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lunes, 18 de octubre de 2021

CUATRO PALABRAS SOBRE LA ESPADA Y EL LAÚD DE DON JUAN PALOU Y COLL.

CUATRO
PALABRAS


SOBRE


LA
ESPADA Y EL LAÚD


DE


DON
JUAN PALOU Y COLL.


Aquel
criadero de incomparable poesía, aquel palacio encantado de la
imaginación, aquella palestra de las pasiones más sublimes, aquel
paraíso del pensamiento nacional que, galeote sin ventura de todas
tiranías, allí sólo encontraba refugio deleitable, aquel teatro
español, de veneranda y gloriosísima memoria, es hoy vergüenza de
propios y menosprecio de extraños. Una turba bullidora de
inteligencias ruines hormiguea allí en donde ingenios peregrinos,
convirtiendo la quinta esencia de sus espíritus en rimas puras como
el oro y musicales como la plata, despertaban con ellas el sonoro
corazón de las muchedumbres. Lo que más caracteriza a esos
jornaleros a destajo que, salvas poquísimas excepciones, señorean
la escena patria es, amén de su fecundidad verdaderamente milagrosa,
lo débil, enfermizo y miserable de su numen. No busquéis en sus
raquíticos engendros un sólo átomo de vitalidad sana; todos nacen
éticos. Por esto, lejos de recibir con desvío producciones como La
Espada y el laúd que, si de algo pecan es de exceso de fuerza y
plétora de vida, hoy más que nunca deberían acogerse con gratitud
señalada. Si algún lunar tiene esta obra inspiradísima, hijo es de
un verdadero genio dramático; y valen más los extravíos del genio
que los aciertos casuales de la necedad.


El
Sr. Palou acostumbra dar sus reñidas batallas de pasiones y
sentimientos dentro de un espacio muy angosto, y en él guerrean con
encarnizado empuje, sin que apenas sufra menoscabo la destreza de las
maniobras, ni amaine un punto la serenidad del que las dirige, ni el
ardoroso brío de los contendientes haga degenerar el combate en
confusa y desordenada pelea. Sin embargo, a ser más autorizada
nuestra voz, aconsejaríamos al Sr. Palou que procurase ensanchar
algo el ceñido círculo en donde luchan los afectos y pasiones de
sus dramas, disminuir el número de los combatientes y no efectuar
las operaciones con tan vertiginosa rapidez. Sus luchas dramáticas
tienen espectadores y pueden estos no ver tan claro desde fuera del
palenque como el autor desde dentro; y por lo mismo, no tributar
completa justicia a su portentosa habilidad.


De
lo que llevamos dicho, implícitamente se deduce que, en nuestro
humilde sentir, lo que más enaltece los dramas del Sr. Palou es su
valor psicológico. El de La Espada y el laúd es a todas luces
acendrado. Para justipreciarlo debidamente basta fijar la atención
en los caracteres principales que descuellan en el drama que nos
ocupa.


AUSIAS
MARCH
... (Ausiàs March, poeta valenciano, en lengua valenciana) Verdadera encarnación de la poesía contemplativa
enguirnaldada con la celeste aureola de un amor puro y extático,
es una figura arrancada de los versos mismos de aquel gran poeta
provenzal
. Su alma es toda profundo lirismo y reconcentrada
pasión. En carecer de carácter exteriormente activo consiste y debe
consistir su carácter, pues su actividad es eminentemente interna.
De esta clase de levantados espíritus pudiéramos decir, a
perdonársenos lo técnico de la frase en gracia de su actitud, que
su fuerza centrífuga es insignificante, y poderosa, por lo
contrario, su fuerza centrípeda. Si alguna vez, menos por
motivos de utilidad práctica propia o ajena que a impulso de móviles
puramente abstractos, toman parte en los acontecimientos del mundo
exterior, suelen hacerlo de una manera brusca o distraída y floja.
Viven como anacoretas en el silencioso retraimiento de la meditación
o en el oasis regalado de la fantasía:


y
sólo penosamente salen de estas regiones intelectuales. He aquí por
qué el Sr. Palou ha dado a su protagonista cierto carácter
relativamente pasivo, he aquí por qué la hazaña que realiza es tan
maravillosa como instantánea; he aquí por qué guarda en la acción
cierto aire, digámoslo así, desorientado que es su mayor y más
artística belleza. Para él, su adorada Teresa no es simplemente un
dechado de hermosura y un ángel de pureza, es el imán de su
imaginación acalorada, el astro radiante del cual su alma es
girasol. El ultraje sangriento hecho por Don Martín a su honor y a
sus blasones, a trechos, a ráfagas encienden su ira, pero no logran
desquiciar su corazón del arrobamiento lírico y amoroso que le
avasalla. Finalmente: cuando su hermana Beatriz le enseña súbito al
villano raptor de su honra, Ausias sediento de venganza y
próximo a lanzarse sobre su presa, se detiene de pronto y exclama en
son de reconvenirse a sí mismo:


¡Ay!
¡ídolo mío!...
¡ya me olvidaba de ti!


¡Triunfo
del amor absorbente del poeta que arrastra todas sus potencias
espirituales al centro de su alma, alcanzado a costa de otro
sentimiento expansivo y diametralmente contrario! ¡Rasgo magistral,
pincelada profunda que pone en claro de repente el carácter del
poeta enamorado!


TERESA...
Pocas veces hemos admirado en la escena una personificación tan
sublime del amor femenino. Teresa ama con su cerebro, con su corazón,
con sus nervios, con todo su ser. Ama como amarán las mujeres el día
que Dios se digne realizar en su alma algunas mejoras urgentes. La
gloria del trovador y los hechos hazañosos del soldado cautivan la
parte poética y fantaseadora de su espíritu; la gratitud, por haber
salvado la vida a su hermano y a ella, acendran su irresistible
simpatía; súbela de punto la férrea voluntad de su padre, que la
obliga a casarse con un ambicioso de aviesos y vulgares instintos. Su
amor recorre toda la escala cromática de la pasión, delicada y
fuerte a un tiempo, hasta estallar en el do de pecho del último
acto. Nace en el cielo de su alma, un amoroso afecto, cual nubecilla
atornasolada y leve: poco a poco se espesa y aploma; la surcan a
ratos ráfagas de pasión incandescente, conviértese por fin en una
tempestad.
Después que Rebolledo ha explicado a Don Martín el
horroroso peligro que acaba de correr su hija, y del cual
bizarramente ha triunfado el heroico esfuerzo de Ausias March, dice:

TERESA. ¡Padre!
REBOLL. ¡Qué quieres!
TERESA.
(Besándole la mano.) ¡Ay, padre!


(Bajo
después de mirar con recelo y aversión a Martín.)


¿Me
amáis?
Con este rasgo profundamente delicado indica Teresa su
afecto por Ausias, su odio al capitán, y toma el pulso al corazón
de su padre para calcular los grados de resistencia que podrá oponer
su cariño paternal al que ella siente por el poeta guerrero. Si en
tan tremenda lucha queda vencida, no por esto llevará al odiado
verdugo de su dicha ni un pensamiento criminal. La fortaleza de su
virtud le inspira los siguientes versos:
«Que la que noble ha
nacido


y
por fiel y honesta pasa,


no
ha de llevar cuando casa,


una
lágrima al marido.»

Aquel maravilloso instinto que crece y se
desarrolla al abrigo de toda pasión, hace adivinar a Teresa, que
para el apetecido vencimiento necesita auxiliares. Empieza por
conquistarse las simpatías de Beatriz, aun antes de saber que era la
hermana de su amado. Pero si nadie la ayuda, si las armas con que su
ingenio cuenta son inservibles, armado está su corazón, hercúleo
es su brío: luchará sola.
Violante le dice:


Nadie
en tu apoyo hallarás.”
Y ella contesta:


¿Sí?
pues mira, eso bastara


para
que yo más le amara...
si pudiera amarle más.”
Así
procede la pasión en hidalgos pechos.
¿Queréis amilanar a los
ruines? Dejadles solos en el combate.
¿Queréis envalentonar a
los esforzados? Negadles todo auxilio.


El
tercer acto de La Espada y el laúd es un volcán, las pasiones del
drama rebientan en tremendas erupciones. La de Teresa ruge,
truena, estalla. Sabe Rebolledo, ya convertido a la religión
apasionada de su hija, ya enemigo de Don Martín, que éste prepara,
junto con Garcés, una emboscada para asesinar a Ausias apenas salga
de la cárcel, en la cual una orden del rey le tiene preso; sabe
también que Violante y Teresa para esquivar la indignación
formidable del monarca, han ido a romper sus prisiones. ¡Trance
cruel! Vuela a impedir la catástrofe amenazadora.

REBOLL. (Va a la
puerta y exclama):
¡Maldición!...


¡Abierta!
¡Instante cruel!


Si
es cierto lo que ha contado


Doña
Beatriz, y han librado


a
Ausias March... ¡Mísero de él!...


Le
asesina ese traidor...


Aún
le puedo yo salvar.


Vamos
antes a mirar


si
aún está preso.


Teresa
y Violante acechan entre la sombra a este bulto que la oscuridad no
les permite reconocer. Primero le creen enviado del rey para impedir
la fuga de Ausias.


Después
un pensamiento desvariado, aunque compatible con la violenta zozobra
que las enloquece, las hace sospechar que es el rey en persona. Una
idea se les ocurre de golpe, una idea esencialmente propia de dos
mujeres, unidas por el lazo de fuego de una común exaltación:
encerrar al hombre de cuya repentina llegada a la cárcel auguran las
más terribles consecuencias para el objeto de sus cuidados. Con dos
pinceladas centelleantes rasguea el autor la situación moral de
Teresa.


PRIMERA.


VIOL.
(Aplicando el oído a la puerta.) Este hombre ya baja.


TERESA.
Es ley.
que espere hasta que mi amante
trasponga el Ebro,
Violante.


VIOL.
¡Si es el rey!
TERESA. ¡Que espere el rey!


SEGUNDA.


REBOLL.
(Dentro, con voz de trueno, empujando la puerta): ¡Abran!


TERESA.
¡Padre!


REBOLL.
¡Que asesinan


a
Ausias March!


Ter.
y Viol. (Alteradas): ¡Jesús!
REBOLL. Abrid.
TERESA.
(Pidiendo a Violante la llave, que ella misma estrecha
convulsivamente en su mano): ¡La llave, la llave!


¡Si
esto no es unir la más exquisita naturalidad con la mayor violencia
de la pasión, confesamos paladinamente que desconocemos las leyes
más rudimentarias del corazón humano! Si un amor tan magistralmente
dramático no merece los aplausos de la prensa y del público, peor
para el público y peor para la prensa.


BEATRIZ...
Nada exaspera tanto a los corazones leales como una torpe y


cobarde
villanía: por esto la culebra de un odio mortal se enrosca en el de
Beatriz, apenas se ve infamemente abandonada por el ladrón de su
honra. La madre de Beatriz baja al sepulcro anonadada bajo el peso de
tan atroz desventura: esto acaba de enconar su herida, y presta
cierto sello sagrado a sus propósitos de venganza. Toda la sustancia
de su alma se hace odio odio egoísta, odio sin tregua, sin descanso,
sin cuartel. El valor de su hermano, el amor de Teresa, son para ella
dos dagas de acerada punta. En Ausias y en su amada sólo mira dos
poderosos instrumentos de su vengadora misión. No será ella quien
pordiosee la mano de su enemigo para satisfacer las sandias
exigencias de una sociedad cuyo voto desdeña. Quédense estas
miserables transacciones que el mundo apadrina para las mujeres al
uso cuya rastrera virtud sólo es en el fondo miedo del qué dirán.
Beatriz ha salido del claustro, en donde con fingido nombre moraba,
para lavar la mancha de su honor con la sangre vil del que se lo ha
robado; una vez satisfecho su anhelo, al claustro volverá. Así sale
de su cueva solitaria la ensañada leona en busca del que la arrebató
a sus cachorros, le encuentra, le acomete, se embriaga con su sangre,
y rugiendo de terrible júbilo, entra otra vez en su guarida.


REBOLLEDO.
Hay en él dos hombres en uno: el hombre de dos limpios pensamientos,
de noble, alto y vigoroso sentir, y el hombre de preocupaciones
aristocráticas, amigo de sus blasones y ganoso de acrecentar el
lustre y poderío de su casa. El primero aboga entusiasta por Ausias
March, y con el fuego de la más entrañable convicción, pondera su
heroísmo y la gloria poética que en los torneos del gay saber
alcanzará. Mima el otro su orgullo y encarece los medros que a sus
timbres y a su fortuna acarreará el casamiento de su hija con Don
Martín que un fatal compromiso abona, y la voluntad de un rey
terrible ordena. Estos dos hombres luchan y forcejean a brazo partido
en la arena calcinada de su espíritu, ora uno, ora otro miden el
suelo hasta que el hombre natural vence al artificial, y triunfa de
la nobleza de blasón la del alma. Toda la del valeroso anciano
brilla en los siguientes versos:
“Oíd, y Dios es testigo
de
que estoy acostumbrado
a sentir, como soldado,
mucho más de lo
que digo.”
Y centellea en estos otros que profiere rabioso al
temer que Don Martín y Garcés haya tenido la alevosía de asesinar
a Ausias:
REBOLL. “La impunidad se prometen...
(A Teresa que
quiere irse por la derecha.)
¡Quieta! - Si el crimen
cometen...
¡Canas mías!...
(Saca la espada y dice con
desvarío.)
¡Hierro mío,
que la misma edad contáis,
de mi
vida honradas huellas...
maldición en ti... y en ellas...
si
en su sangre no os bañáis!”
Así se expresa el héroe canoso,
en quien la nieve de los años no ha enfriado la bravura del
corazón!
DON MARTÍN... Carácter crónicamente vulgar amasado
con el cieno de un libertinaje sin imaginación y de una vanidad
desenfrenada. Por capricho sedujo a Beatriz; por haber mejorado de
fortuna la abandonó; por ambición y codicia desea enlazarse con
Teresa. Así son y han sido y serán todos estos tenorios en
calderilla que la putrefacción social engendra, que las mujeres
miman, que la impunidad envalentona, que el mundo premia con los
resplandores de un prestigio tan majadero como infame.
Dos
acciones hay en La espada y el laúd, pero que convergen a un foco
común. Forman dos círculos concéntricos, de los cuales el amor de
Teresa es el círculo máximo, la venganza de Beatriz el círculo
mínimo, y Ausias March el centro. Los demás personajes son otros
tantos radios.
Por lo mismo es indudable que Ausias March es el
verdadero protagonista del drama mencionado, aunque conserve en la
acción el carácter exteriormente inactivo de que hemos hablado
antes. Enumerar los bellísimos pormenores de fondo y forma que lo
avaloran, sería tarea por demás prolija. El ligero análisis que de
sus admirables caracteres acabamos de hacer, basta para señalar
dicha producción como joya de muchos quilates, que una conjuración
de circunstancias desgraciadas no ha permitido al público ni a la
prensa de Madrid apreciar debidamente.
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domingo, 24 de octubre de 2021

TÁNTALO.

II.

TÁNTALO. 

Este amor virgen, que por espacio de tres años había dormido, como un niño inocente, en la cuna de mi corazón, cambió en un momento. Mi pasión purísima, digna del pecho de un ángel, se había desceñido su aureola celestial. 

El atractivo del deleite inspiraba mis acentos, encendía mis suspiros, y asestaba mis miradas. Mi virtud estaba agonizando. Toda la pureza de mi antiguo afecto se había desvanecido, y quedaba el amor material, como una densa humareda al desaparecer la llama alumbradora de una antorcha. Un vértigo espantoso se apoderó de mi cabeza, que ardía entonces como la sangre de mi corazón. 

Y ella?... Pobre flor en medio del desierto, cómo no doblegar tu airoso tallo al encendido soplo del huracán! Confusos entreveo aquellos instantes de embriaguez que remedan un cielo y pertenecen al infierno. Recuerdo no muy distintamente unas manos blanquísimas estrechadas contra mi pecho, unos labios de finísimo coral pegados a los míos, como dos claveles que juntan sus copas encarnadas al impulso de un ligero vientecillo; un hermoso cuello rodeado con mis brazos; y... un cañón de pistola asestado a mi corazón. 

