban, porque a la postre les vino a costar a los dos la muerte.
Había entonces en España tres valerosos capitanes cartagineses: estos eran Asdrúbal Barcino, Asdrúbal Gison y Magon. Estos supieron los pensamientos de los Scipiones; y para mejor resistirles, se fortificaron todo lo posible, llamaron en su ayuda a Indíbil, su amigo, y aunque hasta ahora había estado a la mira de todo sin meterse en las guerras pasadas, no pudo en esta ocasión tan apretada negar a los cartagineses lo que le pedían, porque, según se infiere de Tito Livio y veremos en su lugar, sus hijos y su cuñada, mujer de su hermano Mandonio, estaban detenidas en Cartagena en rehenes. Deseaba Indíbil echar los romanos de España, y hacer después lo mismo de los cartagineses, a quienes en esta ocasión prometió todo su favor y poder, que era mucho (por no poder hacer otra cosa); y acudió con muchos ilergetes y cinco mil suesetanos, que eran de una región de Aragón muy cercana a los pueblos ilergetes; y porque viniesen de mejor gana, les pagó de antemano.
En África buscaban los cartagineses sus favores. Reinaba un rey llamado Gala en una parte de ella, que era la más vecina a Cartago de la parte de poniente: era este rey muy amigo de los cartagineses, y la amistad estaba atada con vínculos de parentesco, porque Masinisa, hijo suyo, había casado con Sofonisba, hija de Asdrúbal Gison. Este, para valer a su suegro, pasó a España con siete mil infantes y quinientos jinetes, y desembarcó en Cartagena, 209 años antes de la venida de nuestro Señor al mundo. Fueron grandes estos socorros, y la parte cartaginesa sobrepujó a la romana: los vecinos del Ebro, que eran los celtíberos, estaban divididos, los unos por Roma, los otros por Cartago; y estos acordaron de no moverse, mientras los que estaban por Roma estuviesen quietos y sosegados. Serían estos pueblos de la Celtiberia muy poblados, porque eran más de treinta mil hombres los que se declararon por los romanos.
Deseaban mucho los cartagineses ocasión de topar con los romanos, porque confiaban de su poder y de los celtíberos, sus amigos: los romanos no menos confiaban de su buena fortuna y poder, andando los unos en busca de los otros; y por mejor comodidad, dividieron sus ejércitos de manera, que Asdrúbal Gison, Masinisa y Magon tomaron parte del ejército cartaginés, y Asdrúbal Barcino la otra. Los Scipiones hicieron lo mismo: Publio Cornelio tomó las dos partes, y Neyo Scipion, su hermano, la otra; y con los treinta mil celtíberos, que era lo mejor que llevaba, se fue en busca de Asdrúbal Barcino. No pasó mucho tiempo que el uno estuvo en vista del otro, y solo había entre los dos un pequeño río que les dividía. Asdrúbal mandó que los celtíberos que llevaba embistieran a los de los romanos, y por otra parte envió algunos de los celtíberos de su ejército a los que estaban con Scipion, para persuadirles que dejasen la amistad romana, y ya que no quisiesen valer a los africanos, a lo menos no les dañasen, pues Asdrúbal y sus hermanos eran hijos de española, y casados con españolas. Esto lo supieron negociar con tal arte que luego aquellos treinta mil celtíberos dejaron a Scipion y se volvieron a defender y cuidar de sus casas y haciendas; y por más que Neyo Scipion se lo rogó que no se movieran, fue su trabajo vano, porque decían que no querían pelear contra sus naturales y parientes, ni dejar perder sus casas y haciendas. Quedó Neyo Scipion muy sentido de esto, y muy flaco su ejército; y con la poca gente que le había quedado, se retiró, con intención de juntarse con su hermano. Asdrúbal Barcino ya había pasado el río, y con toda diligencia iba tras de Scipion, deseoso de pelear con él.
Mientras pasaba lo que queda dicho, Publio Cornelio Scipion caminaba con su ejército contra Asdrúbal Gison y Magon, sin saber que Masinisa estuviese con ellos, antes, bien cuando lo entendió, quisiera no haber tomado tal empresa, y tuvo gran alteración, y esta se le aumentó, cuando vio que no rehusaban la batalla. Llevaba Masinisa unos soldados tan diestros, que apenas salía alguno del real de Scipion para leña, o forraje o por otros menesteres, que luego estos soldados no le matasen o cautivasen. a lo que estaba con estos trabajos Publio Cornelio Scipion, llegó Indíbil con siete mil quinientos hombres, que, como dice Livio los cinco mil eran suesetanos y que eran del reino de Navarra, y los demás eran ilergetes. Publio Cornelio Scipion quiso estorbarles que se juntasen con los demás, confiando que él era bastante para vencer a Indíbil y sus ilergetes y suesetanos, y dejando encomendado el real, con alguna guarnición, a Tito Fonteyo, capitán romano, salió a media noche a combatir con Indíbil. La caballería africana que corría el campo tuvo noticia de esto, y luego dieron aviso al ejército cartaginés, y acudió con tal presteza y diligencia, que llegaron a la que