Mostrando las entradas para la consulta antigüedad ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta antigüedad ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

lunes, 29 de abril de 2019

RAMIRO I LUCHA POR CALAHORRA

2.24. RAMIRO I LUCHA POR CALAHORRA (SIGLO XI. CALAHORRA)
 
Cuenta la leyenda, que fuera recogida
en forma de romance, cómo resolvieron los hermanos Fernando I, rey
de Castilla y León, y Ramiro I, rey de Aragón, la contienda entablada entre ambos por la posesión de Calahorra, importante
enclave del curso medio del Ebro en tierras riojanas. «Por quitar
muertes y guerras», acordaron que lidiasen solamente dos caballeros,
uno de cada bando, de modo que el vencedor obtendría la plaza para
su señor, quien la dominaría en adelante.
Fernando, el monarca castellanoleonés,
nombró para que le representara en la lid al famoso guerrero Rodrigo
de Vivar, mientras Ramiro, el aragonés, depositaba su confianza en
Martín González. Ambos paladines acudieron convenientemente
pertrechados al campo de batalla convenido al efecto, entablando un
duro y cruento combate cuerpo a cuerpo. Cuando ya estaban quebradas
las lanzas y heridos ambos contendientes, Martín gritó
bravuconamente al Cid que
«non volveréis a Castilla…
/ ni Jimena, vuestra esposa,
/ jamás vos verá a su lado».
Rodrigo, enfurecido por aquellas palabras, se encomendó a Dios y comenzó a
combatir a Martín con tales fuerzas, que lo derribó al suelo,
segándole la cabeza con su espada.
Tras limpiar parsimoniosamente de
sangre el arma y dar gracias a Dios por la victoria que acababa de
lograr para su rey y su reino, se dirigió el Cid Campeador a los
jueces de la contienda preguntándoles si debía hacer algo más para
ganar definitivamente la ciudad, concluyendo éstos que, según el
trato pactado, el rey aragonés Ramiro I había perdido todos sus
posibles derechos sobre la misma. El rey Fernando se dirigió raudo
hacia él para abrazarlo y felicitarlo. Calahorra sería en adelante
castellana.
 
[Gella, José, Romancero Aragonés, págs. 48-49.]
 
 
Calahorra es un municipio y ciudad de la comunidad autónoma de La Rioja, España, perteneciente a la comarca de la Rioja Baja. Tiene 23.827 habitantes,4​ según los datos del INE para el año 2016, una extensión de 91,41 km² y una densidad poblacional de 260,5 hab/km². Ostenta los títulos de Muy Noble, Muy Leal y Fiel Ciudad. Desde los siglos IV-V es sede de la diócesis de su mismo nombre, que en tiempos pasados llegaba hasta el Cantábrico. Es la segunda ciudad de la comunidad autónoma de La Rioja en importancia y población tras la capital, Logroño y la más importante dentro de La Rioja Baja.
 
Destaca por su producción agrícola, sus viñedos y su antigüedad. Fue una importante ciudad romana: Calagurris Nassica Iulia que se hizo famosa con el asedio de Pompeyo pues prefirió que murieran de hambre casi todos sus habitantes antes que rendirse al enemigos (esta es la Fames Calagurritana simbolizada por la Matrona) y por su ceca que mantuvo hasta la Edad Media. Por ello ofrece una gran variedad de monumentos y rasgos históricos, fundamentalmente romanos. Calahorra, además, es cuna del gran maestro en oratoria Marco Fabio Quintiliano, autor de varios textos y maestro en la corte romana, y de uno de los mejores poetas cristianos de la Antigüedad, Aurelio Prudencio, autor del Peristephanon, catorce himnos dedicados a santos mártires (entre los que se encuentran los patronos de Calahorra: San Emeterio y San Celedonio). Como curiosidad, en honor a la ciudad se le otorgó a un cráter de Marte el nombre de Calahorra.
 
RAMIRO I LUCHA POR CALAHORRA (SIGLO XI. CALAHORRA)
 
 
 
 
 
 

 

  • Amela Valverde, Luis (2002) "Calagurris y la fijación de nuevos límites territoriales en la antigüedad". Kalakorikos, n.º 7, pp. 31-50.
  • Amigos de la Historia de Calahorra (2011). "Historia de Calahorra"
  • Catalán Carbonell, Fernando; Valoria Escalona, Miguel Ángel; Catalán Carbonell, José Joaquín (1970). "Conozca Calahorra y su comarca". Calahorra: Gráficas Numancia.
  • de Felipe Castillón, Jesús (2000). "Calahorra". León: Edilesa.
  • Gómez Fraile, José M.ª (2001) "Sobre la adscripción étnica de Calagurris y su entorno en las fuentes clásicas". Kalakorikos, n.º 6, pp. 27-70.
  • Gutiérrez Achútegui, Pedro (1959) "Historia de la muy noble, antigua y leal ciudad de Calahorra". Logroño: Talleres Gráficos de Editorial Ochoa
  • Schulten, Adolf (1927) "Las referencias sobre los Vascones hasta el año 810 después de J.C.". Revista Internacional de Estudios Vascos.
  • Ayuntamiento de Calahorra
  • Página de Calahorra
  • Video promocional de la ciudad
  • A. de Peregrinos del Sr. Santiago de Galicia de Calahorra

domingo, 8 de marzo de 2020

130-139

130.
EXPOSICIÓN DEL APOCALIPSIS DE SAN JUAN. Un volumen en 4.° mayor, en
pergamino, de 550 páginas. Es del siglo XII. No consta el autor.
Aunque no es muy suntuoso este Códice, en su clase es de los que se
escribieron con más gusto, siendo de admirar lo bien conservado que
está no obstante su grande antigüedad. 



Al principio tiene un
prólogo. Después sigue la exposición del Apocalipsis, del modo que
los autores de épocas más recientes acostumbran expositar
los libros de la Sagrada Escritura; esto es, insertando primeramente
uno o más versículos del texto, y poniendo luego la exposición. En
este Códice el texto del Apocalipsis está escrito con bellísimas
letras encarnadas. En el margen se anotan los libros sagrados a que
hacen referencia las citas de la exposición.
Al fin hay una nota
que dice haberse puesto la pena de excomunión al que quitare
este libro (que es de la iglesia de Santa María), o lo poseyere
injustamente por cualquier modo furtivo.
Y concluye con un breve
tratado de San Agustín, que se titula de Córpore et Sanguine
Christi
.

131. RITUAL DE LA IGLESIA DE TORTOSA. Un
volumen en 4.° mayor prolongado, en pergamino, de 234 páginas. Es
del siglo XV. Por razón del objeto a que estaba destinado este
libro, fue escrito en caracteres muy grandes. Además de lo referente
al Sacramento del bautismo, y a otros actos parroquiales, contiene la
consagración de los santos Óleos, el lavatorio del Jueves Santo, la
bendición de las palmas, etc.
También hay otras bendiciones.
Entre ellas está la de cordero de Pascua, que solía practicarse en
algunas casas; la bendición del báculo o bastón
antes de emprender un largo viaje, etc.

132. RICARDO DE SAN
VÍCTOR. TRATADO DEL SUEÑO MÍSTICO DEL REY NABUCODONOSOR.
Un
volumen en 4.° mayor, en pergamino, de 248 páginas. En el primer
folio hay un índice de todos los puntos o materias que comprende
este tratado. El folio segundo donde principia el texto tiene una
sencilla y bonita orla. Los capítulos se indican en el margen con
números romanos, estando las iniciales adornadas con dibujos.

Concluido este tratado sigue otro muy breve exponiendo el sentido
de varios nombres. Y al fin está la exposición de las peticiones de
la oración dominical.

133. PONTIFICAL. Un volumen en 4.°
mayor, en pergamino, de 481 páginas. Es del siglo XIII. Está
escrito con caracteres muy grandes, y adornado con profusión de
dibujos, orlas y viñetas; lo cual se comprende atendido el servicio
que debía prestar este libro, destinado para las funciones
pontificales, como ordenaciones, consagraciones, etc.
Pero lo que
llama la atención principalmente son las orlas de muchas páginas,
así como el gran número de letras iniciales con dibujos; y algunas
viñetas donde compite el capricho con el buen gusto, las cuales a
pesar de su mucha antigüedad conservan perfectamente los colores y
dorados.

134. METAMÓRFOSES DE OVIDIO. Un volumen en
4.° prolongado, en pergamino, de 234 páginas. Es del siglo XII.
Este curioso libro se halla completo, y no obstante el mucho uso que
se conoce haberse hecho del mismo, se conserva en muy buen estado.
Todos los versos de Ovidio están seguidos, sin separación ni
división, si se esceptúa alguna inicial grande que se ve en el
texto, aunque son muy pocas.
Hay un sinnúmero de notas de letra
muy pequeña en el margen y aún entre las líneas. Al final hay una
nota que traducida dice; «Concluye el Metamòrfoses de
Ovidio». Siguen después cinco o seis versos, y luego una nota sobre
el número de versos que contiene este libro.

135. LIBRO DE
LA ANTIGUA LITURGIA DE LA CATEDRAL DE TORTOSA. Un volumen en 4.°
mayor prolongado, en pergamino, de 286 páginas. Es de últimos del
siglo XII o de principios del XIII. Este Códice contiene algunos
cantos con notas de música, que antiguamente solían intercalarse en
el canto litúrgico de la Misa. Indicaremos algunos, traduciéndolos
del latín, para que se pueda formar idea.
Al cantar los Kyries
se intercalaba lo siguiente:
«Sumo Dios, que todo lo crías. Tú,
Cristo, espejo del Padre. Espíritu divino, que procedes de ambos.
Ten piedad de nosotros.»
En la Misa de la Virgen, al Gloria, se
intercalaba esto.
«Primogénito de la Virgen María, que quitas
los pecados del mundo. Ten piedad de nosotros. Tú, que estás a la
diestra del Padre, para gloria de María. Pues que Tú sólo eres
Santo, que santificas a María. Tú sólo eres Señor, que gobiernas
a María. Tú sólo eres Altísimo; que coronas a María.»
Al
Agnus Dei se intercalaba lo que sigue:
«Cordero de Dios, que
quitas los pecados del mundo. A quien recibió María como rocío,
conservando su candor virginal. La planta nos dio una flor en la que
está nuestra salvación. Ten piedad de nosotros.»
Hay
muchísimos cantos, y todos por el estilo; de ahí que este libro sea
curiosísimo. Aunque le faltan algunas hojas al principio y al fin,
lo demás está muy bien conservado. Este Códice es el único de
esta clase
que hay en el archivo, y por ello es más apreciable.

Los cantos están con notas de música escritas con gran
claridad. Hay muchas letras adornadas con dibujos de colores, y
alguna viñeta del estilo de aquel tiempo.

136. BREVIARIO
SEGÚN LA COSTUMBRE DE LA IGLESIA DE TORTOSA. Un volumen en 4.°
mayor, en pergamino, de 410 páginas. Es del siglo XIV. El gran
número de residentes que había en esta catedral en los tiempos
pasados, requiría una buena colección de libros para poder cumplir
con el rezo y canto del coro; así es, que aunque se han perdido
algunos, todavía quedan muchos Códices relativos a la sagrada
liturgia. El que nos ocupa se comprende que es de los que prestaron
más servicio en aquel tiempo.
Le faltan algunas hojas al
principio y al fin; y como los demás de su clase que hemos reseñado,
tiene todas las iniciales de cada párrafo adornadas con dibujos de
colores.

137. SUMA O COMPENDIO DEL DICTAMEN DEL MAESTRO TOMÁS
DE CÁPUA.
Un volumen en 4.° mayor, en cartulina, de 614 páginas.
Es del siglo XV. Este Códice contiene varios informes o dictámenes
relativos al modo de funcionar la Curia Romana en aquel tiempo. Al
principio hay algunos folios en blanco; antes del texto está el
índice. En la segunda página se ve una nota, que traducida dice
refiriéndose a este libro: «Es de la iglesia de Santa María de
Tortosa».
Después del dictamen del expresado autor, sigue otro
de escritor distinto cuyo epígrafe traducido del latín dice:
«Principia la suma del dictamen, compuesta por el Maestro Ricardo
de Pofis
, extractada de los registros de los señores Papas,
Urbano, Clemente, y otros Papas». Y al fin dice así: Concluye la
suma del Maestro Ricardo de Pofis, según el estilo de la
Curia Romana.

138. TRATADO DE GRAMÁTICA LATINA. Un volumen
en 4.° mayor, escrito parte en cartulina y parte en pergamino, de
428 páginas. Es del siglo XV. Este Códice contiene un extenso
tratado de latinidad. No consta quien es el autor. La materia está
bien ordenada, señalándose cada asunto con letras grandes al
principio del párrafo o capítulo. También hay iniciales de
colores. En el margen se ven algunas notas.
Merece notarse en este
libro lo que ya hemos indicado de otros, respecto a estar escritos
parte en cartulina y parte en pergamino. En este se observa que a
cada seis hojas de cartulina siguen dos de pergamino, ignorándose el
motivo de esta distribución tan especial.

139. SAN AGUSTÍN
Y OTROS SANTOS PADRES Y AUTORES.
Un volumen en 4.° mayor, en
pergamino, de 360 páginas. Es del siglo XIII. Contiene un tratado de
San Agustín sobre los Académicos. Y otros breves escritos de San
Jerónimo, San Ambrosio, San Hilario, San Isidoro, San Basilio,
Casiodóro, Orígenes, Boecio, Séneca y otros.
Al principio hay
un índice que expresa los tratados de cada autor, y el folio donde
se hallan; y al fin, o sea en el folio 166, comienza un largo índice
alfabético que termina así: «Explicunt exceptiones ex libris
XXIII trium actorum
.
Después sigue un codlibeto de Alejandro
de Alejandría
, que termina con esta nota que traducimos del
latín: «Concluye el codlibeto del Maestro Alejandro de Alejandría,
de la orden de Frailes menores, que contiene XXI cuestiones, cuyos
títulos están escritos abajo por su orden» Luego se insertan los
títulos.
Por último contiene este Códice las cuestiones del
Maestro Juan de Escocia, de la orden de Frailes menores,
disputadas en París. Tal es el epígrafe que precede a este trabajo.




140-147

sábado, 14 de marzo de 2020

CARTA DE UN ARAGONÉS, AFICIONADO A LAS ANTIGÜEDADES DE SU REYNO

CARTA DE UN ARAGONÉS, 
AFICIONADO A LAS ANTIGÜEDADES DE SU REYNO
A OTRO ADICTO
A
LAS OPINIONES POCO FAVORABLES
DE ALGUNOS ESCRITORES
EXTRAÑOS
ZARAGOZA:
EN
LA OFICINA DE MEDARDO HERAS. 
Con las licencias necesarias,

//
Editado por Ramón Guimerá Lorente. Ortografía actualizada con excepciones en cursiva.
Fuente: https://archive.org/stream/bub_gb_X2JZAAAAcAAJ/#mode/2up (se puede descargar en pdf y otros formatos)

//

Pág. III

Sine ira, et sine odio,
quorum
Causas procul habeo.
CIC.

Muy Señor mío:
En un respetable Congreso de Literatos desvió V. su discurso con estudio premeditado contra nuestras antiguas Cartas desacreditándolas sin otro fundamento, que el de la opinión de un Escritor del día, cuyos talentos venero sin poder deferir de manera alguna a su dictamen, no obstante la escasez de mis luces. No puedo disimularlo, sentí vivamente la injuria que V. renovó a nuestros mayores, y al sagrado lugar donde se guardan los monumentos de nuestros antiguos trofeos, y las cenizas de los héroes
Aragoneses; y si mi particular posición, y las circunstancias del Congreso no me permitieron vindicarla allí mismo, no puedo menos de hacerlo ahora, según me lo propuse desde luego.

La Invasión y dominación
arábiga, su sacudimiento, la formación y establecimiento de la
Monarquía en Aragón son obras que por su magnitud, y por el largo
espacio de cuatro siglos que ocuparon, suponen y envuelven una
multitud de hechos interesantes, y dignos de la posteridad. Mas
por desgracia la historia de esta época ha quedado en gran parte
sepultada por siempre en el olvido, y otra bien considerable lo está
todavía bajo el polvo de nuestros archivos. Los
nacionales coetáneos, o
casi coetáneos, o no cuidaron de perpetuarla con sus escritos, u
otros monumentos históricos, o debemos suponer que estos perecieron
muy pronto, porque apenas se tiene noticia de una sucinta e informe
crónica del siglo X y de muy pocas inscripciones del
mismo, y siguientes. Lo propio puede decirse de los de otras
Provincias vecinas, pues solo tocan por incidencia algunas de
nuestras cosas, y esto con aquella concisión y oscuridad que
generalmente caracteriza sus escritos. En este apuro, para formar un
cuerpo regular de historia, era preciso buscar los miembros
esparcidos, y casi confundidos en dichas obras, y otros que de la
misma manera se hallan en nuestros Diplomas, Cartas, Instrumentos, y
recogidos cuantos se pudiese, combinarlos, y unirlos con el mejor
orden para lo cual se requería un largo estudio, y juicio
acendrado.

Ya habían pasado cerca de doscientos años cuando
alguno pensó en indagar y escribir la serie de los
acontecimientos de aquella época, y otros después hasta el siglo
XV, hicieron lo mismo; pero como los objetos estaban tan
distantes, el semblante de las cosas muy demudado, y estos espectadores no podían ser muy perspicaces en una edad escasa de
luces, propensa a lo maravilloso, y en que se carecía de archivos, y
otros recursos necesarios para su empresa, estaba para ellos
obstruido el medio por donde solamente podían conseguirla, y era
inevitable que intentándola por otros adquiriesen ideas y noticias
nada seguras, y a veces tan encontradas como se ve en sus crónicas.
Sin resolver, no obstante el problema sobre si son de mayor
consecuencia los adelantamientos, o los atrasos que han ocasionado a
nuestra historia, no puedo dejar de oponer a la presunción, que para
con algunos favorece a estos primeros Cronistas, de haber podido
disfrutar, y aun disfrutado mejor la antigüedad que sus sucesores,
el hecho positivo, y fácilmente demostrable, de que no vieron muchas
memorias que todavía se conservan y no combinaron, ni entendieron
bien algunas que vieron.

Después de estos se siguieron otros
amantes de nuestra historia, que no hallándola corriente en otras
fuentes que en las citadas crónicas bebieron allí sin recelo alguno
los varios sistemas y opiniones que daban de si, según los parajes o
Provincias de donde habían emanado. Prevenidos de esta manera a
favor de ellas, debía suceder, que consultando después la
antigüedad en si misma no siempre la entendieran en el sentido
genuino, y también que empeñados, y muchas veces con ardor en
contrarios sistemas, y partidos nacionales, se excediesen a impugnar
la verdad, y a rebajar el crédito de los documentos que se les
oponían en tono tan claro y decisivo que no admitía tergiversación.
Así estos Escritores, lejos de corregir y arreglar sus sistemas por
el norte de las Cartas, como dicta la sana y verdadera crítica,
intentaron todo lo contrario.
Zurita, que floreció en el siglo XVI, y que entre los Historiadores nacionales se ha merecido el
más distinguido lugar, no quiso entrar en una empresa a la cual le
llamaba su genio y talentos. Ansioso y apresurado hacia el rico
caudal que le ofrecían con abundancia, aunque no sin grande trabajo,
los siglos más luminosos, corrió de priesa y
superficialmente por los cuatro primeros y más oscuros, confesando
de paso, que se estaba en la mayor incertidumbre de ellos; y los
abrazó en solas cincuenta y ocho páginas (1), aunque cada uno
requiere un volumen no pequeño.