Sus latidos se sucedían rápidamente: eran los últimos. Su padre nos había  sorprendido y exclamó: Me has quitado el honor, voy a matarte. Yo le repliqué. Me quitas la vida, yo te perdono!... y no oí el tiro. 

Ignoro si los despojos de mi carne, por entre las rendijas del sepulcro, pasaron de su obscuro seno a regiones desconocidas, o si eran fantásticas las formas corpóreas en que me vi de nuevo envuelto. Parecióme atravesar un desierto árido y sombrío. El movimiento de unas alas que me precedían arrojaba de trecho en trecho vivísimas chispas, que brillando un momento para indicar mi ruta, se perdían después en aquella completa obscuridad. Ningún obstáculo se interponía a mi camino. Mis pies no daban un tropiezo, ni sentían la dureza del sitio en que se afirmaban. El más ligero airecillo no hirió mi rostro, ni el rumor más leve penetraba en mis oídos. Bajo mis plantas no había una flor que perfumase aquel ambiente muerto, ni una zarza que se enredase con mis vestidos. En vano procuraba escuchar: ni se oía el canto de un ave, ni el chasquido de una rama mecida por el viento; una hoja de álamo hubiera permanecido allí tan inmoble como una roca sepultada en las entrañas de la  tierra. Sin duda había caminado larguísimo espacio, y la extremada soltura de mis miembros no había disminuido un punto. Respiraba tan suavemente como si dormido en un barquichuelo hubiese seguido la reposada corriente de majestuoso río. De repente mi cuerpo dio un golpe contra un pelado risco, a manera de la barquilla que dirigida por inexperto niño choca en las gradas del puerto. 

Era aquella roca un mojón del imperio de Satanás. Mi ángel era el misterioso guía que me había conducido hasta allí para separarse de mí eternamente. Un suspiro suyo me estremeció. Estábase vuelto de espaldas y no podía mirarme a la cara porque yo era réprobo. ¡Réprobo! Una sola ráfaga de culpa bastó para marchitar, despojar, destruir, una corona adquirida con tantos años de resistencia a la debilidad humana. Yo era réprobo ¡después de haber sido tan desgraciado! La aldabada que en mi delirio creí dar a las puertas de la felicidad, fue a las puertas del infierno; y se abrieron. Yo era réprobo. ¡Dios justiciero! Cuántos malvados pasean la tierra después de diez mil crímenes, y mi primer desliz ha de arrebatarme a una, vida y salvación? Un día más, y me hubiera arrepentido. Arrepentido? Oh! La criaste tan hermosa! tan seductora! Había tanto fuego en mi corazón! La había amado yo tanto! Dios terrible, piedad! Perdona algo a quien pudo perdonar a su asesino. Déjamela ver al través de las sombras de la noche eterna, déjamela amar en la mansión misma del odio, y el infierno perderá la mitad de sus tormentos. 

Mi ángel bueno desapareció después de abandonarme a un emisario de Satanás, a manera de un alcaide partidario de un rey vencido, que entrega las llaves de la fortaleza al afortunado usurpador. La marca de condenación echó una llamarada funesta en medio de mi frente abatida, como un rayo que serpea entre los pliegues de negrísima nube. Y sin embargo el infierno no era completo para mí. En sus orillas no se me había despojado enteramente de la esperanza, ni del amor. El objeto de mi cariño en la tierra iba a serlo en los abismos

Víla (la vi) venir para acompañarme en aquella soledad sin límites: para ser mi sol en el lugar de las tinieblas; para ser mi ídolo allí donde no reina Dios. 

¿Murió también a manos de su inflexible padre por haberme amado en demasía? No lo sé. 

La roca donde yo de pie había oído el terrible fallo estaba empotrada en un vastísimo arenal, en que ni una sola yerba, ni una pintada concha, ni los restos carcomidos de un marisco alteraban la uniformidad de color y superficie. Un lago de verdinegras aguas se extendía a lo lejos sin que liviana brisa dibujase en ellas la arruga más ligera. Una luz melancólica, parecida al moribundo crepúsculo de una tarde lluviosa del otoño, iluminaba aquel cuadro imponente y desconsolador. Un manto de pegajosa niebla rodeaba aquel mundo misterioso, como la mortaja de un difunto. Una curva interminable era la valla que dividía las aguas de la parduzca arena. Ni unas ni otra la habían roto jamás. El ojo más lince no hubiera encontrado una altura en que descansar. Aquel horizonte siempre igual mostraba con evidencia que pertenecía al mundo de la eternidad. 

Una barca solitaria recibió a los dos seres de carne, y al espíritu rebelde que sin tocar el timón la dirigía. Deslizábase por aquel piélago sin vida, como una estrella apagada cruzando su órbita vacía. No tenía velas ni remos, y ni una burbujita de espuma señalaba su rápida carrera. 

Oh! cómo deseaba entonces dirigir mil preguntas a mi desdichada compañera! 

y la tenía a mi lado, y no podía hablarla. El ceño de aquel nuevo Caronte nos convencía de que el más leve murmullo no debía alterar la monotonía de aquella terrífica escena. Nuestro silencio parecido al de aquellas aguas, al de aquellas playas, al de aquella atmósfera, era un suplicio aterrador. 

Llegamos por fin. Satanás nos admitió en su reino, pero sus dientes rechinaron horriblemente cuando supo que sus nuevos vasallos podían amarse mutuamente. Amar en la mansión del odio más encarnizado! Amar donde el aborrecimiento es mutuo como los tormentos! Amar donde todos son los verdugos, y las víctimas de cada uno! Amar allí donde se aborrece cordialmente a Dios, y se le aborreciera aún en el acto mismo de romper las cadenas, apagar las llamas, y abrir las puertas del abismo! Oh! esto era una excepción asombrosa. Satanás no podía presenciarlo; pero el permiso obtenido del cielo era irrevocable. Una vasta soledad debía aislarnos para siempre. Los aullidos de los precitos resonaban a lo lejos como el ruido prolongado de un terremoto, y este ruido no debía cesar jamás. Nuestros ojos sentían una picazón inconcebible con aquella luz enfermiza, y esta luz hija de la sombra nunca había de sufrir la menor variación. Un vapor hediondo se alzaba hasta nuestras cabezas y debía permanecer sin disiparse nunca. La cálida atmósfera que nos circuía semejaba el vaho de una bestia disforme, y nunca debía soplar el céfiro que la refrescase. Pero en cambio estábamos juntos, nos amábamos, y nuestra vehemente pasión debía ser, como el infierno, inmutable y eterna. Esta situación casi me hacía dudar si nuestra suerte era deplorable. 

Mas, ay de mí! Cómo era posible que en el infierno existiese un amor puro? 

Si mi primer y único delito no hubiese cambiado la naturaleza de aquella purísima llama, el lugar de la maldición de Dios la hubiera maleado, como el aire de una ciudad apestada inficiona al viajero que se detiene en ella. Ay de mí! 

Yo no la amaba ya como en los años de mi ardorosa juventud, en que un suspiro, una mirada tierna, me hubieran colmado de una felicidad indefinible. 

Yo la amaba como en los postreros momentos de mi vida, en que el crimen había sofocado la inocencia, el idealismo, la sublimidad de mi amor. Ya no la adoraba como un joven en sus primeras ilusiones: la amaba como un viejo embrutecido en la maldad. Oh! y podía ser otro el amor del infierno que el amor de un lupanar? La amaba con extraordinaria violencia, y no me era suficiente hablarla a solas, tenerla a mi lado, clavar mis ojos en su rostro divino, aspirar su aliento, y absorber sus miradas. Ella había marchitado ya su corona de virgen, y su amor tampoco era el de una virgen. Quise llegar a mis labios aquellas manos blanquísimas, hermosas aún allí donde el ángel se cubriera de horrible fealdad. Mas, ay de mí! Retrocedí espantado y rugiendo de dolor. Al tocarse nuestras manos se inflamaron repentinamente como si una corriente de electricidad infernal hubiese pasado del uno al otro. Quería abrazarla, y su cuerpo volvíase ardiente como si fuese de metal enrojecido. Oh! sin duda le causaba atroces tormentos, y yo también los padecía. Cada vez que renovaba mis tentativas 

alzábase horriblemente majestuosa la llama que nos separaba. Entonces oí unas horrísonas carcajadas que mugían entre la tempestad de blasfemias y maldiciones. Satanás había adivinado que este era el suplicio a que estábamos condenados. Un fuego nos impelía, otro fuego nos rechazaba, y entrambos fuegos insoportables, inextinguibles, eternos. Por qué no nos devoraba de una vez? Por qué no devoraba alomenos su hermosura? Ella conservaba la frescura de su tez, el hechizo de su talle, la magia de su acento, todos los resortes de la seducción. Me fascinaba como una serpiente, y esta fascinación era inevitable. Aun cuando sus torneados brazos quemaban como una antorcha de resina, incitaban al deleite, y este incentivo había de ser sempiterno, sempiternos mis deseos, sempiterna la imposibilidad de satisfacerlos. Oh! esto era horrible, horribilísimo. Cien infiernos a la vez no equivaldrían a esta mezcla de fuego y voluptuosidad. Oh Dios terrible y justiciero! 

Esta exclamación, y un vuelco convulsivo despertáronme de repente, y me encontré bañado en sudor, todo azorado, los músculos contraídos, el corazón latiendo con rapidez y un vehementísimo dolor en mi cabeza efecto de tan horrorosa pesadilla. 

lunes, 13 de julio de 2020

CAPÍTULO XLIV.


CAPÍTULO XLIV.

De Armengol de Moncada, primer conde de Urgel, y vida de san Hermenegildo, de quien deriva este nombre. - De como el nombre de san Hermenegildo fue muy recibido en España, y de los muchos nombres que de este se han formado.- Prosíguense los hechos que se saben de Armengol de Moncada.

