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lunes, 18 de octubre de 2021

UN CUCURUCHO DE VERDADES AGRIDULCES A PROPÓSITO DE EL TANTO POR CIENTO.

UN
CUCURUCHO DE VERDADES AGRIDULCES A PROPÓSITO DE EL TANTO POR
CIENTO.


Con un secreto temor de lastimar la modestia del
público que frecuenta nuestros teatros, nos atrevemos a compararle
al rucio de cierta fábula, cuya mansueta condición corría parejas
con su buen seso. El honrado cuadrúpedo tenía un amo roñoso y
zalamero en una pieza, que, al darle sus tres piensos cotidianos de
paja, solía decirle:
-¿Te gusta, eh? Pues cómela a tus anchas,
hijo mío, y que aproveche. -
Hubo de repetírselo tantas veces
que el rumiante, cansado al fin de tragar saliva en balde y pasar por
primo, le contestó bufando de coraje:
- ¡Mal rayo te calcine,
amen! Dame cebada y verás si la escupo.



Si
el público fuese capaz de atufarse, ¿no podría dar un soplamocos
parecido a los encarnizados detractores de su honra, que diariamente
le echan la culpa de las majaderías que deslustran de continuo los
gloriosos blasones de la escena española? Bien podría encararse con
ellos aquel suavísimo borrego y descerrajarles a quema ropa un
trabucazo del tenor siguiente: - «Venid acá, Larras en calderilla,
torpes curanderos de la hispana literatura, gente ruin, de malas
entrañas y de peor entendimiento, ¿con que tildáis de crónica
estupidez mi exceso de benevolencia y cortesía? Sí: haceos miel, y
papáros han moscas. ¿Sería cristiano, sería decente que
emplease yo mi resoplido en silbar a todos los dramaticidas de
España? ¿Hay, por ventura, fuerzas humanas para tan enojosa tarea?
Y si os inclináis al uso de proyectiles, debo yo entretenerme todas
las noches en alfombrar el escenario de patatas, tomates y
zanahorias? Antes me cortaría la diestra que hacer servir a tan vil
oficio lo que Dios ha criado para sustento y regalo de la criatura. A
más de que ¿no sería barbaridad insigne quitar el pan de la boca a
los desventurados autores, sólo porque la naturaleza les ha
regateado su ración de chirúmen y su parte cotativa
de sentido común? Porque son tontos, ¿no han de comer? porque son
poco abiertos de mollera, ¿no tienen derecho a vivir? ¿No franqueó
el divino Salvador las puertas del cielo, no trató con especial
cariño a los pobres de espíritu? Pero ya adivino lo que vais a
contestarme. - Que coman, diréis, que vivan, que engorden, mas no a
expensas del buen gusto nacional y del limpio nombre de las musas
castellanas, sino echando sulcos, (surcos) sembrando hortaliza, educando vacas de leche, vendiendo café de moka,
despachando mostruarios, (muestrarios) haciendo copias a tanto el pliego, o
dedicándose a cualquier trabajo manual conforme con la rudeza de su ingenio y lo craso de su ignorancia.-¿Y no tenéis en cuenta,
desalmados, el titánico esfuerzo que se necesita para hacer cambiar
repentinamente de cauce a la actividad humana, para sacudir hábitos
inveterados; y sobre todo, lo mucho que cuesta al que una vez se ha
dejado engolosinar por los halagos de la gloria literaria, renunciar
espontáneamente al mentido panorama de sus futuros deleites?...
Sabed, en fin, raza antropófaga de pesimistas, que mi genial bondad
me mueve con más fuerza a amar entrañablemente a la dulce, la
noble, la celeste belleza artística, que a encarnizarme con los que
la deshonran y escarnecen.
Así ninguna gota de acíbar amarga la
copa de mis sabrosos banquetes espirituales, así la bendita
tolerancia y el ejercicio incesante de la caridad, lejos de amenguar
los placeres sublimes de mi alma, les prestan singular serenidad y
dulcedumbre.



Razón
le sobraría al discreto, sesudo y misericordioso público español
para discurrir en el sentido que llevamos apuntado. La necesidad
estética que corresponde a las funciones teatrales, no es ficticia
ni convencional: arranca del centro mismo de la humana naturaleza, y
consiste en ese vivo y sagrado interés que nos inspira todo cuanto
atañe a nuestros semejantes; sentimiento con tanto primor como
energía expresado por Terencio en aquel conocido verso: homo sum, et
nihil a me humani alienum puto.
El espectáculo de la vida humana
pierde en el teatro las dolorosas y terribles impresiones que nos
causa cuando es real y verdadero, al mismo tiempo que se acrisola,
ennoblece e idealiza con el mágico poderío del arte. Sentado ese
principio que por su llaneza está al alcance de todo el mundo, el
teatro es casi una condición de nuestra existencia social. Luego el
público que lo frecuenta, no ha de renunciar a los goces dramáticos,
cuya necesidad irresistiblemente a él le arrastra, sólo porque los
abastecedores de estos comestibles usuales de su espíritu se los
venden adulterados, o (para emplear una frase tan vulgar como
expresiva) les dan gato por liebre. La indulgente cordura que
caracteriza al público hispano no le permite abochornar con
injuriosas demostraciones de desagrado a los que así le engañan;
por esto, al igual de un convidado prudente y cortés, se ciñe a
dejar intacto el plato que no cuadra a su paladar, y a repetir cuando
le llena y satisface. Además (y aquí estriba principalmente la
defensa de nuestro público), ¿qué producciones dignas de alto
renombre ha dejado de honrar y enaltecer? ¿No ha saludado con
vítores de entusiasmo, con extremos de admiración los primeros
albores de todos los astros que hoy señorean el cielo de nuestras
modernas glorias dramáticas? ¿Quién sino él ha esculpido con
letras de imperecedero diamante en los anales contemporáneos de la
nación los nombres de Saavedra, Bretón, Hartzenbusch, Martínez de la Rosa, García Gutiérrez, Vega, Tamayo y Ayala? ¿No les ha
labrado con amorosa diligencia los pedestales de oro bruñido en
donde, estatuas vivientes, presiden a las fiestas de la Talía
nacional?



El
acontecimiento literario que acaba de remover en España todas las
inteligencias, todos los corazones, todos los entusiasmos y todas las
envidias, bastaría por sí sólo para dar la razón al público de
nuestra escena contra sus mal aconsejados fiscalizadores, si otros
hechos de igual índole no abogasen poderosamente en su favor.



Después
del espectáculo siempre antiguo y siempre nuevo de la naturaleza,
testimonio flagrante y vivo de la grandeza de Dios, ninguno tan grato
y sublime, a la vez, como el que ofrece el espíritu del hombre,
testimonio inmortal de su grandeza y de la de su Hacedor, avasallando
con misteriosa tiranía el espíritu colectivo de sus semejantes.