Creían nuestros Literatos
más imparciales y estudiosos, que una gran parte de nuestra antigua
historia se mantenía todavía para nosotros en el informe errado que
he dicho, y dudaban que jamás saliese de él, cuando algunos
Escritores extraños, afectando aquella satisfacción propia que
inspira la verdad cuando nos favorece con su rostro, han combatido y
ridiculizado las opiniones anteriores, notando su contradicción,
inconsecuencia y falta de apoyo en la antigüedad, y nos han
delineado el plan histórico que debemos seguir. Todavía han hecho
más: han condenado a descrédito y destierro perpetuo de la
Provincia de la historia muchísimos diplomas, y otras cartas, y
memorias de nuestros archivos, y de los vecinos, porque sus copias o
extractos publicados en las obras de sus antecesores, no se conforman
a las ideas y opiniones que tienen de
nuestras cosas. Aún han
hecho más, y lo sumo que puede hacerse, lo han desacreditado alguna
vez en general, dándolos por sospechosos o apócrifos, y por
falsarias, a las personas que por largos siglos se han esmerado en su
conservación y custodia, creyendo prestar un obsequio muy importante
al Estado. Tal ha sido la suerte de nuestras antigüedades, y
especialmente de las cartas que se han hecho servir de adminículo a
nuestra historia.
Mas si debe perdonarse a los autores de la
primera y segunda clase que he señalado, por las circunstancias en
que escribieron, nada favorece a nuestros coetáneos para
disculparles de haber deferido tan ciegamente a las copias o
extractos de nuestras cartas publicados por autores de una edad en
que nuestra diplomática estaba todavía en la cuna, y a quienes al
mismo tiempo entre otros muchos defectos notan de ciegamente
apasionados por la glorias de la patria. No puede disculpárseles
tampoco de haber juzgado de la legitimidad o falsedad de las cartas,
sin haberlas examinado por si mismos en sus originales, ni de haber
intentado escribir nuestra historia sin recorrer antes nuestros
archivos, siendo indispensable en el estado en que se halla,ni en fin
de haberse gobernado para uno y otro por los conocimientos
diplomáticos adquiridos en otras Provincias, siendo indudable
que cada una respecto a la otra, y aun respecto a si misma en
diversos tiempos, ha variado notablemente en los estilos, escritura,
datas y lenguage, así como en sus demás usos y
costumbres. Por lo mismo no dudo que si semejantes Censores
hubiesen inspeccionado nuestros instrumentos y memorias originales
hallarían desmentidos a primera vista muchos hechos, anacronismos,
contradicciones y defectos, que ya la violencia, ya el imperfecto
conocimiento de la antigüedad, les ha imputado. Para convencer, así
esto como lo demás que llevo dicho, bastará por ahora examinar las
objeciones que se han hecho contra los documentos de que V. hizo
particular mención, ya que en mi actual posición y designio no me
sea posible empeñarme en las largas discusiones que exige la
materia.

Un Concilio del siglo XI, celebrado en el
Real Monasterio de San Juan de la Peña, es el que
primeramente reputó V. por apócrifo, sin producir para esto otra
razón que la de haberlo dicho así un Literato de primera nota. A
cinco pueden reducirse hs objeciones que este propone. La primera
la toma de la data del Concilio, suponiéndola de la Era
MLXII, a la cual corresponde el año cristiano de 1024,
en que no se verifica el reynado de Don Ramiro I. de
Aragón, que según las actas se encontró en él.
El
fragmento de estas se conserva en el Libro o Cartulario gótico
del mismo Monasterio, de donde lo copió y publicó su Abad
Don Juan Briz Martínez con la expresada data, (2) como
lo habían hecho otros antes que él; pero la que verdaderamente
tiene es de la Era MLxII, y a ella corresponde el año
cristiano de 1054, en que no se duda reynaba Don
Ramiro I. Si V. no quiere creerme sobre mi palabra podrá pasar
armado de todo el rigor y nimiedad de la implacable crítica a
cerciorarse por si mismo en el citado Cartulario, pero entretanto,
para los que me favorezcan, debo manifestar la causa de la
equivocación que han padecido los editores del Concilio, El uso de
la x (es una x con un signo arriba, una coma horizontal: vírgula,
rayuelo) numeral con vírgula o rayuelo empezó a
cesar entre nosotros desde fines del siglo XII: en el XIV ya
generalmente se había perdido el conocimiento de su valor, que es de
quarenta y no se volvió a recobrar hasta mediado el XVII, en
cuyo intervalo son innumerables los anacronismos, y otros yerros que
se han cometido por esta ignorancia en las copias y en las obras de
nuestros historiadores.
Briz Martínez, apurado muchas veces por
la misma en la combinación de las cartas, recurrió como otros a
desatar el nudo gordiano, tomando la Era
española por año de Cristo; mas aunque este arbitrio
disminuía la dificultad se defraudaban, no obstante, veinte y dos
años a la verdadera data, y por esto entre otras
equivocaciones padeció
dicho autor la de triplicar los
Abades Paternos del citado Monasterio en el siglo
XI, que solo fueron dos, la de hacer dos Abades
Blasios de solo uno, y finalmente la de fixar la
muerte del Abad Paterno, segundo de nombre, en el
año 1042, con cuya fecha mortuoria se forma otro argumento
infundado sobre que no pudo el Abad Paterno asistir al
Concilio Pinatense, como se lee en sus actas.
En
segundo lugar se objeta que es increíble que a un Concilio
convocado por el Rey de Aragón por asunto de poca monta, y
solo interesante al Monasterio, concurriesen muchísimos
Obispos, no solo aragoneses, pero aun los castellanos
y navarros, súbditos de otros Reyes, que no
tenían relación alguna con Don Ramiro.

Las actas
del Concilio, y cuantas copias se han publicado de ellas nos
dicen con uniformidad, que solo concurrieron los Obispos
Sancho, Garcia y Gomesano, pero como en las
mismas se hace mención de otro Concilio celebrado en
tiempo del Rey Don Sancho el Mayor, y de varios Obispos que a
él concurrieron, se ha confundido uno con otro incorporando las
cláusulas y trocando el sentido, y de este trastorno se ha
originado sin duda una dificultad que hace poco favor a un mediano
latino, y que pudiera haberse realzado del mismo modo con
la concurrencia del Rey Don Sancho el Mayor, que así mismo
resultaría (3). No es menos de admirar que quien presuma alguna
versación en la historia ignore que los Reyes de Castilla y
Pamplona, después Navarra, tenían con Don Ramiro las estrechas
relaciones de parentesco y vecindad. Con lo dicho queda igualmente
desvanecida la inverosimilitud imaginaria de que muchos de los
Obispos que asistieron al Concilio de Pamplona en el año de
1023 viviesen y concurriesen al Pinatense en 1062,
pues ni éste ce celebró en dicho año, ni concurrieron los Obispos
que se supone.
La tercera objeción es más seria: no puede
creerse, dicen, que se congregase un Concilio solo para
conceder al Monasterio de S. Juan de la Peña el
exorbitante Privilegio de que los Obispos de Aragón se
nombrasen perpetuamente de sus individuos. Las actas hacen mención
de cánones nicenos, de ordinaciones y decretos
de un Concilio, celebrado en tiempo de Don Sancho el Mayor,
y así deja conocerse que no se congregaría solamente para expedir
el expresado Privilegio; y por esto sin duda algunos autores
han dicho que aquellas actas solo son un fragmento de
las originales. Parece
también inferirse que en el Concilio que mencionan de tiempo del Rey
Don Sancho el Mayor, y que en alguna manera puede llamarse nacional,
se había determinado que en lo sucesivo se celebrasen con alguna
frecuencia estos sínodos provinciales en Aragón,
Castilla y Pamplona, o Navarra, sin duda por la
necesidad que había de ellos en días tan desgraciados para la
religión y disciplina eclesiástica, y que concurriesen los Obispos
de aquellas Provincias en atención a su corto número en cada una.
Son muchos los ejemplares de semejantes Concilios en aquel tiempo por
las mismas causas, y basta recordar por ahora el que los impugnadores
del Pinatense admiten, y que se celebró pocos años después
en la Ciudad de Jaca, con asistencia de los Obispos de
Pamplona o de Leire,
como en él se dice, de
Aux, de Bearne, &c. Pero cuando en el Pinatense únicamente
se hubiese tratado del insinuado Privilegio, este solo podrá parecer
exorbitante a quien no conozca nuestro estado civil y eclesiástico
en aquella época, ni la pía afección de Don Ramiro I al
Monasterio, ni su frecuente residencia en él, ni sus
liberalidades para con el mismo, ni el ascendiente que en su real
ánimo tenía el Obispo de Aragón D. Sancho, ni el empeño
que éste tomaría habiendo sido individuo del mismo Monasterio,
ni en fin la precision casi inevitable de recurrir a esta
escuela de virtud y letras en un Reyno ceñido a la corta
extensión de las Montañas. A todo esto podrá añadir quien
quisiere la ignorancia de aquellos tiempos, a la cual se atribuyen
mayores exorbitancias. Mas si una de las pruebas incontrastables a
favor de las cartas antiguas es ciertamente la de haber tenido
efecto, ningún sensato podrá dudar de la verdad del
Privilegio, siendo constante que desde entonces los Obispos
de Aragón fueron electos entre los individuos de
la Real Casa Pinatense, hasta la unión de nuestro Reyno
con el Condado de Barcelona, prescindiendo de ulterior
investigación.
La cuarta objeción se funda en el supuesto de
haberse decretado en el Concilio de Jaca del año 1060,
que los Obispos no se intitulasen de Aragón, y
sin embargo así lo hace Don Sancho en el Pinatense.
Este
argumento podría hacer alguna fuerza a quien admitiese tres
errores de data del Concilio Pinatense, de la
del Jacetano, y del hecho que se enuncia. Se ha visto que
aquel se celebró en el año de 1054. Es cierto que éste fue
en 1063, y no en 60, como por mala inteligencia de las notas
numerales de la Indiccion, y contra las expresas de la Era
y año, han entendido algunos; y también lo es que en sus
actas originales, en sus copias antiguas, y en las
publicadas por diversos autores, no se halla una sola palabra de la
cual pueda inferirse la inhivicion del título de
Aragon a sus Obispos; por lo contrario en ellas, y en
el Breve Pontificio que las confirmó, se habla de Obispo
y Obispado de Aragon como de cosa la más sabida y
recibida en uso.

La objeción quinta y última se deduce de la impropiedad del título de Obispo de Aragon, como si todo Aragón fuese un Obispado.

Así discurren los que no conocen la antigua corografía
de nuestro Reyno, que baxo el nombre de Aragon
solo comprehendia entonces las que hoy se denominan Montañas
de Jaca o poco más hacia la parte oriental y occidental; y que
aun después de haberse dilatado grandemente tardó a dar su nombre a
los paises conquistados; mas en fin cuando bajo él se
comprendían ya varios Obispados se sustituyó al de
Aragón el título de Jaca. que antes se le
había dado también, y que después se usó juntamente con el de
Huesca, que era el primitivo. Lo mismo puede
responderse con proporción al reparo que se hace del título de
Obispo de Castilla, mencionado en las actas del
Concilio Pinatense, y nunca oido por sus impugnadores,
quienes antes de haberlo propuesto debieran haber demarcado
rigurosamente el pais, que entonces se denominaba Castilla,
haciendo ver que no comprehendia más de un Obispado,
y aun en este caso, si ellos se han tomado la licencia de nombrar
castellanos y navarros algunos Obispos del
tiempo que se trata, no alcanzo porque han de negarla a nuestros
mayores, que por su parte podrían reconvenirles de no haber oido
jamás el título de Obispos navarros, ni aun de Reyno de
Navarra.
Satisfecho cuanto se ha dicho contra el Concilio
de San Juan de la Peña voy a examinar del mismo modo lo que se
objeta a los documentos, que acreditan la introducción de la reforma
o disciplina monástica cluniacense en España
hacia el año de 1020, a solicitud del Rey Don Sancho el
Mayor, que también reputó V. por apócrifo citando al mismo autor,
el cual tiene este hecho por fabuloso, y admira, no tanto que los
franceses (de cuyo carácter moral hace una pintura terrible) lo
hayan inventado, cuanto el que se haya adoptado tan fácilmente por
nuestros Escritores, aun los más insignes. De los tres documentos
que se impugnan los dos se han hallado y hallan en España, y aunque
el tercero que se encontró en Roma llevaba, según se dice, la nota
de ser natural de Aragón, pero en la Parroquia que se le asigna, ni
se halla su partida, ni el más leve vestigio de su nombre.
El
primero es un Diploma del Rey Don Sancho el Mayor a favor del
Real Monasterio de Oña, contra el cual se proponen nada menos
que doce indicios de falsedad; pero debo prevenir desde luego, que la
versión castellana publicada por su impugnador es
bastante libre, y que recayendo algunas dificultades sobre el sentido
de las palabras y fuerza de las expresiones debiera haberse exhivido
el texto original latino para satisfacer al lector imparcial.
El primer indicio de falsedad se funda en no verificarse la data
de la Era 1071, año de la Encarnación 1033,
a 27 de Junio día Sábado, porque el 27 fue Miércoles en dicho año.

Las circunstancias en que me hallo no me permiten recurrir por
ahora al original, ni a mis papeles, donde acaso con data más segura
quedaría luego desvanecida la objeción: mas como quien la
propone no ha visto sino la copia del Privilegio, que
publicó el P. Yepes (4), ignoro si el defecto está en
el autógrafo, o en el copiante. Sin embargo las
repetidas observaciones que he hecho sobre los errores de datas
en las copias, y en caso idéntico en las publicadas por el M.
Yepes, me persuaden que este padeció equivocación. En efecto no
conoció este autor, ni otros, el uso que los antiguos hicieron del
secundo calendas notándolo en esta manera: II.
Kalendas, en vez de pridie, y tomó las dos unidades por V
numeral, pues no comprehendiendo su verdadera significacion,
y valor, no podía acomodarlas de otra manera; y resultó el quinto
kalendas en lugar del secundo, y la diferencia de tres
días. Yepes pues copia la data del Diploma
Oniense: Era MLXXI noto die Sabbato V. Kalendas Iulii; y en el
original debe ser: //. Kalendas Iulii, esto es a dos de las calendas
de Julio, que es el día treinta de Junio, que en el año 1033
fue ciertamente Sábado. Mas en fin, cuando en la Carta se hallase
aquel ligero anacronismo tampoco sería suficiente para
desacreditarla, pues mayores se ven en otras antiguas, y modernas,
sin que pueda dudarse de su legitimidad.
El segundo indicio de
falsedad se toma de la importunidad de dirigirse el Diploma a todos
los Obispos y fieles del mundo, tratándose principalmente de
la fundación o reforma de una Casa religiosa, lo cual solo
pudo parecer objeto digno y suficiente al Compositor francés
para ensalzar su nacion y Monasterio.
La fórmula
de la direccion del Diploma (5) con las mismas palabras o
equivalentes es común, y como decimos de caxon en muchísimas
de nuestras antiguas cartas, aun tratándose asuntos de menos
importancia, y así, lejos de ser un indicio funesto a su verdad, la
comprueba en grande manera. Pero dado de barato, que el Compositor
fuese francés, y que se señalase por su amor a la
patria, y a la congregación de Cluni, parece natural el
pensar que tratándose de establecer la observancia
Cluniacense concurriese algún Monge de Cluni, y
también que se le encargase, o se ofreciese a la confección del
Diploma, pues aunque no se conceda a los Cluniacenses
que fuesen más santos que los españoles, no será fácil negarles
que entonces eran mejores latinos. Esto supuesto nada le
sirven al Impugnador las repetidas sospechas que forma de ser el
Diploma de composición galicana, y por el contrario se
convierten a favor de los que sostienen la introducción de la
disciplina Cluniacense en España.
El indicio
tercero contra el Diploma son en la opinión contraria las
expresiones de salud y felicidad en la presente vida y en la
futura, las cuales tienen
resabio de pluma extranjera, que no supo imitar los
formularios de nuestros antiguos Reyes.
Podía
dar por satisfecha esta dificultad con lo que acabo de decir; pero
debo añadir todavía, que en otros diplomas auténticos se hallan
las mismas o semejantes expresiones que en el original latino,
y que en éste no se encuentra la de salud, ni en rigor el
concepto de las castellanas para el caso en cuestión (6).

Tampoco puede argüirse por los formularios de los Reyes de Asturias sobre los de nuestros Reyes de Aragón, quienes imitaron muchas veces las fórmulas y estilos
franceses, especialmente hasta mediado el siglo XI,
como verá el que quiera cotejar sus diplomas con los de los Duques,
y Condes de las Provincias francesas vecinas, o
no muy distantes de la nuestra. (Nota: la Occitania, con la lengua occitana, langue d´Oc).
Se objeta por cuarto indicio contra
la verdad del Diploma el estilo sobrado culto para aquel siglo, y
diferente de las otras escrituras de la misma edad.
Reproduzco lo
dicho sobre los dos indicios antecedentes, añadiendo, que nuestras
escrituras acaso podrán graduarse de un mismo estilo miradas muy a
bulto, pero si se las observa en particular se reconocerá, que el
estilo tiene no solo en un mismo siglo, sino también en un mismo año
y día, tantos grados como el termómetro, según la cultura, o
incultura de los compositores.
Indicio quinto: la falsa, y
aun inverosímil gloria que se apropia el Rey Don Sancho de haber
arrojado a todos los sacrílegos herejes, que inficionaban con
su pestífero aliento
a religiosidad de nuestra nacion.

Los sentimientos, que solo por el nombre de hereges en
España se manifiestan impugnando el Diploma son ciertamente
laudables de buen español, y de buen católico, que también
debe sentir los haya en cualquiera pais, pero el
Historiador no debe disimular el hecho, y de este se trata. Ya se
reconoce de contrario, que por desgracia de nuestra nacion los hubo
por entonces hacia las playas de Valencia o de Cataluña, aunque se
quiere les convenga más bien el nombre de locos o fanáticos, y
puede que las expresiones del Diploma les acomoden también baxo
este concepto (7). Ya sea pues que se propagasen desde aquellas
costas y llegasen a nuestro pirineo, o que viniesen de otra parte, lo
cierto es, que en los dominios de Don Sancho el Mayor se insinuó
esta terrible epidemia, como lo comprueba, entre otras , una
apreciable memoria de aquel tiempo, en la cual se elogia a Pamplona
por su zelo contra los hereges, dando a entender que no
estaban muy lejos de allí, aunque sin especificar su casta; pero
gracias al cielo desaparecieron pronto.

El sexto indicio es:
que la fundación o reforma de San Juan de la Peña, según todos los
documentos en que se funda la fábula francesa, sucedió
por los años 1020, cuando el
Rey Don Sancho el Mayor
no había humillado todavía su altivez y poder de los Agarenos,
como se dice en el Diploma.
En este solo se lee: Que oprimida y
sojuzgada la mayor parte de España por los Agarenos, el Rey Don
Sancho había extendido más que medianamente los confines de sus
Estados y Provincias (8); y en efecto los había dilatado por la
parte del Ebro, aunque después volvieron a perderse algunas de sus
conquistas, y también había arrojado a los Árabes de una parte de
la Ribagorza; pero no se dice que hubiese humillado su altivez y
poder; expresiones que no solo sobrepasan mucho, sino además se
oponen al concepto de las originales.
E1 séptimo indicio se
toma de decirse en el Privilegio, que el Orden Monástico es el más
perfecto de todos los Órdenes de la Iglesia de Dios, lo cual no
merecía la aprobación y firma de los Obispos, cuyo estado de
perfección es mucho más alto.
Me parece que cualquiera que
examine el Diploma (9) entenderá que habla del Orden Monástico
con respecto a los demás regulares, de los cuales es más perfecto
el que se dedica a la vida contemplativa, y no en comparación
absoluta de todos los Estados de la jerarquía eclesiástica; y que
cuando el concepto del Compositor hubiese sido tan excesivo, como se
interpreta de contrario, es de creer que los Obispos que firmaron, o
no hicieron atención a aquellas pocas palabras vertidas, por
incidencia, o las entendieron en el sentido obvio y natural. Mas en
ningún caso sería responsable la verdad del Diploma, respecto a los
hechos que estaban a la vista de los que intervinieron en su
confección, y expedición, y que forman el asunto a que se dirige.

