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sábado, 20 de junio de 2020

209. EL TESORO DE EL CASTELLAR, CASTEJÓN DE VALDEJASA

209. EL TESORO DE EL CASTELLAR (SIGLO XV. CASTEJÓN DE VALDEJASA)

209. EL TESORO DE EL CASTELLAR (SIGLO XV. CASTEJÓN DE VALDEJASA)


Si todavía lo es hoy en algunos aspectos, antaño el curso del río Ebro constituyó un obstáculo difícil de salvar dados los medios técnicos existentes. Pasar de la orilla izquierda a la derecha con garantías de éxito era el principal reto planteado a los ejércitos cristianos, problema que no se solventó hasta que pudo ser reconquistada Zaragoza, ya en el siglo XII.

Lo que sí hicieron los reyes pamploneses y aragoneses fue levantar fortificaciones vigía en la orilla izquierda, como las de Milagro («mirador»), Valtierra, Arguedas, El Castellar o Jusliboldeus lo vol»), que se convirtieron en puntos estratégicos dentro del sistema ofensivo-defensivo.

El Castellar, además de su alto valor estratégico, tenía el añadido de su sal, tan importante hasta el siglo XIX, de modo que aun dentro del mundo cristiano originó disputas su pertenencia, como la protagonizada por el obispo pamplonés por tenerlo dentro de sus límites diocesanos.

Es en este contexto estratégico donde se debe ubicar, según la leyenda, la huida hacia el éxodo de los moros que no aceptaron la conversión propugnada por Fernando II de Aragón, (el católico) como ocurriera en Castilla, de modo que abandonaron sus casas de manera precipitada, dirigiéndose desde la morería de El Castellar hacia los montes de Castejón de Valdejasa, aprovechando las dificultades del terreno y la vegetación.

En su apresurada huidapensando en la llegada de mejores tiempos y, por lo tanto, en la posibilidad de volver a sus casas algún día—, por temor a que les fueran confiscados, escondieron varias arquetas repletas de morabetinos. E idearon un sistema cabalístico que sólo ellos conocían para esconder su tesoro y poderlo recuperar el día del regreso.

Pero la vuelta no tuvo lugar nunca y, aunque se ha encontrado alguna moneda suelta, el tesoro de El Castellar sigue oculto. Quizás las encinas y los quejigos más viejos tengan la clave; quizás esté en alguna pared derruida de ladrillo y teja árabe.

[Datos proporcionados por Xavier Abadía Sanz, de la Universidad de Zaragoza.]

viernes, 3 de mayo de 2019

LA HUIDA DE UNA REINA TAIFAL

2.42. LA HUIDA DE UNA REINA TAIFAL (SIGLO XI. GALLUR)
 
Con la llegada de los musulmanes al valle del Ebro, la caída de Zaragoza —Sarakusta desde entonces— provocó la toma rápida de todas las poblaciones de su entorno, entre ellas Gallur. El cambio de administración supuso la islamización de la mayor parte de sus habitantes, aunque algunos continuaron fieles a su religión cristiana: eran los mozárabes.

Cuando en el siglo XI el Califato cordobés se fraccionó en multitud de reinos taifales —pequeños feudos regidos por reyes propios, entre los que destacaron los de Sevilla, Badajoz, Toledo o Zaragoza—, Gallur formó parte de esta constelación y, desde su atalaya, dominó un pequeño territorio integrado por siete poblaciones. Era de los pocos, quizás el único, de los reinos de taifa gobernado por una mujer.

La vida de la mayor parte de estos pequeños feudos musulmanes fue efímera, bien por ser absorbidos por otros más poderosos, como el de Sarakusta, bien por sucumbir a manos de los ejércitos cristianos.
Lo cierto es que el reino de Gallur se derrumbó en la práctica sin oposición. Bastó tan sólo para ello que los asaltantes cristianos superaran las barreras artificiales que defendían a la población por el sur y el este.

Por el norte, el asalto era casi imposible, puesto que existía la doble defensa natural del río Ebro y de la cantera. Ante aquel ataque, la reina, que iba acompañada por varios de sus súbditos —cargados con armas, enseres y tesoros— se dirigió a la entrada de un enorme pasadizo, de más de seiscientos metros de longitud, que iba a parar a la cantera y al río, en la parte norte, desde donde se podía huir. Era
lo que se conoce como «caño de los moros». Pero lo cierto es nunca llegaron a la salida, pues un accidente les debió dejar atrapados en las entrañas de la tierra junto con tan extraordinario botín.
 
Durante siglos, al eco de esta noticia, han sido muchos los que han tratado de profundizar en el «caño de los moros», pero nadie ha podido dar con el tesoro que la reina pretendía llevarse.

[Datos proporcionados por J. Ramón Belsué, José A. Navarro y Agustín Sierra, Instituto de Bachillerato de Borja.]
 
caño de los moros, tesoro, reina mora, taifas, Gallur
 
 
 
https://www.aragon.es/estaticos/GobiernoAragon/Departamentos/PoliticaTerritorialJusticiaInterior/Documentos/docs/Areas/Informaci%C3%B3n%20territorial/Publicaciones/Coleccion_Territorio/Comarca_Ribera_Alta_del_Ebro/DOCUMENTOS_BLOQUE_III._DE_LAS_ARTES._6.pdf
 