En
parte alguna como en el teatro resplandece con tan vívidos fulgores
esa propiedad del genio, patrimonio exclusivo suyo y compendio de sus
derechos dinásticos al trono del mundo moral. La última obra
dramática de Ayala ha conseguido y consigue en todos los ámbitos de
la monarquía, ese triunfo supremo, sin el cual las producciones de
su clase se hunden por su propio peso en las profundas aguas del
Leteo, a pesar de las sospechosas adulaciones de la amistad, y aunque
las prohijen y aclamen todas las escuelas estéticas, conocidas y por
conocer. No hay que hacerse ilusiones. La crítica por más títulos
que tenga para ejercer su dignidad censoria, nunca sujetará a las
leyes de su variable codificación la fantasía y el corazón del
hombre, que lleva, por otra parte, grabado en su alma todo aquello
que sus preceptos tienen de inmutable y eterno.
Lo que el público
ha celebrado ante todo en El tanto por ciento es la potencia
intelectual que revela. Cansada de medianías, harta de vulgaridades,
su hambre de verdad y de belleza vela en el fondo de su alma muchas
veces distraída pero pocas satisfecha. La obra de Ayala viene en pos
de producciones bastardas, flojas, necias e insustanciales, que han
dado singular realce a su valor intrínseco. Si exceptuamos La
Campana de la Almudaina, El mal apóstol y el buen ladrón, El sol de
invierno y Un duelo a muerte, largo tiempo hace que el público
necesitaba algún alimento nutritivo, sano y delicioso, para su
espíritu estomagado de tanto manjar fofo e indigesto. He aquí
porqué los aplausos que prodiga a El tanto por ciento van
adquiriendo la robustez y el arraigo de la gratitud. He aquí porqué
no sólo se muestra plácidamente dominado por la beldad del
conjunto, sino que, haciendo gala de un gusto sibarítico, y de un
criterio minuciosamente sagaz, logra saborear las bellezas de menos
bulto y los primores más sutiles y afiligranados de la dicción. El
entusiasmo popular que ha acogido el drama de Ayala, lleva, pues,
todas las condiciones apetecibles de fuerza, de espontaneidad y hasta
de una conciencia literaria muy superior al incauto abandono del
simple instinto.



¿Quiere
esto decir que El tanto por ciento carezca de imperfecciones? La
crítica ha andado certera señalando algunas, pero un pesimismo
exagerado le regatea hasta las bellezas más salientes, formándole
en cambio un capítulo interminable de cargos destituidos por lo
general de fundamento. Todos han sido refutados por multitud de
plumas distinguidas, y por lo mismo podría tacharse de oficioso
insistir en el particular. Pero conviene buscar las causas probables
de aquel encarnizamiento, como un dato más que acredite la bondad
innata del corazón humano, y lo mucho que ennoblece y purifica el
alma el comercio al por menor de eso que llaman letras.



Cuando
Ayala tenía apenas borrajeado (esbozado; borrón;
borrajear)
el croquis de su drama, cuando bajo el radiante cielo
valenciano meditaba concienzudamente su concepción, las auras del
Turia vinieron a Madrid henchidas de encomiásticas ponderaciones de
una obra que se hallaba todavía en el misterioso período de la
incubación. Concluida, subió de punto la estática (extática en
el original
) admiración de los que se vanagloriaban de haberla
oído. Pronto una turba mal nacida de turibularios imbéciles hizo de
Ayala el J. C. del arte, y de El tanto por ciento una obra inspirada
por el Espíritu Santo en persona y bajada respetuosamente del cielo
en alas de querubines nombrados ad hoc para ese nuevo mensaje a los
hombres de buena voluntad. Los que conocen la exquisita, noble y
veraz modestia de Ayala podrán rastrear lo que debió sufrir su
grande alma con tales demostraciones. Dada la primera representación,
los leales amigos y sinceros admiradores del autor, proclamaron como
excelente y bellísima su nueva producción, sin traspasar los
límites de su entrañable y puro entusiasmo. Pero la raza viperina
de envidiosos puso todo el fuego a la máquina para que estallase,
pero se quedó lindamente chasqueada cuando vio que el empavesado
navío, orgullo del arsenal que lo botó al agua, y regalo de los
ojos que lo contemplaban, hendía las olas con tranquila majestad,
dirigido el rumbo hacia las playas encantadas de la gloria. La
envidia, que es naturalmente diplomática, había procurado
exasperar, por decirlo así, la admiración popular, aguardando con
calma mefistofélica su período de reacción; pero el público no se
arrepintió de su entusiasmo y la reacción no vino. Entonces el lobo
arrojó su piel de zorra y empezó a clavar sus rabiosos colmillos y
sus garras carnívoras en la obra que poco antes ponía sobre el
mismo triángulo equilátero del Padre Eterno.
¡O abominación
de las desolaciones! La envidia convirtió contra la obra de Ayala
los mismos en encomios estáticos (extáticos) que antes le
prodigaba sin tasa ni medida. He aquí, con algunas raras
excepciones, el secreto de tantas diatribas como caen sobre la de El
tanto por ciento.


Para
coronar ese cuadro tan honroso para la literatura contemporánea,
dechado de alto decoro y mosaico riquísimo de todas las virtudes
imaginables; añadiremos que los dramaturgos despechados que no
pueden dar salida a sus géneros, hacen una guerra tanto más cruda
al drama, cuanto que es puramente mercantil, pues lo que más les
escuece no es la mayor suma de espléndida gloria que ha adquirido
Ayala, sino los medros materiales que ha granjeado, granjea, y lleva
camino de granjear el laureado poeta. Así es que cuando a invitación
de un sincero amador de la belleza artística, se ha tratado de
ofrecer un tributo de cariñosa admiración al autor de El tanto por
ciento, los primeros ingenios dramáticos y los más ilustres
escritores de España se han apresurado a suscribirse a este objeto;
y al contrario, los dramaticidas se han metido, verdes de ira, en la
concha de su propio envidiosamiento


¡Y
cómo les cuesta, Dios mío, digerir esa condenada manifestación con
que la literatura española (,) trata de perpetuar su profunda
simpatía por el autor afortunado de El tanto por ciento!...
«;Jesuuuus!, exclaman con voz de espeluzno y rostro de mal
disfrazada intención. ¿Qué van a decir D. Manuel y D. Juan
Eugenio? ¿Qué modo de honrar sus limpias y gloriosas canas! ¡Qué
modo de pagarles sus inmortales luengos servicios, premiando a sus
barbas con tan absurda solemnidad a un joven que empieza a
escribir!... ¡O país de cafres!» ¿Queréis (quéreis)
saber qué dirán aquellos dos patriarcas de la escena contemporánea?
Pues leed sus nombres coronados con la triple aureola del genio, de
la virtud, y de los cabellos blancos, leedlos al frente de la
suscripción (suscricion) para el proyectado obsequio. ¡Ah!
D. Manuel Bretón de los Herreros y
D. Juan Eugenio Hartzenbusch,
están acostumbrados a pasearse por las regiones luminosas en donde
mora el arte puro, y en su sagrado recinto se respira un ambiente de
serenidad y fortaleza que infunde pensamientos altos y acrisola el
sentir. Por eso la hidrópica vanidad ni el torcedor angustioso de la
envidia, no pueden anidarse en sus magnánimos pechos. Por eso se
complacen en aumentar con la majestuosa lumbre de su ocaso los
primeros albores del astro que nace festejado por la música de los
corazones.
Abrid los ojos, ensanchad el alma, y veréis que ese
tributo, no sólo es un estímulo para Ayala, sino para toda la
juventud de España que reúna elementos para enriquecer el parnaso
español con producciones de valía; para vosotros mismos, si
desertáis la infame bandera del mercantilismo literario, si
renunciáis a mirarlo todo al través de vuestra absorbente
personalidad, si en la fecunda admiración por el talento ajeno,
sacáis nuevos bríos para cultivar el propio.


