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domingo, 14 de junio de 2020

201. EL TESORO DE LA REINA MORA, CUEVAS DE CAÑART

201. EL TESORO DE LA REINA MORA (SIGLO XII/XIII. CUEVAS DE CAÑART)

EL TESORO DE LA REINA MORA (SIGLO XII/XIII. CUEVAS DE CAÑART)

De uno de los múltiples combates más o menos importantes que se libraron durante la Reconquista entre los musulmanes y los cristianos, la leyenda cuenta que en él murió un rey moro en pleno campo de batalla, dejando tras de sí a su viuda y un hijo de escasa edad.

En medio de aquella pelea, y antes de que los vencedores cristianos pudieran apoderarse como botín de los bienes familiares, la reina viuda y su pequeño hijo huyeron al galope de su caballo, tratando de buscar un refugio seguro. Llevaban consigo un enorme y fabuloso tesoro que, para poder cabalgar más deprisa y poner a salvo sus vidas, escondieron en tierras aledañas al pueblo de Cuevas de Cañart, con la esperanza de poder recuperarlo algún día si el signo de la guerra se les tornara favorable.

Quizás temerosos por la persecución que, sin duda, se habría organizado para darles alcance, no tuvieron en cuenta la difícil orografía por la que cabalgaban y acabaron despeñados en un lugar indeterminado, de modo que desaparecidos en el fondo de algún barranco madre e hijo quedó para siempre ignorado el lugar donde se halla el tesoro.


Se cree que, mucho tiempo después de que sucedieran estos hechos, un pastor cristiano encontró el tesoro por pura casualidad y, tras marcar convenientemente el terreno, fue a buscar ayuda a su pueblo para recuperarlo y trasladarlo en caballerías. Sin embargo, cuando el pastor regresó al lugar acompañado por varios de sus vecinos, no sólo había desaparecido de nuevo el tesoro, sino también los materiales y utensilios que había dejado como marca y señal.


Por eso, aún buscan por las cercanías de Cuevas de Cañart de cuando en cuando quienes conocen esta historia, con la esperanza de hallar el tesoro de la reina mora que se quedó viuda y huía con su hijo.

[Recogida oralmente.]

204. LA MORA ENCANTADA DE SALLAÓN, EL GRADO

204. LA MORA ENCANTADA DE SALLAÓN (SIGLO XIV. EL GRADO)

El agua del actual embalse de El Grado esconde un fondo bastante rugoso y accidentado. Entre los collados y alcores que hoy están ocultos a los ojos, existía uno llamado «Sallaón» cuyo significado explicaba la gente como deformación de la frase «¿en sale aún?», porque en tiempos, cuando el río Cinca y sus arroyuelos afluentes se secaban con el estío, los varios manaderos existentes en este paraje daban agua a todos los pueblos de los alrededores, que acudían allí con sus cántaros en permanente procesión. Dado el rigor de la canícula, quienes llegaban al paraje temerosos de que el agua hubiera dejado de manar preguntaban a los que regresaban o estaban aún llenando sus cántaros: «¿en sale aún?», o sea, «salaón», es decir, «Sallaón».
Pues bien, en Sallaón, además de los pozos de agua clara y fresca que daban de beber a los pueblos del contorno, abrían sus fauces varias cuevas, entre las cuales destacaba una que, aunque no tenía la boca o entrada muy grande, era profunda, muy oscura y ramificada por dentro. En esta cueva misteriosa, vivía una mora encantada que, conservándose siempre eternamente joven, permanecía allí a pesar de que sus correligionarios habían abandonado el lugar bastantes lustros antes.
En torno a la mora encantada, en la que jamás dejaba huella alguna el paso del tiempo, correteaban juguetones siete traviesos moricos, tal vez hijos de aquel hombre cristiano que un día pasó por delante de la cueva buscando unos hatos de leña y no regresó nunca con los suyos, enamorado y encantado por la agarena. Madre e hijos se escondían siempre de la luz del día, y sólo se les podía ver, mejor intuir, desde lejos, cuando, en cada ocaso, las sombras de los picachos circundantes descendían lentamente por la ladera de Sallaón.
Lo cierto es que cada nuevo amanecer, los pozos siempre estaban limpios y arreglados sus accesos.
Sin duda alguna, el padre cristiano de los moricos traviesos, enamorado eternamente de la hermosa mora, decidió quedarse con ella y regalar, a su vez, a las gentes cristianas y sencillas del contorno el cuidado de los manaderos.

[Datos proporcionados por Rosario Tobeña Arasanz, de El Grado. Colegio «San Vicente de Paúl». Barbastro.]


204. LA MORA ENCANTADA DE SALLAÓN

jueves, 23 de mayo de 2019

FUNDACIÓN Y DESTRUCCIÓN DE LA CIUDAD DE PANO

2.81. FUNDACIÓN Y DESTRUCCIÓN DE LA CIUDAD DE PANO (SIGLO VIII. SAN JUAN DE LA PEÑA)
 
FUNDACIÓN Y DESTRUCCIÓN DE LA CIUDAD DE PANO  (SIGLO VIII. SAN JUAN DE LA PEÑA)
 
 
En los momentos inmediatamente posteriores a la conquista musulmana de Zaragoza, la principal ciudad
del valle medio del Ebro, no era extraño advertir la presencia de pequeños grupos de cristianos huidos y escondidos en bosques, cuevas y montes que esperaban a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos por si podían regresar a los hogares que habían abandonado de manera precipitada. Estos fugitivos solían reunirse para llorar sus penas, solicitar la ayuda de Dios y ayudarse unos a otros. Fue en una de estas reuniones cuando, ante la permanencia de los moros en la ciudad, surgió la idea de reconquistar las tierras perdidas y tratar de fundar una ciudad cristiana.
Animados por esta ilusionante idea, los cristianos huidos —que conocían perfectamente la zona, pues no en vano era su casa— escogieron una cumbre inaccesible, la cima del monte Pano, como lugar de asentamiento de su primera ciudad tras la invasión agarena. Dicho monte, que situado entre Santa Cruz de la Serós y Botaya, está coronado en su cima por una extensa llanura, por lo que el trazado y la construcción fueron fáciles, máxime cuando aún hoy por allí abundan la piedra y la madera. Se dieron cita en aquel lugar familias enteras que se rigieron por los antiguos usos y costumbres bajo la protección de la Cruz, el auténtico símbolo de su fe.
No tardó mucho en llegar la noticia de la existencia de esta nueva y pequeña comunidad a oídos de
Abdelaziz, gobernador musulmán de Zaragoza, quien, temeroso de que aquel intento pudiera constituir algún peligro, dispuso inmediatamente un ejército, capitaneado por Abdemelic, para tratar de someter a la ciudad de Pano.
 
Cuando los cristianos advirtieron la presencia del ejército musulmán se aprestaron a defender sus casas.
En principio, las dificultades para acceder al lugar escogido pudieron mantener a salvo sus casas y enseres por un cierto espacio de tiempo, pero finalmente acabó imponiéndose el mayor poderío humano y bélico del ejército atacante, que penetró en la ciudad y la arrasó por completo, frustrando así el sueño de aquellas familias.
Nada quedó en la ciudad de Pano, salvo esta historia.
 
[Martínez y Herrero, B., Sobrarbe y Aragón..., I, págs. 46-48.]
 
https://es.wikipedia.org/wiki/Real_Monasterio_de_San_Juan_de_la_Pe%C3%B1a
 
El Real Monasterio de San Juan de la Peña situado en Botaya, al suroeste de Jaca, Huesca, Aragón (España), fue el monasterio más importante de Aragón en la alta Edad Media. En su Panteón Real fueron enterrados un buen número de reyes de Aragón. Forma parte del camino aragonés del Camino de Santiago. Su enclave es extremadamente singular.
 
Cuenta la leyenda, que un joven noble de nombre Voto (en algunas versiones, Oto), vino de caza por estos parajes cuando avistó un ciervo. El cazador corrió tras la presa, pero ésta era huidiza y al llegar al monte Pano, se despeñó por el precipicio. Milagrosamente su caballo se posó en tierra suavemente. Sano y salvo en el fondo del barranco, vio una pequeña cueva en la que descubrió una ermita dedicada a San Juan Bautista y, en el interior, halló el cadáver de un ermitaño llamado Juan de Atarés. Impresionado por el descubrimiento, fue a Zaragoza, vendió todos sus bienes junto a su hermano Félix se retiró a la cueva, e iniciaron una vida eremítica.
 
Este sería el inicio del Monasterio del que escribía don Miguel de Unamuno:
 
...la boca de un mundo de peñascos espirituales revestidos de un bosque de leyenda, en el que los monjes benedictinos, medio ermitaños, medio guerreros, verían pasar el invierno, mientras pisoteaban la nieve jabalíes de carne y hueso, salidos de los bosques, osos, lobos y otros animales salvajes.
 
Claustro de San Juan de la Peña.
Claustro de San Juan de la Peña.

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Se habitan estas montañas poco después de la conquista musulmana, al construir el castillo de Pano, destruido en el año 734. El origen legendario del Reino de Aragón también encuentra en el monasterio cueva de San Juan de la Peña su propia historia, cuando reunidos los guerreros cristianos junto a Voto y Félix deciden por aclamación nombrar a Garcí Ximénez su caudillo que les conducirá a la batalla por reconquistar tierras de Jaca y Aínsa, lugar este donde se produjo el milagro de la cruz de fuego sobre la carrasca del Sobrarbe.
 
Reinando en Pamplona García Íñiguez y Galindo Aznárez I, conde de Aragón, comienzan a favorecer al Monasterio. El rey García Sánchez I concedió a los monjes derecho de jurisdicción, y sus sucesores hasta Sancho el Mayor, continuaron esta política de protección. Allí pasó sus primeros años San Íñigo.
En el reinado de Sancho Ramírez de Aragón adquiere su mayor protagonismo llegando a ser panteón de los reyes de Aragón.
 
Fueron devastadores los incendios de 1494 y 1675. A raíz del último de ellos, se construyó el Monasterio Nuevo. El Monasterio Antiguo fue declarado Monumento Nacional el 13 de julio de 1889 y el Monasterio Moderno el 9 de agosto de 1923. La restauración fue dirigida por el arquitecto modernista aragonés Ricardo Magdalena.
 
Probablemente existiera algún tipo de cenobio anterior al siglo XI, pero la construcción de mayor importancia empieza el año 1026 por iniciativa de Sancho el Mayor. En el año 1071 el rey Sancho Ramírez cede el conjunto existente a los monjes cluniacenses y favorece su reforma. En este momento se levanta el conjunto que hoy queda, en mayor o menor medida. La reforma benedictina de Cluny no podía obviar la construcción de un claustro que se finalizará ya entrado el siglo XII.
 
A finales del siglo XI son un conjunto de capiteles de influencia jaquesa del claustro con temas de animales fantásticos y algunos motivos geométricos y vegetales donde destacan los roleos. Un segundo grupo, formado por veinte capiteles, fue encargado en el último tercio del siglo XII al llamado maestro de San Juan de la Peña, autor anónimo, también conocido como Maestro de Agüero, probablemente para sustituir otro anterior.​ El pequeño recinto ofrecía un cerramiento diáfano en forma de arcadas separadas por columnas. Los arcos se veían rematados con cenefas con el típico taqueado jaqués.
 
El Maestro desarrolla un programa sobre escenas bíblicas donde aparecen entre otras el Anuncio a los pastores, la Natividad, la Anunciación, la Epifanía, el Bautismo y la Circuncisión de Jesús, la Última Cena, episodios sobre Caín y Abel, la Creación de Adán y Eva, así como su Reprobación y posterior condena al trabajo. Seguramente el maestro de Agüero solo elaboró los capiteles para dos alas del claustro ya que a finales del siglo XII el monasterio entró en franca decadencia. El programa iconográfico que plantean los 26 capiteles que conservamos parece enfocar la Salvación a través de la Fe escogiendo los episodios más significativos para ello.
 
Se trabaja con bajorrelieves casi todos dominados por un horror vacui muy acentuado que provoca contorsiones en algunas figuras que superan el propio marco sacando un brazo como en la escena de Jesús y los Apóstoles. Los gestos son exagerados, casi teatrales, acentuando los ojos y la boca, y confiriendo narratividad a las escenas. En cuanto a las formas, estas se someten a esquemas geométricos que dominan desde la configuración del rostro o los pliegues de los paños, hasta los movimientos de caballos o de la misma agua que se vierte de un jarro a otro.
 
En el piso superior se encuentra el Panteón real. En él, durante cinco siglos se enterraron algunos de los monarcas de Aragón y de Navarra. Su aspecto actual data del siglo XVIII.
 
En San Juan de la Peña, los reyes de Aragón fueron sepultados en tumbas de piedra colocadas en tres órdenes superpuestos, desde la roca hacia afuera, presentando a la vista solo los pies del féretro. El panteón real ocupa las dependencias de la antigua sacristía de la iglesia alta, que data del siglo XI; fue reformado por Carlos III en 1770, siguiendo las indicaciones de don José Nicolás de Azara y del conde de Aranda, quien quiso ser enterrado en el atrio. La reforma solo afectó a la decoración, quedando los sepulcros en el mismo lugar; se levantó delante de ellos una pared en la que se colocaron láminas de bronce con las inscripciones correspondientes, se distribuyó por la sala profusión de estucos y mármoles, colocando en la pared frontera unos medallones con relieves que representan escenas de legendarias batallas.
 
Alberga los restos de algunos monarcas navarros que reinaron en Aragón, de los primeros condes aragoneses y de los tres reyes iniciales de la dinastía ramirense, Ramiro I, Sancho Ramírez, Pedro I, junto con sus esposas.
 
En 1889 se le otorga el título de Monumento Nacional que en 1920 es completado con la declaración por parte del rey Alfonso XIII como Sitio Nacional. Ya el 2 de febrero de 2004, el Gobierno de Aragón completa su declaración como Bien de interés cultural con la protección del conjunto monástico y su entorno.
 
La mayor parte del fondo documental del Monasterio se trasladó al Archivo Histórico Nacional de Madrid, donde se encuentra en la sección de Clero. Atendiendo a los trabajos publicados, la documentación se divide en tres grandes grupos:
 
Textos más antiguos, entre 507 y 1064, que se recogen en el Cartulario de San Juan de la Peña.
Documentos fechados entre 1064 y 1194.
Documentos fechados entre 1195 y finales del siglo XV.
 
Según la leyenda española sobre el Santo Grial, este permaneció en el monasterio, después de pasar por diversas ubicaciones como la cueva de Yebra de Basa, monasterio de San Pedro de Siresa, iglesia de San Adrián de Sásabe, San Pedro de la Sede Real de Bailo, la Catedral de Jaca, desde 1071 hasta 1399.
 
La necesidad de atraer a los peregrinos a Santiago que pasaban por el cercano camino de Jaca al monasterio aconsejó que en él se ubicara la reliquia. En 1399 el rey Martín I se llevó el vaso sagrado al palacio de la Aljafería de Zaragoza, donde estuvo más de veinte años, después de una breve estancia en Barcelona, acompañando al rey y posteriormente se trasladó a la Catedral de Valencia.
 
El primer lugar en España donde se celebra con el rito Romano es en el Reino de Aragón en el monasterio de San Juan de la Peña, el 22 de marzo de 1071, durante la estancia del Santo Cáliz en el monasterio y a continuación se oficializa en el resto del reino, sustituyendo al rito mozárabe.
 
Martínez y Herrero, Bartolomé (1866). Sobrarbe y Aragón : estudios históricos sobre la fundación y progreso de estos reinos, hasta que se agregó á los mismos el Condado de Barcelona. pp. 54-59.

http://bibliotecavirtual.aragon.es/i18n/consulta/registro.cmd?id=3703
 
Enríquez de Salamanca, Cayetano, Rutas del románico en la provincia de Huesca, Las Rozas (Madrid), 1987, pág. 42, ISBN 84-398-9582-8.

