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martes, 23 de junio de 2020

EL CADÁVER DEL PAPA LUNA, ILLUECA

316. EL CADÁVER DEL PAPA LUNA (SIGLO XV. ILLUECA)

EL CADÁVER DEL PAPA LUNA, ILLUECA

Las grandes tribulaciones del papa/antipapa Benedicto XIII, el aragonés Pedro Martínez de Luna, sólo terminaron con su fallecimiento, ocurrido en su voluntario retiro de Peñíscola, en el año 1423.
Pero, incluso después de muerto, su recia personalidad siguió dando origen a constantes y múltiples anécdotas y aseveraciones que circulaban de boca en boca, de reunión en reunión, incluso de crónica en crónica.

Benedicto XIII había recibido sepultura en la propia iglesia del castillo roquero que le había servido de baluarte y aún siete años más tarde de su inhumación tuvo lugar allí mismo un hecho ciertamente prodigioso e inexplicable, sobre todo para los más escépticos.

Narra el cronista Martín de Alpartir, quien fuera prior de la Seo zaragozana y camarero del antipapa, que tanto el Domingo de Ramos y como el día de Jueves Santo de 1430, a partir de la humilde tumba de Pedro de Luna, comenzó a extenderse por todas las estancias del castillo-fortaleza una fragancia extraordinaria, cual si fuera fruto del néctar de las más bellas y lozanas flores. Pero, según las crónicas, el aroma embalsamó, asimismo, el ambiente de toda la ciudad y alrededores.

En vista de tal prodigio, el entonces alcaide del castillo —ciertamente desconcertado y temeroso por lo sucedido— mandó aviso urgente al rey Alfonso V, que a la sazón estaba de visita en la villa de Cariñena, pidiéndole consejo sobre qué hacer ante tal prodigio. Entonces, don Juan de Luna, sobrino de Benedicto XIII y conocedor de lo ocurrido, imploró al monarca que ordenara al alcaide del castillo de Peñíscola que le entregase el cuerpo sin vida de su tío para trasladarlo solemnemente a Illueca, su patria chica.

El rey Alfonso V el Magnánimo, conmovido por aquella manifestación última del inefable don Pedro Martínez de Luna, cuya proverbial tozudez tantos problemas diplomáticos le había causado en vida, accedió a lo que se le solicitaba, de modo que el cuerpo incorrupto del antipapa fue llevado desde Peñíscola hasta Illueca y depositado en un sepulcro ubicado en la misma cámara del palacio donde había nacido.

[García Ciprés, G., «Ricos hombres de Aragón. Don Pedro Martínez de Luna (el «antipapa»)», en Linajes de Aragón, II (1911), págs. 187-188.]

ALFONSO V INTERVIENE EN LA LUCHA DE LOS MARCILLA Y LOS MUÑOZ, Teruel

330. ALFONSO V INTERVIENE EN LA LUCHA DE LOS MARCILLA Y LOS MUÑOZ (SIGLO XV. TERUEL)

ALFONSO V INTERVIENE EN LA LUCHA DE LOS MARCILLA Y LOS MUÑOZ, Teruel

Desde que el Jueves Santo de 1325 saltara la primera chispa entre las familias Marcilla y Muñoz, Teruel no conoció tregua, pues la ciudad estaba en realidad dividida entre los partidarios de una u otra, lo cual afectó a la vida diaria de los turolenses. En muchas ocasiones, se vio obligada a intervenir no sólo la justicia local, sino también la real y, a lo largo del tiempo, muchas fueron las vidas que acabaron segadas como consecuencia de la aplicación de una u otra justicia.

Un siglo más tarde, en 1427, el rey de Aragón Alfonso V había convocado Cortes en Teruel, de modo que la ciudad se aprestó a recibir a todos los representantes de los distintos brazos. Ni siquiera entonces hubo calma entre las familias Muñoz y Marcilla, que protagonizaron un grave incidente en Cella, cuando el propio rey estaba ya en Teruel.

El día 5 de diciembre, Alfonso V se personó en la sala donde se celebraba el juicio dispuesto a imponer su autoridad, pero el juez turolense, Francisco de Villanueva, suspendió el juicio, considerando que la presencia del monarca era un auténtico contrafuero. Todo fue en vano. Alfonso V se encolerizó y, ante el asombro de todos, mandó decapitar al juez.

El pavor se enseñoreó de la ciudad de Teruel, pero el rey parecía estar dispuesto absolutamente a terminar con tan peculiar y estéril lucha familiar. De modo que, además, sin tener en cuenta lo que el fuero disponía a este respecto, nombró a Martín de Orihuela para lo que restaba de año, aunque, en realidad, en adelante siguió nombrando a la máxima autoridad turolense, interrumpiéndose así la secular manera de elegir juez por los propios turolenses, según su propio fuero.

Inevitablemente, el cargo tenía que recaer en un turolense que, cómo no, estaría más o menos vinculado a alguna de las dos familias en pugna. Así sucedió, siendo nombrados sucesivamente varios jueces de entre la familia de los Marcilla. La realidad es que Teruel pagó con el recorte de sus libertades y con la intervención real su secular encono.

[Atrián, Miguel, «La mancha de sangre», en Revista del Turia, 30 (1882), 381.]

domingo, 8 de marzo de 2020

130-139

130.
EXPOSICIÓN DEL APOCALIPSIS DE SAN JUAN. Un volumen en 4.° mayor, en
pergamino, de 550 páginas. Es del siglo XII. No consta el autor.
Aunque no es muy suntuoso este Códice, en su clase es de los que se
escribieron con más gusto, siendo de admirar lo bien conservado que
está no obstante su grande antigüedad. 



Al principio tiene un
prólogo. Después sigue la exposición del Apocalipsis, del modo que
los autores de épocas más recientes acostumbran expositar
los libros de la Sagrada Escritura; esto es, insertando primeramente
uno o más versículos del texto, y poniendo luego la exposición. En
este Códice el texto del Apocalipsis está escrito con bellísimas
letras encarnadas. En el margen se anotan los libros sagrados a que
hacen referencia las citas de la exposición.
Al fin hay una nota
que dice haberse puesto la pena de excomunión al que quitare
este libro (que es de la iglesia de Santa María), o lo poseyere
injustamente por cualquier modo furtivo.
Y concluye con un breve
tratado de San Agustín, que se titula de Córpore et Sanguine
Christi
.

131. RITUAL DE LA IGLESIA DE TORTOSA. Un
volumen en 4.° mayor prolongado, en pergamino, de 234 páginas. Es
del siglo XV. Por razón del objeto a que estaba destinado este
libro, fue escrito en caracteres muy grandes. Además de lo referente
al Sacramento del bautismo, y a otros actos parroquiales, contiene la
consagración de los santos Óleos, el lavatorio del Jueves Santo, la
bendición de las palmas, etc.
También hay otras bendiciones.
Entre ellas está la de cordero de Pascua, que solía practicarse en
algunas casas; la bendición del báculo o bastón
antes de emprender un largo viaje, etc.

132. RICARDO DE SAN
VÍCTOR. TRATADO DEL SUEÑO MÍSTICO DEL REY NABUCODONOSOR.
Un
volumen en 4.° mayor, en pergamino, de 248 páginas. En el primer
folio hay un índice de todos los puntos o materias que comprende
este tratado. El folio segundo donde principia el texto tiene una
sencilla y bonita orla. Los capítulos se indican en el margen con
números romanos, estando las iniciales adornadas con dibujos.

Concluido este tratado sigue otro muy breve exponiendo el sentido
de varios nombres. Y al fin está la exposición de las peticiones de
la oración dominical.

133. PONTIFICAL. Un volumen en 4.°
mayor, en pergamino, de 481 páginas. Es del siglo XIII. Está
escrito con caracteres muy grandes, y adornado con profusión de
dibujos, orlas y viñetas; lo cual se comprende atendido el servicio
que debía prestar este libro, destinado para las funciones
pontificales, como ordenaciones, consagraciones, etc.
Pero lo que
llama la atención principalmente son las orlas de muchas páginas,
así como el gran número de letras iniciales con dibujos; y algunas
viñetas donde compite el capricho con el buen gusto, las cuales a
pesar de su mucha antigüedad conservan perfectamente los colores y
dorados.

134. METAMÓRFOSES DE OVIDIO. Un volumen en
4.° prolongado, en pergamino, de 234 páginas. Es del siglo XII.
Este curioso libro se halla completo, y no obstante el mucho uso que
se conoce haberse hecho del mismo, se conserva en muy buen estado.
Todos los versos de Ovidio están seguidos, sin separación ni
división, si se esceptúa alguna inicial grande que se ve en el
texto, aunque son muy pocas.
Hay un sinnúmero de notas de letra
muy pequeña en el margen y aún entre las líneas. Al final hay una
nota que traducida dice; «Concluye el Metamòrfoses de
Ovidio». Siguen después cinco o seis versos, y luego una nota sobre
el número de versos que contiene este libro.

135. LIBRO DE
LA ANTIGUA LITURGIA DE LA CATEDRAL DE TORTOSA. Un volumen en 4.°
mayor prolongado, en pergamino, de 286 páginas. Es de últimos del
siglo XII o de principios del XIII. Este Códice contiene algunos
cantos con notas de música, que antiguamente solían intercalarse en
el canto litúrgico de la Misa. Indicaremos algunos, traduciéndolos
del latín, para que se pueda formar idea.
Al cantar los Kyries
se intercalaba lo siguiente:
«Sumo Dios, que todo lo crías. Tú,
Cristo, espejo del Padre. Espíritu divino, que procedes de ambos.
Ten piedad de nosotros.»
En la Misa de la Virgen, al Gloria, se
intercalaba esto.
«Primogénito de la Virgen María, que quitas
los pecados del mundo. Ten piedad de nosotros. Tú, que estás a la
diestra del Padre, para gloria de María. Pues que Tú sólo eres
Santo, que santificas a María. Tú sólo eres Señor, que gobiernas
a María. Tú sólo eres Altísimo; que coronas a María.»
Al
Agnus Dei se intercalaba lo que sigue:
«Cordero de Dios, que
quitas los pecados del mundo. A quien recibió María como rocío,
conservando su candor virginal. La planta nos dio una flor en la que
está nuestra salvación. Ten piedad de nosotros.»
Hay
muchísimos cantos, y todos por el estilo; de ahí que este libro sea
curiosísimo. Aunque le faltan algunas hojas al principio y al fin,
lo demás está muy bien conservado. Este Códice es el único de
esta clase
que hay en el archivo, y por ello es más apreciable.

Los cantos están con notas de música escritas con gran
claridad. Hay muchas letras adornadas con dibujos de colores, y
alguna viñeta del estilo de aquel tiempo.

136. BREVIARIO
SEGÚN LA COSTUMBRE DE LA IGLESIA DE TORTOSA. Un volumen en 4.°
mayor, en pergamino, de 410 páginas. Es del siglo XIV. El gran
número de residentes que había en esta catedral en los tiempos
pasados, requiría una buena colección de libros para poder cumplir
con el rezo y canto del coro; así es, que aunque se han perdido
algunos, todavía quedan muchos Códices relativos a la sagrada
liturgia. El que nos ocupa se comprende que es de los que prestaron
más servicio en aquel tiempo.
Le faltan algunas hojas al
principio y al fin; y como los demás de su clase que hemos reseñado,
tiene todas las iniciales de cada párrafo adornadas con dibujos de
colores.

137. SUMA O COMPENDIO DEL DICTAMEN DEL MAESTRO TOMÁS
DE CÁPUA.
Un volumen en 4.° mayor, en cartulina, de 614 páginas.
Es del siglo XV. Este Códice contiene varios informes o dictámenes
relativos al modo de funcionar la Curia Romana en aquel tiempo. Al
principio hay algunos folios en blanco; antes del texto está el
índice. En la segunda página se ve una nota, que traducida dice
refiriéndose a este libro: «Es de la iglesia de Santa María de
Tortosa».
Después del dictamen del expresado autor, sigue otro
de escritor distinto cuyo epígrafe traducido del latín dice:
«Principia la suma del dictamen, compuesta por el Maestro Ricardo
de Pofis
, extractada de los registros de los señores Papas,
Urbano, Clemente, y otros Papas». Y al fin dice así: Concluye la
suma del Maestro Ricardo de Pofis, según el estilo de la
Curia Romana.

138. TRATADO DE GRAMÁTICA LATINA. Un volumen
en 4.° mayor, escrito parte en cartulina y parte en pergamino, de
428 páginas. Es del siglo XV. Este Códice contiene un extenso
tratado de latinidad. No consta quien es el autor. La materia está
bien ordenada, señalándose cada asunto con letras grandes al
principio del párrafo o capítulo. También hay iniciales de
colores. En el margen se ven algunas notas.
Merece notarse en este
libro lo que ya hemos indicado de otros, respecto a estar escritos
parte en cartulina y parte en pergamino. En este se observa que a
cada seis hojas de cartulina siguen dos de pergamino, ignorándose el
motivo de esta distribución tan especial.