Hora
es ya de que la necedad sea arrojada a latigazos del templo de las
musas patrias. Hora es ya de que sus buenos y esclarecidos
cultivadores mancomunen sus esfuerzos y fraternicen ardorosamente en
pro del porvenir intelectual de nuestra nación. Hora es ya de que se
oponga una imponente cruzada de inteligencias sanas y robustas a esa
horda de bandidos que han convertido los dominios inviolables de la
belleza artística en teatro de sus merodeos.
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martes, 23 de junio de 2020

LOS CORPORALES DE ANDORRA, Teruel

308. LOS CORPORALES DE ANDORRA (SIGLO XIV. ANDORRA)
 
LOS CORPORALES DE ANDORRA, Teruel


Un día del siglo XIV, los nubarrones que se cernían en torno al mediodía sobre Andorra se convirtieron en una tormenta descomunal al caer la tarde. Pocos recordaban una borrasca semejante. Los relámpagos cubrían e iluminaban el cielo durante varios segundos, los rayos se estrellaban contra las lomas circundantes, los truenos eran ensordecedores y el viento tenía la fuerza del huracán. Las calles del pueblo estaban completamente desiertas y quienes se hallaban en el campo en el momento del aguacero se quedaron inmóviles parapetados al amparo de la mayor piedra que pudieran encontrar.

No de extrañar, pues, que, como sucediera en tantos otros lugares, la iglesia de Andorra, dedicada a santa María Magdalena, quedara completamente destrozada por las voraces llamas de un incendio provocado por un rayo, pues el fuerte aguacero de la tormenta fue insuficiente para acallar el fuego, atizado por el vendaval.

Cuando amainó la tormenta, todos los vecinos, formando una cadena humana para llevar agua que sofocase el fuego, hicieron cuanto estuvo en sus manos para salvar la casa de Dios, pero todo fue inútil, quedando en poco rato tan sólo las cuatro paredes del templo, pues la techumbre de madera se desplomó por completo al suelo.

Cuando pudieron entrar en lo que fuera amplia y hermosa nave, todo estaba carbonizado, excepto el Sagrario de madera que, aunque chamuscado, aparecía completo. Si aquel hecho ya parecía milagroso, más inaudito fue encontrar dentro de él, intactas, las formas consagradas, aunque habían adquirido un cierto color tostado.

Como no podía ser menos, guardaron con mimo las hostias, pero a pesar de todo su conservación fue deficiente, hasta que el arzobispo zaragozano mandó labrar una arqueta de plata sobredorada para guarecerlas, pero para entonces ya sólo quedaban algunos trozos. De cualquier manera, lo sucedido, por inexplicable para la razón humana, sirvió de reflexión a los infieles, muchos de los cuales, tanto moros como judíos, abrazaron la religión de Cristo.

[Faci, Roque A., Aragón..., I, págs. 10-11.]

https://ifc.dpz.es/recursos/publicaciones/34/78/06_VI_Atractivos.pdf

LOS CORPORALES DE ANIÑÓN, SIGLO XIV, circa 1300

307. LOS CORPORALES DE ANIÑÓN (SIGLO XIV. ANIÑÓN)

LOS CORPORALES DE ANIÑÓN, 1300

En torno al año 1300, una noche aciaga, sin saber cuál fuera la causa, el templo dedicado a Nuestra Señora del Castillo del pueblo de Aniñón, lugar situado en la comunidad de Daroca, ardió por completo. Las enormes llamas envolvieron al edificio hasta devorarlo por completo, a pesar de los denodados esfuerzos de todos los habitantes del pueblo por salvarlo haciendo una cadena humana con cubos de agua.

Aunque durante varios días siguió saliendo humo del edificio en ruinas, afortunadamente el siniestro no produjo ninguna pérdida humana, pero era peligroso adentrarse en sus ruinas. No obstante, el sacerdote del pueblo —no pudiendo esperar por más tiempo para indagar si se había salvado algo en el interior del templo, lo cual era difícil— entró con unos feligreses, con gran riesgo para su integridad personal, pues todavía quedaban vigas de madera a medio quemar y lienzos de pared tambaleantes.

Lo que allí vivieron aquellas atrevidas personas fue un portento que maravilló a todo el mundo cristiano. Había ardido todo, excepto seis hostias consagradas y su hijuela que el sacerdote había guardado en el Sagrario, entre unos corporales, que igualmente quedaron intactos. El Sagrario, de madera, había desaparecido. A decir verdad, algunas de las sagradas formas quedaron mínimamente chamuscadas y cinco de ellas aparecían cubiertas en sangre, entre los corporales igualmente empapados, mientras que la sexta y la hijuela estaban unidas y se habían convertido en una especie de levadura.

La noticia del portento —milagro le llamaron los más— corrió veloz por todo el país, y hasta Aniñón llegaron gentes de todos los puntos cardinales, convencidos los más e incrédulos algunos. Naturalmente, también la monarquía aragonesa estuvo al tanto del prodigio, por lo que no es de extrañar que, años más tarde, el rey Juan II solicitara a los habitantes de Aniñón que le dieran la hijuela con la Sagrada Forma pegada a ella. Concedido el favor por los habitantes del pueblo, Juan II depositó aquel auténtico tesoro en la catedral de Valencia, junto con el Santo Grial.

[Lanuza, Historia eclesiástica de Aragón, I, lib. 5, cap. 32. Faci, Roque A., Aragón..., I, págs. 8-10.]

lunes, 30 de agosto de 2021

GABRIEL MAURA. L'ESPIGOLERA. AVANT!

GABRIEL MAURA.


Natural
de Palma, vingué a la llum del mon lo dia 4 de juny del any 1842.
Com la major part del nostres poetes, mostrá molt jove sa ardent
afició a les lletres, y escrigué ses primeres inspiracions en la
llengua de Castella. Prenguent part aprés en lo moviment


de
la nostra renaxença literaria, es feu notar en la lluyta dels
Jochs florals. En 1868 li adjudicá lo Consistori el segon accéssit
a la flor natural per sa poesia L'Espigolera, y de llavores en çá
ha obtingut diferents mencions. Tenim de sa ploma poesies líriques
del tot valentes com Avant! Lo darrer soldat, Les coves de Artá, y
altres.





L'ESPIGOLERA.


Diguem tú, la dels ulls negres,  La del rebosillo blanch,




Diguem
tú, la dels ulls negres,


La
del rebosillo blanch,


La
del giponet de sarja,


La
dels gonellons rallats;


Diguem
tú, la que l'axecas


Ab
los aucells tos germans,


Tú,
qu' en aubada, a la Verge


Li
dius: Bon dia y bon any;


Tú,
que com ells, la volada,


La
volada prens cantant,


Corrent
a cercar espigues


Axí
com ells cercan grans;






LA ESPIGADERA.


