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domingo, 28 de junio de 2020

CAPÍTULO XXV.


CAPÍTULO XXV.

César va en seguimiento de los pompeyanos, y no para hasta haber vencido
a Petreyo y Afranio, sus capitanes.

Afranio y Petreyo pasaron el río Segre con todo su campo, y juntaron con las dos legiones que habían salido y se fueron hacia Mequinenza; y César envió tras ellos su caballería para que les picase en las espaldas y les detuviese todo lo que fuese posible, y de esta manera llegaron al Ebro, y los de Afranio y Petreyo lo pasaron con la puente de barcos que habían hecho; pero apenas fueron pasados, ya la caballería de César pasó por el vado tras ellos. Cuando amaneció, vieron los del real de César que estaban a la orilla del Ebro, de un alto, como su caballería hacía buen efecto, dando la carga en la retaguardia, y sufriéndola muy bien cuando el enemigo volvía a dársela, con todas sus escuadras. Con esto, los soldados de César rogaban a los tribunos y centuriones que rogasen a César, que sin tener cuenta con su trabajo y peligro de ellos, les mandase pasar el río por donde lo habían pasado sus caballos. Movido César de esto, aunque rehusaba poner al peligro de un río tan grande como el Ebro su ejército, pero bien pensado, le pareció que debía tentar el paso, y por esto sacó de todas sus centurias los soldados más flacos, y de estos formó una legión, y la dejó en guarda del bagaje y del fuerte que tenía a la orilla del río de esta otra parte, y la demás gente lo pasó con esta orden: que puso por lo alto del río muchas bestias que quebrantasen la corriente, y por lo bajo mucha gente de a caballo, donde se valiesen los que el ímpetu del agua trabucase; y esto fue gran socorro para algunos, y de esta manera todos pasaron, sin perderse ninguno, y eran las tres horas antes del amanecer cuando hubieron acabado de pasar; y sucedió este día una cosa muy notable y que solo la gran diligencia de César la pudo acabar, y fue, que su campo, después de haber pasado el río del modo que queda dicho, con gran trabajo y detenimiento, rodeó después mucho para volver a tomar el camino para seguir a los enemigos, porque para pasarlo, habían tomado el vado donde más extendido corría el río, y esto era algunas millas más abajo del puesto donde Afranio y Petreyo habían hecho su puente de barcas; y antes de llegar a los enemigos, hubo de marchar seis millas, y habiendo partido los dos capitanes antes de amanecer, ya a las tres horas de la tarde César les había alcanzado. «No hay duda, dice Ambrosio de Morales, que todo este ardor y vigorosa diligencia era de sus soldados; pero a él se debe atribuír más de veras, pues se lo había enseñado, y con su gran diligencia y presteza les daba ejemplo de ella.» Siendo preguntado Alejandro Magno, cómo había dado fin a tan grandes hechos en poco tiempo, dijo, que no dilatando nada para mañana; y Vegecio dijo, que en las cosas de la guerra la diligencia y presteza aprovechaban más que el esfuerzo. Todo esto entendió muy bien Julio César, pues ninguna ocasión dejó pasar, así en esta como en otras guerras, que no la tomase, y así vino a acabar cosas que parecían imposibles y solo pudo en su diligencia salir con ellas.
Estaba la gente de César muy ganosa de llegar a las manos con sus enemigos; pero César, en quien había tanta prudencia como diligencia, mandóles primero reposar y comer, porque no quiso que enflaquecidos y cansados entraran en pelea; y aun después de haber descansado, los detuvo otra vez, porque furiosos querían dar sobre los enemigos; pero no pudieron, porque ellos se habían
ya puesto en lugar alto, muy a su ventaja, y así por aquel día no hubo pelea alguna, antes bien César se alojó muy cercano a ellos.
Estando a la otra parte del Ebro, pasaron grandes cosas que cuenta el mismo César, que no pertenecen a los pueblos ilergetes, de quien agora trato: y después de haber mucho apretado a los pompeyanos, que siempre habían tenido grandes esperanzas que, si pasaban Ebro, habían de hallar grandes socorros; no hallando lo que pensaban, sino muy al contrario, y que la caballería de César no les había dejado sosegar un punto, no hallaron otro camino sino volverse a Tarragona o Lérida; pero por estar Tarragona lejos, y haber de hacer grandes rodeos para escaparse de César, escogieron ir a Lérida: pero porque el agua les costaba muy caro, por ser toda aquella tierra muy seca y falta de aguas, determinaron sacar un foso con buena fortificación desde su real, hasta tomar dentro del fuerte el agua, para que nadie pudiese estorbársela. Repartieron entre si ambos a dos los generales la obra, y salieron lejos del real a continuarla. Con la ausencia de los capitanes comenzaron los soldados a salirse del fuerte y hablar con los de César, tratando de dársele, y muchos tribunos y centuriones se vinieron a encomendar a César, y lo mismo hicieron los españoles principales que estaban en el ejército, unos por rehenes y otros por soldados; y aun el hijo de Afranio, por medio de Sulpicio, legado de su padre, trató con César de que perdonase a él y a su padre.
Era la alegría y regocijo común a todos; a los de Pompeyo, porque presto confiaban verse fuera de peligro, y a los de César, porque tan fácilmente y sin gota de sangre habían acabado una guerra tan difícil y cruel, y todos loaban mucho a César, por haber escusado tanto derramamiento de sangre, con no haber querido pelear, y todos conocieron cuán acertados eran los consejos y resoluciones suyas.
Estos abocamientos y tratos tomaron los dos capitanes de diferente manera, porque Afranio dejó la obra comenzada y se retiró a su real, esperando el suceso que había de tener el perdón que su hijo había pedido a César; Petreyo lo tomó muy a mal, y a los que platicaban con los de César los hizo retirar, y de los de César mató todos los que pudo; y vuelto a su real, rogaba a todos que mirasen por la honra de Pompeyo, y que no quisiesen darla a su enemigo; y él y los tribunos y centuriones, y el mismo Afranio, movidos del llanto de Petreyo, de nuevo juraron obediencia a Pompeyo y que no desampararían el ejército y no harían cosa sin consejo público y voluntad de todos; y tras esto mandaron que quien tuviese soldados de César los llevase allá, y todos los que se trajeron, con horrible crueldad fueron degollados; y muchos hubo que los escondieron, y venida la noche, los echaron con grande secreto por encima de los reparos. Con este rigor que usaron los capitanes de Afranio, y con el juramento que tomaron a la gente de guerra, ya no hablaban de darse, sino que todos muy ganosos mostraban querer continuar la guerra. Pero César no lo hizo así, sino que mandó buscar los soldados de Pompeyo que habían entrado en sus reales, mientras duraba la plática, y muy benignamente mandó que se volviesen a los suyos, aunque algunos de los tribunos y centuriones se quisieron quedar con él de buena gana, de quien recibieron después mucha honra y merced.
Petreyo y Afranio, que conocieron que en aquel puesto donde estaban no se podían sustentar, levantaron su campo y caminaron a Lérida, y César les fue con su caballería siguiendo, sin dejarles reposar un punto; y les fue necesario, para reposar del cansancio que llevaban, asentar su real en un lugar muy desconveniente y entre muchas incomodidades. Era la mayor faltarles de todo punto el agua, y es aquel suelo tan falto de ella, que, aunque caven pozos, no se halla: falta que padecen casi todas aquellas comarcas de la ciudad de Lérida. Aquí llegaron a tal aprieto, que no pudieron hallar remedio alguno a sus necesidades; y César holgaba de ello, porque no iba tras de vencerles en batalla, sino que ellos voluntariamente se diesen, porque así mejor campease su clemencia y piedad; y así se le hubieron de dar. Para esto pidieron Afranio y Petreyo hablar, y que esto fuese entre los capitanes solos, sin que los ejércitos estuviesen presentes; pero César quiso que fuese público, y tomó al hijo de Afranio por rehenes, y juntos los dos ejércitos, Afranio habló, disculpándose de haberse detenido contra César hasta aquel punto, pero que, como a lugarteniente que él era de Pompeyo, había de mantener la fé y lealtad a su mayor todo el tiempo que pudiese; y él había ya cumplido con su deber, según eran testigos las necesidades y trabajos que habían sufrido, y que no podían ya más, ni el dolor y el pesar en el ánimo, ni la fatiga y trabajo en el cuerpo; y así se le rendían como a vencidos y le pedían les perdonase, usando con ellos de clemencia, y no de lo que la victoria le permitía y ellos habían merecido.
César le respondió reprendiéndole por haber impedido la paz que sus soldados habían deseado y procurado, y haber muerto, tratándose de ella, algunos de sus soldados que pudieron haber a las manos, y les representó que, por su soberbia, venían a pedir ahora con humildad lo que primero menospreciaron con desdén; que él, no movido de su humildad y abatimiento, ni ufano con aquel buen suceso, les pedía que despidiesen aquel ejército que tantos años habían sustentado contra él sin causa ni razón, y que saliesen de España, para que pudiese reposar del cansancio que le había dado aquella tan larga y penosa guerra, superflua y voluntaria; y que esto era lo que les pensaba conceder, y no otra cosa alguna. Los soldados de Afranio y Petreyo quedaron muy alegres de lo que César les había concedido, y siempre habían pensado que se había de llevar muy riguroso con ellos, y estorbaron a los capitanes que no altercasen sobre esto, sino que se contentasen de lo que tenían, y así que los despidiesen, porque toda dilación les era muy enfadosa; y despidieron luego todos los soldados españoles o que tenían casa o hacienda en España, y César les prometió que no compeliría a ninguno de ellos que le sirviera en la guerra, y que los soldados italianos fuesen despedidos, y que Afranio saliese del todo de España y se pasase a Grecia, donde en aquel tiempo estaba el gran Pompeyo.

domingo, 21 de julio de 2019

EL NACIMIENTO DE LOS ESPARZA

141. EL NACIMIENTO DE LOS ESPARZA (SIGLO XI. PAMPLONA)

 
EL NACIMIENTO DE LOS ESPARZA (SIGLO XI. PAMPLONA)
 
 
En el año 1076, tuvo lugar en el limítrofe reino pamplonés una grave y profunda crisis política, en cuyo origen estaban involucrados los hermanos de su rey Sancho IV, los llamados infantes Ramiro y Ramón.
La actitud belicosa de ambos fue tal que acabaron despeñando a su hermano en Peñalén, con la pretensión de sucederle en el trono. Ante aquel criminal proceder, los pamploneses sopesaron las distintas alternativas posibles para tratar de salir de la crisis, aunque ninguna de las barajadas pasaba por nombrar como sucesor a alguno de los hermanos asesinos.
 
Por fin, tras largas deliberaciones, decidieron proponer como rey de Pamplona al monarca aragonés Sancho Ramírez, descendiente directo de la familia real pamplonesa. Aceptó éste y cuando le alzaron como rey, a la manera que acostumbraban los navarros, tenía veinticinco años y hacía seis que gobernaba en Aragón. Ambos reinos permanecerían unidos y caminarían juntos hasta la muerte de Alfonso I el Batallador.
 
Juró el rey Sancho Ramírez, como era preceptivo, que guardaría y haría guardar los fueros, las
observancias y las costumbres vigentes en Pamplona, e inmediatamente adoptó medidas encaminadas a tratar de cortar de raíz cualquier posible brote de resistencia, de modo que expulsó de sus tierras tanto al infante fratricida don Ramón como a todos aquellos que se habían declarado de su parcialidad.
 
Fueron momentos tensos y difíciles, pero, según la tradición, de este momento histórico concreto arrancan aquellos que se llamaron y tuvieron por sobrenombre el de Esparza, origen posterior del apellido Esparza, porque fueron echados y «esparcidos» del reino pamplonés para que en él se recuperara la paz perdida, como así sucedió en efecto.
 
[Ubieto, Agustín, Pedro de Valencia: Crónica, págs. 101-102.]
 
El Reino de Pamplona en su auge bajo Sancho el Mayor (de 1029 a 1035)
El Reino de Pamplona en su auge bajo Sancho el Mayor (de 1029 a 1035)
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

  • Besga Marroquín, Armando (Julio de 2003). «Sancho III el Mayor, un rey pamplonés e hispano». Historia 16 (327).

  • Collins, Roger (1989). Los vascos. Madrid: Alianza Editorial.
    ISBN 84-206-2592-2.
  • Jimeno Jurío, José María (2004). ¿Dónde fue la Batalla de "Roncesvalles"?. Pamplona: Pamiela. ISBN 84-7681-392-9.
  • Fortún Pérez de Ciriza, Luis Javier (1993). «El Reino de Pamplona y la Cristiandad Occidental». Historia Ilustrada de Navarra. Pamplona: Diario de Navarra. ISBN 84-604-7413-5.
  • Fortún Pérez de Ciriza, Luis Javier (2000). «La quiebra de la soberanía navarra en Álava, Guipúzcoa y el Duranguesado (1199-1200)». Revista internacional de estudios vascos 45 (2): 439-494. ISSN 0212-7016.
  • Lacarra y de Miguel, José María (1972). Historia política del reino de Navarra: Desde sus orígenes hasta su incorporación a Castilla. Pamplona: Caja de Ahorros de Navarra. OCLC 626529586.
  • Martín Duque, Ángel J. (1993). «Génesis del reino de Pamplona». Historia Ilustrada de Navarra. Pamplona: Diario de Navarra. ISBN 84-604-7413-5.
  • — (2002). «Vasconia en la Alta Edad Media: Somera aproximación histórica». Príncipe de Viana (Año 63, Nº 227): 871-908. ISSN 0032-8472.
  • — (2002). «Definición de espacios y fronteras en los reinos de Asturias-León». Coord. J.I. de la Iglesia Duarte y J.L. Martín Rodríguez. Los espacios de poder en la España medieval: XII Semana de Estudios Medievales, Nájera, del 30 de julio al 3 de agosto de 2011: 315-339. ISBN 84-95747-24-3. (enlace roto disponible en Internet Archive; véase el historial y la última versión).
  • Martínez Díez, Gonzalo (2005). El Condado de Castilla (711-1038): la historia frente a la leyenda. 2 tomos. Valladolid. ISBN 84-9718-275-8 (obra completa), ISBN 84-9718-276-6 (vol. 1), ISBN 84-9718-277-4 (vol. 2) |isbn= incorrecto (ayuda).
  • — (2007). Sancho III el Mayor Rey de Pamplona, Rex Ibericus. Madrid: Marcial Pons Historia. ISBN 978-84-96467-47-7.
  • Miranda García, Fermín (1993). «Del apogeo a la crisis». Historia Ilustrada de Navarra. Pamplona: Diario de Navarra. ISBN 84-604-7413-5.
  • Serrano Izko, Bixente (2006). Navarra. Las tramas de la historia. Pamplona: Euskara Kultur Elkargoa. ISBN 84-932845-9-9.
 
El reino de Pamplona fue una entidad política creada en el Pirineo occidental en torno a la ciudad de Pamplona en los primeros siglos de la Reconquista. Su nombre se menciona en los Annales regni Francorum.​ La expresión se siguió utilizando hasta que Sancho VI de Navarra cambió su título de Pampilonensium rex (en español o castellano: rey de los pamploneses) por el de Navarrae rex (en español, rey de Navarra).
Historiográficamente también se emplean las expresiones condado de Pamplona (durante la época de los reyes navarro-aragoneses) y reino de Nájera o reino de Pamplona-Nájera (a partir de 925, tras la conquista de Nájera, la consolidación del reino de Nájera y el reinado de García Sánchez I de Pamplona).
 
La civitas romana de Pompaelo había sido la principal ciudad del impreciso territorio atribuible al pueblo de los vascones, hasta la fundación de Victoriacum por los visigodos (581). Durante el último tercio del siglo VIII, Carlomagno, el rey de los francos, llevó a cabo expediciones en el territorio surpirenáico para crear una marca fronteriza meridional (la posteriormente denominada Marca Hispánica) en el territorio entre los Pirineos y el Ebro que contrarrestara al emirato de Córdoba. Tras el fracaso inicial de tales intentos de expansión, se logró a principios del siglo IX la creación en la parte occidental de los Pirineos de un condado que subsistiría unos diez años. A partir de entonces, de nuevo bajo el control de las autoridades cordobesas (ya con la denominación de emirato de Córdoba), se organizó hacia 824 el reino de Pamplona bajo la dirección de Íñigo Arista, su primer rey, y con el apoyo de sus aliados muladíes de los Banu Qasi, señores de Tudela, y del obispado de Pamplona.
 
En el siglo X el reino de Pamplona rompió con Córdoba e inició su expansión tanto militar como diplomática con alianzas selladas con matrimonios de los monarcas y nobles. De esta forma tenía lazos familiares muy próximos con el vecino reino de León. La dinastía Arista-Íñiga, fundadora del Estado, terminó con Fortún Garcés (870-905) quien, según la tradición, abdicó y se retiró al monasterio de Leyre. Fue sustituida por la dinastía Jimena, que comenzó con Sancho Garcés I de Pamplona (905-925) y cuyo reino se denomina tanto reino de Pamplona como reino de Navarra. 