Dapifer de Moncada quedó en el lugar de Otger Catalon, y por muerte de él, le eligieron sus compañeros capitán, cabeza y caudillo, y lo fue toda su vida. Este Dapifer dejó un hijo, que se llamó Arnaldo de Moncada, y por muerte del padre, sucedió en el cargo y gobierno de las poblaciones que había en los montes Pirineos, en nombre del rey de Francia, señor de Cataluña. Murió Arnaldo, y dejó un hijo llamado Armengol, que sucedió en el cargo. Esté vivía cuando Carlo Magno entró en Cataluña, y gobernaba, a más de los montes Pirineos, la tierra de Cerdaña, Pallars, Urgel, Empurias y otras muchas. En su tiempo se edificaron los más de los castillos que hay en aquellos montes, que, como eran guarida y retirada de los cristianos, procuraban todo lo posible que estuviesen con la debida fortificación, para poder mejor resistir a los moros que continuamente les molestaban. Fue esta venida de Carlo Magno el año 791, o el siguiente. Conoció Carlos a Armengol, y le trató y tuvo claras señales de su valor y merecimientos, y vio con sus propios ojos los servicios que de Dapifer y Arnaldo, su padre y abuelo, había recibido, y que el nombre francés se era, por su valor y esfuerzo, conservado en Cataluña. Esto y ser Armengol de gran linaje, le dio motivo para honrarle como lo merecía: dióle título de conde de Urgel, Rosellón, Empurias, Cerdaña y Pallars, y fue el primero que gozó de estos títulos juntos, y con mucha razón, por debérsele a él y a sus ascendientes mucha parte de la conservación y conquista de aquellas tierras; y el título que usaba primero, anteponiéndole a los demás, era conde de Urgel, y así es comunmente llamado. En memoria suya quedó que los condes de Urgel, sucesores suyos, tomaron este nombre de Armengol, que por muchos años duró en aquella ilustre casa y familia. Es forzoso en aquesta historia nombrar infinitas veces este nombre Armengol, el cual era tan propio de los condes de Urgel, que cuando decían el conde Armengol, por antonomasia, se entendía el de Urgel; y eran ellos tan celosos de conservarle, que obligaban los padres a los hijos lo conservaran sus descendientes, y Sunyer, tercer conde de Urgel, a dos hijos suyos dio este nombre, como veremos en su lugar.
Es este nombre y suena lo mismo que Hermenegildo en Castilla, y se toma del glorioso rey mártir san Hermenegildo, honra y lustre de todos los reinos de España, y más de la ciudad de Tarragona, donde padeció martirio y se guarda su cuerpo.
La vida y martirio de este santo escribieron muchos autores antiguos y modernos; pero como no habían llegado a noticia de ellos (porque aún no se eran hallados) los fragmentos históricos de Lucio Dextro y cronicon de Marco Máximo, obispo de Zaragoza, su devoto y contemporáneo; no pudieron escribir con puntualidad igual a la de este autor, que fue testigo de vista; y así, por honra de este bienaventurado santo y por la memoria que de él quedó en los condes de Urgel, y en honra de su nombre, del que, aunque corrompido, cada paso se hace mención en este libro, he querido escribir aquella, como cosa muy de mi propósito e intención.
Fue este santo español de nación, hijo primogénito de Leovigildo o Levigildo, godo, rey de España (Ludwig, Luis), y de la reina Teodora, que fue hija de Severiano, capitán general del rey y gobernador de Cartagena y su distrito, y de Teodora su mujer, varones de gran virtud y santas costumbres. De estos fueron hijos san Leandro, arzobispo de Sevilla, san Fulgencio, obispo de Écija, san Isidoro, que sucedió a su hermano en el arzobispado de Sevilla, y santa Florentina, abadesa y maestra de muchas monjas y vírgenes dedicadas al Señor. Nació el año 562, siendo pontífice romano Pelagio (Pelayo, Pelaya, Pelaia, Pelagia, como el mote de mi abuela Mercedes). Faltóle su madre Teodora a los tres años de su edad y 566 de Cristo, mujer santa y católica, a quien no se apegó ningún contagio de la herejía del rey su marido: murió en Toledo, y fue sepultada con gran dolor y sentimiento de la ciudad y de los suyos en la iglesia de santa Leocadia Pretoriense, en el arrabal de Toledo, sobre el río Tajo. No tardó mucho tiempo en tomar el rey otra mujer, aunque muy diferente en costumbres de la primera; llamábase esta Gosvinta, viuda del rey Atanagildo, su predecesor, mujer astuta, maliciosa e inficionada de la secta arriana, de quien no leemos que quedasen hijos. Deseaba el rey ver casado a su hijo primogénito, y por eso pidió por nuera a Indegunda, hija de Sigiberto o Heriberto, hijo de Clotario primero, rey de Francia, y Brunequilda, reyes de Austrasia. Para esto envió Agila, su tesorero; pero porque la edad de Indegunda era poca, se dilató el matrimonio siete años. El siguiente tomó el rey por compañeros del reino a sus dos hijos Hermenegildo y Recaredo, con que les aseguró la sucesión y excluyó a los godos de elegir rey; y de aquí le quedó el título de rey a Hermenegildo, aunque murió en vida del padre. Creció la novia y vino a España el año 580: era de edad de diez y seis años, hermosa sobremanera, dotada de reales y cristianas costumbres: vinieron en su acompañamiento Eugenio o Epifanio, arzobispo de Toledo, a quien en los arquiepiscopologios de aquella Iglesia llaman Eufimio; Fortunio, obispo Pictaviense; Salviano, Aligense; Frontiniano, Acuense; Beltrinio, Burdegalense; Gregorio, Turonense, y con lo mejor de la nobleza de los reinos de Francia y España. Veláronse los novios en la iglesia de santa María de Toledo. Sintió mucho la novia que el rey su marido estuviese inficionado de la herejía de Arrio, pero confiada del favor del cielo, con sus continuas exhortaciones y ayudada con cartas de San Leandro, tío de su marido, dejó la herejía y confesó la fé católica, admitió el concilio Niceno, y se declaró patrón y amparo de los católicos. Sintióse de esto el padre, y le amonestó que se apartase de ellos y dejase de favorecerles; la madrastra Gosvinta tratábala mal, tomóla un día por los cabellos y arrastróla por el suelo, dejóla toda ensangrentada, y un día la echó en una alberca con gran peligro de ahogarse, y estaba llena de odio y rencor contra de ella, por ser católica y haber reducido a su marido al cristianismo. Los católicos, contentos de tener de su parte al príncipe y sucesor del reino, tomaron las armas: declaráronse por el príncipe y por católicas las ciudades de Córdoba, Sevilla, Murcia, Orihuela, Évora y otras. Movióse cruel guerra; sitió el rey en Sevilla a su hijo, que confiado de algunos pocos romanos que aún quedaban en España, se era fortificado en ella; pero ellos, cual otros Juda,s fueron traidores al príncipe y le entregaron al rey su padre, que le metió en duras y horrendas prisiones en Sevilla, que son las que describe Ambrosio de Morales en su historia, de las cuales salió dando rehenes, y metiéndose so la obediencia del rey su padre las ciudades y pueblos que habían seguido su voz; pero esto duró poco, porque el año siguiente, después de salido de la cárcel el príncipe, el rey le volvió a perseguir. Cercóle en una villa de Portugal, llamada Osset, y le tomó y llevó a Toledo, y allá le metió en la cárcel. Estando el santo detenido en ella, se congregó en aquella ciudad un conciliábulo de obispos arrianos; presidió en él Pascasio, que se intitulaba obispo de Toledo; Vincencio, obispo de Zaragoza; Sumnio y Nepontiano, obispos de Mérida; Hugo, de Barcelona; Murila, de Valencia; Argimundo, Portucalense; y Gardingo, Tudense, y otros de la misma secta. Lo que salió de aquella maldita y execrable junta dice Ambrosio de Morales, libro undécimo, capítulo sesenta y cinco; y porque los obispos católicos y otras personas contradijeron a lo declarado en aquel conciliábulo, el rey los desterró, y en esta ocasión fue el abad Juan de Valclara desterrado a Barcelona, el que escribió muchas cosas de este santo, el cual, librado de la cárcel que había padecido en Toledo, el año siguiente de 583 se retiró a Sevilla, donde le cercó otra vez el rey su padre; y porque debió hallar alguna resistencia, llamó en su favor a Miron, rey de los suevos, que entiendo reinaban en Galicia, y gran copia de gentes, con cuyo favor prendió el rey en Córdoba a su hijo, que de Sevilla se era retirado en aquella ciudad. De aquí le mandó otra vez desterrado volver a Sevilla, y después a Toledo, y de
aquí a Valencia. Duraron estas peregrinaciones algunos meses, y por quitarle el rey su padre de los ojos de los súbditos, cuyos corazones iban tras él, y más los de los católicos, le mandó prender otra vez, y así preso y con ejército que le servia de guarda, le envió a Tarragona y le mandó meter en una cruel y estrecha cárcel. No le faltó aquí la consolación de Dios, que le envió tres santísimos varones, que eran el arzobispo de Toledo, el abad Juan de Valclara, que estaban aquí desterrados, y Eufemio, que fue arzobispo de Tarragona, que le exhortaron y animaron, aunque secretamente, por temor de los arrianos, a sufrir aquellos y mayores trabajos por la fé santa de Cristo señor nuestro. Vivía en aquella ocasión en Tarragona Pascasio, arzobispo intruso de Toledo, hereje arriano, y por mandado del rey, la vigilia de Pascua fue a la cárcel, y allá quiso con su sacrílega mano comulgar al santo príncipe, que indignado del atrevimiento de aquel desvergonzado hereje, no quiso recibir la comunión, antes bien con ira y odio le echó de sí, dándole las razones y reprehensión que dice Ambrosio de Morales, de lo que el padre se sintió mucho, e irado sobremanera, de una vez quiso acabar con el hijo, y mandó a Sigiberto, capitán de su guarda, que le matase. Este obedeciendo al impío rey, que no debiera, fue a la cárcel y con una alabarda o maza de armas, o con un puñal, como dice
Escolano en la historia de Valencia, le hirió de muerte; y debieron ser, sin duda, muchas las heridas que le dio, porque en la sagrada cabeza de este santo, que hoy está en el Escorial, donde fue llevada desde el monasterio de Xixena, del orden de san Juan, en Aragón, tiene un ahujero cuadrado en la coronilla y otros más abajo, a manera de cuchilladas. Con estas y otras heridas salió aquella bendita alma, y coronada con la auréola de martirio voló a su Criador, que para tanta gloria suya y honra de España la había criado, honrándola con una infinidad de milagros, como fueron, en el silencio de la noche oír músicas celestiales sobre su cuerpo y salir una sobrenatural resplandor que, quitadas las tinieblas de la cárcel, la volvió más clara que si el sol diera en ella. Estos y otros milagros enseñaron a los fieles que debían reverenciarle como a cuerpo de mártir glorioso. Asistían en aquella ciudad el arzobispo de Toledo y otros obispos, y el abad Juan de Valclara: estos, juntos con el arzobispo de Tarragona y muchos seglares, con grandes llantos y sentimiento le sepultaron en la iglesia de santa Tecla de Tarragona, como dice Marco Máximo, obispo de Zaragoza, contemporáneo de este santo, y hoy por nuestros pecados y poca devoción de aquellos a quien toca, no sabemos en qué parte, aunque muchos dicen que en aquella iglesia está sepultado un santo, pero ni saben quién es, ni dónde; y yo tengo por cierto que este santo fue sepultado, no en la iglesia catedral, mas en otra que está no muy lejos de ella, de edificio antiguo, que llaman santa Tecla la Vieja, de la cual Luis Pons de Icart, en sus Grandezas de Tarragona, dice estas palabras: «y por esto se dice que, siendo en Tarragona san Pablo, mandó edificar la iglesia de santa Tecla la Vieja so la invocación de la dicha santa, la cual devoción se ha siempre tenido en Tarragona, y de entonces acá la tienen por abogada y protectora;» y he notado yo que está esta iglesia, aunque pequeña, llena de muchos sepulcros antiguos, que denotan mayor antigüedad, sin duda, de la que tiene la iglesia mayor y metropolitana de aquella ciudad, aunque ambas a dos son muy antiguas. La cabeza de este santo y
buena parte de su cuerpo, poco después de muerto, Marco Máximo, obispo de Zaragoza, devoto suyo, la tomó y llevó a Zaragoza, enriqueciendo con tal tesoro la iglesia de Nuestra Señora del Pilar, y de aquí vino la cabeza a Xixena, de allí al Escorial, por medio del obispo de Vique y de Juan Francisco de Copons de la Manresana, caballero catalán, como lo refiere largamente Alonso Morgado en la historia de Sevilla. Este Marco Máximo fue contemporáneo de este santo amigo y conocido suyo, y le consoló en sus trabajos, esforzándole al martirio, y continuó la omnímoda historia de Flavio Dextro, y refirió lo que queda dicho; y así, como a testigo de vista, se le debe fé y crédito, mayormente no apartándose de lo que escriben san Gregorio, papa, y el Turonense; Juan, abad de Valclara; don Lucas de Tuy, Paulo Emilio, Roberto Gaguino, Adon, arzobispo de Viena en Francia; Ambrosio de Morales, Baronio, Pisa, Alonso de Morgado, Ribadeneira, Villegas, Marieta y otros graves autores, así contemporáneos del santo, como modernos; y dice Marco Máximo, hablando de este santo: quem martirem ego de facie novi, et saepius allocutus sum, cum esset in custodia patris, Hispali, mox Cordubae, rursus Toleti, Valentiae, et postremò Tarraconae, cujus ut devotissimus vitae sanctisimique martirii, carmen hoc ei qualecumque dicavi, quod est index pietatis in eum meae, etc. La mujer del santo se fue a África, y de aquí a Sicilia, donde murió y allí fue sepultada; un hijo que tenía, llamado Teodorico, fue llevado a Constantinopla, donde san Leandro, tío de su padre san Hermenegildo (que estaba allá para negociar con el emperador que favoreciese los católicos de España), cuándo le vio, se entristeció sobremanera. Murió este santo rey y príncipe de España a 13 de abril del año 586 a los veinte y cuatro años de su edad. El año siguiente murió el rey Leovigildo, su padre, a quien Dios hizo mucha merced, pues le dio conocimiento del error en que estaba y de la persecución y muerte que dio al príncipe su hijo, y abominando de los errores de los arrianos, abrazó la fé católica, y en ella murió a 2 del mes de abril del año 587, muy arrepentido del mal que había hecho, y fue sepultado en Toledo, en la iglesia de Nuestra Señora, la Antigua.
Poco después, que fue el año 588, murió también en Constantinopla Teodorico, hijo de este santo príncipe; y Sigiberto, que fue el que le mató no quedó sin pena, porque fue convencido de graves delitos, y el rey Recaredo, hermano de san Hermenegildo, le castigó muy afrentosamente, mandándole raer el cabello, que era gran ignominia entre los godos, y cegarle, y después le subió en un asno, y con la cola en la mano, a manera de cetro, le mandó pasear por la ciudad y llevar al suplicio. A Gosvinta, madrastra del santo, no le faltó su castigo, porque fue acusada de un grave delito que olía a traición contra del rey Recaredo, que le asignó jueces que conociesen de sus delitos, y por voto de ellos, que eran muchos, con un lazo le quitaron la vida.
Ambrosio de Morales, devotísimo que fue de este santo, trabajó en averiguar todo lo que le fue posible lo tocante a su vida y hechos, y es cierto dijera más, sí más hallara. Refiere este grave autor, que en una dehesa llamada Casa Blanca, cerca de Córdoba, donde hay vestigios de edificios antiguos, halló una moneda de oro de este santo: celébrala aquel autor por insigne antigualla, como cierto lo es, y más por la devoción que aquel buen autor tuvo a aquel santo. Tiene esta moneda a la una parte el rostro del santo sobre un trono, con una cruz en medio de él, y alrededor dicen las letras: Hermenegildi; de la otra parte tiene la moneda una victoria, y la letra que está al derredor dice: Regem devita, como que exhortaba el santo a los españoles que se apartasen del rey, porque con la herejía no les inficionase, siguiendo en esto el consejo del Apóstol, que dice: haereticum hominem post unam et secundam correctionem devita; y con este mote justificó el santo la causa porque había tomado las armas contra su padre, y el católico intento que tuvo en aquella guerra. De este mote hace autor Morales a san Leandro o san Isidoro, tíos del santo. Es esta medalla de oro muy fino, lo que no tenían las de los demás reyes godos, argumento de ser ella verdadera y no contrahecha, que la curiosidad en estas cosas se contenta de metal más bajo y no tan costoso como el oro. Don Antonio Agustín, en sus diálogos de las medallas, no parece que la tenga por verdadera; pero yo creo que él no debió de ver la que tenía Ambrosio de Mavales, sino otra diferente, que, aunque de oro, debía estar mal labrada o consumida del tiempo, cuya antigüedad no dejó distinguir en ella lo que Morales en la suya; el cual a buen seguro que no afirmó lo que no era, y más en cosa tocante a este santo, de quien se confiesa muy devoto, y reconoce por su medio haber alcanzado de Dios muchas mercedes.
El nombre de este santo y esclarecido mártir fue muy recibido en España, y mucha gente principal por devoción suya (como se echa de ver en muchas escrituras de los primeros reyes de Castilla después de don Pelayo) le tomaba. En la dotación que el rey don Alfonso, el Casto, hizo a la Iglesia de Oviedo, uno de los testigos se llamaba Hermenegildo: es la data de esta escritura a 16 de noviembre, año 812, y en tiempo del rey don Alfonso, el tercero de este nombre, llamado el Magno, un obispo de Oviedo y un conde de Tuy en Galicia, y otro del Puerto (O porto, Oporto) en Portugal, tuvieron este mismo nombre, como parece en el primer concilio de Oviedo, celebrado el año 879; y en un privilegio que tiene la Iglesia de Santiago de Compostela del mismo rey año 881, confirman tres Hermenegildos, el uno obispo, el otro mayordomo del rey y el otro sin título; y después, en tiempo del rey don Fernando, el primero, después de haberse frecuentado mucho, este nombre, se sacó de él un sobrenombre, que era Hermenegildez, así como de Fernando Fernández, de Gonzalo González, de Rodrigo Rodríguez; y este sobrenombre Hermenegildez era muy frecuente en las confirmaciones de los privilegios de este rey, en que anda un Pedro Hermenegildez que se halló en la confirmación de muchos de ellos: después se fue corrompiendo y abreviando algún tanto, y en privilegios de Alfonso, hijo de doña Urraca, confirma muchas veces un Gutierre Hermildes, que en otros privilegios se llama Gutierre Hermenegildez, do se ve claro ser todo un mismo nombre; y en Portugal había linajes y caballeros que lo tomaban por sobrenombre, como Alonso Ermegic, Estévan Ermiges, Alonso Ermiges y otros.
No fue menor la devoción con que veneraron este santo en Cataluña, donde fue muy ordinario su nombre, aunque algo mudado y corrompido, como vemos cada día que diversos lenguajes mudan más o menos, de una manera y de otra los nombres propios, o desgobernando las letras o añadiéndolas o quitándolas a los vocablos; y de aquí quedaron Armengol o Hermegaudo por Hermenegildo, y todo es un mismo nombre, y en muchas escrituras vemos que los que aquí son Hermengaudos y Armengols, en Francia son Irmingarios y en Castilla los llaman Hermenegildos. De esto hay muchos ejemplos; solo referiré algunos: en la fundación de la antigua Valladolid, que hizo el conde don Pedro Anzures a 21 de mayo, era 1133, y de Cristo señor nuestro 1095, que está en el archivo de aquella iglesia, confirma el conde Armengol de Urgel, yerno del conde
Pedro Anzures, y no se nombra ni firma Armengol, sino Hermenegildus; y en muchos privilegios latinos del rey don Alfonso, hijo de doña Urraca, y en otros que trae el obispo de Pamplona en su historia, firma el conde de Urgel, y no se llama sino Hermenegildo, acomodando su nombre al verdadero y original de Castilla. En unos versos que están en la vida del conde Armengol de Castilla, nieto del conde Pedro Anzures, le llama el poeta Hermenegildus; y no solo tomaron este nombre los hombres, mas aún también las mujeres, y es cierto que el nombre de Ermengarda, Ermisenda, Ermesinda y otros semejantes que vemos en escrituras antiguas, es el de este santo, y se echa de ver esto, en que a las mujeres que en unas partes están nombradas con uno de estos tres nombres, en otras las nombran Hermenegildas, y todo es una misma cosa.
Duró por espacio de trescientos cincuenta años que todos los condes de Urgel, a imitación y ejemplo de Armengol de Moncada, tomaban este nombre; y porque cuando heredaron aquella casa los vizcondes de Cabrera se dejó este nombre, el conde don Ponce de Cabrera mandó en su testamento que sus hijos, que eran cuatro, y otros a quienes venía la sucesión de aquel condado, estuviesen obligados a llamarse Armengoles o Ermengaudos, y lo repite muchas veces, encargándolo con grandes veras, porque sabía y se era observado ser este nombre, en la casa y linaje de Urgel, nombre de fortuna y felicísimo, y tanto cuanto duró en ella, gozó paz, felicidad, buena ventura, aumento de estados, paz con los reyes, amor con sus vasallos, sosiego en sus tierras y señoríos, y de felicísimas victorias de sus enemigos; y así nota muy eruditamente un autor, que hay nombres que tienen fortuna, y otros que son desdichados. El nombre de Antonino fue en Roma felicísimo, y lo daban a los Césares en pronóstico de la virtud y valor se prometían de ellos, hasta que lo tuvo Eliogábalo, que con sus pésimas costumbres le afrentó de manera, que de allí en adelante se tuvo por nombre afrentoso. Judas fue apellido sacrosanto desde el principio de la república hebrea hasta que pereció, y así hubo cuatro de este apellido en el colegio apostólico; pero el uno fue tal, que llenó el nombre de ignominia y su malicia le afrentó en gran manera. Los nombres de Fernando y
Alfonso en Castilla son felicísimos, y desgraciados los Enriques, así como los Jacobos en Escocia (James, Jaime, Tiago, Santiago), Carlos en Inglaterra, y los príncipes Carlos en España.
Tuvo el conde Armengol de Moncada en casa del rey de Francia y emperador Carlo Magno y de Ludovico Pío, su hijo, muchos y muy honrados cargos y dignidades: en el año 800 de Cristo señor nuestro fue nombrado virrey y gobernador de la isla de Mallorca por el emperador Carlo Magno, y años después confirmado por Bernardo, su nieto, hijo de Pepino, a quien dejó Carlo Magno lo de Italia. La causa y motivo para dar este cargo a Armengol, fue porque el año 799, que fue uno antes de coronarse emperador Carlo Magno, los moros de África y España causaban grandes daños en aquella isla y vecinas, y los isleños estaban en continuos sustos y temores por no tener donde acudir, por estar por todas partes rodeados de enemigos. Vivieron con este desasosiego hasta el año 800 que pidieron favor a Carlo Magno, prometiendo que si se lo daba, serían sus vasallos. El emperador aceptó la ofrenda muy contento de ser señor de tan fértiles y pobladas islas, y así les dio el socorro necesario para prevalecer contra los enemigos, dándoles por capitán y virrey a Armengol de Moncada, conde de Urgel, para que les gobernase y tuviese en devoción suya, defendiéndoles de los moros que corrían aquellos mares. Estos, sabiendo el socorro que había venido a los mallorquines, dejaron de molestarles y mudaron sus correrías y pasaron a destruir y * y a la vuelta dividieron su armada, y la una parte fue a la isla de Cerdeña, y otra a la de Córcega, donde hicieron grandes daños, talando los campos y destruyendo los pueblos, y llevándose muchos cautivos con lo mejor de aquella isla, y a la que, ricos de la presa, se volvían a África a gozar de ella, tuvo Armengol noticia y salióles con su armada. Trabóse batalla y quedó vencedor, y tomó ocho naves a los enemigos, y dio libertad a más de quinientos corsos que llevaban cautivos. Con esto se volvió con triunfo a la isla, asegurando con esto todos los mares vecinos.
Tomaron de esto los moros tanta rabia, que por vengarse, volvieron a Italia (que a Mallorca ya no osaban) , y dieron sobre Civitavechia, en la Toscana, y sobre algunos pueblos de la provincia Narbonense (Francia); y en venganza de la pérdida de las ocho naves hicieron gran daño en aquellas tierras, y después que hubieron saciado su crueldad, volvieron a Cerdeña, donde hallaron resistencia, porque los sardos estaban prevenidos y mataron muchos de ellos.
Crecía cada día la fama del conde por todo el mundo, en terror y espanto de sus enemigos, triunfó de ellos en mar y en tierra muchas veces, gobernó con gran prudencia la isla de Mallorca, conservándola en devoción del emperador Carlo Magno, y muerto él, de Bernardo su nieto, hijo de Pepino, que le confirmó el gobierno de la isla, y le duró toda su vida.
Murió Armengol en tiempo de Ludovico Pío, hijo de Carlo Magno, siendo conde de Barcelona Bara, el año no se sabe de cierto, mas por evidentes conjeturas se entiende fue antes del 820. Por su muerte volvieron los condados que él tenía, y en particular el de Urgel, a Ludovico Pío, rey de Francia y señor de Cataluña, no, como dice Tomic, por haber muerto sin hijos, sino porque no eran estos títulos hereditarios, como después lo fueron, y solo se daban durante la vida del proveído, con obligación que no pudiese disponer de ellos en favor de sus hijos o descendientes; y con esto queda respondido a la opinión del dicho Tomic, que quiere que Guifre Pelos dispusiese de estos condados entre sus hijos, lo que no pudo ser, porque Armengol de Moncada a Guifre pasaron más de sesenta años, y antes de Guifre hubo otro conde de Urgel, como diré después, que fue
nombrado por Ludovico Pío, y a Guifre le pertenecieron aquellos condados por haber cedido y renunciado en su favor y de sus descendientes Carlos Calvo, rey de Francia, el derecho y señorío que tenía en Cataluña.
De Armengol de Moncada no hallo hijos, antes en las escrituras de aquel linaje consta haberle heredado Oton de Moncada, hijo de Arnaldo. Este Otón sucedió en el cargo de general, y le hallo con él en la conquista de Barcelona con Ludovico Pío, que se dio por tan bien servido de él, que le remuneró con muchos lugares cerca de aquella ciudad, en el Vallés, a cuya cabeza puso el nombre de su apellido de Moncada, y con la mitad de la ciudad de Vique, que por muchos años poseyeron sus sucesores; y de este desciende la ilustre familia de los Moncadas, de quien ha escrito muy docta y elegantemente don Tomás Tamayo de Vargas, cronista del rey Católico, este año pasado de 1638.
Las armas de este primer conde fueron las mismas que él llevaba, propias, de su linaje, que eran, según dice el doctor Beuter, las de la casa de Baviera, de donde ellos descendían; y despues las dejaron, y tomaron siete panes de oro en campo de sangre, esto es, tres y medio en cada una de las dos tiras, y después dividieron el escudo en palo, y a la mano derecha pusieron los siete panes, y a la otra los palos de Cataluña, por haber emparentado con la casa real de Aragón y los que hoy son bajar de aquella.