Dime
tú, la de los ojos negros y rebocillo (11) blanco, la del jubón de
sarga y de la basquiña listada;


Dime
tú, la que despiertas con tus hermanas las avecillas, y al rayar la
aurora, saludas a la Virgen deseándole buen día; (y buen año)


Tú,
que como ellas arrancas el vuelo cantando, y corres a buscar espigas
como ellas van a buscar el grano;





Tú, que veus lo que no
veuen


Los
segadors esburbats;


Tú,
que posas dins ta falda


Lo
que los fuig de ses mans;


Diguem
tú, l'espigolera,


Si
volrás espigolar


Lo
camp del meu cor, fa estona


Segat
per los desenganys.




no deus tenir, la bella,


No
deus tenir mes afany


Que
fer mes grossa maynada


Que
tes amigues no fan.



no deus tenir, la nina,


Mes
desitx que 'l de descans,


Y
de traure un rebosillo


Quant
las altres lo traurán;



no deus veure 'n tos sòmnis


Mes
qu'uns botons esmaltats,


Una
creu de pedres verdes


Damunt
gipó satinat,


Faldetes
color de rosa,


Capell
de pauma enflocat,


Y
que 'l dia de Sant Jacme


Balles
la primera al ball.


Diguem,
donchs, l' espigolera,


Si
volrás espigolar


Lo
camp del meu cor, hont xorda


Del
vent del desitx lo bram.





Tú, que ves lo que no
descubren los incautos segadores; tú que en la falda recoges lo que
escapa de sus manos;


Dime
tú, la espigadera, si querrás espigar en el campo de mi corazón
que segó hace tiempo el desengaño.



no debes tener, bella niña, otro anhelo que reunir más grande
manojo que el que allegan tus compañeras.


De
seguro que no tienes otro deseo que el de descanso, y el de estrenar
un rebocillo cuando lo estrenen tus amigas.


De
seguro que no ves en tus sueños más que una botonadura esmaltada,
una cruz de piedras verdes colgando en el pecho sobre el jubón
satinado,


Faldillas
color de rosa y sombrero de palma con cinta encarnada. De seguro que
anhelas sólo bailar la primera (12) en el baile, la fiesta de
Santiago (San Jaime, Jacme, Jaume, etc).


Dime,
pues, la espigadera, si querrás espigar en el campo de mi corazón,
que agita con furia atronadora el vendaval de mis deseos.






Semble'm que vius,
pajeseta,


Dias
de goig y de pau:


Les
festes vas a l'esgleya,


Los
altres dies al camp.


Semble'm
que anyoras les vel-les,


Vel-les
de lluna y de embat,


Que
passas a damunt l'era


Ab
tes amigues folgant.


Semble'm
que quant elles ballan


Ab
los missatges cansats,


Quant
mateixes y copèös


Sonas
ferint ab dos machs;


Quant
les cantes ab veu dolça


Les
cançons del temps passat,


Ton
cor axampla ses ales


D'un
cel d'amor per l'espay.


Diguem,
dolça espigolera,


Si
volrás espigolar


Lo
meu cor, que no grellassin


Las
espigues dins lo fanch!





¿Perqué
fins al pit acalas,


Hermosa
nina, ton cap?


¿Perqué
tes galtes se tinyen


Del
viu color de la sanch?


¿Perqué
una llágrima baixa


De
tos ulls espiretjants?


¿Perqué
de ton capell besas


Lo
sech clavell desfullat?





Paréceme, aldeana, que
vives días de paz y ventura: las fiestas oras en la iglesia, los
otros días trabajas alegre en el cercado vecino.


Paréceme
que impaciente esperas las noches apacibles de luna y halagadora
brisa, las noches que pasas en la era holgando con tus amigas.


Al
verte, haciendo chocar dos piedrecitas, seguir el compás de las
matexes y copèos (13) que ellas bailan con los mozos
fatigados;


Al
oírte entonar con voz tan dulce añejas canciones, paréceme que tu
alma tiende sus alas en un cielo de amor.


Dime,
tierna espigadera, si querrás espigar el campo de mi corazón, no
sea que brote el grano de las espigas en el fango!


¿Por
qué, hermosa niña, inclinas hacia el pecho tu cabeza? ¿Por qué
tiñe tus mejillas el color vivo de la sangre?


¿Por
qué se desliza una lágrima de tus ojos humedecidos? ¿Por qué
besas con tanto amor ese clavel mustio y deshojado?






Diguem, tendre
espigolera,


Si
lo goig no coneis ja,


Si
d'esta flor dins lo cálzer


Tots
los plers hi tens guardats,


Si
al partir cap a la guerra


Aquell
jove la l' va dar,


Aquell
jove ab qui tú anavas


Ab
los dits entrunyellats.....


¡Ton
plor diu, espigolera,


Que
ses gloses sols cantar,


Que
sols a ell veus en tos sòmnis,


Que
sens ell may tindrás pau!


¡Ton
plor diu, espigolera,


Que
de mon cor dins lo camp,


No
hi vols cullir les espigues,


Puix
son poques y entre carts!!...





____

Dime,
tierna espigadera, si es verdad que no conoces ya el placer, si
tienes guardada tu ventura en el cáliz de esta flor,


Si
te la dio al partir para la guerra aquel joven con quien ibas, tus
dedos con los suyos entrelazados.....


Bella
espigadera, que sueles entonar los cantares que él te dedicó, bien
claro dice tu llanto que solo su imagen ves en tus sueños, que sin
él no hallarás la dicha.


¡Tu
llanto dice, espigadera, que en el campo de mi corazón no querrás
recoger las espigas, pues son pocas y entre cardos!!...

____



AVANT...!



¿Ahont
van exes onades de gent tota febrosa?

¿Ahont
corre fatigada la vella humanitat?

Israel
de tots los setgles, de dins la núu polsosa

Qu'ella
alça, sempre mira lo terme desitjat.


Y
'l terme may arriba: flastoman y se quexen

Los
pobles y les rasses, mesclant verí del cor;

Y
vells Moïsés moren, y nous Moïsés nexen,

Y
'l genre humá camina, voltant lo vedell d'or,



Los
trossos d'unes taules rompudes ab follia,

Servexen
per les noves mes prest apedregar;

Les
lleys d'orde y justicia no viuen mes qu' un dia;

Tot
cau y se soterra del temps dins lo fossar.



ADELANTE...!

¿Adónde
va ese oleaje de calenturientas muchedumbres?

¿Hacia
dónde, desolada y jadeante, se dirige la caduca humanidad?
Israel
de todos los siglos, si envuelta corre en la polvareda que levanta,
nunca pierde de vista el término deseado.

Y
no lo alcanza jamás. Maldicen quejumbrosos pueblos y razas, echando
entre sus blasfemias las ponzoñas del corazón. La tumba de un
Moisés sirve a otro de cuna, y el género humano camina, girando
siempre alrededor del becerro de oro.

Sirven
los pedazos de las antiguas tablas que rompió el delirio para
apedrear con ahínco las nuevas establecidas. Un solo día viven las
leyes eternas de orden y justicia: todo se derrumba y sepultado queda
en el osario de los tiempos.



L'humanitat avansa... de
cent en cent jornades

Gegants
inmóvils troba just fites del desert,

Que
quant ha passat ella, no veuen mes qu' ossades,

Despulles,
sanch y ruines, fins que sa vista es pert.