Indicio octavo: la falsa suposición de que en Navarra, u
otras Provincias de España no había Monasterios, ni casas de
perfección religiosa, ni era conocido absolutamente el Orden
Monástico.
Dos veces se insinúa en el Diploma la falta de la
perfección monástica por estas palabras: Cuya perfección viendo
que faltaba en el Reyno, que Dios me había dado, &c.: el Orden
Monástico era entonces desconocido en toda nuestra patria,
&c.
En el primer pasaje se contrae sin duda a los Estados de
la dominación del Rey Don Sancho la falta del Orden Monástico
perfecto, y tampoco lo dudará en el segundo quien sepa, que en el
idioma constante de nuestros mayores las palabras: nuestra patria,
equivalen a nuestro Reyno, Estados de nuestra dominación,
o nuestra Provincia; y en efecto solo se habla de aquel pais
donde el Rey, al paso que sentía vivamente que no se conociese el
Orden Monástico, quería establecerlo, lo cual conviene solamente a
sus Estados. En ellos no se conocía la verdadera observancia
monástica, y los que entonces se llamaban Monasterios se
componían de Clérigos dedicados a la vida activa, y
residentes por la mayor parte en las Iglesias Parroquiales unidas a
sus Casas en calidad de Curas o Priores, que independientemente
disfrutaban sus rentas: se componían también de seglares,
que se retiraban por gusto, o por provecho, sin estar obligados con
orden, o profesión alguna. Esto eran entonces los Monasterios de
Leire, y de San Zacarías, que se citan de contrario
(aunque con equivocación de la situación, y denominación verdadera
del segundo) y otros de los Estados del Rey D. Sancho el Mayor, Los
muchos Monasterios, y autores de reglas monásticas de las demás
Provincias de España, que florecieron en diversos siglos, y que
recuerda el Impugnador para probar, que no era desconocida la
disciplina monástica, ni aun la Benedictina en nuestra
Península, de nada sirven para el caso, en que se trata solamente
del Reyno de Don Sancho el Mayor, y en tiempo
determinado.

 

Indicio nono: Es
proprio, se dice, de un Escritor francés el desprecio con que
se habla de España, como si en materia de religión y piedad
viviese sumergida en las tinieblas.
Las palabras del Privilegio
son: Para alumbrar las tinieblas de nuestra patria con la perfección
del Orden Monástico, (10) y acabo de decir, que por nuestra
patria solo se entienden los paises sometidos a la
dominación del Rey Don Sancho, y que en ellos había tinieblas; ni
esto puede dudarlo quien sepa los aciagos sucesos que acababan de
acarrearlas, por los cuales los Monasterios habían decaído
necesariamente de su primer instituto: pero en fin las tinieblas en
expresión del Diploma, no son tan densas como en concepto del
intérprete contrario.

Se propone por décimo indicio de
falsedad el empeño con que se representan los Monges de Cluni
como los más santos y perfectos de todo el orbe, lo cual manifiesta
el espíritu galicano.
Si se meditan las palabras
del Diploma se verá, que su espíritu es muy diferente del que se
las presta de contrario : Por consejo de varones prudentes, dice el
Rey D. Sancho,entendí que el Monasterio Cluniacense, que
sobresalía entre los demás Benedictinos, podía
proporcionarme mejor que ninguno la enseñanza la disciplina
monástica para establecerla en mis Estados; la comparación pues y
la preferencia del Monasterio Cluniacense solo se hace
respecto a los demás Monasterios Benedictinos, que estaban
proporcionados al intento, y de los cuales tenía noticia el Rey Don
Sancho por medio de los varones religiosos que le informaron. No es
posible que el Rey y sus Consejeros estuviesen informados, no digo de
la observancia mayor o menor de todos los del orbe, pero ni aun de
sus nombres; ni puede creerse que intentasen graduar el mérito
de
los que de ninguna manera conocían, o que no eran concernientes a
sus fines. Se podría además entrar en una larga discusión, así
sobre las circunstancias de los que informaron, como sobre el modo de
pensar del Rey Don Sancho, y sus relaciones en otros países, para
ver de qué Monasterios se pudo tener la noticia necesaria para el
objeto, y porquè el de Cluni era más adecuado; pero
sería en vano, pues aunque las expresiones de la Real Carta tuviesen
el sentido que las de su Impugnador, no perjudicarían a la verdad
del objeto principal y hechos presentes que se narran; y de
ellas
deberían responder solamente las personas que inspiraron al Rey Don
Sancho aquel concepto, o el que lo vertió al componer la Carta.

Indicio undécimo: el suponerse fundado el Monasterio de
Oña en el año de 1010, reformado en 1029, muerta
en este intermedio la Abadesa Trigidia en concepto de
santidad, y pervertida hasta la disolución una comunidad dirigida
por una santa, y en los primeros años de su fervor.
Aun
concedido cuanto se supone, para fundar este argumento, nada convence
no pudiendo negarse que el mal a veces gana mucho en poco tiempo, y
que esta pudo ser una de las que no deja dudar una deplorable
experiencia.
¿Pero acaso es cierto que el Monasterio de Oña
se fundase en el año de 1010, y no antes? ¿que la Trigidia
fuese propiamente Abadesa? ¿que esta congregación fuese de Monjas,
y no de Monges, y la disolución tan grande como se pondera?
Cada uno de estos puntos exige una profunda investigación imposible
de hacerse en mis actuales circunstancias y fuerza de mi propósito;
pues para éste basta decir por ahora, que en las inmediaciones u
oficinas del Monasterio Oniense había algunas mujeres más
bien ofrecidas a prestar algunos servicios a la Casa por particular
devoción, que dedicadas al Señor por profesión religiosa, como se
veía entonces en otras Casas semejantes, y que el Diploma habla del
poco recogimiento y amortiguado fervor de las mismas en general, o
por la mayor parte; por lo cual pareció preciso, como se hizo en
otros Monasterios, apartarlas del de Oña. Con esto es
componible la existencia de un Monasterio simple, o
dúplice, cuyos Individuos no estuviesen tan relaxados como
sus sirvientes o adherentes.
Indicio duodécimo: inverosimilitud
en las fechas y firmas del Diploma, ya porque hecha la reforma en
1029, y dirigiéndose al Papa, y a todo el Orbe
se retardase el aviso cuatro contra la práctica ordinaria y común
de nuestra nacion, ya en fin, porque es muy notable que entre
tantos Obispos que firmaron este Diploma ruidoso no firmen los
de Navarra, Reyno primitivo y principal de dicho
Soberano.

La primera razón de inverosimilitud que se
alega queda satisfecha, con la respuesta al indicio segundo, donde
dije cuán común era entonces aquella fórmula de direccion,
de la cual en los siglos siguientes, hasta el nuestro, se hallan
todavía algunos vestigios aun en las escrituras particulares; y por
lo tocante al atraso de la expedición del Diploma pueden exhivirse
muchos de mayor importancia, expedidos tantos o muchos más años
después de las fundaciones o asuntos que los motivaron.
La
segunda razón tiene también contra si muchísimos ejemplares,
especialmente antes de mediado el siglo XI, y en diplomas del mismo
Don Sancho el Mayor; y todavía podría dudarse si la inversión de
las subscripciones en la copia del Oniense ha provenido de descuido y
confusión de las columnas, en que se hallan distribuidas en el
original, como ha sucedido tantas veces.

Por lo que respecta a
la tercera razón es muy notable se llame ruidoso un Diploma, porque
lo firman varios Obispos, siendo estilo corriente de nuestros
antiguos Monarcas y otros Señores, hacer subscribir sus cartas por
todos los sujetos de algún carácter que se hallaban en la Corte al
tiempo de la expedición; y que se echen de menos las firmas de los
Obispos de Navarra (prescindo de la impropiedad de esta denominación)
como si hubieran tenido precisa obligación de asistir y firmar, o
como si aún en tal caso no hubieran podido tener motivo para dejar
de hacerlo, o no se hubiera encontrado vacante ninguna Sede.
Concluye
el Impugnador del establecimiento de la reforma Cluniacense en España
refutando una vida de San Iñigo, que se supone pertenecer al Real
Monasterio de S. Juan de la Peña, y hallada en Roma entre los
papeles del Cardenal de Santa Severina, y una
inscripción
del siglo XV que se lee en el Real Monasterio de Oña; pero
como al mismo tiempo reconoce que ni una ni otra es muy antigua, solo
queda el cargo de defenderlas a los que en ellas funden su parecer a
favor de la introducción de dicha reforma.
Entre tanto no puedo
omitir, respecto a la primera, el reparo de que habiendo conservado
en su larga peregrinación la nota de Pinatense no haya
quedado en esta Casa vestigio alguno de sus actas, que ya se confiesa
de contrario haber perecido, ni si quiera de
su anterior existencia, y por tanto el Monasterio Pinatense no
debe prohijarla, sino substituir a su apellido el de Romana o
Severinense.
Queda en fin convencido el ningún fundamento
de las objeciones con que se ha intentado desacreditar los documentos
expresados, y los hechos que contienen, y que se comprueban además
con otros testimonios fidedignos, que no es de mi propósito recordar
por ahora. He demostrado con las pocas pruebas que indirectamente
resultan de mi contextacion las freqüentes y casi
inevitables equivocaciones que se han padecido en las copias,
trabajadas en tiempo tan escaso de conocimientos diplomáticos, como
abundante de tropiezos para no acertar en la investigación e
inteligencia de la antigüedad: se deja conocer, que es muy arrojada
la empresa de juzgar de la legitimidad de las cartas originales por
semejantes copias, y con solas las nociones adquiridas en los
archivos de otras Provincias; y es consiguiente, que estos juicios no
satisfagan a los lectores imparciales y sensatos, ni puedan hacer
decaer su fé a los respetables testimonios de la antigüedad. Ellos
son la prueba de mayor autoridad y peso que puede producirse en los
tribunales de justicia, y entre los sabios y hombres de bien.
Induputabile testimonium vox antiqua cartarum: en ellos
interesan comunmente los particulares, las Comunidades, las
Provincias, el Estado, y la Regalía; y por tanto las leyes civiles y
canónicas los han protegido siempre con toda su fuerza y autoridad,
y han considerado como un atentado contra el derecho común, contra
el Estado, y el Príncipe, el atacarlos sin aquel fundamento y
convicción que exige la razón bien meditada, es decir, sin
argumentos invencibles.
Pero no admira tanto, que no obstante se
hayan hecho algunas censuras tan infundadas y amargas contra nuestras
cartas por unos rivales implacables, cuanto que muchos de nuestros
aragoneses ciegos y olvidados enteramente de la justicia e intereses
de la patria, hayan celebrado con aplauso los sangrientos despojos de
nuestro crédito, de nuestras glorias, y de nuestro común y
particular interés. Tales han sido en efecto los que sino se
hallaban satisfechos por las copias publicadas debían haber
trabajado por su parte en apurar la verdad en sus originales, y por
el contrario han convenido en esparcir también sobre nuestros
archivos las negras manchas del descrédito e impostura: tales los
que seducidos por la aparente congruidad de unos sistimas
convinados a gusto han abandonado del todo a nuestros
Historiadores nacionales, como si no hubieran dicho una sola verdad
en todas sus obras. Es preciso, sí, reconocer que en ellas no se
encuentra propuesta nuestra historia con aquella convicción
necesaria que satisface y tranquiliza al lector sabio e imparcial, y
que se observan varias equivocaciones, contradicciones y defectos;
pero al mismo tiempo es muy cierto que contienen la verdad, aunque
desfigurada en su aspecto, y como dividida y descompuesta en sus
verdaderos miembros, por la agregación e interpolación de otros
heterogéneos; y también son bien conocidas las causas imperiosas
que han influido en este desorden, y que disculpan sobremanera a
nuestros Escritores. Pero ni la verdad, ni la disculpa, favorecen a
los sistemas que nuevamente se han subrogado, y por los cuales se nos
retarda el establecimiento de nuestra Monarquía hasta fines del
siglo IX, se nos propone a Iñigo Arista por primer Rey feudatario de
los de Asturias, se nos disminuye la gloria de muchos Soberanos,
reduciéndolos a solos cinco desde el mismo Arista
hasta D. Sancho el Mayor, se defrauda la pertenencia de sus
peculiares trofeos, y respectivos derechos a las Provincias de Aragón
y Pamplona, o Navarra, confundiendo los principios de la soberanía
en cada una; y finalmente se vierten otras muchas opiniones
destituidas asímismo de todo fundamento, y en menoscabo de nuestras
verdaderas glorias.
Mas volviendo a mi propósito, para dar por
último una prueba cabal del furor censorio con que se ha tratado
hasta la sombra de nuestras antigüedades, y de la desconfianza que
deben inspirarnos, a pesar de su erudición, los que nos hablan por
relaciones ajenas, basta recorrer brevemente lo acaecido con unas
inscripciones, que como pertenecientes al Real Panteón de San Juan
de la Peña publicó el M.R.P.M. Yepes en el tom. III, Cent. III, f.
14 y 15 de la Crónica general de la Orden de S. Benito. Yepes, pues,
que por muchas leguas no se acercó al Monasterio Pinatense, pidió
una razón de su fundación, y demás objetos conducentes a su
Crónica. El Abad, a quien se dirigió, y que se hallaba ausente,
pasó este encargo a uno de sus Individuos, y éste para desempeñarlo
luego, y sin molestia, recurrió a un MS. trabajado pocos años antes
por otro llamado Barangua, y con él satisfizo la comisión.

Este MS. es una miscelánea tan singular, y con tan enormes
anacronismos, que apura
la paciencia del lector. Entre muchas
cosas trata de la fundación de San Juan de la Peña, propone un
catálogo de sus Abades, copia dos inscripciones verdaderas de su
antiguo atrio, que son la décimasexta y décimaséptima
publicadas por Yepes; de las cuales la primera pertenece a Doña Ximena muger de Rodrigo el Cid, mas pereció la
lápida donde se leía, aunque se conserva una copia auténtica, y la
segunda que todavía existe es del Senior Fortunio Enneconis, ò
Iñiguez. Ambas inscripciones han merecido la aprobación en la
censura de que voy a hablar, y esto no obstante, que la segunda se ha
publicado con un enorme anacronismo, como puede verse cotejándola
con la original. Pero el principal objeto en el citado MS. parece fue
formar un compendio o memoria histórica de los Reyes, y otras
personas Reales, que el autor creyó ser de Aragón, y estar
enterrados en el Panteón de dicho Monasterio, y lo hizo componiendo
un elogio más o menos breve de cada uno. A estos elogios, que por la
mayor parte terminan en castellano, se dio principio con un
epígrafe o texto latino a manera de inscripción
sepulcral con fecha mortuoria en números arábigos, y estos
textos se copiaron y enviaron al P. M. Yepes. ¿Con qué satisfacción
y vanidad no habría muerto su autor si hubiera previsto que en fin
sus textos se publicarían un día en letras de molde, se colocarían
después en una colección de lápidas y medallas del tiempo de los
Árabes, y ocuparían la férula de un ilustre Censor, aunque para
volverlos más negros que la tinta con que los escribió?

En
efecto, tal es el origen, y tal el fin de las quince primeras
inscripciones publicadas por Yepes, y censuradas y ridiculizadas en
nuestros días de un modo que ofende gravemente a uno de los
Monasterios más insignes y venerables de España. ¡Qué tiempo tan
bien empleado en publicar las inscripciones de los espacios
imaginarios, y en azotar el ayre con la férulacensoria! Tal vez se me dirá, que de todo esto son responsables los
que enviaron a Yepes aquella relación. Prescindo de que la conducta,
o errores de uno o dos Individuos, jamás debe convertirse en oprobio
de un cuerpo, y menos en asunto de literatura; y también de que no
sirve de disculpa a un crítico la deferencia que no debió conceder
a otras personas, ya sospechosas en su concepto, ya según el que
generalmente se forma de su edad poco seguras, y versadas en la
materia; y prescindo en fin de que esta exigía examinarse al ojo, o
por lo menos comprobarse nuevamente por testimonio de persona
instruida. Mas por ventura ¿fue sorprendido Yepes en su buena fé, o
se iludió a si mismo? No es posible en esta parte disimular
su poca atención a las palabras que copia de la carta o razón con
que el Dr. D. Diego Juárez acompañó aquellas memorias: Los
epitafios o memorias, dice este, de personas eminentes y principales
que están enterradas en esta cueva, sin meterme en averiguar los
años en que murieron por las disputas que hay entre los autores
Zurita, Garibay, y Blancas y otros, y yo no ser buen Juez, pondrelos
puntualmente, como entiendo que es la verdad, de la manera que aquí
los tenemos y leemos, dexando para quien más supiere que los ajuste.
Síguense a estas palabras quince textos del MS. a manera de
inscripciones, y las dos verdaderas que ya he notado, y dice luego
Yepes: Concluye la memoria de los epitafios puestos en las sepulturas
de esta manera: Praedicti Reges dederunt Monasterio praedicto multa
loca, montes et redditus quibus in hunc diem sustentantur. A primera
vista se descubre en las palabras de Juárez una incertidumbre y
ambigüedad sobre la existencia y verdad de aquellas memorias, capaz
de suspender el juicio más precipitado, y si luego se reflexiona con
alguna detención sobre el sentido y concepto que envuelven se
encuentra que no se habla de verdaderas inscripciones, sino de un
catálogo o lista de las personas principales que se creían
enterradas en la Real Casa de San Juan de la Peña, y que por tal se
envió a Yepes. La denominación de epitafios es lo único por donde
podría persuadirse que lo eran, pero luego se descifra por las
palabras inmediatas, que por la conjunción disyuntiva ò, y
por el propio significado de memorias, manifiestan ser unas
apuntaciones o razón de las personas enterradas. Lo mismo declaran
las palabras siguientes sobre las encontradas opiniones de los
autores, respecto al año de la muerte de dichas personas, pues ni
esto es componible con las datas de inscripciones verdaderas, que
serían superiores a la opinión de aquellos Historiadores, ni estos
disputaron de inscripciones, sino de la existencia de algunas
personas Reales, y lugar de su entierro. Por último declara el Dr.
Juárez abiertamente su concepto, diciendo, que así entendía ser,
que así se tenían y leían, y que dexaba el ajustarlos y
corregirlos a quien lo entendiese mejor, lo cual solo puede convenir
a unas memorias escritas, y a su parecer ciertas, sobre las personas
enterradas, y de ninguna manera a inscripciones que él hubiera visto
en sus lápidas, o copiadas de manera que hiciese fé.
En efecto,
no solo no las vio así el Dr. D. Diego Juárez, pero ni pudo
inspeccionar los diez y ocho Sepulcros Reales de los veinte y siete
que se hallan en el Panteón de S. Juan de la Peña. Desde el siglo
XII tienen estas veinte y siete urnas de piedra la misma disposición
que hoy: están distribuidas en tres órdenes: sobre las nueve del
primer orden descansan nueve del segundo; y sobre estas las nueve
restantes, sin dexar medio o hueco alguno por donde inspeccionar las
cubiertas de las diez y ocho primeras: a todas sirve de cimiento,
respaldo y dosel la grande peña que ha dado nombre al Monasterio, y
que antes de haberse dilatado por aquella parte (cuando de orden y a
expensas del católico y piadoso Monarca Don Carlos III, augusto
Padre del que felizmente reyna, se reedificó el Panteón) de tal
manera ceñía y encerraba los Sepulcros Reales, aun por su frente y
costados, que quasi venía a parecer una grande urna de los
mismos. Es natural pensar que los diez y ocho primeros tendrán
respectivamente sus inscripciones, mas de ellas no ha quedado alguna
noticia del siglo XII, en que se completó la linea superior que los
cubre, ni de los siglos inmediatos. Pero estuvo tan lejos de andar en
estas averiguaciones D. Diego Juárez, o por mejor decir el autor del
MS., que ni si quiera copió las inscripciones que tenía a la vista
en las urnas del orden superior, y basta para convencerlo el
testimonio nada sospechoso para el caso del M.R.P. Fr. Josef Moret,
ilustre Cronista del Reyno de Navarra, y autor de las Investigaciones
de sus antigüedades. En esta obra dice, que inspeccionó por si
mismo los Sepulcros Reales del Panteón Pinatense, y que de los del
orden superior copió las inscripciones que publica, que si bien me
acuerdo son de D. Ramiro I, Don Sancho Ramírez, Don Pedro I, y su
hija la Infanta Doña Isabel; y cotejadas éstas con las memorias
correspondientes en la Crónica de Yepes se verá que no son las
mismas, ni en ellas hay números arábigos, datas de años, u otros
defectos que se notaron en estotras. Es pues, de admirar que
quien ha leído a Moret haya preferido a la autoridad de este testigo
de vista la de Yepes, que habla baxo palabra de otro, y con tan grave
equivocación en el concepto, como he manifestado.

En
fin, señor Adicto, si de una parte he renovado con grande
sentimiento la memoria de los insultos que impunemente se han hecho a
nuestro Reyno, y a nuestros monumentos más respetables, por otra veo
con indecible satisfacción que no está ya muy lejos el momento en
que una noble emulación excitará la larga indolencia de los
talentos, para ofrecer a nuestra patria un obsequio de la mayor
necesidad e importancia, poniendo a cubierto de los golpes de la
ignorancia y envidia los preciosos depósitos de sus grandes y
antiguas glorias.
Entre tanto B.L.M. De V.
As. Cs. y Ts.