139. SAN AGUSTÍN
Y OTROS SANTOS PADRES Y AUTORES.
Un volumen en 4.° mayor, en
pergamino, de 360 páginas. Es del siglo XIII. Contiene un tratado de
San Agustín sobre los Académicos. Y otros breves escritos de San
Jerónimo, San Ambrosio, San Hilario, San Isidoro, San Basilio,
Casiodóro, Orígenes, Boecio, Séneca y otros.
Al principio hay
un índice que expresa los tratados de cada autor, y el folio donde
se hallan; y al fin, o sea en el folio 166, comienza un largo índice
alfabético que termina así: «Explicunt exceptiones ex libris
XXIII trium actorum
.
Después sigue un codlibeto de Alejandro
de Alejandría
, que termina con esta nota que traducimos del
latín: «Concluye el codlibeto del Maestro Alejandro de Alejandría,
de la orden de Frailes menores, que contiene XXI cuestiones, cuyos
títulos están escritos abajo por su orden» Luego se insertan los
títulos.
Por último contiene este Códice las cuestiones del
Maestro Juan de Escocia, de la orden de Frailes menores,
disputadas en París. Tal es el epígrafe que precede a este trabajo.




140-147

lunes, 13 de enero de 2020

Del dijous de la Cena.

Del dijous de la Cena.

Considerants que aytal dia aquell Redemptor nostre Jesuchrist lo cors seu als apostols reebedor liura e la sanch sua sacrifica e aquella a beure sots specie de vi liura: e encara considerants que aquella nit fo trahit e ell mateix per un dels seus ho testifica si esser liurador de la qual cosa no poca contristacio entre ells fo nada lavors esser havem lest perque no sens raho ja la passio aquest dia representar devem: perque ordenam que lo reraltar istoriat hi sia posat els paraments e vestiments vermeyls mellors ab quatre capes sien tenguts per la qual cosa encara una creu en lo mig sia posada del rerealtar e los bacins daurats en los estrems del reraltar ab los tests juncts mellors de cascuna part entrels bacins e la creu sien posats en lo reraltar demunt dit.

Del dijous de la Cena. Jueves Santo, Dijous Sant, Dijous San


imparaceve nostre senyor

martes, 23 de junio de 2020

GARCÍA AZNÁREZ TRAE A ARAGÓN LOS RESTOS DE SAN INDALECIO

320. GARCÍA AZNÁREZ TRAE A ARAGÓN LOS RESTOS DE SAN INDALECIO
(SIGLO XI. JACA)

GARCÍA AZNÁREZ TRAE A ARAGÓN LOS RESTOS DE SAN INDALECIO (SIGLO XI. JACA)

Cuando comenzó su gobierno Sancho Ramírez, era señor del valle de Tena García Aznárez, querido tanto en la corte como en sus dominios. Pero, por causas desconocidas, un día cometió un homicidio, matando nada menos que a Céntulo de Bearn, (Bigorra) personaje francés vinculado al rey. Temiendo la justicia regia, huyó a tierra de moros y ofreció sus servicios al rey de Sevilla al-Motamid.

Mientras esto ocurría, un viaje del abad pinatense don Sancho a Roma motivó que el papa Gregorio VII le pusiera en antecedentes acerca de la tradición existente sobre san Indalecio y los Varones Apostólicos, cuyo paradero se ignoraba, aunque se presumía que los restos de san Indalecio estaban en Urci, cerca de Almería, animándole a que hiciera algo por recuperarlos. Naturalmente, la empresa no era nada fácil, aunque las circunstancias la hicieron posible.

En efecto, pasaban los años y crecía el prestigio de García Aznárez al frente de sus huestes moras, pero también aumentaba cada vez más su nostalgia por la patria perdida. Por fin quiso expiar sus pecados acudiendo como peregrino penitente a San Juan de la Peña, cuyo abad, don Sancho, que era pariente suyo, y éste le encargó la misión de regresar a Andalucía y traer al cenobio pinatense los restos de San Indalecio, que se hallaban en Urci.

El proscrito y arrepentido caballero García Aznárez recibió la ayuda de dos monjes pinatenses, Evancio y García, que le acompañaron en la larga expedición de más seis meses, que se vio dificultada por el hecho de que los reyes de Sevilla y Almería estaban entonces en guerra. Lo cierto es que sólo pudieron dar con los restos del santo cuando un ángel se apareció una noche a Evancio y le reveló el lugar exacto del osario de san Indalecio.

Tras un largo y penoso camino de regreso, un Jueves Santo del año 1084 llegaban los despojos de san Indalecio a San Juan de la Peña, siendo recibidos fervorosamente por la comunidad, por el rey Sancho Ramírez y su hijo, el infante Pedro, así como por una muchedumbre de devotos que allí se congregaron. El proscrito García Aznárez se hacía acreedor al perdón real y el monasterio pinatense ganaba un inmenso tesoro que, cien años más tarde daría origen al «voto de san Indalecio» al que se adhirieron 238 pueblos de las montañas de Jaca.

[Aznárez, Juan F., «San Indalecio...», El Pirineo Aragonés, 5.286, Jaca (1985).
Mur Saura, Ricardo, Geografía medieval..., págs. 16-18.]

domingo, 8 de marzo de 2020

111-119

111.
BREVIARIO SEGÚN EL USO DE LA CATEDRAL DE TORTOSA. Un volumen en 8.°
en pergamino, de
1,036 páginas. Es del siglo XIV. Al
principio tiene un Calendario muy completo. El día primero de Agosto
está la fiesta del
Santo Ángel Custodio, patrón de
Tortosa
; y en el lugar correspondiente se halla el rezo
propio, que después se insertó en el
Breviario para uso de
esta
catedral, impreso en Liòn el año 1547.
También se ve en el Calendario la fiesta de la
Expectación del
parto de Nuestra Señora
, el día 18 de Diciembre


Luego
sigue el Salterio con los Himnos, según el orden de
los Breviarios actuales; pero no están numerados los Salmos,
ni hay foliación ni índice; únicamente se indican los rezos ú
oficios con una breve nota de letra encarnada. Las lecciones de los
nocturnos de este Breviario son mucho más breves. Es digno de
notarse, que en los rezos de los Santos todas las lecciones
son históricas, como las del segundo nocturno de los rezos
actuales, aunque también son más breves. En el tercer nocturno
está la Homilía, como en los rezos de ahora.
Este
Breviario es de los más completos que se conservan entre` los
los
(todos los) Códices del archivo.

112. RITOS
PARA LA ADMISIÓN Y RECONCILIACIÓN DE LOS PENITENTES PÚBLICOS. Un
volúmen en 8.° en pergamino, de 384 páginas. Es del siglo XIV.
Este curioso libro, que es el único en su clase que ha quedado de
aquella época, explica con todos los pormenores las ceremonias
que se practicaban en la catedral de Tortosa, para la admisión
y reconciliación de los penitentes, a quienes según
la antigua disciplina canónica se imponían
penitencias públicas cuando los pecados eran
públicos.
Después de haber puesto el señor Obispo
a los penitentes en el primer día de cuaresma el
vestido propio de penitentes y la ceniza; habiendo
practicado estos durante la cuaresma ciertos rezos y
actos de devoción en el claustro; dice este libro, que
el día del Jueves Santo se verificaba la
reconciliación con grande solemnidad. Antes de
la Misa el Prelado, el Cabildo y el Clero,
se dirigían en procesión a la puerta de la catedral
donde estaban los penitentes. Al lado de los mismos se hallaba
el párroco ú otro sacerdote, que informaba al Prelado
sobre si habían cumplido la penitencia que les fue impuesta.

Se rezaban allí algunas preces; el Prelado
les hacia una exhortación; y regresando la procesión
al interior de la iglesia, iban con ella los penitentes
hasta el presbiterio, donde se postraban para dar
gracias a Dios.
Al final de este Códice hay una hoja que
al parecer no corresponde al mismo. En
ella se hace alusión a un rezo o responso por los
difuntos; y con este motivo se menciona el histórico
cementerio de San Juan, que estaba en las afueras del
Temple de esta ciudad, llamadas también por esto afueras
de San Juan
.

113. SAN AGUSTÍN. DIÁLOGO SOBRE SETENTA Y
UNA CUESTIONES. Un volumen en 4° menor, en pergamino, de 72 páginas.
Es de últimos del siglo XI, o de principios del XII. En el
folio primero hay algunas observaciones o prólogo de época más
reciente, no constando quién es el autor. Después sigue un
índice de las setenta y una cuestiones; y a continuación se
exponen estas en forma de preguntas y respuestas. Se supone
que pregunta Orosio y que le responde San
Agustín
.
Al final hay tres folios añadidos; se comprende
que faltaban, y fueron hechos en época posterior. En el margen de
algunas páginas se ven dibujos que aunque sencillos ofrecen algo de
original.

114. CUESTIONES LOGICALES. Un tomo en 4 ° en
cartulina, de 306 páginas. Es del siglo XIV. No consta el autor.
Siguen a dicho tratado las cuestiones sobre los supuestos de
Mercilio de Inghen. Después están las cuestiones sobre las
consecuencias, compiladas en París por el Maestro 
Jaime de Iman, Regente en la Facultad de artes. Y por último
las obligaciones, escritas en París por el Maestro Wilhelmo
Buzer
, el año 1360; y otras cuestiones cuyo autor no
consta.
Al final de las cuestiones de Mercilio hay una
nota que traducida dice: «Estos supuestos son de Nicolás
Surrana, estudiante de Metafísica, año del Señor
1,405».





115.
BREVIARIO SEGÚN EL USO DE LA IGLESIA DE TORTOSA. Un volumen en 4.°
en cartulina, de 648 páginas. Es de últimos del siglo XIV. Al
principio tiene un Calendario; después hay dos Tablas en las que se
expresan las fiestas movibles, en igual forma que se usa en los
Breviarios actuales. A continuación de dichas Tablas se ven unos
círculos, que ni parecer sirven para conocer la Letra
dominical y el Áureo número que corresponde a
cada año.

116. BREVIARIO SEGÚN EL USO DE LA IGLESIA DE
TORTOSA. Un volumen en 4.° en cartulina, de 274 páginas. Es del
siglo XIV. Le falta el Calendario que suelen tener todos los
Breviarios. También le faltan algunas hojas al principio y al fin.
Llama la atención en este Códice que está muy deteriorado, la
diversidad de letras con que fue escrito, deduciéndose que fueron
varios los que trabajaron en él, lo cual no solía suceder en los
antiguos Códices.
A cosa de la mitad del libro hay una hoja
añadida, y más moderna, que contiene las absoluciones y
bendiciones de los tres Nocturnos, que ahora
están al principio en todos los Breviarios. Un poco más adelante se
hallan las letanías. Algunas hojas después, a diferencia de
los actuales Breviarios en que cada rezo está
todo unido, se hallan los capítulos y oraciones de los
Santos, separadas del lugar donde están las lecciones
de los Nocturnos.

117. GRAN LIBRO SOBRE LA SANTÍSIMA
VIRGEN MARÍA. Un volumen en 4.° en pergamino, de 687 páginas. Es
del siglo XIV. Este curioso Códice, cuyo autor no consta,
contiene ciento cincuenta capítulos, exponiendo igual número
de calificativos o atributos que se aplican a la Madre de Dios.
Al principio hay tres hojas de letra muy diminuta, y al parecer de
distinta época, que no pertenecen a este Códice. Siguen luego los
capítulos por su orden. Antes del primer capítulo hay
como un prólogo, que traducido dice así: «AURORA. Con esto
se manifiesta la nobleza de María, su humildad, hermosura,
autoridad, bondad, y dignidad.»
No hay división en los
capítulos, ni estos están señalados al margen ni en la parte
superior de las páginas; únicamente se indican en el texto con
pequeños números romanos de letra encarnada. Al final hay un
índice muy completo. He aquí los títulos de los capítulos. Maria
est: Lux. Coelum coelorum. Coelum empireum. Coelum cristalinum.
Firmamentum coeli. Sol. Luna. Stella matutina. Maris stella. Stella.
Sidus. Dies. Meridies. Aurora. Arcus. Nubes. Nébula. Nix.
Ros. et-cétera (en dos líneas).
Todas las iniciales de
los capítulos y párrafos están adornadas con dibujos de colores.


118. JUAN ESCATO. (Escoto) Libro sobre el Maestro de las
Sentencias. Un volumen en 4.° de 304 páginas, escrito parte en
pergamino y parte en cartulina.
Es del siglo XIV. En la primera
hoja hay una inscripción de letra más moderna que la del Códice,
que dice: Theologia Doctoris Subtilis. Sigue un folio que no
pertenece a este Códice, y luego el prólogo del autor cuyas
primeras palabras traducidas dicen: «Si al hombre en el estado
actual le es necesaria alguna especial doctrina sobrenaturalmente.»

No hay índice ni indicación de las materias con epígrafes o
números, pues todo está seguido. El final no está completo; se ven
allí una o dos hojas que al parecer no corresponden a este Códice.


119. BREVIARIO SEGÚN EL USO DE LA IGLESIA DE TORTOSA. Un
volumen en 4.° en cartulina de 658 páginas. Es del siglo XIV. En
este Breviario el Calendario se halla en el folio 140. En el folio
125 y siguientes hay algunas notas, de diferente letra, relativas a
ciertas misas que se celebraban en esta catedral. Después del
Calendario, en los folios 146 y 149 hay algunas Tablas de las
fiestas, y varios datos relativos a la liturgia de esta iglesia.

Merece además notarse que en este Breviario está el rezo de
San Rufo
y el de su octava. Ya se tenía en los tiempos
pasados como un dato importante, pues se consignó en una nota
que se ve al principio de este Breviario, que dice: En el fòlio
296 de aquest Breviari está lo offici ab octava de Sant Rupho.





