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domingo, 14 de junio de 2020

191. LAS TRES MORAS DE ZARAGOZA


191. LAS TRES MORAS DE ZARAGOZA (SIGLO X. ZARAGOZA)

Mohamed Altabill, rey moro de Zaragoza, estaba orgulloso de sus tres hermosas y jóvenes hijas a las que mantenía encerradas en palacio por temor a que pudiera sucederles alguna desgracia, pero tanto celo paterno desagradaba a las muchachas. Por lo tanto, no es nada extraño que un día de invierno las tres moras, que habían estado urdiendo un plan de fuga durante mucho tiempo, escaparan de palacio sin destino conocido.
Cuando el rey se enteró de la huida, preso de un sentimiento confuso, mezcla de ira y de temor, llamó a sus tres mejores alférecesAlí Malhalí, Alhor y Alshama— y les encomendó la búsqueda de las princesas. Cada uno de ellos tomó una dirección distinta.
Alshama —que estaba enamorado de Sobeya, una de las princesas— contrató a unos judíos expertos que lograron encontrar el rastro de las hermanas, lo que le condujo en dirección al Alto Aragón, pasando sucesivamente por Zuera, Huesca, Sierra de Guara y Boltaña, en plena tierra de cristianos, pues las tres hermanas huían en dirección a Francia para refugiarse allí, ya que eran conscientes de ser perseguidas. De nada le sirvió a Alshama reventar varios caballos por haber cabalgado día y noche, pues nunca lograba dar alcance a las fugitivas.
Cuando Alshama llegó a Boltaña, la gente del lugar le previno del inminente peligro que acechaba en la montaña nevada, aconsejándole que no se aventurara a seguir con la persecución pues las nubes del puerto presagiaban temporal. Pero el moro, creyendo tener ya al alcance de su mano a las fugitivas, desoyó los consejos y se dispuso a proseguir el viaje con sus hombres. Así es que, dejó atrás Aínsa, remontó el río Cinca aguas arriba y a punto estaba de llegar a las afueras de Bielsa cuando le sorprendió una violenta nevada, acompañada de una ventisca de muerte.
Un trecho más arriba, pues su ventaja era ya escasa, también las tres hermanas se vieron sorprendidas por el temporal, tanto que la nieve acabó con su huida al cubrirlas con un espeso manto blanco bajo el que perecieron heladas, y allí quedaron para siempre las «tres sorores», como les llamaron los cristianos, en el valle de Chistau. De Alshama, el alférez enamorado de Sobeya, nunca más se volvió a tener noticia.
[Dueso Lascorz, Neus Lucía, Leyendas de l’Alto Aragón, págs. 51-55.]

domingo, 24 de noviembre de 2019

JUAN MIGUEL, SOLDADO DE JUAN II


186. JUAN MIGUEL, SOLDADO DE JUAN II (SIGLO XV. ACUMUER)



En la aldea de Acumuer, hace de esto muchos siglos, una joven muchacha llamada Martina, que era pastora, buscando los jugosos pastos de los altos puertos, pasaba todos los veranos en la montaña cuidando con su inseparable perro un rebaño de cabras. Hija de una de las casas más antiguas y pudientes de todo aquel bonito valle era, no cabe la menor duda, bonita y trabajadora, pero Martina tenía, por decirlo así, un defecto: en cuanto se quedaba dormida no había quien la pudiera despertar.

La zagala estaba locamente enamorada de un joven y buen mozo que se llamaba Juan Miguel y que vivía en los puertos de Tena. Todos los días del verano, madrugaba con el alba el muchacho e iba presuroso hasta el lugar del monte donde se hallaba Martina con sus cabras y la despertaba cantando. Luego, tras pasar un buen rato juntos, volvía cada uno a su respectivo trabajo pensando en el momento de volver a encontrarse con el nuevo amanecer.

Pero una tarde, estando el rey Juan II de Aragón en guerra con el de Navarra, Juan Miguel se vio obligado que marchar como soldado sin poder decirle nada ni despedirse de su querida pastora.

Transcurrió aquella noche como cualquiera otra noche, pero por la mañana Martina no se despertó y continuó durmiendo así días y días esperando las canciones de Juan Miguel, que, mientras tanto, perdía la vida luchando cerca de Sangüesa.

Cansada ya de dormir, Martina se convirtió en piedra y allí se quedó para siempre, en lo alto del puerto, sin que sus familiares supieran nunca más nada de ella. Sin embargo, algunos tensinos descubrieron que desde entonces los montes que se recortan en el horizonte, cuando el sol se pone y ellos miran desde su valle, dibujan con sus picos la figura de una mujer, que parece permanecer siempre allí como dormida porque el zagal que la despertaba cada mañana no volvió de la guerra que un rey mantuvo contra otro rey.

[Mur, Ricardo, «Istoria de ra muller dormita...», Fuellas d’informazión d’o Consello d’a Fabla Aragonesa, 80 (1990), 16.]