Sancho Garcés I y su hijo, García Sánchez I, desarrollaron una labor de repoblación y favorecimiento de las nuevas tierras y de los monasterios allí existentes.
Sancho Garcés II y García Sánchez II el Temblón se vieron obligados a capitular ante Almanzor y a pagar tributos al califato de Córdoba.
 
Con Sancho III el Mayor (1004-1035) el reino de Pamplona alcanza su mayor extensión territorial abarcando casi todo el tercio norte peninsular. Antes de morir (1035) dividió sus territorios entre sus hijos:
su primogénito, García Sánchez III, reinó en Pamplona y heredó algunas tierras en Aragón y Castilla;
Fernando I de Castilla obtuvo gran parte del condado de Castilla;
Ramiro I de Aragón recibió tierras en Aragón y Navarra; y Gonzalo en Sobrarbe y otros puntos distantes de Aragón.
De este reparto surge la nueva estructura política del siglo XII con los reinos de Navarra, Aragón y Castilla.
 
El reino de Pamplona estuvo incorporado entre 1076 y 1134 a los territorios aragoneses. Se segregó en el reinado de García Ramírez y en el de Sancho VI de Navarra (1150-1194) pasó a llamarse reino de Navarra.
 
Como recuerda el hispanista Roger Collins, los testimonios que se conservan de la época son muy escasos, de manera que no existe un consenso entre los especialistas para discernir el número preciso de monarcas y la duración de sus mandatos, como tampoco sobre la extensión de su territorio e influencia.
 
Si bien durante mucho tiempo se ha afirmado que el germen del Reino de Pamplona es el Ducado de Vasconia, hoy esta afirmación parece descartable, en primer lugar, porque la misma existencia histórica del supuesto ducado es puesta en tela de juicio.​
Este ducado, transcrito también en latín como Wasconiae, fue -suponiendo que fue real- una entidad de la Alta Edad Media constituida hacia el 601-602 por los reyes francos merovingios sobre la base territorial de la circunscripción o ducatus de la provincia bajoimperial romana de Novempopulania, en la antaño provincia augustiniana de Gallia Aquitania, y que se extendía desde el sur del curso bajo del río Garona hasta la vertiente continental de los Pirineos.
 
Pero parece inverosímil que una población tan abrumadoramente rural y dispersa como la vasca de la época fuera capaz de articular formas políticas tan complejas. En este sentido, es significativo que el reino de Pamplona surgiera a partir de una ciudad cuyo propio nombre en vascuence -Iruña, "la ciudad"- da fe de que se trataba de la única ciudad de toda la región. Así pues, parece más acertado afirmar que el futuro reino de Navarra fue el resultado de un indudable origen indígena vasco, pero también de una base urbana y heredera de la Hispania romana (conviene recordar que Pamplona fue fundada por Pompeyo el Grande, de quien toma el nombre). A partir de la alianza entre estas dos realidades históricas y culturales o de la lenta asimilación de ambas, la tradición rural de los vascones y la tradición urbana e hispanorromana -y más tarde hispanogoda- de la ciudad de Pamplona, se fue decantando con el tiempo la personalidad del reino pamplonés. La evidencia indica que esa alianza entre dos mundos enfrentados -el agro vascón y la ciudad hispanogoda- fue posible por la necesidad de sumar fuerzas frente a un poderoso enemigo común: Al-Ándalus.
 
Carlomagno, con el proyecto de defender y dilatar el orbe cristiano, realizó una expedición con la intención de ocupar Zaragoza y debilitar al emir cordobés. Esta expedición fue un fracaso y en su retorno destruyó los muros y la ciudad de Pamplona​ para que no se pudiera rebelar. Al pasar por el Pirineo, su retaguardia fue sorprendida y aniquilada por los vascones en la llamada batalla de Roncesvalles el 15 de agosto del 778. El emir cordobés con sus fuerzas armadas recuperó su poder en Zaragoza en el 781, luego en la comarca de Calahorra, dirigiéndose a tierras vasconas y en Pamplona fue acatado por Jimeno el Fuerte. En el 806 la aristocracia pamplonesa se fue organizando en oposición al califato e incorporándose al Imperio carolingio de Ludovico Pío, sin conocer los términos de esta mutación política. La marca hispánica carolingia de la "Navarra nuclear" era un condado de unos 4000–5000 km² y sólo debió de tener un único conde, Velasco al-Yalasqí, ya que en el 816 se produjo el derrumbamiento de estas marcas en el Pirineo occidental, siendo por tanto efímera y sin cambios profundos. Mientras, Álava entró en la órbita de la monarquía asturiana cuando el príncipe Fruela I venció a los rebeldes vascones, capturó a la que sería su futura esposa, Munia y convirtió este territorio en el baluarte oriental de la monarquía asturiana y manteniendo la descripción de vascones para sus habitantes.
 
Tras la enérgica reacción sarracena, se volvió a instaurar el sistema de obediencia indirecta a Córdoba, considerándose que se establece el Reino de Pamplona con su primer rey Íñigo Arista, que contaba con el apoyo de los Banu Qasi de la ribera. Debía tributar al emir de Córdoba, pero mantenía su propio gobierno y la religión cristiana.​
En los testimonios árabes lo presentan como «señor, conde o príncipe de los vascones (bashkunish)» y, por tanto, es dudoso que fuera considerado en la época como rey (al igual que sus dos descendientes primeros), dado que el territorio era pequeño, como el de un condado, y con una única sede episcopal.​ Esta sumisión era mantenida mediante expediciones armadas punitivas, sin intención, al parecer, de querer mantener una ocupación permanente.​ El territorio era de unos 5000 km² entre las cumbres del Pirineo occidental y los límites que daban las sierras exteriores. En el 824, tras la "Segunda batalla de Roncesvalles", Navarra y los territorios al sur del Pirineo se separan definitivamente del Ducado e inician su propio recorrido. Tras sofocar las revueltas de las fuerzas nobiliarias en Gascuña, el poder carolingio envía sus tropas a Pamplona capitaneadas por dos de sus condes, con el objeto de restaurar su soberanía sobre el territorio. En el retorno de su misión fueron sorprendidos y capturados en los Pirineos tras perder a su guardia armada de vascones o gascones a manos de los "pérfidos montañeses" (vascones cispirenaicos). El conde Eblo fue enviado a Córdoba como trofeo, y el conde Aznar fue puesto en libertad por ser gascón y ser considerado consanguíneo. En 853, el duque de Vasconia jurará por última vez lealtad a un soberano carolingio, iniciando posteriormente una dinámica regional fuera de los poderes centrales carolingios. Los títulos de duque de Vasconia y Aquitania se reunieron definitivamente en la figura de Guillermo VIII de Aquitania a partir de 1063.
 
El hijo de Íñigo Arista, García Iñiguez (851-882) y su nieto, Fortún Garcés (882-905), mantuvieron el mismo territorio sin realizar conquistas.
 
Tras arrebatar el poder a Fortún Garcés, Sancho Garcés I (905-925), hijo de Dadilde, una hermana del conde de Pallars Ramón I, y de García Jiménez, se alzó como rey,​ rompió los compromisos con Córdoba y extendió sus dominios por las tierras de Deyo, el curso del río Ega hasta el Ebro y más allá las comarcas de Nájera y Calahorra, éstas con la ayuda del rey leonés Ordoño II que produjeron la decadencia de la dinastía Banu Qasi. 
 
rey leonés Ordoño II
rey leonés Ordoño II
 
 
La respuesta del emir cordobés Abderramán III fue inmediata y realizó dos expediciones con la victoria en la batalla de Valdejunquera (Valjunquera en Teruel no). Aunque no pudo llegar a la cuenca de Pamplona, sí logró ocupar casi todo el territorio de la Rioja (923). En la siguiente campaña del emir en 924 llegó y arrasó Pamplona. El territorio de Calahorra se adjudicó íntegramente a Sancho Garcés, y por ese motivo casó a su hija Sancha con Ordoño II. Bajo su tutela también quedaron los condados de los valles de los ríos Aragón y Gállego hasta llegar al Sobrarbe.​
El límite occidental era con el reino ovetense de Álava y Castilla. Todo ello conformaba un territorio de unos 15 000 km².
 
 
Julio Asunción, mapa, batalla, Valdejunquera
 
 
 
A su muerte le sucedió García Sánchez I (925-970), menor de edad y tutelado por Jimeno Garcés, hermano del monarca y esposo de una hermana de Toda, la reina viuda. Se establecieron lazos matrimoniales con el reino de León, ya que la reina Toda casó a su hija Oneca con el rey Alfonso IV (924-931) y luego a Urraca con Ramiro II.

Por otra parte, el enlace matrimonial de García Sánchez I con Andregoto enlazaba el condado de Aragón. Sin embargo, este matrimonio fue disuelto por parentesco (primos hermanos), aunque Andregoto siguió ostentando el título de reina. Tras la ruptura, García Sánchez I se casó con Teresa Ramírez, posiblemente hija de Ramiro II de León. También se emparentaron con familias de nobles de los territorios dependientes del de León (Castilla, Álava y Vizcaya), como el conde castellano Fernán González casado primero con una hija de Sancho Garcés I y luego en nuevas nupcias con Urraca Garcés, hija de García Sánchez I; y Urraca Fernández, viuda de los reyes Ordoño III y Ordoño IV, que se casará con el primogénito y futuro heredero del reino.


Urraca Fernández, viuda de los reyes Ordoño III y Ordoño IV

 

Su heredero Sancho Garcés II (970-994) estuvo asistido por su hermanastro Ramiro. Siguió la política matrimonial con la dinastía gascona con el matrimonio de Urraca Garcés, ya viuda, con el conde Guillermo Sánchez, y para frenar las incursiones de Almanzor a una de sus hijas en 982.​ 

Campañas militares de Almanzor. En verde oscuro, territorios hostigados por el militar árabe. El mapa muestra las principales aceifas de Almanzor y las fechas en que se llevaron a cabo.

Campañas militares de Almanzor

 

Al finalizar el siglo X, Almanzor lanzaba incursiones en los reinos cristianos y al menos en nueve ocasiones entraron en territorio pamplonés. En el 966 se reanudaron los enfrentamientos, con la pérdida de Calahorra y el valle del río Cidacos.
Sancho Garcés II en coalición con las milicias del Condado de Castilla sufrió una derrota en Torrevicente (981), y tras ello intentó negociar con el fin de firmar la paz, primero entregando a una de sus hijas y posteriormente a su hijo. Tras el fallecimiento de Sancho Garcés II, en 994, Pamplona tuvo que rendirse tras realizar el califato una expedición. Otras incursiones se producirían con su sucesor García Sánchez II (994-1000), como la efectuada en el 999 en que Pamplona fue completamente arrasada,​ y en una de ellas se produciría su muerte, posiblemente en el año 1000.

La sucesión fue para el primogénito de unos ocho años de edad Sancho Garcés III (1004-1035), y ésta posiblemente estuvo tutelada por el Califato.​ Los primeros años parece que el reino fue dirigido por su tíos Sancho, y García Ramírez de forma sucesiva,​ y ya en el 1004 asumiría el trono con el asesoramiento de su madre Jimena Fernández. Las relaciones con Castilla se fueron fortaleciendo mediante lazos familiares. La muerte de Almanzor en 1002 y de su sucesor Abd al-Malik en 1008 iniciaron la decadencia del Califato de Córdoba con su división en taifas que Castilla aprovechó para aumentar su territorio, mientras que Sancho aseguró las posiciones en al frontera de la taifa de Zaragoza, en las comarcas de Loarre, Funes, Sos, Uncastillo, Arlas, Caparroso y Boltaña.​


https://es.wikipedia.org/wiki/Muniadona_de_Castilla
 
Antes de 1011 se casó con Muniadona, hija del conde de Castilla Sancho García.​ En 1016 realiza con su tío y suegro Sancho García un acuerdo en cuanto a límites entre el Condado de Castilla y el Reino de Pamplona y los ámbitos de expansión, quedando para Pamplona la expansión hacia el sur y el este, la zona oriental de Soria y el valle del Ebro, incluidas las comarcas zaragozanas.​ No hay documentación directa en cuanto a estos límites exactos.​ El territorio heredado del reino de Pamplona (regnum Pampilonensis) estaba formado por 15 000 km² de Pamplona, Nájera y Aragón con dos círculos de vasallos reales los señores pamploneses y los aragoneses tradicionalmente diferenciados.​
 
En 1017 apoyó a su tía la condesa Mayor de Ribagorza en litigios con su antiguo marido el conde de Pallars, que le aseguró los dominios y se expandió hacia la Ribagorza. En 1025, la condesa renunció al título, traspasándoselo al rey pamplonés, e ingresó en un monasterio.​ Tras la muerte del conde Sancho García, Alfonso V de León intentó restablecer su autoridad en la franja de los ríos Cea y Pisuerga.

Sancho III realizó un arbitraje casando a su hermana Urraca con Alfonso V (1023). En 1029 fue asesinado el García, conde de Castilla y sobrino de Muniadona, por lo que Muniadona se hizo depositaria del condado castellano que sería gobernado por su esposo Sancho III. La herencia del reino de León fue para un menor de edad, Bermudo III (1028), que implicó a Sancho III en la gobernabilidad de este reino, interponiéndose entre las discordias existentes entre el condado de Castilla y el Reino de León, mediante acuerdos matrimoniales. Así una hija de Sancho III, Jimena, se casó con el rey leonés, mientras que la hermana de éste, Sancha se casó con Fernando, segundo hijo de Sancho III y el que tenía encomendado el condado castellano.​ Para ayudar en esta gobernabilidad estuvo durante el año 1034 en tierras leonesas.

https://es.wikipedia.org/wiki/Labort
 
En la reorganización del reino, se supone que creó el vizcondado de Labort,​ entre 1021 y 1023, con residencia del vizconde en Bayona y el de Baztán hacia 1025, si bien no hay constancia documental de ello, ya que no hay ninguna mención ni alusión al vizcondado de Labort o a las tierras de la Baja Navarra en la documentación expedida por Sancho el Mayor.​

José María Lacarra escribía esto sobre esta teoría:

Pero debo confesar que para esta teoría tan bien forjada, no encuentro ninguna base documental. Si bien los nombres de los primeros vizcondes de Labourd pueden ser tenidos por navarros, no está comprobado su entronque con ninguna familia conocida de "seniores" navarros; ni en los documentos de Pamplona se cita nunca el vizcondado de Labourd o de Bayona, ni en los documentos de estas tierras se hace ninguna alusión a las "tenencias" o gobiernos que pudieran tener sus vizcondes en el reino de Pamplona. En resumen, ni hay pruebas de que Sancho el Mayor apoyara militarmente al duque de Gascuña contra el conde de Tolosa, ni que luego le despojara del vizcondado de Labort para entregárselo a su mayordomo, ni de que en vida de Sancho Guillermo realizara el menor acto de hostilidad contra él ni se atribuyera autoridad alguna sobre el ducado de Gascuña. Las relaciones entre ambos debieron ser de amistad, más estrecha que con el conde de Barcelona, dados los antecedentes y los lazos de parentesco que les unían.
 
Algunos autores defienden que, a la muerte del duque Sancho Guillermo, duque de Vasconia, el 4 de octubre de 1032, extendió su autoridad sobre la antigua Vasconia ultrapirenaica comprendida entre el Pirineo y el Garona, como comenzó a ser mencionado en sus documentos.​ Otros autores, como José María Lacarra, Gonzalo Martínez Díez o Armando Besga opinan lo contrario.​
 
Por el Norte, la frontera del reino pamplonés está clara, los Pirineos (caso de haberse extendido la autoridad de los reyes navarros hasta el Baztán, lo que es lo más probable, pero que no se puede acreditar hasta el 1066), y no se modificó. No es cierto, pese a todas las veces que se ha dicho, que Sancho III lograra el dominio de Gascuña (la única Vasconia de entonces, es decir, el territorio entre los Pirineos y el Garona, en el que la población que podemos considerar vasca por su lengua sólo era una minoría).
El rey navarro únicamente pretendió suceder en 1032 al duque de Gascuña Sancho Guillermo, muerto sin descendencia, lo que bastó para que en algunos documentos se le cite reinando en Gascuña. Pero la verdad es que la herencia recayó en Eudes.

https://es.wikipedia.org/wiki/Od%C3%B3n_II_de_Vasconia
 
Francia al inicio del siglo XI, cuando nació Eudes

Se puede decir que Sancho III realizó el primer Imperio Hispánico y fue denominado Rex Ibericus y Rex Navarrae Hispaniarum.

