sábado, 29 de junio de 2019

LA RECONQUISTA DE EJEA RECONCILIÓ A ALFONSO I Y URRACA

98. LA RECONQUISTA DE EJEA RECONCILIÓ A ALFONSO I Y URRACA (SIGLO XII. EJEA DE LOS CABALLEROS)
 
LA RECONQUISTA DE EJEA RECONCILIÓ A ALFONSO I Y URRACA  (SIGLO XII. EJEA DE LOS CABALLEROS)
 
 
Las cosas entre Alfonso I el Batallador y doña Urraca, su mujer y reina de Castilla, no iban bien, como era
notorio y sabido. Las desavenencias entre ambos eran constantes, motivadas fundamentalmente por las indecentes satisfacciones que la reina usaba con algunos de sus ricos hombres castellanos y por los
recelos que levantaban los soldados aragoneses y navarros en sus constantes andanzas por tierras de Castilla. Sin embargo, también existieron momentos de calma entre don Alfonso y doña Urraca,
logrados a veces de manera sorprendente, como en el caso que ahora nos ocupa.

Era Ejea un enclave tan importante y tan bien guardado dentro del sistema defensivo musulmán que su reconquista causó sensación no sólo entre los aragoneses, a los que llenó de gozo la noticia, sino también entre los castellanos, de modo que esta importante victoria del rey aragonés surtió mejores efectos en las relaciones turbulentas del matrimonio que cuantos oficios pacificadores se habían intentado hasta entonces.

Ante los ojos de doña Urraca, la figura de su marido, Alfonso I, se agrandó y llegó la paz de momento a la pareja, que se reconcilió, causando enorme disgusto en algunos nobles castellanos que deseaban el fracaso definitivo del matrimonio.

Aunque quedaba por delante todavía mucha tierra de moros por reconquistar, como luego haría el rey aragonés, la fiesta inundó al campamento cristiano y el Batallador, en una sencilla pero emotiva ceremonia, decidió tomar para sí el título de Emperador de España.

Por esta razón, lo mismo que la ciudad de Toledo había recibido en su momento el calificativo de Imperial, bien pudiera Ejea haber pretendido igual tratamiento y honor.
 
[Ferrer y Recax, Joseph Felipe, Idea de Exea, págs. 67-69.]
 
 

(no confundir con la urraca ave, aunque algún parecido tendrían).
 
urraca, picaraza, garsa, pica pica, Urraca de León, Alfonso I el batallador
 

LA ESCOLTA CHESA DE ALFONSO I (SIGLO XI. ECHO)

97. LA ESCOLTA CHESA DE ALFONSO I (SIGLO XI. ECHO)
 
LA ESCOLTA CHESA DE ALFONSO I (SIGLO XI. ECHO)
 
 
Aunque nacido en Echo, el que luego sería Alfonso I el Batallador fue educado en el monasterio de San
Pedro de Siresa no sólo en el dominio de las letras, sino también en el arte de la caza.

Desde allí, con apenas doce años, decidió un día salir de caza, encaminando sus pasos hacia los roquedos de la Boca del Infierno, desfiladero que había recorrido en varias ocasiones. Pero aquella mañana a punto estuvo de morir.

Aunque atentos, el joven Alfonso y sus acompañantes iban confiados cuando un enorme oso (onso) les cortó el paso con gesto amenazador. Los servidores, aterrados, retrocedieron dejando solo al infante, quien, con serenidad impropia de su corta edad, apuntó con el arco al animal hiriéndole con una flecha y
logrando detenerle en un primer instante.

La herida no fue suficiente y el oso, recuperado, se abalanzó sobre don Alfonso, que retrocedió unos
pasos para defenderse, hasta caer de espaldas por el precipicio, aunque pudo asirse milagrosamente a un boj, mientras una piedra lanzada desde lejos abatía a la fiera. A la vez, un fornido mozo, que no formaba parte de la expedición, pudo coger al infante por la cintura y lo elevó al camino, mientras los integrantes de la comitiva estaban todavía ocultos.

Preguntó Alfonso quiénes eran su salvador y los otros jóvenes que le acompañaban, resultando ser
pastores que habían visto la escena desde el otro lado del río, decidiendo intervenir. También el mocetón preguntó al joven cazador quién era, quedando sorprendido cuando le dijo que era el hijo del rey.
 
Don Alfonso, gratamente sorprendido por el arrojo de sus salvadores, pidió al mayoral que entraran a su
servicio, pero éste, antes de dar una contestación, le preguntó que en calidad de qué se les requería. Y el infante, sin dudarlo ni un momento, les dijo que como monteros reales, y, como tales, le acompañarían siempre no sólo en la caza sino también en las campañas militares que sin duda habría de emprender.

Decidió formar así una escolta personal de monteros reales compuesta por chesos, a los que la
historia recuerda como valerosos y abnegados, siempre al servicio del Batallador.
 
[Celma, Enrique, «Los monteros reales...», en Aragón, 229 (1953), 8-9.]
 
 
 
 
Jota en cheso, s´ha feito de nuei (nuey), noche, nit.