Lapeña Paúl, Ana Isabel (1997). «Documentos en romance del Monasterio de san Juan de la Peña (primera serie, siglo XIII-1325)». Alazet, 9, pp. 215-249.


La introducción del rito romano en Aragón y Navarra.

 

http://www.jacetania.es/jacetaneas/opencms/site/web/conoce_la_comarca/jaca/botaya/?comboIdiomas=spanish

domingo, 12 de julio de 2020

CAPÍTULO XXIX. Granada, reliquias

CAPÍTULO XXIX.

Descúbrense en el monte Santo de Granada las reliquias y libros de san Tesifonte y de otros santos discípulos del apóstol Santiago.

El principio a esta santa invención lo dio Sebastián López, natural de la villa de Torres, en el obispado de Jaén. Buscaba este buen hombre un tesoro, y tenía noticia que, cuando se perdió España, en el reino de Granada, en un cerro pelado que tenía piedras azules, se cerró una mina de oro, y que había dentro de ella muchos aposentos, y tenía la boca a la parte de poniente. Jamás se supo quien dio a este hombre esta noticia o receta; e hizo todo lo posible para hallar lo que buscaba, sin dejar cerro alguno que no andase ni mirase buscando piedras azules, que era el primer señal que en el cerro había de hallar.
Con esta ansia llegó a Granada, y dióse a buscar su mina por los cerros más cercanos a la ciudad.
Antes de proseguir este suceso, es de advertir que en el lugar donde está fabricada la iglesia catedral de Granada, para proseguir aquel suntuoso edificio fue necesario derribar una torre antigua: llegando ya a la mitad de ella, un viernes a 18 de marzo, víspera de san José, 1588, con la tierra cayó en el suelo una caja de plomo, no muy grande, pero bien cerrada; acudieron a ella los oficiales, alegando cada uno el derecho que a la caja tenía, pensando que era algún tesoro; llevaron al fin la caja al arzobispo de aquella ciudad, que era don Juan Méndez; abriéronla y hallaron dentro un hueso y un pergamino escrito, parte en lengua y letra castellana, y lo más en lengua y letra arábiga, y es una profecía de san Juan Evangelista, una relación árabe, en que refiere san Cecilio, primer obispo de Granada, un viaje que hizo a la ciudad de Atenas, donde dice que hubo de san Dionisio Areopagita esta profecía, medio paño de aquel con que la Virgen nuestra señora se enjugó las lágrimas en la pasión de su hijo, nuestro señor, y un hueso de san Estévan, primer mártir. Está la profecía en letra y lengua castellana, como la hablamos el día de hoy: son las letras coloradas y negras, puestas cada una alternativamente en unas casillas como de ajedrez, duplicando algunas y poniendo en medio otras letras griegas, y al fin de todo está el evangelio de san Juan como el que oímos al fin de la misa, y una firma al cabo, ni bien latina, ni del todo arábiga, pero entiéndese que dice Cecilio, obispo de Granada; y después de todo esto, está una memoria que declara todo lo que queda dicho, y dice de esta manera:

RELATIO PATRICII SACERDOTIS.

Servus Dei Cecilius, Episcopus Granatensis, cum in Iberia esset, et cum videret dierum suorum finem, occulte mihi dixit, se habere pro certo suum martirium appropinquare, et utpote ille qui in die amabat, thesaurum suorum reliquiarum mihi commendavit, et me admonuit ut occulte haberem et in loco locarem, ubi in potentiam maurorum nunquam veniret, affirmans esse thesaurum salutis, atque scientiae certae, et plurimum laborasse et iter *fecime terra marique, et debere esse in occulto loco donec Deus vellet illud manifestare; et ego melius quam intellexi in loco clausi ubi jacet, Deum rogans ut eum observet.
Et reliquiae quae hic jacent sunt: Prophetia divi Joannis Evangelistae circa finem mundi; medius pannus quo Virgo Maria abstersit ab occulis lacrimas in passione sui Filii sacrati; os divi Stephani primi martiris.
Deo gratias.

El dicho arzobispo recogió todo esto y lo veneró como reliquias: murió aquel prelado, y se quedó de esta manera; y el sucesor, que fue don Pedro de Castro y Quiñones, no trató de ello, hasta que le obligó la correspondencia de lo que se halló en el monte buscando el tesoro.
Continuaba, pues, Sebastián López en visitar los cerros vecinos de la ciudad de Granada, que no son pocos: día de Todos Santos del año 1594 subió al cerro que llamaban Val-Paraíso y hoy Monte Santo, y allá halló una piedra que le pareció que tenía oro, y margarita la llaman los afinadores. De esta piedra tomó motivo para cavar, y lo continuó por algunos días, y descubrió tres bocas de cuevas que mostraban serlo, en que la tierra con que estaban llenas era movediza y puesta a mano: buscó ayuda, porque solo no podía continuar la empresa, y porque se iban descubriendo diversos caminos y ramos en aquella cueva, y en uno de ellos, en el mes de marzo del año 1595, hallaron una lámina de plomo con algunos renglones, escrita con letras extraordinarias e inusitadas, nunca vistas ni leídas en inscripciones ni monedas antiguas. Buscaron quien la leyese, y no hallaron nadie hasta que la llevaron al colegio de la Compañía de Jesús, y un padre de ella la leyó y halló que decía: Corpus ustum divi Mesitonis, martiris. Passus est sub Neronis imperatoris potentatu. Fueron continuando en cavar aquellas cavernas, y en diferentes días hallaron otras láminas de la misma letra latina y ortografía, y en todas tres estaban dobladas las letras hacia dentro, como que las hubiesen doblado para así mejor guardar y conservar las letras. Decía, pues, la una de estas dos últimas láminas de esta manera:
Anno secundo Neronis imperii, Marcii kalendis, passus fuit martirium in hoc Illipulitano, electus ad hunc effectum, sanctus Hischius, apostoli Jacobi discipulus, cum suis discipulis Turilo, Panuncio, Maronio, Centulio, per medium ignem, in quo vivi ambusti fuerunt; aeternam vitam transivere; ut lapides in calcem conversi fuerunt; quorum pulveres in hujus sacri montis cavernis jacent, qui, ut ratio postulat, in eorum memoriam veneretur.
La otra lámina decía.
Anno secundo Neronis imperii, kalendis aprilis, passus est martirium in hoc Illipulita....us Ctesiphon, dictus, priusquam converteretur, Abenatar, divi Jacobi apostoli discipulus, vir litteris et sanctitate praeditus, qui plumbi tabulis scripsit librum illum, Fundamentum Ecllesiae apellatum; et simul passi sunt sui discipuli divus Maximinus et Luparius, quorum pulvis et libri sunt cum pulveribus divorum martirum in hujus sacri mont … cavernis. In eorum memoriam venerentur.

Prosiguióse en abrir y vaciar las dichas cavernas, como dicho, y hallaron en una de ellas, como mazmorra, entre cenizas, tierra y carbones, una cabeza o calavera de hombre, y una pierna y pie y otros huesos, y muchos de ellos medio quemados; y la mazmorra también quemada y abrasadas las paredes, que parece claramente que el fuego se hizo allá dentro y fueron quemados allí. Fueron cavando más adelante y vaciando la tierra, y descubrieron otra caverna hecha a mano como horno, y estaba también quemada y abrasada, y rajadas las piedras, paredes y el techo como si hubiera habido calera allí con poderoso fuego, y allí hallaron muchas cenizas, carbones y pedazos como de cal, y una masa blanca muy liviana, tiznada y mezclada con carbones, que tendría de bulto como dos fanegas, la cual, examinada por oficiales, son huesos quemados, mezclados con cenizas y piedras que se quemaron entonces; y esto parece que corresponde a la lámina de san Hisquio, donde dice que él y sus cuatro discípulos fueron quemados vivos, y vueltos en cal como piedras.
A 22 de abril del mismo año 1595, se halló el libro que dice la una lámina: está metido en una caja o cubierta de plomo; en el suelo de ella, por la parte de dentro, tiene escrito de la misma letra antigua este letrero.

LIBER FUNDAMENTI ECCLESIAE SALOMONIS CARACTERIBUS SCRIPTUS.

A 25 del dicho mes y año se halló en otra caverna otro libro, escrito en tablas de plomo, metido en una caja o cubierta de plomo: y en esta cubierta, por la parte de dentro, en el suelo de ella, está escrito, con la misma forma de letras y caracteres que las dichas láminas, esto:
Liber De Essentia Dei, quem Divus Cthesipon, apostoli Jacobi discipulus, in sua naturali lingua arabica, Salomonis caracteribus scripsit; et alius, Fundamentum Ecllesiae appellatus, qui in hujus sacri cavernis montis jacet. Deus * Nerone Imperatore hos duos liberet libros. Imposuit finem hic mr. suis operibus, scribens miracula et vitae …. itatem sui magistri …. vi in hujus sacri montis ca.... est....
Lo que falta no se puede leer, por estar muy gastadas las letras. Además de esto, cavando en las cavernas de dicho monte, se hallaron otros diez y seis o diez y siete libros en hojas de plomo y en lengua árabe, y uno de ellos no se entiende en qué letras está; y en uno de ellos se halla como san Tesifonte y Cecilio eran hermanos, naturales de Arabia, y, como tengo ya dicho, el uno había nacido ciego, y mudo el otro (no me grites que no te veo!), y que Cristo nuestro señor les había dado la vista y habla y les encomendó al apóstol Santiago, y así, por ser árabes, escribieron aquellos libros en arábigo.
Esto es lo que pasó en la invencion de las reliquias de san Tesifonte y sus compañeros: las diligencias y averiguaciones que se hicieron sobre la verdad de ellas, y las dificultades que se ofrecieron a algunos, refieren el doctor Gregorio López de Madera en sus discursos que hace de la certidumbre de estas reliquias, y don Castellá Mauro Ferrer en su historia del apóstol Santiago. Y así, las dejo, y solo traigo en él capítulo siguiente la sentencia que dio sobre esto el arzobispo de Granada, con que se quita y da solución a las dificultades que pueden ofrecerse sobre esta dichosa invencion.

lunes, 20 de mayo de 2019

LA RECONQUISTA DE VILLEL

2.72. LA RECONQUISTA DE VILLEL (SIGLO XII. VILLEL)

 
LA RECONQUISTA DE VILLEL (SIGLO XII. VILLEL)
 
 
Desde hacía diez años, la reconquista de Teruel por las tropas cristianas era ya un hecho, como lo era la
amenaza que tal enclave suponía para las poblaciones todavía musulmanas aguas abajo del Guadalaviar.
Entre estos enclaves moros amenazados se encontraba Villel, cuyo alcaide, Setí Mahomat, se esforzaba en hostigar los alrededores de Teruel intentando debilitar las fuerzas enemigas. No obstante, todo era en vano, pues a aquellas alturas el desequilibrio de fuerzas era ya un hecho incontestable.

De pronto, los acontecimientos se precipitaron con rapidez. El valiente Setí Mahomat tenía una esclava cristiana, a la que había hecho prisionera en una de sus correrías, y de cuya belleza se había enamorado.

Sin saberlo Setí, también había hecho prisionero a un hermano de la muchacha o, mejor dicho, se había dejado capturar para tramar la caída de Villel.

El joven, una vez dentro de la población, se puso en contacto con su hermana y tramaron el futuro plan a seguir. Además, la joven consiguió de Setí Mahomat la liberación de su hermano, que regresó a Teruel con la misión cumplida.

Era noviembre de 1181 y los moros de Villel se hallaban en el cerro de la Horca celebrando la boda de un
capitán. Al mediodía, en el castillo, la esclava cristiana, aprovechando la soledad en que se encontraban, confiado en su regazo Setí Mahomat, le clavó una larga aguja de salmar que llevaba oculta entre las trenzas, causándole la muerte.

Consumado el crimen, la esclava se hizo visible en una de las almenas del castillo, y agitando un pañuelo,
tal como había convenido con su hermano, avisó a los cristianos, que estaban apostados en las cuevas y cerros inmediatos.

Dirigidos por Martín Pérez, señor de Escondilla, las huestes cristianas tomaron el castillo y la población, pasando a cuchillo a cuantos se resistieron. Las mujeres moras, antes que caer como esclavas de los cristianos, cubriéronse la cabeza con el velo y se lanzaron a las aguas del río, librándose así de la deshonra.

Martín Pérez fue nombrado señor de Villel por el rey, que se reservaba el castillo, el horno y el
molino.

[Gisbert, Salvador, «Tradiciones turolenses...». Heraldo de Teruel, 2 (1896), págs. 3-4.]
 
 
https://es.wikipedia.org/wiki/Villel


Villel es una localidad y municipio español de la provincia de Teruel perteneciente a la comarca de Comunidad de Teruel, en la comunidad autónoma de Aragón. En el censo de 2018 Villel tenía 327 habitantes.

Está situado a la derecha del río Turia. Comprende los caseríos o mases El Campo, La Fuensanta, Rueda, Torrejón, Vadillo, Viñuelas y el balneario de Los Baños.

A unos dos kilómetros se encuentra el santuario de nuestra Señora de la Fuensanta, que es el principal centro de devoción de la comarca, es un lugar situado entre las montañas y varios pueblos celebran en este santuario una romería anualmente. Pero cabe destacar la más importante que es la de Villel el segundo sábado de mayo.

Conserva su castillo parcialmente en ruinas y, sobre todo, su torre del homenaje. Pertenecía a los Aben Razin, de Albarracín, y fue ocupado por El Cid camino de Valencia.


Reconquistado por Alfonso II, quien lo entregó a los Templarios, fue primeramente una Encomienda de la Orden del Temple.


En el siglo XIV fue cabeza de Encomienda de la Orden de San Juan, encuadrada en la Castellanía de Amposta, y primer destino de Juan Fernández de Heredia, quien llegó a ser gran maestre de Rodas.


Lo conquistó Pedro I de Castilla en el transcurso de una guerra entre Aragón y Castilla, y en la Guerra de la Independencia lo ocupó también el ejército napoleónico.


Virgen de la Fuensanta:

Según la tradición, la imagen fue hallada por un pastor de nombre Juan Pérez en 1238; su imagen se venera en el Santuario de Nuestra Señora de la Fuensanta - edificio gótico tardío situado al poniente de la villa, construido en 1561.
 
 

https://www.escapadarural.com/que-hacer/villel

https://www.clubrural.com/que-ver/teruel/villel



 
 
 
 
 

domingo, 12 de julio de 2020

CAPÍTULO XXX.


CAPÍTULO XXX.

De la sentencia que dieron el arzobispo de Granada y las personas que juntó para ello, sobre la verdad y certidumbre de estas santas reliquias.

Don Pedro de Castro y Quiñones, arzobispo de Granada, fue el que con mayor cuidado procuró sacar a luz la verdad de estas reliquias: hizo sobre ello muy grande proceso, y ha sido el más cumplido y riguroso que jamás se haya hecho en semejante materia, porque, como el suceso excede tanto a los demás, ha querido Dios que en todo haya esta ventaja; y después de averiguado todo lo que se podía averiguar, hizo la junta que se requiere en el santo concilio Tridentino, y conforme a él y a los breves apostólicos que, para el conocimiento de esta causa, tenía, a 30 de abril de 1600, en la iglesia mayor de Granada, pronunció la sentencia siguiente.

IN NOMINE DOMINI NOSTRI JESU CHRISTI.