 
A su muerte en 1035 el reino de Pamplona había alcanzado su máxima extensión. Realizó un testamento que ha tenido una gran polémica historiográfica, considerando que repartió todo el territorio en tres reinos. Sin embargo Sancho III el Mayor siguió la tradición sucesoria reservando al primogénito García el reino de Pamplona, con el título real con todo su patrimonio a él anejo hasta entonces, Pamplona, Aragón y tierras de Nájera. El legado de su esposa Muniadona se debió de entregar de forma repartida entre los hijos legítimos. De esta forma García también recibió el territorio noreste del Condado de Castilla (Castella Vetula, la Bureba, Oca...) y el condado de Álava (las tierras vizcaínas, duranguesas y alavesas). Por parte de la herencia materna para Fernando, que ya tenía encomendado el condado de Castilla, recibió el resto de este territorio; Gonzalo el de Sobrarbe y Ribagorza, que debió estar supeditado al hermano primogénito, procedentes de los derechos de familia materna y de conquistas de su padre; y, por último, para el hermanastro Ramiro el condado de Aragón y ciertas poblaciones dispersas por la geografía pamplonesa, supeditado a García. La muerte precoz y poco aclarada de Gonzalo hizo que los territorios correspondientes pasaran a Ramiro. Por tanto, el patrimonio que ostentaba al subir al trono se concentraron en el primogénito García, mientras que el resto, herencia de su esposa Mayor o derecho de conquista, era de más libre disposición.
 
La política exterior del reino de Pamplona con García Sánchez III (1035-1054) estuvo marcada por la relación con sus hermanos. El conflicto armado de su hermano Fernando I, al que apoyó, con su cuñado Bermudo III de León produjo la muerte de este último en la batalla de Tamarón consiguiendo Fernando I la corona leonesa. Esta colaboración se mantuvo durante algunos años. Con el hermanastro Ramiro I de Aragón fue mejor y mantuvo la dependencia teórica del pamplonés, excepto un mal conocido enfrentamiento en Tafalla en 1043 y que fue favorable a García. La alianza entre ellos, y con Ramón Berenguer I, fue eficaz para presionar a la taifa de Zaragoza. Tras la toma de Calahorra en 1044, la frontera pasó a un periodo pacífico en las que se iniciaron relaciones comerciales con la dividida taifa.
 
Al conseguir Fernando I el reino de León, convirtió teóricamente a García Sánchez III vasallo de su hermano en lo relativo a los territorios del condado de Castilla que habían sido repartidos por parte de la herencia materna. Sin embargo, el pamplonés probablemente interpretó que esos territorios habían pasado a ser una extensión de su reino, colocando a distintos tenentes de su círculo nobiliario, desplazando a los locales que tenían intereses relacionados con Fernando I, además de realizar otras medidas políticas.​ Las relaciones se deterioraron hasta el punto de enfrentarse los dos hermanos en la batalla de Atapuerca en septiembre de 1054, donde murió el rey de Pamplona.​ La derrota en esta batalla hizo perder a Pamplona las tierras de Castella Vetula, la Bureba y parte de la cuenca del Tirón.
 
Sancho Garcés IV (1054-1076) fue proclamado rey y reconocido por su tío Fernando I, rey de León, en el mismo campo de batalla de Atapuerca. Tenía catorce años y fue tutelado en el gobierno por su madre Estefanía, que tenía gran habilidad política, y parece que también por sus tíos Fernando y Ramiro. Cuando murió la madre en 1058 empezó a destacar el difícil carácter del soberano que le granjeó la enemistad de la nobleza que para 1061 provocó un conato de rebelión. 

La muerte de Ramiro I de Aragón se produjo en 1063, y su hijo Sancho Ramírez inició un progresivo alejamiento del rey de Pamplona, haciéndose vasallo del papa en 1068, rompiendo, de esta forma, la soberanía del reino de Pamplona, para posteriormente proclamarse rey. Mientras tanto Sancho Garcés IV se alió con Al-Muqtadir de Zaragoza.​ Finalmente se produjo un complot que llevó al asesinato de Sancho Garcés IV al ser despeñado en Peñalén, junto a Funes, el 4 de junio de 1076, por parte de su hermano Ramón y su hermana Ermesinda. En el mismo también debieron de participar los dos reinos vecinos.​ Hasta el momento de su muerte el reino de Pamplona contaba con los territorios de Vizcaya, Álava y la Tierra Najerense.
 
Inmediatamente después el reino se lo repartieron sus dos vecinos.
El rey de León y Castilla Alfonso VI, primo de todos ellos, pasó a controlar La Rioja; el Señorío de Vizcaya, atrayéndose a Lope Iñiguez, a cambio de aceptar el señorío hereditario de Haro;​
Álava;
el Duranguesado;
una gran parte de Guipúzcoa y la orilla derecha del bajo Ega, al parecer con el apoyo de los linajes de la zona.​ Por su parte el rey aragonés, Sancho Ramírez, primo también por línea bastarda, hizo lo propio con el resto del territorio pamplonés, con el apoyo de la nobleza nuclear pamplonesa que le aceptó como rey.
De esta forma, el río Ega fue la frontera en la que quedó dividido el reino.​ Las pretensiones de Alfonso VI que se alentaron con la conquista de Toledo (1085), fueron frenadas por la derrota en la batalla de Zalaca (1085) contra los almorávides, lo que le llevó a reconocer a su primo Sancho Ramírez como rey de Pamplona, consiguiendo que le prestara vasallaje por un territorio del núcleo originario del reino, denominado "condado de Navarra".
Sancho Ramírez se centró entonces en expandirse al territorio musulmán en la zona de Ribagorza y con la toma de Arguedas (1084), con el que controlaba gran parte de las Bardenas. A la muerte de Sancho Ramírez, paso el reino a Pedro I (1094-1104) que siguió con la presión al Islam, tomando el Somontano, en cuanto al territorio aragonés, y en cuanto al pamplonés mantuvo el acoso a Tudela con la toma de Sádaba (1096) y de Milagro (1098).
 
Su sucesor, Alfonso I el Batallador (1104-1134), rápidamente llevó la frontera con el Islam al río Ebro. En 1109 se esposó con la hija de Alfonso VI de León, Urraca, con la intención de un gobierno conjunto de los reinos acordado en las capitulaciones matrimoniales. La incompatibilidad de caracteres de los cónyuges condujo a una guerra civil en Castilla.
Urraca y sus partidarios se hicieron fuertes en Galicia y en la parte occidental, coronando en 1111 al primer hijo del primer matrimonio de ésta, Alfonso Raimúndez. Gran parte de la nobleza castellana apoyó a Alfonso el Batallador que, al ver que era imposible unificar los dos reinos, se retiró conservando los territorios que le apoyaron, como fueron Vizcaya, Álava (reunidos en la junta de Argote​), Rioja y otros de Burgos.
Diego López I en 1116 se rebelará contra Alfonso I por la tenencia de Nájera y manteniendo de nuevo una posición pro castellana.
Alfonso I había designado a Fortún Garcés Cajal para retener dicha plaza en 1112, que la mantuvo hasta 1134. De nuevo el señor de Vizcaya, Diego López I, junto con el conde Ladrón Íñiguez, se rebelaron en 1124, por lo que el rey sitió Haro y Diego López I se exilió a Castilla, mientras que Ladrón Íñiguez se reconcilió con el Batallador convirtiéndose en señor de Álava. Cuando murió Diego López I, su hijo, Lope Díaz, en 1126 reconoció al nuevo rey de Castilla, Alfonso VII, que estaba reivindicando los territorios vascos y la Rioja.
 
Por otra parte se tomó Zaragoza (1118) con apoyo de nobles y tropas procedentes del Mediodía francés y de todo el territorio del reino pamplonés, incluidos los territorios occidentales, y aragonés. Inmediatamente después cayó Tudela, el 25 de febrero de 1119, y Tarazona, y luego Calatayud y Daroca.
 
Tras el fallecimiento de Urraca en 1126, su hijo Alfonso VII concentró sus pretensiones en el territorio de Alfonso el batallador. En 1127 mediante mediación se acordó el Pacto de Támara, con el fin de evitar el enfrentamiento de las tropas de Pamplona y Aragón con las castellano-leonesas. En este pacto Alfonso el Batallador renunciaba al título de emperador y se delimitaron las fronteras entre los reinos de Castilla y los de Pamplona y Aragón con devolución de alguno de los territorios a Castilla, retirada ésta que Alfonso I efectúo con lentitud.​ En este pacto quedaba en territorio pamplonés los de Vizcaya, Álava, Guipúzcoa, Belorado, Soria y San Esteban de Gormaz.
 
Asedió Bayona, que estaba en manos de Inglaterra, en los años 1130-1131 sin llegar a tomarla. Por otra parte, en Aragón tras conquistar Mequinenza (1132) se centró en la toma de Fraga, que fracasó tras un asedio de un año de duración, gravemente herido se retiró y murió dos meses después por complicaciones de las heridas, el 7 de septiembre de 1134. El territorio por él controlado había pasado de 24 000 km² a unos 52 000 km², de ellos 8 000 ante Castilla para la monarquía pamplonesa y más de 20 000 km² a los almorávides. La muerte sin hijos legítimos y con un testamento que dejaba a las órdenes militares los dos reinos, era algo imposible de cumplir tanto por la nobleza aragonesa como por la pamplonesa ​y esto marcaría la separación de nuevo entre el reino de Pamplona y Aragón.​ En Aragón se coronó a Ramiro II, un hermano de Alfonso el Batallador, mientras que en el territorio pamplonés la nobleza optó por García IV Ramírez (1134-1150), vástago de la dinastía Jimena.
García Ramírez tuvo que someterse al vasallaje del rey castellano, pero su hijo Sancho VI de Navarra aprovechó la minoridad de Alfonso VIII de Castilla para sacudirse el vasallaje y se intituló como Rex Navarre.
 
 
Batalla de Valdejunquera:
 
La batalla de Valdejunquera o Campaña de Muez fue un combate librado el 26 de julio del año 920 entre el ejército del emir cordobés Abderramán III y el formado por las fuerzas conjuntas de los reyes Ordoño II de León y Sancho Garcés I de Pamplona, que tuvo lugar en la fortaleza de Muez en el valle de Junquera, situado a unos 25 km al suroeste de Pamplona.

No confundir con Valjunquera, Teruel.
 
Abderramán salió de Córdoba el 4 de julio, para dirigir una campaña de castigo por la derrota musulmana por parte de la coalición navarro-leonesa en la batalla de Castromoros, y tras tomar la plaza de Calahorra se dirigió hacia la capital del reino navarro. El rey de Navarra aguardaba dentro de Arnedo, pero viendo que las tropas musulmanas, después de tomar Calahorra, se dirigían hacia su capital, se apresuró a ir al norte y unir sus tropas con las del rey de León, quien venía en su ayuda. Los moros siguieron a Viguera, donde derrotaron a las primeras fuerzas conjuntas que les opusieron Ordoño y Sancho, llegando por fin a Muez, en el valle de Junquera, lugar situado a unos 25 km al suroeste de Pamplona. En la subsiguiente batalla, el 26 de julio de 920, el emir cordobés derrotó nuevamente a las escasas huestes reunidas por leoneses y navarros, quedando cautivos los obispos de Tuy y Salamanca, Dulcidio y Hermogio. Los supervivientes se refugiaron en las fortalezas de Muez y Viguera, que fueron cruelmente asediadas por el emir andalusí. Tras tomar las plazas, todos los cautivos fueron degollados, y, finalmente, arrasó los campos antes de volver a Córdoba.
 
De tal descalabro se culpó a los condes castellanos Nuño Fernández, Abolmondar Albo y su hijo Diego, y Fernando Ansúrez, por no haber acudido al combate. Convocados por el monarca en el lugar de Tejar, a orillas del Carrión, los condes fueron apresados y encarcelados (aunque según la tradición fueran muertos). En cualquier caso, debieron ser liberados poco tiempo después, ya que la documentación los presenta actuando con normalidad.
 
El emir logró una incuestionable victoria el 26 de julio, procediendo seguidamente a devastar los territorios próximos hasta que el 26 de agosto dio la orden de regresar al emirato.
 
El historiador y experto en castillos Iñaki Sagredo hace referencia a esta batalla en un trabajo relacionado con las defensas del reino de Pamplona publicado en el 2008. En sus conclusiones anota que hay un claro error a la hora de situar el lugar de la batalla en Muez, localidad situada en el valle de Güesalaz, zona próxima a la Cuenca de Pamplona. Analizando las etapas, zona del combate y toponimia, este autor sitúa el lugar de la batalla en las proximidades de Mues, no lejos del desfiladero del Congosto, en las campas de la Berrueza o en las cercanías de Los Arcos.
 
Pérez de Urbel, Justo (1945). Historia del Condado de Castilla. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Sagredo Garde, Iñaki (2008). Navarra. Castillos que defendieron el Reino. Tomo IV. Ed. Pamiela.
ISBN 978-8476815991.


https://www.txalaparta.eus/es/libreria/autores/inaki-sagredo-garde

viernes, 3 de mayo de 2019

SANTIAGO AYUDA AL CID EN TORRENUBLOS

2.41. SANTIAGO AYUDA AL CID EN TORRENUBLOS
(SIGLO XI. LA IGLESUELA DEL CID)
 
Durante una de las varias expediciones que realizó Rodrigo Díaz de Vivar por las altas y hermosas tierras del Maestrazgo, camino de sus dominios levantinos, intentando debilitar las fuerzas musulmanas de su retaguardia, se vio en la necesidad de entablar batalla con un potente contingente armado musulmán, encuentro que tuvo como escenario concreto la llanada que da entrada a la actual ermita del Cid, donde se dice que había fundado el poblado de Torrenublos, cerca de La Iglesuela del Cid.

Las huestes cristianas de don Rodrigo, habituadas a vencer en mil escaramuzas y batallas, se vieron en esta ocasión acorraladas por un ejército mucho mayor en número y más descansado. La derrota estaba a punto de consumarse sin remedio, lo cual podía haber tenido consecuencias negativas importantes en las tierras de Levante.

Sin embargo, al grito habitual de guerra de «¡Santiago y cierra España!» de los desesperados soldados del Cid, apareció milagrosa e inmediatamente el Apóstol, cabalgando sobre un hermoso caballo, mostrando la cruz de san Jorge sobre su estandarte blanco. Su silueta se recortó enhiesta en el cielo, sobre la Peña del Morrón. El jinete, espoleando a la bestia, logró de ésta un fantástico salto, de modo que se presentó en la explanada en la que tenía lugar la desigual pelea. Debido al peso del caballo y del jinete, caídos desde tan larga distancia, la pata izquierda del corcel quedó marcada en la roca dura, señal que todavía puede verse hoy, a pesar del tiempo transcurrido.

Ni que decir tiene que esta ayuda inesperada dio bríos nuevos a los guerreros cristianos, a la vez que los combatientes moros quedaron atónitos y asustados, acabando por perder una batalla que sólo unos minutos antes creían tener ganada.
 
Cuando todo acabó, una vez atendidos los heridos y enterrados los muertos, tras poner a buen recaudo los cautivos moros y habiendo sido repartido el botín, el Cid dio descanso a los suyos. Mientras, junto a la huella que dejara la pata del caballo, se levantó un hermoso peirón, a la manera de estas
tierras turolenses, dedicado al Apóstol, al que por aquí se le llamaba no Santiago sino san Jaime.
Quiso el Cid recordar así la victoria que consiguiera merced a su intervención milagrosa.

[Faci, Roque A., Aragón..., II, págs. 44-45.
Alejos Puig-Izquierdo, Fidel, La
Iglesuela del Cid..., pág. 62.]
 
 
SANTIAGO AYUDA AL CID EN TORRENUBLOS (SIGLO XI. LA IGLESUELA DEL CID)

martes, 30 de abril de 2019

EL SITIO DE BARBASTRO DE 1064

2.28. EL SITIO DE BARBASTRO DE 1064 (SIGLO XI. BARBASTRO)
 
EL SITIO DE BARBASTRO DE 1064 (SIGLO XI. BARBASTRO)
catedral de Barbastro, interior
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Históricamente es bien conocido cómo la reconquista de Barbastro dio origen a la predicación de la primera cruzada, de modo que la ciudad del Vero fue conocida en toda Europa y, junto a los hechos históricos ciertos, pronto se construyó toda una leyenda acerca del sitio de Barbastro, que tomó forma de canción de gesta.

Según la leyenda, hallábase Aimerico de Narbona celebrando un torneo cuando le llegaron noticias de que el emir musulmán pretendía conquistar Francia, coronarse en el propio San Denís de París y apresar a Aimerico para cortarle la cabeza. Antes de lo esperado, los musulmanes avistaron Narbona, cogiendo prisionera a la propia condesa Hermenjart. La victoria, tras reñida y sangrienta batalla, sonrió a los musulmanes, que hicieron muchos prisioneros, entre los que se encontraban el hijo del propio Aimerico, llamado Buvés de Comarcís, y dos hijos de éste, Guirart y Guileín.
 