querían pelear Publio Cornelio Scipion e Indíbil. Fue grande la matanza que hicieron en los romanos: Scipion, que les iba animando y exhortando que muriesen como buenos soldados, fue herido con una lanza en el costado derecho, que le salió al izquierdo, con que cayó del caballo, y luego le dieron muchas y muy grandes heridas, con que dio fin a sus días; y los cartagineses que estaban junto a él, viéndole caer del caballo, mostraron sobradas alegrías, y publicaban a grandes voces su fallecimiento por toda la batalla, con la cual nueva no faltó cosa para quedar absolutos vencedores; y los romanos, abiertamente vencidos, comenzaron a huir, como mejor pudieron, y parte de ellos acudió al real de Tito Fonteyo, y muchos a una ciudad llamada Iliturge (I mayúscula, ele), y otros hasta Tarragona, y fue doblado más número los muertos en el alcance, que cuantos faltaron en la pelea. Los españoles suesetanos y su capitán Indíbil y sus ilergetes fueron tenidos en gran estima, por haber esperado con tan poca gente a tantos romanos contrarios, no queriendo retirarse ni desviar la batalla, puesto que lo pudieran muy bien hacer sin perder algún punto de su buena reputación. Después de esto y haber refrescado la gente de Indíbil, se juntaron con Asdrúbal Barcino, que estaba en un lugar que Livio llama Astorgin (1: Anitorgis, Alcañiz, según Cortés), donde fueron recibidos con el contento que tan buenos sucesos como habían tenido podían causar. (Según el libro del padre Nicolás Sancho: En ella probamos con gran copia de datos y argumentos el sitio preciso de aquella Ciudad, y la mucha probabilidad que tiene la opinión de que la antigua Anitorgis de la Edetania corresponde a Alcañiz. Con cuyo motivo damos en el quinto Apéndice de la Sección segunda, muchas y curiosas noticias de las Ciudades, límites y circunscripciones de la Celtiberia y de la Edetania, según las respetables autoridades de Plinio, Estrabon, Ptolomeo, Tito Livio, y otros geógrafos e historiadores de conocida fama y reputación.)
La nueva de tan gran pérdida no había aún llegado a noticia de los otros romanos, aunque, según dice Tito Livio, había entre ellos un triste silencio y una secreta divinacion, (adivinación, presentimiento) cual suele ser en los ánimos que adivinan el mal que les está aparejado; y los sobresaltos que daba el corazón de Scipion, y sustos que tenía, eran indicios ciertos, no solo de lo que pasaba, mas aún de las desdichas e infortunios que le estaban aparejados, y presto le habían de venir. Íbase retirando con su ejército, caminando siempre de noche, hacia el río Ebro, donde hoy es Zaragoza (Caesaraugusta, Sarakusta); pero apenas fue partido, cuando tuvo sobre si los caballos númidas, que ya por los lados, ya por las espaldas, le iban picando. Entonces Scipion, que ya tenía sobre si todo el poder de los cartagineses y númidas, que con Masinisa e Indíbil le apretaban, se alojó con toda su gente en un montecillo no muy bien seguro; pero de los que había alrededor este era el más alto. Subidos aquí, tomaron en medio cuantos impedimentos y fardaje traían y juntamente los caballos, y puestos a pie todos sus dueños mezclados con el peonaje, rechazaban con poca dificultad, y sin tener otro reparo por los rededores, el ímpetu de los caballos berberiscos y jinetes númidas que siempre les daban rebato; mas como después llegaron los capitanes cartagineses con Masinisa e Indíbil, conoció Scipion cuán vano era trabajar en retener aquella cumbre o montecillo, no poniendo baluartes al rededor o fosas o vallados, e imaginaba con gran vehemencia, qué modo tendría para hacer alguna defensa. La cuesta, de su propiedad era rasa, de suelo pelado, tan duro y tan desolado, que ni criaba leña ni rama donde pudieran cortar maderos para los palenques, ni tenía céspedes o tierra de que hacer paredones ni reparos, ni mostraba disposición a las cavas o trincheras, y finalmente no hallaron aparejo de poder obrar algo con que se remediasen. Menos había malezas o pasos o riscos dificultosos de ganar, de subida trabajosa, cuando los enemigos llegasen; porque todo aquel montecillo precedía (o procedía, no se lee bien) llano, sin casi lo sentir, hasta dar en la cumbre. Queriendo suplir este defecto, comenzó Neyo Scipion a formar una semejanza de reparo por el circuito, con albardas y líos de los mulos que traían el fardaje, sobreponiéndolas muy bien atadas unas con otras, conformes al tamaño que solían tener en sus baluartes acostumbrados y verdaderos; y donde faltaban albardas y líos, metían ropas o cualesquier impedimentos que hiciesen bulto, por no parecer que de ningún cabo les menguaba. Lo tres capitanes cartagineses, al tiempo que llegaron, guiaban sus escuadrones contra lo fuerte de la cuesta, muy determinados a lo combatir, y la gente del ejército respondía con buena voluntad a su determinación, sino que la