Nos don Pedro de Castro, por la gracia de Dios y de la santa sede apostólica arzobispo de Granada, del consejo del rey nuestro señor, con consejo y asenso de los reverendísimos prelados don Juan de Fontseca, obispo de Guadix, (pone Guádix) del consejo de S. M., conprovincial y sufragáneo nuestro, y don Sebastián Quintero, obispo de Galípoli y don Alonso de Mendoza, abad de Alcalá la Real habiendo tratado de las reliquias que en el año del nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo (pone Jesucrito) de 1588 se hallaron, derribando una torre antiquísima en esta santa iglesia, y otras en el año de 1595, en el monte que llaman Val-Paraíso, cerca de esta ciudad, el conocimiento y aprobación de las cuales a Nos pertenece por derecho y por el santo concilio de Trento y por especial comisión de nuestro muy santo padre Clemente VIII; visto este proceso y todas las informaciones, averiguaciones y diligencias en él hechas, y habiendo habido consejo y deliberación con varones muy doctos, píos, y teólogos y de otras facultades, que con Nos congregamos, y todo lo demás que fue necesario y verse convino:
Fallamos de un mismo parecer y asenso, (consenso) en que fueron todos conformes, que debemos declarar, declaramos, definimos y pronunciamos las dichas reliquias en este proceso contenidas, conviene a saber, la mitad del paño con que nuestra señora la gloriosa virgen María limpió sus lágrimas en la pasión de su Hijo, nuestro Redentor, y el hueso de San Estévan, protomártir, ser y que son verdaderamente el medio paño de nuestra señora y el hueso del protomártir san Estévan, y haber estado ocultas, cerradas y guardadas dentro una pared de la torre antiquísima que estaba edificada en el sitio donde se edificó la iglesia mayor de esta ciudad, metidas en una caja de plomo *betumada por dentro y fuera, y dentro en la caja, una carta de pergamino, antiquísima, en la cual refiere Patricio, sacerdote, que estaban allí las dichas reliquias, y que él las escondió por mandado de san Cecilio; y se halló todo dentro en dicha caja de plomo en el dicho año de 1588, sábado día de san José, a 19 de Marzo, derribando y deshaciendo la dicha torre. Asímismo declaramos, definimos y pronunciamos los huesos, cenizas y polvos, y la masa blanca que en el año 95 hallamos dentro de las cavernas de dicho monte, que llaman de Val-Paraíso, ser verdaderamente reliquias de santos mártires, que gozan y reinan con Dios nuestro señor en el cielo; conviene a saber, de los santos mártires san Cecilio, san Hisquio, san Tesifon, discípulos del bienaventurado apóstol Santiago el Zebedeo, y de san Septentrio y Patricio, discípulos de san Cecilio, y de san Turilio, Panuncio, Maronio, Centulio, discípulos de san Hisquio, y de san Maximino y Lupario, discípulos de san Tesifon, y las de san Mesiton; y los dichos santos Cecilio, Hisquio y Tesifon, y juntamente con ellos los dichos sus discípulos, y san Mesiton, haber padecido martirio, quemados vivos dentro en las cuevas y cavernas del dicho monte por Jesucristo nuestro Redentor y por su santa fé católica, y por la indicación y predicación del santo Evangelio, en el año segundo del imperio de Nerón; san Cecilio y sus discípulos en las calendas de marzo, quemados como las piedras cuando se vuelven cal y san Tesifon y sus discípulos en las calendas de abril, como lo dicen y muestran cuatro láminas de plomo antiquísimas, escritas en lengua latina, con antiquísimos caracteres, y otros instrumentos, también de plomo, antiquísimos, que todo ha estado oculto y cerrado dentro en las dichas cavernas hasta agora que lo hallamos en el dicho año de 95, y parece resulta y se averigua por este proceso, y lo ha mostrado y comprobado Dios nuestro señor por muchos milagros: en consecuencia de lo cual, declaramos las dichas reliquias deber ser recibidas, honradas, veneradas y adoradas con honra y culto debido, como reliquias verdaderas de nuestra Señora y de los dichos mártires, que reinan con Dios nuestro señor, según que la Iglesia católica romana acostumbra venerar las reliquias de los santos, y deber ser expuestas públicamente al pueblo cristiano y a todos los fieles para el tal efecto, y que pueden invocarlas. Y Nos, con los aquí congregados, así las recibimos y veneramos, y mandamos que se pongan y coloquen en guarda y custodia y lugar muy *decente a nuestro parecer o del reverendísimo arzobispo que fuere de esta Iglesia; y asímismo declaramos el dicho lugar y monte de Val-Paraíso, en las cavernas del cual padecieron martirio todos los dichos santos, ser lugar santo y sagrado, y deber ser honrado y venerado como las dichas láminas lo mandan, en memoria de los santos que padecieron martirio en él, y tener las prerogativas que da el derecho y los sacros cánones a los tales lugares sagrados, y mandamos que en todo se le guarden. Y por esta nuestra sentencia así lo pronunciamos y mandamos, y firmamos de nuestro
nombre, y sellamos con nuestro sello pendiente.
PETRUS DE CASTRO, JOANNES, EPISCOPUS
ARCHIEPISCOPUS GRANATENSIS. GUADIX, SUBSCRIPSI.
S. EPISCOPUS GALIPOLENSIS, ALFONSUS, ABBAS,
SUBSCRIPSI. SUBSCRIPSI.

Sin esto, lo firmaron los señores de la audiencia y chancillería real de Granada y muchas otras personas eruditísimas, así clérigos como religiosos de diversas órdenes, algunos de ellos consultores del Santo Oficio, como se puede ver en los discursos del doctor Gregorio López de Madera, fiscal de S. M. en la chancillería de Granada, que fue el que escribió admirablemente sobre la invencion de las santas reliquias, dando razón y soltando las dificultades que hallaban algunos que no estaban satisfechos de este santo descubrimiento.

domingo, 12 de mayo de 2019

LA RECONQUISTA DE CAMAÑAS

2.67. LA RECONQUISTA DE CAMAÑAS (SIGLO XII. CAMAÑAS)
 
Entre el alcaide moro de Camañas y el conde cristiano de Alfambra existía una enconada rivalidad como
jefes de poblaciones fronterizas y enemigas que eran. Pero en casa del señor de Alfambra se hablaba tanto del alcaide sarraceno que la mujer de aquél acabó enamorándose a distancia de éste hasta tal
extremo que logró convenir una cita secreta para verse a solas.

Aceptó el encuentro Yusuf, que sabía de las dotes y belleza de la condesa, e ideó de qué manera podría
unirse a ella sin levantar las sospechas de don Rodrigo, su enemigo. De ahí que hiciera preparar a su hechicero un brebaje que, horas después de ser ingerido, la mantendría como muerta durante ocho
días, tiempo suficiente para que el de Alfambra se hiciera a la idea de su desaparición.

El alcaide moro y la dama cristiana mantuvieron la cita convenida, se declararon mutuo amor y decidieron poner en práctica el plan ideado por aquél. Así es que se amaron, tomó la pócima la enamorada y luego recorrió con sigilo los escasos kilómetros que separan a ambas poblaciones.
«Murió» la condesa en su propia casa como estaba previsto, pero el calor no huía de su cuerpo. Don
Rodrigo, dubitativo, vertió plomo caliente en la mano de su mujer, que quedó perforada, pero su cuerpo no se movió. No cabía duda, pues: estaba muerta y fue enterrada entre sollozos.

Desenterrada por los hombres de Yusuf y «resucitada», se hizo pasar por una mujer venida de lejos, y se
convirtió en la señora de Camañas. Mas con el tiempo, un mendigo la identificó por la mano horadada y dio aviso a don Rodrigo, quien, disfrazado también de pordiosero, se presentó en su casa, reconociéndose mutuamente, si bien le aseguró ella que estaba allí forzada.
 
Llegó entre tanto Yusuf y la dama escondió a su ex marido en un arca. Le preguntó al alcaide cuánto
daría por apresar a don Rodrigo y al decirle que la mitad de sus bienes, la mujer levantó la cubierta del arca e intentó entregar a don Rodrigo, pero éste hizo sonar una flauta que llevaba escondida y al momento sus hombres, que estaban ocultos, atacaron y vencieron a los desprevenidos moros. De esta manera Camañas acababa de ser reconquistada, mientras Yusuf y su enamorada eran quemados vivos en
Sierra Palomera.

[Lázaro Polo, Francisco, El bardo de la memoria..., págs. 195-197.]
 
 
 
 
 
Camañas es un municipio de la provincia de Teruel, perteneciente a la Comarca de Comunidad de Teruel, en la Comunidad Autónoma de Aragón, España. Tiene una población de 124 habitantes (INE 2018).
 
LA RECONQUISTA DE CAMAÑAS (SIGLO XII. CAMAÑAS)
 
 
  • El bardo de la memoria  : historias y leyendas turolenses / Francisco Lázaro Polo. Teruel, Diputación Provincial, D.L. 1992; 205 p.:il.;18 cm
  • Cervantes y Teruel / Francisco Lázaro Polo. Teruel, Caja Rural de Teruel, 2005; 38 p.:il.;21 cm
  • Crónica del Teruel extraño / Francisco Lázaro Polo. Zaragoza, Ibercaja, 1999; 253 p.:il.;24 cm
  • Cuéntame El Cid en Teruel / Francisco Lázaro Polo. Teruel, Aragón Vivo, 2007; 79 p.:il.;23 x 25 cm
  • Personajes turolenses / Francisco Lázaro Polo ; dibujos, Mª Carmen Muñoz Ferrer. Teruel, Caja Rural de Teruel, 1997; 142 p.:il.;21 cm
  • Teruel y la literatura / Francisco Lázaro Polo. Teruel, Aragón Vivo, 2003; 256 p.;21 cm
  • "El Cantar de mio Cid y Teruel", Turia, 83, 2007, p. 379-403.
  • "Los poetas de Monreal", en Historia de Monreal del Campo, Monreal, 2006, p. 295-302 [Texto completo]
  • ``Ecos literarios del valle´´. Calamocha, Xiloca, 32, 2004, pág. 077-094 [Texto completo]
  • "Ecos literarios del valle", en Comarca del Jiloca, Zaragoza, Gobierno de Aragón, 2003, p. 177-192 [Texto completo]
  • ``Por los caminos literarios de El Cid Campeador´´. Calamocha, Xiloca, 25, 2000, pág. 173-188 [Texto completo]
  • ``Introducción a la literatura turolense´´. Calamocha, Xiloca, 20, 1997, pág. 257-283 [Texto completo]
  • ``Dos motivos significativos del Caminreal contemporáneo: el escudo y el ferrocarril´´. Calamocha, Xiloca, 08, 1991, pág. 063-070 [Texto completo]
  • `Notas aproximativas al dance de Caminreal´´. Calamocha, Cuadernos del baile San Roque, 03, 1990, pág. 095-105 [Texto completo]
  • ``Assi fera lo de Siloca, que es del otra part: alusiones épicas a nuestra comarca en el cantar del Mio Cid.´´. Calamocha, Xiloca, 05, 1990, pág. 091-100 [Texto completo]
  • ``Rasgos estilísticos de los gozos de la Virgen de las Cuevas, patrona de Caminreal.´´. Calamocha, Xiloca, 03, 1989, pág. 123-138 [Texto completo]
  • ``Algunas notas sobre la historia, el folklore y el habla de Caminreal (Teruel)´´. Calamocha, Xiloca, 02, 1988, pág. 151-171 [Texto completo]

  • Barreiro, Javier (2010): Diccionario de autores aragoneses contemporáneos, 1885-2005. Zaragoza, Diputación Provincial.

jueves, 9 de mayo de 2019

LA RECONQUISTA DE MALUENDA, siglo XII

2.56. LA RECONQUISTA DE MALUENDA (SIGLO XII. MALUENDA)
 
A lo largo y ancho del valle del Ebro, algunas poblaciones como Belchite, por ejemplo, decidieron capitular sin lucha nada más caer Zaragoza en manos de Alfonso I el Batallador, pero no ocurrió así en otros núcleos importantes del reino moro sarakustí, como son los conocidos casos de Calatayud,
Daroca o Tarazona que, dada la tenaz e importante resistencia que opusieron, tuvieron que ser tomadas por la fuerza de las armas.
 
En efecto, el rey aragonés, crecido por el éxito logrado ante los imponentes muros de Zaragoza y
auxiliado por varios caballeros franceses, como el conde Guillermo de Poitiers, se dirigió hacia Calatayud —amparada en su magnífico castillo y considerada como la auténtica llave del Jalón— y la sitió. Luego, una vez asegurado su cerco, partió inmediatamente siguiendo el curso del río Jiloca para tratar de salir al paso de los almorávides, quienes, por fin, se decidieron a socorrer a sus correligionarios del valle del Ebro, y a los que Alfonso I vencería en Cutanda en 1120.
 
LA RECONQUISTA DE MALUENDA (SIGLO XII. MALUENDA)
 
 
Pero el camino de los expedicionarios desde Calatayud a Daroca y Cutanda no fue nada fácil, puesto que
cerca de la primera, en el lugar de Maluenda —donde se habían concentrado moros de otras poblaciones aledañas— tuvo lugar un encarnizado e inesperado combate campal en el límite con las casas del poblado, circunstancia que no sólo retrasó la expedición hacia su principal objetivo sino que, según la leyenda, originó importantes pérdidas humanas en la hueste de los cristianos aragoneses.
 
restos, castillo, Maluenda
Restos del Castillo de Maluenda, sitiado en el siglo X por Abderramán III.
 
 
Aunque acabó saliendo victorioso Alfonso el Batallador de la contienda y la guarnición mora de Maluenda tuvo que entregar al fin las llaves (lo cual significaba un problema menos para Calatayud que seguía sitiada), una partida de soldados aragoneses tuvo que retrasarse del resto de expedicionarios
para enterrar a sus muertos, asistir a los heridos y hacerse cargo de los prisioneros. Fue entonces cuando los canteros que formaban parte de la expedición labraron y erigieron la Cruz Blanca —todavía existente como testigo de aquel suceso— y la colocaron enhiesta en el mismo sitio en el que tuvo lugar la batalla, en conmemoración y recuerdo de quienes cayeron allí.

[Recogida oralmente.]


https://es.wikipedia.org/wiki/Maluenda

Maluenda es un municipio español en la provincia de Zaragoza, perteneciente a la Comunidad de Calatayud, comunidad autónoma de Aragón. Tiene un área de 40,09 km² con una población de 989 habitantes (INE 2016) y una densidad de 26,94 hab/km².

Maluenda está situada en el Sistema Ibérico a orillas del Jiloca a 581 msnm. Comprende una superficie de 4 037 hectáreas, de las cuales 400 son de regadío y 2 000 de secano, correspondiendo el resto al casco urbano y al monte público. Dista 9 km de la capital comarcal, Calatayud, y 90 km de Zaragoza.

Límites:
Noroeste: Paracuellos de Jiloca
Norte: Paracuellos de Jiloca
Noreste: Villalba de Perejil
Oeste: Munébrega
Este: Belmonte de Gracián
Suroeste: Olvés
Sur: Alarba
Sureste: Velilla de Jiloca y Morata de Jiloca


Aunque los orígenes de Maluenda no están completamente esclarecidos, se sabe que existió un asentamiento en la Edad de Bronce, situado en el cerro detrás del Castillo, en donde aún se perciben restos de muros y otras edificaciones. En él se han encontrado diversos materiales como molinos barquiformes, cerámicas de tipología diversa y utillaje lítico en sílex, hoy expuestos en el Museo arqueológico de Calatayud.

En cuanto a época indígena, el hallazgo más notable es un tesoro de denarios ibéricos, junto a un número importante de denarios romanos republicanos que se fechan entre los años 90 y 79 a.C., por lo que su ocultación se relaciona con la Guerra de Sertorio, tan determinante en este territorio. Asimismo, hasta hace pocos años se conservaba un puente romano que permitía cruzar el río Jiloca.

En la Edad Media Maluenda fue una importante plaza militar, como así lo atestiguan sus importantes restos fortificados, y el hecho de ser mencionada por fuentes árabes en las luchas de la Marca Superior contra el poder central de Córdoba. La fortaleza de la plaza existía ya en el siglo X, y es que, según el geógrafo al-Udri, el califa Abderramán III acampó ante los muros del castillo de Malonda, nombre con el que aparece nombrada la villa en documentos de la época. Ello sucedió en los años 933-934, durante la primera campaña de castigo contra el rebelde Muhammad al-Tuyibí de Zaragoza, y luego en (937), cuando la fortaleza, defendida por el propio al-Tuyibí, fue definitivamente ocupada por los ejército califales.