120-129

lunes, 10 de junio de 2019

Tomo I, texto XXXIV, Cardenal de Spannya, Pisa

XXXIV.

Legajo de cartas reales, n.° 107. 26 de agosto de 1409.

Al muyt alto esclarescido principe e victoriosissimo senyor rey de Aragon. - Del cardenal Despanya. - Muy alto et esclarescido principe et victoriosissimo senyor. Con muy humil recomendacion et voluntat aparajada para vos servir rescibi la carta que a la vuestra grandia plogo de me enbiar e tengovos a sennalada gracia que asi vos plogo de me declarar vuestra voluntat la qual yo siempre tove et tengo et es asi publico en el mundo que fue et es en dessear et trabajar por el bien et conjunçion de la Eglesia: e si vuestros ambaxadores sennor aqui quesieran sperar algund poco despues de la creaçion del papa et quesieran aver enformaçion de todos los feechos fuerales feecha tan clara llana et complida de que ellos devieran ser muy contentos e aun yo esso mesmo por contemplaçion et serviçio vuestro les enbie rogar et requerir que si alguna cosa querian desta corte o avian menester que me lo dexiessen o enbiasen desir que yo trabajaria por que lo ellos oviessen tanto quanto yo mas podiesse: e ellos me enviaron decir que me lo gradescian mas que non los complia de presente cosa alguna antes que se querian luego partir: e esto fue al secundo o tercero dia que stuvimos de conclavi feecha la exleçion e partieronse luego e Dios sabe que me desplogo por serviçio et honrra de la vuestra sennoria por cuanto quesiera con ellos fablar porque vos avisassen de cosas que me pareçia que tocavan muytho a serviçio de Dios et pro de la Eglesia et honor de la vuestra serenidat. E pues a vos sennor plasede ser enformado de la justiçia et verdat deste feecho dennese vuestra altesa enbiarme decir por que manera et personas queredes aver la enformaçion ca speranza he en Dios cuya es esta cosa que vos la abredes sin alguna dudança et llana et claramente por tal manera que vuestra anima sera consolada et en uno la sancta Eglesia conmisco gosara de folgança. Otrosi sennyor muy altamente engendrado sennor miercoles a veynte et uno de agosto el duque et comun de Veneçia con muy grande sollempnidat et deliberaçion et avidos muy grandes consejos con los mayores letrados et praticos et otros discretos et sabios desta comunidat et otras partes que se podieron haver oydas et consideradas todas las rasones que por los ambaxadores del concilio general que aqui se tovo et otrosi las de los ambaxadores de Angelo Corario entre los quales era frey Juan Doiges et que se llamava por el cardenal et de los ambaxadores del postrimerament exleydo rey de romanos et de Lançislao concluyeron determinaron et declararon la obediençia en que ellos avian estado et estavan del dicho Angelo deverle ser tirada et dada al papa Alexandro V° creado por amos los collegios sacro et general conçilio et Eglesia universal en una voluntat et concordia: e asi lo fesieron non enbargant que el dicho Angelo que se llamava Gregorio fuesse natural et nasçido de la dicha cibdat de Veneçia e de los mejores della et aun dis que pariente del duque e este otro era uno de Greçia que del non se conosce nin se sabe al sinon su buena vida et virtudes et grande sabidoria: de lo qual son muycho de alabar et de loar por que non pararon mientes a la carne ni a la sangre mas solament al serviçio et plaçer de Dios et ayuntamiento de la Eglesia e bien del pueblo christiano: a lo qual sennor vos devedes tanto parar mas mientes quanto mas sobrepujades en altesa de sangre poderio et dignidat ca oy esta en vuestra mano dar llana et paçificament concordia en la christiandat seguiendo pura rason et drecho lo qual si non fasedes poniendo en ello grande diligencia e fervor emaginad quanto en el estrecho juisio vos podra ser demandado aunque lo de la mesquindat desta vida querades callar que vos vedes como va. E por la priessa de la partida deste correo non pude mas largo screvir pero supplico a la vuestra sennoria que me quera luego declarar sobresto vuestra voluntat. Otrosi el rey Luys partira de aqui el jueves con la ayuda de Dios e yran con el el cardenal de Bolonia con el poder de la Eglesia e Malatesta capitan de Florençia e seran por todos de quinze fasta veynt mille cavallos por tierra e fasta ocho o dies galeas por la mar: e hase sperança en Dios que segund las nuevas et tractos Roma e toda la tierra de la Eglesia tomara luego esta vos considerado que por aca esta el castiello de Sant Angelo et otras muychas cosas: e yo notificare luego lo que aca acaesçiere a la vuestra sennoria a la qual scrivi al otro dia complidamente de todos los feychos et de la exleçion e fue preso el mensagero que vos enbiava en Girona: de lo qual si a vuestra altesa viene honrra et vuestra fe et guiaje el salvoconducto es bien guardado considerelo la vuestra majestat ca mas me plaseria que vuestra sennoria me enbiase desir que mis omens non entrasen por vuestra tierra que non enbiarme mandar que vos scriva et prenderme mis omens ca esto non se faria en tierra de los mayores enemigos de la fe: e Dios sabe que me desplase muycho por lo que a vos sennor toca ca yo sennor assas puedo aver scusado de non enviar a vos omens mios con algunas nuevas despues que yo sepa que a vos non plase dello ca si a vos sennor non fago plaser a mi non recresçe sinon affan et costa. Otrosi enbiovos el traslado de la exlecçion el qual vos enbiava con el dicho mi omen que fue preso en Girona e si en algunas cosas donde quier a vuestra majestat puedo servyr mandemelo ca lo complire fielmente et de buena voluntat Dios testigo que siempre ensalçe et guarde vuestro estado et persona. A XXVI de agosto de (M) IIII.° (CCCC) et IX en Pisa. - El todo vuestro - Cardenal de Spannya.

martes, 18 de febrero de 2020

LII, perg 2207, Jaime I, 1 noviembre 1274

LII.
Perg. n. 2207. Jai. I. 1 nov. 1274.

Sepan todos los omnes qui esta carta odran et veran como nos don Pedro Sanchez de Montagudo sennor de Chascant governador del regno de Navarra et don Gonzalvo Ivaynes de Baztan alferiç de Navarra et don J. Guarceys Doriz abbat de Montaragon et don G. Ochoa prior del monasterio de Ronçasvalle et don P. Sanchez dean de Tudela et don Miguel Periz de Legaria trasorero de Santa Maria de Pomplona et don G. Lopiz enfermero de Santa Maria de Pomplona et don G. Doriz don M. Yenneguis Doriz don Alvar Periz de Rada don P. Zapata don Roldan Periz Daransus don M. de Valtierra don M. Garçeiz Deusa don Gomiz Periz Darroniz don Semen Dolleta don Roy Semeniz Dolleta Juan Martiniz Dolleta Aznar Hienneguiz de Corella M. Lopiz Doriz Pero Martiniz de Mutilva Diago Muriz de Morentiayn Gil Martiniz Dayvar Sancho Guarçeiz Dagonçiello M. Diaz de Mirifuentes Juan Periz Dolleta Roy Seco alcait de Buradon Lop Hienneguiz de Sada Adoin de Sada Juan Periz de Malley alcayt de Cortes Aznar Semenis de Caparroso G. Periz Daçagra Roy Martiniz de Tafalla Alfonso Dias de Morentiayn Arnalt Arremon de Mal-leon Miguel Martiniz Daransus alcayt de Sanctacara don G. Periz de Cadreyta M. Davaltierra el menor Gil Semenis de Falçes Gonçalvo Roiz de los Archos Pero Guarçeiz de Larraya Sancho Sanchez de Leons
G. Yenneguiz Dargedas Roy Sanchez de Sores G. Guarçeis Darazuri Diago Periz de Sotes Pero Gil de Gorris Miguel de Leons Gonçalvo Gil de los Archos Pero Periz Doria G. Lopiz Darraista Hiennego de Rada Pero Semenis de Falçes Ferrant Periz de Chalas don Jurdan de Penna G. Martiniz de Lerin Diago Ortiz de Falçes Juan Dias de Mirafuentas Per Ayvar de Liverri Lop Suria Daransus Sancho Periz de Pedrola Sancho Lopiz de Nives M. Semenis de Falses Roy Lopiz Doriz G. Semenis Doriz Juan Periç Danieyça Roy Lopiz de Marziella Semen Ochoa Dovanos Pero Guarçia Dandosiella Roldan Periz de Sotes Semen Gonsalvis de Valtierra de Tudela don Gil Baldovin alcalde don Bernart Duran don Lop Ortiz la justicia don J. Periz Dopatos A. Rinalt Andres de Merusaval J. Descojon de Pomplona Per Arnalt lo cambiador don Perez Baldovin Juan Periz Metça Pero Daldava Pero de Xalas Pasqual Baldovin de Olit don Miguel Periz alcalde Miguel de Moheztiverra don Thomas Tendon de Sanguesa don Juan don Jurdan don Gil Ducar Juan de Quintana Calbet Doronç don M. Guarcies de la ciutat de Pomplona Pasqual de Ponplona Miguel Periz Çavaldigna M. Aznariz Pere Uxua del Pont de la Reyna P. de Palmas alcalde Miguel Alvaris de Larraga Pero Lopis alcalde don Grant Per Yenneguis Maoral de Arguedas don Yenneguis alcalde Rodrigo Aznarez Ennego de Fustinnana de Mariell Freyto Miguel de Lapuerta alcalde de Falces don G. alcalde G. Covinna de Açagra Pera Rabi don Matheo de Corella Lop Daraçiell M. de Funes de Uxue don Guirriz alcalde S. Fierro Orti de Muelas todos qui fuemos plegados en la cort de Navarra general qui fue feyta et plegada en Olit sobre fecho del infant don Pedro convenimos prometemos et juramos en manos del davan dito abbat de Montaragon recibiendo la jura por nompne del infant don Pedro filio primero heredero del noble rey Daragon que tant ayna como el dicho infant don Pedro sea en Navarra por reçibir las juras et los homenajes por las condiciones et convenienças que son tractadas et puestas entre ell et los del regno de Navarra juraremos et faremos homenages a eyll de manos et de boca de atener et complir las dichas condiciones et los paramientos et las convenienças que se contienen en la nota que fo loada et otorgada por toda la cort en Olit et fo a mi G. Chamina notario de Olit luego liurada de voluntat de todos por fer en II cartas partidas por letras en forma publica. Empero otro si compliendo et ateniendo a nos el dicho infant don Pedro aquellas cosas todas como scriptas son en las cartas que son fechas entre eyll et los navarros. Esto fo fecho en Olit jueves dia primero del mes de noviembre fiesta de todos santos anno ab incarnatione Domini millessimo CCLXXIIII. - Ego G. Chamina sobredicho notario de Olit por mandamiento de todos los sobrescriptos escrivi esta carta partida por A B C et fiz este mio sig+no acostumbrado.

 
LII, perg. 2207, 1 noviembre 1274, Olit, Olite, Navarra

martes, 14 de mayo de 2019

LA FUNDACIÓN DE TERUEL

2.70. LA FUNDACIÓN DE TERUEL (SIGLO XII. TERUEL)
 
Teruel, viaducto, acueducto
 
 
Octubre del año 1171. Los cristianos, acaudillados por Alfonso II, llegaron a Cella y prosiguieron su marcha hasta acampar en las cercanías de lo que hoy se llama Villa Vieja, en Teruel. Era tarde y el monarca decidió esperar al nuevo día. Mas cuando se hallaban descansando de la dura jornada, llegó al campamento un mensajero. Según sus noticias, se requería con urgencia al rey en otros lugares del Reino, de modo que éste ordenó replegarse a sus tropas para que esperaran su regreso, negando a varios de los seniores la posibilidad de continuar ellos solos la expedición.

Sin embargo, acabó atendiendo la propuesta de dos caballeros —Blasco Garcés de Marcilla y Sancho
Sánchez Muñoz— quienes proponían la fundación de una villa a la que el rey concedería el fuero que estimara conveniente, de manera que su autoridad sobre ella no quedara menguada.

Accedió Alfonso II y avió monturas y pertrechos para regresar Reino adentro.

Entre los señores y adalides que iban a acometer lo convenido con el rey surgieron las dudas acerca de
dónde ubicar la villa nueva. Como no lograban ponerse de acuerdo, al final decidieron que el emplazamiento se ubicaría allí donde alguna señal de la providencia les marcara.

Hallándose en estas disquisiciones, supieron de la emboscada que les preparaban las tropas moras que
merodeaban por los contornos y decidieron hacerles frente. Los musulmanes habían reunido una gran cantidad de toros a los que les colocaron en las astas y en el testuz materias inflamables (como en el actual toro embolado) y los lanzaron contra el ejército cristiano, al que creían descuidado.

Pero no fue así, y lanceros, arqueros, ballesteros e infantes se parapetaron en trincheras. Más lejos esperaba para actuar la caballería.
Los toros fueron dispersados y los moros acosados y perseguidos hasta vencerles, de manera que las
muelas, cerros y llanos de la margen izquierda del río quedaron libres de enemigos. Fue entonces, al amanecer, cuando, sorprendidos, los cristianos vieron en lo alto de la Muela un magnífico toro superviviente de la manada. Entre su cornamenta, lucía una lucecilla, restos, sin duda, de la materia inflamada que encendieron los moros, pero que desde lejos parecía una estrella. Era la señal que esperaban. Aquel sería el lugar del asentamiento de la nueva villa, la de Teruel.