nueva manera del reparo, cuando lo vieron desde lejos, les hizo dudar algún tanto, creyendo ser defensa más brava. Sus principales y caudillos, viéndoles así parados, discurrían por las batallas enojados de su detenimiento; preguntábanles a voces: en qué se paraban; cómo no deshacían con los pies aquel espantajo romano; pues a mujeres o muchachos no se podía defender, cuanto más a tan denodados varones cuanto venían allí; que si bien mirasen los enemigos, que vencidos eran; escondidos que estaban tras de aquellas albardas pajizas, en llegando se darían a prisión o serían degollados a mano y sin pelea; que pasasen adelante, y no se detuviesen ni mostrasen pavor de tanta vanidad. Estas reprehensiones voceaban los capitanes africanos en menosprecio del reparo romano; pero verdaderamente venidos al toque, más difícil hallaron el saltar las albardas y líos, de lo que publicaban al principio, por estar entre si bien atadas y túpidas en harto buena alzada, y tras ellas haber hombres valientes y guerreros que todavía tenían ventaja centra quien llegase por defuera, como pareció casi luego que fueron acometidos, que solamente para romper líos y hacer entradas hubo menester grandes acometimientos, y se tardaron largas horas: mas al cabo, derrocados los reparos en muchas partes y metida la furia cartaginesa por ellos, ganaron el real de todo punto, sin poderlo valer Neyo Scipion. Allí sus romanos, hallándose pocos, atemorizados y confusos, morían despedazados por diversos lugares a mano de los cartagineses y de los españoles confederados, que venían muchos en cuantidad, ufanos y victoriosos con el buen despacho de la batalla pasada. Pudieron huir algunos romanos en los montes y sitios fragosos que no caían lejos, y por algunas partes acudían pocos a pocos, fatigados y heridos, al otro real, que fue de Cornelio Scipion, donde Tito Fonteyo, su lugarteniente, les amparó con la diligencia que bastaba su posibilidad, mas no para que dejasen de morir en todos estos caminos muchos buenos romanos y diestros. Con ellos pereció también su capitán mayor Neyo Scipion, dado que la manera de su muerte traten discrepantemente Livio y nuestros cronistas: unos certifican ser hecho pedazos entre los primeros; allá dentro del reparo, cuando se rompieron las entradas por los líos y defensas ya declaradas; dicen otros haberse retraído con unos pocos en una torre desierta cerca del real, y que los cartagineses al principio, no pudiendo quebrar las puertas al desquiciarlas a fuerza, las pusieron fuego por el rededor, y quemándolas, mataron dentro cuantos en ella quedaban, y también al capitán general. Como quiera que sea, murió de esta vez Neyo Scipion, según debía morir un caballero muy excelente, siendo pasados veinte y siete días después de la muerte de su hermano, y siete años cumplidos y pocos mes adelante, después de su venida a España. De esta manera tuvieron fin los dos hermanos Neyo Scipion y Publio Cornelio Scipion, sin valerles su saber y disciplina militar y la buena y próspera fortuna que siempre les fue compañera, aunque en la mayor necesidad se les volvió adversa. Esparciéronse los pocos romanos que de aquellos encuentros escaparon por España, sin hallar lugar cierto y seguro donde recogerse, porque como eran tan aborrecidos de los naturales, y los amigos de ellos se eran vueltos al bando cartaginés, era peor el tratamiento que se les hacía de lo que habían padecido en las batallas pasadas, y tantos más murieron en esta huida que en aquellas. El mejor acogimiento que hallaron fue en Tarragona y su comarca, donde quedaba Tito Fonteyo con algunos soldados romanos, el cual, y otro caballero llamado Lucio Marcio los recogieron, conservando las reliquias del pueblo romano esparcido por España, que atónito de lo que había sucedido, no sabía qué consejo tomar: y aquí acaba la historia del diligente historiador y erudítisimo varón Florián de Ocampo, el cual en cinco libros, por orden del emperador Carlos V, de buena memoria, recopila la historia de España, desde el principio del mundo hasta estos tiempos, que ha sido tan acepta y de tanta autoridad, que casi todos los que la han escrito después de él le han seguido, por haber este autor tenido por blanco la verdad; y es tan estimada de todos los varones doctos y sabios, que no sé cuál ha de ser mayor, el sentimiento de que no haya proseguido aquella, o el gusto y contento que tenemos de que el maestro Ambrosio de Morales la haya continuado, pues lo que el primero dejó imperfecto lo hallamos tan cumplido en este segundo autor, que parece que en lo que él ha dicho y hecho, ni poderse más añadir, ni aún los maliciosos que corregir; y así, tomando este autor por guía, y de los otros lo que fuere a nuestro propósito, continuaremos lo que se siguió después de la muerte de los Scipiones, hasta el fin de la obra, según será menester.