 

domingo, 14 de junio de 2020

191. LAS TRES MORAS DE ZARAGOZA

191. LAS TRES MORAS DE ZARAGOZA (SIGLO X. ZARAGOZA)
 
Mohamed Altabill, rey moro de Zaragoza, estaba orgulloso de sus tres hermosas y jóvenes hijas a las que
mantenía encerradas en palacio por temor a que pudiera sucederles alguna desgracia, pero tanto celo paterno desagradaba a las muchachas. Por lo tanto, no es nada extraño que un día de invierno las tres moras, que habían estado urdiendo un plan de fuga durante mucho tiempo, escaparan de palacio sin destino conocido.
Cuando el rey se enteró de la huida, preso de un sentimiento confuso, mezcla de ira y de temor, llamó a
sus tres mejores alféreces —Alí Malhalí, Alhor y Alshama— y les encomendó la búsqueda de las princesas. Cada uno de ellos tomó una dirección distinta.
Alshama —que estaba enamorado de Sobeya, una de las princesas— contrató a unos judíos expertos que
lograron encontrar el rastro de las hermanas, lo que le condujo en dirección al Alto Aragón, pasando sucesivamente por Zuera, Huesca, Sierra de Guara y Boltaña, en plena tierra de cristianos, pues las
tres hermanas huían en dirección a Francia para refugiarse allí, ya que eran conscientes de ser perseguidas. De nada le sirvió a Alshama reventar varios caballos por haber cabalgado día y noche,
pues nunca lograba dar alcance a las fugitivas.
Cuando Alshama llegó a Boltaña, la gente del lugar le previno del inminente peligro que acechaba en la
montaña nevada, aconsejándole que no se aventurara a seguir con la persecución pues las nubes del puerto presagiaban temporal. Pero el moro, creyendo tener ya al alcance de su mano a las fugitivas, desoyó los consejos y se dispuso a proseguir el viaje con sus hombres. Así es que, dejó atrás Aínsa, remontó el río Cinca aguas arriba y a punto estaba de llegar a las afueras de Bielsa cuando le sorprendió
una violenta nevada, acompañada de una ventisca de muerte.
Un trecho más arriba, pues su ventaja era ya escasa, también las tres hermanas se vieron sorprendidas por el temporal, tanto que la nieve acabó con su huida al cubrirlas con un espeso manto blanco bajo el que perecieron heladas, y allí quedaron para siempre las «tres sorores», como les llamaron los cristianos, en el valle de Chistau. De Alshama, el alférez enamorado de Sobeya, nunca más se volvió a tener noticia.

[Dueso Lascorz, Neus Lucía, Leyendas de l’Alto Aragón, págs. 51-55.]

 

LAS TRES MORAS DE ZARAGOZA

194. EL TORO DE ORO QUE ESPERA OCULTO, Ayerbe

194. EL TORO DE ORO QUE ESPERA OCULTO (SIGLO XI. AYERBE)

Avanzado ya el siglo XI, el empuje de los ejércitos cristianos, apoyado en los cercanos e inexpugnables castillos de Marcuello y de Loarre, obligó a los musulmanes a abandonar su tradicional fortaleza de Ayerbe, que había servido durante tres siglos de vigía frente al paso natural que el río Gállego abre hacia el corazón del viejo Aragón.
Como el empeoramiento de la situación fue progresiva, la preparación de la huida o de la rendición (pues muchos musulmanes optaron por quedarse) no fue precipitada. Se discutió entre todos qué hacer y, entre las decisiones adoptadas antes de emigrar, una llama poderosamente la atención: la de fundir todos los tesoros y objetos que llevaran oro y modelar un hermoso y grande toro dorado, que decidieron ocultar en uno de los pasadizos subterráneos del castillo ayerbense, en espera de que, una vez que mejorara la situación, volverían a recuperarlo.
Lo cierto es que el castillo moro de Ayerbe pasó unos meses después a manos de los cristianos para siempre y el paradero del toro de oro celosamente escondido se convirtió en un secreto. Su existencia estaba fuera de toda duda, y la noticia despertó la codicia de los nuevos señores cristianos, que contrataron a varios adivinos para que les indicaran el lugar exacto de su ubicación, pues los moros que permanecieron en la villa jamás dieron pista alguna sobre el paradero exacto del toro dorado.
Se contrataron, asimismo, jornaleros para que excavaran por turnos en el aljibe donde habían vaticinado los augures que se hallaba la res dorada.
Y aparecieron armas, utensilios varios y bellos vasos de cerámica, pero del toro de oro no había ni rastro, y eso que se había profundizado más de treinta metros. Tras varias semanas de ahondar en la tierra, se abandonó al fin la búsqueda con la burla de todos y la satisfacción íntima de los nuevos mudéjares ayerbenses.
El caso es que todavía en la actualidad, de cuando en cuando, surge alguien que trata de huronear en torno al derruido castillo que fuera de los moros, buscando un toro de oro que los musulmanes ayerbenses enterraron en espera de tiempos mejores.

[Proporcionada por Anusca Aylagas, Manuel Bosque y Juncal Mallén, del Colegio Nacional «Ramón y Cajal». Ayerbe.]

 

EL TORO DE ORO QUE ESPERA OCULTO (SIGLO XI. AYERBE)

Becerro de oro

domingo, 28 de abril de 2019

LA CONQUISTA MUSULMANA DE AGIRIA (DAROCA)

9. LA CONQUISTA MUSULMANA DE AGIRIA (DAROCA) (SIGLO VIII. DAROCA)

LA CONQUISTA MUSULMANA DE AGIRIA (DAROCA)

 
Las huestes musulmanas de Tarik avanzaban hacia Cesaraugusta. Tras su paso, todo era desolación y rencor; por delante, temor y huidas precipitadas. En Agiria (luego Daroca), ante las noticias de que los moros estaban ya en las fuentes del Tajo, unos huían temerosos y otros se aprestaban a la lucha.
En medio de este cuadro dantesco, llegó a Daroca, sobre un agotado caballo, un joven, desconocido en principio por el lamentable estado en el que encontraba, aunque era darocense. Pronto se le reconoció como a Juan de Luna.