Ordenó el rey musulmán que llevaran a los prisioneros a la fortaleza de Barbastro, siendo encerrados junto a la terrible serpiente «Belinais», a la que afortunadamente lograron matar con las armas que les proporcionó Clarión de Vaudune, musulmán dueño de la mitad de Barbastro, que era despreciado por el resto de sus correligionarios. Buvés de Comarcís, con la ayuda de Clarión, se hizo con la plaza y consiguió bautizar a los musulmanes que allí quedaban.

El moro Corsout de Tabarie logró escapar de Barbastro e ir a Narbona, donde anunció al emir la pérdida de la ciudad. Ello hizo que las tropas musulmanas abandonaran Narbona para trasladarse a Barbastro. Buvés de Comarcís y el emir acabaron enfrentándose, cayendo herido el jefe moro.
Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, los musulmanes de Barbastro pidieron ayuda a los cordobeses, de modo que las naves de Córdoba, tras cuatro días de navegación, llegaron al puerto de Barbastro. La situación para Buvés de Comarcís y los suyos era desesperada. Gracias a la llegada de un ejército mandado por Aimerico de Narbona y por el propio rey Luis de Francia, los sitiados cristianos fueron liberados y el victorioso rey francés pudo dedicarse a reconquistar España, arrojando de ella a los musulmanes.
 
Ubieto, Antonio, Historia de Aragón. Literatura medieval, I, págs. 359-360.]


https://es.wikipedia.org/wiki/Barbastro

Barbastro (en aragonés Balbastro) ​es una ciudad española de la provincia de Huesca, siendo la tercera ciudad más poblada y la séptima de Aragón, capital de la comarca del Somontano de Barbastro. La ciudad (originalmente es posible que se llamara Bergidum o Bergiduna) se encuentra en la unión de los ríos Cinca y Vero.

Entre las primeras estribaciones de los Pirineos y las llanuras de los Monegros se extiende la comarca del Somontano ("terreno situado en la falda de una montaña"), cuya capital es Barbastro. A estas vías se une una buena red de carreteras comarcales y locales, como el eje que siguen el cauce del río Vero para penetrar en el Parque Cultural del Río Vero al que da nombre y al Parque Natural de la Sierra y Cañones de Guara.

Barbastro posee una altitud de 341 metros sobre el nivel del mar. Está enclavada en una zona prepirenaica y su clima es mediterráneo continental con una temperatura media de 13,8 °C y une mediante las numerosas acequias que derivan del río Vero, que atraviesa la población y se encuentra canalizado en la zona urbana a lo largo de más de un kilómetro.

Como principales cultivos destacan el olivo, el almendro, los cereales y la vid, que produce un vino bajo la Denominación de Origen Somontano.

Es una de las ciudades con más empresas industriales de la comarca.

En la época romana formaba parte de la Hispania Citerior, más tarde llamada Hispania Tarraconensis.

La ciudad fue tomada por los árabes bajo el liderazgo de Muza (711), quienes le dieron el nombre Barbaschter, que deriva del nombre de Barbastrum, de acuerdo a la opinión comúnmente aceptada. Los sarracenos la mantuvieron en su poder hasta el año 1063 en que fue tomada por Sancho Ramírez. Ramiro I de Aragón ya había intentado repetidas veces apoderarse de Barbastro y Graus, lugares estratégicos que formaban una cuña entre sus territorios. Barbastro era la capital del distrito nororiental de la Taifa de Zaragoza y esta localidad acogía un importante mercado.

En 1063 Ramiro I sitió Graus, pero Al-Muqtadir en persona, al frente de un ejército que incluía un contingente de tropas castellanas al mando de Sancho II de Castilla (hermano de Alfonso VI de Castilla) que contaba entre sus huestes con un joven castellano llamado Rodrigo Díaz de Vivar, consiguió rechazar a los aragoneses, los cuales perdieron en esta batalla a su rey Ramiro I. Poco duraría el éxito, pues el sucesor en el trono de Aragón, Sancho Ramírez, con la ayuda de tropas de condados francos ultrapirenaicos, tomó Barbastro en 1064 en lo que se considera la primera llamada conocida a la cruzada, la cruzada de Barbastro. A ese hecho histórico se refiere el cantar de gesta francés del ciclo carolingio Le siège de Barbastre del que se conserva un ejemplar manuscrito de principios del siglo XIII en la Biblioteca Nacional de París.

En 1065 Al-Muqtadir reaccionó solicitando la ayuda de todo Al-Ándalus, y llamando a la yihad volvió a recuperar Barbastro. Este triunfo le permitió tomar a Al-Muqtadir el sobrenombre honorífico de "Billah" ("el poderoso gracias a Alá"), y Barbastro siguió en manos de la Taifa de Zaragoza hasta que fue recuperada definitivamente en 1101 por el rey Pedro I de Aragón que, con el permiso del Papa, la convirtió en sede episcopal, trasladando la sede desde Roda de Isábena. El primer obispo, Poncio, fue a Roma para obtener el permiso del Papa para hacer el traslado.

Muchos concilios provinciales y diocesanos se han realizado en la ciudad desde entonces: las Cortes Generales se han reunido allí ocasionalmente y durante una de las sesiones en 1134 el nuevo rey Ramiro II de Aragón, el Monje, renunció a la silla episcopal.

En el año 1137 se produjo en la ciudad uno de los acontecimientos históricos más relevantes: en el barrio del Entremuro, se firmaron los esponsales entre el conde Ramón Berenguer IV de Barcelona y Petronila, hija de Ramiro II el Monje. Este hecho dio lugar al nacimiento de la Corona de Aragón.

De su importancia en la época nos hablan las frecuentes visitas de Alfonso II, puesto que desde su reconquista se ganó el rango de ciudad infanzona con voto en Cortes, acogió las celebradas por Pedro II, en 1196.

Dos siglos más tarde, y a la muerte de Juan I, Barbastro sufrió el sitio del Conde de Foix en 1395.

Nuevamente, en 1626, las Cortes Generales de Aragón, bajo el reinado de Felipe IV se convocaron en la ciudad. Con este monarca, Barbastro fue retaguardia en la guerra de Cataluña, reiterando un protagonismo en la vida militar que se repetiría en la guerra de la Independencia, en el primer choque entre liberales y carlistas o en la Guerra Civil española. El escritor británico George Orwell, que estuvo restableciéndose en Barbastro de una herida de guerra, hace referencia en varias páginas de su libro "Homenaje a Cataluña", a la vida y al paisaje urbano de esta ciudad. Durante la guerra civil española se produjo en esta zona la mayor persecución religiosa de toda España, donde murieron el 87% de los sacerdotes y monjes de toda la diócesis.

Del siglo XIX, con realizaciones importantes y caracterizado por un impulso urbano y comercial progresista, se pasa a un regresivo comienzo del siglo XX. Solo a finales de los años 60, con las obras del embalse de El Grado y el Canal, un nuevo ritmo reactiva la economía. Con este impulso, el afán de industrialización de la década siguiente, con la creación de un Polígono Industrial, retoma el testigo de la agricultura y el comercio. También la construcción en los años 70 del cercano santuario de Torreciudad, ha contribuido a la notoriedad de esta ciudad.

La actividad comercial en Barbastro ha sido siempre unos de los pilares económicos de la ciudad:

Las tiendas son muchas y en todas se encuentran objetos de uso del país y de lujo para las clases acomodadas que no tienen necesidad de acudir a otros puntos para llenar sus deseos de gusto y elegancia.

Ignacio de Asso en su Historia de la economía Aragonesa, siglo XVIII
Durante la Guerra de los Pirineos, concretamente entre diciembre de 1794 y enero de 1795, en que el comercio no era floreciente, a la vez que las intensas relaciones comerciales con Francia estaban cortadas. A pesar de todo, los comerciantes de Barbastro mantenían su actividad comercial con la venta de géneros, no solo españoles sino ultramarinos, que llegaban de Inglaterra o de las colonias a los puertos catalanes o levantinos.

Las calles más comerciales de Barbastro eran Mayor, Monzón, Mercado y Rioancho, destacando las dos últimas que con sus porches y enlosados facilitaban al público sus compras. Basándonos en los derechos reales que debían pagar los comerciantes por los géneros ultramarinos éstos se pueden clasificar en tres grandes grupos:

Alimenticios: Cacao, chocolate, azúcar, especias como la pimienta, el clavo, la canela Casia o la de Manila y el abadejo, que se almacenaba en un local habilitado en el Santo Hospital de San Julián y Santa Lucía.
Quincalla: Hebillas, cruces, corazones, medallas, agujas de coser o del pelo, alfileres, clavos para carro, cascabeles, cuerdas de monocordio, persianas, dedales de hierro y de latón o hilo de hierro, entre otras cosas.

Textiles:
- Tejidos de lana como los barraganes
- Telas impermeables, el anascoto
- Las sargas de Guadalajara
- El tripe, similar al terciopelo
- El cristal, tejido muy fino con algo de lustre
- Las sempiternas, tejido muy tupido
- La rasilla
- Las serafinas, similar a la bayeta con flores o dibujos
- Las estameñas
- El lila, telas de colores
- El burato, para alivio del luto en verano
De los géneros de algodón destacan:
- La indiana, que estaba estampada por una cara
- Los ruanes
- Las sargas
- El fustán, que tenía pelo por una cara
- La muselina de Flandes
- El true, lienzo fino
- El coton
- El terliz que era una tela fuerte.
Por lo que respecta a los tejidos finos:
- La escarlatina de seda, brocada en oro
- La estofa de seda
- La griseta que era un tejido de seda con flores
- El broquat o brocado de seda con dibujos de colores.
Había otra serie de tejidos variados:
- Los chamelotes que era un tejido impermeable de pelo de camello
- Las platillas o lienzo barato
- El peñasco, tela muy duradera
- Los zaffres que eran de color azul
- El bocadillo, lienzo delgado muy barato
- Los chalones, mantos negros
- El clarín que era una tela fina de hilo para vueltas
- El cambray
- La holandesa
- monfortes, escadarzo, felipichi y otros.

A la ciudad de Barbastro, a lo largo de su historia, se le han concedido varias ferias; por el estudio de un documento del año 1732 depositado en el Archivo Municipal de Barbastro sabemos que la ciudad celebraba la feria de San Marcos Evangelista, que había sido concedida por Privilegio del rey Alonso de Aragón y que duraba siete días antes de la festividad del santo y siete después.

Otra era la feria de San Bartolomé que comenzaba quince días antes de la celebración del santo y continuaba quince días después; esta feria fue concedida por un Privilegio Real de Pedro IV de Aragón, dado en Zaragoza el 24 de junio de 1361, ratificado por el Justicia Mayor del Reino de Aragón el 30 de agosto de 1555 y posteriormente, el 23 de enero de 1672.

El 3 de noviembre de 1371, en la Villa de Caspe, el rey Pedro IV otorgó un Privilegio a la ciudad de Barbastro para celebrar una feria que durase quince días y que comenzaba el día de Nuestra Señora de Agosto.

También concedió el rey Carlos II, en las Cortes Generales de Zaragoza de 1678, un Privilegio para celebrar feria-mercado el día 1 y 15 de cada mes, sin que se extendiese a otros. La feria de Santo Tomás Apóstol se venía celebrando desde tiempo inmemorial.

Pero la que más nos interesa es la de Nuestra Señora de la Candelaria, concedida por un Privilegio de la “Serenísima Señora Doña Germana de Foix”, esposa del rey Fernando el Católico, en las Cortes celebradas en la Villa de Monzón el 22 de septiembre de 1512. La feria comenzaba doce días antes de la festividad de Ntra. Sra. y continuaba por espacio de otros doce días, vendiéndose en ella hierro labrado y quincalla, ampliándose posteriormente a otros géneros.

La feria de la Candelera se ubicaba en el cuartón de “dentromuro”, en la plaza del Entremuro o de la Candelera y calles adyacentes. Cobró tal auge que en un momento determinado las autoridades municipales decidieron cambiar su localización, buscando un sitio más amplio, por lo que en el año 1813 se publicó un bando para que la feria se celebrase “debajo del Coso y Rioancho y los cerdos se pusiesen en la Plaza Rastro”, mandándose iluminar las ventanas de las casas para el paso de la retreta que se celebraba el último día.

Pero no solo fue especial la Feria de la Candelera del año 1813 por su nueva ubicación sino porque además coincidió con el acto oficial de la jura de la Constitución política de la Monarquía Española que había sido proclamada en Cádiz el 19 de marzo de 1812, pero al estar Barbastro ocupado por los franceses, el juramento no pudo efectuarse hasta 1813. La vigencia de esta constitución fue breve, ya que a finales de mayo del año siguiente y por orden expresa del rey Fernando VII se quemó el único cuadernillo que de ella había en la ciudad, en un acto público celebrado en la Plaza del Mercado, tal como describe el Libro Gestis de la Ciudad:

Aquí no se había hecho sino publicar la constitución en la forma y modo que queda dicho, ni había mas monumento que el exemplar de la misma depositado en las casas Consistoriales de las que fue extraído y conducido al Mercado donde fue entregado â las llamas por el Corredor de la Ciudad, y se reduxo â cenizas entre las execraciones del Pueblo que al mismo tiempo aclamaba â su Soberano”.

Libro Gestis de la Ciudad

La feria de la Candelera ha sido la única que ha conservado su carácter mercantil, ya que la feria de septiembre, que eran fundamentalmente de ganado, se ha convertido en las fiestas patronales, perdiendo totalmente su carácter comercial.

Barbastro acoge desde hace casi medio siglo el Premio Internacional de Novela Corta Ciudad de Barbastro

https://www.escritores.org/recursos-para-escritores/25604-l-premio-internacional-de-novela-ciudad-de-barbastro-2019-espana

y el Premio Internacional de Poesía Hermanos Argensola.

https://www.escritores.org/recursos-para-escritores/25605-li-premio-internacional-de-poesia-hermanos-argensola-2019-espana

Premios que son considerados dos de los certámenes de novela corta y poesía más prestigiosos y consolidados de España. A lo largo de los años han contado entre sus ganadores a autores como Javier Tomeo, Eduardo Mendicutti, Fernando Marías Amondo, Luis Leante, Pablo Villafruela, Juan Carlos Méndez Guédez, Antonio Rabinad, Cristina Cerrada, Blanca Riestra y Juan Malpartida, en novela corta, y Luis de Blas, Carlos Alcorta, Luna de Miguel y Jordi Virallonga, entre los de poesía.

Se enmarca dentro de la cocina aragonesa, caben destacar como autóctonos la empanada goguera. Aunque uno de los platos más representativos es la chireta (tripa de cordero rellena de arroz, jamón, tocino y vísceras). Dentro de la repostería cabe destacar los crespillos elaborados con las borrajas del lugar. Son populares también los pasteles Biárritz y el pastillo (denominado también: empanadico). Barbastro es la capital del vino de la D. O. Somontano.

jueves, 14 de marzo de 2019

Libro primero

LIBRO
PRIMERO DE LA HISTORIA DEL REY DON JAIME DE ARAGÓN, PRIMERO DE ESTE
NOMBRE, LLAMADO EL CONQUISTADOR

LIBRO PRIMERO DE LA HISTORIA DEL REY DON JAIME DE ARAGÓN, PRIMERO DE ESTE NOMBRE, LLAMADO EL CONQUISTADOR.





Capítulo primero. De las
causas y razones que movieron al Autor para escribir esta historia.