Zaragoza y Diciembre 3 de 1800.

Notas.

(1)
Anales de Aragón, tom. I

(2) Historia de San Juan de la Peña
y del Reyno de Aragon, lib. II, c. 45.

(3) Praesidente
glorioso Principe Ranimiro una cum veneralibus Episcopis Sanctio, et
Garsia, et Gomesano, et Abbatibus S. Ioannis .... ita Sanctius
Episcopus Aragonensis exorsus ets loqui: Pro disciplina...tractaremus
ea, quae ad ordinationis tenorem pertinent iuxta Nicenorum Canonum
instituta .... ac mansura solidemus, sicut EST PRAEDESTINATUM ET
CONSTITUTUM AB INCLITO REGE SANCTIO totius Hisperiae domino in
praesentia Episcoporum Subscriptorum, Mantii Episcopi Aragonensis, et
Sanctii Pampilonensis, et Garsiae Naiarensis, et Arnulphi
Ripacurtiensis, et Iuliani Casteliensis, et Pontii Ovetensis, et
aliorum plurimorum Episcoporum, nomina quorum longum est dicere.

(4)
Crónica general de la Órden de San Benito, tom. V, Apend. , Escrit.
XLV.

(5) Sanctius gratia Dei Hispaniarum Rex .... Domino Papae
S. Romanae Sedis, et Apostolicae Ecclesiae, et totius Orbis
Archiepiscopis, et omnibus ecclesiastici ordinis, coeterisqie populis
christianis, &c.

(6) Prospera vitae praesentis, et gaudia
super mae felicitatis.

(7) Omniumque sacrilegorum
haereticorum, quomdam religiosi tamen patricae pestifere opprimentium
versutiis canonicali disciplina resecatis, &c.

(8) Magna
ex parte oppresa Hispania, et expugnata a spurcissima gente
Agarenorum, decentissime fines nostrarum provinciarum ampliavi.

(9
y 10) Incidit mae menti summa christianae perfectionis, quam Dominus
iuveni salvationem animae suae quaerenti: demonstrans ait: Si vis
perfectus esse, &c .... Quam perfectionem dum imperio mihi a Deo
comisso deesse comperi vehementer dolui, nam ordo monasticus
omnium ecclesiasticorum ordinum perfectissimus tum temporis omni
nostrae patriae erat
ignotus .... et perfectione monastici ordinis tenebras nostrae
patriae illuminare, tandem inspirante Deo a prudentibus, ac
religiosis viris salubre reperi consilium, quibus referentibus
didici, quia perfectionem huius sanctae, quam requirebam
prefessionis, nemo perfectius ostendere poterat, quam congregatio
Monasterii Cluniacensis, quae in eodem tempore clarius coetiris
Monasteriis S. Benedicti perfecta florebat regulari religione,
auxiliante Deo, et venerando Abbate Odilone administrante, &c.

domingo, 8 de marzo de 2020

120-129 (códices, catedral, Tortosa)

120.
BREVIARIO SEGÚN EL USO DE LA IGLESIA DE TORTOSA.
Un volumen en 4.°
en pergamino, de 666 páginas. Es del siglo XIV. así este
Breviario como el del número anterior, se conoce que estaban
destinados por el uso diario de esta catedral, porque además de
contener algunos rezos ú oficios propios de esta iglesia, se dice en
los mismos el número de cantores que en el coro correspondían a
cada festividad.
En el que nos ocupa, después del Calendario hay
una especie de lista donde se expresan, como hemos dicho, las
festividades en que debía haber seis, cuatro, y dos cantores.
También está el oficio de la fiesta de San Rufo y el de la
octava. Al final hay dos o tres hojas de letra más moderna, que
contienen varias explicaciones y notas sobre la liturgia de esta
iglesia.

120-129 (códices, catedral, Tortosa)



121. LECCIONARIO CON LAS HOMILÍAS.
Un volumen en 4.° mayor, en pergamino, de 419 páginas. Es del siglo XIV. También fue escrito este Códice para esta catedral, o sea para el coro;
sirviéndose de él en las lecciones los canónigos y
beneficiados a quienes correspondía por turno. Está
incompleto, pues al principio y al fin le faltan muchas
hojas. Por lo demás se halla en buen uso y se conoce que el trabajo
de este libro se hizo con mucha perfección. Todas las iniciales de
las lecciones están adornadas con dibujos de colores.

122.
HONORIO AUGUSTODUNENSE. ELUCIDARIO. Un volumen en 4.° prolongado, en
pergamino, de 164 páginas. Es del siglo XII. Al principio de la
primera página hay una nota de letra más moderna que dice,
Quoestiúnculae Theologicae. Después sigue este epígrafe:
Capitula Lucidarii. Las cuestiones se dilucidan en forma de
diálogo, figurando un discípulo que pregunta, y un maestro que
contesta dando la explicación.
Al principio de cada uno de los
libros en que se divide esta obra, hay un largo índice de todos los
puntos que se han de explicar. Después en las últimas hojas, que
son de otra época, hay los siguientes breves tratados. De la
Iglesia. De los sagrados órdenes. Del Sumo Pontífice. De la
dedicación de la iglesia. Del agua bendita. De las palmas y ramos,
etc. El final del libro está muy deteriorado y faltan además
algunas hojas.

123. EL EVANGELIO DE SAN JUAN. Un volumen en
4.° prolongado, en pergamino, de 204 páginas. Es del siglo XII.
Tiene los comentarios de Rábano Mauro, como los otros Códices de la
Sagrada Escritura de que hemos hecho mención; pero este es de época
más antigua, y de ahí que sea completamente distinto, así en el
tamaño como en lo demás del escrito, viñetas, etc.
En este
Códice se nota la particularidad de que el texto apenas ocupa una
quinta parte de cada página, a fin de dejar extenso margen para los
comentarios. También hay bastante distancia de línea a línea para
poner notas, viéndose allí muchas. Al principio de la primera plana
se ve con letra más moderna la nota que hemos copiado de otros
Códices: «Es de Santa María de Tortosa; si alguno lo quitare, sea
anatema» . Y al final después del evangelio de San Juan, hay una
página comentando las palabras de la profecía de Balaam,
Orietur stella ex Iacob.

124. COMENTARIOS SOBRE EL
MAESTRO DE LAS SENTENCIAS. Un volumen en 4.° mayor, en pergamino, de
242 páginas. Es del siglo XIII. No consta el hombre del autor. No
hay separación ni epígrafes que indiquen los libros del Maestro de
las Sentencias que se exponen en este Códice. Es de notar que los
comentarios principian por el libro segundo, como lo indican las
palabras de la primera página, que traducidas dicen: «Sobre el
principio del segundo libro del Maestro de las Sentencias propongo
una cuestión.»
En el folio 29 comienza el comentario al libro
primero, según lo expresa una nota de letra muy pequeña y de época
distinta que dice, Circa primum Sententiarum.
En los
folios 87 y 88 hay un índice de las cuestiones.

125. HUGO DE-NOVOCASTRO. Un volumen en folio en pergamino, de 292 páginas. Es
del siglo XIV. Principia este libro del siguiente modo: Incipit
secundus lecturae, Fratris Hugonis de Novocastro, Ordinis Fratrum
minorum, suppletus ab eodem.
Tal es el título que tiene. Su
contenido es una exposición o comentario del Maestro de las
Sentencias. El autor, que era un teólogo inglés,
(Nota: Novocastro : Newcastle : Castellnou etc...) vivió a
principios del siglo XIV. Dividió el libro en distinciones,
subdivididas en cuestiones, que se indican con números romanos en la
parte superior de cada página. Pero al llegar a la distinción XXI
se omitió el señalarlas. También se omitió desde esta distinción
hasta el fin del Códice, poner las iniciales del principio de cada
cuestión, que sin duda debían adornarse con dibujos como las demás,
y no se hizo; notándose que falta una letra y hay un claro en el
texto.
Al final está un índice muy completo de las cuestiones
que se tratan en este libro. Después del índice hay una nota, que
traducida del latín dice así refiriéndose al libro: «El que me
escribía, el nombre de Nicolás tenía.»

126.
FORMULARIOS PARA TODA CLASE DE INSTRUMENTOS. Un volumen en folio en
pergamino, de 114 páginas. Es del siglo, XV. Este Códice ofrece
especial curiosidad por la multitud de formularios que contiene,
redactados con mucha extensión y según derecho. No está completo.
Al principio le faltan algunas hojas, pues comienza el primer folio
por el instrumento de número XIV.
Aunque no hay foliación,
todos los instrumentos están numerados por su orden en el margen.
Además, al principio de cada instrumento hay un breve título o
epígrafe con letras encarnadas. Todos los instrumentos o formularios
de este Códice ascienden a 337, y aún faltan algunas hojas al fin.
De un mismo asunto hay varios formularios según las diversas
combinaciones y casos que pueden ofrecerse.

127. COMENTARIOS
A LOS LIBROS DE LAS DECRETALES. Un tomo en folio, en cartulina, de
238 páginas. Es del siglo XV. Este Códice se puede dividir en dos
partes; hasta la mitad del libro donde hay algunas hojas en blanco, y
desde allí hasta el fin. La primera parte comienza por los
comentarios del segundo libro de las Decretales, que tratan de los
juicios o procedimientos; no hay allí división ni señal alguna de
títulos ni capítulos. En la segunda parte están los comentarios a
los libros tercero y cuarto; y aunque tampoco hay separación de
títulos ni capítulos, cada caso que se resuelve está señalado con
letras más grandes.
También se observa lo que ya hemos dicho de
otros Códices; que la inicial quedó sin adornar, viéndose un claro
o blanco en el texto.

128. LOS CUATRO EVANGELIOS. Un tomo en
4.° en pergamino, de 394 páginas. Es del siglo XII. Al principio de
cada evangelio hay un índice y un prólogo. En el evangelio de San
Lucas el prólogo está sin concluir, pues sólo tiene algunas líneas
escritas, y siguen dos páginas en blanco donde parece que debía
concluirse.
Las primeras palabras de los evangelios son de letras
de muy buen gusto, y según el estilo de aquel siglo; siendo lástima
que las principales que sin duda hubieran sido muy notables, quedasen
por hacer, viéndose los claros donde debían estar. También son de
colores las iniciales de todos los capítulos y párrafos. Este
Códice a pesar de su mucha antigüedad se halla perfectamente
conservado.
Según se ve en el ultimo folio, después de los
cuatro Evangelios debían seguir en este Códice los Evangelios y
Capítulos para todo el año; pero probablemente se continuaron en
otro Códice.

129. SUMA O COMPENDIO DEL CÓDIGO DE
JUSTINIANO. Un volumen en 4.° mayor, en pergamino, de 234 páginas.
Al principio tiene un índice de los nueve libros en que se halla
dividida esta obra; pero le falta algún folio, pues comienza por el
índice del libro cuarto. Antes del primer capítulo, que se titula
de Sacrosanctis Ecclesiis, hay un breve prólogo que comienza
así, traducido del latín: «En nombre de Dios Padre, y del Hijo, y
del Espíritu Santo, principia la suma de todos los libros de leyes
promulgada por los jurisconsultos.» Siguen luego por su orden los
libros, que están indicados en la parte superior de cada folio. Los
capítulos se indican en el margen con números romanos; y los
epígrafes de cada asunto o cuestión están como es costumbre en
estos Códices, con letras encarnadas a continuación del texto. Las
iniciales de los capítulos son todas de colores, y las del primer
nombre de cada libro están adornadas con dibujos.
Este Códice
además del mérito de su antigüedad, tiene la especialidad de ser
muy raro en las bibliotecas de Europa. Lo prueba, que al poco tiempo
de haber publicado los señores Denifle y Chatelain el Inventario
de los Códices de esta catedral
, en la Revista que ya hemos
dicho impresa en París, titulada Revue des Bibliothéques, un
publicista de aquella ciudad nos escribió pidiendo copia de algunos
capítulos de este Códice, para completar y ampliar según dijo, una
obra de derecho regional que había publicado en Francia hacía pocos
años.




jueves, 14 de marzo de 2019

Libro tercero

Libro tercero de la historia del Rey don Iayme de Aragon, primero
deste nombre, llamado el conquistador.

Capítulo primero. En
el cual se prueba como el Rey acabó con triunfo la guerra de
Albarracín, y por qué causas los de su consejo determinaron de
casarle antes de tiempo.



La
guerra de Albarracín, que acabamos de contar en el precedente libro,
aunque a la opinión de algunos, (mirando lo que pasó de hecho)
parece, que no paró fin alguna mengua del Rey: si consideramos el
buen fin que tuvo, hallaremos que no menos sucedió en triunfo suyo,
que a gloria de sus enemigos. Pues como no quedó menos victorioso el
capitán, a quien voluntariamente se le rindió la ciudad, por haber
conquistado los ánimos de los ciudadanos que si la tomara por fuerza
de armas: así parece que el Rey con semejante suceso, no solo cubrió
su padecida perdida, pero sacó de ella muy esclarecida victoria.
Porque apenas mandó levantar el cerco de Albarracín, cuando le
salió al camino el mismo señor de ella, a suplicarle con toda
humildad le perdonase, y se entregase de su persona y ciudad, pues
hasta la
juridicion della, que
por fuerza
de
armas no pudieron alcanzar los Reyes sus predecesores, a él se daría
con toda liberalidad. De manera que como siempre fue más preciado lo
que se da de voluntad, que lo que se toma por fuerza, así no fuera
para el Rey tan grande triunfo haber entrado con violencia en la
ciudad como el haberse metido por los corazones de los señores de
ella, para quedar más glorioso señor de todo. Así lo sintió
Fabricio cónsul Romano cuando Pyrrho Rey de los Epirotas en la
guerra que tuvo contra los Romanos, le envió sus embajadores con un
muy rico presente de vasos de oro y plata, por atraerle a su
devoción. Mas el cónsul después de rehusado el presente, respondió
muy sin respeto a los embajadores, supiese su Rey, que los Romanos,
no tanto tiraban a coger el oro, cuanto a los que le poseían.
Conforme a esto nuestro Rey, con la voluntad y
entrego
que el señor de Albarracín le hacía de su ciudad y persona, no
solo pudo más que los Reynos de Aragón y de Castilla, que viniesen
sobre Albarracín, y sin hacer efecto se fueron (como arriba
contamos), pero engrandeció su autoridad real, y con la humildad con
que también se le entregó don Rodrigo, confirmó el poder y mando
que de allí adelante tuvo sobre los dos. Con todo esto y siendo los
principales señores y barones que con el Rey venían, señaladamente
los que regían su persona y estados, que por sus rencillas y
particulares intereses, llevaban el regimiento confuso, y que había
de redundar en daño suyo, y llover sobre ellos cualquier disminución
y quiebra que a la autoridad y persona real se siguiese. Demás que *
feudo deshechas, ni acabadas, * que de cada día revivían las
parcialidades de don Sancho y don Fernando, a los que les ellos
habían * ofendido, así en haber hecho quitar al uno la gobernación
general del reyno, como al otro el cargo y custodia de la persona del
Rey, que no dejarían de procurar de atraerle a su opinión para
mejor vengarse de ellos. Por estas y otras causas comenzaron a mirar
por si, y consideraron que convenía para la confirmación del Rey y
de ellos, usar de algún medio con que engrandecer la autoridad del
Rey, y confirmar su obediencia y mando para con los pueblos,
quedándose ellos siempre con el cargo de la persona real y gobierno
del reyno. Para esto sirvieron * concordaron todos en que sería
bien casarle. Porque con la autoridad y poder que con el nuevo * y
afinidad se le
recrescería,
de * con la esperanza de suceder, se le doblaría el respeto, echando
* raíces de amor y obediencia en los pueblos. Pues aunque para esto
* su poca edad, no teniendo quince años cumplidos, era tan crecido
de cuerpo, bien formado y proporcionado de persona, que ninguno le
juzgaba por inhábil para el matrimonio. Y así los reynos, no solo
se alegrarían mucho de verlo casado, pero le harían por ello
grandes servicios y pagarían extraordinarios tributos como para
continuar la guerra era bien menester.











Capítulo
II. Como el Rey tomó por mujer a doña Leonor hermana de la Reina de
Castilla, y se armó caballero, y celebró sus bodas en Tarazona.


Pues como los consejeros del Rey, don Ximen Cornel, don
Guillen Cervera, y don Guillen de Moncada: gran senescal de Cataluña,
y muy pariente del Rey, con don Pedro Ahones, viniesen bien en que
tomase estado: todos los demás del consejo fueron del mismo parecer.
Y hechas estimación y discurso de todas las doncellas de sangre y
casa Real que en España, y fuera de ella se hallaban convenientes
para este matrimonio, ninguna tanto cuadró a todos como doña
Leonor, hija del Rey don Alonso VIII de Castilla, hermana de doña
Berenguela Reyna de León y de Galicia viuda, la cual por la * muerte
del Rey don Enrique su hermano, había sucedido en los Reynos de
Castilla. * pues bien a todos dar la doña Leonor por mujer al Rey,
si ella quisiese, fueron luego los embajadores de parte de él a la
Reyna doña Berenguera (Berenguela), que estaba en la villa de
Ágreda, pueblo célebre de Castilla, a los confines de Aragón y
Navarra. A la cual dijeron como el Rey de Aragón deseaba casar con
doña Leonor su hermana, si ella era contenta, y que siendo, como era
señor de tantos Reynos y señoríos, se contentaba en lugar de dote,
con las virtudes y
perficiones
de su persona: y aun la dotaría en diez principales pueblos del
reyno de Aragon, que son Daroca, Épila, Plna, Uncastillo, Barbastro,
y Tamarit de Santisteuan, Montaluan, y Cervera. Y en el reyno de
Cataluña, de las que hoy hay en los montes de Siurana y Prats. Oída
la embajada, y aprobados por el consejo de Castilla los conciertos y
promesas que el Rey de Aragón ofrecía, mayormente porque las cosas
de Castilla con la amistad y favor de Aragón mucho más se
engrandecerían, la Reyna, con voluntad de doña Leonor, prometió
darla al Rey por mujer. Certificados de esto los embajadores, y
hechos por ambas partes sus capítulos y obligaciones, volvieron al
Rey. El cual se contentó del concierto, y luego se puso en camino,
acompañado de sus principales caballeros cortesanos, y con algunos
prelados, entró en Ágreda: a donde fue por la Reyna y grandes de
Castilla realmente recibido: y hechos los desposorios, el Rey quiso
que las bodas se celebrasen en Tarazona, ciudad principal de Aragón
que está fundada a la
halda
del monte Moncayo, y se adelantó a concertar la boda. Partida la
esposa, acompañada de la Reyna y de don Fernando su hijo, que
después le sucedió en los reynos de León y de Castilla, y fue gran
conquistador de tierras de moros, como adelante diremos, llegaron a
Tarazona, donde el Rey y doña Leonor se velaron con grande
solemnidad, y se dobló la fiesta, con el nuevo orden de Caballería
que el Rey quiso celebrar por su persona. Era costumbre antigua, y
muy observada entre caballeros y grandes señores, que quien quería
ser armado caballero, y hacer profesión de ello, viniese muy
acompañado de caballeros, y de tan principales señores como podía,
al templo mayor de la ciudad donde se hallaba. Y que en el altar
mayor de él pusiese una espada desnuda de donde el más honrado y
principal del ayuntamiento tomaba la espada, y la ceñía al que
armaba caballero. Pues como conforme a la costumbre, el Rey pusiese
la espada en el altar para este efecto, y no se hallase allí otro
más preminente, ni más honrado que él, tomóla él mismo y
ciñiósela, y con esto quedó armado caballero. Fuera de esta fiesta
no tenemos que referir otras de justas, ni torneos, ni de muy grandes
cenas o mercedes que se hiciesen en estas bodas: pues ni la historia
del Rey, ni otros escritores lo dicen: por ser tanta la modestia y
templanza de aquellos tiempos, que se usaban, y entraban estas
virtudes por las casas Reales:puesto que alabar a los Príncipes de
moderados en el gasto de casa, no parece digna alabanza suya. Tampoco
será cosa indigna de contar del Rey, lo que el mismo no quiso callar
de si en su historia: que por la
inbecilidad
de su poca edad cuando se casó, confiesa que pasaron, xviij. Meses,
que no se comunicó con la Reyna su mujer.