Narró Juan lo ocurrido en Guadalete, donde estuvo en la infausta jornada de la derrota cristiana; después relató las calamidades de su cautiverio en Córdoba y Toledo. Por fin, refirió las penalidades de su huida durante más de quince días hasta llegar a Daroca. Muchos, los que venían eran muchos y buenos jinetes sobre caballos inimaginables, fieros e indómitos. Tras descansar mientras narraba lo sucedido, Juan de Luna fue a buscar a Matilde, su joven amada, quien ya le había dado por muerto cuando supo lo de Guadalete y le lloraba. El sol se ocultó en el horizonte mientras el amor renacía.

Al día siguiente, ante las noticias que llegaban de las torres de señales, los darocenses y las gentes que acudían de las aldeas cercanas prepararon la resistencia. Por fin, los moros se presentaron ante sus muros exigiendo la rendición. Embistieron hasta diez veces antes de abrir brecha, pero al final todo acabó. No obstante, a pesar de haber caído el castillo y toda la población, los agarenos se encontraron con la resistencia inusitada que desde una de las torres ofrecía Juan de Luna con un puñado de hombres. El jefe moro, que pretendía proseguir la marcha hacia Zaragoza, dejó una guarnición con orden expresa de atacar al «Jaque» (al valiente) hasta que se rindiera.

Pero Juan de Luna, el Jaque, resistió y abatió a varios adversarios. Éstos, ante el peligro que suponía aproximarse a la torre, decidieron cercarla, dejando que la falta de alimentos hiciera mella entre sus defensores. Pasaron los días y en la torre cesó todo movimiento. Así es que decidieron derribar la puerta y entrar. En el centro de la estancia yacía el cadáver de Juan de Luna, muerto de hambre. Su cabeza fue expuesta en el muro, mientras su cuerpo era arrojado a un barranco. Matilde cayó muerta cuando se enteró de la trágica noticia. Hoy, la torre de Jaque es testigo mudo de tan grande gesta.
[Beltrán, José, Tradiciones..., págs. 43-47.]

lunes, 22 de junio de 2020

OROSIA MUERE A MANOS MUSULMANAS, JACA, YEBRA DE BASA

6.2. RELACIONES PROBLEMÁTICAS

239. OROSIA MUERE A MANOS MUSULMANAS (SIGLO IX. JACA Y YEBRA DE BASA)

OROSIA MUERE A MANOS MUSULMANAS (SIGLO IX. JACA Y YEBRA DE BASA)


Orosia o Eurosia —una de las hijas de los duques (que para otros eran reyes) de Bohemia o de Aquitania, Boribonio y Ludemila, quienes se habían convertido al cristianismo por influencia de san Metodio— era una muchacha joven y de notable belleza, a la que algunos convierten en mujer del último conde aragonés Fortuño Ximénez, mientras otros consideran que era soltera en el momento de sufrir el martirio al que fue sometida, si bien es cierto que estaba a punto de desposarse.

Lo cierto es que en el año 870, acompañada por el obispo Acisclo y por su hermano Cornelio, recorrió las tierras de Francia de norte a sur para venir a reunirse a (en) Aragón con su esposo o su prometido, no se sabe bien. Tras un largo y penoso viaje, atravesó por fin la comitiva el Pirineo para encaminarse hacia Jaca, cuando recibieron noticias de que algunos grupos armados de musulmanes patrullaban por la comarca, así que decidieron guarecerse en una cueva cercana a Yebra de Basa, en espera de que pasara el peligro.

Alertados, asimismo, los musulmanes de la presencia de un grupo de gente cristiana que andaba huida y escondida por los montes, acabaron por encontrar a Eurosia y a todos los suyos, que fueron conducidos prisioneros ante su jefe, Abenlupo, quien quedó impresionado por la belleza de la joven.

El juicio fue sumarísimo y Abenlupo ofreció salvar la vida de la joven y la de los suyos si ésta accedía a convertirse al islamismo, pero la negativa fue tajante. No obstante, para forzarla a cambiar de opinión, hizo matar uno tras otro a su tío, a su hermano y a algunos de los acompañantes y doncellas del séquito, pero la princesa permaneció fiel a su fe. Aquella actitud de firmeza de Eurosia acabó por irritar completamente a Abenlupo, que ordenó también su muerte, haciéndole cortar los brazos, las piernas y la cabeza.

Tuvieron que transcurrir casi doscientos años, según la tradición, para dar con los despojos de Eurosia.
Un ángel condujo hasta ellos a un pastor, que acabó hallando la cabeza y el tronco de la joven.
Dejó la primera en Yebra de Basa y llevó el tronco a Jaca. A su paso por las aldeas del camino, las campanas tañían solas, lo mismo que ocurrió en Jaca, donde se guarda la reliquia.

[Rincón, W. y Romero, A., Iconografía..., II, pág. 15.]

https://www.excursionesporhuesca.es/actividades/la-ruta-de-las-ermitas-de-yebra-de-basa/

Interesante ruta en la que destaca el sorprendente número de ermitas que nos vamos a encontrar así como las magnificas vistas durante la ascensión del Valle de Basa, aunque sin lugar a dudas el lugar más espectacular de todo el recorrido lo constituyen el conjunto de ermitas rupestres de San Cornelio y de La Cueva, que se encuentran literalmente encajadas entre grandes paredes de piedra, sobre la cual se precipita desde gran altura las aguas del Barranco de Santa Orosia formando una impresionante cascada conocida como El Chorro.

lunes, 18 de noviembre de 2019

LAS CONSECUENCIAS DE LA PUGNA ENTRE LOS ALBIR Y LOS FRAGO

166. LAS CONSECUENCIAS DE LA PUGNA ENTRE LOS ALBIR Y LOS FRAGO (SIGLO XIII. MAGALLÓN)

 
La pugna entre Juan Albir y Sancho Frago llevó la tragedia a Magallón, pues acabó con el asesinato
del segundo. Los hijos de Sancho, buscando venganza, apuñalaron a Juan Albir en la ermita a pesar de hallarlo asido a la imagen de la virgen de la Huerta, que viendo profanado su templo, se hizo llevar
por varios ángeles a un monte de Leciñena. Los de Magallón se sintieron abandonados por María en justa penitencia al sacrilegio de los Frago.