En 1120, Maluenda fue reconquistada para los reinos cristianos por Alfonso I el Batallador y en 1255 pudo ser el escenario de una reunión secreta mantenida entre Jaime I de Aragón y Enrique de Castilla —hermano de Alfonso X el Sabio—, narrada en el Libro de las tres razones del Infante Don Juan Manuel. Posteriormente, en la Guerra de los dos Pedros, desempeñó un importante papel en la defensa del corredor del Jiloca, entre Daroca y Calatayud.​ Tropas castellanas se apoderaron del castillo en 1363. En Maluenda se encontraba el Archivo de la Comunidad de aldeas de Calatayud que en el día de hoy aún no se ha localizado.

Ya en el siglo XIX, el historiador Pascual Madoz, en su Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España de 1845, describe a Maluenda en los términos siguientes: «Tiene 150 casas de mala fábrica y 100 cuevas de peor calidad, que se distribuyen en calles estrechas y 2 plazas; casa de ayuntamiento; escuela de niños». Menciona también la existencia de tres iglesias parroquiales: la de la Asunción de Nuestra Señora, la de San Miguel y la de las Santas Justa y Rufina, así como seis ermitas. Refiere que «Los vecinos se surten para sus usos de las aguas del río Jiloca, de buena calidad» y resalta la producción de trigo, cebada, vino, cáñamo, legumbres y hortalizas, indicando que había «1 fábrica de papel de estraza, batanes, tintes y 2 molinos harineros».

El Castillo, actualmente en ruinas, es una de las pocas fortalezas auténticamente musulmanas de tapial. De acuerdo a La Chanson de Roland, cuando Carlomagno organizó su marcha contra Zaragoza, era Blancandrín su alcaide, lo que indica que fue una de las primeras fortalezas construidas por los musulmanes en Al-Andalus.

La fortaleza se alza sobre una pelada muela oblonga desde donde se domina el pueblo. Tiene planta alargada, cuyo eje mayor era de unos 80 m, adaptada a la cumbre del monte. Consta de dos torreones y un recinto amurallado, parcialmente conservado en el lado orientado hacia la población, pero prácticamente desaparecido en el lado opuesto. Los torreones se sitúan en el lado oeste, son rectangulares y de gran volumen.

http://www.castillodemaluenda.com/vinos/index.php

jueves, 14 de marzo de 2019

Libro séptimo

Libro
séptimo.

Capítulo primero. Como el Rey fue a poner cerco
sobre la ciudad de Mallorca, cuyo asiento y postura se describen.


Reducida ya la Isla al bando y devoción del Rey, y puesta
buena guarnición de gente en los puertos de mar, y otros lugares
necesarios para la defensa y conservación de ella: convirtió luego
el Rey todo su pensamiento y cuidado en la conquista de la ciudad, en
la cual se resumían el poder y fuerzas de Retabohihe con todo el
peso de la guerra. Partió pues de la Real, adonde poco antes hizo
alto el ejército, y fuese derecho para la ciudad a poner cerco sobre
ella. Mas para que mejor se entienda el apercibimiento que hizo para
cercalla,
será bien hacer una breve descripción de su asiento y postura. Está
la ciudad, que mira hacia el mediodía, puesta casi medio de la Isla:
desta manera, que entre los dos ángulos, como dijimos, de la
Palomera que mira a Septentrión, y el cabo de las Salinas, que mira
a medio día, se abre en la mitad de la ladera, la tierra, y entra un
gran seno de mar de XV millas de largo hacia lo mediterráneo de la
Isla, por entre los dos cabos que llaman de Capblanc, y cabo de
Calafiguera, que también distan entre si otras XV millas, el uno del
otro. El cual seno llega hasta batir con la ciudad, y le sirve de
puerto seguro de todos vientos, sino del Lebeche, que lo descubre del
todo. Pero defiende de su fuerza e ímpetu con el Muelle grande que
está hecho a manos y entra DC pasos dentro en la mar: con el cual: y
el promontorio, o cabo de Portopi que le responde, no muy lejos hacia
el poniente, se hace muy abrigado puerto contra todos vientos. Y se
halla que por las muchas cosechas de la Isla, y mercadurías que
entran y salen de la ciudad, suele siempre haber en él tan grande
concurso de naves, que cuando solía estar el mar libre de corsarios,
se veían (vian) en él, de LXXXX a C naves juntas. Es el asiento de
la ciudad llano, con algún tanto de recuesto hacia la parte de la
fortaleza, a donde después por mandado del Rey se edificó la
iglesia mayor, y la casa obispal, con el paseo, o mirador, del cual
se descubre tan larga y alegre vista por mar y por tierra, que es
este el mejor asiento de toda la ciudad. Pasa por medio de ella un
río que se hace del concurso de muchas fuentes que cerca de allí
nacen, y aunque luego se mete en la mar, todavía aprovecha mucho
para la salud y limpieza de las casas, llevándose todas las
inmundicias de ella: pues para lo que toca al sustento de los
hombres, y regar las huertas, y también para las comodidades del
puerto, y aguada de las naves, se vale del arroyo que el capitán
Infantillo quiso cegar (como está dicho) que pasa por la Real, y
viene a dar en la ciudad. La cual es harto espaciosa dentro de la
cerca: pues demás de los jardines y huertas que en si contiene, se
hallan VII mil casas de población en ellas con tan buena traza y
labor de edificios así grandes como pequeños: que en su tanto se
puede comparar con cualquier otra de Europa. Y tanto más por estar
agora por orden y mandado del invictísimo gran Rey Philippo II,
cercada y fortalecida de inexpugnable muro, y bastiones (
bestiones)
hechos a toda prueba de artillería, el cual se abre por diez
puertas: aunque en tiempo de la conquista no eran más de cinco, con
sus torres de guarda fortificadas, con mucha munición de gente y
armas, y tan puesta, como se verá, en defensa.








Capítulo II.
Como el Rey puso el cerco sobre la ciudad y de las diversas máquinas
que se armaron contra ella, y de la diligencia y obediencia de los
soldados para con un religioso.


Llegado ya el Rey con todo
el ejército a un tiro de ballesta de la ciudad enfrente de la puerta
que llaman Pintada, y extendiéndose a una mano y otra a igual
distancia de la ciudad, luego se plantaron las tiendas, y se asentó
el Real, cercado de un bravo palenque con su foso y cestones por
todas partes fortificado. Y lo primero que se determinó fue hacer
reseña general de todo el campo, en el cual se hallaron hasta II mil
caballos y XXX mil infantes. Porque con la gente que de nuevo pasaba
de los dos reynos a la Isla, se acrecentaba el ejército de cada día,
demás de los cautivos Cristianos. Lo segundo, que se comenzase a
batir la ciudad con las máquinas y trabucos, así por mejor abrir el
camino para los asaltos, como para con el continuo dispararlos, y
llover noche y día piedras sobre ella, para más inquietar y
atemorizar su gente. Por esto sacaron de las naves la materia e
instrumentos para fabricarlas, de nuevo que estaban todas en piezas,
y con grandísima diligencia y destreza armaron cuatro de ellas: sin
la quinta que por si armaron los patrones y Pilotos, de las cinco
naves, que el Conde Berenguer de la Proença había enviado al Rey su
primo con mucha munición de gente y armas para esta jornada. Ya que
él no pudo venir a ella en persona por no tener pacífico su estado,
y temerse de alguna rebelión en volviendo las espaldas: la cual se
siguió después, como adelante diremos. Estaban surgidas estas naves
con la mayor parte de la flota en el puerto de Porraças dentro del
gran seno de mar que, como dijimos, hace entrada hacia la ciudad, a
la parte de Poniente. Y así con grandes barcos traían todos estos
instrumentos a Portopi, donde también había algunas naves surgidas,
para de allí suplir y proveer las necesidades del campo. Fue también
por los de la guarda del Rey armada la gran machina que ya antes
llamamos Foneuol, con mayor arte y grandeza que nunca, como se vio
por los muchos y desmesurados tiros de piedras que noche y día
echaba en lo alto, por que cayesen dentro en la ciudad, y que ninguno
se tuviese por seguro dentro de ella, según la casa y techo sobre
donde caía la piedra la hundía de alto
abaxo.
De donde se tiene por muy cierto destas machinas antiguas, haber sido
tan importantes y de tanta eficacia para derribar muros y casas
dentro dellos, y también para amedrentar mucho más la gente que no
menos fortalezas se tomaban con esta artillería hecha de madera y
tierra, que se toman agora con la vaciada (
vaziada)
de metal: puesto que es esta más penetrante, y que como rayo imprime
en lo más firme y macizo. También Gisberto Barberán capitán de
las machinas, y un otro armaron otras dos como mantas que en Latín
llaman testudines, encarándolas para el muro, porque apegadas a él
podían muy bien agujerearlo. Acabadas estas machinas tuvieron
grandísimo trabajo y peligro en el moverlas y pasarlas adelante, por
lo bien que los de la ciudad desde el muro se encaraban con las
saetas contra los que las movían y andaban en torno. Pero fue tanto
el valor destos con ir bien adargados y tanto el daño que hacían en
los del muro los que iban secretos dentro de las máquinas, que los
asaetaban uno a uno, que poco a poco llegaron a juntarlas con el
foso. Con esto ganó el ejército todo aquel espacio de tierra que
dejaban atrás las máquinas: y pasaron adelante las
trincheras,
para que más se allegase a la ciudad todo el campo. Así mismo acabó
su máquina el Conde de Ampurias: pero sobre todas fue la que el Rey
mandó hacer como suya: la cual porque en grandeza y fortificación
se aventajaba a todas las demás, la contrapusieron a lo más
fortificado de la ciudad. Lo que se acabó con ellas, y su continua
batería fue, que demás de no quedar casa en toda la ciudad que no
fuese casi desmantelada, ni persona que no temblase de temor por tan
grandes y tan continuas piedras como sobre ellos caían: pudo el
ejército más a su salvo hacer espaldas a las máquinas y fortalecer
mucho más su Real de muy buena estacada de cestones y terraplenes
(
terraplanos)
para estar tan al seguro como dentro de una ciudad murada. Lo que fue
muy necesario hacer, a causa de que (según el Rey cuenta) quedaron
algunos soldados de los que se hallaron en la rota del Vizconde, tan
atemorizados de los Moros, temiéndose de algunas emboscadas de los
de la ciudad: que las noches secretamente se salían del campo, y
acobardados se iban a dormir y estar en centinela en los montes más
enriscados y cercanos. Y aun de los marineros no quedaba hombre que
por este recelo no se fuese a dormir a las naves que estaban en
Portopi. Lo cual se remedió luego con el bando que el Rey mandó
echar contra los tales, castigando muy bien a los que de nuevo se
salían del campo. Y así fue cosa admirable ver la diligencia y
competencia con que los soldados se aplicaban al trabajo y
fortificación del Real, y la afición y asistencia de los señores,
barones, y capitanes hasta verla acabada: pero sobre todo la continua
vigilancia y presencia del Rey a cuanto se hacía. Aunque (según él
mismo refiere) fue muy más ardiente para encender los ánimos de
todos, la eficacísima exhortación de un religiosísimo y
elocuentísimo varón llamado fray Miguel, primer lector nombrado en
la religión y orden de los Predicadores. El cual tomó el hábito en
Tortosa por manos de santo Domingo: y después fundó el insigne
monasterio de su orden en la ciudad de Valencia. Este con la virtud y
predicación de la palabra de Dios, y su gran ejemplo de vida
aprovechó tanto en esta jornada y conquista, y para con los
soldados ganó tanta opinión y crédito, que no solo con su
presencia y autoridad los movía, pero con su superioridad como a
religiosos los gobernaba y mandaba, porque muchas veces no pudiendo
los capitanes a voces y amenazas, ni el mismo Rey con su presencia y
ruegos, moverlos para los asaltos, y otros acometimientos, en
acudiendo fray Miguel, con su exhortación, sin más réplica los
incitaba y se disponían para acometer cualquier hecho por arduo y
muy peligroso que se ofreciese. Para que se entienda claramente, que
el omnipotente Dios era el que guiaba esta empresa, y que por su
palabra y ministros se acababa, lo que con humanas fuerzas no podía.






Capítulo III. De
la grande batería que se dio a la ciudad con las máquinas, y de las
minas y contraminas, y escaramuzas y arremetidas que los Moros
hacían.

Puestas ya por orden las máquinas y proveídas
de infinidad de piedras para continuar su ejercicio, començose a
batir la ciudad con tanta furia y espesura de tiros, que la pusieron
en toda confusión y temor: porque no había casa, calle, ni plaza
segura donde no cayesen como lluvia del cielo las piedras que se
tiraban. Por donde viendo los de la ciudad tan irreparable daño, y
que venía todo de las máquinas, comenzaron a salir a escaramuzar
por divertir del combate a los Cristianos, haciendo sus arremetidas,
aunque en vano, contra las machinas, por haber gran cuerpo de guardia
puesto en defensa dellas. En este medio viendo el Rey muy puestos los
Moros en dar contra las machinas, sin que se temiesen de ningún otro
daño, determinó secretamente hacer una mina que llegase a
desquiciar los fundamentos de cierta torre, de donde los nuestros
recibían daño en las baterías. Y vino a que ya la mina por su
parte y las machina por otra, llegaron muy junto a ella, que estaba
muy fortificada de gente y armas. Con todo eso llegada la mina,
comenzose a dar fuego de alquitrán en los fundamentos, y como había
en ellos mezclada paja con lodo, se apegó de manera que hizo
sentimiento la torre y mostró que se abría. A la misma sazón otras
tres torres batidas de las machinas se iban cayendo. Pero lo que
impedía a los nuestros para no dar luego el asalto con la ocasión
de las torres
caydas,
era el foso ancho y hondo que cercaba el muro, puesto que estaba sin
agua, y no impedía a las minas. Por donde con la industria de dos
soldados de Lerida, hinchieron de presto de tierra, leños y
faxina
la cava en los puestos más convenientes para dar el asalto enfrente
de las torres medio caidas, hasta que se igualase con el suelo de
arriba, y quedase paso hecho para la arremetida. Lo cual visto por
los de la ciudad, y descubierto el fin a do tiraba, hicieron con
mucha diligencia sus contra minas al foso hasta llegar a la fajina, a
la cual pusieron fuego, y se quemara toda, sino que acudieron los
nuestros, y con el agua del arroyo que venía a la ciudad, y pasaba
por allí junto, lo apagaron con diligencia y doblaron la fajina con
grandes piedras y tierra: y con encarar las machinas sus tiros a los
del muro, porque no impidiesen la obra a los de fuera, y así el foso
fue cegado, y quedó hecho paso llano para el asalto. De suerte que
como a los de la ciudad les salía todo al revés, determinaron de
hacer otras contraminas para llegar a poner fuego por debajo de las
machinas. Y para que esto lo hiciesen más a su salvo y que no fuesen
sentidos, disimuladamente hacían sus algaradas contra las mismas
machinas, peleando tan valerosamente y con tan gran tropel
de gente de a caballo, que casi las tenían ya rendidas. Pero
sobrevino de refresco el Rey delante de todos, y pelearon de manera,
que se cobró lo que se había perdido, y dio tal apretón a los
Moros, que fueron forzados a retirarse para la ciudad con gran
pérdida de gente, muriendo los más a la entrada de ella, por la
espesura de piedras que la machina mayor encarada a la entrada les
tiraba.












Capítulo IV. Como
por las razones que propusieron los suyos al Rey de Mallorca, trató
de partidos con el Rey.