Capítulo
III. De las Cortes que el Rey tuvo en Huesca, y de la entrada que
hizo con la Reyna en Zaragoza.

Celebradas las bodas en
Tarazona, como el Rey estuviese muy puesto en llevar adelante el buen
regimiento de sus Reynos, y que por esta vía llegaría a tener
pacífica posesión de ellos, luego que fue advertido por los de su
consejo convenía tener cortes, las mandó convocar en la ciudad de
Huesca para solos Aragoneses, a donde en presencia de los de su
consejo, y de los de su casa y
palacio, que eran hombres graves y
de los principales del Reyno, y tenían el cargo de la persona real,
se propusieron por algunos síndicos de las ciudades y villas reales,
muchas quejas y demandas contra los unos y los otros. Porque abusando
de la autoridad y favor que con el Rey tenían, en su hombre habían
causado algunos desafueros y violencias de las que suelen hacer los
muy privados de los Príncipes, cuando empapados de su favor y
estado presente, tienen poca cuenta con lo venidero, y hacen lo que
se les antoja. Como sea así, que los favores han de acabarse, y que
tarde o temprano las violencias y daños hechos, se han de rehacer y
recompensar, o por los mismos autores de ellos, o por sus herederos,
y muchas veces por los mismos príncipes y señores, debajo cuyo
favor se cometieron. Y así fue singular negocio lo que el Ree hizo
sobre esto, que después de bien entendido lo que pasaba, quiso por
esta vez tomar por propios los daños y agravios que los suyos, y de
su consejo habían causado a los pueblos, y descubiertos en
particular, hizo de su tesoro la enmienda y recompensa de ellos, con
mucho contento de todos. De allí pasó a Zaragoza con la Reyna: a
donde por ser la primera entrada, fue recibida con grande triunfo,
adornando las calles de muchos
tropheos
y arcos triunfales, con otras invenciones que por diversas partes de
la ciudad se pusieron. Demás de las muchas danzas, músicas, y otros
diversos géneros de regocijos, cuales de la grandeza de tan insigne
ciudad y cabeza de reyno, se podían esperar. Mas porque de su
antigüedad y excelencias se ofrece bien que decir, por lo mucho que
por su misma vale y puede, haremos en el capítulo siguiente una
breve relación de sus alabanzas y raras prerrogativas.




Capítulo
IIII (IV). Antigüedad y excelencias de la ciudad de Zaragoza.


Es
esta ciudad metrópoli y cabeza del Reyno de Aragón, una de las más
principales de España, llamada antiguamente Salduba, de la región
Sedetania (como dice Plinio) aunque debajo de este nombre se hace
poca mención de ella en las historias, hasta que entró en ella el
Emperador Augusto César . Y hallándola que estaba a la devoción
del pueblo Romano, visto su hermoso asiento sobre tan extendido
llano, ribera del gran río Ebro, junto con su fertilidad de campaña,
y ser de gente belicosa, la hizo colonia de Roma, y la intituló de
su nombre, (como dice Estrabon) Augusta Cesarea, llamándola santa
(porque esto significa Augusta ) como había de ser ella la primera
de España, que había de recibir la verdadera santidad Cristiana:
pues a ella vino del cielo, poco después de Augusto Cesar la Virgen
sacratísima para santificarla: cuando se apareció sobre un pilar,
o columna al glorioso Apóstol Santiago, con sus cinco discípulos
que ya tenía convertidos a la fé de Cristo: según lo ratifica
(restifica) hoy en día, entre otras memorias, el mismo pilar con la
imagen lapidea que la misma Virgen allí dejó por memoria de esta
aparición, la cual se ha conservado en el mismo lugar de la ciudad,
del tiempo de la primitiva iglesia acá por los fieles que en ella
permanecieron, y fueron tantos, que al tiempo de la gran persecución
hecha por el Emperador Diocleciano, y en España ejecutada por
Daciano contra los Cristianos, se halla fueron innumerables los que
recibieron martirio en esta ciudad, señaladamente cuando la virgen
santa Engracia con toda su gente y familia de paso padecieron allí
martirio; con muy muchos otros
de la misma tierra. Cuyos cuerpos
reducidos en masas santas por si mismas se vinieron del lugar del
patíbulo a ponerle en los sepulcros, o pozo santo de cierto de
cierto lugar de la ciudad, donde se edificó después un
suntuosísimo y muy devoto monasterio de frayles Gieronymos, dedicado
al nombre y honor desta gloriosa santa, y están allí su cuerpo con
las demás reliquias de santos muy veneradas. Pero demás que puede
por esta causa con justo título llamarse esta ciudad santa, hay otra
que lo confirma. Porque de las tres ciudades que en la Europa abundan
de más reliquias y cuerpos de Santos, como son Roma, Colonia
Agripina en Alemana, y nuestra Zaragoza en España, es esta la que
después de Roma se ha de preferir a Colonia. Porque si a esta
comúnmente llaman santa por tener los cuerpos y reliquias de santa
Vrsola, y de las onze mil Virgines que padecieron martirio en ella:
mejor cuadrará la santidad a nuestra ciudad, así por ser más
antigua en la fé de Christo, como porque tiene a santa Engracia con
innumerables mártires que padecieron, y están sepultados en ella.
Por cuyos méritos e intercesión se puede bien creer, se ha
defendido, y conservado la fé y religión Cristiana, en esta santa
ciudad de tal manera, que por ningún tiempo se halla que haya
desviado, ni por alguna sombra de herejía apostatado de ella: antes
ha confirmado con muchas y muy verdaderas obras de caridad su fé
viva: con la fundación de tantos y tan suntuosos templos
consagrados, con el mantenimiento de tantas religiones, y otras
muchas obras pías, señaladamente con la sublime virtud de la
hospitalidad, con que recibe los pobres de Cristo que vienen a ella
de todo el mundo: en lo cual ha sido y es la lumbre y ejemplo de toda
España. Y así vemos que después acá que con el valor y milagrosas
visorias de sus Reyes se cobró la ciudad y reyno de los moros, ha
gozado de mucha paz y tranquilidad de estado, y continuado la
sucesión y descendencia de aquellos insignes ciudadanos que la
ayudaron a conquistar, y con las mismas leyes, fueros, y privilegios
que sus Reyes naturales la dotaron, se han valido de aquella honesta
libertad que sus antepasados con su mano y sangre les adquirieron. De
donde ha sido que los ciudadanos han fundado en ella como en tierra
firme, y peña viva de paz, sus casas y edificios tan espléndidos y
magníficos, tan alegres y bien labrados como se ve: porque también
es en esto aventajada a todas las de España, y no menos enriquecida
en ropa, y escogidas alhajas (
halaxas)
de casa que cualquier otra. Pues se afirma, que en plata labrada, en
tapicería, y casas, tampoco hay otra su par. Y aunque es muy
meditarranea
y alejada de la marina, no por eso deja de ser muy proveída de las
cosas de mar, así por ser también su río navegable, para
copiosamente traerlas: como por la buena expedición y precio que
para todo género de mercadería se halla en ella, con la demás
hartura y fertilidad de su campaña de pan, vino, azeyte,
azafrán, y pegujares, con todo género de frutales, y de infinita
caza. Y así tiene cumplimiento de todo lo importante para pasar muy
dulce y abastadamente la vida. Ni se sigue que por estar lejos de la
mar, y metida en el centro y medio del reyno, y por el eso libre de
los incursos y rebatos marítimos y ejercicios de guerra, deja de ser
su gente belicosa. Pues demás que fuera de su tierra, en cuantas
guerras se ha visto la gente Aragonesa (harán testigo dello Italia,
Sicilia, Cerdeña, Mallorca y África) ninguna otra le ha puesto el
pie delante: Pero si de belicoso es, pelear por su patria, y morir en
defensa del estado y libertades de ella: no hay para esto más fieros
leones que los Aragoneses: de cuyos admirables ingenios, y
costumbres, pues se hablará adelante, bastará lo dicho por agora,
porque volvamos a nuestra historia.









Capítulo V. Como partió el Rey de Zaragoza y fue a tener cortes en
Daroca, a donde vino el Vizconde de Cabrera a darle la obediencia.




Entrado
el Rey en Zaragoza, pensaron algunos de los señores de Aragón que
allí fueron congregados, señaladamente los hijos de los grandes,
que por ser el Rey de tan poca edad como ellos, se deleitaría de
galas y juegos, con otros ejercicios de placer: para lo cual se
preciabantodos, quien más podía de llevarle a fiestas y saraos
de damas y otros muchos regocijos, a los cuales aquella edad no suele
decir que no, por tener muy vivos los sentidos, y tan deseosos de
apacentarse
en las cosas sensuales: pero el Rey, que ya de mozo
llevaba los pensamientos muy altos, y de varón
perfetos
como estuviese muy rendido a la disciplina de sus ayos, en lo que
tocaba a su persona, y en el gobierno del Reyno, muy puesto en
obedecer lo que deliberaban los de su consejo, gustaba poco de
aquellas fiestas y devaneos, y dando sentimiento de esto a los suyos,
publicaron cortes para la ciudad de Daroca. De manera que
acabados de asentar los negocios y diferencias de algunos
señores, con esta nueva ocasión se salió de Zaragoza con mucha
gracia de todos, y pasó a Daroca, principal pueblo de Aragón,
llevando consigo a la Reyna. Allí pues tuvo cortes el Rey, y en
ellas, fuera de asentar lo importante a la jurisdicción de los
oficiales ordinarios de la tierra, no hubo cosa notable sino la
venida de don Gerardo Vizconde de Cabrera, que se intitulaba conde de
Urgel, y con esto era uno de los principales señores de
Cataluña. El cual poco antes se había apartado del servicio del Rey
(porque hubo causas para
repelirlo
de su presencia) mas con su venida y obediencia mereció ser bien
recibido. Luego dijeron los del consejo Real que esta venida y
obediencia del Vizconde era fruto nacido del casamiento del Rey, por
el cual se le doblaba ya la autoridad y respeto. Traía el Vizconde
propósito de concordar, y atajar las diferencias que con otros tenía
sobre el condado de Urgel (de las cuales se hablará adelante) pero
no quiso el Rey por entonces poner mano en ellas. Aunque le prometió
iría muy presto a Cataluña, y allí conocería de ellas, y las
asentaría de su mano. Despedido el Vizconde, y concluidas las
cortes, dio vuelta con la reyna casi por todas las villas y pueblos
de Aragón, de Zaragoza abajo hacía Teruel, y siempre hallaba que
sus criados y allegados, y más los ayos que tenían el gobierno de
su persona, debajo su real nombre, habían innovado y reducido a su
utilidad e
interesse
muchas cosas, así tocantes a su
patrimonio real, como al de
algunos particulares, en notable daño de ambas partes. De esto le
venían cada día muy grandes quejas con diversas demandas de
restitución de haciendas, y aun honras: requiriéndole fuesen
prontamente restituidos y satisfechos tantos y tan notables daños.
En lo cual se hubo el Rey con muy grande prudencia, liberalidad, y
justicia, disimulando los daños que le tocaban, y recompensando los
ajenos, con toda la honra que pudo de sus allegados: con los cuales
también se hubo con algún rigor, quitándoles por ello algunos
juros, o caballerías de honor que por derecho militar pretendían
debérseles, y ellos excesivamente habían usurpado. Con estos tan
buenos oficios y ejecuciones de equidad y justicia que el Rey usaba,
iba cada día de nuevo ganando la voluntad y gracia de sus pueblos, y
engrandeciendo su autoridad y opinión para con todos.




Capítulo
VI. De la cuestión y rencilla que se movió entre don Nuño Sánchez,
y don Guillen de Moncada Vizconde de Bearne.

En esta sazón se
movió una
quistió
(cuestión), para simiente y principio de muchos males, entre don
Nuño hijo del Conde don Sancho, y don Guillen de Moncada, Vizconde
de Bearne, por cosa harto liviana: que fue por no haber querido don
Nuño prestarle un halcón que tenía muy preciado. Sobre lo cual
pasaron entre si malas palabras, y se apartaron el uno del otro. Como
fuese divulgada esta rencilla, y de boca en boca, como suele, mucho
más de lo que había sido, encarecida (porque a las veces, las cosas
vienen a gastarse, y hacerse peores, con las palabras) nacieron de
aquí algunas burlas que
dasaron
a injurias y desabrimientos entre los valedores de cada una de las
dos
parcialidades. Habiendo pues quiebra en la amistad, que antes
solía haber entre ellos muy estrecha, luego se dividieron en bandos,
y al Vizconde se le ofreció por valedor don Pedro Fernández de
Azagra
, señor de Albarracín, hombre, como está dicho en el
precedente libro, belicosísimo y poderoso: y a don Nuño don Pedro
Ahones ayo mayor del Rey y de su consejo, Fue la cuestión al tiempo
que el Rey y la Reyna iban a tener cortes en Monzón, con deseo de
ver y contemplar de nuevo la fortaleza que antes le había servido de
honesta cárcel, para que con la memoria de la sujeción pasada,
gozase mejor del próspero y presente estado. Fue el negocio de
manera, que antes que el Rey llegase a Monzón, el Vizconde, y el
señor de Aluarrazin, trajeron consigo una banda de hasta 300
caballos ligeros, y secretamente los alojaron en Valcarria lugar de
los Templarios junto a Monzón, con ánimo de acometer a don Nuño
cuando pasase a las cortes. El cual como entendió esto, no fue a
Monzón, sino que en compañía de don Pedro Ahones, con poca gente
de caballo, salió al Rey al encuentro, que iba a Monzón, haciéndole
saber de la gente de caballo que el Vizconde había metido en
Valcarria, para de improviso salirle al camino, por tomarle
desapercibido, para mejor aprovecharse de él: que le suplicaba
mirase por la honra del Conde su padre y suya, y al Vizconde que
estaba más sobrado en gente y armas que en esfuerzo y valor, le
hiciese retirar de allí. Lo cual no podía negársele por ser su tan
propinquo deudo, y de la casa real, y sin eso tan leal y fiel vasallo
como el muy bien sabía. Sintió mucho el Rey el atrevimiento del
Vizconde, y con un gran espíritu y esfuerzo de más que varón, dijo
a don Nuño tuviese buen ánimo, que le prometía echar al Vizconde
de la tierra, si no se moderaba: y que miraría tanto por su honor, y
del Conde su padre, como por el suyo propio. Y así luego que entró
en Monzón mandó a los del regimiento, pusiesen gente y armas
por todas las torres y puertas de la villa, y que no dejasen entrar a
ninguno de los principales señores y Barones que viniesen a las
cortes, sin que él lo mandase, mas de con uno, o dos criados de
compañía. Como esto supo el Vizconde por sus espías, fuese de
Valcarria con toda su gente muy despechado. De esta manera fue don
Nuño librado de todo peligro y afrenta. Pero el Vizconde viendo que
no había podido ejecutar su rabia y furia en don Nuño, fuese la
vuelta de Perpiñan, y tomando de camino más gente de a caballo,
con el favor de sus parientes y amigos entró por el condado de
Rosellón, que don Sancho poseía, y le destruyó, y dio a saco gran
parte de los lugares de él, aunque no a la villa de Perpiñan por
estar muy fuerte.




Capítulo
VII. Que el Rey persiguió a los llamados que no vinieron a las
cortes, y fue a Terrès, y confirmó el estado de los Moncadas, y
estableció el condado de Urgel al conde Guerao.

Acabadas las
cortes de Monzón, luego el Rey con la gente que de Lerida, y otros
pueblos de presto hizo juntar, y con la que don Nuño traía para su
defensa, movió guerra a ciertos Barones comarcanos, porque
convocados para las cortes, menospreciaron a los convocadores, y no
quisieron venir a ellas, antes mostraron apartarle de la obediencia y
servicio del Rey. Con esta ocasión comenzó a tomar fuerza de armas,
y reducir a la corona real algunas villas y castillos de estos
barones, hasta que llegó a Terrès, villa pequeña y cercana a
Lerida y Balaguer. Es esta villa, según fama de los que por algún
tiempo han residido en ella, de las más sanas de España, o por la
subtilidad
y pureza del
ayre
y aguas, o por algún buen vapor que sale de la tierra. El cual
recibido por los sentidos purga el
celebro,
de tal manera que a los locos furiosos, y principalmente a los
endemoniados, los llevan allí, para que sanen. Y así está en
refrán muy usurpado por Cataluña; en comenzar uno a enloquecer, o
endemoniarse: a este llévenlo a Terrès. Allí fue donde el Rey, por
estar dentro, o en los confines del condado de Urgel, dio dos grandes
muestras de su cordura y bien apurado jvicio. La una que tuvo por
firme y grata la donación hecha por el Rey don Pedro su padre en
favor de don Guillen de Moncada, gran senescal de Cataluña, y señor
de las villas de Aytona, Seros, y Sos en los confines de Aragón y
Cataluña, adonde el río Segre entra en Ebro, y la ratificó de
nuevo, de las cuales hecho el Condado intitulado Aytona, gozan hoy
sus propios descendientes por recta linea en nombre, sangre y armas,
y es una de las dos más antiguas y principales casas de Cataluña.
La otra fue haber remetido desde Daroca, a este lugar, la
averiguación de las diferencias que el Conde Guerao tenía con
otros, sobre el condado de Urgel, para ser más enteramente informado
del hecho, y por no juzgar cosa contra derecho, sin oír las dos
partes. Por cuanto habían nacido estas diferencias del tiempo del
Rey don Pedro, cuando hizo guerra contra el mismo Guerao, porque
muerto Armengol Conde de Urgel, se entró por el Condado con ejército
formado, y echando de él a Aurembiax, hija y legítima heredera de
Armengol, se alzó con él. Por esta causa le persiguió el Rey don
Pedro, hasta que venciéndole en batalla, le prendió, y puso en
prisiones, y cobró gran parte del condado. Pero muerto el Rey, con
el favor de los suyos salió Guerao de prisión, y hecha su gente de
guerra, como ninguno le resistiese, fácilmente cobró todas aquellas
villas y castillos que el Rey le había quitado por armas, o
voluntariamente se le habían entregado: haciendo en ellas grandes
estragos y crueldades, saqueando y matando a todos los que se le
habían rebelado, y seguido la parcialidad del Rey. De manera que
después de haber el Rey entendido muy bien todo lo pasado, determinó
de dar sentencia sobre ello. Y así sentado pro tribunali, y teniendo
al Conde don Sancho, y a don Fernando sus tíos, que hizo venir allí,
como por asesores a sus lados, en presencia de los más principales
del reyno, llegó el Conde Guerao, y confesando con mucha humildad lo
que había hecho, y pidiendo perdón de sus atrevimientos pasados.
El
Rey que a todo esto estuvo muy severo, con mucha voluntad y gracia le
perdonó. Y puesto que sabía por relación secreta, la poca justicia
y acción que Guerao tenía al condado, determinó por entonces
establecerle con ciertas condiciones. La primera que todas aquellas
villas y lugares del condado que poseyese, diesen de allí adelante
la misma obediencia, que antiguamente acostumbraban dar a los Condes
de Barcelona, a los Reyes de Aragón y de Cataluña sus sucesores. La
segunda que no embargase su posesión, quedase a Aurembiax hija del
Conde Armengol salvo su derecho para poner demanda del Condado ante
su Real jvicio, como lo puso, según adelante se dirá.




Capítulo
VIII. Como el Conde don Sancho sabido el estrago grande que el de
Bearne había hecho en Rosellón, se quejó al Rey, el cual le
persiguió tomándole muchas villas y castillos.