Al
peu de cada setgle, la gran familia humana

S'aplega:
allá descansa de corre y de lluytar.

May
torna els ulls arrera; res al passat demana;

Lo
paradís que cerca, avant creu qu' ha d'estar.



Cuantre
els adorats ídols tot lo rencor rebenta

Dels
pobles que espurnejan p'els desenganys ferits,

Y
mostrantlos nafrada sa carn del coll sanguenta,

Los
tomban y calcigan, posant al cel sos crits.



S'axecan
altres ídols en lloch d'aquells que jauen,

Llansant
noves promeses, vestint un nou desfres.

Los
pobles los encensen, de jonollons tots cauen,

Clamant:
- “Redentors, gloria! La sanch del pit vostre es!” -



Los
ídols llavors criden: - “L'humanitat es lliure” -

Y
tiran ses corones, sos ceptres y mantells...

Los
pobles uns als altres es diuen: - “Axó es viure !” -

Y
rompen les insignies al peus dels deus novells.



La humanidad avanza....
De cien en cien jornadas se encuentra con unos gigantes inmóviles
que semejan los mojones del desierto. Tras ella no se ven más que
huesos y despojos, sangre y ruinas, hasta que a lo lejos todo se
borra y se confunde.

Al
pie de cada siglo agrúpase la gran familia humana, y descansa de sus
correrías y de sus luchas. Nunca vuelve la vista atrás; nada pide
al pasado. El paraíso de sus constantes ensueños lo imagina siempre
delante.

Contra
los ídolos adorados estalla el rencor de los pueblos que de enojo
chispean al verse heridos por el desengaño; y enseñándoles llagado
el sanguinoso cuello, los derriban y pisotean, poniendo el grito en
el cielo.

Levántanse
nuevos ídolos en lugar de los que yacen derrumbados; y esparcen
nuevas promesas vistiendo nuevo disfraz. Incienso les queman los
pueblos, y cayendo a su presencia de rodillas, exclaman: -
Redentores, gloria! vuestra es la sangre 
que
nos da vida! -

Entonces
prorrumpen los adorados: - La humanidad es libre! - y arrojan sus
coronas, sus cetros y sus mantos. Los pueblos se dicen unos a otros:
- Esto es vivir! - mientras hacen jirones sus insignias al pie de
los nuevos dioses.



La dignitat humana
d'honor queda sadolla

Quant
romp' una corona, quant té el ceptre romput.

¡D'una
corona uberta pot ferse 'n una argolla!

¡Dels
trossos d'un vell ceptre, grillons d'esclavitut !



Los
mes ardits s'axecan y diuen: - “Eixa terra,

No
es la promesa terra que tots venim cercant;

Als
quí vullan quedarse fassemlos mortal guerra,

Humanitat,
aixécat; camina cap avant...!” -



Lo
pobre, creu y s'alça.... camina que camina,

Després
d'un desert áspre, mes áspre desert vé:

Lo
vell cau y badalla, y al jove li matzina

Lo
cor: desitj, set, febra, p'el mon que promés té.



Quant
dins la polsaguera los folls ja es sempentejan,

Aquells
gegants altívols, los setgles inmortals,

S'esguardan
uns als altres, sonriuen y capejan,

Mirant
com jardins cercan corrent als arenals.



Y
passan les jornades, y 'ls desenganys may passan,

Y
fuig ab l'esperança la fe ab tot son etcís;

Los
pobles uns als altres los cors, fèrs, s'arrabassan,

Cercant
dins ses entranyes les claus del paradís.



Honrada y satisfecha se
encuentra la dignidad humana, cuando ha conseguido romper una corona,
cuando un cetro ha hecho pedazos. ¡De una corona puede forjarse una
argolla! ¡De los trozos de un cetro enmohecido, grilletes de cobarde
esclavitud!

Álzanse
los más osados y dicen: - Esta tierra no es la tierra de promisión
que todos buscamos. ¡Guerra mortal contra los rezagados! Levántate,
humanidad; no retrocedas jamás. -

Obedece
la sin ventura y se levanta:... camina y camina; después de un
áspero desierto, otro más áspero le sigue. Cae el anciano y
expira, y llenando de veneno los corazones juveniles, deja en ellos
el deseo, la sed y la fiebre en vez de la bienandanza que les
prometiera.

Cuando
entre la polvareda locos se empujan, míranse unos a otros aquellos
altivos gigantes, los siglos inmortales; y sonríen y cabecean al ver
como buscando con afán vergeles floridos, se pierden entre inmensos
arenales.

Y
pasan días y los desengaños nunca acaban: y la esperanza se va, y
se va la fé con todas sus íntimas fruiciones; y los pueblos
arráncanse fieros el corazón, buscando en las entrañas de las
víctimas las llaves del paraíso.




La sanch puja a la testa
del poble mes altívol;
Del mon ne vol fer cendra per fer son
dret etern:
- Ja qu'el cel mos ho nega, li diu son seny ombrívol,

Cerquem
dins avenchs fondos remeys que'ms do l'infern. -



Hi
baxan: negres roques un òli ardent hi suan;

Son
pous per hont trascola sos plors l'eternitat;

Dels
condemnats son llágrimes que fins allá traspuan;

Y
ungits son ab tal òli los reys de l'igualdad!



Les
grans ciutats ne regan, per viles l'espargexen,

No
hi ha poder ni gloria que ab ell no s'enderroch';

Quant
tot la flama ho crema, los pobles comparexen,

Per
veure la justicia sortir de dins lo foch.



De
dins la negra cendra sols surten cruels venjançes,

Sols
surten grans misèries, y s'alçan mes clamors:

Y
tornan caure els ídols, y mortes esperançes

Renaxen,
pera viure tant com los nous senyors.
….......

¿Ahont
van exes onades de gent tota febrosa?

¿Ahont
corre tan cansada, la vella humanitat?

Israel
de tots los segles, de dins la núu polsosa

Qu'ella
alça, sempre mira lo terme desitjat...



Sube la sangre a la
cabeza del pueblo más envalentonado, y para eternizar su derecho
quiere reducir a pavesas el mundo. Y dice, lleno de sombríos
pensamientos:
- Ya que nos niega el cielo la felicidad que
anhelamos, busquemos en los hondos abismos los remedios que nos da el
infierno. -
Y bajan a las pavorosas profundidades: rocas negras
sudan hirviente brea: son pozos por los cuales filtra su llanto la
eternidad. Lágrimas son de los precitos que allá misteriosas
gotean. Este es el óleo con que se ungen los reyes de la igualdad!

Riéganse
con él las más populosas ciudades y los villorrios más humildes.
No hay gloria ni poderío que le resista. Cuando todo es presa de las
llamas, se arremolinan los pueblos a su alrededor para contemplar
como renace de entre sus llamas el fénix de la justicia.

La
negra ceniza tan sólo brota venganzas crueles, sólo produce grandes
miserias y más fuertes clamoreos (clamores). Y otra
vez caen los ídolos, y marchitas esperanzas reflorecen para vivir la
edad de los nuevos señores.

….......


¿Adónde
va ese oleaje de calenturientas muchedumbres?

¿Hacia
dónde desolada y jadeante se dirige la caduca humanidad?
Israel
de todos los siglos, si envuelta corre en la polvareda que levanta,
nunca pierde de vista el término deseado.