[Caruana, Jaime de, «Alfonso II y la conquista de Teruel», Teruel, 7 (1952), 97-140.]
 
 
Teruel es una ciudad española situada en el sur de Aragón, en la zona centro-oriental de la península ibérica. Es la capital de la provincia homónima y posee un importante patrimonio artístico mudéjar (parte del cual ha sido reconocido por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad). Con 35 484 habitantes (INE 2017), es la capital de provincia menos poblada del país. Se encuentra en la confluencia de los ríos Alfambra y Guadalaviar, aguas abajo de la ciudad conocido como Turia. Situada a una altitud de 915 msnm, su clima se caracteriza por presentar inviernos fríos y veranos cálidos y secos.
 
Entre sus atractivos turísticos se encuentran sus edificaciones mudéjares, el mausoleo de los Amantes de Teruel, El Torico y el centro paleontológico Dinópolis. Los monumentos mudéjares más destacados son la iglesia de Santa María, catedral de la diócesis de Teruel, y las torres de El Salvador, San Martín y San Pedro, a cuyos pies se encuentra la iglesia que recibe el mismo nombre, también de arte mudéjar.
 
LA FUNDACIÓN DE TERUEL (SIGLO XII. TERUEL), torico
 
 
Para los fenicios su nombre era Thorbat o Thorbet, palabra que podía proceder del hebreo Thor y bat, que significa Domus tauri (señor dios toro).

Para los celtíberos era Turba,​ y para los latinos Túrbula; así la llamaba Ptolomeo.
 
Teruel estuvo poblada desde los tiempos de los celtíberos, los cuales llamaban al lugar Turboleta.
El topónimo Turboleta podría venir del término vasco-íbero itur + olu + eta (lugar de fuente, manadero), según la teoría del vascoiberismo. Hay restos en el yacimiento del Alto Chacón. La zona fue ocupada posteriormente por los romanos, quedando restos en poblaciones cercanas, como los de Cella.
 
Algunos autores aseguran que en el mismo emplazamiento de la actual ciudad de Teruel (concretamente en el barrio de la Judería), se asentaba Tirwal, nombre que procedería del árabe, con el significado de "torre", enclave musulmán citado en el año 935. Sin embargo, aunque se ha detectado arqueológicamente la presencia de ocupación islámica de este espacio, los restos localizados no pertenecen a un núcleo de población, sino más bien a una construcción defensiva.
 
El 1 de octubre de 1171 el rey aragonés Alfonso II tomó Tirwal con la intención de reforzar la frontera meridional de su reino, que consideraba amenazada por la toma de la ciudad de Valencia por los almohades. Y en ese mismo año fundó la ciudad de Teruel, dotándola de fueros y privilegios para facilitar de este modo la repoblación de la zona.
 
Hay que destacar por su importancia histórica que, en el torreón del Cubo, junto a la desaparecida puerta de Zaragoza, se encuentran las más antiguas barras de Aragón que se conservan, significando así Alfonso II el Casto, al esculpir sus cuatro barras de gules en piedra al amurallar Teruel, que era una villa de realengo.
 
La fundación de Teruel supone un cambio sin precedentes en la estructura política y territorial del sur de Aragón, ya que el predominio del Albarracín y la Alfambra de época musulmana será sustituido por el de la nueva fundación, Teruel en especial, en detrimento de Alfambra, que quedará en un segundo plano bajo la fórmula jurídica de señorío.
 
Según una leyenda, para fundar la nueva ciudad los sabios y las gentes principales de la villa se reunieron y buscaron diversas señales y presagios, encontrando favorable el que un toro mugiera desde un alto (que se correspondería con la plaza principal actual, la del Torico) y que sobre el toro brillara una estrella. De este encuentro toma, según algunos autores, su nombre la ciudad, ya que provendría de juntar en una palabra el vocablo "toro" y el nombre de la estrella, "Actuel", formando de este modo la palabra "Toroel", y después "Toruel". De este fortuito encuentro procedería también el símbolo del toro y de la estrella, que se puede observar tanto en la bandera como en el escudo de la ciudad, además de en el monumento de la Vaquilla (en el que se observa a un vaquillero enfrentándose a un toro y a un ángel situándole la estrella al toro).
 
Tras su fundación y repoblación, se constituyó la comunidad de Teruel, conjunto de aldeas del entorno de la localidad.
 
Los habitantes de Teruel intervinieron en la conquista de Valencia, que estaba en poder de los musulmanes, y en la guerra de los Dos Pedros contra Castilla, siéndole otorgada a la población el título de ciudad en 1347 por Pedro IV de Aragón, por su colaboración en las guerras de la Unión. Hay que destacar la considerable importancia que alcanzaron las comunidades judía y mudéjar dentro de la vida social y económica de la ciudad, desde que se consolidaran sus aljamas hacia finales del siglo xiii. Es notable el caso de la Judería de Teruel, que conserva todavía su topónimo, y de la que se han localizado abundantes restos arqueológicos.
 
Uno de los hechos más relevantes de su historia se produjo en las llamadas Alteraciones de Teruel y Albarracín. Durante el reinado de Felipe II, el Tribunal de la Inquisición cometía constantes contrafueros, por lo que no fue aceptado por estas poblaciones, provocando frecuentes algaradas populares, a veces con violencia hacia los inquisidores. En el año 1572 se produjeron tales altercados que el rey, ejerciendo su autoridad, mandó un ejército castellano al mando del duque de Segorbe a invadir Teruel. Hubo combates durante varios días al estar la ciudad fortificada, pero finalmente la plaza se rindió el Jueves Santo de aquel año. Durante una semana se ajustició a los cabecillas en los jardines del Barón de Escriche, actual plaza de San Juan. Este hecho desacreditó enormemente la foralidad aragonesa.
 
En el municipio de Teruel se encuentran, además de la capital provincial, las localidades de Aldehuela, El Campillo, Castralvo, Caudé, Concud, San Blas, Tortajada, Valdecebro, Villalba Baja y Villaspesa.

domingo, 8 de marzo de 2020

83-93

83.
DICCIONARIO DE NOMBRES DE LA SAGRADA ESCRITURA Y DE LA TEOLOGÍA. Un volumen en 4.° en pergamino,
de 242 páginas. Es de últimos del siglo XII o de principios del
XIII. No consta el autor. Aunque el contenido de este Códice está
en forma de diccionario, no hay como en los otros Códices que hemos
reseñado, letras iniciales que indiquen el orden alfabético; de
modo que se ha de conocer por las mismas iniciales del texto, aunque
están bien marcadas y todas son de color. 


Algunas hojas del principio y del fin se hallan muy deterioradas por la acción del tiempo, y apenas son legibles. Lo demás del Códice está bien
conservado.


84.
RITUAL DE VARIAS BENDICIONES, Y DE LOS SACRAMENTOS, ETC.
Un volumen en folio, en pergamino, de 151 páginas. Según parece, este libro
debía estar reservado para ciertos actos muy solemnes, pues se
distingue por la magnificencia con que se halla escrito, en
caracteres muy grandes, estando además adornadas las letras del
principio de cada párrafo u oración.
Después de las fórmulas
o preces para bendecir el agua los domingos y
demás días que convenga, está la bendición de la pila
bautismal
, y la administración del Sacramento del Bautismo,
del Matrimonio y de la Extrema-Unción; siendo muy de
notar, que en aquel tiempo el bautismo aún se administraba en
esta iglesia por inmersión.
Al final está el oficio de
difuntos, y el Consueta o explicación de todo lo que debía
practicarse en las exequias de los Sres. Capitulares.


85.
LA REGLA DE SAN AGUSTÍN. Un volumen en folio en
pergamino, de 472 páginas. Es del siglo XIV. Como los canónigos de
esta catedral vivían antiguamente según la regla de San Agustín,
este libro debía tener en aquel tiempo mucha importancia. También
contiene la fórmula de la admisión y profesión de
los canónigos, y la exposición de dicha Regla, por
Lorenzo de San Rufo.
Después de esto se halla el
Martirologio que se leía antiguamente en esta catedral, donde
se ven muchas adiciones en el margen, que son de fecha posterior.

Por último hay el Necrológio de los Obispos y Canónigos
de esta iglesia. Pero aunque se titula así, también están
apuntadas las defunciones de algunos sacerdotes y otras
personas bienhechoras de esta catedral, expresándose los
aniversarios que debían celebrarse por sus almas.
Este repertorio no solamente ofrece mucha curiosidad, sino además es de
grande valor histórico.

86.
SAN AGUSTÍN Y RICARDO DE SAN VÍCTOR.
Un volumen en 4.° mayor prolongado, en pergamino, de 512
páginas. Es del siglo XIII. Este Códice que fue foliado en época
más reciente, contiene los siguientes tratados de San Agustín.
Sobre la inmortalidad del alma, hasta el folio 5. De la fé, a Pedro
Diácono, hasta el folio 17; después sigue la exposición del
Símbolo. En el folio 18 comienza el Enchiridion hasta el
folio 33. Del libre alvedrio, hasta el 59. Super Génesi ad
litteram
, los doce libros, hasta el folio 124. De spiritu et
littera
, hasta el 136. Contra los Pelagianos hasta el 153.
De diversas cuestiones, hasta 178. De bono conjugali, hasta el 184. Y
de nuptiis et concupiscentia, ad Valerium Cómitem.
Sigue luego
el tratado de la Trinidad, de Ricardo de San Víctor, que
comprende hasta el folio 229, donde principian los cuatro libros de
San Agustín de Doctrina christiana, hasta el fin.
Se
conoce que este Códice debió utilizarse hasta tiempo muy moderno,
porque además de que la foliación está en números arábigos,
contra la costumbre de las foliaciones antiguas que están en números
romanos, hay algunas notas al margen de letra cursiva, que no
releva (revela) más de un siglo y medio de antigüedad.

Las iniciales de cada uno de los tratados en que se divide este
Códice están adornadas con muy buen gusto.
Antes de comenzar el
texto hay una hoja escrita con caracteres modernos, dando noticias
históricas y críticas sobre dichos libros.

87. SERMONES DEL
PAPA INOCENCIO III. Un volumen en 4.° prolongado, en pergamino, de
140 páginas. Es del siglo XIII. Hay un prólogo con una hermosa
inicial, que comienza así traduciéndolo del latín: «Inocencio
Obispo, Siervo de los Siervos de Dios. Al amado hijo Amaldo,
Abad Cisterciense, salud y Apostólica bendición.

Después del prólogo principian los sermones por las dominicas
de Adviento. También hay algunos panegíricos de
Santos y sermones de varias materias morales.
Los asuntos están señalados con mucha claridad antes de cada sermón
con letras encarnadas.
Al principio de este Códice hay dos
hojas, que por la letra y por su contenido se comprende que debían
ser de algún otro libro.


88. CUESTIONES DE FILOSOFÍA.
Un volumen en 4.°, mayor, en pergamino, de 312 páginas. Es del
siglo XIV. Este Códice no tiene división de materias, ni siquiera
están señaladas las distinciones, como en los otros Códices, con
números en el margen o con letras. Únicamente se conoce la
separación del asunto, en que la letra inicial del párrafo es más
grande y está adornada.
Hay foliación hasta la hoja 120, donde
concluyen las cuestiones de Filosofía. Después sigue un diccionario
muy extenso de los cuatro libros del Maestro de las Sentencias.
Por
lo que se observa en este Códice y en otros, en aquel tiempo era
algo frecuente escribir en un mismo libro obras de dos o más
autores.

89. TRES CODLIBETOS DE FRAY HORVEO NATEL BRITON. Un
volumen en 4,° prolongado, en pergamino, de 138 páginas. Es de
principios del siglo XIV. En la parte superior de la primera página
hay esta inscripción en castellano y en letra moderna:
«Tres Codlibetos del Maestro Horveo, Inglés» Probablemente
este último nombre indica la patria del autor. En las notas que hay
al fin de cada codlibeto nada consta sobre esto, aunque se consignan
algunos datos. Dice así una nota copiada del latín. «Concluye el
primer codlibeto de Fray Horveo Natal Briton, de la orden de
Frailes predicadores. Doctor en Teología» Deo
gratias. En el segundo codlibeto se dice lo mismo. Después del
tercero hay una especie (especio en el original) de índice de
otra época y de diferente letra. Este Códice no está foliado; pero
los codlibetos se señalan con números en la parte superior de cada
página. En el margen hay algunas notas muy antiguas.

90.
REGLA DE SAN AGUSTÍN. Un volumen en 4.°, mayor, en pergamino, de
282 páginas. Es del siglo XII. Este Códice es parecido al del n°
85, aunque es mucho más antiguo. Además de la Regla de San Agustín,
también contiene la exposición de la misma por Lorenzo
de San Rufo
, y el Martirologio. Al fin de este hay
una hoja de un antiguo Calendario; se conoce que las demás hojas
fueron cortadas. Sigue después el Necrológio de los Obispos,
Canónigos, y otras personas bienhechoras de esta
iglesia.
Al principio, o sea en los folios 6 y 7, se halla un
documento muy curioso bajo el punto de vista histórico. Es un
escrito firmado y signado por el Obispo D. Ponce de
Torrella
, y por varios Canónigos y Dignidades de
esta iglesia, el año 1225, estableciendo cuando vivían todos
en comunidad, lo que debía darse en la mesa para comer
según los diversos tiempos del año.
También hay una nota de
letra muy antigua, en la parte superior de la página donde comienza
el Martirologio, que dice así, traduciéndola del latín: «Libro de
Santa María (aludiendo al título de esta catedral) Si alguno lo
quitare, sea anatema.»