La vida y hechos del Rey don Jaime de Aragón primero de este
nombre llamado el Conquistador,
con los extraños acaecimientos
de su tiempo, pretendo escribir en estos veinte libros, para que sus
heroicas virtudes, que (guiadas per la soberana mano) levantaron su
nombre hasta los cielos, e hicieron raya y ventaja a las de toda
España, salgan de nuevo a luz: y pueda con el favor divino nuestra
lengua y estilo gloriosamente divulgarlas por todas las partes a do
llegó su fama. En lo cual no pienso hacer pequeño servicio a los
nuestros, pues entiendo mostrar muy a la clara, que las principales
virtudes de guerra, que particularmente florecieron en los
Emperadores y famosísimos capitanes Alejandro magno, Pyrrho, y Iulio (Julio) César, de quien tanto se admiraron los antiguos, todas
ellas
juntas concurrieron en este Rey, y por su valor y manos fueron de
nuevo al mundo representadas: según que por el discurso de la
historia se verá, y las razones que aquí se siguen, nos inducen a
creerlo. Porque haberse hallado en treinta batallas campales, y
alcanzado victoria de ellas: haber domado a cuantos se le rebelaron,
y a ninguno que se le humilló, negado su perdón y gracia: y en
sesenta años que reinó, ninguno haber pasado sin guerra: finalmente
los Reynos que conquistó, no solo haberse conservado por él, pero
aun por sus descendientes hasta en nuestros tiempos poseído.
Todo
esto no excede, o por lo menos iguala, con las hazañas de cuantos
Reyes hubo, y con las de los ya nombrados, se escribieron?
Por
tanto me pareció no era justo que tales y tan señalados hechos, que
hasta aquí la historia escrita por el mismo Rey, y por los de su
tiempo tenían como encerrados debajo su corta lengua Lemosina,
dejasen de comunicarse a las gentes, y por ser las dos más
extendidas y comunicables lenguas la Latina y Castellana escribirlos
en ellas.

resposta, oc o no, Catalunya, 1461, los deputats del General, Principat de Catalunya


Y aunque la grandeza y majestad de la historia acobardaron
mi flaco ingenio, y casi me retiraba de la empresa, la hermosura de
su argumento me hizo aficionar tanto a ella, que mediante el amor
(del cual se dice que no hay cosa más ingeniosa) me atreví a
proseguirla: confiando que con la perseverancia, o vencería la
opinión de muchos, o si no diese perfección a la obra al menos
(alomenos) mostraría el grande ánimo que tuve para emprenderla.
Señaladamente por ser muy mayores y más graves razones las que me
mueven a pasar a delante, que a volver atrás lo comenzado.
Primeramente por la verdad, que hace perpetua cualquier historia y
ser esta escrita por el mismo Rey, y de su mano, con tanta curiosidad
y diligencia, que se entiende por relación de algunos de su tiempo,
que muchas veces, andando en la batalla, echaba la lanza a la
siniestra, y con la diestra tomaba la pluma para apuntar lo que
después en sus comentarios dilataba. Y aunque con duro y poco
elegante estilo (según el barbarismo de aquellos tiempos) pero con
tan cumplida verdad escrita, que de cuantas historias otros de él
escribieron se duda haya alguna más verdadera que la suya: y esto es
lo que a mí más me ha movido a emprenderla. Porque teniendo para
escribir, la verdad por guía, y el ánimo e inteligencia del mismo
Rey que la escribió por compañera, si la diligencia ayudare, confío
saldrá esta historia más clara que las otras, y que será de todos
muy bien recibida. Pues ansí como en las leyes escritas, cuya ánima
(según se dice muy bien) es la razón, y hallada esta se facilita la
declaración de ellas: de la misma manera en las historias militares,
si las secretas razones y causas que tuvo el capitán para dar luego,
o diferir la batalla, que son de grande peso y que solo él las
alcanza, el mismo las declara, es cierto que este tal, y quien le
siguiere, no solo ilustrará con más autoridad sus historias, pero
sin duda las dejará más fieles y verdaderas, que los demás, que
sin esta curiosidad, aunque con mejor estilo y elegancia las
escribieron. Demás de esto, no menos me anima, y lleva adelante mi
empresa la sencillez y llaneza de aquellos tiempos y la buena fe que
entre si trataban las gentes de guerra cuyo principal fin era
adquirir fama con honra: no con feas mañas, ni afrentosos ardides,
sino con verdadero esfuerzo de ánimo y abierta guerra. De aquí era
que pelear de cerca brazo a brazo, y encontrar escudo con escudo, se
tenía por mayor valentía que pelear de lejos, con menos honra y más
al seguro. Por donde era muy fácil a los escritores de los mismos
hechos, que se veen, colegir los ánimos e intenciones, que no se
parecen y con esto encomendar a la pluma la verdadera relación de
ellos. Vino deste tan continuo uso de pelear, y tener todo el ingenio
puesto en el ejercicio de las armas, que en aquella era las gentes
preciasen poco las letras, y mucho menos el artificioso y elocuente
modo de hablar: pues no solo carecían de la buena lengua Latina,
pero aun en la suya propia eran poco curiosos: y así la mezcla y
confusión de lenguas, que entonces había en los reynos de la
corona, hacía confuso y bárbaro el propio lenguaje de cada uno. De
donde al tratar
de las escaramuzas, para animar los soldados, usaban los Capitanes de
muy breves, aunque sentenciosas pláticas. Porque de estar tan
intentos en las cosas y mover las manos, hacían poco caso de las
palabras. Puesto que la brevedad de ellas con otra moderación de
cosas se recompensaba: pues no con tan excesivos y casi infinitos
gastos como en los tiempos de ahora, sino con harto moderados,
acababan muy grandes empresas de guerra, a manera de los
Lacedemonios, cuyo admirable valor y milicia tanto más crecía,
cuanto más en sus ejércitos y Reales se conservaba la templanza de
mantenimientos, con el sabio callar y brevedad de palabras, Y así
puede creerse, que de la mucha abundancia y demasiado hablar que
entre soldados se usa, y del mucho thesoro y vituallas que en el
campo sobran, nace no solo la flojedad de los soldados, pero se
acrecienta la avaricia de muchos Capitanes que miden la honra con el
tesoro, y no hay más fervor de guerra, de cuanto sobra el dinero.
Finalmente lo que más favorece para no dejar lo comentado, es la
verdadera religión y cristiandad de tan poderoso Rey como este, y su
total fin e intento que tuvo para destruir, y desarraigar de sus
reynos la perversa y detestable secta de los moros, por introducir el
santísimo nombre de Cristo, y su fe católica en ellos. Lo cual
mostró bien a la clara, así con la conquista de tres grandes
reynos, que sacó de poder de infieles, como con los dos mil templos
que mandó edificar en diversas partes, y dedicarlos a Christo y su
bendita madre: que solo esto obliga, a cualquier siervo de Dios, y a
mí su humilde sacerdote, a escribir su vida y hechos, como de un Rey
bueno y santo. Habiendo pues brevemente colegido el modo de tratar
las armas y uso de pelear de aquellos tiempos (lo que no sin causa se
ha dicho para mayor luz e inteligencia de lo que se sigue) vuelvo a
certificar al lector, como lo que aquí se contare, se ha sacado no
solo de la historia que el mismo Rey escribió de su mano, y de los
que en vida suya, como testigos de vista, escribieron de ella: pero
también nos hemos valido de la que los diligentes escritores de
nuestros tiempos han recopilado de los Archivos reales, que han
revuelto
en
los tres reynos de la corona
todo
para más declarar la verdad de esta historia, prefiriendo siempre la
mano del Rey a la de todos los demás:

por una principal razón
que a mi parecer es concluyente. Que si está por ley prohibido,
mentir delante del Príncipe, no se puede creer de un tan Cristiano y
católico como este, quisiese dejar los comentarios, que hizo para
fundamento de su eterno renombre y fama faltos de verdad, y para
siempre mentirosos. Mas porque vengamos al caso, antes que comencemos
a tratar de su admirable concepción y nacimiento: conviene
brevemente declarar lo que de sus ínclitos aguelos don Guillen de
Mompeller, y su mujer la Princesa Matilda hija del Emperador de
Constantinopla, y de sus célebres bodas se ofrece, con otros muy
grandes y extraños casos que a la sazón a los mismos acontecieron,
porque de este casamiento como de un honesto y gracioso repudio que
de Matilda hizo el Rey don Alonso de Aragón, comienza el Rey su
historia.




Capítulo
II, como el Rey don Alonso de Aragón habiendo enviado (imbiado) a
pedir por mujer la hija del Emperador de Constantinopla se casó con
la hija del Rey de Castilla.

Don Alonso el segundo
(comenzando de don Iñigo Arista) xii Rey de Aragón, y Príncipe de
Cataluña
(los cuales
dos
estados
comprenden gran parte de la
España citerior, luego que por muerte de su padre el Príncipe Don Ramón sucedió en ellos, queriéndole ilustrar con matrimonio y
parentesco de los más principales del mundo, envió sus embajadores
a Constantinopla al Emperador Manuel que entonces reinaba, haciéndole
saber como deseaba casar con su hija la Princesa Matilda fin más
dote que su valor y persona. Pareciendo al Emperador bien la demanda,
por tener ya mucho antes entendido lo que Don Alonso valía, y la
grandeza de sus reynos y señoríos, junto con las esclarecidas
hazañas de sus Reyes antepasados, aceptó la embajada, y prometió
dar su hija por
mujer
al Rey. Asentadas pues por ambas partes las promesas y capitulaciones
matrimoniales que se acostumbran, quedando a cargo del Emperador
poner la esposa dentro de la raya de España: los embajadores se
volvieron muy contentos, teniendo por muy concluido el matrimonio. En
este medio Don Alonso Rey de Castilla, llamado Emperador de España,
entendida la embajada que para casar con hija de Emperador había
hecho el Rey de Aragón a Constantinopla, no teniendo en menos su
Imperio que el de otros, le despachó sus embajadores, rogando le
tomase por mujer a su hija doña Sancha, pues en linaje, valor y
hermosura no había su par en el mundo. Y porque no desechase este
matrimonio por cualquier otro que se le ofreciese, le advirtió que
este mismo ya antes le había tratado el Príncipe don Ramón su
padre con el suyo, y por haber sucedido guerra entre ellos, había
sido antes diferido que deshecho: y así convenía que se efectuase
para más confirmar, y poner el sello en la concordia que poco antes
entre los dos se había hecho. Oída por el Rey de Aragón esta
embajada, olvidándose de lo que poco antes había tratado con el
Emperador Manuel, aceptó su ofrecimiento, y así fue luego traída
doña Sancha muy acompañada de Prelados y grandes de Castilla a la
ciudad de Zaragoza (çaragoça), cabeza del reyno de Aragón; adonde
fue muy suntuosamente recibida, y celebraron sus bodas con grandes
fiestas y regocijos lo cual se divulgó luego por todas partes, no
sin grande admiración de los que sabían de la primera embajada.




Capítulo
III. Que habiendo llegado la hija del Emperador a Mompeller, supo
como el Rey era casado con otra y lo que hizo el Señor de Mompeller
por casar con ella.

A esta sazón el Emperador Manuel, sin
tener alguna nueva de esta novedad y mudanzas del Rey de Aragón,
encomendó la Princesa su hija a dos principales Arzobispos de la
Grecia, con otros dos grandes del Imperio, para que acompañada con
mucha familia la llevasen a España a concluir el matrimonio con el
Rey: y puestos en camino, andadas ya diez provincias con muy grandes

trabajos y fatigas pasada toda la Francia hasta el Lenguadoque,
que dicen la Guiayna, llegaron a la insigne ciudad de Mompeller, que
llama Caesar Nitiobriga, y dista xxx millas de la raya de España, a
donde fue la Princesa con todos los suyos muy principalmente recibida
y hospedada por don Guillen Príncipe y señor de Mompeller y su
estado. El cual porque sospechó luego la causa de su venida, el día
siguiente significó a los Arzobispos y grandes Griegos como habían
llegado tarde, porque ya el Rey don Alonso de Aragón se había
casado públicamente y celebrado bodas con Doña Sancha hija del Rey
de Castilla, y que en la ciudad había muchos que se hallaron en
Zaragoza presentes a las bodas. Los Arzobispos y grandes que oyeron
tan triste nueva para su señora, quedaron extrañamente espantados,
y como atónitos de tan increíble novedad, y mucho más confusos de
verse tan apartados de sus tierras, y metidos en las extrañas, y con
esto muy faltos de consejo. Y así acudieron al mismo Príncipe, como
a fiel huesped, a quien después de haber contado las causas de su
trabajoso y largo camino; con tan triste suceso, que no sabían el
paradero de tanta calamidad y desventura, le rogaron que en tan
súbito y desastrado caso les aconsejase lo que convenía hacer: si
pasarían adelante a dar en rostro con la presencia de la primera
esposa,
a un tan inconstante y fementido Rey, o si seria mejor
dejarlo todo a Dios y volverse al Emperador: por cuanto estaban con
juramento solemne obligados que siempre que el matrimonio por algún
caso se estorbase, volverían su hija sana y salva a su presencia.
Como Don Guillen oyó esto, tomole muy grande la estima de la
desgracia de la Princesa, y comenzó a consolarlos y ofrecerles muy
de veras su persona y estado, más luego después en la misma plática
puso los ojos en la Princesa, imaginando entre sí, como de la mala
suerte de ella sacaría alguna buena para si, y respondió con grande
cautela, diciendo que se dolía mucho de la desgracia de su señora,
viéndola no solo desterrada tan lejos de su patria, pero muy
desamparada y burlada, maravillándose mucho de la inconstancia
humana, pues siendo la más principal virtud de los Reyes la
constancia, esta con la fe y palabra, se habían perdido en el Rey de
Aragón, cosa harto nueva. Y lo qué más sentía era quedar el
negocio tan enredado y confuso, que no se le descubriría ninguna
buena salida.
Mas porque hay muchas cosas que dado que de suyo
estén muy revueltas, las desenvuelve el consejo pidió se le diese
tiempo para pensar el remedio de ellas, consultándolo con los de su
consejo. Con esto se despidió de ellos, y convocó los más
principales hombres de la ciudad, y juntado el Senado, haciendo
entrar en él algunos principales mozos hijosdalgo (a los cuales
había secretamente descubierto su pecho y fin que llevaba, para que
lo esforzasen) puesto en medio de todos, refirió la plática que con
la Princesa su
huéspeda,
y los suyos había tenido representando la
agonía y trabajo en
que estaban puestos; por la triste nueva que les había dado del
anticipado matrimonio y burla que el Rey de Aragón les había hecho,
después de tan largo y trabajoso camino que debajo su real fé y
palabra habían emprendido: y que por hallarse en tierras extrañas y
tan apartadas de las suyas no pedían socorro de dinero, sino de solo
consejo para aliviarse, y dar un honesto desvío a tan miserables y
nunca vistos infortunios: que para esto les había ofrecido dar todo
favor y consejo. Así que a todos los que allá estaban congregados
rogaba mucho le diesen consejo tal en este caso, que a su huéspeda
fuese útil y provechoso, y para él honroso: porque no dejaría de
emplear la vida con todo su estado por sacar de trabajo a una tan
principal señora. Aunque si del mismo hecho naciese alguna buena
ocasión que le conviniese tomar, con el consejo y favor de ellos, no
la perdería ni faltaría a su propia honra en proseguirla.





Capítulo IIII (IV)
Respondieron al señor de Mompeller los de su
consejo.

