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lunes, 22 de junio de 2020

259. LA REINA SANCHA FUNDA EL MONASTERIO DE SIGENA


259. LA REINA SANCHA FUNDA EL MONASTERIO DE SIGENA
(SIGLO XII. VILLANUEVA DE SIGENA)

259. LA REINA SANCHA FUNDA EL MONASTERIO DE SIGENA  (SIGLO XII. VILLANUEVA DE SIGENA)


A fines del siglo XII, las órdenes militares del Hospital (o de San Juan de Jerusalén) y del Temple estaban de moda en Aragón, tanto por la importancia adquirida tras el testamento de Alfonso I el Batallador como por la fama ganada en la defensa de los Santos Lugares y en varias acciones reconquistadoras en tierras del Ebro.

Entre ambas, el espíritu femenino eligió aquella que mejor parecía satisfacer sus anhelos, ya que les brindaba la oportunidad de dedicarse a las funciones caritativas para con los enfermos de su sexo. Así es que cuando la reina doña Sancha, esposa de Alfonso II de Aragón, decide fundar el monasterio de Sigena para recogimiento de damas de la nobleza como monjas hospitalarias el fermento es enorme.

Existía ya una congregación masculina hospitalaria en Sigena y allí tuvo lugar un hecho extraordinario que fue decisivo para elegir el enclave definitivo y actual. La zona era pantanosa y propicia para el pastoreo, de modo que, durante varios días, un toro venía separándose sistemáticamente de la manada. 
El pastor, extrañado por el hecho tantas veces repetido, decidió seguirle una tarde, hallándole en total quietud observando una imagen de la Virgen en medio de uno de los islotes. Con gran fervor por parte de los habitantes de la comarca, se llevó la imagen a la iglesia del pueblo, pero una y otra vez desaparecía para volver a la pequeña isla.

Llegó a la corte la noticia del prodigio y la reina doña Sancha, que andaba buscando entonces un lugar adecuado donde erigir su cenobio hospitalario, no lo dudó, puesto que estaba claro que la Virgen deseaba permanecer en el lugar elegido por ella, por lo que había que acondicionarle un abrigo decoroso, levantarle un altar, una iglesia, un monasterio entero.

La construcción del monasterio en Sigena motivó el traslado del pueblo existente aguas abajo del río Alcanadre, dando lugar a la «villa» nueva de Sigena, o sea, Villanueva de Sigena. El nuevo cenobio, aparte de su acción religiosa y asistencial se destacaría como centro organizador y repoblador de la comarca entonces semidesierta de los Monegros.

[Ubieto, Agustín, El Real Monasterio de Sigena..., págs. 16-17.]


domingo, 14 de junio de 2020

199. EL TESORO DE CAÑARDA


199. EL TESORO DE CAÑARDA (SIGLO XII. CASTELLOTE)

CARLOS TEIXIDOR CADENAS, Castellote
CARLOS TEIXIDOR CADENAS, Castellote


Las poblaciones musulmanas de los alrededores habían ido cayendo una tras otra en manos de los cristianos, pero el golpe definitivo a estas tierras del Bajo Aragón lo asestó el rey Alfonso II, amparado en las Órdenes Militares: los musulmanes estaban siendo empujados hacia el Mediterráneo. En aquellas condiciones, la suerte de los moros de Castellote estaba echada, puesto que no cabía esperar ayuda ninguna.
Cuando los habitantes moros de Castellote tuvieron la certeza de que sus horas como dominadores estaban contadas, como ocurriera en tantas otras poblaciones, comenzaron a pensar en la huida, que no podía tomar otra dirección que la del reino musulmán de Valencia.
Como les era imposible llevarse encima todas las que habían sido sus pertenencias, y como, al fin y al cabo, pensaban que la gravedad de la situación podía atemperarse e incluso restablecerse la situación anterior, antes de salir de Castellote decidieron enterrar un valioso y gran tesoro en la montaña llamada de Cañarda, cerca del conocido «chorro de san Juan», junto a unas curiosas sepulturas antropomorfas abiertas en la piedra tosca. Allí lo encontrarían en el supuesto caso de que la situación mejorara y pudieran regresar.
Pusieron guardas vigilantes en todos los puntos dominantes de la zona para asegurarse que nadie podía ver dónde se escondía el tesoro, de manera que jamás ha sido encontrado por nadie. Como ellos tampoco pudieron regresar para recuperarlo, permanece oculto hasta hoy. Lo único que sabían o, mejor dicho intuían los mozárabes que esperaban la liberación era que se trataba de un tesoro de gran valor, tanto es así que la voz popular ha recogido esta apreciación en unos versos romanceados:
«Cañarda, Cañardón,
hay más oro en la garrocha de Cañarda
que vale todo Aragón».

sábado, 29 de junio de 2019

LA MUERTE DE ALFONSO I, UN CASTIGO DE DIOS


99. LA MUERTE DE ALFONSO I, UN CASTIGO DE DIOS (SIGLO XII)

LA MUERTE DE ALFONSO I, UN CASTIGO DE DIOS (SIGLO XII)


Alfonso I el Batallador, rey de los aragoneses, había logrado reconquistar prácticamente todas las tierras que vierten sus aguas al río Ebro, e incluso se hubiera podido adelantar en varios siglos la reconquista peninsular si el matrimonio con la reina Urraca de Castilla no hubiera terminado primero en separación y luego en divorcio, pero el caso es que le llegó su hora en Fraga, cuando se aprestaba a tomar una de las pocas llaves que aún le quedaban por adquirir en su camino hacia Lérida y el mar de Tortosa, salida al Mediterráneo tan anhelada por el rey.

Con cada victoria lograda, su fama en toda la Europa cristiana había ido en aumento y su prestigio era considerable; el mundo musulmán lo tenía como a su principal enemigo y mayor escollo para perpetuarse en la Península. Para los primeros, su muerte tras la derrota de Fraga fue una pérdida irreparable; para los otros, una bendición de Alá.

El caso es que, a la hora de buscar el porqué del desastre fragatino, la realidad y la fantasía se hermanaron. Entre no pocos, sobre todo entre sus muchos opositores castellanos, la causa de la derrota y del subsiguiente desastre había sido un verdadero castigo de Dios.

Eran generalmente admitidas su magnanimidad y su belicosidad pero, a decir verdad, en las cosas tocantes a Dios y a la honra de la religión cristiana, estimaban muchos que había sido negligente, fama que, sin duda, le venía porque muchas veces, cuando estaban en plena campaña guerrera, había consentido que los caballos fueran guarecidos en las iglesias y templos, ocupando él mismo, en ocasiones, lugares sagrados para acampar.

Esta fue para muchos, sin duda alguna, la causa del juicio sumario de Dios hacia Alfonso I, de modo que cayó fulminado ante Fraga, donde, según algunos, no apareció ni vivo ni muerto, aunque otros dicen que lo hallaron tendido en el suelo y que lo enterraron ellos mismos en el monasterio de Montearagón.

[Ubieto, Agustín, Pedro de Valencia: Crónica, pág. 113.]