En este
medio que el Rey asentaba los negocios del Condado de Urgel, llegó
nueva al Conde don Sacho del estrago grande que el Vizconde de
Bearne como dijimos, había hecho en el Condado de
Rossellon.
De lo cual tuvo gran sentimiento el Conde, y viendo que no bastaba su
poder para resistirle, recurrió al Rey, pidiéndole su favor y
amparo contra el Vizconde su enemigo, suplicándole que con su
prudencia y mando absoluto compusiese y averiguase sus diferencias y
quejas con el Vizconde: que le certificaba como él y don Nuño
estarían
promptos
para si en algo habían injuriado al Vizconde
hazerla
enmienda que les mandase. El Rey que oyó esto, puesto que estaba
mal con el Conde, y con razón, por los acometimientos pasados contra
su real persona, pero teniendo respeto a sus canas, y ser tan
conjunto suyo en sangre, y mucho más por la fidelidad y servicios de
don Nuño su hijo, prometió darles todo favor y ayuda. Considerando
que| también convenía refrenar con tiempo la soberbia del Vizconde,
porque siendo el más poderoso señor de Cataluña, y tan emparentado
con los más principales señores del reyno, no se alzase a mayores,

y llevase más adelante su porfía. Al cual envió primero a
decir, y amonestar tuviese por bien de parar, y no correr más la
tierra del Conde don Sancho. Pero el Vizconde tuvo en tan poco lo que
el Rey le envió a mandar, que se dio mayor prisa en acabar de
tomar ciertas fortalezas del Conde que estaban en el camino de la
villa de Perpiñan, a la cual fue acercar de nuevo con toda su gente.
Donde saliendo a él los Perpiñaneses con gran estruendo y poco
orden, siendo capitán de ellos Gisberto Barberan, para dar una
vista y sobresalto a los del campo, de tal manera se defendió el
Vizconde, que mató al capitán, e hizo retraer a los Perpiñaneses
hacia la villa, después de haber hecho grande estrago en ellos.
Entendido por el Rey todo esto, y viendo crecer cada día más el
orgullo, y desacatos del Vizconde: comenzó a salir con su ejército
en campaña, y a perseguirle con guerra abierta: a quien siguió
luego don Ramón Folch Vizconde de Cardona con gran número de gente
de a caballo a su sueldo: así por ayudar al Rey, y a don Sancho en
su buena querella, como por haberlas con el de Bearne, con quien
estaba mal. Partió pues el Rey de Aragón a donde poco antes vino a
hacer gente, y en volviendo a Cataluña, yendo para Perpiñan, de
paso tomó ciento y treinta pueblos entre villas y castillos del
Vizconde, con los de sus amigos y parientes, los cuales se le
rindieron parte voluntariamente, parte por fuerza de armas, y los
mandó luego confiscar y aplicar al patrimonio real, hasta que
llegaron a una villa principal llamada Cervellón, Ceruellon, no muy
lejos de Barcelona, y aunque estaba muy bien fortificada de gente y
municiones, y cercada de muro fortísimo con su barbacana, luego que
los de dentro vieron asentar las máquinas y trabucos para batirla
(como de hecho se batió) a los 14 días después de puesto el cerco,
se rindió, dándole a partido. En esta presa y cerco de Cervellón,
no se hallaron con el Rey mas del Conde don Sancho, don Fernando,
y don Nuño, con hasta 400 lanzas y 1000 infantes, ni se halló el
Vizconde de Cardona: porque le fue forzado en aquella sazón partirse
con la mayor parte de los suyos a sus tierras por apaciguar ciertos
alborotos que se habían levantado.




Capítulo
IX. Como el Rey puso cerco sobre la villa de Moncada, donde se
recogió el Vizconde, y que estándola batiendo, fue rogado de don
Sancho alzase el cerco de ella, y lo alzó.

Tomado Cervellón,
pasó el Rey a poner cerco sobre Moncada. La cual como cabeza de todo
el estado del Vizconde estaba con su castillo muy fortificado de
munición y gente. Porque el Vizconde para hacer del resto en su
defensa, se había recogido en ella con los principales de su linaje.
Llegando pues el Rey a vista de la villa envió a decir al Vizconde
como quería le recibiese en su villa por huesped: a esto respondió
el Vizconde, que le hospedaría a buena gana, pero que no sería
obligado a guardar el derecho y cortesía de hospedaje con huésped que tanto mal hace al que le hospeda. Oída la respuesta, mandó
luego el rey poner cerco sobre la villa, y aunque pensó que había
de durar mucho, determinó no partirse sin tomarla. En tanto que
armaban las máquinas, y ponían en orden los demás pertrechos, fue
el Rey con el maestre de campo, por hallar el lugar y asiento más
dispuesto para plantar las máquinas, y dar los puestos a cada uno.
Después de bien reconocido todo hallaron que en un collado que
sobrepujaba la fortaleza se asentaría el Real mejor que en otra
partes: y como comenzasen ya las máquinas a batir la fortaleza, y
tentar los asaltos, la hallaron tan fortificada, y bien provista de
toda munición y gente, a causa de haberse recogido en ella toda la
familia y linaje de los Moncadas con su caudillo el Vizconde, que no
se les podía hacer tanto daño, que no le recibiesen mayor los de
fuera. Demás que tenían el agua segura, por tener una muy bella

fuente que nacía junto al muro. Mas los del Rey confiaban que
los cercados eran muchos, a quien no menos la hambre que el ejército
los rendiría. Porque al encuentro de cada puerta tenía el Rey
escuadrones de soldados puestos para impedir la entrada y salida de
la villa, a fin no les entrase provisión. Y sin duda los tomaran por
hambre, si algunos de los capitanes del ejército Real no
consintieran en que los de dentro fuesen
proueydos
de vituallas y las demás cosas. Porque era tanta la amistad y
parentesco del Vizconde con algunos principales del campo, y con eso
tanta la ira y odio de los unos y los otros con el Conde don Sancho,
a cuya instancia el Rey hacía esta guerra, que no faltaba quien
dijese al Rey en cara con esta guerra y cerco, y quien poco a poco
sembrase tanta distensión y
zizania
entre los Aragoneses y Catalanes del campo, que se sintieron algunas
voces de motín, claramente diciendo, ser esta guerra injusta y
malamente hecha, para robar, más que para pelear. Y de cuando en
cuando se atrevían a decir mal del Rey, a quien no bastaba haber
tomado tantas villas y castillos al Vizconde y a sus parientes y
valedores, y haberlas confiscado, sino que aun quería haber su
persona para arruinarle del todo. Y porque siendo el Rey tan mozo,
era cierto que en todo se regía por el consejo del Conde don Sancho
y de don Pedro Ahones, comenzaron los del ejército con grande
desvergüenza a
blasphemar
de los dos de tal manera, que temiéndose de algún gran motín ellos
mesmos persuadieron al Rey que alzase el cerco, por ser la fortaleza
inexpugnable, y que no estaba bien a su persona Real perder tanto
tiempo en ella. Y luego se salió secretamente del campo don Pedro
Ahones, fingiendo alguna excusa, porque no tuvo allí por seguras su
persona, y se fue a Huesca. Todo esto sintió mucho el Rey: pero
viendo que los
mesmos Condes y don Nuño, por quien la guerra se
hacía lo pedían con grande instancia, tuvo por bien complacerles
pues se tenían por contentos de lo hecho contra el Vizconde. Y así
levantó el cerco, donde se había detenido dos meses: y despedida la
gente de guerra se vino para Aragón. Mas el Vizconde libre y seguro
del cerco, juntó su gente, y comenzó de nuevo a destruir con mayor
crueldad que antes, las tierras del Conde y de don Nuño.




Capítulo
X. De lo que el Abad don Fernando maquinó contra el Rey, y las
razones con que persuadió a don Pedro Ahones le favoreciese en la
empresa.


Llegó don Pedro Ahones a Huesca donde halló al
Abad don Fernando que poco antes se había salido del campo muy
enojado, por lo mucho que el Rey porfiaba en perseguir al Vizconde
don Guillen, que tan amigo suyo era, y persona de tan gran ser y
poder, que sería bastante a poner al Rey y reynos en grande riesgo,
para mayor daño y trabajo del Conde don Sancho y sus valedores. Pues
como el Abad entendió, que el Rey había alzado el cerco de Moncada,
pero que se le quedaba con los 130 pueblos confiscados, lo que había
de ser causa para renovar la guerra contra don Sancho y don Nuño: y
que de hecho hacía nuevas crueldades contra los de Rosellón:
concluyó que era necesario por cualquiera vía que fuese remediarlo,
y por valer al Vizconde su amigo, atreverse, si menester fuese, a la
persona y autoridad del Rey. Para esto se confederó mucho con don
Pedro Ahones, poniéndole delante el peligro en que estaba, y
desgusto
con el Vizconde. Por haber sido el que más se había señalado por
la parte y bando de don Nuño, y quien más había inducido al Rey
para que emprendiese esta guerra, y aconsejado, se apoderase de los
lugares del Vizconde, que a la postre todo llovería sobre él. Que
para remediar esto había hallado ciertos medios muy convenientes, y
para bien guiarlos, tenía necesidad de su consejo e industria: ni
tuviese en esto respeto al Rey pues todo había de ser para más bien
del mismo, y quietud de sus reynos: ni temiese de nada, que le
sacaría a salvo de todo riesgo, y aun haría que de la empresa
quedase bien rico. Y cierto que el celo de don Fernando no parecía
del todo malo, sino que lo revolvió con muchos desacatos, y
tiranías, contra la persona Real para sus propios provechos, y sobró
al celo la malicia. La cual mostró mucho mayor, en no haber probado
otros remedios más benignos antes de llegar a los tan ásperos de
que usó. De manera que Ahones, con el temor que le ponían las cosas
del Vizconde, y también con la esperanza de poner las manos en la
hacienda real, sin más examinar el modo y ejecución de los designos
de don Fernando, se le ofreció para todo bien y mal: en que
emplearle quisiese.










Capítulo
XI. Como acordados don Fernando y Ahones en ejecutar su propósito,
se fueron para el Rey, y de la engañosa plática que con él tuvo
don Fernando.

Después de estar ya muy de acuerdo don
Fernando y Ahones en llevar adelante su mal fin y propósito, por lo
mucho que se habían de aprovechar con esta empresa, salieron los dos
juntos de Huesca a recibir al Rey que volvía de Cataluña, y
despedido el ejército, era ya entrado en Aragón. Pues como tuvieron
por cierto que volvería a ellos el gobierno, así del reyno a don
Fernando, como de la persona del Rey, a Ahones, pensaron sería bien
enviar por el Vizconde se viniese secretamente para acabar con el Rey
se considerase con él, y le restituyese sus tierras: donde no,
ponían por obra lo que tenían pensado. Con este acuerdo escribieron
al Vizconde viniese sobre su palabra con poca gente a la corte del
Rey, a un pueblo junto a Zaragoza llamado Tahuste, cuya tenencia era
de Ahones, y cercano a otro pueblo llamado
Alagon.
A este era llegado el Rey, y también la Reyna venía entonces a
verse con él, para de ahí a pocos días entrar juntos en Zaragoza.
Llegado el Vizconde, no curó don Fernando de confederarle con el Rey
por otros buenos y honestos medios, que bien pudiera: sino
valerse de otros con que pretendían él y Ahones, mucho más
aprovecharse.
Y así se concertaron en sujetar al Rey de manera,
que aunque le pesase hiciese lo que ellos querían, así en restituir
las tierras al Vizconde, como en otras cosas que tocaban a intereses
y utilidad de ellos mismos. Para esto pensaron de encerrar al Rey, y
a la Reyna dentro de Zaragoza en su palacio real, y detenerle allí
con buena guarda, sin que ninguno se viese y ni pudiese ver, ni
hablar con persona, hasta en tanto, que se concertase con el
Vizconde. Porque con solo esto habían de justificar su empresa con
el pueblo, y con los Barones y señores del reyno, a quien también
parecía mal el no restituir al Vizconde sus tierras. Para esto
proveyeron que dos bandas de
caballos,
y cuatro compañías de infantería estuviesen por los cuarteles de
la ciudad. Lo cual hecho, salió de Tahuste don Fernando acompañado
de muchos principales caballeros, que vinieron a visitar al Rey, y
viniendo para Alagón, de camino envió a decir al Rey, como él y
los principales caballeros del Reyno venían por acompañar su real
persona, y a la serenísima Reyna en la entrada de la ciudad. Como el
Rey oyó la embajada, conoció que este tan nuevo cumplimiento de don
Fernando, se hacía con algún fingimiento, y sospechoso fin: todavía
respondió, que recibiría de buena gana su venida: con todo eso
mandó a sus mayordomos don Nuño, y don Pedro Fernández de Azagra,
que a ninguno de los caballeros que venían con don Fernando dejasen
entrar en el pueblo, más de cuatro, o cinco de los principales, y a
los demás, por no haber en el lugar aposento para todos, los alojase
por las caserías de fuera, o en otros pueblos cercanos lo mejor que
pudiese. Después que les fue esto mucho encargado y mandado salió
el Rey a caballo fuera del pueblo a recibir a don Fernando. El cual
hizo muestra de quererse apear del caballo, y no consintiéndolo el
Rey, fue de todos los demás que se apearon con mucho acatamiento
saludado, con los cuales también se hubo muy afablemente.
Volviéndose para la villa, o por descuido de los mayordomos, o
adrede hecho, sin saberlo el Rey, se entraron con don Fernando por lo
menos ciento de a caballo. Luego el día siguiente por la mañana se
fue don Fernando para palacio, acompañado como el día antes, y en
presencia de todos, tuvo una breve, pero bien lisonjera plática con
el Rey, diciendo, como ni él, ni cuantos caballeros allí estaban,
cosa tanto deseaban como servirle, y emplear vidas y haciendas por el
acrecentamiento de su Real corona: por ver cuan próspera y
felicemente
se regía todo por su mando y gobierno, y cuan dichosamente se
sucedía todo cuanto en paz y en guerra emprendía. Y así para que
gozase enteramente de la tranquilidad y quietud de sus reynos por sus
manos adquiridas, le suplicaba tuviese por bien de entrarse en
Zaragoza, acompañado de tantos, y tan principales caballeros y
señores, con el triunfo que se le debía. Como el Rey oyese y
entendiese la disimulada y fingida plática de don Fernando, y
mirando a todas partes de la cuadra, descubriese entre tantos, y tan
apretados caballeros, la persona del Vizconde medio
arreboçado,
que sin licencia, ni consulta suya, se había venido de Cataluña, y
le osaba parecer delante: demás desto, lo que a peor señal tenía,
que ni don Nuño, ni Ahones, ni otro alguno de su consejo, se le
allegasen, como solían, a la oreja para advertirle sumariamente lo
que había de responder a la plática, tuvo por muy cierto, lo que
poco antes había sospechado, que los suyos le vendían. Pues como
todos los que allí se hallaban comenzasen a murmurar de él, porque
no respondía a don Fernando: respondió con alegre semblante, que
iría donde quisiesen: considerando entre si sabiamente, que en
cualquier estado que sus cosas viniesen, y adoquiera que la fortuna
las inclinase, sería mejor hallarse dentro de la ciudad que de
fuera, confiando de sus fidelísimos ciudadanos que no le faltarían.





Capítulo
XIII. Que el Rey y la Reyna entraron en Zaragoza, y fueron
aposentados, por don Fernando en la Suda, y en ella encerrados, y de
lo que pasó sobre esto (sobresto).

Partió el Rey con la
Reyna, de Alagón, con todo el acompañamiento que don Fernando
traxo,
y se entró en Zaragoza, sin permitir se le hiciese recibimiento
alguno, y fue aposentado en la Suda, palacio real antiguo (que agora
llaman la puerta de Toledo, y es pública prisión para los
delincuentes) adonde don Fernando, dada razón de su intención al
Conde don Sancho, que siempre se retenía el universal gobierno del
Reyno, y prometiéndole que esto sería medio para confederarle con
el Vizconde de consentimiento suyo se asumió todo el cargo, y con la
compañía de Ahones que tenía el de la persona del Rey, entendieron
en continuar su propósito. Y a la hora llamaron a dos capitanes de
la guarda del Rey, Guillen Boyno, y Pedro Sánchez Martel, a los
cuales engañaron con buenas palabras, mostrando quererles descubrir
un grande secreto, sobre negocio importantísimo, a fin de librar
al Rey de un grandísimo peligro que su Real persona corría, a causa
de cierta secreta conjuración de que se temían, y convenía tener
al Rey por entonces muy encerrado y recogido con buena gente de
guarda: tanto, que ni el Rey había de ver, ni ser visto de nadie más
de ellos dos solos, ni le habían de perder de vista noche y día: ni
tampoco comunicasen con algunos para dar razón de lo que pasaba.
Y así encomendaron al uno la guarda y custodia de la persona del
Rey, y al otro la guarda de palacio, y de abrir y cerrar puertas,
teniendo muy gran cuenta con los que subiesen la comida y cena,
porque hasta en esto corría riesgo su salud y vida. Los capitanes
creyeron muy de veras todo lo que don Fernando y Ahones debajo de
gran secreto les dijeron, y más el premio que por esta fidelidad y
servicio les prometieron. Con esto, aquella noche después de haber
cenado el Rey y la Reyna, Ahones despidió todos los criados y
criadas del Rey mandándolos pasar a otro palacio que les tenía
aparejado: dejó dos camareros para el Rey con dos dueñas para
servir a la Reyna, con todo el aderezo (
adreço)
de recámara que convenía: y de presto mandaron cerrar todas las
puertas y ventanas de palacio, dejando solamente algunas claraboyas
(
clarauoyas)
altas para tener claridad (claredad), de manera que por ellas ni
pudiesen ver, ni ser vistos los encerrados, ni hablar, ni escribir a
nadie, sin voluntad y consentimiento de don Fernando: del cual muy a
menudo recibía el Rey billetes (
villetes)
prometiendo librarle de la clausura, luego que mandase restituir al
Vizconde y a sus parientes y amigos, las tierras que les había
tomado, y le mandase pagar por los daños que con la guerra hecha le
había causado xx. mil Morabatines de oro. De otra manera, ni
cobraría jamás libertad, ni vería el fin de sus pretensiones. A lo
cual el Rey difería de dar la respuesta, pidiendo le dejasen
comunicar este negocio con algunos del consejo, y que se oyesen sus
pretensiones: que le
truxesen
a don Atho de Foces: su antiguo (
antigo)
y fiel criado. Lo cual como entendiese por ciertas vías don Atho, y
antes de ser llamado se ofreciese para ir al Rey, fue por don
Fernando repelido, con tanta cólera, que de enojo que tomó desto
don Atho se fue a Huesca, y hasta que el Rey estuvo en libertad no
volvió a Zaragoza. Fue cosa grande y de gran
marauilla,
no haberse levantado ninguno de los señores y Barones del reyno
contra don Fernando por el encerramiento del Rey, y a liberarlo
(
libertarlo).
Pero
fue mayor el artificio y maña de don Fernando con el consejo de
Ahones, en publicar y encarecer los daños y rebeliones que se habían
de seguir en Cataluña no restituyendo el Rey las tierras que había
tomado al Vizconde: el cual estaba allí presente, y con tantas
amenazas quejaba del Rey, y justificaba su demanda, que fácilmente
se persuadía la gente, y daban por bueno, lo que don Fernando hacía.
Mayormente que de cada día prometían que por horas se acabaría
esto con el Rey, y sería para librar a los dos Reynos de muy grandes
trabajos y guerras, y pues la persona del Rey no padecía detrimento,
disimulaban todos con el encerramiento, y aguardaban de cada hora el
remedio. Pues como el Rey se viese perdida la libertad, y por su más
propinquo deudo, y ayo, privado de la conversación y plática de los
suyos: y más, que ni los ciudadanos de Zaragoza, de los cuales
confiaba tenían cuenta con sus cosas, hacían movimiento alguno,
mandó llamar a don Pedro Ahones, que en estos negocios se mostraba
poco, y obraba mucho, siendo la segunda persona de esta conjuración,
no tanto para rogarle por su libertad, cuanto por desparar en él su
cólera.
El cual vino, y en entrando le recibió el Rey con
alegre semblante.
Y tomándole por la mano, se retiraron a una
parte del aposento, y sentados los dos el Rey con rostro severo le
habló de esta manera.

Capítulo XIII. Del razonamiento que
pasó el Rey con don Pedro Ahones su ayo sobre el encerramiento.