Oída por el Senado de Mompeller la proposición
hecha por el Príncipe don Guillé, con alguna inteligencia que con
las postreras palabras dio de su intención y ánimo, pareció a
todos, antes que ninguno declarase su parecer y voto en público,
platicar unos con otros sobre cosa tan nueva y ardua: pero temiéndose
Don Guillen que los Senadores viejos votarían muy al contrario de su
opinión y fin, mandó que votasen primero los mozos: cuyo parecer
fue en suma, que el consejo de Don Guillen pedía para su huéspeda,
lo tomase para si, porque parecía orden del cielo, que esta real
doncella, siendo enviada de su padre de tan apartadas tierras para
casar con el Rey de Aragón, fuese desechada de él, y que en esta
coyuntura Don Guillé se la hallase en casa. Y por tanto que sin más
consulta casase con ella: pues le era tan inferior en linaje y sangre
Don Guillen, que no descendiese de los Reyes de Francia sus
progenitores, y que con ser mozo de gentil edad y grandes fuerzas,
junto con su bella disposición de cuerpo, majestad de persona, y
hermosura de rostro, no representase un gran Príncipe y señor, y
con sus heroicas virtudes, no igualase con Príncipes y Reyes: ni
tampoco por desigualdad de señoríos y estado: pues estos no se ha
de medir, ni tener en más, por la grandeza y anchura de tierras, que
por su buen sitio fértil, alegre y deleitoso, cual es el de la
ciudad de Mompeller con todo su distrito: cuya benignidad de cielo, y
fertilidad de suelo, con la vecindad y trato del mar, iguala con las
más principales tierras del mundo. Demás que si esta señora se vee
cuan sola está, cuan desamparada, y sin ninguna dote y desechada,
hallará que en este matrimonio se le habrá trocado su mala suerte
en buena, y por tanto no se le debería dar lugar para hacer lo que
quisiese; sino claramente significarle como en solo aceptar este
matrimonio consiste toda su libertad, y reposo. Y en fin, con ruegos,
o con honestas amenazas, se procurase su consentimiento. Acabado de
decir este parecer por uno de los mozos más nobles que allí se
hallaba, fue por todos los de su edad y estado dado por bueno,
ofreciéndole todos juntamente a poner sus vidas y personas por la
ejecución de él. Con esto mandó Don Guillé que dijesen los demás.
Luego se levantó en pie uno del consejo, hombre anciano y de gran
prudencia, el cual no tanto por refutar, como por confirmar los
buenos motivos y razones del mozo, enderezado su plática a Don
Guillen, dijo de esta manera. Esclarecido Príncipe nunca yo pensara
que la acelerada deliberación de los mozos hubiera tan fácilmente
convenido con el maduro y bien pensado consejo de los viejos: porque
no solo no entiendo apartarme de su parecer y voto, pero ni por
ninguna vía contradecirlo, pues veo que una tan grande hazaña como
esta, que por consejo de los de vuestra edad emprendéis, aunque de
suyo sea atrevida y dudosa, por otra parte es tan señalada y
memorable, que por muchas causas os incita a emprenderla, y por muy
pocas, o ninguna debéis dejar de perseguirla. Porque si hay una sola
eficaz razón que os deba apartar de ella, por lo que sois por
derecho divino y humano obligado a amparar, y enviar el huésped que
habéis recogido en vuestra casa, de la suerte, y con la misma
salvedad que le recogisteis, ni es lícito a persona alguna
quebrantar la fe del hospedaje: con todo eso la ocasión de violarla,
por causa de reinar, es tanta, que no hay otra mayor: por ser casi
iguales con el reinar, los sucesos que de esta empresa se esperan.
Porque si deseáis señor llegar de
mediano Príncipe a supremo,
e igualaros con Reyes y Emperadores, ninguna tan buena ocasión como
esta se os puede ofrecer porque si casáis con esta hija del
Emperador, haced cuenta que tomáis como por esposa la esperanza del
Imperio, pues faltado Alexio sucesor de él, y único hermano de
esta, como es fácil, por el derecho de ella, venir a vos el Imperio:
así viniendo él, por su parentesco mereceréis ser tenido por uno
de los Príncipes del mundo, y por los hijos que tendréis
de
ella, emparentar con Reyes y Emperadores. Y si por ventura os
receláis de la injuria que en esto pensáis hacer al Emperador su
padre quiero que tengáis buen ánimo, y no penséis en tal:
pues
si la comparáis con la notable afrenta que ha recibido del Rey Don
Alonso, creedme que la vuestra será ninguna. Porque entre el
repudiado y aceptado matrimonio hay tanta diferencia, que cualquier
que toma por esposa la mujer repudiada por otro, no mira tanto por la
fama de la esposa,
cuanto por la honra de los padres de ella:
y
por esta causa los pone en muy grande obligación de reconocer tan
buena obra. Y ansí vos señor, no solo no ofenderéis mas aun
obligaréis muy mucho al Emperador con este casamiento. Por donde
valeroso Príncipe, esforzaos a proseguir lo comenzado: porque si la
fortuna ciega, e imprudente suele favorecer a los atrevidos
acometedores, teniendo vos de vuestra parte el maduro parecer y voto
de todos los de este ayuntamiento y Senado, como si fuese del cielo,
será bien que dejéis de acabar tan señalada empresa? Como el viejo
se encendiese en su decir, y con ardor más que de mozo, quisiese
pasar adelante su plática, fue luego con general conformidad del
senado atajado, ofreciendo todos a una una voz a Don Guillé de
servirle con cuanto valían y podían para proseguir tan señalada
hazaña.










Capítulo
V. Que resolviendo el Consejo casase el Señor de Mompeller con la
Princesa, se trató con ella y los suyos, y siendo contentos se
celebraron las bodas y parió una hija.

No se abrió la
puerta del consejo hasta que se determinó que la voluntad del
Príncipe, y deliberación del Senado, se pusiesen en ejecución; y
cerrada y puesta en armas la ciudad, dos principales del consejo
diesen por respuesta a la Princesa lo que se había determinado. Los
cuales se fueron para ella y los suyos, y después de haberles
relatado la consulta, concluyeron su embajada con decir, estaban el
Príncipe Don Guillen y el Senado tan firmes en su deliberación, que
ya no había lugar para escapar de sus manos, ni salir de la ciudad,
sino tomando por único remedio el casamiento; para que todos
quedasen en libertad. Como oyeron esto la familia y criados de la
Princesa, dieron grandes voces con extraños alaridos por ello,
diciendo, que cómo se podía sufrir entre Cristianos cosa tan fea,
tan bárbara, y tan inicua? Habiéndose hospedado su señora debajo
la buena
fee
y palabra del Príncipe de la tierra, tratar contra ella uno de los
más feos y atrevidos casos que se podía intentar entre Alarabes?
Empero como aprovechasen poco sus voces, ni tuviesen forma para
librarse de las manos del Príncipe y gente armada, que ya los tenían
rodeados; y ni les diesen lugar, ni tiempo para consultar con el
Emperador; tuvieron entre si consejo, y determinaron de dos males
escoger el menor y salvar la honra de su señora por vía de honesto,
aunque desigual, casamiento, por no dar lugar a que con violencia y
fuerza se le siguiese alguna desgracia, y así habido el
consentimiento de ella, acordaron de tratar con Don Guillen, al cual
por tan atrevido acometimiento, ya le tenían en mucho más y por
hombre de hecho, y pues se había de venir a negocio de matrimonio,
pidieron que prometiese por si, juntamente con el Senado y pueblo de
Mompeller, y se hiciese decreto por todos, que cualquier hijo, o hija
que naciese de este matrimonio sucediese por heredero de la ciudad de
Mompeller con todo su distrito. Aceptado el concierto por Don
Guillen, y loado por los demás, fue luego trocada la tristeza y
lágrimas en muy grande regocijo y alegría, y con la gracia del
Spiritu sancto se celebraron las bodas llenas de toda honra y
concordia, y se hicieron muchas justas y torneos por la caballería
de Mompeller y de otros pueblos y ciudades comarcanas, que
concurrieron a ver la hija del Emperador, y gozar de tan insignes
fiestas y regocijos, con mucho contentamiento de los grandes y gente
Griega, pues por lo que veían (vian), ya no pensaban haber mal
negociado. Los cuales despidiéndose con muchas lágrimas de su
señora la Princesa, se pusieron en camino para Constantinopla;
adonde llegados ante el Emperador, le contaron muy por entero los
grandes trabajos, peligros, e infortunios que con la Princesa habían
hallado, junto con el suceso de todo. De lo cual el Emperador quedó
muy alegre y satisfecho, por la buena relación que del valor y
persona de don Guillé y de su estado le dieron, y más por quedar
contenta la Princesa. Por todo alabó mucho a Dios, y a los Prelados,
y grandes agradeció mucho su trabajo y prudencia, de la cual entre
tantas variedades y mudanzas de fortuna, tan cuerdamente se valieron.
Tuvo al cabo del año cartas de la Princesa como había parido una
hija, la cual por capitulación hecha y firmada por el Senado y
pueblo de Mompeller, había de suceder en el estado.





Capítulo VI. De la poca fé que el señor de Mompeller tuvo con la
Princesa su mujer, y como viviendo ella se casó con otra.


Después
de pasado el regocijo de las bodas, y de haber parido la Princesa una
hija que llamaron doña María, la cual con mucha gracia de todos los
vasallos fue aceptada por sucesora, y
señora del estado: diremos
lo que hizo don Guillen contra la Princesa su mujer, y lo mucho que a
sí mismo faltó; porque se vea la inconstancia y poca fe humana
adonde llega, junto con el abominable vicio de la ingratitud, que usó
contra su propria carne y heredera. Y asimismo el desordenado
apetito, y disoluta vida que de allí adelante tuvo Don Guillen:
siguiendo la natural condición de los hombres carnales: los cuales
cuanto más apetecen la cosa, y con más codicia la desean, tanto más
después de alcanzada la desprecian, y por la hartura que de ella
tienen, buscan la variedad dejándose llevar tras ella. Ansí acaeció
a don Guillen, a quien, siendo de mediano estado, no le bastó haber
casado con hija de Emperador, que venía a casar con Rey, y tener
hijos de ella: sino que vencido de su apetito, no solo se apartó de
su mujer, pero en vida de ella se casó con otra que llamaban Ynes de
España, de quien tuvo tales hijos, que acometió el mayor de alzarse
con el estado, y excluir de la
herencia a doña María su hermana,
siendo verdadera señora de ella:y sobre esto formó gran pleito
delante del sumo Pontífice contra la misma, la cual compareció
luego por su procurador y (como después diremos) fue en persona a
Roma a defender su causa, hasta haber tenido sentencia del mismo
Pontífice por la cual fue dado el estado a ella, y al Príncipe don
Iayme su hijo: como más adelante contará su historia, la cual pues
nos llama para hablar de él, digamos con brevedad por agora las
cosas que en este medio pasaron en Aragón, y Cataluña, pues son a
propósito de la misma historia.





Capítulo
VII. De la muerte del Rey don Alonso, y de los hijos que tuvo, y cómo
dejó a don Pedro los Reynos de Aragón, y Cataluña, el cual salió
en favor del Rey de Castilla contra los Moros, y cobró a Cuenca.


Pasados muchos años después que el Rey Don Alonso de Aragón
con mucha concordia hizo vida con doña Sancha su mujer, y tuvo de
ella al Príncipe don Pedro con otros hijos (como aquí diremos)
acaeció que visitando sus Reynos, hallándose en Perpiñan pueblo
muy principal del Condado de Rosellón, adoleció de una grave
enfermedad, de la cual murió, y fue llevado su cuerpo con pompa real
al monasterio de nuestra señora de Poblet, de la orden de los
Bernardos, que está cerca de la ciudad de Lérida, a medio camino de
la de Tarragona, y es hoy una de las más ricas y
principales
casas de la Europa: la cual había fundado el Príncipe don Ramón
padre de don Alonso, y magníficamente dotado de muchos campos, y
lugares, de joyas y riquezas grandes, por hacer
en él sepultura
para si y para todos los Reyes de Aragón sus descendientes, como a
la verdad se sepultaron en él, hasta que pasaron a reinar a
Castilla. Celebráronle sus exequias con grande pompa, y
lamentaciones en la ciudad de Zaragoza: como lo mereció por su gran
valor y heroicas virtudes, tanto que por su continencia de vida le
llamaron el casto. Dejó tres hijos de doña Sancha, don Pedro, don
Alonso, y don Fernando, con cuatro hijas. Don Pedro que fue el mayor,
sucedió en el Reyno de Aragón, y Principado de Cataluña, con los
Condados de Rosellón, y
Pallâs,
los cuales no de principio, sino con el tiempo, por testamento se
juntaron con la casa real. Don Alonso sucedió por testamento en el
Condado de la
Proença
de la Aquitania, que llaman Guiayna. Don Fernando, el más pequeño
fue por su padre dedicado a religión en el monasterio de Poblet. De
las hijas la mayor que fue doña Constanza casó con Emerico Rey de
Hungría (Vngria), el cual muerto, volvió a casar con Federico
Emperador y Rey de Sicilia. Doña Leonor, y doña Sancha casaron con
los Condes de Tolosa padre e hijo. La última llamada doña Dulce,
entró en Religión en el monasterio de monjas de Xixena, de la orden
de sant Iuan del Hospital de Hierusalem, edificado y dotado por los
mismos Reyes don Alonso y doña Sancha, junto a la insigne villa de
Sariñena del Obispado de Huesca. No se puede dejar de hacer especial
mención de las mujeres en las historias, porque mejor se entiendan
las afinidades, y parentescos que por ellas vienen a las casas
Reales. Sucediendo pues Don Pedro el II en los Reynos de Aragón y
Cataluña, con los demás estados (salvo el condado de Rosellón, que
con ciertos pactos quedó en don Sancho hijo del Príncipe don Ramón,
y hermano del Rey don Alonso) siendo jurado por Rey con grande
aplauso de todos sus vasallos: y jurados por él todos los fueros y
privilegios concedidos por sus antepasados a los dos Reynos: tuvo
nueva como los Moros de Granada, y Andalucía, habían entrado por la
Carpetania adelante, que agora es el Reyno de Toledo, y tomado y
saqueado de presto algunos pueblos del Rey de Castilla, que
confinaban con el Reyno de Aragón. Por donde antes que pasasen más
adelante, juntó su ejército con el de Castilla, y dando sobre los
Moros, hicieron tan grande estrago en ellos, que no solo les quitaron
la presa que habían hecho, pero los echaron de la tierra, y cobraron
de ellos a Valeria, antigua ciudad de los Carpetanos, que agora
llaman Cuenca. De donde se volvió el Rey Don Pedro con grande
triunfo de esta victoria para Zaragoza.




Capítulo
VIII. De las causas porque se fue a la Provenza donde él y el Conde
su primo se casaron hubieron sendos hijos.

Residiendo el Rey
en Zaragoza, juntamente con la Reyna doña Sancha su madre, a quien,
o por su viudedad (biudez), o por haberlo dejado así en testamento
Don Alonso su marido, le quedaba cierta manera de mando y presidencia
en los Reynos, acaeció que con esto la Reyna iba

a la
mano al Rey en las cosas del
gobierno.
Lo cual fue ocasión para haber alguna rencilla entre ellos. Pues
como ayudasen a encender el fuego los criados por sus particulares
intereses, vino a tanto el negocio, que si no se interpusieran los
señores y principales del Reyno a concertarlos, hubiera el Rey
acometido de echar a su madre fuera de él (
fuera
del)
. Mas por quitarse de tan mala
ocasión y enojos, se partió para la Provenza, a ver al Conde Don
Alonso su hermano, al cual halló puesto en bandos contra el Conde
Folcalquier sobre ciertas diferencias antiguas que había entre
ellos, y los concertó, restituyéndolos en toda buena amistad y
alianza. Hecho esto, el Rey y el Conde como mozos de poca edad, y que
conformaban mucho en las intenciones y costumbres de vida, por ser
muy dados a mujeres, escogieron sendas doncellas de las que hay en la
Provenza hermosísimas, señaladamente en la ciudad de Marsella,
mujeres de mediana condición, y de tal manera se enamoraron, que se
casaron clandestinamente con ellas, y luego les nacieron sendos
hijos, el primero fue del Rey, al cual puso nombre Ramón Berenguer,
como el Príncipe su abuelo, y este con su madre murieron luego. De
cuyas muertes al Rey no pesó mucho, por lo que entendió había
hecho en Aragón muy gran sentimiento los pueblos por este
casamiento, y nacimiento de Príncipe: y mucho más los grandes del
Reyno: pero sobre todos lo sintió más la Reyna su madre, la cual
por esto propuso en su ánimo de en volviendo el Rey conformarse con
él, para mejor poder entender en casarle de su mano. Finalmente Don
Alonso el Conde puso al suyo el mismo nombre de Ramón
Berenguer.
Este sucedió después a su padre en el Condado aunque
fue desgraciado como se dirá adelante.









Capítulo IX. Como el Rey pasó a Roma y se coronó por mano del
Pontífice, y del Tributo que impuso sobre sus Reynos en favor de la
sede Apostólica.



Viéndose
el Rey libre del inconsiderado matrimonio, con la muerte de la mujer
e hijo, como fuese valeroso, y muy codicioso de honra, y también muy
rico, por la mucha suma de dinero que a la sazón le habían traido
de sus Reynos: determinó de ir a Roma a coronarse Rey, por mano del
summo Pontífice. Lo cual con muy grande aparato y suntuosidad puso
luego en ejecución, llevando consigo algunos principales de sus
Reynos, los cuales llamados vinieron a acompañarle muy en orden,
como se requería para tal jornada. Partido del puerto de Marsella
con diez galeras que hizo venir de Barcelona, arribó a Genoua, y de
ahí continuando su viaje por la costa de Italia, llegó al puerto de
Ostia,
doce
millas de la ciudad de Roma, y subiendo con las galeras por el río
Tiber arriba, fue honrosamente
recebido
de algunos Señores de Italia que residían en Roma. Llegó allí el
Senador con el pueblo Romano, y le entraron por
la
puente
, que agora llaman de Sixto, en
la ciudad, y fue llevado como en
triumpho
a sant Ioan de Letran, a besar el pie al Papa Innocencio tercero, del
cual fue muy amorosamente recibido, y opulentísimamente aposentado.
El día siguiente, como ya el Rey hubiese suplicado al Pontífice y
Collegio de los Cardenales por su real coronación, el Papa vino a la
iglesia de sant Pancracio fuera de los muros de Roma, adonde, según
el antiguo uso y
cerimonia,
recibió de nuevo al Rey con mucha pompa y
solennidad,
acompañado como antes del Senador y pueblo Romano. Fue en este
templo por Pedro Obispo y Cardenal de
Portu,
(de cuyo
districto
se dice es la iglesia de sant Pancracio) ungido con el olio santo, y
la corona real impuesta en su cabeza por manos del Pontífice, con
las insignias reales. Luego con juramento solemne se obligó, y
prestó la obediencia por si y sus reynos al Pontífice, y a la
Sancta Sede Apostólica. De allí vuelto al Vaticano donde está el
sumptuosisimo
y devotísimo Templo de sant Pedro, dejó las insignias reales, y
tomando la espada de la mano del Pontífice, fue armado caballero
(cauallero). Esta fue la causa porque el Rey Don Pedro hizo al reyno
de Aragón tributario a la sede Apostólica, y prometió por si y sus
descendientes los Reyes, dar cada año en nombre de tributo
doscientos y cincuenta
mahozemutos
de oro: teniendo en mucho más la merced que el summo Pontífice le
había hecho, en darle la corona real de su mano, con el título de
católico. Esta moneda fue batida en España por Iuceff Mahozemuto
gran Almanzor, que quiere dezir Emperador de los moros de España, y
valía cada
mahozemuto
seis sueldos, como tres reales. Entonces concedió el mismo Pontífice
a los Reyes de Aragón privilegio, para que de ahí (
de
a y
) adelante pudiesen tomar la corona
real por mano de los Arzobispos de Tarragona, en la ciudad de
Zaragoza: con pacto y condición, que siempre se diese a la sede
Apostólica el tributo por el Rey Don Pedro prometido. De esto se
sintieron mucho, y se quejaron al Rey los grandes y ricos hombres del
reyno, y también las ciudades y villas reales, porque de libres y
exemptos
los había hecho
pecheros,
según hace de todo esto larga relación el cronista (coronista)
Gerónimo Zurita (çurita) en sus annales Españoles e Índices
latinos.