jueves, 14 de marzo de 2019

Libro XVIII

Libro XVIII.





Capítulo primero. Del
asiento y poderío de la ciudad de Barcelona.






Mostró bien
el Rey (por lo que en el precedente libro concluimos) tener su
espíritu del todo puesto en Dios, y en acabar la empresa de la
tierra santa: pues no fueron parte carne y sangre de tantos hijos y
nietos para divertir su santo fin y propósito de proseguirla. Y así
despedido de ellos, no paró en Zaragoza: ni en otra parte del camino
hasta llegar a Barcelona, para poner en orden la armada, y juntar el
ejército: dejando las cosas del gobierno de los Reynos bien
concertadas antes de su partida. Fue pues muy grande el concurso de
gente de todas partes, además del ejército, que vinieron a esta
ciudad, no solo de procuradores y síndicos de las ciudades y villas
Reales de los tres Reynos para ayudar con su extraordinario servicio
a los gastos de esta empresa: pero de muchos otros, que por solo ver
al Rey, y el aparato del armada, y municiones de guerra, se
congregaron de toda España: mas ni fue de menor maravilla ver la
mucha hartura de vituallas y el cumplimiento de alojamientos que para
todos hubo en la misma ciudad de Barcelona. Por lo cual, y ser esta
una de las más insignes ciudades de España, será bien que digamos
algo de su asiento y origen, de su maravillosa traza y bien labrados
edificios, junto con su gran poder, y valor de ciudadanos, y mucho
más de la ejemplar concordia de ellos para lo que toca al beneficio
y conservación de su Repub. La cual fue antiguamente llamada
Fauencia (Colonia Iulia Augusta Faventia Paterna Barcino) pero venida a poder de los Cartagineses la llamaron
Barcino: por los del bando y parcialidad Barcina que vinieron de
Carthago a regirla. Pero destruidos los Carthagineses y su ciudad
asolada, los Romanos la redujeron (
reduzieron)
en colonia con el mismo nombre, y con esto va fuera todo lo que de su
nombre después se ha comentado y fingido por algunos, pues se llama
hoy día Barcelona. Y es de las bien trazadas, y mejor edificadas
ciudades que haya otra. Porque está hecha como media luna, atajada
por el mar al oriente, extendida sobre una espaciosa llanura a las
raíces de un monte alto que da en la mar, y sirve de atalaya, para
descubrir de bien lejos las naves y bajeles que a ella vienen, al
cual llaman Monjuhi, que significa monte de Ioue, o Iupiter: o porque
en él solían antiguamente los gentiles sacrificar a Iupiter dios de
las riquezas, que las estiman tanto y guardan mejor en esta ciudad
que en otras: o porque la gente de ella es muy Iovial en sus
regocijos, y de más suave trato que la mediterránea de Cataluña,
que de si es saturnina y triste, y que el vengar las injurias es su
alegría. De este monte se puede bien decir que vale de padre y madre
a la ciudad: pues no solo con su oposición al mediodía la defiende
del excesivo calor que padecería, y que con el atalayar le avisa del
bien o mal que por la mar le viene: pero también la ha como parido
de sus entrañas: pues nació toda de la pedrera del monte, sin
disminución de él, en tanta copia, que amontonada ella, sin duda
que haría otro mayor monte por si sola. Y así por ser edificada de
tan excelente piedra que se endurece en el edificio, son las casas,
templos, palacios y edificios públicos, con su muy torreada muralla,
de lo más bien labrado, y fuerte que pueda ser otro. Con esto y
estar de todas armas y artillería gruesa muy abastecida, es hoy
sobre cuantas ciudades hay en España más puesta en defensa. También
es muy alegre su campaña y harto fructífera: aunque su mayor
abundancia de mercaderías le entra por el mar que bate su muralla:
y
así por las continuas entradas y salidas de bajeles con nuevas
gentes que vienen de cada día, y por lo que la vista y contemplación
del mar a todos mucho alegra, su mayor regalo y recreo es la marina.
Puesto que no hay puerto seguro sino playa abierta por toda ella:
pero se halla tan honda que se quiso antiguamente formar muelle allí,
y en fin se pueden los bajeles asegurar mejor que en cualquier otra
playa. De aquí le vino ser su trato de mar muy poderoso y extendido:
señaladamente después que cesó el de Tarragona, por las guerras y
destrucción de los Moros que pasaron por ella (según que en el
precedente libro quinto se ha largamente referido) que por esto se
trasladó toda la negociación de mar a Barcelona. De suerte que así
por los grandes aparejos de ataraçanales, como de maderamiento, y
los demás pertrechos que produce de si la tierra, los ciudadanos por
mandato de sus Reyes, se dieron tanto a hacer todo género de navíos,
y más de galeras, hasta ponerlas a punto de navegar y pelear con
ellas, que como colonias las han siempre enviado por el mediterráneo
adelante, para representar su renombre y fuerzas en diversas partes.
Lo que se puede muy bien apropiar a esta ciudad, y decir de cuantas
armadas ha echado en mar y proueydo así de armas y soldados, como de
remeros y xarzias, que otras tantas ciudades ha edificado: porque las
armadas gruesas por mar, son otro que unas muy fuertes y bien regidas
ciudades, o verdadero retrato de muy concertadas Repub. y no solo
esperan a los enemigos, pero también los van a buscar y sacar de sus
casas, como se prueba por los grandes efectos que con ellas los
mismos ciudadanos y gente Catalana han hecho por mar en servicio de
sus Reyes. Por ser gente de si muy belicosa y hecha de tal compás
que cuanto más rehúsa de ser pechera en la hacienda: tanto más a
las necesidades y hechos de armas de sus Reyes suelen prontamente
acudir con sus personas y vidas. De manera que por estas, y otras
muchas comodidades y cumplimientos de valor y poder que esta ciudad
siempre tuvo, meritoriamente llegó a exceder a muchas otras en el
pacífico y seguro estado de gobierno que de si tiene: no tanto por
su buen asiento y fortificado muro, cuanto por su mucha religión y
buen gobierno, que de la sobriedad y gran concordia de los ciudadanos
nace en ella. Pues dado que ellos con ellos entre si sean gente
desapegada: pero en lo que toca a fidelidad con sus Reyes, y común
defensa de la patria (como gente de pocas palabras) no hay
Lacedemonios que más liberal y determinadamente empleen sus vidas,
por la conservación de ella. Pues como llegase el Rey y fuese muy
bien recibido de la ciudad y ejército, quiso luego reconocer la
armada que poco antes mandó poner en orden, y como la halló tan
bien provista así de vituallas, como de remeros y todo género de
armas: no solo alabó mucho la diligencia y solicitud del proveedor:
pero se maravilló extrañamente de la sobrada riqueza y poder de la
ciudad, así para hacer y poner en el agua la armada, como para
proveerla con tanta prontitud de cuanto menester era.















Capítulo II. Como el Rey pasó a Mallorca, y cogido el servicio de
ella, con el magnífico presente que Menorca le hizo, se volvió a
Barcelona.






Estando ya
aprestada el armada, mandó el Rey llamar algunos Prelados y señores
del Reyno para dejar las cosas del bien asentadas, por haber de ser
la jornada larga y la vuelta dudosa. Lo cual concertado y proueydo
como convenía, entretanto que acababan de llegar algunas compañías
de infantería de Aragón, y de lo mediterráneo de Cataluña, se
metió en una galera muy bien armada, y con otro bergantín para ir
descubriendo en delantera, pasó con muy buen tiempo a remo y a vela
en treinta horas a Mallorca, por visitar la Isla y proveerse de
algunas cosas necesarias para la armada. Como llegase al puerto de la
ciudad y saltase en tierra impensadamente, entrando en ella se holgó
muy mucho de verla tan ampliada, y como de nuevo edificada:
señaladamente con las obras del gran Templo, de la fortaleza, y
fortificación del puerto, que se levantaban muy magníficos, y
estaban ya bien adelante. Tuvo también a muy grande maravilla, y
como de la mano de Dios, que ni el Rey de Túnez ni los demás de la
África con tan continuos viajes y empresas de guerra que hacían
contra España por la Andalucía, nunca hubiesen intentado la
conquista de la Isla, ni aun de las otras vecinas: para que de aquí
se entienda, cuanta fue la opinión y estima que hubo de este sabio y
valeroso Rey, y cuanto el respeto y temor que los Moros de África le
habían concebido, pues no con armas, sino con sola la fama de
diligente y belicoso, pudo defender sus Reynos Isleños, y que los
viesen de paso, mas no llegasen a ellos sus enemigos. De manera que
reconocida la ciudad con alguna parte de la Isla y pedido servicio
para la jornada de Jerusalén, le sirvieron con cincuenta mil sueldos
de plata, y por ellos les hizo el Rey iguales gracias como si fueran
de oro. Y alabó no solo el amor y fidelidad que a su persona tenían,
pero mucho más la buena diligencia y solicitud que en la guarda y
conservación de la ciudad e Isla mostraban. Estando en esto llegó
el gobernador y oficiales Reales de Menorca con un riquísimo y
magnífico presente de mil vacas que le hacía la Isla. El cual
dieron los moros de ella en señal de su fidelidad y servicio muy de
buena gana. Estimó esto el Rey en tanto para la provisión de la
armada, que mandó al gobernador tratase muy bien a los Moros de la
Isla, y de su parte les agradeciese mucho el buen servicio que le
habían hecho. Puestas mil vacas en tres naves y cuatro
taridas
se volvió con todo ello a Barcelona.











Capítulo III. Como vuelto el Rey a Barcelona hizo reseña de la
gente y se embarcó, y de la gran tormenta que se levantó en
comenzando a navegar.