Una noche de marzo de 1283, un pastor, atraído por las luces que brillaban en un monte cercano, encontró la imagen de la Virgen, que le rogó comunicara a las gentes de Leciñena el deseo de que le construyeran una ermita y, aunque les costó creerle, acudieron al monte para rendirse a sus pies, levantando un magnífico templo. Se extendió la noticia y los de Magallón, sospechando que la aparecida pudiera ser su Virgen, acudieron al lugar y, tras verificar que se trataba de Nuestra Señora de la Huerta, solicitaron su devolución que fue denegada.
 
Los tribunales sentenciaron que la Virgen debía volver a Magallón y se preparó el retorno. Llegó la
comitiva a Monzalbarba y depositaron la imagen para pasar la noche en el santuario de Nuestra Señora de la Sagrada, pero a la mañana siguiente, burlando todas las guardas, la imagen había desaparecido
para volver a Leciñena.
 
Días después, volvió a producirse la misma aventura, pero entonces hicieron noche en Zaragoza y
depositaron la imagen en el santuario de la virgen del Portillo, aunque de nuevo, a la mañana siguiente, ésta había regresado a los montes de Leciñena, a pesar de la guardia dispuesta.
 
Por tercera vez se repitió la operación, aunque ahora el vicario general, sorprendido como todos los demás, acordó que si volvía a desaparecer de nuevo la imagen ésta quedaría para siempre en la ermita de Leciñena. Hizo la comitiva de nuevo etapa en Zaragoza, poniendo a buen recaudo la talla en el santuario de Nuestra Señora la Mayor, y por tercera vez se produjo la huida.
 
La imagen quedó para siempre en Leciñena, aunque se acordó ponerle por nombre el de Nuestra Señora de Magallón, en recuerdo de su origen.
 
[Andrés de Uztarroz, F., Chronología..., págs. 53-55.
Faci, Roque A., Aragón..., II, págs. 84-86.]
 
LAS CONSECUENCIAS DE LA PUGNA ENTRE LOS ALBIR Y LOS FRAGO  (SIGLO XIII. MAGALLÓN)
 
 


El templo, barroco, cubierto con bóveda de cañón con lunetos y tres capillas laterales en cada flanco aparece ocultado por sus flancos meridional y oriental por la edificación de carácter civil que le dan una aspecto singular.

La fachada de mediodía, por la que se realiza el acceso, es la más formalizada, con un arco escarzano, con derrame y escudo en la clave como portada. El resto de los vanos son huecos verticales, adintelados y con gran derrame, presentando una composición muy formalizada.

De la portada se accede a un atrio que comunica con la iglesia mediante tres arcos rebajados y con la escalera principal que presenta bóveda de cañón, con perfil escarzano.

La fachada oriental, a pesar de la profusión de huecos, es muy irregular en cuanto a su composición ya que está fragmentada por cuatro contrafuertes.

lunes, 20 de mayo de 2019

El juez traidor, siglo XII, Teruel

2.71. EL JUEZ TRAIDOR (SIGLO XII. TERUEL)
 
 
Una vez que ya había sido reconquistada Teruel por el rey aragonés Alfonso II, y dada la importancia estratégica que esta ciudad tenía, los musulmanes intentaron recuperarla en reiteradas ocasiones o, cuando menos, depredaban sus campos y huertas o hacían cautivos a los labradores que sorprendían en los campos en plena faena, para ser luego vendidos como esclavos en el mercado de Valencia, ciudad que todavía era sarracena.

Una de estas molestas y peligrosas acciones tuvo lugar entre 1183-1184, cuando la ciudad era regida por
un juez llamado Ibáñez Domingo de Mortón quien, bien por miedo a las amenazas recibidas, cada vez más serias, bien presa de la codicia, intentó vender Teruel al enemigo a cambio de los numerosos tesoros que le habían sido prometidos y que esperaba disfrutar tras su planeada huida a tierra de moros.

Pero la traición fue descubierta a tiempo por los turolenses y el juez Domingo de Mortón fue juzgado de
acuerdo con el Fuero concedido hacía bien pocos años por el rey Alfonso II. Tras el juicio, en el que fue condenado a morir ahorcado, fue ejecutado en un viejo olmo solitario que crecía en una zona
próxima a la ciudad denominada de San Lázaro, debajo del actual viaducto, donde se confinaba a los leprosos. La ciudad se salvó para siempre de ser recuperada por los musulmanes y el hecho sirvió de escarmiento.
 
El juez traidor, siglo XII, Teruel, viaducto
 
[Caruana, Jaime de, Relatos y tradiciones de Teruel, págs. 33-35.]

* Según Caruana, este hecho es histórico, puesto que en el Libro de las Crónicas de Teruel, conservado en el Ayuntamiento, tras el nombre de este juez se señala que «fue enforcado en el olmo de San Lázaro porque quiso vender a los moros Teruel», y prosigue diciendo que una mano posterior añadió: «de Castiel y de Villel», apostillado el propio Caruana que Villel era cristiana desde 1180, pero Castiel —hoy Castielfabib— efectivamente continuaba siendo musulmana y no la conquistaron los cristianos hasta el año 1210.
 
olmo, ulmus
olmo, ulmus
 

 
 
 
 

domingo, 14 de junio de 2020

199. EL TESORO DE CAÑARDA, Castellote

199. EL TESORO DE CAÑARDA (SIGLO XII. CASTELLOTE)

CARLOS TEIXIDOR CADENAS, Castellote
CARLOS TEIXIDOR CADENAS, Castellote


Las poblaciones musulmanas de los alrededores habían ido cayendo una tras otra en manos de los cristianos, pero el golpe definitivo a estas tierras del Bajo Aragón lo asestó el rey Alfonso II, amparado en las Órdenes Militares: los musulmanes estaban siendo empujados hacia el Mediterráneo. En aquellas condiciones, la suerte de los moros de Castellote estaba echada, puesto que no cabía esperar ayuda ninguna.