viernes, 27 de agosto de 2021

Geroni Rosselló, LO REY CONQUERIDOR, joglar de Maylorcha

LO REY CONQUERIDOR.

(Del Joglar de Maylorcha.)


Denant los murs de Maylorcha,  De Maylorcha en la ciutat,  S'apareyla l'host christiana,  Combatre fort desirant.


I.

Denant los murs de Maylorcha,

De Maylorcha en la ciutat,

S'apareyla l'host christiana,

Combatre fort desirant.


Lo brugit s'òu de las armas,

Trompas sonan e atabals,

Pavallós e tendes levan,

E mòuense de tots latz.


En Jacme rey d'Aragó,

Cavalcant en son cavayl,

Guarnit de èlm, espasa nua,

Quax no pòt pus esperar.

D'ira sos uyls li flamejan,

E d'ira son còr li bat;

Car no sguarda un sarrahí

Sens que hage sed de sa sanch.


Sagrament eyl prench dels nobles;

Tots los guerrers han jurat

De fer presa de la vila

O de morir massacrant.


Cent tors la vila environan,

Guarnides d'homens armats;

Mas, armes no l'espaventan

Ne host l'espaventa may.


E sguardant la part del mur

Que los ginys han derrocat,

Enaxí parla a los seus,

Metent l'ira en son parlar:


- “Sanct Jordi! Sancta Maria!

Lá vos esperan: á lor!

Cascun lo primer y sia

Si sent la fe dins son cor.


Hoc, molts n'y ha, mas no'ls ajuda

Lo braç ferm de Jesu-Christ;

Quant lur força hauretz retuda

Tot l'infern n'estará trist.

A lor! vergonya, chrestians!

Deus ho vol e jo'n suy cert:

Paucha es la sanch del vilans

P'els dampnatges que 'm soffert.


Ne burgés ne cavayler

Gir son dors, enquer que las;

Car será vil homeyer

E traydor qui torn atrás.