Aprestada ya
la flota de treinta naves gruesas y XII galeras, con otros muchos
bergantines y fragatas, y llegada toda la infantería, se embarcaron
ochocientos hombres de armas con tres caballos para cada uno, con los
Almugauares de a caballo, y la demás gente de a pie, que fue fama
llegaban a veinte mil infantes, y que con don Fernán Sánchez su
hijo, y los señores de título, y barones que le seguían y otros
caballeros, sería toda la gente de a caballo hasta mil y
dociétos.
Acabados de ajuntar todos, el Rey con los prelados y señores del
Reyno tuvo consejo, en el cual se nombraron los que quedaban para
gobierno del Reyno, y pues el Rey tenía ya hecho su testamento y la
repartición de sus Reynos y señoríos en sus dos hijos don Pedro y
don Iayme ya príncipes jurados, y que los dejaba con ellos por lo
que del podía suceder yendo en una jornada tan peligrosa y dudosa,
les rogaba tuviesen toda buena alianza con ellos: pues así volviendo
sano y salvo de esta jornada, como perdiendo en ella la vida para
ganar la del cielo, allá y acá tendría siempre cuenta con ellos.
Venido el día de la embarcación, luego por la mañana oída misa,
el Rey con algunos principales del Reyno como era costumbre
recibieron el santísimo sacramento, y lo mismo haciendo cada uno de
los soldados se embarcaron. Entró con ellos el Obispo de Barcelona,
y el Sacristán de Leryda que después fue Obispo de Huesca, con
muchos sacerdotes para ministrar los sacramentos a los del ejército.
Y como fuese entrada del Otoño, cuando ya cesan las calmas y los
vientos son más reforzados, mandó el Rey que luego por la mañana
se hiciesen todos a la vela: puesto que el tiempo no era del todo
hecho. Mas no hubieron navegado cuarenta millas costeando hasta
llegar en alta mar, cuando al anochecer, por correr levante, y no
haber podido salir todas las naves juntas, determinó por consejo de
Ramón Matquet principal piloto, volver a Barcelona, para recoger
toda la armada, y llevarla delante si: la cual con el viento
contrario que se levantó de medio día abajo, había dado en la
playa de Ciges cerca de Barcelona hacia el mediodía. Y con una sola
galera que halló delante la ciudad, de paso recogió las naves, y
hecha reseña de nuevo, dio a Fernán Sánchez el cargo de general
del armada. El siguiente día no con muy buen tiempo partieron de
Ciges, y llegaron a vista de Menorca: a donde pensando poder tomar
puerto, súbitamente se levantó tan grande tempestad y contrariedad
de vientos entre levante y tramontana que los echó a la mar y trajo
a riesgo de perderse por querer resistir al tiempo con el recelo que
tenían de dar en Berbería (
Berueria).
Además que se reforzaron los vientos de tal manera que causaron
grande tempestad y borrasca con tanta oscuridad, que pasaron largos
cuatro días con sus noches que ni se vio sol, ni luna, ni estrellas
en el cielo. Y así perdido el tino con la oscuridad y con los recios
encuentros de las olas, no pudiendo ya regir los gobernalles de las
naves, se alejaron las unas de las otras por no venir a encontrarse y
perderse del todo: de las cuales parte tuvieron firme, y por no
perder al Rey se sujetaron a muy grande peligro, parte fueron del
todo forzadas hacerse a lo largo y seguir la capitana de Fernán
Sánchez que siguió su camino para Jerusalén como adelante diremos.
Mas el Rey, que en comenzando la tormenta se pasó a la nave de Ramón
Marquet, comenzó a ser muy importunado por los de la misma nave, y
también por los Pilotos de las otras con los capitanes y soldados,
que a voces nombraban al Rey, y se le allegaban suplicando con
lágrimas se apiadase de ellos, y que volviesen atrás: pues cesando
la tramontana, se había opuesto el lebeche tan reforzado que doblaba
la tormenta y los ponía en mayor peligro. Lo mismo encarecía
Marquet con sus marineros, porque veían crecer la tempestad de punto
en punto y era tan espantosa su furia, que no parecía tormenta de
vientos sino furor del cielo airado contra los navegantes. Allende
que ya las demás naves o habían perdido el timón, o rompido el
mástil, y las velas, además de hacer agua todas, y los caballos del
Reyq iban en aquella nave ya echados a la mar, y se podía creer ser
lo mismo de los que iban en las otras.










Capítulo IV. Como porfiando el Rey de pasar adelante contra la
opinión de los Pilotos, el Obispo de Barcelona le persuadió diese
lugar al tiempo, y tomase puerto.







Como todavía Marquet con
todos los marineros representasen al Rey el grandísimo peligro en
que estaba puesta la armada, por lo que está dicho, y de cansados ya
casi ninguno hiciese su oficio, antes bien todos desamparasen la
nave, con todo eso confiando el Rey que amainaría la tempestad,
procuraba animarlos, diciendo que Dios en cuyo servicio iban, y los
ángeles sus ministros eran con ellos, que implorasen su auxilio
porque aunque fluctuasen no perecerían. Pero como la tempestad
creciese, recurrieron al Obispo de Barcelona todos los marineros de
la nave Real con el piloto para que persuadiese al Rey diese lugar se
tomase puerto donde pudiesen: porque la nave había hecho mucha agua,
y realmente se iban a fondo, y que le significase era la
determinación de todos ellos que por la salvación de su Real
persona, le perderían el respeto, y tomarían la primera tierra que
pudiesen. Oído esto el Obispo con el Sacristán y Teólogos que
venían en la misma nave se juntaron, y fueron a encerrarse con el
Rey en la cámara de popa, y el Obispo le habló de esta manera.
Ciertamente (Rey y señor nuestro) que ni es de cristiana virtud, ni
de constancia heroica, mas antes sabe a crueldad inhumana, que
viéndonos en tan manifiesto peligro queráis ser tan pertinaz en el
navegar, que ni de toda la armada, ni de nosotros, ni de vos mismo
tengáis compasión ni piedad alguna. Sino que queréis vos solo
contra la opinión de los que lo entienden usurparos el gobierno de
la mar, sin considerar cuan otro es al de la tierra, y el uso del
pelear cuan diferente uno de otro: pues no salen contra nosotros
escuadrones de gente armada, no hombres contra hombres, sino vientos,
lluvias, y truenos, relámpagos, rayos, torbellinos, y todas las
tempestades juntas son las que hechas un cuerpo caen y dan sobre
nosotros: a las cuales, no con fuerza de armas, sino con solo volver
las espaldas, y huir de ellas es lícito resistir, y sin perder
honra, hurtarles el cuerpo: pues no hay cosa de mayor arte en el
navegar, no pudiendo tomar puerto, que seguir la tempestad: ni de
mayor sabiduría y discreción, que a los vientos, a quien no podemos
mandar, si son del todo contrarios, obedecer, y si nos echan a
tierra, mayormente a la propia (como ahora vemos) correr con ellos a
rienda suelta. Que ni hay porqué estar solícito, ni con el ánimo
suspenso, por lo que dirán, dejando la empresa: porque esta más es
de Dios que vuestra: ni por vos señor ha sido, sino solo por el
nombre de Cristo, y para ensalzamiento de su santa religión y fé
católica comenzada. Pero como veamos que esta se nos estorba con tan
horrible y espantosa tormenta, y tempestades de mar y cielo: las
cuales ni se levantan, ni mueven sin la voluntad divina: por ventura,
o no es grata, ni accepta a Dios nuestro Señor esta empresa, o para
en otro tiempo, con más comodidad se os reserva el acabarla. Por
tanto no tengáis señor cuenta con lo que será, sino con la
necesidad presente y urgente: y para que no llevéis vos solo la
culpa de tan miserable pérdida y muertes de tantos y tan
esclarecidos capitanes y soldados, sino que más presto a vos, a
nosotros, y a todos salvéis la vida, mandad a los pilotos tomen el
primer puerto que la misericordia divina nos deparare: para que en la
tierra, y no en la mar podáis con más libertad y tranquilidad de
ánimo determinaros en lo que más conviene.













Capítulo V. Que convencido el Rey por las razones del Obispo mandó
a los pilotos tomasen puerto, y como apartados, de súbito cesó la
tormenta, y de las causas porque no volvió a navegar.






Como el Obispo
acabó su razonamiento, luego fueron con el Rey el Sacristán con los
Teólogos y religiosos, y con lágrimas le encargaron la conciencia y
suplicaron lo mismo. Fue cosa milagrosa, que en el punto que comenzó
el Rey a ablandar su pecho y pertinacia, comenzó también a amainar
la tempestad y tormenta. Y al tiempo de medio día, deshechas las
espesísimas tinieblas que lo cubrían todo, se descubrió el sol, y
repentinamente parece que se abrió el cielo, y descubrieron tierra:
y la nave del Rey y otras con el favor divino aportaron a la
provincia de Narbona al puerto de Aguasmuertas: pero se levantó un
viento de tierra que les impidió la entrada, y las echó en el
puerto de Adde más cerca de Narbona. A donde el siguiente día
desembarcó el Rey, y en poniendo el pie en tierra, se fue para la
iglesia de nuestra señora de Valverde, donde hizo infinitas gracias
a nuestro señor y a su bendita madre, por haber librado a él y a
los suyos de tan terrible tempestad, y restituido los a tierra firme.
Después volviendo los ojos a la mar viéndola tan reposada y mansa,
pensó de volver a ella: pero como entendió que de toda la flota que
de Barcelona saliera, apenas había con él aportado la mitad, y
aquella quedase tan quebrantada y rota de la tempestad pasada, que
por maravilla había naves ni galeras, que fueron las más mal
libradas, que no se hallasen, o con las velas rotas, o con el mástil
(
mastel)
y antenas quebradas, o caído el timón y que por aliviarlas no
hubiesen echado a la mar los caballos, y máquinas, con los demás
instrumentos de guerra. Allende desto, que ni de la otra mitad de la
flota sospechase otro que el mismo trance y fortuna de la suya:
determinose en dar lugar al tiempo y por entonces no volver a
navegar, sino diferirlo para otro más oportuno, cuando reparada la
armada sería más fácil la empresa. Luego llegó a él, el Obispo
de Magalona en cuyo distrito estaban, y el hijo de Ramó Gaucelin
principal barón de aquella tierra, los cuales proveyeron al Rey y a
los suyos de vituallas y lo demás necesario para rehacerse del
trabajo pasado, con mucha abundancia. Lo cual el Rey les agradeció
mucho, y se partió para Mompeller que estaba muy propinquo de allí,
a donde se detuvo algunos días para que tomasen huelgo los suyos, y
se reparase la flota.















Capítulo VI. Del discurso que hizo la otra mitad del armada que
llevaba don Fernán Sánchez, como llegó a Jerusalén, y volviendo
por Sicilia fue armado caballero por el Rey Carlos.






Llegada la
mitad de la flota con la persona del Rey al puerto de Adde (como está
dicho) la otra mitad que pudo resistir a la tempestad, siguiendo la
nave de don Fernán Sánchez, con la de Ximen de Urrea, pasaron
adelante, porque se alargaron con la tormenta hacia la costa de
Berbería y navegaron entre ella y Cerdeña, y Sicilia y por la costa
de
Cádia
y Chipre hasta que llegaron a Acre villa y puerto de la Palestina no
lejos de Jerusalén: donde fueron con grande alegría recibidos del
gran Maestre de Rodas que allí estaba, y de otros Cristianos que
como tuvieron nueva de su llegada, vinieron de Jerusalén a verlos,
con estar muy maltratados de todo auxilio. Mas como la villa
estuviese desguarnecida y sin defensa, propinca a otra que poco antes
habían combatido los Turcos y tomado por fuerza de armas, pareció
que no era seguro esperarlos allí, ni emprender de pelear con ellos
siendo tan pocos los del armada y estar tan fatigados de las
tormentas pasadas. Y porque se iban ya allegando los Turcos al puerto
para hacer presa en ellos determinaron de volverse a las naves, y
buscar al Rey por el mismo viaje que trajeron. De manera que
partiendo el trigo y vituallas que traían con el gran Maestre y
Cristianos, y animándolos mucho para que confiasen en la venida del
Rey que sería allí presto con toda la armada a librarlos, salieron
del puerto y se volvieron sin descubrir en ninguna parte gente ni
socorro de los Tártaros, ni del Emperador Paleologo, y sin esperar
más pasaron a vista de Chipre y Rhodas tocando en la Asia menor. De
ahí (
ay)
a vista de Candia, tomando la
derota
por junto al Zante llegaron a Sicilia y costeando y doblando los
cabos de la Isla aportaron en Palermo ciudad principal y la mayor y
más fortificada de la Isla, a donde solía ser la residencia de los
Reyes. Como se hallase a la sazón allí el Rey Carlos de Angeu que
venció poco antes, y mató al Rey Manfredo (como arriba contamos) y
entendiese que un hijo del Rey de Aragón era allí aportado, salió
al puerto a recibirle y le hospedó con grande honra y aparato, y le
entretuvo algunos días tratándole muy espléndidamente como quien
era. De donde se le aficionó tanto Fernán
Sachez
que le pidió por merced le armase caballero, porque se honraría
mucho en recibir este favor de su mano. Lo hizo Carlos de muy buena
gana, y celebró en ese día aquel oficio con extraña suntuosidad y
pompa. Puesto que todas estas prendas de amor y amistad tan de presto
dadas y tomadas entre los dos fueron ocasión de mayor odio y
discordia entre Fernán Sánchez y el Príncipe don Pedro su hermano
que como sucesor de Manfredo su suegro le hizo después cruel guerra
y le ganó a Sicilia y aun en Fernán Sánchez puso las manos como
adelante se dirá.















Capítulo VII. De las fiestas y suntuosísimos regocijos que el Rey
de Castilla hizo en Burgos a las bodas del Príncipe su hijo y de los
muchos Príncipes que se hallaron en ellas con el Rey don Iayme.


Partió el Rey de
Mompeller para Cataluña y de allí sin detenerse pasó a Zaragoza a
donde halló un embajador del Rey de Castilla su yerno que le dijo,
como el Rey su señor había sabido de su gran tormenta de mar y
tempestad pasada y también de su vuelta a salvamento, de lo cual él
y la Reyna se habían infinitamente alegrado, y hecho gracias a
nuestro señor por ello, y porque tanto más deseaban gozar de su
vista, le suplicaban que para solazarse y aliviarse del trabajo
pasado, tuviese por bien de venir a Burgos a dar su bendición al
Príncipe don Fernando su nieto, y hallarse en las bodas que había
de celebrar con doña Blanca hija del Rey Luys de Francia. Donde se
habían de hallar juntos el Príncipe su hermano que la traía,
acompañado de muchos Prelados y grandes de Francia. Y don Eduardo
Príncipe de Inglaterra casado con doña Leonor hermana del de
Francia, y con ellos el Marqués de Monferrat de Italia, con los
embajadores de los electores del Imperio de Alemaña, que a la sazón
eran llegados con la nueva de su elección en Rey de Romanos. Lo cual
oído por el Rey se alegró extrañamente, y se puso luego en camino
para hallarse en la fiesta, llevando consigo algunos principales
señores del Reyno puestos muy en orden para salir a las justas y
torneos y las demás fiestas de la boda. Pasó por Tarazona, y de
allí a Ágreda, donde fueron sus primeros desposorios con doña
Leonor, y a donde le esperaba el Rey don Alonso, y continuando su
camino llegaron juntos a Burgos, a donde habían llegado ya todos los
nombrados, ni faltó don Alonso señor de Mesa y Molina tío del Rey
don Alonso, juntamente con los hermanos don Fadrique, don Manuel, y
don Felipe el que casó con doña Cristina hija del Rey de Noruega:
los cuales para estas bodas disimularon sus rencores e hicieron como
treguas en la guerra de pasiones que con don Alonso tenían.
Postreramente llegó el Príncipe don Pedro el cual igualando con el
Rey su padre en grandeza y majestad de personas excedían a todos los
demás Príncipes y representaban bien lo que eran. Luego tras él
llegaron los demás hermanos don Iayme Príncipe de Mallorca y don
Fernando señor de Ixar, y don Fernán Sánchez que llegaba de
Jerusalén. Asimismo acudieron a la fiesta don Iayme y don Pedro
hijos de doña Teresa, porque muerta doña Violante no era tan viva
la pasión del Rey y don Pedro contra ellos, mas ya se veían y
trataban. También se halló presente don Sancho el Arzobispo de
Toledo que les dijo la misa, con todos los demás Prelados y grandes
de Castilla. Los cuales fueron todos con sus criados, gente y
caballos espléndidamente aposentados y proueydos de toda cosa con
abundancia, que fueron las mayores cortes y junta de Príncipes que
Burgos jamás en si tuvo. Se celebraron las bodas solemnísimamente
con la mayor alegría y magnificencia que jamás se vieron otras, a
causa del grande concurso. Acaeció que celebrada la misa Eduardo
Príncipe de Inglaterra quiso ser armado caballero por mano del Rey
don Alonso, juntamente con don Fernando su hijo el novio de las
bodas. También recibieron de mano de Eduardo la misma dignidad los
hermanos de don Fernando con don Lope Díaz de Haro señor de
Vizcaya. Estas bodas después de oída la misa y tomada la bendición
del Rey aguelo, y padre don Alonso, se entretuvieron y solemnizaron
con fiestas de justas, torneos, cañas, juegos, espectáculos, toros
y otros muchos regocijos, por espacio de medio año, desde la
primavera al otoño. Porque siendo (como dicen) Burgos de verano
fría, no hubo ningún exceso de calor para impedir el continuo y
encendido ejercicio de tantas justas y torneos con los demás juegos
que en todo aquel tiempo hubo. Y lo que más fue de maravillar es que
en todo este tiempo a ninguno de los convidados se le ofreció
necesidad, ni ocasión para haber de dejar la fiesta por volver a sus
casas. Mostrose don Alonso en esta jornada con los extranjeros y
suyos más largo y magnífico que cuantos Príncipes hubo en la
Europa. Y acabada la fiesta se despidieron unos de otros con mucho
gusto y contentamiento de todo haciendo muchas gracias al Rey de
Castilla porque los enviaba tan obligados a celebrar la perpetua
memoria de su tan extraño poder y magnificencia.