Visto por los
capitanes y principales de la ciudad la ruina manifiesta de las
torres y muralla, y que estaba toda quebrantada de los continuos
tiros de las machinas, y en algunas partes agujereada, y que ni por
las escaramuzas, ni por el continuo tirar de sus
contramachinas,
habían perdido los Cristianos palmo de tierra de lo ganado: demás
que fuera de la ciudad ya no había en toda la Isla cosa que no
estuviese por ellos: de común voto, se fueron para su Rey, a quien
el más anciano capitán de todos habló de esta suerte. Justo es,
Rey y señor nuestro, que sepáis en cuan grande peligro está
vuestra ciudad y todos nosotros con ella, cuan en víspera de ser
entrada y destruyda: así por estar casi por tierra la muralla como
por tener ya cegado el foso, y hecho paso llano para el asalto de los
enemigos. Los cuales están contra nosotros tan indignados, que si a
sus manos venimos, no solo no nos tomarán a merced, pero es cierto
lo llevarán todo a fuego y a sangre, como nos han
sobre
ello
muchas vezes
amenazado. De los cuales se puede bien creer tienen sobrado poder y
fuerzas para cumplirlo: pues vemos que de cuantas escaramuzas y
batallas hemos tenido con ellos, a una que hemos vencido, nos han
ganado ciento, hasta que como carneros nos han del todo acorralado.
De manera que ninguna esperanza de reparo nos queda: ni para huir por
tierra, pues están ya por los enemigos tomados los pasos: ni para
escapar por mar, pues no hay en toda la Isla puerto que no esté por
ellos: ni hay para que esperar el socorro de Túnez, pues cuando no
pudiéramos valer del no vino ni venga agora, sino para dar en mano
de los Cristianos. Si confiamos en la Isla, demás de no ser ya
nuestra, y que del todo se ha rendido al enemigo, en cuanto puede le
sirve contra nosotros. Pues si esperanza alguna tenemos en el capitán
Infantillo, no vimos ya su cabeza cortada de sus miembros y a
nuestros pies derribada? Tampoco hay que confiar del Rey enemigo, que
desistirá de la empresa. Porque siendo mozo y valiente como es, y
codicioso de gloria, desengañaos señor, que no dejará de acabar lo
que con tanta prosperidad ha comenzado: y que no parará hasta
degollarnos a todos, y poner fuego a la ciudad, por vengar los
principales de su ejército, que murieron a nuestras manos para que
sojuzgada la ciudad y Isla, se haga señor de todo. Por estas y
muchas otras causas que callamos, nos parece que conviene, o que
ofrezcamos al Rey Cristiano nuestros partidos de paz, o que tomemos
los que nos diere: que sin duda los dará tolerables, por ser hombre
piadoso y justo, y muy obediente a su ley: la cual manda perdonar a
los humildes, y no permite sean perseguidos por armas, sino los
soberbios y rebeldes, y así a cualquier partido que pidamos nos
acogerá. Lo cual oído por Retabohihe, conoció ser manifiesta
verdad, lo que por los suyos se le representaba, y respondió que
estaría a todo lo que los de su consejo sobre esto determinasen.











Capítulo
V. De las treguas que pidió Retabohihe para tratar concierto de paz,
y como fue don Nuño a la ciudad, y de los diversos partidos que le
ofrecieron.


Entró Retabohihe en consejo con los suyos y
con acuerdo de todos determinó de enviar sus embajadores al Rey,
rogándole que, otorgadas treguas por tres días, le enviase algunas
personas de confianza con quien seguramente pudiese tratar de
concierto entre los dos. Con esta embajada fueron algunos principales
Moros de la ciudad, a los cuales recibió el Rey con mucha
benignidad, y entendida la embajada, mandó luego otorgar las
treguas, y que fuese don Nuño con diez de a caballo a la ciudad,
llevando, consigo un hebreo Zaragozano llamado Bachiel por faraute,
que
entendía la lengua arábiga (
Arauiga).
Y como entró en la ciudad,
hallola
que estaba muy puesta en orden, y a punto de guerra, cada uno con sus
armas y caballo, y cómo lo mandó Retabohihe, fue don Nuño llevado
por toda ella, para que viese y
hiziesse
relació al Rey, del aparato de guerra, y tan
luzida
gente como para su defensa tenía (
sudefentenia).
Hecho por don Nuño el paseo, le entraron en el palacio Real, que
estaba riquísimamente adornado de paños de oro y seda, con muchos
pajes
y eunucos (
eunuchos)
ataviados de lo mesmo, y el Rey puesto en una
bellissima
cuadra echado sobre una cama tendida en tierra, cubierta de raso azul
sembrado de estrellas de oro, y hecho su acatamiento, don Nuño como
llamado, esperó que le hablasen primero: y así comenzó la plática
Retabehihe.
Mas aunque estuvieron hablando grande rato, o porque disimulase el
Rey, o por falta del faraute Bachiel que no entendía bien la lengua
Arauiga de Mallorca, no se pudo collegir ninguna cosa cierta de su
plática, sino todo oscuro, y dudoso. Desta manera pasaron tantas
horas, que viendo el Rey lo mucho que don Nuño se detenía, envió
allá a don Pedro Cornel, a quien entrado en la ciudad vino al
delante un Gil de
Alagó
Aragones
, el cual en días pasados
navegando por aquel mar, fue cautivado por los corsarios
Mallorquines, y presentado a Retabohihe, y por su desgracia había
renegado la fé de Christo. Este comprendiendo mejor la intención de
su Rey, claramente dixo a Cornel, lo que en suma significaban las
palabras de Retabohihe. Que recompensaría al Rey todos los gastos
por él, y por los grandes, y barones de sus reinos en esta jornada y
empresa hechos: con tal que el Rey con todo su ejército saliese
luego de la Isla, y se volviese a Barcelona. Como Cornel (dejando
allí a don Nuño) volviese al Real con esta respuesta: mandó el Rey
se le respondiese, que dejase de hablar cosas tan fuera de propósito,
y con tan vanos, y
impertinentes
medios
excusarse
de entregarle libremente la ciudad, con su persona: o pensar en como
se habían de defender de él, él y los suyos: que por eso había
ganado toda la Isla, y puesto cerco a su ciudad por tierra: para
cogerla de paso, y llevarse a él y a ella por mar a Barcelona. Dado
este recaudo por respuesta y última resolución a Retabohihe, como
descubriese por ella la determinación, y gran valor del Rey, propuso
en su ánimo de hacer una cosa bien nueva, pensando atraer de esta
manera al Rey a su propósito. Y fue que el día siguiente salió con
grande majestad y Corte de la ciudad por la puerta Pintada que estaba
enfrente de las tiendas del Rey, y a vista de todo el ejército, hizo
plantar en medio del campo
una riquísima y muy grande tienda de
paño de fina grana, con sus entornos y divisas (
deuisas)
de oro y plata, y su guarnición y cubierta de brocado tan hermosa y
bien compuesta, que en verla luego se enamoraron de ella los
soldados. Entrado pues Retabohihe con ella, mandó llamar a don Nuño
pa
tratar de los conciertos de paz: proponiéndolos (
proponié
los)
Retabohihe, harto más
tolerables
que los pasados. Los cuales en suma eran, que partiría
a medias la Isla y ciudad con el Rey. A esto le respondió don Nuño
muy a la clara, que se engañaba, si pensaba que su Rey, siendo ya
señor de toda la Isla, se contentaría con la mitad: ni con otro
cualquier partido, por aventajado que fuese
sino con el libre y
total
entrego
de la ciudad con cuanto en ella había, a toda merced suya. Porque no
era más posible quedar Mallorca con dos Reyes, que el mundo con dos
Soles. Este dicho lo entendió luego muy bien, y sin faraute,
Retabohihe: y con despedirse ya don Nuño del, rogó con
importunidad, se detuviese, prometiendo de mover partido con más
honestas y apacibles condiciones que las que antes había propuesto.
Como era, que le dejaría libremente la ciudad y la Isla, con las
circunvecinas, y se iría de todas ellas, solo que el Rey le prestase
su armada con la cual pudiese seguramente pasar en África con toda
su casa y familia, y llevar consigo cuantos seguirle quisiesen,
pagando por cada uno de los que con él fuesen cinco
besantes
(que valía cada uno tres
sueldos Barceloneses) con que la gente
que quedase en la Isla fuese bien tratada. Con esto concluyó su
dicho Retabohihe, y porque se acababan aquel día las treguas, se
entró en la ciudad y despidió a don Nuño.


Capítulo VI.
Como don Nuño volvió al Real y hecha relación de los partidos de
Retabohihe los abonó mucho, y del razonamiento que hizo don Alemany
contra ellos.

Vuelto para el Real don Nuño, mandó el Rey
convocar todo el consejo de guerra con los Prelados y grandes para
oírle. El cual relató muy por extenso los primeros, segundos y
últimos partidos, que Retabohihe le había propuesto, y como por
remate de todos, ofrecía salirse de la ciudad, y Isla, con toda su
gente, que según era mucha y bien
lucida,
sería salud del ejército no venir a manos con ella,
con que se
le prestase el armada para pasarse en África, pagando v. besantes
por cada uno de cuantos consigo llevaría. Y añadió don Nuño, que
él siempre sería de opinión que pues la Isla y ciudad quedasen
libres en poder del Rey se escuchase el partido de Retabohihe, y se
le hiciese puente de plata, con todas las comodidades que pedía:
solo que saliese de la Isla. Porque si la ciudad se había de tomar
por fuerza de armas, supiese que había de ser con tan grande estrago
y pérdida del ejército, y con tanto derramamiento de sangre: cuanto
de tanta y tan bien armada gente, que había de pelear en defensa de
sus personas padres mujeres. hijos, secta y patria, se podía
esperar. Acabada de explicar por don Nuño su embajada y parecer,
todos fueron de contraria opinión. Y concluyeron a voces, que ningún
partido de los propuestos se escuchase. Fueron los que mucho más que
todos contradijeron el partido el Conde Ampurias don Ramón Alamany,
Ceruellon y Claramunt, Barones principales de Cataluña, cercanos
parientes del Vizconde muerto, y Moncadas, que aun los lloraban. De
manera que había sobre ello grandes alborotos y alteraciones por
todo el campo, quien por vengar los Moncadas, quien por saquear la
ciudad, abominaba todo género de partido, y con él a don Nuño por
que lo había propuesto y esforzado. Entre todos don Ramón Alamany
hombre de gran experiencia y valor pidió silencio, y vuelto al Rey,
habló por todos desta manera. Difícil es por cierto, y las más
veces intolerable (señor y Rey nuestro) la compañía de la venganza
con la benignidad. Porque la venganza parece que lleva consigo las
veces y voces de la justicia, y la benignidad el oficio de una simple
y piadosa equidad, que tira a misericordia: de la cual si se usase,
señaladamente en la guerra que siempre suele emprenderse con fin de
alguna venganza: sería muy a la clara pervertir su orden, que sigue
aunque riguroso de justicia. Pues a no seguir esta, la guerra que se
había de hacer contra los enemigos, se
conuertira
contra los propios. Porque a los ejércitos y su gente, moza,
insolente y pecadora, ninguna cosa le puede ser más perniciosa, que
pecando, usar con ella de benignidad, y misericordia: antes que por
pequeño que sea el
delicto,
conviene darle su merecida pena, y castigo. Para que cuanto más
grave fuere la ofensa, tanto mayor y más irremisible sea la
punición
que la justicia pide por la recompensa y venganza de ella. Pues como
señor? Tan ilustre sangre como la del Vizconde de Bearne, y de don
Guillé su hermano, y de los otros Moncadas que por vos se han
derramado, que aun hierve y da voces de bajo tierra, no alcanzara la
justicia que ante vos pide, con venganza de los derramadores de ella?
No será más justo que la ocasión que se ofrece para bañarnos en
la sangre de estos perros infieles, que vertiéronla de tan
principales caballeros la
emplemos,
para librarnos de la perpetua obligación que a todos nos quedara
para haberlos de vengar cuando ya no podremos? Siquiera para que
viendo todo el mundo lo bien que vengays las muertes de los vuestros,
obligueys
a todos para que con más afición empleen sus vidas en vuestro
servicio? Dad señor lugar a que la justicia haga su oficio, y no
tengáis lástima de quien a vos y a todos tanto nos ha lastimado: ni
escucheys
partido alguno del, que todo será para más burlaros. Creedme
(
crehed me),
que aquel raposo viejo quiere engañar al león Real, y no sabe cómo.
Que otro
pensays
que fabrica Retabohihe pidiendo que pueda irse, y llevar consigo
cuantos quisiere, si no dexar desierta y robada la ciudad de todo el
oro y plata con la demás riqueza, para que la
halleys
vazia, y defraudeys
a vuestros soldados
del premio que esperan de sus trabajos con el saco de ella? A qué
fin pide le dejen (
dexé)
llevar los soldados y gente que quisiere, sino para escoger la más
lúcida y valiente, porque juntada esta con la de África, a do tira,
haga un invencible ejército y revuelva sobre la Isla para cobrarla,
y echaros de toda ella? Cortad, señor, de raíz esta cabeza de la
Isla, si queréis pacíficamente gozar del cuerpo de ella. Y pues la
ciudad está batida, y abierta por tantas partes, y dentro tan llena
de miedo, como de despojos y riquezas, dejadla entrar y dar a saco a
vuestros soldados. No temáis el peligro dellos, que las han con
hombres ya rendidos, pues vemos que han desamparado los muros, y
andan como encorralados para ser víctimas del infierno.


Capítulo
VII. Como ningún medio de paz se tomó con Retabohihe, y de lo mucho
que sintieron esto los Moros, y del juramento que hicieron los
Cristianos, y cómo fue armado caballero Carroz señor de Rebolledo.


Oído con muy grande atención y gusto del ejército, el
razonamiento de don Ramón Alemany: al Rey y a todos pareció muy
bien lo dicho, sino a don Nuño, que como dijimos, era de contrario
parecer. Y hecha la determinación de que no se escuchase partido
alguno, mandó luego el Rey, sin más ceremonia, sino por un trompeta
notificarla a Retabohihe. Sintieron esto los de la ciudad en tanta
manera, que como desesperados se conjuraron de nuevo, o para
defenderse, o para perder la vida ante su ciudad, con el mayor
estrago y matanza que pudiesen de los Cristianos: y cobraron tan gran
coraje y fuerzas de la desesperación animándose unos a otros, para
tener en poco sus vidas solo que apocasen las del ejército
Cristiano: que no faltaron muchos de los nuestros después de
entendido esto, que quisieran harto escusar el asalto: y aun algunos
de los que más resistieron a don Nuño, cuando a punto la concordia
(según que estando para dar el asalto se entendió) se
arrepintieron, y con harto temor se dolieron porque fueron de
contrario parecer. Pero si mucho creció el ánimo a los Moros, por
la desesperación, mucho más se aumentó el de los Cristianos con la
buena esperanza de la victoria, y saco de la ciudad, señaladamente
en la persona Real, cuyo fin era echar la mala secta de Mahoma de la
Isla para introducir la religión Cristiana: que por sola esta buena
intención tenía gran certidumbre de la victoria. Continuando pues
el cerco, y puestas las machinas y trabucos a punto, todos se
prepararon para el asalto. Y para que con mayor ánimo y porfía se
continuase la batería, pareció a los Prelados y principales del
ejército, que congregados todos hiciesen voto con juramento, que
durante el asalto, ninguno volvería las espaldas, ni el pie atrás,
ni perdería un punto del lugar que una vez tuviese ganado: sino
fuese por hallarse herido de muerte, quien lo contrario hiciese,
fuese habido por traidor y rebelde. Fue cosa rara y de admirable
magnanimidad, la del Rey, que fue el primero que alargó la mano para
jurar lo dicho sobre los Evangelios: pero ni los Prelados, ni los
demás se lo consintieron. Esto se hizo en el día y fiesta solemne
de la natividad del Señor, que celebró el Rey con todo el ejército
muy devotamente. Y en el mismo día un caballero de sangre nobilísima
llamado Carroz (según lo refiere Asclot) descendiente de los grandes
de Alemaña, que seguía al Rey en la guerra a su propia costa, fue
armado caballero por el Rey públicamente, y con muy grande
solemnidad: al cual por los grandes servicios que al Rey hizo en esta
guerra, y en la de Valencia, que se siguió, llegó a ser Almirante
de Mallorca, y en el Reyno de Valencia fue señor de Rebolledo, que
entonces era villa, y fue fundador de otro pueblo llamado la font den
Carroz. Cuyos hijos y descendientes que siguieron la guerra deste Rey
y sus sucesores los Reyes de Aragón, alcanzaron destos muchas
mercedes en Cataluña, Valencia, y Cerdeña.