Per còlp ne per nafra pocha

Vuyla negun romanir;

Hajatz tots lo còr de rocha,

Ans que deshonra morir.


Qui vege a son frare occiure,

Vage avant, comanlo a Deu;

Per venjarlo vuyla viure,

E son còlp sia pus greu.


Negun en son briu defala,

Haje'n sed de sanch infael;

Sarrahíns morts fan l'escala

Per ont puja l'arma al cel. 


A lor! car Deus ens convida

A la victoria en est jorn;

Non rest enemich ab vida

En plus d'una legua en torn.

De vostres lançes quiscuna

Un cap sarrahí aport;

No hage sageta ninguna

Que no'n féra a un de mort.


De sanch de los vostres ávis

Guardatzlos plenes les mans;

Anatz venjar lurs agrávis

Fentne lo past dels milans.


Siatz l'açòt que Deus los dona,

No hagen treua ne perdó;

Faytz de lurs caps tor redona

Ont metetz lo ganfanó.


Muyren tuyt, pus master s'es,

Los qui no 's reten sclaus,

E façam p'els palafres

Estables de lurs palaus.


Vostre es lo forment que menjan,

Vostres son los lurs havers;

Esguardatzlos com s'arrenjan

Per vos emblar vostres plaers.


A quiscun tolgatz la vida,

Li tolretz del còrs verí;

l'Almudayna lá 'us convida;

En nom de Deu, anemhí.


Feritz en las vil maynades

Calcigant çerveyls por lá;

l'ombra irada dels Monchades

Lo sender eus mostrará.


De Mafumet la senyera

Ofega de ira lo còr;

La victoria ens vé derrera...

Cavaylers, á lor! á lor!” -


Dix lo rey, e quax volant

La ciutat scometia,

Diënt l'host: - “Avant! avant!

Sanct Jordi! Sancta María!”


II.


Clams de dolor, mant dampnatge,

Brugit dels brants e'ls escuts,

L'ira faënt son carnatge,

Sobrats morts, cavayls perduts;


Sòns dels atabals de guerra,

Maçes, lançes e colteyls,

Flums de sanch corrent per terra,

Caps redolant sens capeyls;


Tors qui s'esfondrant conmouen

Les potestats del infern,

Guerrers qui col vent se mouen,

E flamas e foch etern....


Maylorcha! Maylorcha beyla!

Christ desliura ta ciutat;

Martyrs donan sanch per eyla,

Tras d'un rey benavirat.


Leós de tú fan lur presa,

Ton senyor será Aragó;

Rey noveyl no 't dó feresa,

Pus la crotz es son panó.


Sanct Jòrdi a la gloria 'l porta,

Cavalcant ab cavayl blanch;

La stela d'Abú s'es morta,

E càu dins un mar de sanch.


Quiscun alberch e mesquita,

Com casteyls s'han de esvahí;

Que sa ruina estia scrita

No ho vol creure 'l sarrahí.


Quiscun alberch e mesquita,  Com casteyls s'han de esvahí;  Que sa ruina estia scrita  No ho vol creure 'l sarrahí.



F. Mistral, chatelain, tresor, Felibrige



E- “¡Valor, fils del propheta!

Dix lo Xech als seus, broxant;

Non hage negun qui 's reta,

Car gaudeix lo trespassant.

Homeyers creman e talen,

D'ira cruel lo còr encès;

No saben eyls ço que valen

Fils d'un poble may sotsmes.


Mostratzlos qu'havets coratge,

E que tots amatz morir,

Ans que viure en vassalatge

Del qui occiu a son albir.


Per ço car de lig no tenen,

N'es malvestat lo còr seu;

Famolents açí s'en venen,

Desamparats de son Deu.


De vostre aur ab las mans plenes,

Volen sejornar los vils,

E metránvos en cadenes,

Malensenyant vostres fils.


No han dret e no han justicia,

E com lops per ço los veig;

De vostre haver han cubdicia,

De vostres fembres cobeig.


Per los vençre e per combatre,

Son secors eus dona Alá;

Eyl d'un còlp los pòt abatre,

Car sols eyl es sobirá.


Non hage negun qui 's reta;

Deffenetz vostres maysós;

Feritzlos, fils del propheta!