Capítulo
X. Como volvió el Rey de Roma a Zaragoza, y de los modos que la
Reyna su madre tuvo para casarle con la señora de Mompeller, y como
fue allá.

Acabadas ya las fiestas de su coronación, el Rey
se despidió del Pontífice y Cardenales, y con mucha gracia del
pueblo Romano, con quien el día de su coronación se mostró muy
liberal y magnífico se volvió con la misma armada por mar, y
desembarcó en el puerto de Colliure en Cataluña. De allí se fue a
Zaragoza, donde con grande triunfo fue recibido. Luego los
principales de su consejo propusieron, que para beneficio y quietud
de sus reynos convenía mucho casarse, y dejar sucesor y heredero: y
para esto considerase la gran dignidad de su persona real, y que no
se
sufría
tomar mujer sino de
ygual
sangre y digna de tal marido. De lo cual la Reyna Doña Sancha, que
ya se había confederado con el Rey, tenía muy grande cuidado, y
había pensado en la que le convenía escoger por nuera, pues aunque
se ofrecían algunos buenos matrimonios con hijas de Reyes, y con
sucesión de reynos, como el de Chipre, y otros: a ella no le parecía
bien ninguna, teniendo puestos los ojos y el alma en Doña María
Princesa de Mompeller. La cual poco antes, muerto Don Guillen su
padre había quedado legítima heredera, y absoluta señora de la
ciudad y estado, a esta deseaba la Reyna por nuera, y mujer del Rey
su hijo, no tanto por su valor y estado, ni por ser de sangre
imperial, cuanto por algún escrúpulo de conciencia que la
atormentaba, acordándose del agravio pasado, hecho por Don Alonso su
marido contra Matilda hija del Emperador de la Grecia, madre de Doña
María: y de los desacatos y mal tratamiento que su marido Don
Guillen usó con ella, que todo lo refería la Reyna a su propria
culpa, y pensaba repararlo con este casamiento de los hijos de ambas:
puesto que en publicarse este matrimonio, no faltó quien
secretamente dijo a la Reyna mirase muy bien lo que hacía: porque
había muy grande sospecha de Dona María, era secretamente casada
con otro marido, y que tenía dos hijas de ella. La Reyna como fuese
magnánima, y muy porfiada en llevar adelante lo que pretendía, no
solo no dio fé a lo dicho, pero mandó a los que se lo habían
revelado, lo tuviesen muy secreto, y comenzó a dar más
priesa
a lo comenzado, temiéndose, que andando este rumor por la Corte, los
grandes, y los del consejo real, no
diuertiesen
al Rey de este casamiento. Por eso procuró con
mucha
arte
y maña de atraerlos a todos a su
parecer, mandando sembrar por el pueblo muchas razones, con las
comodidades provechosas en favor del matrimonio que convenía mucho
al Rey aceptarlo, aunque poco después de concluido, la Reyna padeció
mucho, y pagó la pena de su apresurado deseo: o por el
descontentamiento que del matrimonio el Rey tuvo, o por causas
antiguas, con las cuales se renovaron los enojos y rencillas pasadas
contra la Reyna: en tanta manera, que hasta que murió le duraron.
Así que viniendo bien el Rey en el concierto, los grandes, y
aficionados a la Reyna, por contentarla, loaban el matrimonio con
cuantas razones podían, diciendo que sucediendo el Rey en el
Principado de Mompeller, con ser tierra fuerte y gente belicosa, no
solo aprovecharía mucho para la confederación del condado de
Rosellón su vecino, pero también a los pueblos comarcanos de la
Provenza, y que convenía mucho más por el grande lustre del
imperial parentesco, que con este matrimonio ganaba la casa real de
Aragón, por ser Matilda hija del Emperador de la Grecia, y madre de
doña María: la cual como hija de Emperador, se podía llamar
Augusta (que es título de las Emperatrices) siendo Reyna de Aragón,
para mayor honra y decoro de sus hijos y descendientes. Estas y otras
razones sembradas por el pueblo movieron tanto los ánimos de todos
(por ventura por lo que Dios obraba en este matrimonio) que después
de haberlo consultado con doña María de Mompeller, y en venir bien
ello, el Rey partió muy acompañado de prelados y principales del
reyno para Mompeller, y siendo con grande triumpho recibido de los
Regidores y pueblo, celebró sus bodas con doña María con muy
grande solemnidad y fiestas, para que de aquí saquemos, que no fue
por artificio, ni saber humano, sino por especial obra de la divina
mano, que lo rige y dispone todo suavemente, que con un mismo acto,
no solo la injuria hecha al Emperador, pero la afrenta de su hija,
por la inconstancia del Rey don Alonso, quedasen recompensadas: y con
solo el matrimonio de los hijos de ambas partes, enteramente
restituida la honra a cada cual de ellas. Mas porque el fruto
verdadero de las bodas, y matrimonio, es la generación y
descendencia, digamos de la nunca pensada, y milagrosa concepción de
nuestro gran Rey don Iayme.




Capítulo XI.
De la notable invención y arte que la Reyna doña María usó
viéndose tan despreciada del Rey, para concebir de él.

Conforman
todos los historiadores antiguos y modernos en contar la extraña
concepción y nacimiento del infante don Iayme: puesto que en el modo
y discurso de cada cosa, y como
ello paso, discrepan en algo,
pues los unos lo pasan breve y sucintamente, por más honestidad,
como la propria historia del Rey: otros cuentan muchas y diversas
cosas sobre ello, porque son amigos de pasar por todo, y es cierto
que convienen todos con el Rey, y como está dicho, en solo el modo
difieren. Por tanto tomando de cada uno lo más probable y menos
discrepante, nos resolvemos en lo siguiente. No mucho después que el
Rey celebró sus bodas con doña María su mujer, y se partió con
algún descontento de ella. o porque ya tuviese alguna noticia de su
primer casamiento, o porque de ser el Rey de su costumbre aficionado
y perdido por mujeres la
menospreciase, o en fin porque fuese
Dios servido, que por los mesmos trabajos que pasó la madre pasase
la hija, padeció con él grandes fatigas, y vivió siempre con
sobresaltos y angustias, pues aun con ser ella hermosa y honestísima
no solo la despreciaba, pero así desenfrenadamente se enamoraba de
otras, y le volvía el rostro, que por no hacer vida con ella se iba
de pueblo en pueblo, y cuando le acontecía estar con ella, nunca de
sus doncellas y damas partía los ojos hasta que con grandísima
afición los puso en una hermosísima y honestísima viuda, a quien,
muerto su marido en Mompeller los parientes, que eran gente muy
noble, la encomendaron a la Reyna, para que debajo su amparo y
recogimiento conservase su buena fama y persona. Sintiendo esto la
Reyna y considerando lo que de aquí se podía seguir, para quedar
ella perpetuamente sin hijos, y en desgracia de su marido, y que de
la misma manera que a su madre se le daría repudio y aun peor,
determinó de mirar por si, y salir de Mompeller a una aldea cerca,
que se decía Mirauall, lugar ameno y deleitoso, a la ribera de la
Garona, y llevó consigo a la viuda para mejor guardarla del Rey, y
pasar su ausencia en aquella soledad con paciencia. Pero como temiese
que aquella ausencia, no fuese lazo y ocasión del repudio, determinó
de ganarle por la mano, y en aquellos mismos enredos se le aparejaban
tomar al Rey, mayormente por tan buen medio como halló para ello, en
un criado del Rey muy su privado, y tercero en los amores de la
viuda, que la solicitaba muy disimuladamente.
Pues como la Reina
un día hallase a este criado en un rincón de la sala hablando muy
en puridad con la viuda, llegada a ellos, con voz baja, aunque muy
airada, le dijo. Tengo tan grande ira contra ti, traidor malvado, que
si la maldad que agora tratas de hacer contra la honra de palacio, no
fuese mayor contra mí que contra el Rey mi marido, días ha que ante
sus ojos, por muy privado suyo que seas, te hubiera mandado hacer mil
pedazos, porque pasases por el merecido castigo de tu desordenado
atrevimiento; con todo esto, pues tú eres mandado, y osas an
aventurar la vida por servir a tu Rey mi señor, aunque en ello me
haces notable injuria, digo que por no darle disgusto yo me olvidaré
de ella, y seguiré en todo su voluntad y apetito, y que pues te veo
tan puesto en los amores de esta viuda, (pues así lo quiere mi
fortuna ) no le contradiré: antes tomaré los hijos que hubiere de
ella, por míos propios, como de criada mía, y de mi marido, y me
los prohijare: solo que se tenga cuenta con la honra de esta viuda
por ser mujer principal y bien nacida, a la cual ni ha de ver el Rey,
ni ser visto de ella, y me prometas de tener muy secreto lo dicho y
hecho, y que por
ninguna vía se entienda haber yo consentido en
ello. Como oyó esto el criado del Rey, cuyo camarero era, holgose en
extremo, por ver a la Reyna tan súbitamente de muy airada vuelta en
su favor, y también encaminados los amores del Rey. Con esto se
partió a la hora para Latès pueblo pequeño, donde el Rey estaba a
dos leguas de Miravall, y le contó por orden todo lo que con la

Reyna había pasado: lo cual al Rey plugo mucho: y más de que el
concierto fuese para luego.





De manera
que el Rey, o solicitado por el camarero, o rogado por un principal
barón de Mompeller, a quien la historia Real nombra Guillé Alcala,
fue a prima noche a Mirauall a verse con la Reyna, llevando consigo
al mismo Alcalá, y llegando, fue con grandísima alegría recibido
de la Reyna; a quien también se mostró él con rostro muy afable y
alegre, y se puso a cenar y a conversar muy regocijadamente con ella:
no consintiendo la Reyna que
otri
que sus damas les sirviesen a la mesa, la cual levantada, comenzó el
Rey a mirar una a una, como solía, a todas las damas, y como no
viese su amada viuda entre ellas, creyendo estaría retirada para
mejor prepararse y hacer bueno el concierto, fingió sueño, e hizo
señal al camarero que le guiase a la cama, y puesto en ella, aguardó
muy atento, hasta que vencido del sueño se
adurmió,
y a la hora la Reyna su verdadera y casta mujer fingiendo ser la
viuda, entró en la cama con su propio marido, y por la mañana antes
que el Rey se levantase mandó abrir las ventanas y llamar a Guillen
Alcala, que aguardaba ya en la antecámara, entrase dentro, para que
pudiese en algún tiempo testificar como había visto en una cama
juntos al Rey y a la Reyna. De donde se levantó el Rey con alguna
cólera, y luego se fue para Lates, y con todo lo hecho, siempre
estuvo muy esquivo y diferente de la voluntad y bien querer de la
Reyna, tanto que poco después hizo público divorcio con ella como
adelante diremos.




Capítulo
XII. De la batalla de Úbeda (Vbeda) donde Vencieron los Reyes de
Castilla, Navarra y Aragón a doscientos mil Moros.

A esta
sazón que el Rey salía de Miravall, fue llamado para acabar el más
alto y más esclarecido hecho de armas que nunca se le ofreció, para
ganar con él mayor fama y gloria, que todos sus antepasados. Porque
partiéndose para Cataluña en llegando a Barcelona recibió cartas
de los Reyes de Castilla y de Navarra, avisándole como había pasado
de África a la Andalucía innumerable ejército de Moros, los cuales
juntados con los de Granada, Portugal, y Valencia llegaban a
doscientos mil, con ánimo, según publicaban, de conquistar de nuevo
toda la España. Por lo cual le rogaban que por el bien común suyo y
de toda la Cristiandad, no dejase de venir luego con el mayor
ejército que pudiese a Toledo, donde los hallaría ya puestos en
orden con todas sus gentes para la general defensa de España.
Entendido esto por el Rey, luego mandó publicar guerra contra moros
por todos sus reinos y señoríos, mayormente por Cataluña, donde se
le ofrecieron todos con gente y armas, y más con el tributo del
bouage que
era como después declararemos. Un tanto por cada cabeza de ganado.
De manera que siendo pregonado sueldo contra moros, sacó de los
reynos


de
Aragón, Cataluña, Mompeller, y la Provenza un ejército
poderosísimo de hasta veinte mil infantes, con tres mil y quinientos
caballos entre hombres de armas y caballos ligeros, los cuales
llegados a Toledo, y juntados con los ejércitos de Castilla y
Navarra, fue fama que llegaron a cien mil infantes y diez mil
caballos. Con esta gente y tan formado ejército fueron a buscar al
de los moros en la Andalucía hacia el barranco Mariano: a las navas
de Tolosa, que dicen, donde los Moros habían asentado su real: y sin
más aguardar, les dieron la batalla, la cual duró muchas horas, y
fue dudosa por ambas partes hasta que con las fuerzas e industria del
ejército Aragonés que servía
de retaguardia (según el
Arzobispo Don Rodrigo lo cuenta en su Historia) la victoria vino a
declararse por los Cristianos, y fue en ella herido el Rey don Pedro,
aunque no de muerte. En esta batalla, conforman todos los que
escribieron de ella haber sido muertos cien mil moros y
que los
demás con el Miramamolin huyeron desamparando el real, el cual fue
dado a saco por los Cristianos, y tomadas las riquísima tiendas del
Miramamolin, con infinitos despojos. Esto fue todo por la liberalidad
y magnificencia del Rey de Castilla don Alonso el
viii,
repartido
entre los ejé
rcitos de Aragón y
Navarra que con grande gloria y triunfo de esta victoria se volvieron
a sus reynos: y por los milagros en ella vistos, se instituyó por
toda España la fiesta y solemnidad del triunfo de
la Cruz.




Capítulo
XIII. Del nacimiento del Príncipe don Iayme, y de los extraños
misterios que en su bautismo acaecieron.

En este medio la
Reyna doña María, a quien dejamos en Miravall, deseando que llegase
a bien la real esperanza que del Rey su marido se hallaba en su
vientre depositada, se encomendaba muy de corazón a Dios nuestro
Señor, y a su bendita madre, con sus santos Apóstoles, acrecentando
su devoción con muy grandes obras de caridad y religión, siendo muy
larga y liberal para los pobres, y muy magnífica con las iglesias y
monasterios de religiosos, para que por todos se encomendasen sus
cosas a Dios: tomando con grande paciencia la extrañeza y crueldad
del Rey, y consolándose con el fruto de bendición que esperaba, en
quien tenía puesto todo su descanso hasta que llegó el tiempo del
parto, para lo cual se preparó muy de propósito, como menester era,
para hacer fé y testimonio del buen suceso. Por esto partió de
Miravall y entró en Mompeller, y se aposentó en el palacio de los
Tornamiras,
por ser casa grande, y de muy ricos aposentos: a donde mandó juntar
todos los principales ciudadanos con sus mujeres, para asistir y
hallarse presentes a su parto: del cual con el favor divino nació un
infante muy formado y bellísimo, el primer día de
Hebrero
en la noche, año del virginal parto (como dice la historia Real) M.
cc viii, que era día celebrado con ayuno y vigilia de la fiesta y
purificación de la virgen y madre de Dios nuestra Señora.