Capítulo VIII. Como los de la ciudad determinaron morir antes que
darse, y de la diligencia que el Rey hacía en guardar el Real, y las
causas por que no se dio de noche el asalto.






Habiendo ya el Rey
cerrado la puerta a los conciertos que se habían movido, y desechado
todo género de partido, quedó determinado por todos de dar el
asalto. Lo cual entendido por la gente de la ciudad, vista su
perdición al ojo, comenzó de tal manera a obstinarse y embravecerse
contra los Cristianos, que nunca se vieron ciudadanos más aparejados
para morir por su patria que estos: confiando mucho en la gente de la
Isla, que se había recogido por los montes y cuevas, de los que no
habían querido entregarse al Rey, y eran tantos que casi podían
hacer ejército por si. Y así creían que en comenzar los Cristianos
a dar el asalto, bajarían los de la montaña a dar sobre ellos, y
que los de la ciudad y ellos los tomarían en medio, y los hundirían.
De donde vino que discurriendo por lo mesmo los nuestros comenzaron a
temer, y a no tener en poco, como antes, tantos enemigos, como tenían
delante y a las espaldas, recelando de ser acometidos por ambas
partes. Considerado todo esto por el Rey, procuró con mayor
curiosidad de allí a delante reconocer el Real, y poner mucha gente
de los más fieles y escogidos en guarda del: para lo qual mandó
estuviesen a punto tres bandas de caballos, de a ciento cada una, que
anduviesen rondando el Real toda la noche con sus fuegos y estruendo
de
atambores,
puesta la una en defensa de las machinas y artillería: la segunda
enfrente de la puerta de Barbolet, que está al pie de la fortaleza:
la tercera a la puerta de Portopi (porque ya no se mandaba la ciudad
por otras puertas) para entretener el primer ímpetu de los Moros, si
saliesen, hasta que el campo acudiese, pues para los de las montañas,
ya tenía puestas sus centinelas y cuerpos de guarda. Mas como fuese
en lo recio del invierno, y aquel año más frío que otro, no
pudiendo los de a caballo sufrir el excesivo frío toda la noche,
dejando uno o dos en el puesto, para que avisasen del rebato, los
demás secretamente se acogían a sus tiendas. Como el Rey entendió
esto, lo sintió mucho, y no fiando más dellos, encomendó la
centinela y guarda a los Almugauares de su guarda Real, que eran
valientes y fidelísimos, y muy hechos a sufrir calor y frío, como
adelante diremos. En lo cual estuvo el Rey tan puesto y tan solícito,
que en los cinco días que señalaron para preparar el asalto, apenas
le vieron dormir, ni comer, sino muy
de
priessa
, y mucho más porque por el
mesmo tiempo fue tanta la necesidad y falta que hubo de dinero, que
le fue necesario, para dar algunas pagas a los soldados, valerse de
LX mil besantes, que apenas son diez mil ducados de Barcelona, de los
mercaderes que habían acudido de Cataluña con gran suma de dinero
para hallarse en el saco de la ciudad, y comprar la presa y despojos
de los soldados, a ciento por uno, como entonces se usaba.
Finalmente, en la siguiente noche que fue a los XXX de
Deziembre,
mandó el Rey hacer un pregón por todo el campo, que por la mañana,
oída misa, y recibido devotamente el Santísimo cuerpo de Iesu
Christo, casa uno estuviese armado y puesto en orden en su lugar,
para dar el asalto. Pues como viniese la mañana y hubiesen
comulgado, y después diesen sustento a sus personas, que con el
deseo de entrar en la ciudad fue todo hecho en un punto, aguardando
ya la señal para arremeter, don Lope Ximen de Huesca, caballero
Aragonés y capitán de



la guarda, vino al
Rey, y le dixo como él había enviado secretamente a la ciudad dos
escuderos suyos a saber lo que en ella pasaba, y le referían, que de
noche había poca gente de guarda por toda ella, y que en todo aquel
lienzo de muralla de la quinta torre hasta la sexta, a la siniestra
de la fortaleza, ninguna gente de guardia había. Y más que por las
plazas y calles todo estaba lleno de cuerpos muertos, y la ciudad
aunque con mucha gente, pero muy acobardada, que solo las casas
estaban proveídas de canteras y otras armas defensivas, que por todo
ello sería mejor asaltarla de noche. Holgó el Rey de entender esto:
pero considerando prudentísimamente en lo que más convenía a la
honra y salud del ejército, no determinó de aventurar de noche una
tan importante empresa. Diciendo que la condición y uso del soldado
en la guerra, era semejante al del león, que cuando piensa que nadie
le ve, y siente que los cazadores le buscan, huye a toda furia, y en
esto no hay más cobarde animal que él: por lo contrario si se sale
al delante alguno, o muchos, se para y hace rostro a todos, y puesto
en la pelea es un león. Así
acahesce
al soldado, por valiente que sea, peleando de noche: que como no ve
delante de si al capitán que alabe sus hechos, ni otros soldados a
quien imite, ni a sus mayores a quien tenga respeto, ni finalmente
vea a quien le descubra: teme con la oscuridad mucho más, y lo que
hace es huir cuanto puede del peligro, y anteponiendo sus salud y
vida a toda honra y juramento hecho, hiere más presto la sombra que
al enemigo. Y así fue de parecer, y en esto vinieron todos, que
pasada aquella noche en centinela, luego por la mañana se diese el
asalto: como se hizo así, y fue el postrero de Deziembre del año de
la Natividad del Señor MCCXXX.





Capítulo
IX. Del razonamiento que el Rey hizo a los soldados antes del
asfalto, y como se entró en la ciudad con grande estrago de ambas
partes, y que se vio pelear un caballero extraño y se creyó ser S.
Iorge.

Venida la mañana, mandó el Rey que dos ba*das de
caballos quedaran por guarda del Real por si los Moros de la montaña
hiciesen algunas correrías contra él, y tomando cada uno su
refresco, todos volvieron a su puesto, con el mismo orden que el de
antes para dar el asalto. Con esto se subió el Rey en un lugar algo
eminente sobre el ejército, de donde vio y entendió cuan ganosos
estaban todos para dar el asalto: y los caballeros, Barones, y
grandes, para vengar a los muertos sus deudos. Pero antes de dar la
señal que todos aguardaban para arremeter, les habló desta manera.
Valerosos capitanes y soldados míos, aunque conozco muy bien, que
según los trabajos que conmigo habéis padecido, y las victorias que
por mano vuestra he alcanzado, si os diese todos mis Reynos, no
bastaría con ellos a igualar lo mucho que me tenéis obligado, ni
con lo mucho más que deseo hacer por vosotros: todavía, porque no
parezca que con sola buena voluntad y palabras os quiero pagar lo que
debo: veis aquí que os ofrezco a la vista una de las más ricas y
principales ciudades de cuantas yo poseo: así para que hartéis
vuestros ánimos con la venganza de vuestros parientes y amigos que
perdistes, lo que tanto y con razón deseáis, como por el saco que
haréis, y riquezas que cogeréis en ella, para que os volváis
prósperos y triunfantes a gozar entre los vuestros. Por donde pasad
adelante, y con tan buen ánimo y generoso esfuerzo como habéis
siempre acostumbrado, emplead vuestro valor en este asalto: pues
demás que tendréis (
terneys)
al omnipotente Dios nuestro (de cuyos enemigos tomáis hoy venganza)
muy de vuestra parte: y lo mucho que a mí me obligaréis por la
victoria que de ellos espero haber por vuestra mano, también para
vosotros no solo quedará fama perpetua en la tierra, pero confiad
muy de veras que en el cielo hallaréis inmortal gloria aparejada.
Diciendo esto, y dando dos veces con su estoque la señal, a la
tercera arremetieron todos a una, la gente de a pie primero,
siguiendo la de a caballo, por las partes que ya de antes estaba
batido el muro y el foso cegado, y se entraron por el sin hallar
resistencia, porque ninguno osó quedar en la defensa del muro:
confiando que con la preparación que había por las calles de
cadenas y palenques, y dentro y en lo alto de las casas de canteras y
fuegos artificiales, así hombres como mujeres se defenderían mucho
mejor. Mas los nuestros divididos por las calles de quinientos en
quinientos iban poco a poco ganando la tierra con sus
empavesadas
sobre las cabezas. Y porque la estrechura de las calles era grande y
la lluvia de piedras de los tejados muy espesa, se redujeron
(
reduzieron)
a pelear de treinta en treinta y con todo eso la resistencia era
mucha, y la batalla de ambas partes muy sangrienta, y la victoria
dudosa: hasta que atravesando los de a caballo por las calles, y
tomando a los enemigos las espaldas, los atropellaban y hacían meter
por las casas, y desta manera comenzaron a ganarles las plazas y
calles, y llevarlos de vencida. Fue fama cierta y confirmada, así
por el dicho de los Moros, como de los Cristianos, que fue visto en
esta jornada entre los de a caballo, un caballero armado de armas muy
resplandecientes, sobre un caballo blanco, de cuya vista y fervor en
el pelear, los Moros quedaron tan espantados y amedrentados que huían
de él a toda furia y daban como ciegos y turbados en manos de los
Cristianos que los hacían pedazos. Creyeron todos (según el Rey
dice en su historia) que sin duda era aquel caballero el glorioso
mártir sant Iorge, que como a defensor y patrón antiguo de los
Reynos y corona de Aragón, apareció aquel día favorable a sus
soldados Cristianos, contra los infieles moros. Señaladamente para
los que llevaban su
deuisa,
que era una cruz llana colorada. Porque en esta figura de hombre
darmas, el
santo apareció no solo en esta batalla, pero en otras como adelante
mostraremos.


Capítulo X. Que los Moros de vencidos se
huyeron a la montaña, y saquearon la ciudad los Cristianos, y como
fue Retabohihe preso por mano del Rey.

Ganaba pues de cada
hora el ejército Cristiano a los Moros las calles y plazas de la
ciudad, aunque a muy gran costa suya, porque cuanto más ellos se
encerraban por las casas para mejor defenderse del ímpetu de la
caballería, tanto mayor guerra hacían, cerrando sus puertas y
echando por las ventanas y tejados infinidad de piedras, canteras,
leños, hasta tejas, con muchas saetas de fuego de alquitrán y
calderas de aceite hirviendo, con las demás armas que su furor con
la rabia y desesperación les traía a las manos: y con el ayuda de
las mujeres que hacían en este género de pelea, tanto como los
hombres. Todo esto pasaban los Cristianos con muy gran peligro y
pérdida suya, rompiendo puertas y entrando por las casas a robar y
degollar cuantos encontraban. De manera que los Moros dejaban ya las
casas, y se salían a las plazas, para hechos un cuerpo mejor
defenderse. Lo cual era mejor para los Cristianos, que peleaban más
al seguro que por las calles. Puesto que lo que más entretenía a
los Moros, no era tanto la muchedumbre dellos, cuanto la vida y
presencia de Retabohihe su Rey, porque el mismo en persona andaba
entre los suyos armado sobre un caballo blanco, de los primeros, que
los animaba, y en tanta manera les movía su presencia que claramente
decían querer más presto morir ante su Rey, que vivir después de
él muerto, o vencido. Y así como abejas se amontonaban delante de
él, y de tal suerte le defendían puestos en el escuadrón, que los
nuestros no podían llegar a él. En este medio después de haberse
metido toda la caballería dentro de la ciudad, y tomado todos los
pasos, comenzando los nuestros a apellidar victoria victoria, luego
les faltó el ánimo a los Moros y se pusieron en huida con sus hijos
y mujeres por las puertas de Barbolet, Portopí, sin que los nuestros
que estaban ya todos en la ciudad, se lo estorbasen, y también por
ser tanta la gente que huyó, que se halla (según la historia dice)
que fueron de XXX mil arriba los que entre hombres y mujeres se
acogieron a la montaña. A los cuales ninguno de los nuestros quiso
seguir, tan metidos andaban en el saco y despojo de la ciudad. Y así
fue causa la codicia de los soldados de la cruel y larga guerra que
después hubo con los de la montaña, por no haberlos seguido y
deshecho antes que se rehiciesen. Procuraron los Moros al tiempo que
huyeron, llevar consigo a su Rey, pero no quiso ir, ni desamparar la
ciudad, antes se recogió en un palacio viejo con solos tres o cuatro
de sus íntimos privados. A esta sazón entró el Rey en la ciudad,
porque le fue necesario quedar antes fuera, por defender el Real de
los de la montaña, y también para hacer rostro a los que huyeron de
la ciudad, no saqueasen al Real de paso. Entrando el Rey en la ciudad
con su guarda de a caballo, a la cual permitió ir a saquear con la
otra gente, y él se fue con pocos para la fortaleza pensando hallar
allí a Retabohihe, porque entendió de algunos capitanes como se
había quedado en la ciudad. Y llegando a la fortaleza, halló que se
habían hecho en ella fuertes algunos principales de la tierra. Estos
viendo al Rey y conociéndole luego se ofrecieron de rendírsele a
toda misericordia con la fortaleza, solo que dejase algunos de su
gente a la puerta de ella para que los defendiese de los soldados que
saqueaban la tierra. Como el Rey entendió que Retabohihe no estaba
allí dejoles un capitán con algunos soldados en guarda dellos, y de
la fortaleza, y llevando consigo a don Nuño, entendió en buscar a
Retabohihe, al cual halló luego en aquel palacio viejo, que dijimos:
y por las armas resplandecientes y su buena disposición
conociéndole, arremetió para él, y le tomó de la barba, según
que mucho antes lo había jurado, y le dijo. No temas, que pues eres
mi prisionero, vivirás: y entregándole a su gente de guarda que ya
era vuelta a él, volvió a la fortaleza, la cual luego se le
entregó: a donde halló al hijo único de Retabohihe de edad XIII
años, el cual después fue bautizado y tomó nombre don Iayme, y
cuando el Rey fue a Aragón le llevó consigo en triunfo, y le hizo,
como se dirá, largas mercedes. Puesto que de Retabohihe, su padre,
ni en la historia del Rey, ni en otras se hace de él más mención,
como no se halle que el Rey lo trajese a España, ni en triunfo ni
fuera de él. Se tiene por más cierto que le dejó encarcelado en
Mallorca, a donde de tristeza y pensamiento murió luego. Finalmente
fue tanta la matanza y estrago que se hizo en los moros de la ciudad,
que sin los que huyeron, se tuvo por cierto murieron a cuchillo
(
guchillo)
hasta X mil de ellos, y no fue tan a salvo de los nuestros que no
muriesen también muchos. Y porque se engendraba muy gran corrupción
y hedor intolerable de los cuerpos muertos por toda la ciudad, mandó
el Rey hacer muchas hogueras para quemar los Moros muertos, y hacer
muy grandes hoyos para enterrar los Cristianos en lugares que después
fueron consagrados para cementerios. Desta manera fue toda la Isla de
Mallorca conquistada por el gloriosísimo Rey don Iayme, y entrada la
ciudad en el último del mes de Deziembre del año MCCXXX.











Capítulo XI. Como por la
codicia de los soldados en saquear la ciudad no se prosiguió la
victoria contra los Moros, y de la repartición que se hizo de la
presa conforme a las capitulaciones.