91. COFRADÍA DE NUESTRA SEÑORA DE
LA CINTA. Un cuaderno en papel, escrito en letra cursiva.
Es del siglo XVII. No se sabe el motivo de haberse puesto este
cuaderno junto con los Códices antiguos. Aunque forma un volumen,
regular, sólo hay escritas doce hojas. Se comprende que tenía por
objeto anotar todo lo referente a la Cofradía de la Santa Cinta,
y a las funciones religiosas con que se honraba la Sagrada Reliquia.

Principia por un resumen de la Bula del Sumo Pontífice Paulo
V
concediendo varias indulgencias a los Cofrades;
luego siguen por orden alfabético diferentes notas relativas a la
fiesta de la Santa Cinta, gastos de la misma, etc.

92.
CANTORAL PARA LA SEMANA SANTA Y OTRAS FESTIVIDADES. Un volumen en 4°
en pergamino, de 194 páginas. Es de últimos del siglo XIII o de
principios del XIV. Contiene las Letanías de los Santos, y la Misa
para los tres días de las Rogativas que se celebran antes de la
Ascensión. Dicha Misa está con notas de canto llano, así como
algunos Evangelios y la mayor parte de lo que se canta en las
funciones de Semana Santa. También contiene la fórmula antigua de
admitir en la iglesia a los penitentes, o sea a los pecadores
públicos después de haber cumplido la penitencia
canónica que se les había impuesto. Y por último están las
oraciones para la consagración de los Santos Óleos en
el Jueves Santo.

93. Misal. Un volumen en 4° en
pergamino, de 224 páginas. Es del siglo XII. Este Misal es muy
parecido a los de los números 10, 11 y 56. Al principio hay dos
hojas que debían pertenecer a otro libro. La oración de San
Francisco de Asís
está añadida en el margen, de letra
distinta, posterior a la del Misal.
Según la costumbre de los
Misales de aquel tiempo, este también tiene en los dos folios antes
del Cánon, dos figuras, una que representa al Salvador, y otra que
representa a Cristo. Dichas figuras son una verdadera especialidad en
su clase por la rareza de los dibujos.



94-99


jueves, 28 de octubre de 2021

XVII. LAS DISCIPLINAS. (Tomás Aguiló)

XVII. 

LAS DISCIPLINAS. 


Quoniam ego in flagella paratus sum

et dolor meus in conspectu meo semper 

Quoniam iniquitatem meam anuntiabo: 

et cogitabo pro pecato meo. 

Ps. XXXVII. V. 18. 19. (Psalmo, salmo 37, versículos 18-19)


Voy a revelaros una historia muy sencilla, y que ciertamente os impresionaría si la hubieseis oído como yo de la boca misma de uno de sus principales personajes. Podré trasladar parte de sus palabras; pero no el tono de su voz, ni el calor de sus expresiones, ni la energía de su profundo sentimiento. Entonces era el corazón que hablaba, ahora es un eco impasible y frío que vuelve únicamente los sonidos. 

No achaquéis a vanidad el consignar en estas páginas mi piadosa costumbre de permanecer largo rato en la catedral, después que se ha derramado por sus puertas el inmenso concurso que en ella hierve al pasar la procesión del jueves santo. Me gusta contemplar a mi sabor aquel sagrado monumento, resplandeciendo en la soledad, y despertando suavísimas emociones en medio del alto silencio de la noche. Situado en la extremidad opuesta observo con placer el conjunto de simétricas luces que, a causa de la distancia y de la cortedad de mi vista, parecen entretejer las hebras de sus coronas radiantes, asemejándose a una tela de oro tendida a los rayos del sol. Tal vez las ideas propias de aquella hora y de aquel sitio suspenden una lágrima en mis pestañas, y entonces su sombra aparece en cada una de las luces, y la alfombra de llama que cubre la escalinata se me representa como bordada de extraños arabescos que imitan la pomposa rueda de un pavo real. Hermoso es también ver colgado en medio de aquella nave el enorme lamparón como un sol arrancado de su órbita ordinaria, las sombras de los arcos y columnas que destacan en los muros de las otras naves, y el todo imponente de aquel vasto edificio que se prolonga y pierde en el fondo obscuro de la capilla mayor. Sentado pues allí en un banco, a guisa de artista delante de su modelo, o hincado de rodillas como cristiano delante de su Dios, me entrego a una doble contemplación en que los afectos piadosos y las imágenes poéticas se suceden a porfía sin embarazarse mutuamente, y como que respire una aura deliciosa en que la devoción y la poesía mezclan y confunden sus odoríferos perfumes. Y no creáis que haya necesidad de ser muy ascéticos para saborear la dulcedumbre de este recogimiento, pues por poco arraigado que esté en el corazón el sentimiento religioso, por poco que puedan las fuerzas del espíritu traspasar la esfera de los sentidos, como que aquella noche nos lleve de la mano, y nos conduzca a una región misteriosa, donde si Dios no se deja ver, al menos se deja sentir como el calor del sol en un ciego de nacimiento: y donde el hombre siente a Dios, allí hay poesía, porque Dios es la fuente de lo sublime, y en la expansión del alma fluye suavemente el raudal de las inspiraciones. Aquel suntuoso aparato cuya majestad no disminuye por la escasez de espectadores, aquella soledad en que no estorban los pequeños y aislados grupos que sobre el lustroso pavimento como sombras destacan, aquella quietud profunda no turbada por el leve movimiento de rezagados fieles que vienen todavía a orar o van a buscar su necesario descanso, aquel silencio sólo interrumpido por el pausado, monótono y alternativo canto de unos pocos clérigos que recitan la salmodia, todo esto son, por decirlo así, medios poéticos que allanan el camino a ideas de superior naturaleza. Las impresiones atraen los recuerdos: lo presente hace vivir en lo pasado, y aquella decoración magnifica, mirada al través de la nube condensada por el aliento sucesivo de todo un pueblo, ya se transforma en el Cenáculo, donde el generoso Amigo da el abrazo de despedida a sus amigos queridos, ya la imaginación impelida por el afán de la memoria y por la comparación de las horas, mata de un soplo todas aquellas luces, y vuela al jardín de las Olivas donde el generoso Amigo va a recibir el abrazo de muerte y el beso fatal del amigo traidor. (Judas; Getsemaní, monte de los olivos)

Con estas ideas traía ocupada la mente hará unos diez años, cuando por casualidad, o mejor dicho, por distracción fijé mi vista en un gallardo pero macilento joven, que medio oculto en la sombra del último confesonario, parecía orar con toda la compunción de un penitente, el fervor de un cenobita y la calma de un ángel. Cruzadas ambas manos sobre el pecho y algo inclinada sobre el hombro la cabeza, permanecía arrodillado e inmóvil, como si fuese un busto de piedra labrado para personificar el recogimiento. Mientras le estaba observando sobrecogióme el primer toque de las nueve. Hay esta noche algo de imponente y misterioso en la vibración repentina de la campana horaria, sobre todo para el que está acostumbrado a oírla precedida siempre por la campana de los cuartos. Enmudecida esta, parece que el tiempo ha cambiado de medida, y como son más largos los intervalos de silencio, su interrupción es más brusca o inesperada: así es que a pesar de tenerlo sabido aquel golpe suele causarme una impresión indefinible; pero entonces fue mayor el efecto que produjo en la actitud y fisonomía del joven que yo contemplaba. Sin duda aquel sonido había vibrado en el fondo de sus entrañas, sin duda sería el eco de otros sonidos que marcaron la hora de grandes felicidades o de grandes infortunios, pues le estremeció como si la voz del reloj le profetizase una horrible tribulación. 

En seguida sacó un objeto que no pude distinguir, lo envolvió cuidadosamente, y ocultándolo en sus manos le prodigaba repetidos besos con suma pasión y enternecimiento. ¿Qué especie de superstición sería aquella? Yo veía el movimiento de su pecho, la crispación de sus dedos, el grueso llanto de sus ojos; y vi luego que desfallecido, no pudiendo tenerse de rodillas, tuvo que doblar el cuerpo y hacerlo descansar sobre sus piernas, reclinando en las tablas del confesonario su semblante pálido como el de un cadáver. Lance era este para excitar la curiosidad del hombre más indiferente, y la compasión del más egoísta. Acudí a socorrerle, y tomándole una mano, conocí que apretaba también unas disciplinas cuya humedad me hizo estremecer: creí de pronto que estaban bañadas en sangre; pero no eran sino lágrimas recientes: sangre había también, aunque sus gotas estaban ya secas! Si quedé sorprendido no hay que decirlo: iba a retirar la mano, y el afligido mancebo me contuvo con un ay! doloroso que me traspasó el corazón. Por fin animándole con blandas palabras le saqué fuera de la iglesia, y le conduje al Mirador para que el fresco de la noche, la brisa del mar y la hermosa claridad de la luna avivasen sus medio aletargados sentidos. 

¿A qué trasladar palabra por palabra nuestro coloquio? Bastará decir que fue el origen de una amistad eterna, y que si publico sus arcanos, es para proporcionar a mi interlocutor un nuevo amigo en cada lector que simpatice con una historia tan parca de novelescos incidentes, como llena de candor, religiosidad y sentimiento. Héla aquí como él me la refería. 

“Esta noche en que se rememora la prueba más espléndida del amor divino, fue la noche en que mi corazón se sintió súbitamente henchido del amor humano. No vayas a creer profanación este enlace de ideas, porque el cielo y la tierra tienen cadenas misteriosas que los unen, y feliz el que puede servirse de ellas como de la escala de Jacob, para ascender más fácilmente. Oh! yo había encontrado una de estas cadenas de valor infinito, y en un momento de delirio con mis propias manos dividí sus eslabones! Educado en el seno de piadosa familia, llegué a los veinte años tan puro e inocente como otros jóvenes llegan a los quince; mis pasiones dormían el sueño de la infancia, y un hábito de piedad las arrullaba, sin saberlo yo, para que no despertasen. Contento o resignado seguía la senda que se abría ante mis ojos, y la seguía sin imaginar la posibilidad de otra, ni recelarme del cansancio por su monotonía, o del fastidio por su soledad y aislamiento. Nuestro porvenir está detrás de espesa cortina, y nunca me había preguntado: ¿qué es lo que habrá detrás de la mía? Era esto confianza en Dios o reprensible descuido? Fuese una o otra cosa, yo vivía tranquilo, y ahora lloro como el más desgraciado de los hombres; pero si me fuese dado volver a tal sosiego sin esperanzas de conocer el bien que para siempre y por mi culpa he perdido, preferiría vivir la vida de dolor que arrastro, gemir bajo el peso de los remordimientos que me consumen, atravesar este páramo desierto, sin flores, sin luz, sin horizonte alguno, por solo el consuelo de volver la vista atrás, y contemplar la bellísima imagen de felicidad que el cielo me había deparado, y que el cielo justamente me arrebató. 

Dos años (se) cumplen hoy que, disminuida gradualmente la brillante concurrencia que al anochecer inunda las naves de la catedral, me hallaba recostado en una de las columnas inmediatas al monumento, cuando volví los ojos y sorprendido los clavé en una joven, que al lado de su madre permanecía inmóvil y como sumergida en profunda contemplación. Muchos son los corazones cuya suerte ha decidido el aspecto súbito de una beldad; pero había allí algo más que belleza, y esta era la... ¿Diré de un ángel? Oh! esta comparación se ha hecho demasiado vulgar, la han desvirtuado y ya nada significa, la han profanado, y no quiero aplicarla a un objeto que tan justamente la merecía. Su compostura y aseo, su traje elegante al par que modesto, sus finísimos cabellos prendidos con tanta gracia como sencillez me hicieron comprender que aquella joven ni conocía al mundo, ni era del mundo conocida. Quise apartar los ojos; pero aquella visión me tenía encantado: obraba en mí con todo el poder de un magnetismo celestial; destilaba sobre mi corazón un aroma desconocido. Contemplaba aquellas facciones peregrinas en que la delicadeza del contorno se hermanaba tan bien con la suavidad del colorido, y veía en su conjunto un sello radiante de angélica pureza que constituía la hermosura de su hermosura. Fija mi vista sobre ella, y ella de rodillas y con los párpados blandamente caídos, nos parecíamos en algo al bajo relieve de la Anunciación del famoso Berruguete, hasta que un leve movimiento me hizo cambiar súbitamente de postura. Punzábame vivísimo deseo de ver sus ojos, que imaginaba semejantes a los de un serafín, cuando ella de improviso levanta el velo de nieve que los cubría, sus pupilas inmobles se fijan en el santo sepulcro, y un rayo de luz divina reflejando en su azul purísimo viene a iluminar mi espíritu e inflamar mi corazón. Entonces me estremecí, y por un impulso irresistible me arrodillé también, no para adorar aquella mujer, sino para adorar a Dios que la había criado tan perfecta, y me la había allí traído, y hacía rebosar mi pecho de vagas e inefables esperanzas. Como tal vez el pecador vuelve a él cuando en medio de sus fugaces placeres le sorprenden las amenazas del infortunio, así el justo vuela al regazo del sumo Bienhechor cuando ve que le embiste un torrente de felicidad, y se congratula con él, y su alegría misma es ya un tributo de gratitud y un cántico de alabanza. Yo oraba con más fervor, sentía una compunción cual nunca la había experimentado, prorrumpía en lágrimas de bálsamo, como si aquel incremento de ternura y de piedad fuese una emanación, un efluvio de mi amor recién nacido. Oh! qué momentos aquellos en que un joven cuenta por primera vea palpitaciones tan dulces como extrañas, y divisa todo su porvenir al través de la hermosa llama que se levanta en su corazón! Otros amantes los habrán disfrutado parecidos, pero no iguales. 