No
puedo cierto, don Pedro, dejar de mucho maravillarme de vuestra gran
falta de conocimiento, y poca memoria de lo que habéis siempre sido
y valido. Pues
olvidando os
así de las obligaciones que el Rey mi padre, y yo os tenemos por los
buenos servicios que a los dos habéis hecho, como de los muchos
beneficios y mercedes que de los dos habéis recibido, queráis agora
cargar sobre mí tantos desacatos, para borrarlo todo. Porque no solo
me habéis infamado poniéndome en esta prisión como a público
delincuente, pero también sujetado al vano juicio (juyzio) que sobre
ello de mí harán todos mis vasallos. Lo cual como de suyo sea
negocio muy atrevido y desacatado, cierto que en vos viene a ser muy
más que alevoso y feo: no tanto porque con alguna razón buena, o
mala, si quiera, cuanto porque sin ninguna, os habéis preciado de
perseguirme. Pues es cierto que ni por temor de que por mi parte os
había de sobrevenir algún grande mal: ni por esperanza que de
cualquier otro alcanzaríais (alcançariades) mayor bien, os ha
forzado razón alguna para rebelaros así contra
mi persona.
Porque ni en mí, que de muy niño me criaste (criastes), habéis
(haueys) descubierto tan duro y cruel pecho, que podáis (podays)
sospechar, tengo en siendo varón, usar con vos lo que el Emperador
Nerón con su maestro Séneca: ni tampoco esperar, que la dignidad y
estado a que por mi mano habéis llegado, la podáis en ningún
tiempo mejor gozar, que yo reynando. Como sea verdad, que no solo
habéis llegado por mi favor, a ser de mi casa el primero, y por mi
liberalidad y larga mano, entre los grandes de mis reynos el más
rico: pero aun entre los de mi Real consejo soys el más preminente:
y que de tal manera os he dejado regir, y gobernar mis reynos a
vuestro libre albedrío, que parece me habéis valido más de
compañero en el reynar, que de consejero. Pues como (porque lo
digamos todo) no os acordays de lo que algunos competidores vuestros
con extraños modos han procurado echaros del mundo, por derribaros
de este estado y gracia que de mí habéis alcanzado? entre otros,
don Artal de Luna, a quien con vuestro mal trato distes tales
ocasiones, que muchas veces pusiera las manos en vos, si de mí a él
no le fuera a la mano. Mas como todo ello lo tengáis en poco, y a mí
en menos, por lo mucho que agora estáis falto de consejo, seguís
con grande afición la parcialidad y bando de don Fernando, a quien
poco antes perseguíais (perseguiades) como a mi cruel enemigo:
haciendo trueco y cambio de vuestro natural Rey y señor, por servir
a un tirano: a efecto que en este medio que yo soy el tiranizado, os
partays entre los dos los honores y caballerías, con todos los
provechos del reyno: y a mí que con tanto trabajo
procurastes
de asentarme en el trono real, me veáis de señor y Rey convertido
en vuestro esclavo y prisionero. Sea como
quisieredes,
salido habéis con la vuestra, del Rey y Reyno habéis triunfado.
Pero guardaos de alabaros de la victoria, porque tengo por cierto que
ninguna ventaja me llevaréis en olvidaros vos tanto de las mercedes
y favores que de mí habéis recibido, cuanto yo siempre me acordaré
de los desacatos y afrentas que con esta prisión me habéis causado.
En acabando de decir esto el Rey, porque no le venciese la justa ira
para con Ahones, volvió las espaldas, y se entró en otra cuadra,
cerrando tras sí la puerta, por no verle más, ni oírle. Como el
viejo se vio solo, y tan convencido del Rey mozuelo, quedose como
atónito y pasmado: de allí se fue para don Fernando a quien contó
puntualmente lo que con el Rey había pasado. Pero aprovechó poco,
porque como los dos tenían por libertad y provecho suyo la prisión
del Rey, perseveraron en su
dañada
empresa, y por eso tanto más
priessa
se dieron en repartir entre si y sus amigos y allegados, los cargos
honrosos y caballerías reales: no consintiendo que llegase cosa a
manos del Thesorero real, porque lo cogían todo para si.





Capítulo
XIIII (XIV). De las pláticas que el Rey tuvo con la Reyna sobre su
salida, y de los buenos consejos que oyó de ella, y como a la postre
salió por mano de don Fernando, y lo demás que hizo.

De
todas estas cosas hacía sus discursos el Rey y aunque hallaba algún
desvío y consuelo para
lo demás de sus desgracias, no podía
tomar en paciencia, que sin haberle acometido don Fernando con
algunos honestos medios, y buena plática en el negocio del Vizconde,
hubiese usado con el de un tan vil y afrentoso medio, como haberle
encerrado. Considerado esto, y vista la obstinación y poca enmienda
(emienda) de Ahones, después de la plática que con él tuvo,
conjeturó prudentísimamente, que el
interesse
y provechos particulares que se repartían él y don Fernando,
los
tenía ciegos, y que así cuanto más se alargase su encerramiento,
tanto más crecería la avaricia de ellos, y el Rey no iría
padeciendo en su gobierno. Y así imaginaba noche y día todos los
modos posibles para salir de aquella prisión, y mostrarse al pueblo:
tanto que había determinado de escalarse por una de las
clarauoyas
abajo con la Reyna, si quería seguirle. Pero la Reyna como sabia y
magnánima, confiando habría otra mejor salida para las cosas del
Rey, no vino bien en ello: no temiendo tanto el peligro del
escalarse, cuanto la ignominia y afrenta que de huir al Rey se le
seguiría: antes varonilmente le amonestaba se encomendase a la
gloriosa madre de Dios, a cuya devoción y nombre de niño se había
ofrecido: porque con el mismo favor que fue por ella librado de las
manos del Conde Monfort, y fortaleza de Monzón, se vería libre con
mucha honra del trabajo que padecía. Viéndose el Rey alcanzado de
tan santas y buenas razones de la Reyna, tuvo por bien de sosegarse y
seguir su consejo. Volviendo pues don Fernando a requerir al Rey, que
juntamente con la restitución de las tierras del Vizconde, se le
rehiciesen los daños sin faltar nada: determinó de venir bien en
ello, con el parecer de la Reyna. Y así despachó luego sus
provisiones, y patentes para que todos aquellos pueblos de Cataluña
se restituyesen al Vizconde y a los suyos. Maravilláronse
muchos
porque antes el Vizconde, cuando volvió con su gente de Rosellón, y
estando el Rey preso, no fue de presto a cobrarlos. A esto se
responde, que se tiene por cierto lo intentó, pero que halló
resistencia en los mesmos pueblos: así porque no les traían
provisión del Rey para absolverles del juramento y homenaje que le
habían dado: como porque estimaban más ser del Rey que de señor
particular. Con esto comenzó el Rey de gozar de libertad, y salió
del encerramiento, pasados veinte días justos que entró en él:
quedándose don Fernando con la general gobernación de los reynos,
por mucho que algunos señores y barones sintieron mal dello, y
aunque reclamaron, no les aprovechó por lo que don Fernando con la
sagacidad de Ahones se había apoderado de todo. Puesto el Rey en
libertad, en el mismo punto envió a la Reyna a la ciudad de Borja,
que se sentía preñada, y llegado su tiempo parió al Príncipe don
Alonso, de quien adelante hablaremos, y así se partió de Zaragoza:
que por la prisión que en ella tuvo, y disimulación de los
ciudadanos la tenía medio aborrecida, y se
fue a Monzón,
siguiéndola don Fernando con su poca vergüenza con los demás
cortesanos y prelados que allí se hallaron. A donde disimulando el
Rey con gran cordura lo pasado, y poniendo en plática lo que
convenía tratar para el gobierno del Reyno, comenzaron unos y otros
a proponer cosas, que
socolor
del bien común, tiraban al suyo propio de cada uno por el buen
ejemplo que don Fernando y Ahones poco antes les habían dado. De lo
cual el Rey quedaba muy sentido, viéndose corto de autoridad y
fuerzas, para refrenar tanta soltura, así por sus pocos años, que
apenas llegaba a los
xvj
como por la liga que había entre los del consejo. Mas como no se
determinasen en cosa cierta, ni de propósito, el Rey despidió las
cortes, y porque le fue forzado, volvió a Zaragoza, a donde
insistiendo mucho a los ciudadanos (quizá temiéndose por algún
tiempo de la ira del Rey por la disimulación pasada) confirmo con
mucha liberalidad todos sus fueros y privilegios. Y también
estableció de nuevo a don Gonçaluo Ioan gran Maestre de calatrava,
la concesión que el Rey don Alonso su aguelo había hecho de la
villa de Alcañiz a su orden, con ciertas reservaciones de derechos y
preminencias, por ser de los más principales pueblos del Reyno.





Capítulo XV.
Como para concluir las cortes de Monzón el Rey se vino a la ciudad
de Tortosa, cuyo asiento y cumplimientos de tierra se
describen.

Partióse el Rey de Zaragoza para la ciudad de
Tortosa, con fin de concluir en ella las cortes
que comenzaron
poco antes en Monzón, para dar orden como poder reprimir las salidas
y cabalgadas que los Moros de Valencia hacían en las fronteras de
Cataluña, cautivando los Cristianos, y por el rescate destruyendo la
tierra. Para esto le pareció sería esta ciudad muy al propósito,
poniendo en ella una buena compañía de gente escogida, que
estuviese en guarnición, con apercibimiento para salir contra los
Moros luego en desmandarse, y hacer muy grande estrago y matanza en
ellos, por escarmentarlos: por ser Tortosa tierra poderosa para
sustentar esta y mayor guarnición de gente. Mas porque se entiendan
sus cumplimientos y excelencias, brevemente describiremos su asiento
y fertilidad de campaña, con las comodidades y provechos que por el
río y vecindad de la mar se le siguen. Está fundada esta ciudad en
los extremos de Cataluña hacia el mediodía, enfrente del reyno de
Valencia, a la halda de un monte alto que la defiende de la
tramontana: por estar por el poniente y medio día cercada del grande
y caudaloso río Ebro, a la ribera del cual está extendida como una
media luna. Tiene por el oriente el mar tan cerca, que se puede
llamar marítima, así porque no dista de él más de cuatro leguas,
como por ser el río tan navegable de allí a la mar, que con galeras
se puede subir hasta dentro de ella, y con barcos muchas más leguas
río arriba. De donde le viene ser la más proveída ciudad de la
Europa, de muy excelente pescado: el cual se sube río arriba y cría
en él con grandísima abundancia; porque son de las muy raras y
gustosísimas especies de peces (pesces), los que en él se pescan
entre otros, Lampreas, Asturiones, Sabogas, Mujoles, y Atunes, con
otros géneros de pescado pequeño. De los cuales por su delicadeza y
gran copia hacen mucha mercaduría los ciudadanos. Porque puestos en
pan, y distribuidos por todos los tres reynos, demás de que se
conservan libres de corrupción muchos días: son de tan suave gusto
y delicado sustento, que muchos que pasaron con ellos regaladamente
los ayunos de la cuaresma, llegados al carnal, no son parte las
carnes y
volatería
para que los olviden. Mas aunque dan estos peces gran hartura y
ganancia a la ciudad, no por eso carece de muy buena provisión de
carnes. Porque de más que sus montes abundan de muy excelente caza
de venados, y toda montería, también se crían en los campos y
llanuras copia de ganados mayores: con muy apacible vega llena de
todo género de mieses y frutas. Por donde viene a ser esta ciudad no
solo muy proveída de todo lo necesario para la vida humana, pero de
su propio asiento es muy habitable y deleitosa: si la gente, que es
de lo más afable de Cataluña, a la cual el Rey en su historia tanto
alaba de valiente y belicosa (por ser muy diestra en el ejercicio de
la ballestería), convirtiese su belicoso furor contra los Turcos y
Moros, y no como suele algunas veces, contra si misma.





Capítulo XVI. Como
don Fernando y Ahones burlaban del gobierno del Rey por el edicto de
guerra que publicó sin consultarlo con ellos, y como fue a cercar a
Peñíscola.




Acabó el Rey en Tortosa las cortes, de donde
se partió luego, enfadado de la desordenada ambición y soberbia de
don Fernando y Ahones, que por haberles salido tan a su salvo el
acometimiento de la prisión pasada, eran en el gobierno y trato más
intolerables que antes. Pues no solo se había usurpado el cargo de
la general gobernación del reyno, pero cuanto el Rey, con el buen
consejo de otros, mandaba hacer, se lo estorbaban, y pretendían que
así como el conde don Sancho como a viejo caduco, así al Rey como a
muchacho, y de poca experiencia, le habían de privar del
gobierno.
De manera que por apartarse el Rey de ellos, se fue a
una villa cerca de Tortosa, llamada Horta, que era de los caballeros
Templarios. Los cuales con los de la orden del
Ospital,
desde su niñez siempre favorecieron mucho a su Real persona, y
mantuvieron su autoridad y respeto fidelísimamente. Quedáronse en
Tortosa don Fernando y Ahones que no quisieron seguirle, y como el
Rey se vio libre de ellos, a consejo de los mismos caballeros
comendadores, y otros Barones de los dos reynos, que en no estar con
él don Fernando acudieron a ofrecérsele, hizo un edicto general,
por el cual mandó a todos los barones y caballeros de los dos
reynos, que tenía
del gages
y caballerías de honor, y de sus Reyes antepasados y también a las
villas y ciudades reales, que para cierto día se hallasen juntos con
sus personas, armas y caballos, y la más gente que pudiesen: porque
había de mover guerra a fuego y a sangre contra los moros del reyno
de Valencia, para el ensalzamiento de la fé católica, y destrucción
de la secta Mahomética, y por reprimir las correrías y daños que
estos hacían en los reynos de Aragón y Cataluña. A este edicto, no
solo no obedecieron don Fernando y Ahones, por haberse hecho sin
consulta suya, pero con gran ultraje lo menospreciaron, y procuraron
con algunas villas y ciudades reales dejasen de obedecerle, que ellos
los librarían de la pena que por ello incurrirían. Con esto, no
curando del Rey, se fueron los dos a holgarse a Zaragoza, para
contemplar desde allí lo que el Rey haría sin ellos, y burlar, como
decían, de sus pueriles empresas: las cuales no querían estorbar
del todo, por no perder la esperanza de algún siniestro suceso en la
persona del Rey, por ocasión y asidero de cosas nuevas, que por
hallarse muy ricos, emprendería de buena gana. Mas el Rey, puesto
que sentía mucho estos menosprecios que le refrescaban las llagas
pasadas, y que no faltaba quien muy de veras le animaba para proceder
contra los burladores a castigarlos: determinó como prudente, por
entonces disimular con ellos, confiando que con el tiempo no le
faltaría alguna ocasión para tomar la enmienda,
alomenos
de los atrevimientos y soberbia de Ahones, de quien se tenía por
mucho más ofendido. Pues como llegasen dos compañías de
infantería, con otras dos bandas de caballos ligeros: de Cataluña:
y más otra tanta gente que de Aragón trajeron (truxeró) don Blasco
de Alagón, y don Atho de Foces, con don Artal de Luna, el cual
siempre zahería (
çaheria)
al Rey los favores hechos a Ahones: salió de Horta con ellos, y con
los Comendadores de las dos órdenes, a hacer una entrada por los
primeros pueblos del Reyno de Valencia, mientras llegaba el término
de la convocación de Teruel. Pasó pues a vista de Tortosa ribera de
Ebro abajo, donde recogiendo los ballesteros de ella, llegó con
mediano ejército a la marina, y fue por ella adelante hasta meterse
dentro del reyno de Valencia. A donde hechas sus arremetidas, talando
los campos y haciendo presa en los lugares marítimos, llegó a poner
campo sobre la villa de Peñíscola; a la cual los Cosmographos, por
lo que se dirá de ella, llamaron Península, y esta toda ella
asentada sobre un grande cabo, o promontorio que entra en la mar, y
que por su grande altura servía de atalaya para mar y tierra por
toda aquella frontera. Por esta causa el Rey de Valencia la tenía
bien guarnecida de gente y municiones como una de las más
principales plazas del Reyno, y por eso tanto más nuestro Rey la
codiciaba con mucha razón. Porque su asiento de más de ser
naturalmente fuerte, representa de su misma figura un grandísimo
monstruo, compuesto de cosas casi contrarias entre si, sino que todas
ayudan para más fortificarlo. El cual por ser raro, y que en ninguna
otra parte del mundo se entiende haber otro semejante sitio de
Fortaleza, por haberle visto, describiremos en el capítulo siguiente
lo que se puede decir de él.

Capítulo XVII. Del extraño
asiento (aßiéto) de la fortaleza de Peñíscola, y como la
fortificó, y se defendió en ella Papa Benedicto Luna, todo el
tiempo de su pontificado.

Tiene este promontorio, o cabo de
Peñíscola (que por la punta mira al sol cuando nace, en derecho de
la Isla de Mallorca) de cerco mil pasos. Y así de ancho como de
largo por ser el suelo áspero y desigual, hasta 500. su asiento y
cuerpo de él es un perpetuo peñasco altísimo, y que se va cuanto
más sube estrechando, y por todas partes, sino por donde está la
población asentada, hecho a peña tajada. Al cual cerca la mar casi
del todo, que solo queda descubierto el paso con que se junta con la
tierra firme, y a esta causa le llamaron en lengua Latina Península,
que quiere decir casi Isla: pero este paso es tan estrecho, que las
más veces en crecer las olas del mar viene a ser Isla del todo, y
tal se queda agora artificiosamente hecha. La altura del promontorio
es tanta, que de más de lo mucho que alegra con su espaciosísima y
muy extendida vista de mar, y tierra suelen descubrirse las naves de
allí a 30. millas. Hay en lo más alto una plaza tan ancha que se
pudo edificar en ella una inexpugnable fortaleza, con un templo y
palacio tan grandes, que pudieron aposentarse en él los que abajo
diremos: quedando sola aquella parte del monte que mira a la tierra,
y está algo pendiente para el asiento de la villa, con una sola
puerta para entrada y salida de ella. La cual tan bien está
defendida de un bravo e inexpugnable baluarte, con su puente de
madera levadiza para la tierra. También el mar que rodea el
promontorio por ambas partes y por delante es tan profundo que para
pequeñas naves hace fondo: y sino del Levante, que a todas partes la
descubre, contra los demás vientos, no solo se defiende con la
altura y oposición del monte (pasándole las naves, como quien hurta
el cuerpo, del un mar al otro) pero aun contra los corsarios están
ellas con la fortaleza y su artillería por toda parte defendidas.
Finalmente hay dos cosas que hacen el asiento de ella admirable, y
como monstruoso. Una es las muchas cuevas y cavernas que hay en lo
íntimo y profundo del monte, tan abiertas y penetrables al mar, que
las olas salen por las bocas dellas con grandísimo ímpetu y
estruendo, revueltas con infinito número de conchas (pesces que
llaman Saxatiles los Latinos) y que siendo las peñas fundamentales
por lo intrínseco del monte tan combatidas del continuo ímpetu del
mar, no solo no se rompen, ni menguan, pero se aprietan y con la sal
del agua más se fortifican. La otra es una fuente clarísima y
dulcísima que con gran golpe de agua nace en lo más bajo del
pueblo, entre las bocas por donde salen las olas saladas, solamente
para el uso y servicio de la fortaleza y villa, pues luego a seis
pasos de donde nace vuelve a hundirse en la mar. Porque se vea como
naturaleza usó casi de artificio, para fortalecer, y hacer
inexpugnable este lugar. Como lo conoció bien el Papa Benedicto
xiij, de su nombre propio llamado Pedro de Luna aragonés de la villa
de
Caspe:
cuando estuvo en ella retirado. Cuya historia aunque bien divulgada
por otros, todavía por lo que toca a la Fortaleza de la cual se
valió él para su habitación y defensa, la referiremos aquí
brevemente. En el año del Señor 1394. muerto Clemente Pontífice,
que residía en Auiñon, el colegio de sus Cardenales, eligió en
Pontífice a este Pedro de Luna Cardenal, que tomó nombre de
Benedicto xiij. El cual teniéndose por verdadero y canónicamente
elegido Pontífice (no embargante que el Rey de Francia comenzó a
mostrársele contrario) se contentó con la obediencia que le daba la
nación Española con la provincia de Guiayna. Mas para mejor y más
seguramente poder regir su Pontificado en competencia de otros dos
Pontífices que había electos, se recogió en esta fortaleza de
Peñíscola, donde edificó el palacio y templo que dicho habemos,
tan magníficos y suntuosos, que pudieron residir en ellos la persona
del Pontífice con sus Cardenales por muchos años, y con el
fortísimo sitio del lugar, defenderse de los que procuraban su
deposición y anular su dignidad y persona. Y aunque los dos que
concurrieron con él, por orden y decreto del concilio de Constancia
renunciaron el Pontificado: pero Luna, ni por las exhortaciones y
censuras del concilio, ni por la intervención de ruegos de los Reyes
Cristianos, ni por la venida, e intercesión del Emperador
Sigismundo, que para solo efecto de quitar tan gran
scisma
vino
de Alemaña a Perpiñan, adonde fue Luna a verse con él, jamás
pudieron acabar que renunciase como los otros. Ni hay que dudar, sino
que la confianza de su fortificada Peñíscola, y seguridad que allí
tenía de su persona, le hizo con tan larga vida perseverar en su
pertinacia. Porque los años de su pontificado pasaron de 30, y los
de su vida llegaron a noventa.