Tomada la ciudad, y dada
a saco a los soldados fue tanta la codicia dellos en coger la presa,
que hasta pasados tres días no pudo el Rey hacerlos retirar a sus
banderas. Puesto que por manifiesta providencia de Dios el saco se
hizo con harto menos ofensa suya, por haberse huído juntamente con
los hombres las mujeres y niños a la montaña. Porque si en los
soldados, con la cólera del robar, se juntara el ardor de la
concupiscencia, no hubiera leones tan fieros, ni más desconocidos
(como suele) entre si que ellos, y así con no hallarse mujeres, fue
más pacífico el saco y menos sanguinolento, para que las
particiones de los despojos después se hiciesen con menos ruido. La
suma del oro y plata labrada, que se halló, la infinidad de vasos,
armas, caballos con sus arreos, todo género de jumentos, ganados
mayores y menores, no tuvo comparación. Demás desto las joyas,
piedras preciosas, sedas, con otros mil aderezos de palacio, que se
hallaron en la recámara del Rey y en las mezquitas, con lo cual se
tuvo gran cuenta porque viniese a manos del Rey, fue cosa
innumerable, y de increíble estima. Luego el Rey, por cumplir los
conciertos y capitulaciones que en Barcelona se habían jurado,
entendió en mandar que de toda la presa, excepto el oro, plata y
piedras preciosas (cosas que fácilmente se podían esconder, y
negar, y que no era muy seguro el sacarlas por fuerza del seno de los
soldados) de todo lo demás se hiciese un montón, y pública
almoneda. A la cual acudieron muchos mercaderes que aposta vinieron
de muchas partes, por no perder tan buen barato, y con gran suma de
dinero rescataron toda la presa. Aunque por venderse en común fue
más cara de lo que pensaban. Y luego se entendió en hacer la
división por los capitanes, Barones, y grandes, según los servicios
y gastos de cada uno hechos en esta guerra, y para los soldados que
solo un tanto viniese a cada uno. Y porque se repartiese con más
fidelidad y menos queja de todos, fue el cargo de esto encomendado a
los jueces nombrados en esta capitulación, los Obispos de Barcelona,
y Lerida, don Nuño, el Conde de Ampurias, don Ramón Alemany, y
Berenguer de Ager. Con los cuales don Ximen Vrrea, y don Pedro Cornel
Aragoneses, en lugar del Vizconde de Bearne y los que murieron,
fueron nombrados para el repartimiento. Puesto que (como suele
acaecer en las particiones que casi ninguno queda contento) se
levantó un súbito motín entre los soldados contra los
repartidores, y fueron saqueadas algunas casas suyas. Mas luego
acudió el Rey, y con echar mano de los amotinadores, y castigar
algunos de ellos se quietó el alboroto y motín. Quiso el Rey que en
esta división se tuviese gran cuenta con fray Bernaldo Champany
Comendador de Miravete, y vicario del maestre del Temple en los
reynos de la corona, por los muchos gastos que en esta guerra
hicieron él, y los comendadores de su orden, y por eso les dio
campos, caserías y tierras para fundar un templo junto a la ciudad,
y dotarlo de tanta renta que pudiesen mantener XXXX caballeros de su
orden en la isla. Con estas tan justas y bien reguladas
reparticiones, y otras muchas liberalidades que el Rey hacía con los
que bien le servían en la guerra, ganaba de cada día mucha
autoridad para con la gente, y con gran renombre de franco y liberal,
atraía a si los ánimos y afición de todos, para que en paz y en
guerra le siguiesen y sirviesen fidelísimamente.


Capítulo XII. De las
reparticiones que el Rey hizo de las casas y campos de la ciudad
entre los soldados, capitanes y oficiales del ejército.






Demás de los
repartimientos que se hicieron entre los del ejército de la presa y
despojos que se cogieron dentro de la ciudad, conforme a lo arriba
dicho, hizo el Rey otro repartimiento de las casas y habitaciones de
ella, a efecto que se poblase luego de Cristianos, y se echasen a
fuera los Moros con su secta. Lo que vino bien para los soldados
viejos y cansados de seguir la guerra, los cuales por sus antiguos
servicios que habían hecho al Rey en todas las jornadas pasadas, le
pidieron por premio los dejase habitar en aquella ciudad, por ser tan
buen pueblo, y el aire tan templado para pasar su vida, y estar
siempre en defensa de la tierra. De lo cual fue el Rey muy contento,
y aun les proveyó de lo que más importaba para más presto poblar
la ciudad: y fue de mujeres, de las cautivas Cristianas que se
hallaron en la ciudad, y aunque habían renegado, no quisieron huir
con los Moros a la montaña, sino que se convirtieron a la fé, y las
recibió y dio por mujeres a los soldados, que las tomaron de buena
gana. Y así gozando de los privilegios e inmunidades que el Rey les
concedió, con algunos gajes para mejor vivir y estar en defensa de
la tierra, se dieron a edificar a gran prisa,y como hombres prácticos
que habían ido por el mundo hicieron nuevas trazas de edificios muy
bien labrados, y con ellos ennoblecieron mucho y ensancharon la
ciudad, deshaciendo la mala hechura de casas que tenía antes. Assi
mesmo, para los capitanes, y demás oficiales del ejército también
hizo repartición de los campos y predios del territorio de la
ciudad. Así que sobre esto hubo recias alteraciones, y muy grande
importunidad en el demandar, tanto que según las muchas jugadas y
cahizadas (
cahiçadas)
de tierra que cada uno pedía, conforme al tiempo y servicios que
pretendía haber hecho, no llegaban con mucho los campos con la
demanda de ellos. Y se entiende, por lo que después el Rey reveló a
los que hicieron semejante repartición que esta, en la conquista de
Valencia (como lo veremos en el libro XII) fue aconsejado, que como a
nuevo señor y conquistador de la Isla, hiciese nueva ley, y redujese
las jugadas a la mitad, haciendo de una dos, y así hecho desta
manera sobró para todos quedando por esto obligados a la defensa de
la Isla. También se hizo otra repartición de villas y castillos
para los principales señores que siguieron al Rey, de la cual se
hablará más adelante.











Capítulo XIII. De la gran peste que en la ciudad y Isla hubo donde
murieron los principales del ejército y fue necesario enviar a hacer
gente en Aragón.






En este medio don
Nuño, por mandado del Rey por asegurar la costa de la Isla, y
descubrir si quedaban algunos enemigos de quien defenderse fuera de
ella, por lo que a los principios amenazaron los Moros al campo del
Rey con la venida del de Túnez en socorro dellos, entendió en
juntar dos galeras bien armadas, y con gente escogida, a efecto de ir
a correr la costa de Berbería, por ver si algunos Reyes de África
se aparejaban con gente y armada para venir sobre Mallorca. Pero le
fue forzado dejar la empresa, por causa de la grandísima peste que
se había encendido en la ciudad, y de allí por toda la Isla, a
causa de haberse inficionado el aire por tantos cuerpos muertos como
por la ciudad y toda la Isla habían quedado sin sepultura, y aunque
por la Isla fue grande, se engendró mayor en la ciudad: donde no
solo fue infinita la gente plebeya que murió de ella, pero aun en
los principales capitanes del ejército, y del consejo real hizo
cruelísimo estrago. Porque entre otros dentro de un mes murieron los
capitanes Claramunt, don Ramon Alamany, Perez Mirtaz Aragonés
nobilísimo, Cerbellón, y el buen Conde de Ampurias con grandísimo
dolor y sentimiento del Rey, y de todo el ejército. Pues ningunos
más que estos,y los que murieron antes en la batalla, que fueron el
Vizconde de Bearne y don Guillé su hermano, con los de su linaje de
Moncada, ayudaron al Rey en esta jornada. Porque no solo con gente y
armas y sus personas, pero aun con su consejo y fidelidad fueron muy
gran parte para el buen éxito (
successo)
desta conquista. Por cuyas muertes y falta de tantos capitanes y
soldados, quedó el Rey tan solo, y tan huérfano el ejército, que
así por esto, como por hacer guerra a los Moros que se habían
retirado a las montañas, y hecho allí fuertes, mandó a don Pedro
Cornel capitán de la caballería que tomando del tesoro del Rey suma
de cien mil sueldos pasase a Aragón para hacer una compañía de CL
hombres de armas, y que con ellos volviese luego a la Isla, también
con alguna gente de Infantería. Y que entre otros trajese a don Atho
de Foces, su antiguo mayordomo mayor, y a don Rodrigo Lizana, para
que viniesen con fin de asistir allí por todo el tiempo que durase
la guerra, pues gozaban de las caballerías de honor y gajes reales:
y era necesario y muy
concedente,
que el Rey acrecentando de reynos, aumentase la guarda de su persona,
y doblase el ejército. Lo cual hizo Cornel con mucha presteza:
porque demás de los caballeros ya dichos, pasaron muchos otros con
él a servir al Rey, por la gran fama que de sus hazañas se
derramaba por todas partes. Con esto se rehizo el ejército de la
gran pérdida que se siguió por la pestilencia, y por los muchos que
hallándose ricos del saco, se habían ido a sus tierras, y con
achaque de la peste salido de la Isla.











Capítulo
XIV. De la nueva guerra que se ofreció al Rey con los Moros que se
habían hecho fuertes por la Isla: y de las mercedes que hizo a los
caballeros del
Ospital.







Luego que Cornel
volvió de Aragón con la gente de a caballo, y los demás allegados,
reforzado el ejército, y aplacada la peste, el Rey movió guerra
contra los Moros que huyeron de la ciudad, y se recogieron en las
montañas, y otros lugares en lo llano de la Isla, señaladamente en
las villas de Sollar, Almaruich, y Bayalbufar, de donde hacían
muchas correrías, y cabalgadas contra los Cristianos, en sus campos
y heredades, hasta llegar a las puertas de la ciudad, y cerrar el
paso y contratación que había de ella con la ciudad de Pollença.
La cual aunque por entonces era de muy gran trato a causa del puerto,
de presente está muy perdida y despoblada, por estar ya todo el
trato de la Isla resumido en la ciudad principal. Por esto partió el
Rey con el ejército para la val de Buñola a la montaña, donde se
habían hecho fuertes muchos dellos, y como yendo ya de camino
entendiese que se habían descubierto ciertos escuadrones de los
mismos a lo llano, dejó la villa de Buñola, a la mano izquierda, y
del castillo de Alarò, que (según fama) es de las más
inexpugnables fortalezas del mundo, por ser naturalmente fortificada:
de la cual brevemente relataremos las causas de su inexpugnabilidad.
Porque está hecha una muela de monte altísimo, alrededor todo
peñatajada: y su cumbre tan espaciosa y llana que se podría un
ejército formado recoger en ella. Demás que su entrada y subida
viene a ser tan inhiesta, tan áspera y estrecha, que bastan diez
hombres a defenderla de 50 mil. Y así fue maravilla de Dios que los
Moros como se fueron a guarecer en las cuevas, no se recogieron a
esta fortaleza porque sola la hambre, y no otro fuera bastante a
rendirla. Tomó pues por la falda de la montaña, y mandó al
ejército que se detuviese en cierto puesto hasta que él descubriese
la campaña. Como para esto se subiese a un pequeño monte, el
ejército no curó de parar en el puesto donde el Rey le ordenó,
sino irse derecho a una aldea llamada Inca, que agora es una
principal villa. El Rey que los vio ir desmandados, dejando a don
Guillen de Moncada hijo de don Ramón (este fue después, como lo
dice la historia, señor de la villa de Fraga en los confines de
Aragón y Cataluña) con la retaguardia que le seguía, puso piernas
al caballo, y con algunos caballeros, pasó de la otra parte del
monte, dándose prisa por alcanzar el ejército y detenerle, teniendo
los enemigos a la vista. Mas como el ejército hubiese ya pasado muy
adelante, y llegado al valle cerca del pueblo para donde marchaba sin
ninguna orden, no fue a tiempo de tenerle. Por donde los Moros viendo
de lo alto del monte que los escuadrones de los Cristianos se
dividían, y que iban desordenados DC de ellos, por no perder tan
buena ocasión, arremetieron la retaguarda: pero hallándola muy
apercibida y en defensa, quedaron burlados, y fueron forzados a huir
por el monte arriba. Entonces el Rey tomó consejo con don Guillén,
y don Nuño y Cornel, a los cuales pareció que no era bien que su
Real persona anduviese por lugar tan desierto, y propincuo a los
enemigos que eran de III mil arriba: y que pues la provisión y
bagaje del campo estaba ya en Inca, a donde había hecho alto el
ejército, se debía juntar con él. Con esto pasó casi por medio de
los enemigos, hacia el pueblo, con solos XXXX de a caballo, tan en
orden y bien puestos, que no les osaron acometer los Moros. Lo que
fue por todos más atribuido a temeridad que a valentía: osar tan
pocos pasar por medio de tantos enemigos. Y aun con todo esto, visto
el poco ánimo dellos y falta de armas que tenían, no dejara el Rey
de acometerlos, si los hallase en campaña rasa, fuera de aquellos
riscos y aspereza de monte adonde se habían recogido, y estaban tan
fuertes, que era necesario armar nuevos ingenios y artes para
tomarlos. Llegado a Inca reprendió mucho a los capitanes por el poco
miramiento, y respeto que a su persona se tuvo. Porque dándoles
voces para que hiciesen algo, no curaron de él, sino de pasar
adelante. Mandó pues a todos volviesen a la ciudad con las tiendas y
vituallas del campo. En este tiempo Vgo Folcalquier maestre del
ospital en
Aragón, aportó en Mallorca en una galera con XV caballeros de su
orden, al cual recibió el Rey con mucho amor, tratando con tanta
honra a él y a los de su orden, que habiéndose ya hecho la división
y partición del territorio y campos de la Isla con los del ejército,
y no quedando nada por repartir: todavía les sacó porción
(
portion)
para XXX caballeros del Ospital, sin tocar en las porciones
(
portiones)
ya dadas y repartidas de la misma manera que poco antes les había
cabido a los caballeros del Temple. Lo cual le tuvieron a muy sobrada
y excesiva merced, porque habiendo sido los postreros que llegaron a
la conquista, y que no se hallaron en la presa de la ciudad, fuesen
iguales en el premio con los del Temple. También les hizo merced de
las atarazanas viejas (
del
ataraçanal
viejo) del
puerto de la ciudad, para que aquí edificasen iglesia, y casa.




Capítulo XV. De la
extraña guerra que el Rey tuvo con los Moros en los montes, y
trabajos que padeció en sacarlos de las cuevas, y de la gran
fertilidad de las montañas de la Isla.

Era muy grande la
pena y afán que el Rey sentía viéndose ya pacífico señor de la
ciudad, y de toda la costa, con lo llano de la Isla, quedarle por
acabar la guerra de las montañas, la cual le impedía el paso y
vuelta para tierra firme, habiendo tanta necesidad de su presencia en
los reynos de Aragón y Cataluña, para atender a negocios muy
graves, que sin su persona y decreto, no se podían resolver, y la
dilación los gastaba más de cada día. De suerte que no tanto se
holgaba por los enemigos que había vencido, cuanto se dolía y
afligía por los que le quedaban por vencer. Con esto no sufriendo
más dilación, juntando el ejército, y hecho general del a don
Nuño, con el Obispo de Barcelona, don Ximen de Vrrea, y el Maestre
del ospital, volvieron al mismo pueblo de Inca: a donde, y por sus
contornos hacia la montaña, se entretenían los Moros. De allí
subiendo a un collado muy alto llamado Artana, entendieron por
las
espías, que los Moros se habían metido en unas cuevas muy profundas
que estaban en los más altos montes de la Isla no muy lejos de allí:
señaladamente en una, cuya subida hacia la boca de ella, era de las
ásperas y enriscadas del mundo, y dentro profundísima y anchísima,
con muchas cavernas, o bóvedas, de manera que podían de allí los
cercados fácilmente defenderse de cualquier acometimientos y armas
que contra ellos se hiciesen, y aun podían ofender a los que
tentasen la entrada, sin que se viese de quien ni por donde, y a los
que subiesen a lo más alto derribarlos con saetas por sus secretos
agujeros y rendijas. De manera que cercada por el ejército la peña
de todas partes, y subiendo los soldados que apenas podían de dos, o
de tres en tres, ayudándose los unos a los otros: en llegando a lo
alto en derecho de los agujeros, no solo eran por los de dentro con
lanzas y saetas atravesados, pero aun por los de arriba en lo alto de
la boca eran con muchas canteras derribados y muertos. Pues como en
este cerco se hubiese entretenido mucho el ejército, y sin hacer
efecto, gastado el tiempo por algunos días, determinó el Rey con el
consejo de los capitanes, que se diese fuego en aquellas chozas y
cabañas que los Moros tenían enfrente de aquellos agujeros. De lo
cual doliéndose mucho ellos, y fatigándose con el grande humo que
les entraba: demás que se hallaban todos dolientes a causa de la
mucha agua que destilaba, de cuando llovía, en la cueva, y estar
tanto tiempo encerrados: determinaron de salir y darse a merced del
Rey: pues sabían la misericordia y acogimiento que hacía a cuantos
se le rendían llanamente. Y así trataron con él que si dentro de
ocho días, los otros compañeros de los montes y cuevas vecinas, no
les socorrían, que se entregarían. Les fue (
fueles)
concedido el plazo con mucha razón, porque con impedirles el paso y
socorro de los compañeros, se excusaban los cristianos de perder más
tiempo y gente en combatir la cueva, cuya conquista tenían por
imposible. En este medio quedando una parte del ejército sobre la
cueva para estorbar el socorro, si viniese, don Pero Maza (Maça)
capitán muy experto, se fue con la otra parte discurriendo por
aquellos montes, a donde halló otra semejante peña enriscada con
una grandísima cueva dentro, y muy llena de Moros. La cual como no
estuviese así bien en defensa como la otra, por tener muchas bocas y
aperturas grandes por los lados, y muy fácil de acometer la entrada
con buena empavesada (
empauesada),
la tomó con poca dificultad, hallando quinientos Moros dentro, los
cuales trajo a todos al Rey, con la mucha provisión de pan y carnes
que halló en ella. Cumplido ya el plazo del entrego, y no les
acudiendo socorro, se rindieron al Rey los de la primera cueva, y de
ella salieron mil y quinientos Moros, los cuales echándose a los
pies del Rey y pidiendo perdón, le ofrecieron dar luego X mil
bueyes, y treinta mil cabezas de carneros. Tanta era la fertilidad y
abundancia de la Isla, que en los montes, como en un rincón de ella,
se pudieron criar y apacentar tan grandes rebaños de ganados.