Molt bella n'es la terra,
la terra suspirada!

Mes
ay! ningú l'ha vista, ningú la veurá may.

Dels
ulls malalts p'els vicis n'es fosca la mirada;

Cegats
los dexaria del cel lo pur miray.



Lo
paradís de ditxa, un mur ne té ab sèt portes;

Escrits
ab llamps flametjan los noms de sèt virtuts;

Adins,
tot son etcisos; afora, terres mortes,

Carners,
òdis, misèries, y 'ls aires corromputs.



Los
pobles de la terra, fermats a sa cadena,

Entorn
del mur fan cercles, les portes ungletjant;...

Per
cástich, Deu los fibla l'açot damunt l'esquena,

Y
ab veu de trò los crida: - “¡Humanitat, avant...!!” -

__________


Muy hermosa es la tierra,
la tierra suspirada! Pero ¡ay! nadie la ha visto, nadie la verá.
Ojos que el vicio anubló, siempre tienen sombría la mirada; ciegos
los dejaría el rutilante espejo de las venturas celestiales.

Amurallado
está el paraíso de la bienaventuranza y siete puertas tiene. Con
letras de relámpagos los nombres de siete virtudes llamean. Dentro
todo hechizos; fuera terrenos huérfanos de sol y rocío, osarios,
odios, miserias y aires corruptos.

Los
pueblos de la tierra, a su inquebrantable cadena amarrados, circulan
uñeando sus puertas entorno del muro. Por castigo Dios hace
restallar su látigo en sus espaldas; y con retumbante voz les dice:
- Humanidad, adelante!...-

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domingo, 12 de mayo de 2019

CRETAS, RECONQUISTADA EL DÍA DE SANTA PELAGIA

2.68. CRETAS, RECONQUISTADA EL DÍA DE SANTA PELAGIA (SIGLO XII. CRETAS)
 
Cuando Alfonso I el Batallador se decidió a sitiar el importante enclave de Fraga, en 1133, el rey estaba en condiciones de encomendar a varios de sus tenentes o seniores los castillos y villas de Nonaspe, Algás, Batea, Fayón, Horta de San Juan y tal vez Lledó, es decir, los tramos finales de los ríos Matarraña y Algás en el Bajo Aragón.

No es de extrañar, por lo tanto, que los no muy numerosos mozárabes que sobrevivían aún bajo dominio musulmán en poblaciones tan cercanas a aquéllas
—como Valderrobres, Beceite o Cretas— esperaran ansiosos su propia liberación.

Así las cosas, los pocos mozárabes que aún vivían en Cretas, Queretes, que estaban al corriente de la situación, con el cuidado que la ocasión requería para no soliviantar a los musulmanes, hacían cálculos y planes para un futuro que presumían inmediato, se quedaran o no los moros que de momento regían el
pueblo en condiciones muy precarias. Sin duda alguna, el rey les asignaría un tenente de su confianza para que garantizara la seguridad y la administración del territorio —tal vez una de las órdenes militares de Calatrava o san Juan—, pero había otras muchas cosas que dependían de sí mismos.

Sus sueños, no obstante, tuvieron que prolongarse para verse hechos realidad más de treinta años todavía, pues la inesperada derrota de Alfonso I el Batallador en Fraga, que significó un lamentable retroceso para la reconquista, fue también un duro golpe para los mozárabes de Cretas. De entre esos sueños pospuestos, uno muy importante para ellos y que les originó prolijas discusiones era la decisión acerca de la advocación a la que dedicarían el pueblo tras la reconquista. Como no llegaron a un acuerdo unánime, pues cada uno proponía un santo distinto, convinieron nombrar al santo o santa que la Iglesia celebrara el día en que tuviera lugar la esperada liberación.
 
Cuando, por fin, al mediodía de un ocho de octubre las llaves de Cretas eran entregadas al representante
del rey Alfonso II de Aragón por el alcaide moro, Pelagia, la santa de Antioquía, que había muerto tal día como aquel del año 290, se convertía en su valedora ante el cielo.

[Recogida oralmente.]
 
 
CRETAS, RECONQUISTADA EL DÍA DE SANTA PELAGIA  (SIGLO XII. CRETAS)
plaza mayor, con el pelleric en el centro
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Cretas (en chapurriau local Queretes​) es un municipio de la provincia de Teruel, comunidad de Aragón, España, en la comarca de Matarraña. Tiene una población de 632 habitantes (INE 2008) y tiene una extensión de 52,66 km². Se encuentra situada entre los pueblos de Valderrobres y Calaceite, cerca de los puertos de Beceite.
 
La prueba más valiosa de la presencia humana en Cretas corresponde a las pinturas rupestres descubiertas en su término municipal. En 1903, el brillante arqueólogo calaceitano Juan Cabré, descubre en el barranco del Calapatá las figuras de unos ciervos pintados, un toro, un caballo y una cabra, sobre la llamada Roca de los Moros. Dada la juventud de Cabré en aquel momento y, sobre todo, la novedad que suponía la aparición de motivos figurativos al aire libre, el hallazgo no se hizo público hasta 1907, por Santiago Vidiella a través de un breve artículo. Este descubrimiento y, muy especialmente, la publicación del calco de la otra Roca de los Moros del Cogul (Lérida) en el periódico La Veu de Catalunya atrae a Henri Breuil, uno de los más eminentes arqueólogos europeos del momento, que en colaboración con Cabré estudia las pinturas y descubre nuevas figuras más complejas y variadas en el barranco de los Gascons, el Abrigo dels Gascons, no demasiado lejos del Calapatá.
 
Estos hallazgos significarían el principio del estudio del hoy llamado Arte rupestre levantino (10.000-6.500 años antes del presente); expresión creencial de los grupos cazadores-recolectores y el más singular de los artes prehistóricos europeos. Transcurrieron varias décadas para que los investigadores se ocuparan de nuevo de estas pinturas; en las revisiones de principios de los noventa se identifica en ese friso la presencia de figuras humanas, concretamente dos arqueros característicos del Arte Levantino, que no se habían interpretado como tales en los trabajos precedentes.
 
El valor de estas expresiones creenciales-artísticas de Teruel -verdaderamente el que debe considerarse como el 1.er arte turolense- y de todo el sector de implantación del Arte Levantino, ha conseguido que desde 1998 sean declaradas por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad; máxima consideración que puede concederse a una obra humana. (Fuentes: Associació Catalana d'Art Prehistòric)
 
Algo más recientes en el tiempo, existen evidencias que permiten afirmar que el pueblo de Cretas se levanta sobre un antiguo asentamiento ibero. Cerca de aquí, en el barranco del Calapatar y en sus alrededores se concentran la mayor parte de los asentamientos ibéricos del Matarraña y más concretamente entre el triángulo Cretas-Calaceite-Mazaleón: los poblados de Los Castellans en Cretas, el poblado de San Antonio de Calaceite y el poblado de San Cristóbal en Mazaleón serían los más representativos del territorio. Entre los siglos V y II a.d.c. se concentró una población tan numerosa como la que actualmente puebla estas poblaciones, la mejora de las condiciones de vida y el comercio con los griegos y fenicios favoreció el nacimiento de una cultura “los íberos” y en nuestro caso la tribu de los Ausetanos del Ebro. Los eminentes arqueólogos como Juan Cabré Aguiló y Pere Bosch i Gimpera realizaron las primeras campañas de excavaciones en estos poblados y en el territorio.
 