Capítulo VIII. De las quejas que los grandes de Castilla dieron al
Rey don Iayme de don Alonso su yerno por su maltrato, y como se
muestra no ser aptos para gobierno los hombres muy especulativos.






Mas porque lo
digamos todo, señala el Rey en su historia como algunos de los
grandes de Castilla mientras duró la boda y fiestas, le hablaron muy
en secreto y dieron grandes quejas del Rey don Alonso, porque se
trataba con todos inicua y soberbiamente, sin ningún respeto ni
deferencia de personas en el gobierno del reyno, como si fuera de
Moros, y que se había tan desmesuradamente con algunos, que no solo
los tenía muy enajenados de su devoción y servicio, pero muy
movidos a juntarse todos y echarle del Reyno: tantas eran las
ocasiones que de cada día les daba, para llegar a esto, y aun de
pasar más adelante. Y cerca desto le descubrieron algunas
particularidades de agravios y desafueros tales, que al Rey le
parecieron bien dignos no solo de fraterna, pero de muy pronta
enmienda, so pena que se había de perder don Alonso por querer mucho
saber, y falta de no conocerse. Porque fue este Rey entre todos
cuantos hubo en Castilla antes y después doctísimo en diversidad de
ciencias, señaladamente en Astrología, pues como antes dijimos,
compuso en esta ciencia altísimamente las tablas que llaman
Alfonsinas, para gran uso y compendio de la misma ciencia. Pero
cuanto más él se dio a la especulación de los cursos del Sol y de
la Luna con los planetas, y en poner los ojos en el movimiento e
influencia de los cielos, tanto más vino a perder la consideración
y cuidado de las cosas terrestres, y como a perder las riendas del
regimiento y gobierno de sus Reynos y de la Repub. Porque siempre
estuvo con el ánimo
agenado
de ella, y así del mucho tratar con la velocidad y mutación de los
cielos y discursos de planetas, vino a salir el más inconstante,
vario, difícil e impaciente hombre del mundo, a imitación de los
Alquimistas, que de tratar tanto con el azogue que es inconstante,
voluble y que nunca está quedo, quedan con los ojos y cabeza
temblando como azogados, que dicen. De donde los tales puestos en el
regimiento de las cosas humanas y terrestres, que son tardas y
pesadas, es necesario que las tengan en poco, y como por afrenta el
aplicarse a ellas: y así es imposible darse a los negocios sino con
mucha dificultad y extrañeza, porque son como huéspedes y
peregrinos en ellos. De manera que ni conocen con quien tratan, ni
tienen el respeto que a cada uno en el tratar deben: sino que
aborreciendo todo negocio como enemigo formado de su tan amado ocio y
contemplación, de tal suerte aborrecen a los negociantes, que dan
toda ocasión para ser aborrecidos de ellos. Oyendo pues el Rey las
justas causas de los grandes, por tener muy bien experimentada la
inconstancia de don Alonso creyó muy de veras lo que se refería del
y de sus cosas, pero con todo eso les respondió, guardasen toda
fidelidad y obediencia a su Rey, porque confiaba habría mejoría y
enmienda en sus cosas. Y despidiéndose con mucha gracia de todos, y
de la Reyna su hija y nietos, se partió de Burgos acompañado del
mismo don Alonso hasta Tarazona.















Capítulo IX. De la fraterna con tres buenos consejos que dio el Rey
a don Alonso para bien gobernar, y estar siempre en gracia y amor de
sus vasallos.






Partido el Rey
de Burgos, habiendo ya salido antes de él don Pedro con los demás
hermanos cada uno para donde el Rey les había ordenado, quedando con
solo don Alonso que quiso acompañarle hasta Tarazona, pareciole con
la ocasión del camino, por lo que le amaba, siendo tan conjunto suyo
y padre de sus nietos, darle algunos buenos documentos, como avisos
necesarios para su buen regimiento y del Reyno. Y así le advirtió
prudentísimamente y con buen modo, de cuatro principales vicios en
que pecaba don Alonso con que perturbaba todo su gobierno, añadiendo
a cada uno su virtud contraria, para que como buen médico, según la
enfermedad así se le representase el remedio. Lo primero que no
tuviese odio ni
rancor
contra sus vasallos porque esta era cosa propia de tiranos, si no
quería ser más aborrecido que temido, y nunca llegar a ser amado de
ellos. Porque este rencor y odio callado, no viene sino de haber
tentado algunas cosas malas en el pueblo, y por no ir acompañadas de
honestidad y continencia, no haber salido con ellas. Y como no hay
cosa que más refrene a los pueblos que ver a los Reyes refrenarse a
si mismos: así para la propia seguridad y descanso cumple no
aborrecerlos ni con inicuas obras exasperarlos. Lo segundo que de los
tres estados de que está compuesta la Repub. Ecclesiásticos
señores, y pueblo, ya no pudiese con todos (aunque esto sería lo
mejor) al menos estuviese bien con los Prelados, Sacerdotes y estado
Ecclesiástico. Porque en tener a estos de su parte, y aconsejarse
con ellos, autorizaría mucho sus cosas, y por su medio atraería más
a si los populares, y refrenaría la fantasía y altivez de los
grandes. Lo Tercero que los grandes nobles y caballeros es justo si
son insolentes y desacatados, sean reprendidos y castigados, pero no
ultrajados y afrentados: porque son los que mantienen el honor de la
República, son los brazos de la guerra, y fundamentos de la paz: por
los cuales siempre fueron los Reyes temidos de sus enemigos. Lo
postrero que no condenase a ninguno sin oírle primero, y guardarle
su justicia. Porque esto no solo arguye al Príncipe que tal hace de
tirano y atrevido, pero quita muy
inicamente
su crédito y autoridad, así a las leyes que son magistrados
muertos, como a los mismos magistrados que son leyes vivas.
Finalmente que se acordase que los Reyes nacieron para beneficio y
amparo de los pueblos, y que reconociese a nuestro Señor la soberana
merced que le había hecho en que siendo hombre no fuese súbdito
sino señor de innumerables hombres.









Capítulo X. Como por no
seguir don Alonso los consejos que el Rey le dio, se vio en grandes
trabajos y desamparo de todos los suyos.






Quedó
extrañamente admirado don Alonso de oír los prudentes y tan bien
deducidos avisos y consejos que el Rey (a quien hasta allí tuvo por
imperito)
le dio, y claramente conoció que ninguna de las otras ciencias, sino
de la grande experiencia que el Rey tenía de las cosas podían salir
documentos tan vivos y convenientes para el buen regimiento de sus
Reynos. Y aunque prometió de seguirlos, y observarlos pero por su
mal hábito de posponerlo todo a su ocio literario tan ajeno del
gobierno Real, aprovechó todo poco: a semejanza de las píldoras que
con la esperanza de la salud, aunque amargas se toman de buena gana,
pero el estómago, por hallarse de malos humores estragado, no puede
retenerlas y las vomita luego. Así don Alonso con su sutil y
delicado ingenio fácilmente conoció y tuvo por buenos los sanos
consejos que el Rey le dio, y como tales propuso de seguirlos: pero
en volver el Rey las espaldas, no solo los olvidó y echó de si:
sino que volviendo a su antigua costumbre y perversa condición,
cometió tales cosas de nuevo, que fue causa para que todos sus
hermanos junto con los grandes del Reyno que todos hacían un cuerpo
casi se le rebelasen, y así don Felipe su hermano, viendo el mal
trato del Rey juntamente con don Nuño Gonzalo de Lara hijo de aquel
gran don Nuño, de quien arriba hablamos, con otros muchos señores
de Castilla, y algunos síndicos de villas y ciudades reales, que se
cartearon secretamente los unos con los otros, se ajuntaron en la
villa de Lerma, y puestas las causas que para ello tuvieron de común
consentimiento de todos, juraron de rebelarse contra don Alonso, si
no desistía, y se apartaba de poner en ejecución ciertas nuevas
leyes y edictos que poco antes había hecho y mandado publicar, que
ni para su honra, ni para la utilidad de los pueblos convenía,
porque del todo se encaraban para total ruina y destrucción
(
distruycion)
de los grandes y barones del Reyno, sin perdonar a sus propios
hermanos. Por lo cual don Felipe no quiso valerse del favor del Rey
de Granada, con quien tenía estrecha amistad para recogerse a él,
sino que sabiendo las enemistades que con el Rey de Navarra tenía
don Alonso, por consejo de los grandes que se ofrecieron a nunca
faltarle, se fue para él, por hacer mayor tiro, y despecho a don
Alonso.









Capítulo XI. De la
infinidad de moros que pasaron de África en la Andalucía, y como
vino don Alonso con la Reyna su mujer a Valencia a pedir al Rey
socorro.







Por este tiempo que ya el
Rey era llegado a Valencia, se entendió como infinito número de
Moros Africanos del Reyno de Marruecos habían pasado a la Andalucía,
y que aportados en Algezira, se habían apoderado de ella y de la
villa de Bejer con hallarla muy proueyda y guarnecida de gente y
armas: también que hallándose el Rey don Alonso muy confuso con tal
nueva, viendo por una parte los de África con innumerable ejército
entrarle por sus tierras, por otra a don Felipe su hermano con los
grandes del Reyno apartados de si, y puestos en rebelársele, puso
todo su remedio y confianza en el Rey su suegro: y para tomar su
consejo, y valerse de su favor, en una tan súbita y urgente
necesidad, determinó de venir juntamente con la Reyna su mujer a
Valencia, donde el Rey estaba detenido de pasar a Cataluña por
entender en averiguar ciertas diferencias (como su historia dice) que
se habían movido entre don Guillé Escriua contador mayor del Reyno,
que llaman maestro Racional, y el Bayle general receptor de las
rentas Reales, dos de los más preminentes oficios Reales del Reyno.
Era la diferencia sobre las preeminencias y antelaciones de los dos
oficios, o dignidades que tenían, la cual diferencia compuso y
asentó el Rey publicando sentencia en favor de don Guillen. Pues
como entendió que ya don Alonso y la Reyna estaban de camino,
salioles a recibir a Buñol, una pequeña jornada de Valencia, y
haciendo allí noche todos, a causa del buen alojamiento del castillo
y pueblo, que ahora posee la ilustre familia de los Mercaderes, se
vinieron el día siguiente a Valencia, a donde fueron del Senado y
pueblo, señaladamente de toda la nobleza y caballería
suntuosísimamente recibidos: y dada vuelta por la ciudad que estaba
riquísimamente entoldada y abiertas sus ricas tiendas, fueron
aposentados en el antiguo palacio del Rey fuera de la ciudad tan
abastado de aposentos que pudo quedar allí el Rey para más
consolarse con la continua presencia de la Reyna su hija, que fue la
más amada de todas. A la cual por hacer más fiestas todos los días
que se detuvieron se pasaron en justas y torneos con otros muchos
regocijos, de que gozó mucho don Alonso, por estar hecho a pocos
cuidados. Pero como le viniesen correos de cada día con avisos de
las grandes correrías y daños que los Moros hacían por toda la
Andalucía, y el peligro en que estaban las villas y ciudades de
ella, después de haberles destruido los Moros y talado los campos,
fue necesario dejarse de fiestas y volverse con gran presteza a
Castilla, y llevarse la Reyna por ser mujer de gobierno y para mucho.
A los cuales acompañó el Rey hasta Villena, y respondiendo a la
demanda de don Alonso (que todavía tenía algo de impertinente) y
fue pedirle consejo, si movería guerra al Rey de Granada como a
receptor de los Moros de allende, le respondió, que entendiese en lo
más necesario y urgente como era echar a los enemigos, que después
sería a tiempo de vengarse de los de Granada. Con todo eso ofreció
el Rey de enviarle socorro contra los Moros, aunque don Alonso se
olvidó de pedirlo.








Capítulo XII. De los dos pueblos que el Rey fundó en el Reyno de
Valencia, de la revuelta de don Artal de Luna con los de Zuera, y
como se vio otra vez en Alicante con don Alonso, y lo que pasó con
él.






Quedó el Rey
muy descontento de los despropósitos, y poco gobierno de don Alonso
porque mostraba estar fuera del caso, y lo poco que se había
aprovechado de sus consejos. Pues al tiempo que la infinidad de
enemigos se le entraba por sus tierras se vino con la Reyna muy
despacio para Valencia como para bodas, so color de pedirle consejo
de lo que haría en tan urgente necesidad. Y a la postre le pidió
uno por otro, y se olvidó de pedir lo importante: y así conociendo
su condición, y lo poco que había de aprovechar cosa que le dijese,
se despidió de él y de la Reyna, y se volvió a Xatiua. Yendo pues
de camino pareció al Rey mandar fundar dos pueblos en dos sitios muy
cómodos: el uno en la valle de Albayda encima de Xatiua hacia el
medio día llamado Montaberner, y el otro dicho Orimbloy junto a
Denia y les dio sus términos y territorios. En este tiempo que de
vuelta de Villena el Rey se entretenía en Ontinyente que es una de
las poderosas y principales villas de las montañas del Reyno junto a
Biar, tuvo nueva de Zaragoza como don Artal de Luna, por ciertas
diferencias que tenía con los de la villa de Zuera en el término de
Zaragoza se puso con su gente en celada aguardando a los de Zuera que
salían mano armada para ir a dar sobre un pueblo de don Artal, el
cual se adelantó y dio sobre ellos, y desbaratándolos mató XXVII.
Por esto determinó luego partirse para Aragón, y llegando a
Torrellas que ahora llaman Torrijos junto a Camarena aldea de Teruel,
salió el Infante don Iayme al encuentro al Rey su padre, a pedirle
licencia para ir a Francia a concluir un matrimonio que se trataba
entre él y la Condesa de Niuers. De este don Iayme dudan algunos si
fue el legítimo hijo de doña Violante. Porque como se cuenta en el
precedente libro, poco antes se había casado con Esclaramunda hija
del Conde de Foix en la Guiayna: por donde o era ya muerta
Esclaramunda (de lo que no habla ninguna historia) o si era viva, no
podía ser este don Iayme otro que el hijo de doña Teresa, el cual
como estuviese en la tenencia de Xerica que no está lejos de
Torrijos salió al camino al Rey y le pidió favor y fuerzas para
efectuar este casamiento. Y el Rey se contentó de ello y le mandó
proveer de dinero y gente que le acompañase y honrase en esta
jornada. Llegó pues el Rey a Zaragoza, y luego mandó citar a don
Artal para ante su presencia. En este medio recibió cartas de don
Alonso de Castilla, diciendo deseaba mucho verse con él para
comunicarle ciertos negocios a los dos muy importantes, y tales que
no se podían encomendar a la pluma, que le suplicaba se viesen en
Alicante. El Rey quiso contentarle, aunque siempre pensó sería
algún movimiento de planeta y de sus acostumbradas invenciones, por
divagar, y no hacer nada de lo que bien le estuviese: y así partió
para Alicante a donde halló ya a don Alonso que le aguardaba. El
cual encerrándose con el Rey le dijo en gran secreto y en suma que
ciertos principales ricos hombres de Aragón juntados con los que en
Castilla se le habían rebelado y pasado a otros Reynos se habían
concertado con los Moros de allende y con los de Granada, para mover
guerra contra los dos, que por tanto viese lo que en tan nuevo caso
debían hacer. Mas le pidió si le parecía bien mover guerra contra
los gobernadores de las dos ciudades Málaga y Guadix: porque estos
eran los mayores
receptadores
de los moros de África, o si sería mejor fingir amistad con ellos,
y hacer guerra al Rey de Granada, como principal autor de tantos
males. No dejó el Rey de conocer la inquietud e inconstancia de
ingenio de don Alonso, y lo poco que calaba los negocios del gobierno
y de guerra: pues de no tomarlos con el valor y ánimo que se
requiere, no los acababa, y de aquí daba en otro inconveniente mayor
que tenía a todos por sospechosos. Con todo eso le aconsejó que en
ninguna manera quebrantase las treguas que había hecho con el Rey de
Granada: y a lo de la conjuración de los grandes de Aragón y de
Castilla, que quitase las ocasiones para rebelársele a sus ricos
hombres, que lo mismo haría él a los suyos, porque este era el
mejor remedio y medicina para este mal. Y para esto se acordase de
los consejos que le dio volviendo de Burgos para Aragón por el
camino, desengañándole que en su propia mano estaba el fuego y el
cuchillo, pero entretanto cada uno mirase por si: y en caso de
necesidad, que no se faltase el uno al otro.