Capítulo XVI. Como
se determinó que los Moros no fuesen echados de la Isla, y venido el
socorro y gente de Aragón, lo que proveyó el Rey para el gobierno
de ella.

Con tan buena presa y jornada que el Rey
hizo en la guerra de las montañas, se volvió con el ejército a la
ciudad, y entró en ella triunfando (
triumphando)
con muy grande alegría y aplauso de todos. Luego tuvo consejo
general donde concurrieron, Prelados, grandes, Barones, y los
capitanes del ejército: ante quien propuso algunas cosas tocantes a
los Moros de la Isla. Conviene a saber, si sería mejor llevarlos a
tierra firme, o dejarlos en la Isla. Porque siendo tanta la
muchedumbre de ellos, podría ser que viniendo en su ayuda los de
África se rebelasen, y juntos pusiesen en aprieto a los Christianos,
y fuese ocasión de perderse la Isla. O si convenía más, para
beneficio y aprovechamiento de la Isla, quedarse en ella, a fin que
los Christianos se valiesen de ellos como de esclavos para culturar
las tierras, y trabajar en las obras públicas de la Isla que se
hacían para fortalecerla. También porque con la falta de
labradores, no quedase yerma. ni desierta la tierra, para que
volviese como solía a poder de corsarios. Acabada el Rey su plática,
fueron de parecer la mayor parte de todo el consejo y junta hecha,
que los Moros se quedasen en la Isla. Señaladamente aquellos que a
los principios voluntariamente se rindieron, y ayudaron con toda
provisión y avituallamiento a los Christianos y se quedaron con sus
campos y heredades que tenían. Esta determinación se puso en
efecto, aunque como luego después se siguió la nueva rebelión de
los Moros contra los Christianos, se halló no haber sido este
parecer provechoso. A esta sazón aportó a la Isla don Rodrigo
Lizana
, trayendo consigo treinta hombres de armas, y dos compañías
de infantería, con don Atho de Foces y don Blasco Maça, que los
seguían con otra compañía de soldados. Mas estos por una tormenta
fueron forzados a volver al puerto de Salou, aunque en siendo mar
bonanza luego tomaron la derrota a aportaron a la ciudad. Hallándose
ya el Rey absoluto señor de toda la Isla, acabó de asentar algunas
diferencias que se ofrecieron acerca de la división de los campos y
heredamientos, y sobre los suelos y sitios de la ciudad, para
edificar casas: en todo lo cual se mostró muy liberal y justo.
Finalmente dejando puesta muy buena guarnición de gente, por toda la
costa de la Isla, principalmente en la ciudad y puertos, con expreso
mandato se atendiese a las obras públicas y fortificación de ella,
determinó embarcarse, y volver a Cataluña, después de solos XIV
meses que con toda la armada partió de allá, y comenzó la
conquista de la Isla. En la cual dejó por Visorrey y gobernador
general a don Bernaldo Sentaugenia, nobilísimo y fidelísimo
caballero Catalán: mandándole que aparejase todo lo necesario para
la conquista de Menorca, y de las demás Islas conjuntas y tocantes a
la señoría y Reyno de Mallorca: porque determinaba volver presto, y
con el favor divino conquistarlas. Y para más obligarle al buen
gobierno de la Isla, y aparato de guerra, le hizo merced de otras
villas y castillos por su vida, sin la villa de Torrella con su
distrito, que era de lo bueno de la Isla, y le había cabido a su
parte en el general repartimiento de tierras que el Rey hizo. Proveyó
también que ni armas, ni caballos, ni máquinas, ni trabucos, ni
cosa que fuese necesaria para defensa de la Isla sacase de ella:
considerando lo mucho que importaba conservar lo ganado. Y así se
vio, que si grande fue su diligencia y cuidado en conquistar la Isla,
mayor le tuvo en conservarla.










Capítulo
XVII. De lo mucho que el Rey se aventajó a todos los conquistadores
pasados de la Isla, y del largo discurso que de los ingenios y
costumbres antiguos y modernos de los Mallorquines se hace.

No
se puede callar aquí, ni pasar por alto la ventaja que este buen Rey
hizo a todos los de España, señaladamente a sus antepasados Reyes
de Aragón y Cataluña
, en haber sido el primero de todos que
emprendió salió con la conquista destas Islas, y con ellas añadido
un tan opulento y esclarecido Reyno a la corona de Aragón, con el
cual no solo alcanzó el Imperio y señorío absoluto del mar
mediterráneo Ibérico, pero mereció con esto no menos loor y
triunfo (
lohor y triumpho),
que Quinto Cecilio Merello cónsul Romano, el cual sojuzgó estas
Islas, y se tuvo en tanto el haber alcanzado la victoria y posesión
de ellas, que se le concedió por ello triunfé en Roma, y se
intituló Balearico.
El cual título harto más se debió a este
Rey, no solo porque las conquistó, mas porque después de
conquistadas, las conservó para sus descendientes, y desarraigó de
ellas la impía secta de Mahoma, e introdujo la verdadera fé y
religión Cristiana. La cual los nuevos pobladores que puso en ellas,
y sus descendientes de aquel tiempo acá, han mantenido y conservado
tan verdadera e inviolablemente, que jamás han desviado ni padecido
ningunos naufragios de errores en ella: antes ningunos han sido tan
continuos perseguidores de los Moros como ellos. Lo que se ve
(vehe),
por las terribles escaramuzas y batallas que con los corsarios de
África ha siempre tenido, y tienen de cada día. Y que sin duda les
ha venido de tan continuo ejercicio de armas ser ellos los más
belicosos de cuantos hay en las Islas del mar mediterráneo: puesto
que de aquí les queda ser deseosos de venganza. Porque así como
para con los enemigos de fuera, en defensa
(defensión)
de la patria, ningunos hay más bien avenidos entre si, ni más
conformes que ellos, así por lo contrario, entre si mismos, ningunos
solían ser más fieros, ni crueles. Porque de lo mucho que tienen de
coléricos, fácilmente caen en contiendas y rencillas, de donde les
nace el odio con el deseo de la venganza, a la cual son naturalmente
inclinados, y que la ejecutaban no menos que animales fieros. Porque
como sea natural cosa los hombres siendo ofendidos, como a todos los
otros animales, apetecer la venganza la cual propiamente señalamos
con los dientes, que son armas ofensivas y más próximas (
propincas)
al corazón donde está la fragua y ardor de la ira, y esta no tanto
con las manos, cuanto con la boca abierta, levantando el labio, y
sacando los dientes afuera, la significamos: así los Mallorquines
antiguamente, la venganza que no podían tomar con sus manos y
dientes propios, la ejecutaban valiéndose de las zarpas y dientes de
los animales. De esta manera, que entre otras armas para pelear, y
defenderse de sus enemigos, criaban unos canes ferocísimos cuales
los hay en la Isla, que de pequeños los cebaban con sangre humana:
para que en los hombres como contra lobos y fieras se encarnizasen: a
fin que viendo con los dientes de estos despedazar sus enemigos, y
beberles la sangre, aplacasen su rabia e ira contra ellos, y hartasen
su corazón viendo de sus ojos tan fiera venganza dellos. Y así se
tiene por cierto que este tan embravecido acometer de los canes, y el
tan valiente tirar de las hondas (dos principalísimas armas de
Mallorquines) fueron inventadas por ellos, y que al principio usaron
dellas y no contra si mesmos, sino contra los corsarios, que muy de
continuo entraban a robar y cautivarlos en la Isla: porque viniendo a
las manos, fácilmente eran vencidos y cautivados de los corsarios.
Por esto ninguno de los Isleños salía por la tierra, que no llevase
consigo una honda, y un lebrel, o alano destos canes / can alano: catalano, ca alà: català/ por compañero:
para que en encontrando con algún corsario y no pudiéndole hacer
retirar con las pedradas de la honda, soltándole el perro, o lo
despedazase, o lo entretuviese, hasta tanto que su dueño se pusiese
en cobro. De aquí es que Aristóteles llama a estas Islas en Griego
Gymnasias que que quiere decir ejercitadas, por el continuo ejercicio
que los Mallorquines tenían de pelear con los corsarios.
Puede
que también los mismos Griegos las llamaron Baleares que significan
tierras de desterrados, y se prueba, porque según dice Pausanias
autor Griego, los Cernios, que son gente Griega llaman Balàros a
los desterrados, y cuadra con la verdad. Porque los Romanos que
regían a España, y eran enemigos de condenar a muerte a los
hombres, desterraban a los malhechores, a estas Islas. Los cuales
puestos en ellas, como gente holgazana que huían del trabajo de la
agricultura, solo vivían y se mantenían de la caza, ni tenían
casa firme, sino como fieras andaban por las cuevas, con la honda y
canes defendiendo a si y a las Islas. Los cuales (como refiere el
mismo Aristóteles) eran tan dados a mujeres, que si a dicha venían
a tratar con los corsarios, ninguna otra mercadería les compraban
sino mujeres, tan inclinados eran a ellas, o por alguna influencia
del cielo, y ardor de la tierra: o por los alimentos grasos de
carnes, y de mucho queso,
azeytuna
y tocino, de que tanto abundaba. Fueron estas Islas mucho tiempo
antes que el Rey las conquistase, algunas veces saqueadas y
destruidas por los Condes de Barcelona, y por los Pisanos de Italia,
y también por los corsarios de Normandía, que pasaban de la Francia
occidental por el estrecho de Gibraltar con su armada al mar
mediterráneo: pero haber sido conquistadas del todo, y con entero
dominio para siempre retenidas de ningún otro se halla que del
invencible Rey don Iayme. El cual no solo las conquistó y conservó
para si, pero las perpetuó para sus descendientes y sucesores Reyes
de España, que pacíficamente hasta hoy las gozan y poseen.











Capítulo XVIII.
Como el Rey se partió de Mallorca, y desembarcando junto a Tortosa,
pasó a
Poblete:
donde se determinó lo de la iglesia y obispado de
Mallorca.

Asentados ya por el Rey todos los negocios de
Mallorca, excepto lo que tocaba a la religión y asiento de las
iglesias, que por haberse de tratar con el Obispo de Barcelona y su
cabildo en tierra firme, lo remitió para cuando allá se llegase.
Con esto salió de la Isla con viento próspero, y a tercero día
arribó a Cataluña, y tomó puerto en los Alfaches cerca de Tortosa.
Y aunque su voluntad era desembarcar en Tarragona: pero como después
de entrado en el puerto, se levantase gran tormenta, no pudo pasar
adelante, y por esto desembarcó allí, y se fue derecho al
monasterio de Poblete, para hacer gracias a nuestra Señora por el
felice
successo
que le había dado en la conquista pasada. De donde se envió orden a
todas las iglesias de los dos Reynos para que se hiciesen las mismas
a nuestro señor. También visitó los sepulcros magníficamente
labrados de sus antepasados Reyes que allí estaban sepultados, y se
holgó mucho del ordinario y continuo sacrificio que los religiosos
hacían por sus almas. Estando pues allí juntos el Obispo de
Barcelona, que era venido de Mallorca con el Rey, y los otros
Prelados de la provincia de Tarragona, que fueron para esta jornada
convocados, trataron del nuevo Obispo que se había de nombrar para
la nueva iglesia y distrito de Mallorca, y de las partes y
suficiencia de ella para ser erigida en iglesia catedral, y obispado.
A lo cual se opuso el Obispo de Barcelona con su cabildo y canónigos
que fueron para esto congregados. Diciendo que la iglesia de
Mallorca pertenecía a su jurisdicción, y que era dependiente de su
iglesia. Porque un Rey Moro de Mallorca señor de Denia, la había
dado a la iglesia de Barcelona, y que esta donación se confirmó por
autoridad Apostólica, a petición del Conde que entonces era de
Barcelona, de consentimiento del Arzobispo de Tarragona. Con todo
eso, vista la grandeza de la Isla, y ser ya toda poblada de
Cristianos, junto con la muchedumbre de gente y comercio de la
ciudad, pareció que era necesario tuviese propio Obispo por si, para
que con su autoridad y presencia animase a los Moros de las Islas
dejasen su mala secta, y se convirtiesen a la fé y religión
Cristiana, y para apacentar como buen pastor a las almas con su
doctrina y ejemplo de vida: y para esto tuviese muchos ministros
hábiles, e idóneos que le ayudasen a predicar la palabra de Dios, y
fuese el superintendente de todos. Mayormente ayudando el Rey con
tanta liberalidad a la iglesia, cumpliendo el voto que hizo de dar la
décima parte de lo que se ganase, o la renta dello para la fábrica
y sustento de la iglesia mayor de la ciudad, demás de sus diezmos y
primicias ordinarias, con los cuales tenía competente dote y renta
así para el sustento de ella, como del Prelado, Canónigos,
Dignidades y ministros. Por tanto los Abades de Poblete y Santes
Creus
, principales conventos de una mesma orden y regla de
Cistels,
a los cuales el Rey había nombrado por jueces árbitros en este
negocio, dieron por sentencia. Que con decreto y autoridad de la Sede
Apostólica fuese en la iglesia mayor de la ciudad de Mallorca
fundada la silla cathedral, y se le diese propio Obispo. Cuya primera
elección, o nominación tocase al Rey, y de los venideros sucesores,
al Obispo y canónigos de Barcelona, y que fuese del gremio dellos
escogido, y no hallándose entrellos tal, se eligiese el más digno
de los canónigos de Mallorca: y que se guardase el mismo orden en
las iglesias de Menorca, e Iuiça, si
acaeciesse
alguna
dellas
llegar a ser obispado. Hecho esto el Rey escribió al gobernador de
Mallorca lo dicho y determinado, y que por eso se diese tanto mayor
prisa en pasar muy adelante la obra del templo mayor de la ciudad,
con los demás que había mandado hacer en cada pueblo grande, y
capillas en los pequeños, valiéndose para la fábrica dellas, de
las rentas reales, y del ministerio de cada pueblo. Concluido esto se
partió el Rey del monasterio, y pasando por Lérida llegó a Aragón,
a donde fue recibido con grandísima alegría, pero mucho más en
Zaragoza donde le recibieron triunfalmente y con grande regocijo de
todo el pueblo.


Fin del libro séptimo.