 
Juan Cabré Aguiló, Calaceite, arte, museo
 
  • BREUIL, Henri; CABRÉ AGUILÓ, Juan (1909). "Les peintures rupestres du bassin inferieur de l´Ebre", L´Anthropologie, XX, Paris, pp. 313-326.
  • CABRÉ AGUILÓ, Juan (1915). El Arte Rupestre en España. Madrid.
  • UTRILLA, P.; MONTES, L.; MAZO, C.; RODANES, J.M. (1988). "Algunas figuras inéditas en abrigos rupestres del Bajo Aragón", Bajo Aragón Prehistoria, VII_VIII, Caspe, pp. 211-221.
  • ALONSO TEJADA, Anna; GRIMAL, Alexandre (1994). "El Arte levantino o el trasiego cronológico de un arte prehistórico". Pyrenae, 25, Revista de la Universidad de Barcelona, pp. 51-70. ISBN 84-475-0971-0.
  • GRIMAL, Alexandre (2002). “Cuestiones en torno a la investigación del arte rupestre postpaleolítico”. Bolskan, 16, pp. 177-192. ISSN 0214-4999.
  • ALONSO TEJADA, Anna; GRIMAL NAVARRO, Alexandre (2007). L'art rupestre del Cogul. Primeres imatges humanes a Catalunya. Lérida: Pagès Editors. ISBN 978-84-9779-593-7.

 

martes, 26 de octubre de 2021

VIII. LA CRUZ DEL OLIVO.

VIII.

LA CRUZ DEL OLIVO.

Era ya demasiado tarde para no llegar a deshora. Faltábanme por andar cerca de dos leguas y el sol había traspuesto ya la cima de las montañas y llevado tras sí las caprichosas ráfagas de oro y púrpura, que así cautivan la fantasía por la brillantez de su colorido como por la inestabilidad de su hermosura. Del lado de oriente la celeste bóveda iba tomando un color plomizo que por momentos se volvía más subido y avanzaba hacia el ocaso como la sorda corriente de un río. La noche amenazaba ser tempestuosa sobre completamente obscura. Las nubes que vagaban esparcidas juntábanse en una, como piezas soldadas por la mano de un artífice invisible. Silbaba el viento a mis espaldas, y su lejano silbido parecía salir de la garganta de una áspera sierra, crecía acercándose, y pronto los árboles bajo cuyas copas había pasado y luego los que me rodeaban y luego los que delante de mí tenía, aumentaban el fragor horrísono con sus crujidos y doblaban sucesivamente sus cabezas, cual turba de esclavos por entre quienes pasa corriendo la carroza de su despótico amo. Poco de risueño y agradable ofrecía la perspectiva de mi nocturna y solitaria jornada. Iba además montado en una mula que más que de andadora tenía de asustadiza, y a trechos se plantaba como un poste, sin darse por entendida a las insinuaciones de una vara de acebuche. Llevaba yo algo tirantes sus riendas; pero del todo flojas las de mi imaginación. No sé qué miedo pueril, qué terror vago me había sobrecogido, y yo mismo le daba pábulo con mis disparatadas creaciones. Como el Menedemo de Terencio atormentábame a mí mismo aunque por diferente estilo. Convertía en gigantescas apariciones las nubes de vagos e irregulares contornos, en vampiros y espectros el negro follaje de los arbustos y matorrales, en silbos de serpientes y bramidos de fieras el intermitente rumor de los vientos. Poblaba aquellos pacíficos valles de monstruosas alimañas, extravagantes como en los libros de caballerías, simbólicas como en las visiones de los profetas, y al sentir que mis cabellos se erizaban, que un sudor frío bajaba por mis espaldas y que un rápido estremecimiento recorría todo mi cuerpo, experimentaba una extraña complacencia, percibía un sabor agridulce en este género de sensaciones.

En un espeso olivar, y junto al sendero por donde yo pasar debía, hay un viejo olivo en cuyo tronco se ve clavada una cruz de madera. Qué triste historia me recordaba esta cruz semejante a la de una tumba en el desierto! 

Apoyándose en un grosero bastón y llevando colgada del brazo una esportilla de palma, una noche de las más crudas del invierno, dirigíase a su rústico albergue un anciano, agobiado bajo la triple carga de los años, de las enfermedades y de la indigencia. Inútil ya para las pesadas labores del campo imploraba la caridad de los arrendadores que en ellas le habían ocupado, y vivía del pan de la limosna recogiéndolo fatigosamente de alquería en alquería. 

Cuán blando y sabroso se le volvía este pan al remojarlo en agua y compartirlo con sus nietecitos, al calor de las encendidas ramas que ellos recogían también como de limosna en los bosques y olivares convecinos! Falto de aliento, molestado por el hambre, transido de frío acercábase al término de su lenta excursión, esperando con afán la única hora de su consolación harto mezquina, cuando un ataque epiléptico le hizo caer sin sentido. Aquella noche las estrellas brillaron con toda la magnificencia de sus trémulos resplandores, y al volver la luz del día el agua, de los charcos se presentó convertida en cristalinos témpanos, y al pie del funesto olivo se encontró un cadáver congelado como el agua de los charcos. El pobre mendigo había muerto de frío. 

No es verdad que este es un género de muerte sobremanera horrible? Morir así, morir como un pájaro a quien sobrecoge una nevada! Mas, ¿cuánto tiempo resiste una avecilla, y cuántas horas pudo prolongarse la agonía de aquel desdichado? Cuántos esfuerzos haría para levantarse, para acurrucarse siquiera? 

Deliciosamente trascurren las horas de una velada de invierno en esos elegantes salones donde la profusión de la riqueza, los progresos de la industria y el refinamiento de las artes acumulan todas las comodidades que puede apetecer el más sensual epicureísmo. Cubiertos los muros de hermosos tapices, el suelo de mullidas alfombras, el techo de preciadas pinturas, desde la marmórea chimenea se extiende el blando calor de las resinosas astillas, y globos de labrado cristal suavizan la claridad de multiplicadas bujías. Alternan las guirnaldas de flores con las diademas de perlas, y chispean con variados reflejos la porcelana, el oro y los diamantes. Recostados lánguidamente en acolchados sillones saboreamos los placeres de la conversación, las ilusiones del amor, los encantos de la sociabilidad humana en medio de una atmósfera impregnada de luz, de aromas y de plácidas armonías. Qué sucediera entonces si, mientras nos hallamos en el pleno goce de la vida, a manera de la mano que apareció en el festín de Baltasar, una voz sobrenatural exclamase: Ahora, en este mismo instante, en medio de un lóbrego desierto, solo y desamparado, un hermano vuestro se está muriendo de frío!