Mafumet, confonetzlos!” -


E lo sarrahi cridant,

Pus fort l'autre scometia...

E 'ls chrestians: - “Avant! avant!

Sanct Jordi! Sancta Maria!”-


E'l carnatge es renoveyla,

E 'ls critz arriban trò 'l cel;

Maylorcha! Maylorcha beyla!

Ton baptisme n'es fort cruel!


De ferir las hosts s'aglassan;

S'huja el braç de donar tayls;

Los qui los brants ultrapassan,

Los trossejan los cavayls.


Dona lo ferre ab lo ferre,

E spurnes n'ixen de foch;

Los uns avant per conquerre,

Los autres ferms com un roch.


L'ombra de la mort es ceyla

Qui en sus de las hosts s'ha stes;

No abastan escuts per eyla,

Ne lo perpunt, ne l'arnes.


E d'ira los còrs sclaten,

Uns dels autres faent scarn;

Lo ferre dels qui combaten

S'esmussa de tallar carn.


D'En Jacme lo cavayl corre

Ont lo peril es pus greu;

De son escut sanch decorre,

Mays va ab l'ajuda de Deu.


Ardit e spasa sanguenta,

Par lo venjament armat;

Lamp dins las núus que spaventa,

Áliga dins tempestat.


No y ha qui sos colps suport;

No y ha qui no's reta á eyl,

Car es senyal de la mort

Lo dragó de son capeyl.


Li paguá, son dors girant,

Ja scometre no 'l volia;

E 'l christians: - “Avant! avant!

Sanct Jòrdi! Sancta Maria!” -


E l'host christiana camina,

Com l'ona del mar brugent,

E desfá l'host sarrahina,

Com desfá la bòyra el vent.

Lançan l'arma los qui fujen,

Car per fugir n'es pesán;

Mas d'occiure no s'en hujen

Los qui derrera los ván.


E 'Is christians fan d'eyls carnatje,

Xi com lur crueltat mereix:

Crida 'l vençut sens coratje,

Mas Alah no 'Is exauseix.


- “Leissatznos vida, chrestians,

faytz ço que 'us sia mils!” -

Dixen los veyls angoxans.

Las mayres: - “Perdó p'els fils!” -


Ploroses las puelles ixen,

Faules plenes d'aur e argent,

E: - “Prenetzprenetz, los dixen,

No'ns fassatz, no'ns fassatz nient.” -


E l'host de Christ, de son cor,

Massacrant per çá e per lá,

Sols respòn: - “A lor! a lor!” -

Membrant de lo que jurá.

Sarrahins combatre a mort

Fó de Aragó la costum;

Per ço corre ab lo còr fort,

Per dins sanch, dins foch, dins fum.

E ja 'l Xech se desespera

E gira son dòrs e fuig;

Mas va li En Jacme derrera,

E li diu ences d'enuig:


- No cal t'estojes en casa;

No 't cal, no, fugir, no 't cal;

De la beyna trau l'espasa,

Veurás dels dos qui mes val.


Mostra'm al menys ton coratge;

Car mas tany a cavaylers,

Que a mos vassayls far dampnatge

E captivar lurs uxers.


No fuges del qui 't contrasta,

Sapia bè morir com dius,

El qui ha viltat que li basta

Per encreuar los catius. -


E 'l rey per fi'l desarmava;

E per la barba el tenia,

E l'host encare cridava:

- “Sanct Jordi! Sancta Maria!” -

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EL REY CONQUISTADOR.

(Del Juglar de Mallorca.)

I.

Delante los muros de la ciudad de Mallorca, se dispone la hueste cristiana al asalto, y arde valerosa en deseos de combatir.

Óyese el ruido de las armas: resuenan por do quiera clarines y atabales: las tiendas levántanse y los pabellones, y cunde el movimiento en todas partes.

Don Jaime, rey de Aragón, montado a caballo, ceñido el yelmo y desnuda la espada, a duras penas contiene sus bríos y su impaciencia.

Chispéanle de ira sus ojos y le palpita de enojo el corazón, pues sed de sangre le devora al ver un solo sarraceno.

Juramento recibió a todos los nobles: todos sus guerreros han jurado entrar triunfantes en la ciudad o morir matando.