Estos momentos entrañan las semillas de todas las dichas futuras, y las vicisitudes del tiempo no hacen más que ahogarlas o auxiliar su germinación; pero la vida tiene un confín demasiado estrecho, y como el amante no suele abarcar más que su horizonte, su pensamiento se estrella y se pierde en el sepulcro: no así el mío, que se lanzaba y perdía en la eternidad. Mi fruición en la tierra iba a ser preludio de mi fruición en el cielo, mis dichas perecederas e inmortales se me representaban como añudadas con la mística aureola de aquella joven, que me aparecía visiblemente predestinada, y cuya mano debía de ser también prenda segura de eterna salvación. Estas ideas bullían en mi mente, y pasaba el tiempo sin que apenas percibiera yo su curso, cuando el reloj dio las nueve, y la madre y la hija se levantaron para salir de la iglesia. 

Seguílas sin que lo advirtiesen, paso a paso y con el corazón estremecido, a la manera de Pedro cuando seguía a su divino Maestro preso y maniatado, y como Pedro me quedé solo en el umbral al entrar ellas en su casa. No me había atrevido a hablarlas por el camino, porque mi turbación inexperta podía venderme, y yo no tenía ánimo bastante para aventurar el tesoro de esperanzas que en mi seno llevaba; pero había oído en cambio un metal de voz tan tierno como una súplica a la Virgen, tan delicioso como el tapadillo de un órgano, tan religioso como el toque de la campana que llama a la oración. Había sabido también que aquella joven se llamaba María, y ya que este nombre no sea privilegio exclusivo de la Reina de los ángeles, me parecía entrever en él algo de simbólico que cifraba la pureza de las formas y la mística hermosura de mi amada. ¡Y verla desaparecer sin haberme atraído antes una sola mirada suya, por casual, por indiferente que hubiera sido! Si se hubiesen encontrado nuestros ojos ¿quién sabe si se hubieran comprendido nuestros corazones? y sin este primer eslabón ¿cómo forjar la cadena que debía enlazarlos mutuamente? Y no era probable que una palabra de amor escapada de mis labios la espantase, como a tímida paloma el tiro que retumba en los valles? Ciertamente ella creería que el amor vestía siempre el ropaje de mundanas pasiones, y su aparición improvista la hubiera turbado, como a María la de un ángel desconocido y cubierto con la túnica de los hombres. Era preciso que yo le enseñase mi corazón antes de decirle que por ella ardía. Estas reflexiones me aquejaban en la soledad, y como que aquellas paredes tuviesen una fuerza magnética que no dejaba separarme de ellas. Recordaba al Petrarca, que en ocasión tan parecida se enamoró de su Laura, y tuvo que llorar por tantos años su malogrado amor. ¿Lloraré yo también sobre la tumba de María?.. 

En esto vi acercarse un joven que conocí a la claridad de la luna, observé en su fisonomía algunos rasgos de semejanza con la de mi hermosa desconocida, y no dudé que fuese hermano suyo. Causóme agradable sorpresa este descubrimiento, y confirmó mi sospecha verle entrar en su casa. Entonces me ocurrió un pensamiento, y alborozado fui a recogerme a la mía. 

Anselmo aprendía el dibujo, y resolví luego estudiarlo con el mismo profesor a fin de trabar amistad con aquel, esperando que me franquearía las puertas de su casa o las puertas de su corazón. Una vez dueño de mi secreto, estaba cierto de que en su bondad no cabía la aspereza de deshauciarme. Además, si fallidas mis esperanzas María se negaba a labrar mi dicha en esta vida, a sembrar de flores mi camino a la eternidad, a hacer para mí de este mundo la antecámara del cielo, no me serviría de consolación y alivio pasar al lienzo con mis manos la imagen que veía luminosa en el fondo obscuro de mi pecho, y tener en mi soledad un retrato por única compañía? No hubiera sido fortuna para mí tener siempre a la vista aquel dechado de hermosura para dechado de virtudes? Como lo resolví lo puse en obra, y a las pocas semanas era ya el condiscípulo favorito de Anselmo. Sin hacer del hipócrita, había procurado manifestar mi índole, mis ideas y costumbres bajo el aspecto más favorable, y en cuanto podía amoldaba mi carácter a los sentimientos de mi amigo. Después de algunas horas de estudio salíamos juntos a dar un paseo, entrábamos a rezar en una iglesia, y luego le acompañaba hasta su casa. ¿Cómo expresar mi júbilo cuando él mismo me invitó a subir, y me presentó a su madre y hermana? Parecíame haber atravesado por fin un barranco quebrado por horrendos precipicios y erizado de punzantes espinas, haber vadeado felizmente un río caudaloso y espumante, haber trepado a la cima de escarpado repecho desde el cual se divisaba una senda florida y el término de mi peregrinación. Respiraba el ambiente aromático de aquel nuevo edén, y no temía que me engañase astuta serpiente para arrojarme de mansión tan deleitable. Menudeaba mis visitas, y todavía no había arriesgado una palabra de amor: ocultaba mi fuego, porque aquella cándida hermosura no conocía otra llama sino la del amor divino, y sin embargo yo gozaba una dicha indefinible en aquellas conversaciones en que los ángeles sin degradarse podían alternar con nosotros. Era aquello una especie de beatitud íntima, un éxtasis del alma que tenía a raya los sentidos, un torrente de dulzura que se represaba en el corazón. Cada día admiraba más el talento de María, porque era igual a su hermosura, y a su hermosura y talento les sobrepujaba solamente su virtud. Cada día me embelesaban más su gracejo y su modestia, y mi amor iba creciendo a medida que descubría nuevas perfecciones. Así pasaron días y más días, y sin poder explicar el cómo, puedo decir que por fin nos habíamos comprendido recíprocamente. María me amaba, me lo había dicho sin que esta confesión ingenua empañase en lo más mínimo su pudor virginal, ni avivase con el sonrojo los purísimos colores de su mejilla.
Oh! y qué dulce era entonces la vida! Yo había encontrado una perla preciosa como aquella del Evangelio, y estaba seguro de poseerla. Qué diversiones del siglo podrían contrapesar el suave aroma que se destilaba gota a gota en mi pecho al verme junto a ella, cuando por las noches hacía labor al lado de su cariñosa madre, entretenidos los tres en dulces pláticas o lecturas religiosas! Algunas veces las acompañaba por solitario paseo, o al salir de alguna iglesia poco concurrida, porque gustaban de la soledad para sus oraciones como del secreto para sus obras de caridad: les bastaba que su nombre ignorado del mundo estuviese escrito en el libro de la vida. Algunas veces bajábamos al jardín, y regábamos o cultivábamos unos hermosos cuadros de flores, o cogíamos las más bellas para adornar una imagen de la Virgen, que parecía velar junto al lecho inmaculado de María. Algunas veces ella se sentaba al piano, o me leía algunas poesías místicas, y su voz o su mano eran dignos intérpretes del contemplativo León o del patético Mozart. Oh! y qué dulce era entonces la vida! Si en el cielo, donde todo amor se resume y termina en Dios, puede haber no obstante diferencias de cariño entre sus respectivos moradores; si hay un ángel y un serafín que particularmente se amen, tal pudiera ser el tipo de nuestros amores. Yo he amado como los ángeles todo espíritu, y he amado como los hombres todo carne, y sé que los transportes de una pasión satisfecha entre los ardores más vivos de la imaginación y los halagos más seductores de los sentidos, no valen una centésima de aquel divino arrobamiento con que al lado de María paladeaba yo los suaves efluvios de su castísimo afecto. 

Un día habíamos leído las palabras que la reina doña Blanca solía dirigir a su hijo san Luis. Era de noche, y sentados en el balcón respirábamos su fresca brisa, perfumada con el aroma de las flores que subía del jardín, mezclándose con la fragancia de unas macetas de albahaca, y la de una enredadera de jazmines que de toldo nos servía. Resbalaban por entre sus hojas los rayos de la luna, que brillaba en un cielo de trasparente azul como los ojos de mi amada. Yo la estaba contemplando como si nunca la hubiese contemplado. En su alta y despejada frente estaba escrito: modestia virginal, candor angélico, amor divino: y yo lo leía claramente y ni siquiera me acordaba de su belleza exterior, yo veía su alma con una visión intuitiva, y hubiera querido volverme todo espíritu para enlazarme a ella con un vínculo indisoluble. 

- Luis, me dijo, más quisiera llorarte difunto que verte en desgracia de Dios. 

- Sí, respondí sin comprenderla, estas fueron las expresiones de aquella santa princesa. 

- ¿Y por qué no han de ser también las mías? Por ventura en el pecho de un amante ha de caber menos fortaleza o resignación que en el de una madre? 

Esta réplica me desconcertó; conocía yo aquella alma tan sublime como candorosa, y la conocía capaz de heroicos sacrificios. Ella proseguía: Si me ofendieses te perdonaría, sí me abandonases te lloraría, si murieses, vestida de luto rogaría sobre tu sepulcro y aguardaría la muerte para reunirme a ti; pero si por un momento perdieses a Dios, me perderías a mí para siempre. 

- Cómo! y el arrepentimiento? 

- El dolor del arrepentimiento no vuelve el candor de la inocencia. 

- El que ha caído puede levantarse y proseguir su camino, el que ha pecado puede ser todavía un santo... 

- Pero no un ángel. Todos los atractivos de una viuda joven y hermosa no valen la diadema de una virgen.- Yo no sabía qué responderle, porque sus palabras ejercían sobre mí un poder maravilloso, y además sentía por primera vez un peso desconocido que me oprimía el corazón. Pasaba sobre mi alma algo de incomprensible que pudiera ser simbolizado por la nube, que cubriendo a la sazón el disco de la luna, interceptaba su benéfica luz. Penetrado de vaga tristeza incliné mi frente, como flor que siente secarse el jugo que la nutría, porque si bien no percibía la amargura de una amenaza desleída en la suavidad de aquellos acentos, experimentaba con todo la angustia de un presentimiento inescrutable. María no podía verme afligido. Sonrióse dulcemente y me dijo: ¿Por qué estás triste? No sabes que Dios nunca abandona a sus hijos, que sólo es el hombre el que suelta la mano de tan buen padre? Oh! tú tienes poca fé! 

Cuidado que no andarás sobre las aguas. Vamos, ven; si no sirvo para tu consuelo, serviré al menos para distraerte. Y se levantó ligera como paloma que toma el vuelo desde una piedra poco elevada. 

Sentóse al piano, y aunque estaba junto a ella, sus preludios no me disipaban aquel acceso de melancolía; entonces abrió al acaso una partitura y me dijo: 

Vas a cantar conmigo ese dúo. María tocaba medianamente, pero cantaba poco; no quería piezas de ópera, ni poseía un estilo brillante; carecía de recursos artísticos, pero lo suplía todo la dulzura de su voz. Ella empezó Quis est homo qui non fleret. Era el stabat de Pergolessi, esta obra para la cual buscaba el genio las inspiraciones en el fondo del corazón. Era el duettino favorito de María, lamento de dos almas y eco doble de misterioso dolor: versículo lleno de languidez y sentimiento, tan sencillo en sus combinaciones armónicas como penetrante por su inefable melodía. Escuchábala tan asombrado y conmovido que por dos veces no acerté a entrar a tiempo. Al fin unimos nuestras voces; pero yo desafinaba como una cuerda rozada, porque tenía mis ojos preñados de lágrimas y mi pecho de sollozos. La letra y la música redoblaban la tristeza de mi alma predispuesta a sus efectos; así es que a poco de haber entrado en el allegro desmayaron mis fuerzas, prorrumpí en copioso llanto, y no pude continuar. Sobresaltada María dirigióme una mirada llena de ternura y exclamó: Luis! ¿qué es lo que tienes? estás malo?- Oh! la dije, no oyes el chasquido acompasado de estos azotes? No oyes cómo desgarran las espaldas del mansísimo Redentor? Cómo cupo en pecho humano tan bárbara fiereza? 

Oh! este espectáculo es demasiado cruel! Dios mío! Dios mío!

Otras veces había meditado este doloroso misterio, otras veces había oído el arpegio que con tanta propiedad imita el caer de aquellos sangrientos golpes, y nunca me había asaltado terror tan profundo y religioso. ¿Por qué se desvaneció poco a poco esta impresión melancólica al par que saludable? Poco importaba que mermase el raudal de mi alegría, con tal que no se enturbiara el arroyo cristalino de mi amor: ahora no sería mi corazón un cauce estéril cubierto de seca y abrasada arena. 

