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domingo, 28 de junio de 2020
340. LA DESAPARICIÓN DE UN PUEBLO: DAYMÚS
martes, 23 de junio de 2020
267. LOS PEREGRINOS ESCULTORES, BOLTAÑA

se dedicaba en paz a su trabajo y las horas se desgranaban lentas. De cuando en cuando, buscando el amparo de su hospital y de su hospedería, llegaban romeros que se detenían para reparar fuerzas antes de proseguir el camino de nuevo. Eran extraños por ser forasteros, pero no eran extrañados. La quietud y la calma de la villa se rompían mientras ellos estaban allí, pues en torno a cada uno de ellos solían arremolinarse sus gentes a la vuelta del trabajo para oír las historias de sus andanzas.
intimaron con los habitantes de la villa. Les llamó mucho la atención —y así lo hicieron notar en las conversaciones— la carencia en la iglesia colegial de un Crucifijo, ofreciéndose ambos a tallar uno si se les proporcionaba el material necesario y se les procuraba un local adecuado para trabajarlo. No pedían a cambio más que lumbre, una pitanza al día, agua y sosiego, accediendo a todo ello los boltañeses, con su cura a la cabeza.
Transcurrió una semana y pasaron más días sin dar señales de vida, tantos que comenzaron a sospechar las gentes de Boltaña si no habían sido engañados. La inquietud pudo con ellos y, tras deliberar sobre qué hacer, determinaron entrar en la estancia a pesar de lo pactado. Forzaron y abrieron la puerta de par en par, pero la sorpresa fue enorme pues dentro no había nadie: la burla se había consumado.
convirtió en objeto de veneración no sólo en Boltaña sino en toda la comarca. Lo curioso es que nadie se atrevía ni siquiera a nombrar a los romeros que habían sido sus artífices.
https://www.pasoapalmo.com/sobrarbe-entorno_boltana-boltana-colegiata_san_pedro.htm
lunes, 22 de junio de 2020
236. LA LAVANDERA MORICA DE SENA
Como en la mayor parte de los ríos que discurren por la parte llana de Aragón, a lo largo de la vega feraz del Alcanadre fue corriente la persistencia de población mora, incluso bastantes siglos después de haber sido vencidos los musulmanes.
A la orilla derecha del Alcanadre —nombre que en árabe significa «el puente»—, sirviendo de divisoria a los actuales términos municipales de Sena y Villanueva de Sigena, existe una modestísima elevación del terreno denominada «Tozal de la Mora», en la que, además de evidentes restos prehistóricos, pueden verse todavía bastantes de origen musulmán, lo cual no es de extrañar en absoluto. En este caso concreto, el nombre del tozal tiene una sencilla y poética explicación que se entremezcla con hermosos tintes de leyenda.
En efecto, cuando las huestes cristianas aragonesas se adueñaron de la población de Sena, cuando estaba muy avanzado ya el siglo XII, la población mora emigró casi en su totalidad, circunstancia esta que no sucedió en otras poblaciones de la comarca. No obstante, muchos años después de este éxodo masivo, los habitantes de Sena observaban, en numerosas ocasiones, que durante el día solía aparecer ropa tendida, de inmaculada blancura, puesta a secar sobre los tomillos y los romeros de la parte solana del tozal. En los alrededores, no se divisaba vivienda alguna, lo cual rodeaba de cierto aire de misterio a un hecho de por sí tan natural.
Algunos campesinos y pastores del pueblo de Sena aseguraban que, al regresar de sus faenas diarias y pasar por el lugar durante la noche o entre dos luces, creían ver o mejor intuían la imagen borrosa de una mora joven lavando en el río o caminando con pasos pequeños pero rápidos con la ropa seca recogida en un cesto, pero la morica desaparecía pronto de sus miradas como si fuera tragada por la tierra.
Durante muchos años, los habitantes cristianos de Sena siguieron viendo ropa limpia tendida sin poder identificar jamás a la lavandera mora, que debía ocultarse de las miradas curiosas de los campesinos y viandantes en algún subterráneo o cueva nunca descubiertos.
[Proporcionada por Benito Cavero.]