Quién hubiera vaticinado semejante muerte al mendigo cuando era recién nacido? Y hay quien haya podido decir: Bienaventurados los que tienen hambre y sed, los que derraman lágrimas y padecen frío? Si quien lo dijo no era más que un mero filósofo en verdad que es extraña y absurda su filosofía. Diógenes a lo menos quería calentarse con los benéficos rayos del sol. Si no era más que un hombre el que proclamaba un sistema tan contrario a los instintos de la naturaleza, razón tuvo Herodes para tratarle de mentecato. Él aspiraría sin duda a la gloria de la originalidad predicando doctrinas no importadas del Oriente, ni discutidas en el Pórtico o en la Academia; pero, y sus discípulos? Locos! que arrostraron los suplicios y la muerte por el extravagante gusto de sufrir hambre y sed, verter lágrimas y tiritar de frío. Qué valor tiene la palabra de un mero hombre para santificar los padecimientos y hacer aceptable lo que a todos los hombres repugna?

Vocingleros de la igualdad, cuando habréis dado a cada individuo un salón confortable en que pueda aspirar de una vez todas las seducciones de los sentidos, ¿cómo impediréis que un viajero sea acometido de un ataque epiléptico y perezca de frío abandonado en medio de un camino? Sin duda la igualdad que preconizaba aquel a quien llamáis el primer socialista, es una cosa más elevada y sublime que vuestras ideas. Qué tienen que ver las ideas que se realizan en el cielo con las que se concretan a la tierra? Qué tiene que ver el vuelo del águila con las rastreras huellas de los reptiles?

Si no hay otro mundo más que este en que vivimos no se venga el doctor Pangloss a decirnos que es el mejor de los mundos posibles aquel en que uno puede morirse de frío. Alfonso el Sabio dijo que él hubiera arreglado mejor el sistema solar y planetario. Cuando los reformadores del género humano habrán desterrado de todo el orbe el hambre y la sed, la desnudez y el frío, también lo habrán arreglado mejor que Dios. Pobre Creador que no previó que el hombre debia corregirle la plana y enmendar así su obra!

Nada más humillante para la soberbia humana que la vanidad de sus decantados triunfos, y el continuo sonrojo que debieran acarrearle sus insensatas aspiraciones. Remóntase el espíritu a regiones ideales, y toma por su mayor habilidad la de cernerse en el vacío. Qué aparato de ciencia, qué trabajos de investigación, qué tesoros de poesía no ha malgastado para elaborar sistemas que tienen tanto de falaces como de ingeniosos? Existen en la actualidad, como existían en otros tiempos, alquimistas que buscan la piedra filosofal, sólo que ahora han cambiado de nombre y de procedimiento. Y no está todo el daño en la manía de buscarla, lo peor es el empeño de persuadirse y persuadir a los demás que la han encontrado. Qué de esfuerzos para trasformar en jardín de delicias lo que nuestros padres llamaban valle de lágrimas!

Qué de razonamientos y seducciones para hacernos creer que es una deleitosa morada lo que decían aquellos que era un escabroso camino! 

Más de tres mil años ha que se oyera un grito de dolor capaz de conmover las entrañas más empedernidas: El hombre nacido de mujer, viviendo breve tiempo está relleno de muchas miserias. Representaba a la humanidad el que echado en un estercolero tan hondamente gemía. Ahora el muladar desapareciera de la escena; pero de blando y perfumado lecho, cubierto de holandas y damascos, saldría un quejido de igual intensidad y amargura.

Oh cruz consoladora para los que creen que en tus brazos espiró el  Hombre-Dios! qué bien que estás en el sitio donde cayó el infeliz mendigo, recordando las miserias de la vida y las esperanzas de la inmortalidad!

Sumergido en estas reflexiones caminaba en medio de una obscuridad completa, confiado en el instinto de mi cabalgadura: esta se paró de improviso y no hubo medio de hacerla pasar adelante. Me vi obligado a apearme, detúveme un rato, y sin duda me senté en una piedra. Yo no estoy seguro de haberme sentado, pero es lo más probable que así lo haría. Entonces vi a mi lado un cadáver y conocí que era el infeliz mendigo; a pesar de no haberle visto en mi vida, y de que hacía más de treinta años que había muerto. Conocíle entonces como si la víspera hubiésemos conversado familiarmente. Contemplaba yo su rostro pálido y demacrado, sus ojos horriblemente abiertos, sus labios que me decían palabras que yo no entendía, su vestido hecho jirones, sus miembros tiesos y envarados. A su lado se veía la esportilla de palma, y un frío espantoso coagulaba la médula de mis huesos. De repente se acercaron cuatro hombres de gigantesca estatura, descalzos y vestidos a manera de disciplinantes con sus negras túnicas ceñidas de un cordón y sus larguísimas caperuzas, cogieron al difunto, lo pusieron tendido en una camilla, y colocándola sobre sus hombros empezaron a andar: y yo les seguía, y seguíales también una turba de mujeres y niños que lloraban en silencio y se mesaban sus desgreñadas cabelleras. Bañaba el espacio una claridad enfermiza, y en lo alto del cielo se veía la luna, grande como una era, pero sin brillo alguno como si fuese de cristal esmerilado. Caminábamos por una vasta llanura sin árboles ni plantas, y toda cubierta de una capa de nieve. Entonces vi que nos precedían dos largas hileras como de capuchinos con los brazos cruzados y las capuchas caladas, murmurando un canto lúgubre y monótono, canto que nunca había oído, que hacía erizar mis cabellos y cuyas palabras no podía comprender. Al canto de los frailes se mezclaban los ecos de trompetas y clarines, y yo percibía claras y distintas las pisadas y relinchos de los caballos; pero por ningún lado podía descubrir los escuadrones de Caballería. Subimos una colina, en su cumbre había tres pinos secos y en ellos tres hombres ahorcados, y mientras yo pasaba al uno se le cayeron los pies, al otro los brazos y al tercero la cabeza quedando su cuerpo pendiente de la cuerda, y las mujeres y los niños lanzaron un gemido espantoso. Entonces obscureció, y vi que cada fraile llevaba una vela de resplandor pálido y mortecino, apareciendo como dos hileras de luciérnagas, y entramos en una calle de cipreses, y luego por la boca de una larga, estrecha y tortuosa caverna. Apretábame la turba y sentí que me pisaban, pero eran pies descarnados y solamente de hueso: La caverna se transformó de repente en un patio inmenso, alumbrado por una lámpara sola y rodeado de nichos sepulcrales, y los que llevaban al difunto lo depositaron al pie de un crucifijo de estatura natural que en medio había. Y todos los capuchinos se agruparon y se hincaron de rodillas, bajáronse las capuchas y en vez de cabezas descubrieron cráneos pelados y desnudos, que me miraban con sus cuencas vacías como asombrados de ver entre ellos un viviente. Entonces del costado del crucifijo brotó un chorro de sangre y todos los cráneos quedaron salpicados, y luego los frailes y el difunto y las mujeres y los niños se empequeñecieron, se empequeñecieron hasta desaparecer del todo. Los nichos que estaban abiertos se vieron de repente cerrados con sus lápidas funerarias, y yo quedé solo al pie del crucifijo. Aterrado por aquella escena arranqué un grito de lo más profundo del corazón exclamando: Misericordia Señor

Entonces advertí que estaba sentado en una piedra, y al reflejo de algunas estrellas que habían aparecido, distinguí la cruz clavada en el olivo, y la mula, que se había asustado de un viejo serón echado en medio del camino, pacía tranquilamente la yerba de sus alrededores.