Orgulloso de mi dicha, orgulloso de poseer un tesoro tan espléndido como el corazón de aquella virgen celestial, no cabía en mí de contento; pero en vez de ser como el avaro que se encierra en su gabinete para gozar el deleite de contemplar a solas el oro de que es dueño, empezó a aguijonearme la loca tentación del vanidoso que cuenta la admiración del vulgo como aumento de su fortuna. El que nada tiene que envidiar quiere ser envidiado. Mi corazón ascendido a una altura inmensa, en vez de respirar con afán aquel aire purificado de toda exhalación terrena, y cernerse blandamente al lado del de María, empezó a sentir su propio peso, y plegando con el descuido sus alas, y adormeciéndose en medio de aquel amor sin temores, sin recelos, sin oscilaciones, dio lugar a que vagos y pueriles deseos se apoderasen de mis sentidos para turbar la calma de aquella fruición bienaventurada. Desde la apacible soledad que nos rodeaba, hasta los puntos infectos de la atmósfera del mundo veía yo una distancia enorme, inmensa, imposible de atravesar, y solamente quería que nos adelantásemos algunos pasos para coger de las flores con que nos brindaba su engañoso camino. María en su inocencia comprendía mejor que yo los peligros que me atrevía a desafiar, y sin que dudase de mi valor, no podía consentir en verme expuesto siquiera a la lucha, porque una herida mía, un solo rasguño la había de lastimar atrozmente. 

Por esto se esforzaba en desvanecer mi desatentada ambición con toda la ternura de su cariño, y resistía a mis lisonjeras insinuaciones con toda la energía de su virtud. - ¿Qué nos falta? decía. Por qué buscar las diversiones del siglo? Teniendo a Dios siento el cielo en mi alma, poseyendo tu amor pruebo todas las delicias de la tierra: el vaso está lleno, por qué verter en él agua insípida que hiciera derramar licor tan exquisito? - Yo enmudecía entonces, me era imposible contradecir abiertamente; pero en mi interior juzgaba demasiado severos sus 

principios: me cautivaba la dulzura de su aspecto y me contristaba la fuerza de su elocuencia, sus razones me subyugaban; pero no me convertían, y quedaba en mis entrañas una semilla perniciosa que lentamente se desenvolvía para inficionar mi corazón. Creíame con derecho de exigir un pequeño sacrificio cual prueba de su amor; yo que nada sacrificaba en prueba del mío! 

Anselmo el hermano de María era un joven totalmente entregado a la piedad. La devoción era, por decirlo así, su pasión dominante, y sin tener crímenes que expiar, reproducía en medio del mundo las austeridades de los antiguos anacoretas. Todas las tardes, como llevo dicho, entrábamos a rezar en una iglesia, y a menudo era esta el oratorio de Padres de la Congregación. Asistíamos al diario ejercicio de la oración mental, al que en días señalados seguía una áspera disciplina. Espectador aterrado e inmóvil de aquel combate sangriento entre la carne y el espíritu, me arrinconaba en un ángulo del templo, me agachaba como soldado cobarde, y no osando respirar el aire negro de aquellas bóvedas que en su obscuridad parecían aplastarme, escuchaba silencioso el chasquido incesante de unos azotes que magullaban espaldas inocentes, ora imitando el movimiento de un péndulo al compás de un canto grave y no falto de animación, ora sucediéndose rápidamente como los golpes de un director de orquesta en una fuga precipitada. Era aquello un ruido atormentador: mis ojos se cerraban como si temiesen ver en las tinieblas, y mis oídos se tendían como para sorprender una queja involuntaria de dolor material; pero estaba rodeado de víctimas sin gemidos, que ofrecían gratuitamente la sangre de sus venas para contrapesar el aroma profano de los placeres del mundo. Era una escena de terrible contraste: aquellos para quienes debía ser menos temible el fallo de la suprema Justicia, clamaban misericordia! misericordia! y junto a ellos dormían profundamente los reos, o quizás les recompensaban con el escarnio la suspensión de la venganza divina. Yo no me sentía con valor para imitarles; pero admiraba a aquellos hombres humildes y sencillos, que alentados por un recuerdo de la Pasión, arrojaban su sangre en la cara de nuestro siglo para avergonzarle de su molicie, como los mártires se entregaron a la muerte para derrocar el paganismo, y los santos de la edad media a inauditas asperezas para domesticar la barbarie de sus contemporáneos. Tal vez creían satisfacer sus deudas, y pagaban por las de sus hermanos, como el Redentor del humano linaje. 

Nunca había empuñado unas disciplinas: testigo ocioso y mudo, padecía en esta escena de la que sólo conocía las tinieblas y el ruido, y ansiaba la salida de la luz, que, como la del sol, debía serenar aquella tempestad de sangre; pero desde que al lado de María un presentimiento obscuro vino a turbar el júbilo de mi alma, hasta la idea de semejante maceración me era un martirio insoportable. Salíame por lo mismo y aguardaba a mi amigo en las afueras de la iglesia. 

A poca distancia está el teatro: acercábame a la rampa inmediata, y desde allí oía subir un canto tan delicioso, una voz tan hechicera que me atreví en mi interior a compararla con la de María. No tuve ni la previsión ni el ánimo de Ulises, y escuchaba a la encantadora sirena atónito, embelesado, aproximándome cuanto podía; y luego que finalizada el aria estallaba una tempestad de aplausos, palmoteaba yo también a mis solas como un demente, y se agitaba todo mi cuerpo como el de un convulso. Esta sensación de un placer desacostumbrado fue el primer secreto que guardé para mí mismo sin confiarlo a María. Hostigábanme vivos deseos de escuchar aquella voz desde más cerca y presenciar un espectáculo no visto. Podía muy bien ser esto un deseo inocente; pero satisfaciéndolo me exponía a disgustar a la que de tan suaves delicias empapaba mi corazón, y ese temor no me contuvo. Abrióseme un mundo desconocido, y entré en él moralmente deslumbrado: a cada momento una nueva impresión, a cada impresión un nuevo hechizo, y cada hechizo debía costarme una lágrima! Oh! estos recuerdos que tanto me acongojan son el reverso de aquellas imágenes que tanto me seducían: soy como una avecilla que cruelmente herida se escapa de las fauces mismas de la serpiente que la fascinaba, y me duele contar uno a uno los síntomas de mi fascinación. 

Una actriz llegó a transformar todo mi ser, perturbó mi razón, derrocó mi virtud, y entibió, resfrió y casi extinguió mi purísimo amor. 

Serafina con su aspecto de ninfa, su talle de sílfide y su voz de maga me arrojó del cielo a la tierra. Era una beldad completa según el mundo, y hubiera podido servir de tipo ideal para una deidad mitológica, así como María para el de una santa cristiana. Al presentarse en las tablas, me sorprendió como el ángel de las tinieblas cuando aparece disfrazado con su ficticio manto de impalpable luz, y me quedé con mis ojos tan abiertos como mis oídos. Maravillábame la sonoridad de su voz, el lujo de sus modulaciones, la suavidad o energía del tono, el claro obscuro de la melodía, la voluptuosidad del sentimiento, y ya no comparaba todo esto con el celestial acento de María, porque entonces la tenía olvidada. 

Las últimas notas de su canto fueron interrumpidas por un coro estrepitoso y universal de bravos y palmadas, entre los cuales descollaban mis aplausos como una voz estentórea en armonioso concierto. Llevado de mi entusiasmo habíame puesto de pie, y en aquel acceso de delirio interpreté a favor mío la mirada de fuego y la sonrisa de orgullo que Serafina a todo el público dirigía. Salí del teatro medio enloquecido. ¿Por qué no comparaba la exaltación febril de mis ideas, las violentas sacudidas del corazón, el torbellino de fuego que volteara mi alma al aspecto de Serafina, con el tranquilo arrobamiento, el deliquio de felicidad inefable, la blanda inmersión en un lago de leche y miel que produjo en mí la vista de María? 

Desde entonces el placer de la ópera iba robando una y otra noche a la fruición más pura de platicar dulcemente con María. Mi tentador y mi custodio me brindaban los dos cada uno con su copa de amor y delicias, y yo de cuando en cuando seguía al primero, y dejaba a María que en su soledad lamentaba tal vez mi ausencia. Sí, ahora sé que en mi ausencia lloraba, porque en nuestras conversaciones había resonado sobradas veces el nombre de Serafina. 

¡Y siempre era yo quien lo profería! Decía a mi amada que debía oír aquella voz, y aprender su brillante estilo para progresar en el canto, y ella me respondía: Cómo! Luis, ¿no te basta lo poco que sé para despertar religiosas emociones en tu pecho, para arrullarte cuando te aduermas en mi regazo, para consolarte en las tribulaciones que a Dios plazca enviarnos? Oh! yo creía que mi voz sola sería para ti como el harpa de David que tranquilizaba el ánimo agitado de Saúl. - A pesar de estas dulces reconvenciones, persistía en mi loco empeño, alteraba más y más el concierto unísono de nuestras voluntades, y abatía más mi vuelo hacia la tierra, cuando ella seguía con más firmeza remontándose a una esfera celestial. María incapaz de concebir ignobles celos, porque su amor vedaba el paso a la desconfianza, me sonreía dulcemente, me acariciaba como a un hermano enfermo, me prodigaba la ternura de una madre, porque mi vista la alegraba y quería me alegrase la suya; pero el nombre de Serafina, que en mi ceguedad tantas veces repitiera, fue una flecha emponzoñada que se clavó en su corazón. Lloraba a solas para ocultarme su tristeza, y Dios era su solo confidente: porque Dios o yo podíamos ser únicamente sus consoladores. 

Ella lloraba, y yo aplaudía una cantatriz! 

El camino del mal se anda rápidamente. Yo conocía a Serafina, visitaba su casa, arrojaba suspiros de fuego en su presencia... yo la había pedido un amor que ni era su mano ni su corazón. Y ella se había sonreído! Se negaba a mis instancias; pero ni leve sombra de rubor virginal había velado su semblante. 

La esperanza del triunfo me abrasaba, y reía yo convulsamente, como si imitara la risa de Satanás que en sus redes me tenía envuelto. 

Anochecía una vez, cuando fui a su casa creyendo encontrarla sola, y la hallé rodeada de amigos y compañeras que con descompuesta alegría se entregaban a los placeres de la mesa. Invitáronme y aun forzáronme a participar de los relieves de la orgía. Licores exquisitos, variados y numerosos se sucedían sin intermisión alguna. No acostumbrado a tales escenas me avergoncé de confesar mi templanza; fui hipócrita del vicio, y abandonóme allí la razón como en su umbral me había abandonado la virtud. Me es tan imposible recordar lo que en mi interior acontecía, como lo que a mi vista pasaba; sólo sé que Serafina se levantó, pasó a otra pieza, y poco después vino a mí con un cuaderno de música arrollado en sus manos: 

- Caballero, me dijo, esta es la sinfonía que Vd. busca. 

- Bien, respondí sin comprenderla. 

- Esta noche estudiará Vd. el adagio hasta tocarlo perfectamente, no es verdad? 

- Estudiaré... 

- Vamos, esta noche llegará Vd. al allegro. 

Y diciendo esto se reía como una loca, y luego con un tono entre profético y burlón añadió: 

- Estamos? el adagio, después vendrá el allegro. 

Yo nada adivinaba, mudo como un estúpido, tenía mis ojos clavados en ella, y ella me miraba también con enigmática sonrisa, me hacía guiños misteriosos, y dándome una palmadita en el hombro me despidió. 

Hervía la sangre en mi cuerpo como si la calentase un fuego infernal, sentía un vértigo espantoso en mi cabeza, y ebrio, ebrio como estaba, entré en la casa de María. Sola en su aposento la casta paloma no aguardaba seguramente que viniese el dueño de su amor transformado en odioso milano: me presenté a ella con precipitada acción, y si no la asustaron mis torcidos pasos, debieron de asustarla mis desencajados ojos: mis ideas estaban confusas, traía un caos en la mente y una hoguera en el corazón, y arrojándome súbito a sus plantas no sé qué expresiones me dictarían Satanás y mi embriaguez, sé tan sólo que la arrebaté una mano, y que diciendo: Serafina! Serafina! iba a mancillarla con impuro beso. Sacudió ella la mía como si fuera la de un condenado, y exclamando: Jesús de mi corazón! cayó desvanecida en el sofá. 

Azorado por aquel grito me levanté, y sin saber quizás por qué lo hacía, abrí una ventana dando así lugar a que una corriente de fresca brisa acariciase el descolorido semblante de María. Aunque tenía apenas conciencia de mí mismo, su repentina palidez me impresionó vivamente como si fuese la de un cadáver. Al mismo tiempo atraída por el grito acudió la criada, y al ver el desmayo de su señorita volvióse luego y vino corriendo con un vaso de agua en una salvilla. Descubrir el agua, abalanzarme al vaso y bebérmelo hasta la última gota fue obra de un momento. No menos indignada que sorprendida mirábame la criada con el asombro que debió de causarle mi grosería, y yo la miraba también sin comprender su asombro; pero aclarándose un poco mis ideas conocí mi desatentado proceder, y murmurando no sé qué escusas desaparecí inmediatamente. Pocos minutos después yo dormía en profundo sueño, y María derramaba profundo llanto. Solo ya Dios podía ser su consolador. 