Cien torres defendidas por bien armados combatientes circundan la capital (2); mas no le espantó nunca al rey el aparato de las armas, ni hueste le hizo miedo.

Y mirando en el muro la brecha que abrieron las máquinas de guerra (ingenios, ginys, enginys), con palabras llenas de ira, dice a los suyos:

- San Jorge! Santa María! Allí os esperan ya: a ellos! Sea cada uno de vosotros el primero que hiera si en su espíritu arder la fé.

Sí, muchos son los enemigos; mas no les ayuda el brazo potente de Jesucristo. Cuando les hayáis vencido, habréis llenado de angustia el infierno todo.

A ellos! venganza, cristianos! Dios lo quiere, os lo aseguro: toda la sangre de esos villanos no compensará nunca nuestros sufrimientos.

Ni vasallo, ni caballero vuelva jamás la espalda, aun cuando le rinda el cansancio: vil asesino y traidor será quien retroceda.

Que nadie retroceda por golpe o por leve herida; todos corazón de piedra; antes la muerte que la deshonra.

Quien viere caer muerto a su hermano herido de muerte, siga adelante y ruegue a Dios por su alma; procure vivir para vengarle, y sean más terribles sus estocadas.

Nadie ceda en su furor; infúndaos aliento la sed de sangre infiel: cadáveres de enemigos han de formar la escala por donde vuestras almas suban al cielo.

A ellos! Invítanos hoy Dios a la victoria: en una legua a la redonda no ha de quedar con vida ninguno de nuestros adversarios.

Cada pica llevar debe por trofeo una cabeza musulmana: cada saeta ha de herir de muerte a un enemigo.

Mirad; manchadas tienen sus manos con sangre de vuestros abuelos; corred a vengar tantos agravios; haciendo de sus cuerpos pasto de milanos.

Sed para ellos el azote de Dios; no les concedáis tregua ni perdón; levantad con sus cráneos una torre para enarbolar en ella el cristiano estandarte.

Fuerza es, mueran los que no se rindan esclavos; convertid sus adornados palacios en establos para vuestros palafrenes.

Hasta el pan que comen os pertenece, vuestras son sus haciendas todas: mirad como se disponen y se ordenan para arrebataros los placeres del botín.

Veneno quitareis al cuerpo de aquellos a quienes arranquéis el alma: bríndaos allá la formidable Almudayna: avancemos en el nombre de Dios.

Cargad contra las viles mesnadas, hollando cabezas agarenas; la sombra airada de los Moncadas os señalará la senda de la gloria.

El estandarte de Mahoma me ahoga el corazón de ira: la victoria nos viene en pos. Caballeros, a ellos! a ellos!”-

Dice el rey, y volando se dirige contra la ciudad, en tanto que la hueste esclama:
- “Adelante! adelante! San Jorge! Santa Maria!”-

II.

Gemidos de dolor, inmenso daño, ruido de espadas y broqueles, la ira haciendo horrible carnicería, vencidos muertos, caballos estraviados;

Sones de atabales, mazas, lanzas y alfanges; ríos de sangre corriendo por el suelo, y cabezas rodando sin casco.

Torres que al hundirse conmueven todo el poder del infierno, guerreros que corren y se mueven como el viento, y llamas y sempiterno fuego...

¡Ah, Mallorca! ¡hermosa Mallorca! hoy Cristo liberta tu ciudad; numerosos mártires vierten por ella su sangre, en pos de un rey afortunado.

Leones son los que acometen; Aragón será tu dueño. No te dé espanto tu nuevo señor, pues lleva la cruz por enseña.

San Jorge es quién le conduce a la gloria, cabalgando en un caballo blanco (3); en un mar de sangre cae eclipsada la estrella de Abu-Yahie.

Cada casa, cada mezquita ha de asaltarse como un castillo; no quiere creer el obstinado sarraceno que esté escrita su ruina.

Y - “Valor, hijos del profeta, dice el Jeque a los suyos esgrimiendo su cimitarra; nadie se rinda; eterna venturanza galardona al que muere combatiendo por la fé.

Asesinos son los que, encendido el corazón de ira, vienen a talar vuestras haciendas y a incendiar vuestras casas: mas ellos ignoran cuanto vale el furor de un pueblo nunca esclavo.