Cuando
comúnmente por todas las iglesias de la Cristiandad, con mucha
solemnidad se bendicen las velas de cera para ilustrar los
sacrificios divinos. Esa misma noche del nacimiento, el recién
nacido niño fue por mandato (mandado) de su devota madre llevado a
la iglesia mayor de la ciudad, acompañado de todo el pueblo que no
cabía de regocijo, para solo hacer infinitas gracias a nuestro
Señor, y a su gloriosa madre por tan próspero parto, y acaeció
entrar el Infante por la iglesia, pasada la media noche, al punto que
los Canónigos celebraban los maitines, y entonaban en voz alta el
cántico
Te Deum laudamus,
a donde hechas gracias, y pasando a otro templo que llaman de sant
Firmin, en el cual así mismo celebraba los maitines, se siguió (lo
que también se tuvo a milagro) que llegó a entrar, al tiempo que en
alta voz comenzaban el cántico Benedictus Dominus
Deus Israel.
Mas determinando la Reyna que el mismo día de la Purificación fuese
el niño bautizado, y pensando sobre cual de los doce Apóstoles le
daría su nombre, mandó traer doce velas de cera blanca de igual
peso, y una misma hechura, las cuales ofreció a los doce Apóstoles,
en cada una escribiendo el nombre de uno, y encendidas todas juntas,
con propósito de que si alguna durase más que las otras, fuese el
nombre del Apóstol, a quien la vela estaba dedicada, impuesto al
niño, y allí acabadas de consumir las otras, la del Apóstol sant
Iayme, o Santiago (que todo es uno), quedó encendida, y luego fueron
al templo, y bautizado el niño le fue como del cielo impuesto el
nombre de Iayme, para que a imitación del glorioso Apóstol patrón
de España, que echó de ella la gentilidad con la introducción de
la ley Evangélica: así don Iayme echase la secta Mahometica de los
reynos por él conquistados, y los sujetase al Evangelio y nombre de
Cristo. Todas estas cosas maravillosas que acaecieron en el
nacimiento del Príncipe don Iayme, como señales de un gran Rey
causaron en doña María su madre grandísima admiración para que a
imitación de la soberana María Reyna de los Ángeles las observase,
como misterios, y en su alma confiriese lo que de tan altos
principios se podía esperar. Porque no era muy diferente de la
tiranía de Herodes en la persecución del niño Iesus, y de su madre
bendita, lo que a don Iayme acaeció, cuando siendo muy tierno,
estando en la cuna (como el mismo lo escribe) le cayó una gran
piedra sobre ella (no se sabe si acaso o echada por alguno que
pensara muerto él, reinar) y aunque con grande estruendo rompió la
cuna quedó el niño sano, y sin lesión alguna. también por lo que
fue después perseguida la madre de sus hermanos, puesto
pleyto
contra ella, por quitarle el estado, y que por esto, como se dirá,
fue forzada huir a Roma, y sufrir tan gran dolor como padeció
dejando a su queridísimo (carísimo) hijuelo tierno, de cuatro años,
tan apartado de sí, y que después viniese a poder de sus enemigos,
aquellos que le mataron al padre: de los cuales tanto más se había
de recelar no matasen al hijo, por que faltase quien vengase al mismo
padre.



Capítulo
XIIII (XIV). Como el Rey puso divorcio con la Reyna, y del pleito de
sus hermanos contra ella, y como fue a Roma y hubo sentencia en favor
contra todos.

Desde que el Rey se partió de Mirauall, nunca
después hallamos que volviese a verse con la Reyna, ni bastó su
felicísimo parto, ni su gran paciencia, para ablandar tan duro
pecho, y que dejase de perseguirla tan a la descubierta, que vino a
hacer divorcio con ella. Y no paró hasta que la causa del divorcio
se remitió a Roma al mismo Pontífice Innocencio III, dando por
suficientes causas que doña María antes que casase con él había
consumado matrimonio con el Conde de Comenge en Guiayna, y tenido dos
hijas de él y que siendo este mismo
vivo,
sin haber sido apartada de él por autoridad de la iglesia ni dado
por
nullo
el matrimonio había contraído el postrero. Mas añadió por causa
de nulidad de su parte que antes de haber consumado el matrimonio con
doña María había carnalmente conocido una prima hermana de ella.
Lo cual entendido por el summo Pontífice cometió luego el
conocimiento de la causa a los principales Prelados de la Guiayna
reservando a si la decisión y sentencia que se había de dar sobre
ella. Pero prevaleciendo el poder y favor del Rey, y conociendo doña
María que su causa iba mal, determinó de recurrir (recorrer) al
mismo Pontífice, y declararle las causas que en descargo suyo y
firmeza del matrimonio tenía, las cuales en suma fueron. Como
forzada ella y amedrentada por las amenazas de muerte que don Guillen
su padre le hizo, hubo secretamente de contraer matrimonio con el
Conde de Comenge, con el cual tenía parentesco y que no se hubo
jamás gracia ni dispensación del Papa para poder legítimamente
casar con él. Y también que era muy notorio como el mismo Conde, al
tiempo que se casaron, estaba ya públicamente casado con dos
mujeres, ambas viudas (biuas), la una llamada Guillerma Barcen: la
otra hija del Conde de Bigorra, y que de las dos tuvo hijos. Toda
esta verdad del hecho bastantemente probada, se envió a Roma muy
autenticada y sellada, a darse en proprias manos de su Santidad. Pero
pareciendo a doña María, que tenía otras más justas causas para
impedir el divorcio,
las cuales no se podían descubrir sino a
sola la persona del Pontífice y también porque el favor del Rey
prevalecería en Roma, ausente ella, determinó de ir allá en
persona, para más bien de su carísimo hijo, el cual dejó
encomendado al gobernador de Mompeller para que hiciese de él a
voluntad del Rey: y ella bien acompañada llegó a Roma, a donde fue
muy honradamente recibida y tratada como Reyna, del Pontífice y
Cardenales y de todo el Senado y pueblo Romano. Y luego después de
oída su información particular, con las demás ya dadas, y muy bien
examinada la causa en contradictorio jvicio con los procuradores del
Rey: de consejo y voto del sacro Collegio de los Cardenales, y
auditores de rota, y habida consulta con los mayores letrados de
Italia, diose por sentencia. Que don Pedro Rey de Aragón estaba
legítimamente casado con doña María hija de don Guillen señor de
Mompeller, por haber sido pública y solemnemente in facie Ecclesiae
contraído el matrimonio: que no se podía deshacer por la objeción
por él hecha de parentesco que había trabado antes del matrimonio
con la parienta de Doña María. Lo cual era de ninguna fuerza y
valor, porque esto nunca se probó: y menos lo que se oponía del
primer matrimonio de doña María con el Conde de Comenge el cual fue
nulo, no solo por el parentesco que doña María tenía con el Conde,
pero mucho más, porque siendo este casado ya antes públicamente con
la hija del Conde de Bigorra, y habido hijos de ella, encubriéndolo
clandestinamente hizo el segundo con doña María que no lo sabía. Y
más porque con violencia de su padre fue forzada a consentir en
ello. Por donde no había lugar de divorcio por ser el matrimonio
legítimamente contraído. Esta fue la sentencia que contra el Rey en
favor de doña María se publicó en Roma, en el mes de Hebrero del
año, M. ccxiij, y quedó registrada en el libro de los decretales
Pontificales como la historia del Rey lo afirma. La cual sentencia
fue luego remitida por el Pontífice al Rey Don Pedro, juntamente con
un
rescripto,
por el cual su Santidad le amonestaba y rogaba aceptase y tuviese por
buena la sentencia en favor del matrimonio, pues se había
pronunciado después de haber sido muy mirada y examinada por el
sacro Collegio de los Cardenales y comunicada con los más célebres
Doctores de toda Italia, y que era como de la mano de Dios, por
quietar su conciencia y atajar tantas revoluciones y alborotos
de
sus reynos que fácilmente podrían seguirse de la división y
divorcio, mayormente por la honra de doña María, mujer (como lo
mostraba) prudentísima y Cristianísima: y también de su hijo don

Iayme común prenda de los dos. De cuya sucesión no podía
esperarse sino gran beneficio y pacificación para todos sus reynos.
Mas dudando el Pontífice que el Rey pasase por lo juzgado, cometió
la ejecución de la sentencia a los Obispo de Auiñon y Carcassona,
para que con censuras eclesiásticas compeliesen al Rey, no
admitiéndole apelación alguna, a obedecer la sentencia. Con todo
esto el Rey endurecido en su obstinación y pertinacia, no quiso
obedecer. Por esta causa la
Reyna, a efecto de librarse de la ira
del Rey, y por ver más al seguro el éxito (suceso) de sus negocios,
determinó quedarse en Roma, hasta que con la muerte del uno, o del
otro, le diese fin a tantos males. también por ver concluida la otra
causa y pleito que como dijimos, estaba contestado ante el mismo
Pontífice, entre su hermano y ella. En la cual también se dio
sentencia, y declaró el Papa, que Guillen
pretenso
hijo de don Guillen señor de Mompeller, como bastardo, nacido y
procreado en vida de la primera y legítima mujer de don Guillen
fuese inhabilitado para la sucesión y herencia del estado; y que
Doña María su hermana como única hija de don Guillé de legítimo
matrimonio nacida, era la verdadera y universal heredera, que sucedía
en los estados de su padre:
y por la misma causa declaraba como
la sucesión de Mompeller pertenecía al Príncipe don Iayme su hijo.
Con esta sentencia se dio final al pleito, y doña María quedó
pacifica señora de todo su estado.





Capítulo XV. Que el Príncipe don Iayme fue encomendado por el Rey
su padre al Conde Simón de Monfort, y como fue condenada la herejía
que se levantó en la ciudad de Albi.

Al tiempo que esto
pasaba en Roma, movido el rey por la furia y mala intención de
algunos, y por
la sentencia contra él dada, tenía tanta ira
contra la Reyna, que por su respecto mostraba del todo aborrecer a su
propio hijo don Iayme, ni curaba de hacerlo criar como quien era, ni
aun permitía se lo trajesen (truxesen) delante, puesto que debajo de
aquella tierna edad el niño, así con la presencia y dignidad de
rostro, como con la bella estatura y proporción de cuerpo, daba de
si grandes señales de su valor y magnanimidad real: de manera que
siendo de todos muy amado y respetado, a solo el Rey desplacía.
Hallábase a esta sazón en la corte del Rey un caballero principal
llamado Simón de Monfort Conde de Carcassona y Besiers, pueblos
principales de la Guiayna, vecinos a Mompeller, hombre hecho para paz
y guerra, y en armas muy señalado, y que estaba tan obligado al Rey,
que por su intercesión el mismo Pontífice Innocencio III le había
dado en feudo el Condado con otros pueblos. Este teniendo grande
lástima del niño don Iayme, y de la poca cuenta que de él se tenía
para criarlo como a hijo y sucesor en los reynos, rogó al Rey se lo
diese, que lo criaría en su casa, y tendría (ternia) especial
cuidado de enseñarle la disciplina y costumbres reales, y mirar por
él como quien era. No le pesó al Rey de la demanda del Conde,
porque pensaba era su fin prohijárselo para casarle con su hija
única, y hacerle sucesor en sus estados, por esto tuvo por bien que
se lo llevase. Horrible y miserable cosa, que se encomendase y diese
a criar el hijo, a quien antes de cumplir el año había de ser
homicida del padre que se lo encomendó. Era pues este Conde muy
valeroso caballero y capitán famosísimo de aquel tiempo, cuando el
mismo Pontífice mandó juntar grande ejército en Guiayna, y le hizo
general de él, contra los Condes de Tolosa, de Foix y de Comenge,
por ser autores y defensores de la herejía de los Albigenses que
poco antes se habían levantado en la ciudad de Albi en Guiayna,
renovando la aborrecible secta de los Manicheos, Arrianos, y
Vualdenses.
Uno de los que más impugnaron y persiguieron estos
errores con su continua predicación, y públicas disputas, fue santo
Domingo Español, que entonces era Canónigo reglar del orden de S.
Agustín, y fue después por él fundada la religiosísima orden de
Predicadores (como en el libro siguiente diremos) hasta que por el
dicho Pontífice se tuvo el celebérrimo Concilio Lateranense en
Roma, en el cual concurrieron los dos Patriarcas de Ierusalen y
Constantinopla, lxx. Arzobispos, cccc. Obispos, xj. Generales de
órdenes, y ccc Abades, y Priores de monasterios principales, además
de los Embajadores de todos los Reyes y Príncipes Cristianos: por el
cual fue condenada y confundida esta herejía, y los defensores de
ella condenados a privación de sus estados y señoríos,
aplicándolos al fisco de la iglesia, y cámara Apostólica. Para la
ejecución de esto el Conde Monfort por general del ejército, y
antes de todo esto comenzó ya a perseguir a los Condes. Por esta
causa el Rey, siendo cuñado suyo el conde de Tolosa, tuvo gran odio
al Conde Monfort, y entendió en perseguirle.






Capítulo XVI. Como el Rey movió guerra al Conde Monfort, el cual se
le humilló, y no queriendo aplacarle, le dio batalla campal, y mató
su real persona.

Crecía de cada día el rencor y enemistad
que el Rey tenía contra el Conde Monfort, con la nueva
ocasión
que para ello dieron los pueblos de Carcassona y Besiers, por
industria, como se sospechó, del mismo Conde en menosprecio y
notable afrenta del Rey, al cual los pueblos enviaron con engaño sus
embajadores, quejándose del Conde, que los maltrataba y regía
tiránicamente, que le suplicaban los tomase debajo su amparo y
defensa, porque a la hora se le entregarían todos con sus
fortalezas. Lo que siempre se creyó fue hecho con maña y arte del
Conde, para descubrir el ánimo del Rey si escucharía el
ofrecimiento hecho por sus pueblos, para con esta ocasión apartarse
de su amistad. Pues como el Rey viniese con poca gente a los pueblos
del Conde para tomar posesión de ellas y hacer luego venir gente de
guarnición para defenderlos como se lo habían pedido, salían sin
orden al camino, diciendo a voces que ellos emplearían sus vidas y
personas por su alteza, y que esto bastaba para tenerse por obligado
a defenderlos. Con estas palabras fingidas, juntamente con muchas
danzas de mujeres hermosas, que al Rey tanto agradaban, le
entretenían, sin dársele ni permitir pusiese guarnición de gente
en sus tierras. Entendida por el Rey la burla manifiesta, y que era
por invención del Conde ordenada, determinó hacerle abierta guerra
hasta coger su persona.
A lo cual se adelantó el Conde, y (como
dice la historia real) vino a una villa llamada Muret en el campo de
Carcassona, muy cerca de donde el Rey estaba con su ejército que de
presto había mandado hacer, y venir con algunos principales de
Cataluña. Trajo (truxo) el Conde para su defensa mil caballos
ligeros los más escogidos de la tierra, y se puso en orden, así
para acometer, como para defenderse del Rey: el cual como lo supo
movió su ejército, y se fue allegando para cercar la villa y
cogerle dentro. El Conde, que entendió esto viendo su peligro tan
manifiesto por la mucha gente que de cada hora aumentaba el ejército
del Rey, enviole a pedir treguas, y tentó con honestos partidos de
entregársele, queriendo antes hacer experiencia de la clemencia del
Rey, que por armas probar su fortuna. Como el Rey no quisiese
escuchar concierto alguno, antes con la sobrada cólera e ira hiciese
marchar el ejército contra la villa, sin aguardar la demás gente de
Cataluña que para otro día se esperaba, determinó luego en
llegando dar el asalto. Como el Conde vio la dureza del Rey, medio
desesperado, animó de nuevo a los suyos, protestando ante todos,
como se había rendido al Rey, ofreciéndole cuantos medios y modos
de paz había podido, por no venir con él a las manos: pero que pues
no había sido escuchado, ni podido sacar al Rey de su obstinación
sería muy gran mengua suya y de tan valerosa y lucida caballería
como allí se hallaba, rehusar la batalla.
Por tanto les rogaba,
que pues con haberse humillado al Rey, había mejorado su querella,
se esforzasen, y le ayudasen a salir con ella.

Y así
encomendándose todos muy de veras a nuestro Señor, y recibiendo su
santísimo cuerpo en el sacramento, como lo acostumbraban siempre
hacer al entrar en las batallas, salió al amanecer con sus mil
caballos de la villa, y fuese para el ejército del Rey, que ya se
había extendido en dos alas para cercar la villa, dejando aquella
parte, donde el Rey estaba, muy abierta, y mal guarnecida de gente.
Conociendo pues el Conde el pendón del Rey, que suele siempre guiar
la persona real, hizo un cuerpo de todo su escuadrón, mandando a
todos que a ningún enemigo, aunque se rindiese, otorgasen la vida, y
que no perdonasen a grandes ni a pequeños, ni a la misma persona del
Rey. Hecha la señal, arremetió con grande ímpetu con todo el
escuadrón contra el estandarte real, y fue tanto su ardor y
presteza, que antes que los del Rey, que andaban por el campo
esparcidos se pudiesen juntar para defenderle, los del Conde dieron
en el cuerpo de guardia, y los mataron a todos con el mismo Rey. Pues
como se publicase luego por el ejército la muerte del Rey, a la hora
desampararon el campo todos. Lo cual hecho, mandó el Conde recoger
su gente, y sin consentir se saquease el Real, ni entrar en las
tiendas, se volvió con toda la caballería a sus tierras: aliviando
su dolor y tristeza que de la muerte del Rey sentía, con la alegría
y gloria de la victoria.





Fin del libro
primero.



Continuar con el segundo libro