Cuando los habitantes moros de Castellote tuvieron la certeza de que sus horas como dominadores estaban contadas, como ocurriera en tantas otras poblaciones, comenzaron a pensar en la huida, que no podía tomar otra dirección que la del reino musulmán de Valencia.

Como les era imposible llevarse encima todas las que habían sido sus pertenencias, y como, al fin y al cabo, pensaban que la gravedad de la situación podía atemperarse e incluso restablecerse la situación anterior, antes de salir de Castellote decidieron enterrar un valioso y gran tesoro en la montaña llamada de Cañarda, cerca del conocido «chorro de san Juan», junto a unas curiosas sepulturas antropomorfas abiertas en la piedra tosca. Allí lo encontrarían en el supuesto caso de que la situación mejorara y pudieran regresar.

Pusieron guardas vigilantes en todos los puntos dominantes de la zona para asegurarse que nadie podía ver dónde se escondía el tesoro, de manera que jamás ha sido encontrado por nadie. Como ellos tampoco pudieron regresar para recuperarlo, permanece oculto hasta hoy. Lo único que sabían o, mejor dicho intuían los mozárabes que esperaban la liberación era que se trataba de un tesoro de gran valor, tanto es así que la voz popular ha recogido esta apreciación en unos versos romanceados:

«Cañarda, Cañardón,
hay más oro en la garrocha de Cañarda
que vale todo Aragón».

[Recogida oralmente.]

lunes, 18 de octubre de 2021

REVISTA DE TEATROS. LA TORRE DE LONDRES. UN TÍO Y UN SOBRINO. LA GRANDEZA DE ALCORCÓN

REVISTA
DE TEATROS.

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LA TORRE DE LONDRES, drama de M. Carlos Lemaitre. - UN TÍO Y UN
SOBRINO, comedia de D. N. - LA GRANDEZA DE ALCORCÓN, id., de D.
Emilio Mozo de Rosales.

LA TORRE DE LONDRES, drama de M. Carlos Lemaitre



Lord
Duglas, (Douglas) heredero de un nombre tradicionalmente unido
al de los Estuardos, y fervoroso partidario de Carlos I, cuya cabeza acababa de rodar en el cadalso, no podía escapar a la implacable
suspicacia de Cromwell. Próximo a sufrir el castigo de su lealtad,
sus numerosos amigos determinan salvarle a viva fuerza. El conde John
Murray es el alma del complot. Ligado él y su familia a Duglas con
ese parentesco del corazón, mil veces más íntimo y dulce que el de
la sangre, concibe para libertar a su amigo de infancia un plan
atrevido. Compra a peso de oro la fuga del verdugo, y con el nombre
de John Walker, (marca conocida de Whisky) que había adoptado
para burlar las pesquisas del Protector, le escribe una carta
suplicándole le permita ejecutar a lord Duglas, asegurándole que
nunca el deseo de venganza habría dado en semejante ocasión un
golpe más certero.
Así, no sólo hará cesar Murray toda
gestión para buscar un nuevo verdugo, sino que podrá favorecer
eficazmente la huida de Duglas, cuando el montañés Toby, fiel y
antiguo criado del conde, se lance puñal en mano al frente de los
conjurados para libertar al ilustre reo.


Cromwell
accede a la petición de John Walker; pero llegado el día marcado
para decapitar al lord duque, Murray ve surgir con desesperación un
obstáculo terrible, con la aparición de un tal Hulet, infame
libertino plagado de deudas, que anheloso de apuntalar el edificio
ruinoso de su fortuna, ha solicitado el honor de reemplazar también
al verdugo, mediante los honorarios convenidos. Hulet se apersona con
Walker, deseoso de conocer a su estimable colega, y este determina in
pectore pagar tan fina obsequiosidad con un buen hachazo. Llegados al
centro de sus respectivas operaciones, y cuando Murray murmuraba su
nombre a los oídos de Duglas que con el cuello en el tajo aguardaba
el momento fatal, este le confiesa con frases entrecortadas por el
dolor lo que ya le había indicado Hulet, a saber:
que ha
seducido a Clara, hermana del conde, que había desaparecido algún
tiempo hacía de la casa paterna. La revelación de tan atroz
villanía es un golpe mortal para Walker, que vencido por su angustia
cae desmayado en el patíbulo, y Hulet puede entonces cumplir con su
deber.


Vuelto
en sí Murray, lo primero que ve es la cabeza inanimada de Duglas; y
la duda horrible de si le ha decapitado o no, le enloquece.


Sentado
Carlos II en el trono de Inglaterra, miss Clara, que ha jurado
descubrir a los dos verdugos de su amante, logra por fin ver colmados
sus deseos con la prisión de Walker, a quien Hulet ha delatado,
vengándose de la parsimonia con que, en concepto suyo, ha satisfecho
aquel su insaciable codicia.


El
duque de Hamilton, hijo de lord Duglas y privado del monarca
reinante, está plenamente convencido de que Walker es uno de los
verdugos de su padre.
No contento con la prueba plena de haber
reconocido la desventurada esposa de Murray la firma del conde puesta
al pie de la carta que escribió al Protector, dispone en la cárcel
un simulacro de ejecución, con el doble objeto de hacer recobrar a
John Walker su razón extraviada que hacía imposible legalmente su
condenación, y de obtener mayor seguridad de su delito.


