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jueves, 21 de noviembre de 2019

LOS MUÑOZ Y LOS MARCILLA, FRENTE A FRENTE


173. LOS MUÑOZ Y LOS MARCILLA, FRENTE A FRENTE
(SIGLO XV. TERUEL)

Pocos jóvenes tan gallardos y engreídos como Alvar Sánchez Muñoz, admirado por las muchachas turolenses y deseado para emparentar con su casa por varias familias. Sin embargo, Alvar tenía predilección, que no amor,
por Sancha Martínez de Marcilla, hija de Juan Martínez de Marcilla, cabecera de los linajudos Marcilla, enemigos tradicionales de la familia Muñoz.

Alvar hacía objeto a Sancha de constantes mofas, tanto en público como a través del patio común de sus casas, con el beneplácito de su familia. No obstante, como suele ocurrir tantas veces, aquel odio y encono se convirtieron de repente en atracción mutua, primero, y en amor, después.

Desde ese instante, la vida de Sancha y Alvar cambió. El deseo de estar juntos se vio naturalmente dificultado. Y, aunque ambos jóvenes se ganaron la comprensión de la dueña que velaba por Sancha y lograron burlar toda vigilancia, la situación se hizo tan insostenible que decidieron confesar sus sentimientos. 
La reacción de los padres fue fulminante. Él fue enviado fuera de Teruel; ella, confinada en una lóbrega habitación de la casona familiar. Dejaron de verse durante varios meses, pero esa circunstancia no apagó sus mutuos sentimientos.

Estando así las cosas, sucedió que Alfonso V pasó por Teruel camino de Valencia, y el Juez de la villa —a la sazón un Marcilla—, tratando de pacificar a las distintas banderías, organizó una fiesta en el alcázar real a la que, por deferencia o por miedo, asistieron todos. Alvar y Sancha no sólo tuvieron ocasión de verse, sino que, al son de la música, mientras danzaban, planearon la huida juntos.

El día convenido, en sendos caballos, tomaron rumbo a Alfambra y Montalbán, pero fueron descubiertos. La persecución duró poco y aunque Alvar se aprestó a luchar, sus perseguidores acabaron con su vida. Los Marcilla salieron impunes del lance, puesto que el fuero turolense penaba el rapto, aunque lo fuera con consentimiento de la persona raptada.

Un peirón de piedra, quizás mandado levantar por Sancha, fue testigo del lugar de la tragedia, mientras los Marcilla y los Muñoz perseveraban en su encono.

[Del Tornero, Andrés, «La Cruz del Peirón, leyenda turolense», en Heraldo de Teruel, 8 (1896), 2-4; 9 (1896), 4-6.
Caruana, Jaime de, «La Cruz del Peirón», en Relatos..., págs. 94-101.]