La mañana siguiente empecé a reflexionar sobre mis desaciertos: miraba mi corazón, y al verlo tan cambiado le conocía únicamente porque reflejaba aún la imagen de María; pero la reflejaba como un espejo empañado, y además divisaba en su fondo otra imagen que atraía demasiado mi atención. Creía haber substituido solamente el amor de Serafina al amor de la virtud; pero este y el que profesaba a María eran dos afectos gemelos que se nutrían de un mismo jugo y aspiraban un mismo aliento, que enfermaron a la vez y no podían sobrevivirse por mucho tiempo. Corrí a ver a mi ángel para atenuar los efectos de mi última locura, confiando más en su bondad que en mis disculpas, y al tocar el umbral de su casa creíame aún virtuoso y amante, porque tomaba los recuerdos por el sentimiento. Halléla postrada en su lecho y abrasada de calentura: los padecimientos de su corazón habían rebosado por todo su cuerpo. Al verme se conturbó, como si apareciese en mi rostro la fealdad misteriosa de un alma en pecado: ocultó el suyo entre las almohadas, y exhaló un gemido que hubiera traspasado un pecho de bronce. Un momento que su madre nos dejó solos volvióse a mí exclamando: 

- Luis! Luis, qué has hecho? Por qué has mancillado un corazón que era mío? Dónde está tu inocencia? 

- Oh! le dije, no creas a tus ojos... estaba desposeído de mi razón... todavía soy inocente.

- Delante de Dios? 

- María! 

- Ya no te es posible ocultarme la verdad, esta verdad cruel que me ha secado todas las flores de la tierra. Todo lo sé: toma y lee. 

Y sacándolo de entre las sábanas, puso en mis manos un cuaderno de música, y me enseñó un papelito, pegado con oblea junto al adagio de una sinfonía, en el cual estaban recientemente escritos esos versos. 

Rondaba a las doce 

la calle desierta, 

y empuja la puerta 

osado el galán. 

A su ídolo bello 

encuentra que vela, 

y el premio que anhela 

sus brazos le dan. 

Y el cuaderno lo había traído yo a su casa y olvidado en mi turbación, y el billete era letra de mujer, letra igual a una firma de Serafina que se veía en la portada. 

Confundido, aterrado como si un rayo hubiese caído a mis plantas, cubríme la cara con ambas manos, e inclinándola cuanto pude, exclamé: Perdón! Perdón! 

- Sí, pídelo a Dios, que rogaré yo también para que te lo conceda. 

- Y el tuyo? 

- El mío?... va unido al de Dios. Vuelve, Luis, vuelve al camino de la virtud, y ya que nos despedimos para siempre en este mundo, nos encontraremos dichosos en el umbral de la eternidad. 

- Qué me anuncias? Serías tú más inflexible que Dios mismo? 

- Dios no cerró las puertas del cielo a Adán penitente; pero sí las de su primer paraíso. Y yo he perdido para siempre este paraíso de delicias que mi imaginación había creado! Y tú has cubierto de lodo esta imagen de felicidad que en mis sueños me sonreía! Cuán halagüeñas eran mis esperanzas, y han desaparecido con tu inocencia! Y he de enterrar ese tesoro de amor que en mi pecho guardaba? Oh! en esta vida sólo me restan dos días hermosos, tranquilos y solemnes, el de mi sacrificio y el de mi muerte... Cúmplase la voluntad de mi Dios. 

Diciendo esto, una lluvia de lágrimas inundaba sus mejillas: yo estaba afligido también, aunque mi dolor no era tan intenso, tan profundo, tan religioso cual debiera serlo. No conocía entonces la altura de mi caída, no sentía todo el peso de mi oprobio. Mi ángel malo me hablaba al oído, y me hablaba de Serafina, y yo releía con mi imaginación aquel billete con que una mujer me despedía y otra se entregaba a mis impúdicos deseos; y en aquella hora de tinieblas mi corazón seducido por el apetito, como el pueblo de Israel por los fariseos, exclamó en su horrible silencio: Viva Serafina, y muera María. Eso no obstante quise replicar, y 

amontonaba palabras y palabras, disculpas, increpaciones, protestas, lamentos, falsedades: resortes mezquinos para doblar la resolución de María. Convertido en amante vulgar, se me había trascordado hasta el lenguaje de mi primitivo amor; y ella callaba, y la ternura de su mirada era un sarcasmo insufrible de mi infidelidad, y su entereza y resignación reconvenciones acerbas de mi criminal flaqueza. 

Desde aquel día fueron perdidos todos mis afanes para ver a María. Siempre que por ella preguntaba a su madre o hermano, me respondían que quería estar sola en su aposento. Yo examinaba su gesto, sus miradas, el tono de su voz para inferir si algo sabrían de mis desmanes, y nada traslucía: ignorábanlos sin duda; pero mostrábanse tristes y desabridos conmigo, y la madre lloraba algunas veces. Su reserva y la conducta de María me traían inquieto, irritado, 

furioso, y para vengarme corría a buscar el olvido al lado de Serafina, como si en tal paraje pudiese residir mi felicidad, o pudiese yo con aquel olvido sanear la pérdida enorme que mi alma experimentaba. Una tarde me presenté a Anselmo, y con aire altanero exclamé: ¿Dónde está María? quiero verla, es mi futura esposa. Miróme él con sonrisa de compasión que tomé por ironía, y repuso: 

Su futuro es Jesucristo, mañana mismo toma el velo en el convento de capuchinas. No respondí, porque había perdido la palabra: volvíle bruscamente las espaldas, y no diré salí, con desatentada furia huí de aquella casa. 

Atravesaba calles y más calles, iba sin saber adonde, y no comprendía lo que en mi corazón pasaba. Creía haber apartado de mi camino un obstáculo invencible, creía haber sacudido una pesada cadena, y me daba el parabién, y quería reírme, y lloraba lágrimas de hiel. Sentía una necesidad irresistible de movimiento, y vagaba rápidamente por los parajes más desiertos de la ciudad, como si un torbellino me arrastrase, o pesara sobre mí el anatema del judío errante; pero sentía también una necesidad mayor, y era la de hablar a María, y daba vueltas y más vueltas a mi imaginación para encontrar un medio conducente. A una hora muy avanzada de la noche, molido de cansancio, me encontré debajo del balcón de su aposento, permanecí largo rato, y cuando vi iluminados sus cristales, empecé a silbar de una manera muy extraña, como varias veces lo hiciera delante de María. A mi tercer silbido abriéronse las puertas, y ella apareció: nunca tan hermosa, nunca tan aérea, nunca tan  celestial. Bañábanla con todo su esplendor los rayos de la luna, añadiéndole un encanto indefinible, y reverberando en una lágrima que corría por su pálida mejilla. María juntó sus manos, entrelazó sus dedos, y fijando sus ojos sobre mí, exclamó tiernamente: Luis! adiós: y luego levantándolos al cielo, y señalándomelo con el índice de su diestra, añadió: allí te espero. Y desapareció como una visión bienaventurada, y las puertas del balcón se cerraron sobre mí como la losa de un sepulcro. Yo me había puesto de rodillas sobre una piedra, y no sé cuanto tiempo perseveré en tal postura; sólo sé que a la mañana siguiente encontré mi lecho empapado de acerbo llanto. 

María inmolaba los recuerdos de su amor purísimo en las aras del inmaculado Cordero, y yo inmolaba también los míos en las aras de un ídolo mancillado, esperando de día en día que su activo fuego los consumiese enteramente. 

Para abreviar este plazo abandoné los amigos virtuosos, las prácticas de piedad, las meditaciones religiosas; porque toda idea celestial, toda idea de virtud traía a mi memoria la de María, y yo luchaba para olvidarla, y por desgracia algo conseguía. Algunas tardes como que una mano invisible me arrastrase a la iglesia de capuchinas, y allí en aquella soledad, sin saludar siquiera a Dios, me sentaba en un banco, figurábame aquellos silenciosos corredores, aquellas celdas estrechas, aquel áspero yermo incrustado en una ciudad bulliciosa y regalada, y preguntábame: dónde estará ahora María? 

en qué labor se ocupa? qué libro lee? debe de acordarse de mí como yo de ella? Y pasaban horas y horas; mas de repente salía yo de mi arrobamiento, despertaba de aquella especie de sonambulismo, y como tales ideas me daban pavor, echaba a correr, y tomaba por refugio la casa de Serafina: y allí me esforzaba tanto en aturdirme, era tan descompasada mi alegría, que mis compañeros, libertinos de corazón, libertinos a sangre fría, hasta envidiaban mi suerte. Pero aquellos éxtasis de amor y angustia no eran ya más que las últimas llamaradas de una lámpara moribunda. 

Llegó el jueves santo: mi corazón apenas reconocía ya al primer aniversario de su amor, y este día se deslizaba sin que me conmoviese la doble solemnidad de que para mí estará siempre revestido. No tanto por devoción como llevado de la costumbre fui por la tarde a visitar los Sagrarios, y habiendo entrado casualmente en la iglesia de capuchinas cuando ya sólo ardían dos velas en el tenebrario, aguardé por mero pasatiempo una función terrible que debía influir poderosamente en mi destino. Sin duda la Providencia me retenía allí, a pesar de mi anterior repugnancia, de mis obscuros presentimientos, de mi horror misterioso a la idea de una flagelación voluntaria. Concluido en el coro el rezo propio de aquella tarde empezó de nuevo con lenta monotonía el salmo Miserere, no acompañado del arpa de David, sino del rechinante son de unos instrumentos de martirio, cuyas repetidas vibraciones desgarraban materialmente las carnes de vírgenes delicadas, y herían más bien que los oídos el corazón de los circunstantes. El mío cubierto de una túnica de hielo se estremecía también; pero sus lánguidas convulsiones no rompían la corteza de indiferencia que limitaba su acción. Sentía en lo más profundo una especie de escozor, de inquietud, de vaga ansiedad, un no sé qué indescifrable, y como si pretendiese apresurar el fin de aquella escena, cogí el manubrio de una enorme carraca que tenía a mi lado un muchacho, dije a otros que volteasen las suyas, y sin respeto al sagrado Monumento, ni miedo al escándalo de los fíeles, se reprodujo súbitamente el simbólico ruido de las tinieblas, sobresaliendo en medio de aquella breve y estrepitosa algazara mi peculiar silbido. No bien hubo cesado aquella explosión, cuando oí más distinta la voz de María que trémula, desentonada y congojosa descollaba en la lúgubre salmodia, y al mismo tiempo advertí que los golpes de unas disciplinas se iban acelerando con espantosa fuerza y rapidez: pocos versículos después un gemido apagó aquella voz, suspendió aquellos golpes, y como que extraños murmullos interrumpiesen el canto y detuviesen los brazos de sus compañeras. Algo de misterioso había sucedido, y salí de la iglesia sin traslucir aquel arcano. Triste ceguedad la mía! Habíase derramado sangre, y era la sangre de mi nueva redención, y por no haberme salpicado los ojos, no me había vuelto (devuelto) la vista como a Longinos se la volvió la de Jesucristo.

(El centurión que le pinchó el costado a Jesús, Longinos, estaba casi ciego. La sangre de Cristo le tocó la mano a través de la lanza y recuperó la vista)

Longinos, santo, centurión, Jesucristo, sangre, ciego, ceguera

Transcurrieron dos semanas, y acababa de recibir cita de Serafina para una cena espléndida y bulliciosa, cuando un recado de la abadesa me llamó al convento de capuchinas. Perdíame en extravagantes conjeturas que se transformaron en vaga zozobra, veía en aquel recado un enigma tan angustioso como obscuro, y mi imaginación recorría una serie de calamidades sin sospechar nunca la verdadera: la habría rechazado por imposible. Bajó la abadesa al locutorio, y al fúnebre tañido de las campanas la nueva fatal cayó de lleno y de una vez sobre mi corazón. La buena madre lloraba a su hija predilecta, me refería una a una sus virtudes... yo ni lloraba, ni oía... estaba petrificado. La fervorosa novicia, acometida el jueves santo de un largo desmayo, primer síntoma de su enfermedad mortal, revelara en parte a la abadesa los indecibles sufrimientos de una lucha acerba, incesante, abrumadora; pero impotente para hacerla cejar ni un ápice, ni arrepentirse un momento de su resolución. En sus últimas horas le había rogado encarecidamente me entregase sus disciplinas como legado piadoso, durmiéndose después tranquila y risueña en el ósculo del Señor. 

¿Quién tan endurecido dejara de responder a tan afectuoso llamamiento a la virtud? Volé a la iglesia, y un torrente de gracia fluía en mi alma, a la par que un torrente de lágrimas salía por mis ojos. Mi amor y mi devoción eran dos afectos gemelos que habían muerto cuasi juntos, y juntos resucitaron... pero ante el cadáver de María. 

Oh! estas disciplinas son algo más que la dádiva de un amante; son la reliquia de una santa, el recuerdo de un sacrificio heroico, la prenda de un amor celestial: son mi verdadera riqueza, mi único tesoro. A ellas debo mi conversión, les debo mis dulces lágrimas de amor y arrepentimiento, les debo mis esperanzas de salud eterna. Quién me reconvendrá por entregarme a los rigores de la penitencia? María inocente me aguarda en el término del camino. Si mi carne desfallece, la vista de la sangre que bañó estas disciplinas basta para darme el aliento que necesito. He perdido las flores del amor, y deseo conservar estos abrojos, y vivir largamente para expiar largamente un crimen que me arrebató la mayor felicidad de la tierra.”

Así concluyó el desgraciado mancebo. Si esa historia no ha podido interesaros, no lo achaquéis a su índole especial, culpad más bien a su segundo historiador que no habrá tenido arte bastante para contarla. No juzguéis inverosímiles sus personajes por seros desconocidos, ni dudéis de la verdad de sus sentimientos por la extrañeza de su carácter. No se niega la existencia de un manantial por no haber gustado sus aguas. 


FIN.


sombra, ciprés, Tomás Aguiló, kindle