Pero
apenas sabe el verdadero nombre del reo, determina hacerle huir
secretamente. Entonces Hulet, a fuerza de artimañas y en premio de
haber delatado a su ex-colega, logra ser nombrado alcaide de la
cárcel en donde se halla Walker encerrado. Pero reconocido por este
como su co-ejecutor, Hamilton hace encerrar a los dos en un mismo
calabozo, esperando de este careo toda la luz que necesitaba para el
esclarecimiento definitivo de la verdad. Walker entonces, a quien
Toby ha entregado la llave que ha de abrirle las puertas de su
encierro, se dispone a marchar, cuando Hulet, que ignora esta
circunstancia, para acibarar caritativamente los últimos instantes
de su compañero, le declara que él sólo decapitó al lord duque,
pues el desmayo del conde le había imposibilitado de levantar
siquiera el hacha. Murray, entonces, ebrio de gozo y completamente
curado de su locura, le da la llave salvadora, a cambio de una carta
en que Hulet declare solemnemente ser el único autor de la ejecución
de Duglas.


Pero
el duque de Hamilton ha presenciado desde un aposento contiguo al que
entrambos ocupan, la mencionada escena; y, en el momento en que Hulet
se disponía a fugarse, entra seguido de la esposa de Murray, y de su
hermana miss Clara, que no había conocido al que perseguía con
tanto encono, sino cuando era casi imposible su salvación.
Patentizada la inocencia del conde, le abrazan todos con extremos de
alegría, y finis coronat opus.


Este
es el argumento del drama de Lemaitre y compañía, que el Sr. Chas
de Lamotte ha traducido no sin algún esmero. Adoptaremos la forma
interrogativa para formular las observaciones que esta producción
nos sugiere:


1.a
¿Qué necesidad tenía Cromwell de comprar un verdugo, teniendo
gratis tan precioso dije?


2.a
¿Es natural que un hombre del temple de John Murray se desmaye como
una mujercilla cuando más necesidad tenía de su entereza?


3.a
¿Por qué M. John, en lugar de volverse loco con el único objeto de
dar materia a M. Lemaitre para manipular un melodrama, no averiguó
por boca de su apreciable coadjutor quién de los dos había dado
mulé al pobre señor Duglas
(Q. E. P. D.)?


4.a
¿Es concebible que la interesante miss Clara no supiese l‘adresse de la casa en donde habitaba su hermano, ni el
intríngulis de su pseudónimo, ni conociese al menos a su señora,
ni a su unigénito el condesito, ni al antiguo criado de la casa, al
tío Tobías, que le había dado papilla tantas veces?
5.a
¿Cómo diablos se le ocurrió a Valker ocultar a su familia
la broma que quería gastar con el hombre más serio de Europa,
arrancándole con su improvisado oficio de verdugo pour rire una de
sus víctimas más codiciadas?


6.a
¿Por qué no dio un papel en la función de tan donoso
escamoteo al mismo escamoteado? ¿No podía lord Duglas, si hubiese
estado en el secreto, coadyuvar al intento de sus libertadores, cuyo
plan tanto le importaba saber?


7.a
¿Tan romo de chirumen era el caballero Hulet que de tan tuno se las
echa, que se comprometiese hasta el punto de ser alcaide de la cárcel
que encerraba al que podía delatarle a su vez? ¿Se concibe tan
majadera imprevisión en un perro viejo como el honorable pillo en
cuestión?


Si
no estamos dotados de un entendimiento cipayo, desgracia que
lloraríamos eternamente, se nos antoja que el melodrama de M.
Lemaitre (fils) se cae al suelo con un par de puñetazos que le dé
cualquiera de las observaciones inocentes que acabamos de hacer.


Un
tío y un sobrino
son un par de gansos, que durante dos actos,
eternos como la paciencia del público de Madrid, están haciendo
oposición de majadería, y por fin ganan los dos. Sería curioso
averiguar qué entiende por comedia el autor de Un tío y un sobrino,
y por nueva el que nos da en tortilla lo que el Sr. Olona nos da en
salsa con la segunda parte de El Duende. Peor es meneallo.


El
pensamiento de La grandeza de Alcorcón es el mismo del Barón de Illescas. Como juguete destituido de pretensiones literarias, no es
completamente despreciable, pues abunda en chistes de buena ley y
está versificado con facilidad y soltura. El Sr. Rosales, su autor,
tuvo el buen juicio de no presentarse en escena cuando sus amigos le
llamaban. La Sra. Hijosa, este precioso bijou del teatro español,
representó con sin igual primor y donosura su papel de alcorconesa.

- He dicho.


FIN
DEL TOMO I.

sábado, 20 de junio de 2020

208. LA LARGA ESPERA DE LA REINA MORA, Rasal

208. LA LARGA ESPERA DE LA REINA MORA (SIGLO XV. RASAL)

LA LARGA ESPERA DE LA REINA MORA (SIGLO XV. RASAL)


Buena parte de las familias de los moros que vivían en la aldea de Rasal - cuando estas tierras y las de los llanos de Ayerbe y de Huesca, más allá de las montañas, fueron reconquistadas por los cristianos - se quedaron a vivir allí, donde tenían raíces de siglos.

Pero la pequeña comunidad mudéjar de Rasal, a pesar de convivir pacíficamente con la cristiana, fue agostándose poco a poco hasta quedar extinguida, aunque buena parte de sus costumbres y de su léxico fueron asumidos por los conquistadores.

No obstante, es sabido que al final quedó una sola mujer —una reina mora, según nos relata la tradición— que había sido encerrada hacía siglos, en el de la reconquista de Rasal, sin duda. Debió ser encerrada para salvar su vida por el rey moro en el momento de la huida precipitada, esperando volver a Rasal para rescatarla cuando las cosas se calmaran o incluso pudieran recuperar su tierra.

Vivía y vive aún la reina mora en una conocida cueva que se abre muy cerca de la ermita de Nuestra Señora de los Ríos, donde sigue esperando paciente al rey moro al que amaba y del que, sin duda, todavía sigue enamorada.