De donde se colige que el
Rey o por el dicho de don Alonso, o por algunos indicios que para
ello tuvo, no dejó de dar algún crédito a lo que don Alonso le
dijo, por lo que después se siguió.







Capítulo XIII. Que
condenando el Rey a don Artal de Luna, se descubrieron algunas malas
voluntades contra el Príncipe don Pedro cuyos criados tentaron de
matar a don Sancho su hermano.







Vueltos los Reyes cada uno
para su casa, maravillose mucho el Rey de su yerno don Alonso, con
ser tan letrado en varias ciencias, tener tanta falta de consejo, y
venir a ser tan sospechoso, y medroso, que no solo a los suyos, pero
aun a los extraños pusiese en sospecha de rebeldes y así comenzó a
pronosticarle todo mal successo en sus cosas. Se vino para Huesca, a
donde convocó cortes, para que por las causas allí referidas contra
don Artal así por lo hecho contra los de Zuera, como porque siendo
citado no había comparecido, se procediese contra él, y se le
hiciese cruel guerra en todas sus villas y lugares. Y para esto
acudiesen todos los que por aquella tierra recibían gajes del Rey.
Publicada esta guerra hubo tal sentimiento de ella en Aragón y
Cataluña, que comenzaron a moverse diferencias y levantarse
alborotos grandes entre los señores y barones, no tanto por don
Artal cuanto por el odio y rencor que todos tenían al Príncipe don
Pedro. Mayormente en Aragón, porque ya no de secreto, ni
disimuladamente, sino muy a la descubierta perseguía a don Fernán
Sánchez su hermano, después que volvió de Jerusalén y Sicilia: a
causa de la amistad grande que había tomado con el Rey Carlos
formado enemigo de don Pedro (como está dicho). Llegó tan adelante
este negocio que tentó diversas veces don Pedro de matar a don
Sancho: señaladamente poco antes cuando los dos se hallaron en
Burriana, a donde los criados de don Pedro, al punto de mediodía con
las espadas en las manos comenzaron a discurrir por todo el palacio,
y osaron señalar que buscaban a don Fernán Sánchez para de hecho
matarle, como sin duda lo pusieran por obra, si él no se saliera del
palacio con su mujer a más que de paso, y se pusiera en salvo. Esto
lo confirma Asclot diciendo, que el odio de don Pedro, no era tanto
por la amistad que don Fernán Sánchez había tomado con el Rey
Carlos, cuanto por haberse persuadido que don Fernán Sánchez
asegurándose con el favor y ayuda de Carlos, había prometido de
matar a don Pedro, para que más libremente y sin cuidado gozase el
Carlos de Sicilia.







Capítulo XIV. De los
muchos que favorecían a don Fernán Sánchez contra don Pedro, y del
razonamiento que contra él hizo don Fernán Sánchez ante el Rey.






Conoció
claramente don Fernán Sánchez hasta donde llegaba el odio e ira
grande que don Pedro le tenía, y que según era altivo y
determinado, no reposaría jamás hasta que le hubiese sacado del
mundo. Por eso determinó valerse del favor y ayuda de ciertos
barones de Cataluña, los cuales al tiempo que la gobernaba don
Pedro, fueron de él muy mal tratados, señaladamente por lo que
había hecho contra un caballero muy noble llamado don Guillé de
Odena al cual condenó a echarlo vivo dentro de un saco en el río, y
que muriese ahogado, que fue mayor pena de la que por ley se debía.
Con estos, y con el favor de don Ximen de Vrrea su suegro, y también
de otros a quien en días pasados, había quitado el Rey sus campos y
posesiones por haber seguido la parcialidad contraria de don Pedro,
alcanzó don Fernán Sánchez ser muy favorecido de ellos, y para eso
se conjuraron todos, y le ofrecieron de seguirle con la vida y
hacienda en esta demanda. No contento con esto don Fernán Sánchez
antes que esta conjuración se publicase, se fue para el Rey, al cual
informó de todo lo que don Pedro y sus criados habían intentado
contra él en Burriana, suplicándole como a señor y padre le
librase de las manos de quien tan a la clara le quería matar, y
mandase castigar a los traidores que ya lo querían poner por obra.
Añadiendo a lo dicho, que si siendo él señor y común padre de los
dos vivo, el hermano se atrevía a matar al hermano, qué haría
después de él muerto, y qué maquinaría contra los dos, después
de haber echado a él del Reyno, lo que por ventura maquinaba, que se
acordase de la obligación que tenía siendo común padre, de
reprimir la desenfrenada ira del un hijo contra el otro, si no quería
en un mismo día verse privado de los dos. Pues tanto y más es de
temer el hombre loco y desesperado, que el valiente y cuerdo, que
supiese que daría
cient
vidas por quitarla al que se la quería quitar. Y así le rogaba muy
humildemente por la clemencia que como a padre le obligaba: y por la
justicia que como Rey podía y debía, quitase de entre ellos tan
crueles distensiones con tan grandes daños y calamidades como de
aquí nacerían para sus propios hijos, y para todos sus Reynos, si
con tiempo, no acudía con el remedio.









Capítulo XV. De lo mucho
que el Rey sintió la discordia de sus hijos, y de las cortes de
Exea, y edictos que allí se publicaron, y sentencia contra don
Artal.







Entendido por el Rey todo
este hecho de sus hijos, quedó muy lastimado, por ver tan grandes
revueltas y discordias sembradas entre ellos, de las cuales
claramente entendió que habían de nacer abrojos de distensiones y
parcialidades entre sus vasallos y Reynos: por eso se dio toda la
prisa que pudo por apagar este fuego antes que más se encendiese. Se
partió a la hora de Murviedro para Aragón y mandó convocar cortes
en Ejea de los Caballeros, y que el Príncipe don Pedro con todos los
señores y barones del Reyno se hallasen en ellas: a donde entre
otros edictos, mandó al Conde de Pallas, y a todos los demás
señores y barones de Cataluña, que ninguno favoreciese al Conde de
Foix que tenía guerra con el Rey de Francia, con gente, ni armas, ni
hacienda. Esto lo mandó el Rey, no tanto por querer mal al Conde por
tener guerra contra su yerno el de Francia, cuanto por quitar el
estruendo y movimiento de las armas de toda Cataluña, que con
achaque de favorecer al Conde, se levantaban en la tierra. Sin esto
mandó al Príncipe don Pedro que renunciase la general gobernación
de los dos Reynos, que le había encomendado cuando se embarcó para
la tierra santa, por consejo de algunos buenos que deseaban la
tranquilidad del Reyno, junto con la seguridad de la persona de don
Pedro. Otro si mandó se publicase allí la sentencia del Iusticia de
Aragón dada en la causa de don Artal y los de Zuera: la cual fue que
en recompensa de los daños que don Artal les hizo, fuese privado de
toda su hacienda y bienes, y la posesión de ellos, por derecho de
señorío se diese a los de Zuera. Pero entendida por don Artal la
sentencia, antes que las cortes se concluyesen, con el favor e
intercesión de don Pedro Cornel hubo salvo conducto y vino a Ejea, y
se echó a los pies del Rey: suplicándole fuese perdonado de su
delito o al menos que por su benignidad Real se moderase la severidad
y rigor de la sentencia. Movido el Rey por las buenas palabras y
humildad de don Artal, y ser muy valeroso caballero por su persona, a
consejo de los señores y barones de los dos Reynos, y a juicio y
parecer de letrados, conmutó la sentencia, condenando a don Artal en
que pagase veinte mil sueldos jaqueses por los gastos, a los de
Zuera, y que por cinco años precisos fuese desterrado de todos los
Reynos y señoríos del Rey. Y a los participantes en el delito, que
fueron Lope Díaz Sentia, Ximeno Alauon, Diego Gurrea, y Pedro Ortiz,
en diez años de semejante destierro.













Capítulo XVI. De la exhortación que el Rey hizo a don Pedro por que
se confederase con don Fernán Sánchez, y de las acusaciones que
contra él puso don Pedro, y como se excusaron los grandes del Reyno
de responder a ellas.






Concluidas las
cortes de Ejea, el Rey se volvió a Valencia y pasando por Teruel,
fue por los ciudadanos principalmente hospedado: a donde teniendo en
memoria aquel magnífico presente que le hicieron para la guerra de
Murcia, como está dicho, mostró la mucha satisfacción y
contentamiento que de sus servicios, y fidelidad tenía, para
beneficarlos
en cuantas ocasiones se ofreciesen. Llegado a Valencia, mandó
convocar cortes, para los de solo el Reyno en Alzira: andando siempre
el Príncipe don Pedro desabrido contra su hermano, sin querer
obedecer al Rey por mucho que le exhortaba y rogaba se reconciliase
con él. Por lo cual el Rey en presencia del Obispo de Valencia, y de
Iayme Sarroca Sacristán de Lérida, y fray Pedro de Granada
religioso Dominicano, y de Thomas
Iumquera
(
original modificado)
principal letrado en derechos, amonestó de nuevo a don Pedro dejase
las enemistades y malevolencia que tenía con su hermano, si no
quería incurrir en la indignación de su padre, señalando a si
mismo. Mas don Pedro no por eso dejó de perseverar en su porfiada
ira, y sin responder palabra, se salió del ayuntamiento, y aquella
misma noche secretamente se fue a Alzira con solos tres caballeros
siempre con intención y ánimo de vengarse de su hermano. Entonces
determinó el Rey por todas vías de librar a don Fernán Sánchez, y
castigar a don Pedro, contra el cual, al parecer, mostraba estar muy
indignado por este caso. Sabido esto por don Fernán Sánchez no
quiso perder tan buena ocasión para más congraciarse con el Rey, y
así vino luego a Valencia, acompañado de don Ximen de Urrea su
suegro. Y llegado besó las manos al Rey haciéndole muchas gracias
por haberse querido enterar de la verdad de lo que entre él y don
Pedro pasaba, y tomar su defensión a cargo. Con todo esto le
aconsejó el Rey que mirase por si, y se volviese a Zaragoza, porque
no le tenía por seguro en Valencia. Mas luego que don Pedro supo el
sentimiento que el Rey había hecho por no haber obedecido a lo que
en presencia de tantos le amonestara porque se reconciliase con don
Fernán Sánchez, y como que prometiera con ira que le había de
castigar por su poca obediencia: y sin eso la gran audiencia que a
don Sancho había dado: determinó moderar su
desmasiado
orgullo e ira, temiendo no le sucediese al revés de lo que pensaba,
el abusar tanto del regalo y benevolencia del Rey. Y así por hacer
buena su causa delante de él y los demás de su consejo, rogó a
Ruyz Ximeno de Luna, y a Thomas
Iunqueras
sus muy íntimos amigos, a quien instruyó muy a su propósito, y dio
sus poderes para comparecer ante el Rey de su parte. Los cuales
llegados ante su Real presencia, y de don Bernad Guillen Dentensa,
don Ferriz de Liçana, que ya era vuelto en su gracia, y Pedro Martín
de Luna, propuso Thomas su embajada según estaba instruido. Diciendo
como nunca había querido el Príncipe don Pedro descubrir al Rey las
cosas tan torpes y
nefandas
que de don Fernán Sánchez sabía, antes las había tenido mucho
tiempo calladas, por ser tales, que sin grande ignominia y afrenta de
sus hermanos no podían, ni debían quedar sin castigo. Pero pues tan
de veras le apretaba tratándole de inobediente, por su descargo le
notificaba, que a don Fernán Sánchez le habían salido tales
palabras de la boca: es a saber. Que el Rey era indigno del Reyno, y
era muy pesado en su reynar. Que él mismo había intentado de matar
a don Pedro con yerbas, por si por la vía que él pretendía pudiese
suceder en el Reyno. Que había muchos principales del Reyno
cómplices y sabedores de esta traición, y que probaría todo esto
ser mucha verdad. Oídas por el Rey todas estas gravísimas
objeciones, no dejó de dar algún crédito a ellas, porque parecían
frisar, con lo que poco antes le había señalado don Alonso de
Castilla. Por donde poco se alteró de ello, ora fuese falso, o
verdadero lo que se oponía, no dejaba de infamar a los suyos.
Llamados sobre esto los señores y barones que seguían la Corte, se
apartó con ellos a un lado de la quadra: a los cuales después de
referidas las oposiciones hechas por parte de don Pedro les dijo, que
no tocaba a él, sino a ellos satisfacer y responder a ellas: pues
por lo que señalaban, no dejaban ellos de incurrir en alguna mácula
de infidelidad. A lo cual respondió don Ximen de Urrea, que no había
razón para que responder a ellas, por ser el que las decía un
ínfimo Clérigo que se las inventaba. Y si era verdad las decía,
por mandamiento de don Pedro, tanto menos eran obligados a hacerle
desdecir, por ser Príncipe jurado y sucesor en el Reyno, a quien
habían dado pleito y homenaje como vasallos. Entonces respondió el
Rey a los embajadores, daría orden como don Fernán Sánchez
satisficiese a las acusaciones opuestas, y se defendiese de ellas,
donde no, le castigaría.









Capítulo XVII. Como el
Rey fue a tener cortes a Alzira, y estando don Pedro para ir con
gente contra don Fernán Sánchez, los prelados le persuadieron a que
hiciese la voluntad del Rey.






En este medio
don Pedro se entró en Alzira siempre fabricando en su ánimo cómo
auria
a don Sancho para vengarse de él, para lo cual secretamente recogía
gente para irle a buscar, que pensaba cogerle antes que se volviese a
Aragón. Sabiendo esto el Rey determinó de ir a Alzira a tener las
cortes, y por divertir a don Pedro de tan malos pensamientos, dándole
una buena mano en presencia de los prelados y grandes que consigo
llevaba a las cortes. Pues como estuviese ya cerca de la villa, y
fuese cazando por la ribera de Xucar, descubrió a don Pedro que
acababa de pasarle en barcos con algunos de a caballo, con los cuales
se entró en la villa de Corbera. Comenzadas las cortes, a las cuales
también vino don Iayme hijo de doña Teresa, Bernardo Olivella
Arzobispo de Tarragona, y los Obispos de Valencia y Lérida, con
algunos ricos hombres de los otros Reynos, y los Síndicos de las
ciudades Zaragoza, Teruel, Calatayud y Leryda, propuso el Rey ante
todos la porfiada pertinacia de don Pedro, y su mal ánimo para con
su hermano que tan puesto estaba en hacerle guerra mortal, y como a
su despecho hacía secretamente gente contra él, y fortificaba las
villas y lugares que le iba quitando. Además de esto, que ni quería
se tratasen por vía de compromiso las diferencias que entre los dos
había, y ni de justicia, ni de amigable composición siendo
hermanos, sino que se averiguase por armas: que les notificaba todo
esto, para que le aconsejasen lo que para remedio de tan extraño
caso debía hacer, porque su ánimo era proceder con todo rigor
contra don Pedro como contra el más rebelde y escandaloso hombre del
mundo. Como oyeron esto los Prelados, y vieron al Rey tan puesto en
ejecutar su proposición, procuraron con buenas palabras aplacarle,
prometiendo toda enmienda y obediencia por parte de don Pedro, y
juntándose con ellos algunos señores de Aragón y Cataluña se
fueron a Corbera, a representar a don Pedro los daños que contra si
mismo se causaba, y lo mucho que enojaba al Rey y escandalizaba a
todos los de las cortes en mover guerra contra su propio hermano, que
más era contra su común padre que tan de veras tomaba este negocio
contra él y todo el mundo se lo alababa: que se guardase de incurrir
en la ira y maldición de su padre, porque tras ella le vendría la
del cielo. Aprovechó poco toda esta diligencia de los prelados con
don Pedro porque ni quiso creer lo que le dijeron, ni dejar de pasar
su propósito adelante, tan arraigada estaba en él la malicia contra
don Fernán Sánchez. Sabiendo esto el Rey lo sintió notablemente, y
luego salió de Alzira y se fue para Xatiua, con fin y determinación
de perseguir y proceder con todo rigor contra don Pedro y así mandó
apercibir una compañía de gente de a caballo para ir a prender a
don Pedro con fin de castigarle severamente. Sintiendo esto Andrés
de Albalate, Obispo de Valencia y viendo que con la ira del Rey se le
doblarían los enemigos a don Pedro y perdería los amigos, para que
todas sus cosas parasen en mal, si no volvía en si, y se reconocía,
volvió a verse con él a solas, hablándole ya no con blandura, sino
muy duramente, increpando gravemente su pertinacia. Mostrando como ni
era de verdadero hijo, ni de caballero, ni de Cristiano lo que hacía
en contravenir y no obedecer los mandamientos del Rey su padre, que
siempre le había sido tan propicio y favorable, que a todos los
demás hijos, por solo él había aborrecido, y que le era un
ingrato, que mirase no incurriese en mayor ira del celestial padre
que suele castigar muy rigurosamente a los hijos que
aca
baxo

son desobedientes a sus padres. Por lo cual le suplicaba y amonestaba
muy de veras se entregase en manos del Rey, y se sometiese a su
voluntad sin ningún otro concierto ni condición que le prometía de
esta manera hallaría en él muy amoroso recibimiento, y alcanzaría
del todo su perdón y gracia.
Movido don Pedro con las
amonestaciones y eficaces razones del Obispo, determinó rendirse muy
de corazón a su padre, como a la verdad ya antes había pensado de
hacerlo y con esto se fue con el Obispo para Xatiua llevando consigo
al Vicario del gran Maestre del Hospital, a quien por justa causa
(aunque no la especifica la historia) había tenido preso, sabiendo
que holgaría el Rey de verle libre. Entrando pues don Pedro con el
Obispo a su lado por palacio le siguieron todos con muy grande
alegría por ver el recibimiento que el Rey le haría, hasta que
llegó a la cámara del Rey, y en verle se le echó con grande
humildad a los pies, y le besó el derecho, y le habló con palabras
muy humildes mezcladas con lágrimas y pidiéndole perdón. El Rey le
recibió benignamente, porque era tanto el amor que le tenía, que no
bastó, ni fue parte la contumacia pasada para menoscabarlo, antes
(como adelante veremos) lo dobló conforme a lo que afirma el Cómico
que las iras entre los enamorados son causa de mayor amor.