Capítulo
XVIII. Como apretando el Rey el cerco de Peñíscola, temió el Rey
de Valencia no pasase adelante, y procuró treguas con él, y le dio
los Portazgos de Valencia y Murcia.








Volviendo al Rey, luego que acabó de reconocer el
sitio e inexpugnable asiento de la villa, no quiso batirla, sino para
atemorizar a los vecinos, poner el cerco y hacer arremetidas por los
contornos, talando los campos, robando y quemando las caserías, y
poniéndolo todo a cuchillo. De esto llegó luego la nueva a la
ciudad de Valencia, y como suelen las cosas crecer con la fama, no
solo se dijo que el Rey había tomado por asaltos a Peñíscola, y
pasado todos a cuchillo, pero se afirmaba, que con todo su ejército
venía a gran furia para la ciudad, y que estaba ya en Murviedro, a 4
leguas de ella. Con esta nueva súbita y tan espantosa Zeyt Abuzeyt
Rey de Valencia con todos los principales, y pueblo se hallaron tan
atajados, que del temor y espanto, se levantó tan grande grande
alarido por toda la ciudad como si les entraran ya los enemigos por
las puertas. Mas en haber llegado segunda nueva, y entendido que ni
el Rey, ni su ejército habían pasado de Peñíscola, antes se
estaban sobre ella, cobraron aliento, y luego enviaron embajadores
para que hiciesen treguas con el Rey: y solo que alzase el cerco de
Peñíscola, y se fuese de todo el reyno, prometiesen darle cada año
el Quinto de los Portazgos de Valencia para Murcia. Pareció al Rey,
y a todos los de su consejo no solo
provechoso el partido que
Abuzeyt ofrecía, pero muy aventajado y honroso; por haber con sola
la fama y opinión, más que con hecho de armas, acabado una apenas
comenzada guerra, y con ella
tomado el corazón a los enemigos,
que por tiempo había de acometer de propósito.
Y así
reconocidos los poderes de los embajadores, se firmaron los capítulos
y obligaciones de las treguas y portazgos. Mas aunque algunos dudan
de esta salida del Rey, y del cerco que puso sobre Peñíscola, por
cuanto en su historia no hace mención de ella, sino de los portazgos
que le ofreció el Rey de Valencia por las treguas que se le
otorgaron: con todo eso ya fuera la duda, así porque como otros
escritores afirman, el Rey vino con ejército formado sobre
Peñíscola, y la puso en grande aprieto, como porque el pedir
treguas, y otorgar portazgos presuponen alguna grande opresión y
necesidad de guerra, en que el Rey puso al de Valencia. Y no es bien
que se borre en muchos
escritores lo que solo uno se olvidó. Y
así parece cierto, que por alguna gran fuerza de armas le
concedieron las dos cosas, y ninguna otra se halla que pudiese ser
por entonces, sino, o porque el Rey alzase el cerco de Peñíscola, o
porque el Rey hubiese hecho muestra de pasar adelante con su ejército
contra la ciudad, ni obsta lo que el Rey de si dice, que vino a
Teruel adonde había de juntarse el ejército: cuya tardanza, y falta
de provisiones, causó la concesión de las treguas,
porque como
sea poca la distancia de Tortosa a Peñíscola, y de allí a Teruel,
así se pudo hacer lo uno y lo otro, y que el Rey hiciese un
acometimiento contra Peñíscola, y que a causa de no haberle acudido
el ejército que esperaba, hubiese sido forjado de otorgar las
treguas en Peñíscola, y publicarlas en Teruel, donde había de ser
la junta del ejército. Concuerda pues con la historia del Rey, que
las treguas se concluyeron en Teruel: pero así de ellas como de los
portazgos la
principal causa fue el cerco puesto sobre Peñíscola,
como arriba hemos dicho. Mas porque en esta, y en otras muchas partes
de su historia, el Rey hace muy honrosa memoria de Teruel y sus
ciudadanos: ni se halla que emprendiese jornada alguna de guerra sin
el favor y compañía de ellos, será bien que digamos algo de su
antiguo origen y poderío, con el asiento y fortificación de su
ciudad, y de otras cosas muy memorables de ella.






Capítulo
XIX. De
la
origen y fundación de la ciudad y comunidad de Teruel, y de su
poder, y valor de ciudadanos.

Fue siempre Teruel célebre
ciudad y cabeza de los antiguos Edetanos montanos del reyno de
Aragón, que hoy llaman los Serranos, y para los de Valencia está
puesta al Septentrión, llamada Teruel, como se cree, por el río
Turia que pasa por ella. Puesto que tiene la ciudad por armas un toro
que mira a la estrella del norte, para denotar la fortaleza y norte
que tuvo siempre en su gobierno. Fue conquistada y ganada de los
moros en el año del Señor 1170, y 1171, por el Rey don Alonso
segundo que estuvo 15 meses sobre ella, y la ganó con el favor e
industria de ciertos capitanes Aragoneses, y Navarros que se
señalaron mucho en la conquista, a los cuales por conservación de

la tierra, mandó quedar a poblarla, como a cabeza y guarda de
toda la Serranía, que dijeron de Ydubeda, Y así por atraer gentes
para habitarla, como por estar puesta en frontera, donde cada día se
había de venir a las manos con los moros de Valencia, el mismo Rey
les concedió gozasen de los más favorables fueros y privilegios que
se hallaron en toda España, como fueron los de Sepúlveda
(Sepulueda). Por donde con estas libertades, y ser la tierra fértil
de pan y de ganados mayores y menores, con el rico trato de lanas y
paños, y sobre todo con las continuas cabalgadas que hacían en el
reyno de Valencia contra los Moros, se dieron tan buena maña que en
poco tiempo levantaron su ciudad fuerte y muy bien labrada,
cercándola de alto y bien torreada muro, y así en las casas como en
los demás edificios públicos; es comparable con cualquier otra.
Demás que de su tamaño, así en muchos grandes y muy suntuosos
templos, con sus torres de campanas altísimas, y
artificiosísimamente hechas de tierra cocida: como en número de
sacerdotes, se halla
ser de las señaladas de España. De donde
le ha venido que por verla tan bien dispuesta para ello, en estos
tiempos, a suplicación de la Majestad de nuestro gran Philippo II,
por concesión de nuestro muy santo padre Gregorio Papa xiij, ha sido
fundada iglesia catedral y obispado en ella. Finamente como
concurrieron de los más antiguos y buenos linajes de Aragón y de
Navarra en su conquista.
Y así fue de su principio poblada de
gente valerosa, hidalga, y belicosa. De ahí vino que todos los
pueblos que están en sus contornos, que también fueron luego de
Christianos, viendo el buen gobierno y prudente trato que los de
Teruel tenían en la administración de su ciudad y
repub.
y la razón y justicia que a todos guardaban, hicieron voluntaria
amistad y comunidad con ellos, entregándoles el gobierno de todos
sus pueblos, que son no menos de ciento. Con esta hermandad y junta
de pueblos ayudados los de Teruel, y ampliada su jurisdicción con el
favor de sus fueros y privilegios, se ejercitaron mucho en las armas,
y llegaron a valer y poder tanto en las cosas de la
guerra, que
de ninguna gente así de a pie como de a caballo se valió el Rey
tanto para la conquista de Valencia como de la de Teruel. Confiésalo
esto el mesmo Rey en su historia, y también dice de un noble
ciudadano llamado Pascual Muñoz, el cual había sido antes criado
del Rey don Pedro su padre, que fue tan rico, y liberal que de su
hacienda y bienes, con lo que se valió de sus amigos, prestó al Rey
gran suma de dinero, e hizo provisión de mantenimientos para el
ejército que traía
el Rey, por espació de 20 días. De este
Pascual Muñoz se halla que fue su segundo nieto aquel Gil Sánchez
Muñoz Canónigo de Barcelona, que muerto Benedicto Luna, de quien
arriba hablamos,
fue por el collegio de los Cardenales que allí
se hallaron, electo summo Pontífice, llamado Clemente VIII, y luego
después por quitar la scisma, renunció el Pontificado, y en
recompensa le dio el obispado de Mallorca donde murió.





Capítulo XX.
Como yendo el Rey para Zaragoza se encontró con Ahones, y de la
reñida plática que tuvo con él, como le prendió, y se le fue de
las manos.

Concluidas las treguas con el Rey de Valencia,
mandó el Rey despedir el ejército. También
se despidió de los
ciudadanos de Teruel con mucho amor, señaladamente de Pascual Muñoz
por lo bien que le había hospedado y servido. De ahí determinó
pasar a Zaragoza, a donde don Fernando, y Ahones se habían todo
aquel tiempo entretenido, y sabido por relación de muchos, que el
Rey (a quien ellos llamaban el muchacho) había varonilmente acabado
la jornada de Peñíscola, y ganado el quinto de los Portazgos, y con
tanta honra y ventaja suya otorgado las treguas al Rey de Valencia.
Puesto que si la gente que estaba convocada llegara para el plazo a
Teruel, hubiera proseguido la guerra, o sacado mejores partidos del
enemigo: así mismo entendieron los servicios y ofrecimientos que los
de Teruel le hicieron, y que en fin regía y gobernaba, y era muy
obedecido y reverenciado sin la asistencia y consejo de ellos. Las
cuales
nuevas
en
nada fueron alegres para los dos,
antes se dolieron de oírlas: como por lo contrario se animaron mucho
los Zaragozanos con ellas, pareciéndoles, aunque tarde, muy mal lo
que don Fernando, y Ahones habían cometido antes contra su persona,
y autoridad del Rey. Por lo cual los maldecía ya todo el pueblo, y
estaba
apique
de
apedreallos. Y
vino esto a tanto, que don Fernando se hubo de salir de noche
secretamente de la ciudad a ciertos lugares suyos: y Ahones, viéndose
tan acosado del furor del pueblo, determinó ausentarse. Para esto
juntó hasta 60 hombres de armas suyos muy bien puestos, y acompañado
de don Sancho su hermano Obispo de Zaragoza, se partió con gran
fausto para Teruel a verse con el Rey, por mostrarse poderoso, y como
quien tal no hizo, que dicen volver a su primer cargo y mando.
Acaeció
que como por el mismo tiempo el Rey partiese de Teruel para Zaragoza,
y llegase a Calamocha que está una jornada de él, supo cómo en
aquel punto había llegado Ahones al mismo pueblo y que ya entraba
por palacio. Oyéndolo el Rey, y mostrando grande alegría de ello,
salió a él, y le recibió con mucha afabilidad y contentamiento.
Preguntándole, después de haber visto su caballería que traía
desde una ventana delante de palacio, para dónde llevaba su camino
con tanta y tan bien armada gente, siendo ya acabada la guerra, y
firmadas las treguas con los de Valencia, respondiole Ahones con
gravedad muy entonado, que él y el Obispo su hermano con su gente de
a
caballo iban derechos al reyno de Valencia para hacer alguna
buena cabalgada contra los moros, por valerse de ella para rehacer
los gastos que hacían en esta jornada. El Rey que oyó esto, antes
de pasar la plática más adelante, le dijo, que se fuesen luego por
la mañana a Burbaguena dos leguas de allí, porque tenía negocios
muy importantes al estado que comunicalle, y saber su parecer sobre
ellos. Como oyó esto el Obispo don Sancho, teniendo ya a su hermano
por reconciliado con el Rey
y vuelto en su amor y gracia, y que
todo sería como antes, despidiose del Rey, el cual se le mostró muy
afable, y fuese a holgar a un lugar suyo llamado Cutanda muy cerca de
allí, aunque apartado del camino Real. Llegada la hora, el Rey se
puso a cenar con Ahones, y pasando con mucho regocijo hasta que fue
hora de dormir, fuese Ahones a donde le aposentaron muy bien con su
gente y criados. A la mañana oída misa y tomado refresco
continuaron su camino para Burbáguena. En
esta jornada seguían
al Rey don Blasco de Alagón, don Artal de Luna, don Atho de Foces,
don Ladrón, don Assalid Gudal, y Pelegrin Bolas, principales
señores, y barones del Reyno, a los
cuales mandó el Rey que no
le dejasen que los
hauria
bien menester, aunque no les descubrió su ánimo ni propósito de lo
que determinaba hacer. Llegaron pues de mañana a Burbaguena, que era
lugar de los Templarios, y se apearon en un palacio de ellos, y el
Rey que solo llevaba una cota de malla con su espada ceñida, mano
por mano se subió con Ahones a la sala del palacio con los suyos,
quedándose en el patio toda la gente de Ahones a caballo, pensando
que sería corta la plática. Apartados los dos a una ventana de la
sala y sentados en los banquillos de ella, el Rey comenzó
blandamente a quejarse de Ahones, y después poco a poco a
embravecerse. Diciendo que por su culpa y mal ejemplo había sido
causa, que ni él, ni los otros caballeros y grandes del Reyno, ni
las villas y ciudades reales, siendo convocados, viniesen para Teruel
a comenzar la guerra contra los de Valencia. Y así perdida tan buena
ocasión como tenía para proseguirla con mucha gloria suya, le fue
forzado otorgar las treguas. A las cuales, le avisaba, había de
estar, y no romperlas por todo lo del mundo. Y así le rogaba mucho
no pasase más adelante, ni tentase por la vida de hacer lo
contrario. Sonreíale Ahones a todo lo que el Rey le decía, y
rehusaba de volver atrás su empresa, diciendo que él, y el Obispo
su hermano habían hecho muy grandes gastos para esta jornada, y que
no tenían de donde rehacerlos, sino de las presas que harían en el
Reyno de Valencia. A esto respondió el Rey ya
con cólera, que
no faltaría de donde rehacer los gastos, solo que las treguas se
guardasen, porque a su palabra dada no podía faltar. Pero todavía
perseverando en su porfía Ahones, a quien el Rey era ya igual de
cuerpo, aunque no llegaba a los xviij años, pasando ya Ahones de los
lxv.
hechole
mano, diciendo que se tuviese por su prisionero. Como Ahones pusiese
mano a la espada por la empuñadura, de la misma le echó mano el
Rey, y le impidió, que ni la pudiese sacar, ni quitarla de la cinta.
Mas los caballeros del Rey que estaban al cabo de la sala viéndolos
a los dos, echaron mano a las espadas, y revueltas las capas a los
brazos, se pusieron a la puerta de la sala, para defender la entrada
a los hombres de armas de Ahones. Los cuales como oyesen las voces de
arriba,
xl
de ellos se apearon de sus caballos, y rompiendo por medio de los
caballeros entraron en la sala, donde hallaron al Rey tan asido con
Ahones que se pusieron con gran fuerza (aunque con algún
acatamiento) a desasirlo: estándoselos mirando desde la puerta de la
sala los caballeros del Rey, y no ayudándole, por verse desarmados,
y lo poco que podían resistir a los muchos y armados de Ahones, y
porque en echar mano a la espada podía peligrar la persona del Rey.
De suerte que le quitaron a Ahones de las manos, llevándoselo los
suyos, el cual luego subió en un caballo, y se fue bien alterado con
ellos.




Capítulo XXI. Del gran ánimo y diligencia con
que el Rey persiguió a Ahones, y como le alcanzó, y como de una
lanzada que le dio don Sancho de Luna murió en las manos del
Rey.


En ningún tiempo de su vida, antes, ni después, se
vio el Rey tan encendido en cólera como cuando los soldados de
Ahones se lo quitaron de las manos, y que con el favor de ellos se le
iba sin poderle
alcanzar. Mas no por eso perdió su coraje, sino
que para mejor seguirle, en el mismo punto bajó al patio, y subió
en un caballo de un hidalgo de Alagón, el primero que vio, y con las
mismas armas, que se hallaba, fue a espuela hita en seguimiento de
Ahones: el cual a gran furia caminaba hacia Cutanda para el Obispo su
hermano, recelándose no le tuviese el Rey por otro camino puesta
alguna celada de gente para cogerle, y más por la que saldría de
los lugares en favor del Rey en ver que le perseguía. Siguieron pues
al Rey al salir de Burbaguena, Gudal, Pomar y Foces con solos cuatro

de caballo: tras ellos don Blasco con los demás hasta 46
caballos ligeros. Como llevase Foces la delantera, dos de los hombres
de armas de Ahones que con el peso de ellas corrían poco, volvieron
las lanzas para él, y le derribaron del caballo mal herido, al cual
luego socorrieron don Blasco y don Artal, pasando los de Ahones
adelante. Con todo eso iba el Rey con solos Gudal y Pomar de compañía
en seguimiento de Ahones, a quien poco antes había descubierto desde
un cerro pequeño, que iba con solos xx. caballos por la falda de un
monte a gran
priessa.
En este medio don Blasco y don Artal después de haber atado las
llagas a don Atho, corrieron tras Ahones a rienda suelta, y como le
estuviesen ya cerca, volvió los ojos, y en viéndolos pensó que con
ellos venía sobre él algún gran tropel de caballos. Mas como no
hubiese lugar para huir y escapar de ellos, por traer él y los suyos
los caballos muy cansados, determinó recogerse a un pequeño monte
que se ofrecía delante, confiando que mientras allí se haría
fuerte, acudiría con gente el Obispo su hermano
y le libraría.
Pero el Obispo nunca acudió, y se creyó que de temor de que no
hubiese también para él su ramalazo, por lo que antes había
intervenido (entrevenido) con don Fernando y Ahones en el
encerramiento del Rey. De manera que subido al monte Ahones con los
suyos, uno de ellos, como no le tuviese allí por seguro, se apeó
para darle su caballo, por que se escapase por la otra parte del
monte. Mas luego fueron a vista de él, don Blasco y Artal para los
pasos. Comenzando los
de Ahones a echar cantos y tirar muchas
piedras para impedirles la subida, el Rey que no estaba ocioso, subió
muy aprisa por la otra parte a lo más alto del monte, y antes de ser
visto, ni sentido,
le tomó (tomole) a Ahones las espaldas. Los
suyos que vieron al Rey, desampararon a su señor y huyeron todos.
Solo quedó un camarero suyo llamado Mezquita, que se puso tras un
peñasco por ver el triste suceso de su amo. En este punto don Sacho
Martínez de Luna uno de los caballeros que seguían al Rey,
arremetió para Ahones, y le dio una cruel lanzada por el lado
derecho por la
escotadura del perpunte,
de la cual sintiéndose Ahones herido a muerte, se abrazó con el
cuello del caballo, y echándose a la parte siniestra, cayó medio
muerto. Mucho se ofendió el Rey de ver tan malherido a Ahones,
siendo su ánimo solo de prenderle, y no matarle, y así apeándose
del caballo le abrazó, y con muchas lágrimas le consoló,
reptándole
mansamente, y echándole la culpa de todo lo que se había seguido,
que si le creyera, no le sucediera tan mal: mas que tuviese buen
ánimo que no le desampararía jamás. A esta sazón llegó don
Blasco, diciendo al Rey a voces, dejadnos señor despedazar este
león, por vengar de una las muchas injurias que ha hecho a vuestra
real persona, y como asestase ya la lanza para herir a Ahones, el Rey
se puso en medio de los dos, y dijo muy
airado, teneos don
Blasco, teneos, porque no heriréis a Ahones sino a mi persona.
Con
todo esto, Ahones sintiéndose ya mortal, encomendó a Dios su alma,
y al Rey sus cosas, y calló porque le faltó el espíritu y la
palabra, a causa de la mucha sangre que le corría de la herida. Mas
el
Rey apretándosela muy bien, mandó que le pusiesen a caballo,
con uno que le tuviese, y le llevasen a Burbaguena, pero faltándole
ya la sangre murió en el camino. Lo cual sintió el Rey en el alma;

y mandó que pasasen a Daroca que no está lejos, y acompañó su
cuerpo, haciéndole enterrar en la iglesia mayor con la honra y pompa
que por entonces se sufría.
Fin del libro tercero.