La reina mora apenas se deja ver a la luz del día, pero todo el mundo sabe en Rasal que un día al año los manantiales que manan cerca de la ermita de la Virgen se secan por completo, sin duda porque la reina mora, desde su cueva y al amparo de la noche, los obstruye con tierra y ramas. Es, sin duda, más que de protesta un recordatorio por la situación secular en la que se encuentra.

Todos saben que el día en que su amor y rey moro regrese para rescatarla y llevarla consigo, porque quedarse a vivir allí no parece probable, dejará de obstruir los manantiales que fluyen en torno a la ermita de Nuestra Señora de los Ríos, donde beben agradecidos quienes se acercan a rezar a la Virgen y a ver si tienen la suerte de intuir siquiera la silueta tenue de la reina mora.

[Recogida oralmente.]




Virgen de Los Ríos, Rasal, parecida a la Moreneta 

En esta imagen muestro la talla sedente de la Virgen de Los Ríos. Es una escultura románica procedente de la arruinada ermita de su mismo nombre ubicada a kilómetro y medio al sur del núcleo de Rasal, remontando el curso del barranco de la Virgen. Las ruinas que restan de dicha ermita son de época muy posterior. "Virgen negra", (collons,
s´assemelle a la Moreneta
) que como muchas otras acaso evoque historias de Templarios y ritos encubiertos hacia deidades egipcias. Se custodia en la parroquial de Rasal.

martes, 23 de junio de 2020

EL DESTIERRO DEL OBISPO SAN RAMÓN, BARBASTRO

271. EL DESTIERRO DEL OBISPO SAN RAMÓN (SIGLO XII. BARBASTRO)

EL DESTIERRO DEL OBISPO SAN RAMÓN (SIGLO XII. BARBASTRO)


Las pugnas entre los obispos Esteban, de Huesca, y Ramón, de Barbastro, eran constantes, fundamentalmente por cuestiones territoriales y de delimitaciones jurisdiccionales, pues hay que tener en cuenta que ambos obispados se estaban construyendo al propio ritmo que imponía el proceso reconquistador.

El obispo oscense reclamaba al barbastrense no sólo la importante población de Alquézar sino también la zona que delimitan el Cinca y el Alcanadre, y, con la aquiescencia o al menos el dejar hacer de Alfonso I el Batallador, logró fomentar y alimentar el descontento entre la nobleza barbastrense contra su obispo Ramón.

Completamente convencido de que le asistía la razón, decidió Ramón acudir personalmente a Roma en busca del apoyo pontificio, regresando en 1116 con documentos fehacientes de sus derechos.
Pero Esteban, con el apoyo ahora abierto y declarado del rey, incluso llegó a desalojar al barbastrense de su propia casa, de modo que tuvo que salir huyendo de la ciudad de Barbastro donde estaba su sede. Hasta aquí los datos son rigurosamente históricos, pero a partir de ellos comienza la leyenda.

En su precipitada huida, san Ramón pernoctó en la localidad de Aguilaniu y honor semejante reclaman varios pueblos de la comarca, entre ellos Panillo, cercano a Graus, donde algún tiempo después de haber pasado por allí el obispo fugitivo se repartían como auténticas reliquias pequeños fragmentos de las sábanas entre las que durmió el obispo desterrado.

En Capella, todos sus habitantes sin excepción, sin poder dar crédito a lo que estaba sucediendo sin explicación plausible, creyeron oír cómo las campanas repicaban solas anunciando la presencia y cercanía del obispo y, cuando salieron a recibirle en el camino, le hallaron sentado en una roca que durante siglos fue venerada como si se tratara de un lugar sagrado.

Portentos y milagros diversos, muchos de ellos adornados por la leyenda, hicieron que el obispo Ramón alcanzara pronto no sólo fama universal sino también la santidad, que le fue reconocida por Roma.

[Iglesias Costa, Manuel, Roda de Isábena, págs. 123-124.]

 


Ramón de Roda, de Ribagorza, de Barbastro o Ramón del Monte (Durban, Ariège, Francia, 1067 - Huesca, 1126) fue obispo de Roda-Barbastro. Es venerado como santo por la Iglesia católica. Nacido en Durban, en la vertiente norte de los Pirineos, en el seno de una familia noble, se llamaba Raimon Guillem. Se le proporcionaron unos buenos estudios y empezó la carrera militar, pero la abandonó para dedicarse al estudio y la religión.

Fue canónigo regular en Pamiers. Alfonso I de Aragón le concede el obispado de Barbastro-Roda en 1104, con sede en la catedral de Roda, para así resolver la disputa que mantenían los obispos San Odo de Urgel y Esteban de Huesca (ambos argumentaban que la recién conquistada ciudad de Barbastro tendría que formar parte de sus respectivas diócesis, no de la de Roda).

Ya en la sede de Roda, tuvo conflictos con los obispos de Huesca, de Urgel y con el rey Alfonso, principalmente por cuestión de límites. Recibió apoyo de los papas Pascual II y Calixto II. El año 1100, Pascual II, según testimonio del obispo Poncio de Roda, había delimitado la diócesis, declarándola inmune e inviolable. Pero el rey Alfonso I y el obispo de Huesca no la respetaron. En una carta de san Olegario al papa Inocencio II, el prelado barcelonés dice que el rey Alfonso guardaba rencor a Ramón de Roda "porque el obispo no quería participar en las guerras contra los cristianos".

En 1116, el obispo Esteban de Huesca, con el apoyo de nobles de Barbastro y del mismo rey Alfonso I, consiguió que Ramón fuese desterrado de Roda, acusándolo de oponerse a combatir con las armas a los musulmanes y otros herejes. Barbastro pasó a la diócesis de Huesca y, cuando Ramón vuelve en 1119, se instala en Roda (Barbastro no vuelve a la diócesis de Roda hasta 1133 y el 1145 pasa de nuevo a la de Huesca).