Capítulo XVIII. De como
reconciliado don Pedro con el Rey, los dos se concordaron en
perseguir a don Fernán Sánchez, y de la muerte del Rey de Navarra,
y de doña Berenguera.







Esta súbita
reconciliación de don Pedro con el Rey no fue menos sospechosa a
todos, que totalmente daño para don Fernán Sánchez porque de aquel
mismo punto que el Rey vio a don Pedro, como atosigado de su veneno,
convirtió toda su ira y saña contra don Fernán Sánchez, creyendo
ser verdad todo lo que le dijo don Pedro, que a la hora se le
representaron, y vinieron a la memoria las cosas que don Fernán
Sánchez en los años pasados había intentado y maquinado contra su
Real persona en Zaragoza, cuando pidió el bouage a los Aragoneses
para la guerra de Murcia, juntándose con los señores barones y
ricos hombres del Reyno a contradecirle, haciéndose caudillo de
ellos, y formado enemigo suyo, allende de las burlas y palabras
injuriosas que contra él profirió y que no solo procuró con los
barones Aragoneses, pero aun escribió y convocó a los Catalanes
para que hiciesen formada rebelión, y pusiesen en todo riesgo su
vida y honra, que en fin no tuvo en él por entonces hijo sino cruel
enemigo. Ni tuvo por menos justificada la ira de don Pedro contra él
pues sabiendo la justa causa que don Pedro tenía para estar mal con
el Rey Carlos de Sicilia por la muerte de Manfredo su suegro, ni
había de aportar en ninguna parte de Sicilia cuando volvió del
mismo Rey, y mucho menos el armarse caballero de su mano, como está
dicho. De manera que por tantas y tan justas causas le parecía al
Rey no se serviría Dios quedasen estos delitos sin punición y
castigo, y así ni dejó de procurarlo, ni le pesó después de
hecho, como adelante mostraremos. Por este tiempo murió Theobaldo
Rey de Navarra sin dejar hijos, y le sucedió su hermano Enrrico en
el Reyno. El cual no quiso pasar por los conciertos y pactos hechos
entre Theobaldo y la Reyna doña Margarita su madre con el Rey. Cuyo
derecho no por eso dejó de ser muy firme para con el Reyno: puesto
que por entonces no determinó pedirlo por vía de armas, por tenerle
tan distraído las divisiones de sus hijos. También murió por este
tiempo en Narbona y fue allí mismo sepultada, doña Berenguera hija
de don Alonso señor de Molina, con la cual tuvo el Rey siendo viudo
conversación carnal por algunos años, tan libre, que muchas veces
(según él dice en su historia) de ningún pecado tenía porqué
hacerse conciencia sino del de doña Berenguera. Y cuando se
confesaba para entrar en batalla, otro que este no le ocurría.
Puesto que con la esperanza y palabra que había dado de casarse con
ella, no le condenaban (condennauan) del todo. Pero muerta ella como
el Rey entraba en años, no se lee haber más usado de semejante
soltura. Es cierto que no tuvo ningunos hijos de ella, por que hizo
al Rey su heredero de dos villas llamadas Felgos, y Caldela que en el
Reyno de Galicia poseía.













Capítulo XIX. Como el Rey de castilla temiendo la venida de los
moros de África pidió socorro al Rey, el cual se vio con él, y se
lo prometió y de lo que el Rey hizo en Mompeller.







En el mismo tiempo y año,
como algunos señores y grandes de Castilla movidos por las razones y
sobras que don Alonso les hacía se pasasen al Rey de Granada, y
otros al de Navarra, y también se dijese y tuviese por muy cierto
que Abienjuceff Rey de Marruecos había de pasar muy presto con
innumerable ejército a la Andalucía, escribió don Alonso al Rey
dándole aviso de todas sus calamidades así de la ida de sus
vasallos a otros Reyes, como de la venida de los Moros a sus Reynos,
y que le suplicaba para tratar el remedio de esto se viesen juntos
que acudiría luego a donde mandase. Le pesó al Rey muy
entrañablemente de ver y oír las miserias de don Alonso, y más por
ser él mismo la causa de su perdición pues con el mal tratamiento y
división que tenía con los señores, y ver que se apartaban de él
tomaban ánimo los Moros de África para pasar en la Andalucía, y a
río revuelto ponerle en los trabajos y miserias que padecía. Porque
es cierto que en ningún otro tiempo se atrevieron a pasar los Moros
de África en España tan a menudo como en este del Rey don Alonso.
Por donde respondiendo el Rey que acudiría, se vieron en la villa de
Requena en los confines del Reyno de Valencia a donde después de
pasadas muchas buenas razones entre ellos en conclusión prometió el
uno al otro que no se faltarían en tal necesidad, y que se ayudarían
con todo su poder, señaladamente contra los Moros de África
prometiendo al Rey de ir en persona en esta guerra, y con esto
después de avisarle y amonestarle sobre lo que decía hacer con los
grandes para reducirlos a su devoción, y también sobre el ejército
que debía preparar para resistir a los Moros por la Andalucía, pues
él entraría por la parte de Murcia para entretener a los de Granada
no favoreciesen a los otros, se despidieron y cada uno se volvió a
entender en lo que se había encargado para esta guerra. De manera
que vuelto el Rey a Valencia, comenzó a enviar gente de guarnición
a los confines del Reyno hacia la parte de Murcia, y él se partió
por negocios importantes para Barcelona, acompañado de algunos
señores y barones de los dos Reynos, a donde concluidos algunos,
pasó a Mompeller, y como supo las distensiones y diferencias que
había entre Philipo Rey de Francia su yerno y el Conde de Foix, y
que por ellas tenía el Rey preso al Conde, entendió en concordarlos
y librar de la prisión al Conde. Aunque para concluir esta
reconciliación, hubo de dar el Rey a Philipo ciertas villas que
junto al estado de Mompeller poseía. También hizo pregonar guerra
por toda la Guiayna contra el Rey de Granada, y contra Abenjuceff Rey
de Marruecos, y lo mismo por Aragón y Cataluña en defensión de
Castilla y del Andalucía. Mandando a todos los señores y barones
que tenían tierras y posesiones tomadas en feudo de los Reyes sus
antepasados con obligación de que en tiempo de guerra personalmente
siguiesen al Rey y a su costa le sirviesen en ella, acudiesen a
servirle en esta jornada, haciéndoles saber como él mismo en
persona se había de hallar en ella, porque ninguno excusase la
venida. Con esto mandó a Vgon de Sentapau justicia ordinario de la
ciudad de Girona principal ciudadano y de antiguo linaje en ella, que
la gente que tuviese hecha para esta jornada la enviase a Valencia.













Capítulo XX. De lo que el Rey pasó con el Vizconde de Cardona, y
como juntó su ejército y fue la vuelta de Murcia, y no pareciendo
los Moros, dejando allí buena guarnición de gente se volvió a
Valencia.







Hecho lo que dicho
habemos, se partió el Rey de Mompeller, y vino a Lérida, donde
halló al Vizconde de Cardona, al cual como le viese desocupado y
pacífico con sus vasallos, rogó mucho le siguiese en esta guerra
contra Moros, con su persona y la más gente que pudiese que le
obligaría en ello mucho. Como el Vizconde se excusase, y no con sus
trabajos pasados con sus vasallos, sino por pensar que no tenía
obligación precisa para seguir al Rey, y que estaba en su libertad
el quedarse le mostró el Rey lo contrario, y como por derecho y
obligación de feudo era tenido a seguirle. Pero con todo eso,
volviendo el Vizconde a excusarse con otros seis barones de Cataluña
que estaban allí presentes y tenían feudos Reales, determinó por
entonces disimular con ellos, por no detenerse, ni dejar de acudir
luego con el socorro al Rey de Castilla por haber entendido que el
Rey de Granada de muy confiado en el ejército que esperaba de África
con Abenjuceff había adelantado a mover guerra a don Alonso, y le
apretaba por la parte de Murcia. Por eso enderezó el Rey su ejército
hacia ella: dejando encomendado todo el gobierno de los Reynos de
Aragón y Cataluña a don Bernardo Oliuella Arzobispo de Tarragona
como a persona de grande valor y confianza para el cargo, puesto que
reservó el conocimiento de las apelaciones al consejo Real que
quedaba en Lérida. Hecho esto se fue a Valencia, y allí hizo cuerpo
y junta de toda la gente que tenía hecha en el Reyno, con la demás
que era llegada de los otros Reynos y de la Guiayna, y pasó con todo
el ejército a Xatiua, a donde acudieron todos los señores y barones
de Aragón que tenían feudos reales, con sus personas y gente, y los
que no vinieron en persona enviaron gente muy puesta en orden.
Pasando de Xatiua a Biar halló que ya eran llegados allí don Iayme
y don Pedro hijos de doña Teresa, con los otros sus hermanos,
excepto don Fernán Sánchez por no asegurarse mucho de las mañas de
don Pedro, ni de la voluntad del Rey, que sabía la había ya
trocado, y que favorecía a don Pedro. Pasó de allí a la ciudad de
Murcia con todo el ejército, a donde por los Cristianos y Moros se
le hizo solemnísimo recibimiento, y como a verdadero conquistador
del Reyno, y conservador de la patria, le hicieron la misma honra y
salva que a su propio Rey hicieran. Mas como ni los de Granada, ni
los de África, que aun no eran llegados sino pocos, moviesen guerra
contra Murcia, se detuvo allí el Rey no más de XIV días, los
cuales pasó todos en reconocer la fortaleza, y reparar los lugares
flacos de ella, parte en cazar y gozar de tan hermosa campaña. Valió
todo esto para espantar al Rey de Granada, pues en saber estaba tan
vecino el de Aragón luego despidió su ejército, y lo distribuyó
en guarniciones por toda la frontera de Murcia. Sabido esto por el
Rey, se despidió de los de Murcia, dejándolos muy animados para la
defensa de ella, asegurándoles que siempre que menester fuese sería
con ellos. Finalmente renovando las guarniciones de gente por las
fronteras se volvió a Valencia, dejando allí formado ejército por
algún tiempo hasta ver lo que harían los de Granada.













Capítulo XXI. Como estando el Rey en Alzira, llegó un embajador del
Papa para rogarle fuese al Concilio de Lyon (Leon), al cual prometió
de ir, y de lo que pasó con los Barones de Cataluña.







Como el Rey volviendo de
Murcia parase en Alzira para reconocer la villa con su fortaleza,
llegó allí fray Pedro Alcalanam de la orden de los Dominicos, de
nación Italiano, persona de grandes letras y santidad de vida, a
quien enviaba el Papa Gregorio X al Rey con embajada, diciendo en
suma, como había congregado Concilio general en la ciudad de Leon en
Francia, para tratar y determinar los tres mayores negocios que nunca
fueron en ampliación de la religión y Repub. christiana. El uno por
hacer liga de todos los Reyes y Príncipes cristianos para cobrar la
tierra santa de los infieles Turcos. El otro para reducir la iglesia
Griega con su Emperador Paleologo al gremio y consenso de la Romana,
lo tercero para admitir a la fé católica al gran Cham Emperador de
los Tártaros, con todas las tierras de su imperio, por haber sido
muchas las embajadas y ruegos que los dos Emperadores habían hecho
sobre ello a los Pontífices sus predecesores, y que de nuevo le
solicitaban por ello: prometiendo los dos que darían todo favor y
ayuda para la conquista de la tierra santa, siempre que los Príncipes
de la iglesia Latina comenzasen por si la empresa. Por lo cual le
rogaba mucho que por el servicio de Dios, y por el manifiesto
ensalzamiento de la santa fé católica que de esto se esperaba,
tuviese por bien de venir a verse con él en el Concilio para decir
su parecer y voto en tan importantes negocios, y en breve tratar
sobre lo que tocaba al negocio de la conquista. Oído esto por el
Rey, respondió que su devoción era tanta para con la santa sede
Apostólica y sus sagrados Pontífices, mayormente ofreciéndose tan
graves y tan importantes negocios al servicio de Dios y beneficio
común de toda la Cristiandad: que de muy buena gana se dispondría a
dejar todo negocio por hallarse en el sacro Concilio, y como
verdadero hijo de obediencia de la sede Apostólica hacer cuanto en
él le fuese mandado. El legado que oyó tan buena resolución y
respuesta del Rey se volvió luego muy alegre al Papa, y el Rey se
entró en Valencia: donde averiguados algunos negocios sobre el
gobierno de ella: confirmó en el oficio al gobernador que por
entonces presidía, con los demás oficiales reales en sus cargos: y
tomó de su tesoro el dinero necesario para este viaje tan principal.
Llegado a Tarragona, mandó que compareciesen ante él, el Vizconde
de Cardona, de quien se habló antes, don Pedro Verga, don Galcerán Pinos, don Guillé, y Mauleó Catalaunin, Berenguer Cardona, y
Guillen Rajadel, Barones principales de Cataluña. Los cuales poco
antes se habían excusado de seguir al Rey en la guerra de Murcia, a
efecto de castigar su contumacia y soberbia. Y así les quitó las
caballerías de honor, y privó de oficios y cargos reales.
Finalmente les hizo restituir las fortalezas y castillos, que por él
y sus Reyes predecesores les fueron encomendados: para que con esta
condición y ley, a uso y costumbre de Aragón, se encomendaban las
fortalezas, con que se restituyesen a los Reyes, si quiera las
pidiesen a buenas, o enojados, o de cualquier otra suerte. Como el
Vizconde restituyese algunas, y otras se detuviese, y los otros
Barones hiciesen los mismo, y de esto no se contentase el Rey: hubo
parecer de algunos del consejo Real esto se averiguase por fuerza de
armas: aunque por entonces pareció al Rey era mejor, disimular con
ellos, y no comenzar la guerra, por no estorbar su viaje que tenía
prometido al sumo Pontífice para el Concilio.







Fin del libro XVIII.