Mostradle vuestro esfuerzo y vuestro valor, mostradle que preferís la muerte, a ser siervos del que a su capricho asesina.

Su corazón es la iniquidad; no tienen ley ni religión: por eso vienen aquí hambrientos y desamparados de Dios.

Repletos de vuestro oro se han propuesto vivir en la molicie; y os cargarán de cadenas, y corromperán el alma de vuestros hijos.

No conocen el derecho ni la justicia; por eso les veis como una manada de lobos, codiciosos de vuestros bienes y de la hermosura de vuestras mugeres.

Para combatirlos y esterminarlos Alá os prestará su ausilio: él puede con un soplo abatir su soberbia, porque solo él es poderoso y grande.

Nadie ceje; defended con brío el sagrado de vuestras casas: acometedles, hijos de Mahoma; y confúndales el santo profeta!”-

Y dando el sarraceno fuertes alharidos, arremete lleno de coraje... Y los cristianos esclaman: - “Adelante! Adelante! San Jorge! Santa María!” -

Y renuévase la horrible matanza, y llega al cielo la vocería. ¡Ah Mallorca! la hermosa Mallorca! ¡cuán cruel es tu bautismo!

Fatígase la hueste de combatir y el brazo se cansa de dar tajos; despedazan los caballos aquellos a quienes traspasó el filo de las espadas.

Choca el hierro con el hierro, y saltan relucientes chispas; avanzan los unos afanosos de conquista, y los otros aguardan firmes como una roca.

La sombra de la muerte se cierne sobre ambos ejércitos; ni arneses ni cotas de malla bastan para resistirla.

Estalla la ira en los corazones en medio de los denuestos y las burlas: y el hierro del combatiente se embota en la carne del enemigo.

Corre Don Jaime, dirigiendo su bridón hacia donde es mayor el peligro; chorrea sangre su escudo, mas va acompañado del ausilio de Dios.

Valeroso, y agitando su rojo montante, semeja la venganza armada, rayo terrible que fulgura entre las nubes, águila en medio de la tempestad.

No hay nadie que resista a sus recios mandobles, nadie que a su empuje no ceda; señal es de muerte el dragón que lleva por cimera (4).

Ya el pagano vuelve la espalda; ya no osa acometer; y repiten los cristianos:
- “Adelante! adelante! San Jorge! Santa Maria!

La hueste de Cristo avanza como las oleadas del mar tempestuoso, y deshace las filas del ejército musulmán, asi como el aquilón arrolla la niebla (5).

Arrojan las armas los fugitivos, porque son pesadas para la fuga; mas no se cansan de herir los que les persiguen.

Y en ellos hace el cristiano terrible carnicería, tal como merece su crueldad. Perdido ya el ánimo, vocean los agarenos espantosamente; mas Alá ya no les escucha.

Y salen los ancianos, esclamando llenos de angustia: - “Perdonadnos la vida, y haced cuanto os plazca!” - Y las madres añaden: - “Perdón para nuestros hijos!” -

Y llorosas muéstranse las doncellas, de oro y plata llena la falda, diciendo: - “Tomad! tomad, con tal que no atentéis contra nosotras!” - (6)

Y la hueste cristiana, llena de brío, y esparciendo la muerte por todas partes, contesta recordando sus juramentos: - “A ellos! a ellos!” -

Guerra a muerte al musulmán, fue siempre de Aragón la divisa; por eso corre con esforzado ánimo por entre sangre, humo y fuego.

Y desesperado el Jeque vuelve las espaldas y emprende la fuga (7). Síguele Don Jaime diciéndole lleno de enojo:

- Inútil es que vayas a guarecerte en tu casa; que huyas de mi presencia: desembayna tu espada, y veremos de los dos quien más vale.

Pruébame a lo menos que tienes valor; que al fin esto cumple más a caballeros, que entretenerte en hacer daño a mis vasallos y en apresar sus naves.

No huyas, no, de quien te reta: y sepa morir dignamente como dices, el que tiene sobrada vileza para crucificar a los cautivos. -

Y por fin el rey le desarmaba, y le tenía asido de la barba (8); y aun resonaba el tremendo grito de la hueste: - “San Jorge! Santa María!” -” -