Durante su obispado se iniciaron las obras de reconstrucción del edificio de la actual catedral románica de Roda y se consagraron numerosas iglesias de la diócesis, como las de Taüll o Alaón, o los altares de Alquézar y Roda, que introdujeron el arte románico más innovador en aquel momento.

Ramón se marchó hasta su retorno a Roda en 1119. Una ermita en la montaña, cercana a la ciudad, marca el punto donde, al marchar, el santo lloró y bendijo la ciudad. Posteriormente, en 1125, acompañó al rey Alfonso en la campaña por Andalucía, con la intención de conquistar Granada. La campaña afectó a su salud: al volver a Huesca ya venía enfermo y murió el 21 de junio de 1126.

Su cuerpo se trasladó a Roda y se le sepultó en la catedral el 26 de junio.

Canonizado, su festividad se celebra el 21 de junio. Es patrón de la diócesis y la ciudad de Barbastro.

lunes, 22 de junio de 2020

252. VOTO Y FÉLIX, EN SAN JUAN DE LA PEÑA

252. VOTO Y FÉLIX, EN SAN JUAN DE LAPEÑA
(SIGLO VIII. SAN JUAN DE LA PEÑA)

VOTO Y FÉLIX, EN SAN JUAN DE LA PEÑA


Los hermanos Voto y Félix provenían de una noble familia hispanogoda y vivían con su padre en la fortaleza construida en uno de los montes pirenaicos donde se congregaron buena parte de los cristianos huidos de Zaragoza tras la invasión árabe. Un buen día el anciano padre los alertó acerca de un grito o quejido que había oído en la Peña Maladeta y de una densa nube negra que rodeaba la cumbre del monte Cóculo, ambos hechos indicadores, según la tradición, de que iba a suceder una gran desgracia.

No tardó mucho tiempo en concretarse aquel augurio porque, en efecto, desde la torre de la fortaleza vislumbraron junto al río Aragón un numeroso ejército de musulmanes, que no tardó en penetrar en las primeras casas. Pronto se trabó una verdadera batalla, de la que salieron victoriosos los árabes, que regresaron con un respetable botín de guerra. Voto y Félix, que resultaron heridos en la refriega, hallaron al pie de la torre el cadáver de su padre.

Poco más o menos un año después, en una tarde de otoño de los primeros años del siglo VIII, Voto salió de caza por los montes. Divisó un ciervo y corrió tras él; éste, en su huida, cayó a un abismo. Voto, con el caballo desenfrenado y creyendo que iba a correr la misma suerte, se encomendó a san Juan Bautista, como le enseñara su padre, y el animal se paró en seco en el mismo borde del precipicio. Después de dar gracias a Dios por haberlo salvado, descendió por la pendiente y halló abajo una cueva, en la que encontró el cadáver de un viejo ermitaño, Juan de Atarés, a quien dio sepultura.

Conmovido su hermano Félix por el relato que le hizo Voto de lo ocurrido, ambos decidieron ceder a los pobres sus cuantiosos bienes y retirarse a la cueva para consagrarse a la oración y la penitencia.
Pocos años después se les agregaron, según la tradición, otros dos anacoretas de Zaragoza, Benedicto o Benito y Marcelo. Había nacido la primera comunidad del monasterio de San Juan de la Peña.

[Sánchez Pérez, José A., El Reino de Aragón, págs. 120-122.]

domingo, 28 de abril de 2019

LA PÉRDIDA Y DESPOBLAMIENTO DE NOVILLAS


5. LA PÉRDIDA Y DESPOBLAMIENTO DE NOVILLAS (SIGLO VIII. MALLÉN)

Ante las noticias que llegaban con insistencia cada vez mayor, los habitantes del pequeño pueblo de Novillas, situado en la orilla derecha del río Ebro, dudaban acerca de qué determinación tomar. Una tarde, llegó presuroso y alarmante el anuncio de que las banderas de la media luna, victoriosas ante el importante enclave de Tudela, se preparaban para marchar contra Zaragoza, considerada como la llave del valle del Ebro. En rápida asamblea reunida frente a la iglesia, decidieron en común abandonar sus casas aquella misma noche, dirigiéndose hacia la población de Tauste, donde esperaban encontrar cobijo. Novillas quedó totalmente desierto.
A la mañana siguiente, conocedores de esta huida masiva y precipitada los cristianos de Mallén, población que todavía permanecía libre, organizaron una expedición compuesta por veinticuatro vecinos, quienes —con el sacerdote al frente y sin mostrar ningún miedo a los moros que estaban ya acampados ante su vista— se dirigieron a Novillas. Naturalmente, las calles estaban absolutamente desiertas y las casas vacías.
Con sigilo, se dirigieron a la iglesia. Dentro, en una hornacina del altar mayor, vieron lo que buscaban. Era la talla de una venerada imagen de la Virgen. La cogieron, la envolvieron entre unos paños y comenzaron el camino de regreso a Mallén sin que tuvieran contratiempo alguno.
En previsión de que los musulmanes pudieran atentar contra la imagen si entraban y tomaban Mallén, la escondieron hasta que llegaran tiempos mejores. En efecto, Mallén fue conquistado y durante cuatro siglos estuvo en poder moro. Buena parte de la población cristiana, al contrario que en el caso de Novillas, que fue arrasado, permaneció en sus hogares.
Cuando Alfonso I el Batallador reconquistó tanto Mallén como Novillas, los liberados cristianos de Mallén desenterraron la imagen y no teniendo a quién devolvérsela, puesto que Novillas había quedado totalmente desierta y así permaneció durante cuatrocientos años, decidieron depositarla en su iglesia parroquial, donde todavía se venera cada día 8 de septiembre.
[Datos proporcionados por Gemma Lalaguna, Colegio «Manlia». Mallén. Córdoba y Franco, Francisco J., Manlia y Mallén..., págs. 35-37.]


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